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Todos los hombres, miembros ahora de los Estados nacionales de nuestro tiempo, muy diferenciados e industrializados, tuvieron ancestros que en el pasado formaron parte de grupos tribales o quizá de Estados rurales, tal como los que en la actualidad integran algunas tribus de indígenas del Amazonas_ Aunque las diferencias entre los Estados nacionales pueden ser muchas, tanto unos como otros tienen, como representantes del mismo estadio de desarrollo social, ciertas características comunes de personalidad, entre las cuales se encuentra la experiencia del tiempo. Los miembros de naciones industrializadas experimentan, por lo regular, una inexorable necesidad de saber, al menos aproximadamente, qué hora es. Y este sentido del tiempo persuasivo es tan fuerte, que casi todos los hombres que conviven en dichas sociedades, apenas son capaces, o simplemente son incapaces, de imaginar que su sentido del tiempo no sea compartido por todos los hombres. Este sentido del tiempo está tan profundamente enraizado y constituye un atributo de su personalidad hasta tal punto que les es difícil considerarlo un resultado de las experiencias sociales. Entre los miembros de tales sociedades existe una tendencia muy difundida a considerar como propio solo aquello que conciben como un don de la Naturaleza o de los dioses. Lo que se adquiere socialmente, las actitudes sociales, les parece accidental, comparado con la naturaleza auténtica, como si fuera una fachada que puede dejarse de lado.
El carácter imperativo del sentido del tiempo que, por regla general, experimentan los miembros de sociedades altamente diferenciadas, es útil para corregir tal opinión. Esta experiencia del tiempo es una parte integrante de lo que los hombres de tales sociedades experimentan como su propio Yo. Aunque a veces odien la voz interna que, en palabras de W. H. Auden, «tose, cuando uno querría besan», no pueden librarse de ella. Es una de las coacciones civilizatorias que si bien no son propias de la naturaleza humana, esta las hace posibles. Estas coacciones forman parte de lo que se denomina a menudo «segunda naturaleza», una parte de las actitudes sociales que son propias de la individualidad de cada hombre.
Lo que tal vez no queda del todo claro, ni forma parte del saber común de nuestro tiempo, es que las diferencias en las actitudes sociales de los miembros de diversas sociedades son con frecuencia responsables de las dificultades e incluso bloqueos para el entendimiento mutuo, que son particularmente probables y masivos, cuando entran en contacto sociedades con niveles diversos de desarrollo social. En la actualidad, dichas dificultades y bloqueos de la comprensión mutua parecen tanto más insuperables, cuanto se las diagnostica con una terminología imprecisa y ambigua. Tras haber archivado el término «diferencias raciales», se recurre a expresiones como «diferencias étnicas» que obvian la exigencia de pronunciarse claramente sobre si las mencionadas diferencias están condicionadas más genéticamente o son más bien adquiridas socialmente. Diferencias en la experiencia del tiempo en diversas sociedades permiten en este aspecto una inequívoca definición, como en otros aspectos de los procesos civilizatorios. No hay duda de que dichas diferencias son adquiridas socialmente y características de las actitudes sociales y, por ende, de la estructura de la personalidad humana propia de diversas sociedades. Las mencionadas diferencias son más marcadas, cuando las sociedades están en niveles distintos de evolución social. Como sociales que son, dichas diferencias están sujetas al cambio, cuando es necesario, aunque este sea tan lento que se requiere un modelo de tres generaciones para percibirlo.
Un relato de 1930 que trae Edward T. Hall, ofrece un ejemplo gráfico de la contrapuesta experiencia del tiempo de los norteamericanos y de los indios pueblo[23]. Hall pone de relieve lo concienzudos que son los norteamericanos en cuestiones de tiempo. Una conducta menos consciente del tiempo es fácilmente considerada como ofensa o irresponsabilidad. Se dan —hace notar— casos extremos de hombres obsesionados por el tiempo y dominados por la necesidad de «no desperdiciar el tiempo» y de llegar siempre «a tiempo». La ocasión del enfrentamiento entre el sentido del tiempo de los norteamericanos y de los indios pueblo fue una danza navideña de estos últimos que los primeros fueron a ver. Los indígenas vivían en las orillas del Río Bravo.
A 2300 metros de altitud —escribe Hall— el terrible frío invernal es a la una de la mañana casi insoportable. Tiritando en la muda oscuridad de los pueblo, buscaba sin cesar una indicación de la hora en que debía empezar la danza.
Fuera, todo estaba quieto e impenetrable. De vez en cuando se escuchaba el golpe tea en sordina de un ronco tambor pueblo, una puerta que se abría, y se veía un rayo de luz que cortaba la oscuridad de la noche. En la iglesia donde debía realizarse la danza, algunos citadinos blancos se apretujaban en un estrado y buscaban un punto de apoyo para deducir cuánto tiempo les quedaba por padecer. «El año pasado empezaron al parecer a las diez. No deben empezar antes de que llegue el cura. Es imposible predecir a qué hora empiezan». Todo ello interrumpido por castañeteo de dientes y pataleos para mantener en movimiento la circulación.
De súbito, un indio abría la puerta, entraba y encendía el fuego de la estufa. Unos y otros se preguntaban: ¿«Ahora comenzará esto»? Transcurrió otra hora. Otro indio apareció, cruzó la nave de la iglesia y desapareció por otra puerta. «Seguro que ahora empiezan. Ya casi son las dos». Alguno expresó su sospecha de que no harían nada, en la esperanza de que los blancos abandonaran el recinto. Uno que tenía un amigo entre los pueblo, fue a preguntar a su casa cuándo comenzaría la danza. Nadie lo sabía. De repente, cuando los blancos estaban al borde de sus fuerzas, la noche quedó interrumpida por las profundas resonancias de los tambores, el tableteo y las voces de los hombres que cantaban. Sin previo aviso, había comenzado la danza.
Aparte otras funciones, una danza tenía para los indios pueblo, por tradición, una función ritual. Según su tradición, dicha danza era vivida como una comunicación —y al vez identificación— con los espíritus de los ancestros o en todo caso con el mundo de los espíritus. Los participantes empezaban a danzar cuando alcanzaban el estado de ánimo adecuado. Su vida tradicional exigía una disciplina del tiempo solo en contadas ocasiones, como al procurarse alimentos. Pero esta disciplina se les imponía por coacciones concretas, como el hambre actual o previsto. No los llamaba al deber el tiempo como una voz de su conciencia individual. Poco a poco, la significación ritual del danzar se fue debilitando y, en algunos casos, se fue reforzando su importancia financiera. Cuando la danza siguió realizándose, cambió su carácter: adquirió la forma de un espectáculo. Ahora bien, tal cambio de la tradición y la modificación en la estructura de la personalidad que exigió, eran un proceso difícil y a menudo doloroso que requería al menos tres generaciones. Tal vez un ejemplo aclare lo que queremos decir.
El inspector de la escuela de una reserva sioux conversó con Hall acerca de las dificultades de adaptación que experimentaban las tribus. Él mismo era mestizo; de niño había vivido en la reserva y después había gozado, al parecer, de una educación americana normal: estudió en una universidad americana y obtuvo un título académico. Si se le nombró inspector escolar de una reserva sioux, es de suponer que poseía un sentido del tiempo americano y que no entendía por qué sus discípulos, los sioux, no tenían su misma disciplina del tiempo[24].
¿Qué pensaría usted —nos dice— de un pueblo que no posee una palabra para el «tiempo»? Mi gente no posee palabra para expresar «después» o «esperar». No saben lo que es esperar o llegar tarde (…). He llegado a la conclusión de que jamás podrán adaptarse a la cultura blanca, mientras no sepan el significado de tiempo ni qué hora es. Así pues, se trataba de enseñarles el tiempo. En ninguna sala de clase de la reserva existía un reloj que funcionase. Compré, pues, algunos relojes y ordené que los autobuses escolares salieran puntualmente. Así. si un indio llegaba dos minutos tarde, cometía una falta, pues el autobús partía a las 8:42 y a esa hora él debía estar allí.
Un niño que crece en uno de los Estados altamente industrializados y regulados por el tiempo, necesita de siete a nueve años para «aprender el tiempo», esto es, para entender y leer exactamente el complicado sistema simbólico de relojes y calendarios y para regular en consonancia su sensibilidad y su conducta. Pero cuando han dejado atrás este aprendizaje, los miembros de estas sociedades olvidan, al parecer, que han tenido que aprender el «tiempo». Les parece algo evidente que los días y las noches sean reguladas indirectamente según los signos temporales, que pueden leerse en uno u otro de los instrumentos técnicos con esta función. Las instancias de control personal de un hombre —«la razón» o «la conciencia» o como se la llame— están formadas en consonancia y las refuerzan poderosamente las coacciones sociales que actúan en este sentido. Las relaciones humanas de todo tipo se verían muy trastornadas en sociedades de este nivel y apenas podrían mantenerse a largo plazo, si el individuo dejara de regular su propia conducta de acuerdo con un esquema temporal colectivo.
Las notas estructurales de la propia persona, tan inexorables y coactivas que además comparten todos los hombres que uno conoce, son consideradas a menudo y según el canon epistemológico dominante, como propiedades naturales, como atributos innatos y así son conceptualmente muy reguladas por el tiempo, reaccionan como el inspector escolar de la reserva sioux, cuando se topan con hombres que no tienen ni la misma conciencia ni la misma regulación del tiempo. Apenas les cabe en la cabeza que haya hombres que no estén, como ellos, regulados por el tiempo y que ni siquiera tengan una palabra para designar el «tiempo».
Pero el problema no radica en que los miembros disciplinados por el tiempo de sociedades más tardías no sean capaces de entender a los individuos de sociedades más primitivas que tienen una menor necesidad de determinar el tiempo, sino en que tampoco se entienden a sí mismos. El conjunto de categorías de que disponen, les ofrece para el diagnóstico y explicación de un atributo de su propia persona tan coactivo e inexorable como su experiencia del tiempo, solo un único instrumento conceptual: la idea de una propiedad innata de la naturaleza humana, en el mejor de los casos, disfrazada de síntesis conceptual de toda experiencia.
Es difícil que se nos escape que tenemos que aprender a determinar el tiempo y, sin embargo, la conciencia del tiempo omnipresente, una vez adquirida, es tan imperativa, que parece a quien la tiene, una parte de sus dotes naturales. Hasta hoy no se ha visto claro y desde luego no es comúnmente aceptado que una estructuración de la naturaleza humana aprendida y, por ende, adquirida socialmente, puede ser casi tan inevitable y coactiva como la estructura genéticamente determinada de una persona. La experiencia del tiempo de individuos que pertenecen a sociedades estrictamente reguladas por el tiempo, es un caso entre muchos de estructuras de la personalidad que, adquiridas socialmente, no son menos coactivas que las propiedades biológicas. Con esto queda explicada la expectativa, en apariencia obvia, de los miembros de sociedades muy diferenciadas de que su experiencia del tiempo sea un don universal de todos los hombres, así como la incredulidad o la sorpresa que a menudo manifiestan, cuando se encuentran directamente o por los relatos de otros, con individuos de sociedades que no tienen la misma regulación del tiempo.