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Con un ejemplo de nuestro tiempo podríamos quizás entender mejor estas dificultades, pues no es cierto que solo se las encuentra en la Antigüedad. En efecto, este estudio es una prueba de lo contrario. Va más allá del plano actual de las discusiones sobre el problema del tiempo, caracterizada por la contraposición de los métodos filosófico-naturalista e histórico. Tal vez se podrá captar mejor la meta y la función de ese estudio, si lo consideramos como el paso de un nivel de síntesis anterior a otro posterior o como la sustitución de una manera de ver «sistemática» y estática o miopemente «histórica» por otra de sociología del desarrollo, que se aparte igualmente del absolutismo filosófico y el relativismo histórico. No necesitamos repetir aquí lo que dijimos sobre el naturalismo ingenuo de las soluciones filosóficas del problema del tiempo, como la kantiana. Por el contrario, la diferencia entre una aproximación de sociología de la evolución y otra histórica a las cuestiones del tiempo y del pasado humano como tal merece algunas anotaciones más.
Los historiadores reivindican el carácter científico de su disciplina, apoyándose ante todo en la fiabilidad con la que desgranan y presentan detallados residuos del pasado, a partir de múltiples fuentes. Comparada con la historiografía de épocas anteriores, la exposición de hechos pasados o presentes en sociedades propias o ajenas, con la estricta obligación de presentar pruebas detalladas y fiables, tal como lo hace la historiografía moderna, es un gran progreso. Ha llevado a los científicos que estudian las sociedades mediante lo que llamamos «historia», a sacar a la luz un acervo creciente de hechos concretos en cada uno de los periodos que ellos distinguen entre prehistoria y presente. Gracias a ello, la imagen de estos periodos parece menos especulativa y más realista. Sin embargo, mientras el cuidado de los historiadores por los datos concretos se ve sometido a un control profesional riguroso, parece mucho menos estrictamente controlada su tarea de reunir el conjunto de fragmentos en un cuadro coherente. La síntesis de los historiadores toma más bien la forma de una descripción narrativa en la cual los hechos concretos ciertos son relacionados de una manera imaginativa, pero mucho menos segura. Es amplio el espacio libre en los relatos de los historiadores para que se introduzcan dogmas de fe e ideales personales. Como práctica ordinaria y profesional mente aceptada, los historiadores aplican a grupos e individuos del pasado, todos los criterios posibles que sirvan para juzgar a los contemporáneos. No es nada raro encontrar historiadores que sientan en el banquillo de los acusados a hombres indefensos de otras épocas y los juzgan según sus valores del tiempo presente. Transmiten así la impresión de que entre la prehistoria y el presente no existiesen diferencias esenciales ni hubiesen ocurrido cambios en las fases de desarrollo anteriores.
Esta combinación de datos aislados para los que se ofrecen pruebas documentales verificables, y una síntesis de esos datos concretos que en alto grado es un producto incomprobable de la fantasía, pone ciertos límites a la exposición del pasado humano en la forma «histórica». Mientras uno se aproxime al presente desde un pasado más remoto, tanto más numerosas serán las fuentes y en consecuencia, los fragmentos concretos del pasado potencialmente importantes para el trabajo histórico. Y aquí tenemos una razón por la cual la exposición del pasado humano a la manera de lo que llamamos «historia», se mueve muchas veces en el cuadro de una perspectiva de corto alcance. Dada la multitud creciente de hechos concretos que, gracias al trabajo de muchos historiadores, han sido sacados a la luz sobre numerosos periodos del pasado, el estudio y la atención del historiador se limitan a periodos históricos relativamente breves. Y solo en ellos puede un historiador pretender ser un especialista. La división actual de la larga evolución de la humanidad en una serie de periodos de relativa brevedad refleja la concepción que el historiador tiene acerca de su propia competencia profesional. Su modelo profesional y, por ende, su conciencia profesional, ejercen sobre él una presión apenas reflexionada para ocuparse solo de periodos breves. Su ideal de conocimiento científico se expresa en una visión del pasado que queda seccionado en periodos manejables, según el criterio marcado por la pauta del trabajo historiográfico. La historia del historiador, digámoslo en una palabra, es una historia de corto alcance.
Por la misma razón, la síntesis de su material en la forma relativamente floja de una exposición narrativa, se limita a periodos más o menos breves. Es, en términos generales, una síntesis de nivel inferior. Un historiador estará en condiciones de presentar un cuadro global de la Antigüedad griega, otro hará lo mismo sobre un periodo de la Antigüedad china y un tercero sobre el Renacimiento italiano; un cuarto narrará la historia de la Nigeria moderna y un quinto, la historia de Norteamérica. No hay un cuadro de referencia único, global y comprobable, que vincule entre sí las diversas «historias». La historiografía narrativa parece basarse, en estos y en otros casos, en la suposición implícita de que los diversos periodos de la historia humana en Oriente y Occidente, en el Sur y en el Norte, pertenecen a un mismo plano.
Al parecer, no se da ninguna diferencia en el grado de desarrollo de las diversas épocas históricas. Pese a que en las obras de historiografía no faltan referencias no sistemáticas a este o aquel desarrollo de corto alcance, la forma histórica de una reconstrucción del pasado carece de un cuadro de referencia unitaria que posibilitaría determinar las diferencias en el nivel de desarrollo de diversos periodos y las transformaciones de largo alcance dentro de un periodo, y realizar las comparaciones oportunas.
A pesar de sus limitaciones, la exposición del pasado humano mediante la historia, ha enriquecido enormemente nuestro saber. Y no me cabe la menor duda de que así seguirá siendo en el futuro. Se mal interpretarían profundamente mis intenciones, si de lo dicho se dedujera que yo niego el valor epistemológico del trabajo profesional de los historiadores. La investigación intensiva de los hechos concretos de periodos relativamente breves del pasado o, dicho de otro modo, la forma hoy dominante de la historiografía que presenta perspectivas de corto alcance, da una contribución imprescindible a la investigación y reconstrucción de la evolución de la humanidad como un todo. Comparto la opinión de los historiadores de que su trabajo es un paso necesario en el estudio del pasado humano. Pero no creo, como ellos, que la investigación y presentación del pasado humano en la forma que llamamos «historia», o más exactamente «historia narrativa», sea un paso suficiente. Sobre todo no estoy de acuerdo con la suposición implícita de que la reconstrucción simbólica del pasado humano en forma de «historia narrativa» sea la única y definitiva forma de investigar el pasado humano y de presentar de modo coherente y comprobable los modelos simbólicos del pasado y del presente. Como hipótesis provisionales sobre algunas posibles relaciones entre fragmentos del pasado cuidadosamente examinados, las exposiciones narrativas son de cierta utilidad. Pero, a mi parecer, la tendrían mayor, si las reglas profesionales del historiador exigieran un grado más alto de distanciamiento y los historiadores con menor desparpajo no utilizaran las descripciones del pasado como un medio para participar en las luchas ideológicas de su época.