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La idea según la cual los hombres vivieron siempre de la manera hoy dominante, las series de hechos que experimentamos en nuestras sociedades como secuencias temporales, esto es, como un flujo uniforme, igual y continuo, contradice una multitud de hechos observados en el pasado y en el presente. El concepto de tiempo puede cambiar, como lo demostró Einstein corrigiendo el concepto newtoniano del tiempo. Einstein puso de manifiesto que la concepción newtoniana según la cual el tiempo es un continuum unitario y uniforme sobre el universo físico, no podía ya sostenerse. Cuando nos tomamos el trabajo de volver la mirada hacia estadios anteriores en el desarrollo de las sociedades humanas, encontramos numerosas pruebas de otras transformaciones en la experiencia y la captación conceptual de aquello que hoy en día llamamos «tiempo». Para nosotros, «tiempo» es un concepto de un alto nivel de generalización y síntesis[8], que presupone un acervo de saber social muy grande sobre métodos de medición de secuencias temporales y sobre sus regularidades. En un estadio anterior, es claro que los hombres no poseían este saber y no porque fueran menos «inteligentes», sino porque este saber, por su naturaleza misma, necesitaba un mayor espacio de tiempo para desarrollarse.
Entre las más antiguas medidas del tiempo se encuentran los movimientos del sol, la luna y las estrellas, de cuyas relaciones y regularidades tenemos hoy en día una idea muy clara de la que nuestros antepasados carecieron. Si nos remontamos a un pasado bastante remoto, veremos que hay estadios donde los hombres no tienen aún la capacidad de relacionar los múltiples y complejos movimientos de los astros para hacerse un esquema unitario relativamente bien integrado. Vivían una gran cantidad de sucesos singulares que no tenían un nexo claro o, en todo caso, solo presentaban una relación fantástica bastante lábil. Quien no dispone de una norma firme para determinar el tiempo de los hechos, no posee un concepto de tiempo como el nuestro. Los hombres de esos estadios anteriores se comunicaban y pensaban, como suele decirse hoy; con conceptos «más concretos» que los nuestros. Dado que un concepto no puede ser «concreto» en el estricto sentido de la palabra, quizá sería más correcto hablar de síntesis «particularizante» o síntesis de un «nivel inferior». Hubo tiempos en que los hombres usaban el concepto «sueño», donde nosotros diríamos «noche»; el concepto «luna», donde nosotros hablaríamos de «mes», y el concepto «cosecha» o «rendimiento anual», donde nosotros nos referiríamos a «año». Una dificultad con la que topa la investigación sobre el tiempo, es la falta de una teoría evolutiva de la abstracción o, con mayor precisión, de la formación de síntesis. Las transformaciones de síntesis particularizantes en general que acabamos de mencionar, son de los pasos evolutivos más significativos con los que uno puede encontrarse en este contexto, si bien aquí no tenemos espacio para entrar en más detalles. Añádase a esto que ciertas unidades de tiempo como «día», «mes», «año», etc., que, según nuestro calendario y otros reguladores temporales de hoy en día confluyen, no siempre lo hicieron en el pasado. De hecho, el desarrollo de la determinación del tiempo en la vida social, la paulatina creación de un retículo más o menos bien integrado de reguladores temporales, como relojes y calendarios anuales continuos o los siglos que tensan las escalas temporales de la era (hoy vivimos en el «siglo XX después de Cristo»), es lo que permite la experiencia del tiempo como un flujo uniforme y siempre igual. Si falta lo primero, no puede estar presente lo segundo.