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Al reflexionar sobre el problema del tiempo, no es difícil que nos equivoque la forma sustantivada del concepto. Ya en otro lugar indiqué que hablar y pensar con sustantivos objetivantes, como suele hacerse, dificulta mucho la percepción del nexo entre eventos[9]. Esta convención del lenguaje recuerda un poco la tendencia de los antiguos, todavía no desaparecida por completo, de personificar las abstracciones. El obrar con justicia se convirtió en la diosa justicia. Hay muchísimos ejemplos de la coacción que un lenguaje social normalizado ejerce sobre el individuo hablante para que emplee sustantivos objetivantes. Piénsese si no en frases como «el viento sopla» o «el río fluye», como si el viento fuera otra cosa que el soplar y el río distinto del fluir. ¿Hay acaso un viento que no sople y un río que no fluya?
Dígase lo mismo del concepto de tiempo. Si en castellano existiese una forma verbal del concepto «tiempo», por ejemplo «temporizan», como se da en el inglés timing, sería fácil aclarar y entender que la acción de «ver el reloj» cumple el objetivo de sincronizar entre sí posiciones en la sucesión de dos o más procesos. Entonces quedaría claro el carácter instrumental del tiempo. En lugar de esto, el vocabulario disponible ofrece al hablante y, en consecuencia, al pensante, solo expresiones verbales del tipo «determinar el tiempo» o «medir el tiempo», con las cuales se sigue dando la impresión de que hay algo, precisamente «el tiempo», que se trata de determinar o medir. Las costumbres lingüísticas, por tanto, llaman a engaño a la reflexión, reforzando una vez más el mito del tiempo como algo que, en cierto sentido, se encuentra allí, existe y que como algo presente pueden determinar o medir los hombres, si bien no es posible percibirlo con los sentidos. Sobre este modo de existencia peculiar del tiempo, podríamos filosofar infatigablemente y por centurias. Podríamos entretener y entretenemos de modo incesante sobre el tiempo misterioso y divertir con este relato de las maravillas… donde no hay ningún misterio.
En último término, Einstein tuvo que confirmar su tesis, según la cual el tiempo es una forma de relación y no, como lo creyó Newton, un flujo objetivo, parte de la Creación, como los ríos y las montañas; aunque aquel sea invisible, tiene al igual que estos una existencia independiente de los hombres que lo miden. Sin embargo, Einstein no profundizó lo bastante en este tema; no se libró tampoco del todo del fetichismo de las palabras y, a su modo, dio nuevo pábulo al mito del tiempo objetivo, cuando, por ejemplo, habló del tiempo como si pudiera, bajo ciertas condiciones, encogerse o extenderse. Reflexionó sobre el problema del tiempo, pero solo en el ámbito limitado del físico. Ahora bien, un análisis crítico del concepto «tiempo» exige entender la relación entre tiempo físico y tiempo social; esto es, entre determinar el tiempo en el contexto de la «naturaleza» y hacerlo en el de la «sociedad». Por supuesto que esto no era la tarea de Einstein, como no lo es tampoco de la Física.