Especial 2: Lazos prohibidos.

 
 

Estuvo toda la tarde limpiando minuciosamente su apartamento. No quería que por ningún motivo, razón o circunstancia su añorada visita colocarla sus pies en un muladar. Vivía con un compañero de clases, Eliezer, con quien trabajaba en un taller de autos. Allí le daban vida a cualquier cacharro.

 

Aprovechando la ausencia de su compañero, Paris se convirtió en una chica del servicio. Lavando, limpiando, desempolvado. Dos hombres viviendo en un apartamento eran igual a desorden y desaseo. Paris no era tan descuidado como Eliezer, su madre le enseñó a mantener todo en su lugar de manera estricta, no tenía piedad si dejaba una media en el suelo, con una mirada lo exhortaba a recogerla y dejarla en su sitio. Su padre, Jasón siempre lo consentía y le decía con una sonrisa pícara que fuera obediente si no quería sufrir las consecuencias. Y es que Chicago cuando se enojaba era un energúmeno. No obstante se preocupaba por él, por su bienestar, por educarlo correctamente. Eso era lo que estremecía su corazón, el que ella se hubiera esforzado tanto en la formación de un chico con sentimientos torcidos.

 

No lo podía ignorar, por mucho que pusiera distancia sus pensamientos siempre iban dirigidos a la chica de cabellos negros, ojos oscuros, de mirada profunda y sencilla. Una sonrisa que aceleraba su pulso, le quitaba el aliento, le robaba la razón. ¿Cómo explicarle a su corazón lo ilícito de sus sentimientos? ¿Cómo lidiar con la culpa de algo que no se había cometido?

 

La razón por la que se mudó del apartamento de sus padres fue para poner distancia prudencial y sana entre él y su hermana. Porque Paris estaba terriblemente enamorado de su hermana Pamela. A pesar de no ser hijos del mismo padre, ellos los educaron de tal manera, evitando las diferencias, amándose y protegiéndose, solo que ese amor se transformó en algo terrible y prohibido. Desde que las gemelas nacieron, Paris se autoproclamó su protector. Como hermano mayor siempre estaba tras ellas, evitando que se accidentaran, jugando con ellas, protegiéndolas de cualquier imbécil que quisiera burlarse de ellas. Su familia no era normal, y eso le encantaba. Tenía dos padres geniales, Jasón, el cual le acolitaba cuanta locura, enseñándole a conquistar chicas, a perseguir lo que quisiera. Daniel, un hombre cabal, dulce, lo escuchaba y le indicaba sin presiones un camino que nunca veía cuando estaba sumergido en la angustia. Lo más admirable de todo era la dinámica compacta que tenían con su madre. La devoción en sus miradas, en cada detalle, las sonrisas que ella les dedicaba, la forma en la que les hablaba. Sin comprender el origen de todo aquello, le sorprendía que su madre tuviera la capacidad de amar a dos personas y formar una familia mucho más sólida que las normales.

 

Lo que odiaba de su situación era la corrupción que corría por su sangre, la manera en la que veía a Pam, la forma anormal en la que la protegía. Sus padres notaron lo unido que era a ella desde pequeños. Bianca era de carácter fuerte, estaba destinada a madurar rápido, a prevalecer por encima de sus hermanos. Aunque Paris la protegía, ella era lo suficientemente capaz de superar cualquier dificultad con solo dirigir una mirada mortal a quien quisiera joderla. Era creativa, un tanto soberbia. Se alejaba del mundo para concentrarse en sus pinturas, imaginando paisajes que solo visitaba en su imaginación. Era su pasión, su motivación. Pintar lo era todo para ella, por lo que en cuanto vio la oportunidad de irse a Argentina a estudiar, se fue. Chicago la apoyó, siempre aconsejándola, guiándola. Ambas eran de temperamento fuerte, por lo que en ocasiones chocaban, no obstante siempre estuvo a su lado, animándola a perseguir sus sueños. Así lo hizo, se fue a perseguir lo que quería.

 

Pam era suave, un tanto frágil, pero no era de las que se dejaba pisotear. Tenía infinita paciencia, como su padre, le daba oportunidad a quien lo mereciera. Siempre tuvo ese vínculo especial con Paris. A pesar de tener una gemela, su hermano y ella tuvieron mucho en común. La mayoría del tiempo estaban juntos, hablando, jugando, caminando. Siempre lo escuchaba, lo aceptaba sin reservas. En ocasiones subían a la casa del árbol que Jasón y Daniel construyeron para ellos. Podían accesar a ella subiendo una escalera, sin embargo Paris se trepaba, animando a Pam a seguirlo. Ella iba por lo seguro, subiendo los escalones con cuidado de no tropezar y resbalar. Al llegar jugaban, se reían y terminaban recostados en el suelo, la cabeza de Paris siempre reposaba en las piernas de Pam. Veían las estrellas, colocándoles nombres, imaginándoles vidas. Al día siguiente Daniel o Jasón los bajaban. Todo era natural, como hermanos que eran. Su unión no tenía por qué ser mancillada con deseos prohibidos y pensamientos libidinosos e ilegales. Sin embargo esas sensaciones no podían ser frenadas, ni siquiera podía preverlo.

 

Al crecer el cuerpo de Pam como el de Bianca, tomaban forma de mujercitas. Bianca con la fuerza que la caracterizaba, vestía de manera imponente, sin ser vulgar. No buscaba llamar la atención de nadie, sino destacar lo que se escondía en su interior. Pam, por otro lado era sutil, elegante de una manera sencilla. Como su madre, a Pam le gustaba el patinaje, dedicándole tiempo y energía al deporte. Eso le permitió tornear sus piernas, adquirir una forma mucho más definida, llamando la atención de los chicos.

 

No se tenían envidia, de hecho Bianca la incitaba a destacar. Pam, con cariño le hacía ver que así estaba cómoda. París las vigilaba como halcón, no permitía que ningún moscón hijo de puta quisiera meterles la mano a sus hermanitas, sobre todo a Pam. A ella la acaparaba, la observaba sin perderle la pista. A ella no le importaba, de hecho le parecía enternecedor que su hermano se preocupara por ella y la protegiera, como siempre. Bianca por otro lado, discutía y lo mandaba a volar, le advertía que ese comportamiento psicópata no estaba dispuesta a tolerarlo. Ambas salían con su hermano, comportándose como las damas que eran. Bianca odiaba los tipos insulsos, argumentando que merecía alguien intenso, interesante, con ideales. Pam no quería perder el tiempo en ello, sus estudios y el deporte eran su prioridad. Paris solo tenía ojos para sus princesitas, en especial Pam.

 

A pesar de eso, tonteaba con algunas chicas, solo para sentirse normal, ordinario en ese mar de emociones indebidas. No era tan promiscuo como lo fue su padre, no podía cuando solo podía ver el rostro de Pam mientras estaba con otras. Lo que sentía por ella era tan obsceno que le costaba verla cada día. Ver como florecía, como su belleza atraía tipos indeseables, le carcomía por dentro. No tenía ningún derecho al reclamarla, no era justo, no era correcto. Pam era su hermanita y aun así no podía apartarla de su mente. Con ella todo era natural, increíble. Podía mostrarse tal y como era, compartir todo, o al menos casi todo. No entendía como saltó esa línea de hermandad a un sentimiento inmoral. Se habían criado juntos, crecieron en un hogar fabuloso. ¿Por qué carajos se sentía atraído por un imposible?

 

Poco a poco tomó distancia, estudiaban en la misma universidad, pero esa unión inquebrantable lo estaba haciendo pedazos. Ya no pasaba tiempo con ella, casi no charlaban. Sus amigos tomaron un lugar importante, al igual que el Motocross. Como su padre, le encantaban los deportes extremos, y el Motocross sacaba toda la frustración que sentía por dentro al no poder pertenecerle a quien más quería.

 

Las cosas empeoraron cuando, una noche saliendo del apartamento encontró a Pam con un tipo. El carbón la apretujaba, besándola de una manera asquerosa y lo peor de todo era que ella le correspondía. Las manos del desgraciado iban directo al trasero de su hermana. Eso lo jodió de tal manera que lo vio todo rojo. Con pasos firmes fue directo hacia ellos. Los separó y lo molió a golpes. Fue tan horrible que Pamela acudió a sus padres, y aun con ellos acompañándola casi no podía separarlo. Estaba encarnizado, ido, endemoniado si era posible. Luego de mandarlo unos días al hospital, Pam no le habló por un mes, toda una tortura para él. A pesar de que ofreció disculpas y se hizo cargo de los gastos médicos, nunca se arrepintió. Uso su persuasión para pedirle de una manera poco amable al chico que se alejara de su hermana. Ella lo estaba descarriando, lo estaba volviendo un ser irracional y torpe. Por eso se mudó con su amigo Eliezer, necesitaba su espacio para pensar mejor las cosas y olvidarse de ella, verla como lo que era: su dulce hermana menor.

 

Casi no se veían en la universidad. Ella estudiaba economía, él ingeniera industrial. Parecían extraños. Después de eso ella lo apartó, aunque lo mataba la lejanía era lo mejor, lo adecuado. Aun así él la cuidaba desde lejos, la veía ir y venir con sus libros, estudiando, rodeada de chicas que no le llegaban a los tobillos. Sonriendo, destacando, ocupándose de sus prioridades. Sin duda alguna Pamela era la princesa de sus ojos. Un ser al que amaba de una manera clandestina.

 

La razón por la que se encontraba limpiando manchas diminutas del apartamento donde vivía era porque ella lo sorprendió con una llamada, en la cual se auto- invitaba a su casa, una casa que no conocía desde que se mudó, hacía tres meses. Escuchar su voz dulce le calentó el corazón, sonrió como un imbécil y accedió a ayudarla a estudiar. Ella se quedaría a dormir junto a él, como los viejos tiempos, solo que no sabía cómo manejar aquello sin dejar ver sus verdaderos temores.

 

Se vio por última vez en el espejo. Llevaba una camisa polo color gris, un pantalón azul, zapatos negros. Su cabello peinado de medio lado. Estaba aplastándose una hebra rebelde que no se acomodaba. Molesto se pasaba la mano una y otra vez. Debía verse impecable para ella, nada de errores, nada de estupideces. La persona más importante de su vida estaría allí y quería verse estupendo.

 

El timbre sonó. Los nervios le crisparon la piel, el sudor le empapó las manos. Su respiración se aceleró, su corazón rebotaba en su pecho con tanta fuerza que le dolía. Le dio una rápida repasada a su apartamento, al parecer todo estaba bien. Aplastando por última vez la estúpida hebra, se acercó con sigilo a la puerta. Las piernas le temblaban, creía que se desmayaría. Si así fuera se arrastraría por el suelo y le abriría. Nada le impediría verla, ni él mismo.

 

Estaba allí, bajo el umbral de su puerta. La boca se le secó, los temblores se intensificaron, le costaba respirar. Un hormigueo particular se concentró en su estómago. Le costaba mirarla, y  no precisamente porque fuera desagradable. Al contrario, su sonrisa cándida e inocente hacia estragos en su sistema nervioso. Esa mirada inteligente y comprensiva colocaba su mundo patas arriba. No podía mirarla como su hermana porque no la sentía de esa manera. Ella era la representación de sus deseos, sus anhelos, sus sueños, aunque fuera prohibido, Pamela era la chica que ponía su corazón en funcionamiento.

 

Detalló la ropa sencilla que llevaba puesta. Se veía hermosa con esa blusa azul semi transparente, gracias al cielo traía una camisilla negra por debajo, por ninguna circunstancia admitiría que viniera casi desnuda a su casa a la vista de degenerados infelices. Sus pantalones beige torneaban sus piernas, ajustándose a su cadera. No vocalizaba, no pensaba con claridad. Una diosa había tocado su puerta, eso era, o estaba alucinando. ¡Maldita sea! Con esos pensamientos solo le faltaba al respeto, violaba todos los derechos morales que pudiesen existir. Eran hermanos, familia, sangre; eso valía mucho más que sus desviaciones pasionales. Aun así ya no podía luchar por mucho tiempo con lo que tenía clavado en su interior.

 

Se quedó de piedra cuando se abalanzó sobre él, envolviendo sus brazos alrededor de su cuello. Sus suaves curvas contra su duro cuerpo, sus pechos blandos y redondos contra su pecho. Su entrepierna despertó instintivamente, abultándose entre sus pantalones. Respiró trémulamente, sin saber cómo apartarla cuando su contacto lo enviaba al infinito. La rodeó alejando como pudo su cadera.

 

—Te extrañé tanto, Boli queso. —Paris soltó una risita. Pam le decía de esa manera porque cuando eran pequeños solía robarse un paquete de boli queso, dejando manchas como evidencia. Chicago lo castigaba por eso. Echaba de menos esos momentos donde estar con Pam era más sencillo.

 

—Yo igual, pastelito. —Se separó de ella, tomando un poco de su olor a mango que tanto le gustaba. Las manos de Pam cayeron a su pecho. Su corazón martilleó con tal potencia que todo el pecho le palpitó. Un ardor inimaginable se extendió por esa zona. Ese toque, tan familiar, no debía ser tomado de esa manera tan desviada e inicua. Era su hermanita, un ser al que debía proteger, amar de una manera fraternal. No verla como una mujer completamente inalcanzable, con deseos oscuros y desviados.

 

Pam entornó los ojos, sintiendo los latidos de su hermano. Lo veía nervioso, casi asustado. Si él supiera que ella estaba peor, tratando de prolongar un contacto indebido que los mataría. Se perdió en esas lagunas verdes, del color oscuro de una pradera. Lo amaba tanto que no sabía cómo controlarse, como hablarle sin que sus sentimientos salieran a flote. Siempre la protegía, la resguardaba, estaba con ella y la escuchaba. Tanta complicidad la orilló a despertar emociones inapropiadas y perjudiciales.

 

Era tan guapo, tan atractivo que la punzada de celos que sentía al verlo rodeado de zorras asquerosas le arañaba en lo más profundo de su alma. Paris era alto, su cabello castaño y corto al que tanto le gustaba acariciar. Ahora era un privilegio siquiera entrar en contacto con él. Sus astutos ojos verdes que destacaban con un brillo malicioso por el cual siempre sintió atracción. Su cuerpo duro, atlético. De hombros anchos, brazos musculosos, pecho cincelado y fibroso. Su cintura estrecha, y si iba más hacia el sur seguramente se encontraría con algo mucho más duro que su pecho. De solo pensar, o imaginar aquella zona desconocida, le temblaban los muslos. Nunca llegarían hasta ese punto, por ningún motivo la tensión que existía entre ellos se liberaría, o las consecuencias serían fatales.

 

Recomponiéndose, se apartó de él, detallando el apartamento. Era acogedor, sencillo, justo para dos chicos. El mueble negro donde depositó la maleta era el único asiento para recibir a los visitantes. Estaba al frente de un televisor enorme, donde intuía, disfrutaban de películas o videojuegos. Una mesita central de vidrio para colocar los pies, o la comida. Dirigió una mirada a las puertas que se encontraba frente a ella. Una de ellas debía ser la habitación de su hermano. Sintió la necesidad de ingresar y darle una inspección minuciosa, tal vez esperando a que recreara la habitación vacía que dejó en casa. No quiso invadir su privacidad, por eso decidió quedarse donde estaba. La otra puerta debía ser la habitación de Eliezer, y la de la esquina la conduciría al baño. Detrás de Paris se encontraba la cocina. Por lo que podía ver era pequeña, desde la distancia en la que se encontraba solo podía ver el lavaplatos y parte de la alacena superior. Le pareció agradable, había construido un hogar lejos de ella, lejos de lo que conocía. No lo culpaba, merecía su espacio. Aunque ella quería compartir una parte de ese espacio, así fuera mínimo.

 

— ¿Apruebas mi apartamento?—Preguntó Paris con esa sonrisa coqueta que le formaba un nudo en la garganta. Logró sonreír para disipar un poco los renovados nervios.

 

—Está bien, tienes un diez—respondió.

 

—He preparado un coctel de naranja, como te gusta—ofreció él con un sonrojo adorable. Pam sonrió, asintiendo.

 

Paris se dirigió a la cocina. Con las manos temblorosas, se dispuso a servir los bocadillos y las bebidas. Lo tenía todo fríamente calculado, la haría sentir como una princesa, una que estaba fuera de su alcance. Sosteniendo una bandeja, regresó a la sala. Se detuvo para contemplarla en silencio. Pam se hallaba concentrada en sus fórmulas matemáticas. Amaba la economía tanto como el patinaje, pero no era muy amiga de las matemáticas, por lo que podía ver el esfuerzo que le sobrellevaba borrar y resolver nuevamente las formulas. Sonrió al ver como lanzaba el Lapiz sobre el cuaderno. Ella alzó la vista, y por un instante, tan pequeño como una molécula de agua, se vieron reflejados. Sus angustias, sus secretos, sus miedos, aquello que querían expresar pero sabían que podía desatar una catástrofe.

 

Con un carraspeó, ambos dirigieron sus vistas a un punto seguro, refugiándose de nuevo en sus caparazones. Paris colocó todo en la mesa. Pam agarraba puñados de palomitas de maíz y tomaba un poco del coctel que su hermano le preparó. No conseguía concentrarse del todo, su cercanía la alarmaba, su presencia la descolocaba, su olor la drogaba. Le era imposible continuar estudiando si él no colaboraba.

 

—Ya veo porque te equivocas—dijo Paris, se sentó más cerca, tomando el lápiz. En dos segundos descifró los cinco ejercicios que Pam no había logrado resolver en una hora. Impresionada, le palmeó el hombro, él se encogió de hombros—. No estabas interpretando bien los ejercicios, Pastelito.

 

— ¡Eres un genio!—Aplaudió. Tomó su cuaderno intentando comprender como su hermano terminó cinco miserables ejercicios en cuestión de segundos. Entre más leía menos entendía. Paris lo notó en la forma en la que torcía la boca. Aproximándose a ella, apuntó con su dedo.

 

—Te estabas saltando la variable X. Te están pidiendo que resuelvas el consumo en función de la ingreso, ¿verdad? Ibas por buen camino, sin embargo no estabas tomando en cuenta a X para hallar el equilibrio y resolver el ejercicio. Es cuestión de enfoque—declaró con simpleza.

 

—Eres un presumido—manifestó dándole un codazo en las costillas, Paris se rió y le sacó la lengua.

 

—Leo bien, que es diferente. —Fue el turno de Pam de sacarle la lengua e imitarlo. París se ubicó mejor, apreciando la presencia de su hermana. Con ella todo fluía, era tan fácil perderse en su mirada, en los detalles de su rostro. La forma en la que veía el mundo. Siempre analizando todo, aprendiendo. La amaba por aceptarlo, la amaba porque a pesar de las dificultades siempre lo recibía con una sonrisa sincera, una sonrisa que atravesaba sus defensas. Ella sabía cómo llegar a su corazón, le hablaba con tanto afecto que siempre terminaba obedeciéndole. Las bromas que se hacían solo las entendían ellos, ni siquiera Bianca tenía ese nivel de complicidad con ellos.

 

Con la ayuda de Paris, pudo adelantar gran parte de los ejercicios, la parte teórica era mucho más fácil para ella. Mientras resolvía preguntas a gran velocidad, Paris no dejaba de mirarla, embelesado con su perfil. Sus ojos soñadores, con esas pestañas espesas rodeándolos, su dulce boca torciéndose ante las preguntas cada vez más complicadas, sus manos delicadas y pequeñas pasando las paginas, escribiendo en su cuaderno. Tan fresca, tranquila a su lado. Ella no se alteraba tan fácilmente, de hecho era la única con la capacidad de frenar sus locuras, la única que calmaba ese carácter impetuoso. Cuando estaba junto a ella pensaba mejor, sentía absolutamente todo,  se sentía débil y fuerte a la vez. Le costaba trabajo quitarle los ojos de encima y el silencio lo estaba matando.

 

— ¿Cómo están todos?—Preguntó sin dejar de mirarla.

 

—Extrañándote mucho—confesó con tristeza—. Bianca tiene novio, se llama Clinton.

 

Como hermano sobreprotector se envaró. Hacía mucho que no hablaba con la gemela malvada. La quería, se preocupaba por ella, pero no se comparaba con lo que Pamela le producía. A ella podía verla como su hermana, a Pam no.

 

— ¿Y qué tal es ese Clinton? ¿La trata bien? ¿Lo traerá para conocerlo?—Pam negó, era incorregible. Si Bianca lo presentaba era porque significaba demasiado para ella como para permitirle entrar a su casa, conocer a su familia. Aun no pasaría eso, o al menos fue lo que le dijo.

 

—La trata bien, no lo traerá porque piensa que es demasiado pronto. Y si te lo presentara creo que antes te daría una retahíla de cómo comportarte con él. Según ella tú arruinarías todo y lo espantarías. El tipo no sale corriendo todavía y no quiere que lo haga, se ve que esta enguachada seriamente con él.

 

París, no muy convencido, le dio el beneficio de la duda. Por estar lejos no se salvaría de su interrogatorio. Hablaría seriamente con ella y le haría ver que todo lo hacía por su bien, no permitiría que ningún idiota las maltratara o las hirieran. Por el momento dejaría estar el tema de Bianca para pasar a un interrogante que lo asustaba, de solo pensarlo le hervía la sangre. Sin embargo no se quedaría con la duda.

 

— ¿Y...tu, tienes novio?—Cuestionó apretando los puños. Aunque ella no había respondido la pregunta la sangre le corría rápido. Apretó la mandíbula a punto de explotar. Mantenía las distancias porque él no podía ocupar ese lugar privilegiado que deseaba, no obstante no podía hacerse a la idea de que su Pam pudiera entregarse a otro, simplemente era inconcebible.

 

—No, no tengo tiempo para eso—contestó sombría. Volvió su atención hacia las hojas que pasaba. Evitaba su mirada, lo sabía y le molestaba. La tensión que existía entre ellos se acrecentó con el silencio ensordecedor que los separaba. Cuanto daría porque la vida no los hubiera puesto en la misma familia, cuando daría por poder amarla como debía, cuanto daría porque no compartieran lazos sanguíneos—. ¿Qué hay de ti? ¿Ya hay alguien permanente en tu vida?

 

No fue precisamente la pregunta lo que lo descolocó, sino la forma mordaz, con tintes un tanto irónico. A lo mejor lo preguntaba de esa manera porque se creía todos esos estúpidos rumores de que andaba con una y con otra. Las mujeres iban tras él y regaban chismes por los rincones de la Universidad. Cortaría de raíz tanta mentira.

 

—No, tampoco tengo tiempo—repuso serio—. Lo que hayas escuchado es mierda, Pam, pura y física mierda. Yo no ando de zorrón jodiendo con todas esas chicas que hablan de mí. Lo que quieran no lo obtendrán, ¿está claro?

 

Agradeció la sinceridad. Lo conocía demasiado bien para saber cuándo mentía, este no era el caso. Además la severidad en su mirada la asustaba un poco. Lo decía como si temiera decepcionarla, como… si su vida dependiera de si ella le creyera o no. Estaba un poco mareada por la mirada penetrante que le dedicaba.

 

—Está claro—replicó—. Sin embargo… has tenido novias, ¿verdad?

 

—Nada que valiera la pena—refutó sintiéndose expuesto. Aclaró su garganta, respirando profundo y escogiendo sus palabras con cuidado—. No he estado con una tonelada de mujeres. He tenido… rollos, pero eso no llena el… vacío que tengo—confesó apesadumbrado—. Yo… Estoy enamorado de un imposible. Nunca estaremos juntos.

 

Pam quiso salir corriendo, esconderse en un hueco y no volver a ver a nadie. Paris estaba enamorado de alguien, de alguien demasiado especial para verlo en un estado de derrota. Él nunca se rendía sin dar la pelea, nunca se iba y dejaba todo tirado. Sin embargo, su mirada denotaba tanta tristeza, tanto desasosiego, como si ese amor lo destruyera, lo desmoronara y tomara lo mejor de él. Sintió tanta rabia contra la chica que tenía a su hermano en un estado tan deplorable. Quería tenerla al frente y golpearla hasta que se diera cuenta que Paris era un chico extraordinario, hermoso, increíble, cualquiera podría enamorarse de él, incluso ella lo estaba.

 

Se tragó las lágrimas, escondió el dolor que le producía su confesión. Ella quería confesarse de una forma sutil, él no lo notaria si se lo contaba de una manera no evidente. Compartiría un poco de su padecer con la persona que nunca debía saberlo o la repudiaría.

 

—Yo… también estoy enamorada. —La mirada de Paris se oscureció. ¿Su dulce Pam soñaba con alguien? ¿Quién era el hijo de puta afortunado que se robó el corazón de su hermana?—. No es posible… lo que siento por él, nunca seré correspondida. El destino es demasiado cruel para permitir que me enamorara de un imposible—declaró a punto de llorar.

 

Paris la acercó, confortándola con un abrazo que debía ser fraternal. No obstante su único propósito era borrar a ese carbón desgraciado que la hacía sufrir y reemplazar su rostro con algo bonito, con alguien que la mereciera, que estuviera a su altura. Ese tipejo no merecía ni una sola lagrima de su hermana, ni un suspiro, ni siquiera un solo pensamiento. Le sacaría la información para ir a patearle el culo y reventarle la cara, porque una sola mirada triste de ella le bastaba para acabar con el mundo.

 

—No te preocupes, Pastelito. Ese estúpido no sabe de lo que se pierde.

 

—Seguro. Tiene muchas mujeres a su disposición, ¿porque querría a alguien como yo?

 

—No te atrevas a compararte con alguna mujerzuela regalada. Tu… eres brillante, Pam, cálida, tierna. Ese idiota no sabe lo que es tenerte, nunca lo sabrá porque es demasiado ciego. Eres capaz de entender y aceptar a cualquiera. Atraes… la atención de una manera que es difícil manejar. Ya llegará alguien que te amé, ya verás. —Le costó tanto decirlo que pensó que no le creería, no obstante ella se acurrucó en su pecho, como si fuera su lugar favorito. Él le acarició el cabello, enredándolo entre sus dedos, besándolo, jugando con él. Si la viera con otro chico seguramente lo mataría, lo que sentía por ella lo volvía un imbécil irracional. No podía siquiera pensar en ella abrazando a otro, colocando su cabeza en su pecho, buscando consuelo. Quería dejarla ir de verdad, amarla correctamente, ser un hermano mejor, sin embargo era demasiado egoísta como para aceptar que tuviera a otra persona. Ya no sabía qué hacer, como manejar la situación, no sabía cómo tolerarlo. Era insoportable e inevitable. La amaba, pero era un amor maldito, teñido de pecado que mancillaba la imagen de la familia que construyeron.

 

—Quiero ver una película. —Sabía que diría eso, cuando estaba estresada siempre se sentaba a ver una película, generalmente de acción y sangre. Le encantaba eso de ella.

 

Le puso una de sus favoritas, Jumper. No entendía porque razón la encontraba tan entretenida, aun así la acompañaría. Se cubrieron con una manta, colocó una vasija con palomitas de maíz y su coctel de naranja que estaba a la mitad. Ella seguía recostada sobre su pecho, riendo, brincando de susto con alguna escena, maldiciendo a Samuel Jackson por ser tan despiadado. Paris le acariciaba el cabello, como si fueran una pareja común y corriente. Por un momento se permitió olvidar lo que eran, lo que los unía y disfrutó de su cercanía. Se despojó de esa barrera endeble y la aferró a su cuerpo. Daría su vida entera por verla feliz, realmente feliz, que sus sueños se hicieran realidad, cada uno de ellos. Olvidarse del mundo y de sus reservas para amarla de verdad.

 

Mientras Paris mantenía la vista en su cabeza, Pam alzó la vista. La atracción la impulsó a eso, quedando a pocos centímetros de su boca. Nunca había estado tan cerca de él, podía sentir su respiración chocando contra su rostro, su cuerpo tensionado y rígido, su mirada confundida. Intentó recomponerse apartándose de él, sin embargo no lo permitió. La sostuvo cerca, restringiéndole cualquier movimiento que les permitiera recuperar la conciencia. Porque no quería razonar, no más, no cuando ella estaba ahí, prácticamente accesible. Sus labios rosados a su disposición. Si la besaba, solo un poco, a lo mejor lo que sentía se iría porque entendería que lo ilícito del asunto era mucho mayor como para continuar pensando en ella. Si la besaba entonces todos esos años de suplicio se desvanecerían. Porque ese enamoramiento debía ser un ideal caprichoso, tenía que serlo porque no podía vivir con ello por más tiempo.

 

—Pam…—Cerró los centímetros que los separaban, rozando sus labios, provocándola. Su respiración refrescante solo lo alentaba a morder la fruta prohibida, su mirada cándida y angelical lo inducían a un estado irreal donde todo lo que quería hacerle era normal, donde los prejuicios no existían, donde ella lo aceptaba—. Lamento esto.

 

Posó sus labios, en un delicado beso que encendió la llama que tanto se esmeró por apagar. El hilo fino de la cordura se rompió. La decencia desapareció dando paso al torrente de sentimientos enjaulados. Si creía que podía conformarse con eso, estaba delirando. Si pensó que era un simple capricho, estaba equivocado. Ese beso fue la confirmación real de que nunca existiría otra mujer a la que pudiera amar que no fuera Pamela Adams.

 

Se alejó lo suficiente para verla a los ojos, ella no estaba alterada. En realidad se aferraba a su camisa. Su mirada le indicaba que todo estaba perdonado. No lo lamentaba, no estaba avergonzada, no tenía miedo de él. Era como si hubiese esperado toda la vida para que eso sucediera. Entonces comprendió que ella estaba pasando por la misma situación, entendió como una brisa de esperanza que Pam lo amaba, y no como su hermano, sino como el hombre del cual hablaba con tanto dolor. Conmovido por eso regresó a sus labios. Eran el cielo, el paraíso, el pecado no concebido, la corrupción más hermosa de su vida. Ella lo agarraba del cabello, suplicando que no se alejara de nuevo, él se hundía en su boca, moldeándola, dedicándole atenciones, deslizando su lengua, siendo un tanto atrevido. Ella lo aceptó, abriendo la boca y profundizando el beso. Sus respiraciones eran pesadas, sus corazones iban al compás de un ritmo perturbador y aniquilante. Ella era un manojo de nervios en sus brazos. Intuía que nunca había estado con ningún chico, que pocas veces besó a alguien. No quería sentirse feliz por eso, como un troglodita de mierda, pero no podía negar que eso le aliviaba. No era ninguna novata, pero tampoco se lo comía como esas chicas con las que intercambió uno que otro beso. Ella se tomaba su tiempo, calentándolo a fuego lento. Él la animaba atrapando su labio inferior, succionándolo. Ella se estremecía y comenzaba a jadear, devolviéndole el gesto al introducir su lengua. Gustoso, Paris se entusiasmó e imitó su gesto.

 

Sin despegar sus labios, la recostó en el sofá, quedando sobre ella. La saboreaba, probaba pedazos de un cielo anhelado, reservado. Ella tomaba confianza, le devolvía los besos con intensidad, con fuerza, incluso lo obligaba a continuar sin tregua. No se despegaron ni para respirar. Su mundo era ese mullido sofá y sus besos, sus manos, sus cuerpos y sus almas entregándose al fuego extraño, al fuego prohibido. Si estaba condenado, no le importaba en absoluto porque al menos moriría feliz por haber probado el dulce sabor de Pam.

 

Las manos de Paris se deslizaron bajo la blusa y camisilla de Pam. Su piel era suave, tibia, tersa. Ella también deslizó sus manos bajo su camisa, sus músculos se contraían al sentir sus manos adorando su piel. No podía parar, no quería parar. La deseaba, la amaba, la quería como loco. Estaban a las puertas del infierno, de una condenación eterna. La estaba manchando con su pecado, la estaba descarriando. No obstante no iba a parar a menos que ella se lo pidiera.

 

Se apartó un poco, desabotonando su blusa, yendo más allá de lo permitido. Estaba ansioso por descubrirla, por tocarla, por poseerla. Pam se incorporó para sacársela, lanzándola al suelo. Volvió a su posición, impaciente, nerviosa, un poco desorientada por el curso de los acontecimientos. París metió sus manos bajo la camisilla negra, deleitándose por tocar la piel suave de su Pastelito, ansiando verla desnuda y tomarla. Inesperadamente, ella alzó los brazos, dándole permiso de deshacerse de la camisilla. Al caer al suelo, Pam se cubrió el pecho con los brazos, sonrojándose ante la mirada devoradora de Paris. Sus pechos estaban tapados por un brasier negro de franjas blancas. Parte de su piel pálida estaba expuesta. Dirigió su mirada a un punto seguro, donde fingía inútilmente que no estaba semi desnuda.

 

París tomó su barbilla, acariciando su rostro con veneración. No quería que sintiera vergüenza. Era hermosa, su cuerpo lo excitaba tremendamente, su inocencia lo tenía al borde del colapso. Le retiró las manos con delicadeza, necesitaba verla, admirarla, acariciarla, que sintiera confianza en él. De ninguna manera se burlaría o lastimaría, preferiría pegarse un tiro que dañarla.

 

Tocó su vientre, deseando pasar su lengua. Ascendió por su cintura, tragando saliva, anonadado ante las reacciones de Pam. Se retorcía con sutileza, animándolo con esa mirada cándida que lo endurecía, lo animaba. Al llegar a sus pechos se detuvo, no iría más lejos si ella no se lo permitía.

 

—Pam… no debes avergonzarte. Joder, eres preciosa. —Ella se sonrojó aún más, tratando de cubrirse de nuevo, él no lo permitió—. Perdóname por mi comportamiento, por no controlarme, pero no puedo más. Te amo. —Abrió los ojos como platos, derramando lágrimas de felicidad, comprendiendo que ella era ese amor imposible al que se refería. Estaban malditos, un amor condenado al fracaso desde el comienzo, sin embargo los impulsaba a buscarse, a encontrarse y reconfortarse en ese sentimiento inadecuado que encendía su alma—. He tratado de buscarte en otros brazos, de alejarme de ti. Me es imposible verte y no querer hacerte esto—señalo—. Pararé si me lo pides—afirmó con un nudo en la garganta.

 

—Yo… quiero que sigas. También te amo Paris. —Sintió alivio al escucharlo—. Es solo que… yo… veras… nunca he hecho…

 

— ¿El amor?—Completó conmocionado—. Yo tampoco, Pam. Te lo aseguro.

 

—Espero que no te moleste mi inexperiencia—expresó cohibida—. Quiero que… te guste y te sientas satisfecho.

 

—No me molesta en absoluto—sonrió con picardía—. Muero por estar contigo. Ya estoy satisfecho al estar así, al saber que sientes lo mismo que yo. —Se inclinó sobre ella, besando sus mejillas, su nariz, su frente, regresando a su boca—. ¿Puedo… continuar?—Cuestionó dudoso, ella asintió, dándole vía libre hasta el final.

 

Acunó uno de sus senos, tocándolo por encima del brasier. Su miembro se apretó en sus pantalones. Era tan suave, delicada que temía dejar alguna marca que dañara su nívea piel. Sus manos se posaron en sus pechos, apretándolos lo suficiente para que los pezones de Pam se endurecieran. Los gemidos no se hicieron esperar, la instancia se llenaba de esos sonidos con lo que quería armar una sinfonía y grabarla para siempre en su alma.

 

Retiró sus manos para quitarse la camisa, Pam lo admiró, era un hombre demasiado bello, armonioso, apetecible. Su pecho marcado, firme, acaparaba su visión. Estiró una de sus manos, tocando ligeramente aquel glorioso torso. Paris cerró los ojos, disfrutando del toque inocente de la joven. Las yemas de sus dedos lo recorrían, conociéndolo, admirándolo. Pam se inclinó, dejando un beso sobre su corazón, eso fue suficiente para que Paris se deshiciera de cualquier duda, de cualquier resquicio de razón y pensamiento cuerdo. Ella deslizaba sus labios con cierta vacilación, identificando que le gustaba, como si existiera algo que viniera de ella que lo molestara. Al acercarse hacia ese punto mortal para ambos, la apartó suavemente, no la instruiría en semejantes cosas hasta que ella no estuviera del todo seguro. Si le permitía usar su boca para darle placer entonces ya no sería un caballero, se transformaría en una bestia y la tomaría de formas que no quería imaginar.

 

No perdió el tiempo en más cavilaciones, se despendió del pantalón, dejándose el bóxer para no espantarla. Lo cierto era que Pam estaba lejos de estar asustada, en ese punto se encontraba llena de lujuria, libidinosa, curiosa de explorar hasta el último rincón del cuerpo de su amado. Atrevida, observando al Paris estático, llevó una de sus manos a la erección prisionera en aquella tela. Subía y bajaba la mano por la longitud palpitante y gruesa. Se lamió los labios, imaginándose como seria saborearlo, tenerlo en su boca, besarlo allí. París respiraba con dificultad, sentía que estaba a punto de derramarse. Jamás en su vida había estado tan duro, tan ansioso, tan nervioso. Quería enterrarse entre sus muslos, ser el primero y el último, amar su cuerpo, adorarla, besarla y llenar su ser de alegría. Una alegría genuina, verdadera. Al sentir los dedos de Pam en la cinturilla del bóxer, con toda la intención de bajarlos, la detuvo. Ella buscó su mirada, quedándose pasmada al ver sus ojos oscurecidos, entrecerrados, observándola contenido. Podía ver como se debatía, evaluando hasta donde podía llegar si ella hacia lo que creía que iba a hacer. Le sonrió dándole confianza para que bajara la guardia, lo miraba con dulzura, aquella dulzura que trastornaba su mundo, aquella dulzura que lo desarmaba. Consideró por un corto instante concederle lo que deseaba, porque ambos disfrutarían, ella al recibirlo entre sus labios, él al sentir su boca envolviéndolo. Le costaba tanto dejarse llevar cuando quería darle una maravillosa experiencia. Lo ponía a prueba, lo acorralaba y eso no debía ser así. Por ahora se privaría del exquisito placer de probar su boca.

 

Con su cuerpo sobre el de ella, la instó a recostarse de nuevo, besándola con ardor, con profundidad, tocando su lengua con desenfreno, succionándola. Ella lo sujetaba por el cuello, mordiendo su labio inferior, apartándose para atacar con brutalidad. Aquella niña inocente estaba tomando la forma de una mujer seductora, dispuesta a explorar. Le haría ver a Paris que no era ninguna tonta, que el deseo que sentía por él podría incluso mayor que el que él sentía por ella.

 

Lo apartó con una mano, llevando la otra hacia atrás, desabrochando su brasier. Lo dejó caer, exponiendo sus montañas erguidas, suplicantes. Paris se desconectó, excitándose a niveles ridículos. Los atacó, sometiendo a uno a sus labios y al otro a su mano inquieta. Pam lo instaba, lo aferraba a continuar. Paris mamaba del pecho, lamiéndolo, torturándolo por pequeñas mordidas, humedeciéndolo con su boca. No solo se enfocó en el pezón, sino en el pecho, realizando círculos con su lengua, masajeando el otro pecho. Pam no podía contener sus gemidos, cayó presa de las caricias experimentadas del joven. Su centro ya estaba preparado, sentía como su humedad se derramaba por sus muslos, empapándola. Percibía el miembro de Paris sobre su montículo, moviendo las caderas al compás de sus labios implacables. La dulce tortura a la que era sometida la sobrepasaba, era delirante, perder la razón, entregarse al pecado y no arrepentirse por ello. Porque para ella lo que hacía era el acto puro del amor restringido que sentían, la entrega inigualable de un sentimiento que cambió sus vidas. Estar de esa manera con Paris era lo más asombroso que alguna vez le hubiera sucedido. No importaba lo que eran, lo que representaba aquello para los demás, ellos no tenían la potestad de intervenir en asuntos que ni ellos mismos podían entender.

 

París recorrió su vientre, deslizando su lengua como quiso en un principio, mordiendo su piel sin dejar marcas. Probó cada rincón disponible, subiendo y bajando, entreteniéndose un tanto en sus pechos, otro poco en sus labios. Con besos ardientes descendió hasta aquel lugar que moría por probar. Con la mirada clavada en la de Pam, enredó sus dedos en sus bragas, deslizándolas hasta la mitad de sus muslos, descubriendo su sexo húmedo, bello. Volviendo a colocarse sobre ella, dejó una mano lista para tocarla, ella se arqueó buscando el toque que los catapultaría a otro nivel.

 

Pasó su mano por encima, notando como la humedad brotaba desde su centro. Ella cerró los ojos, Paris no se perdía ningún movimiento, por muy imperceptible que fuera. Se aferró a su espalda, enterrando sus uñas, gimiendo, arqueándose. Ese mínimo roce los ponía a prueba. Su miembro creía, se engrosaba, sentía envidia de sus dedos por tener el privilegio de tocarla en ese lugar que los haría explotar.

 

Sin poder resistirse, introdujo un dedo en su interior. Ambos jadearon, estaba caliente, mojada, sus músculos trataban de amoldarse a su intrusión. No iría tan lejos, aquella barrera no le permitirá eso, tampoco usaría sus dedos para tomarla completamente. Al ver el ceño fruncido de Pam se detuvo, estaba preocupado por su expresión. Ella abrió los ojos inquieta, moviendo sus caderas para que siguiera.

 

— ¿Te hago daño?—Preguntó con voz agitada.

 

—N-no… Es solo que esto es nuevo, y me gusta—pronunció. Acto seguido lo besó, él continuó moviendo los dedos. Tocaba su clítoris con el pulgar mientras que la penetraba con otro dedo. Era muy estrecha, muy tierna y sensible. Sus dedos la estaban volviendo loca, estimulando puntos que ella creyó que no existían. Masajeaba sus paredes, abriéndola lo suficiente para recibir una instrucción mucho mayor, más grande, más gruesa. Aun no estaba segura de llegar hasta ese punto neurálgico, no obstante no sabía cómo parar aquello. Ambos habían cruzado el límite y detenerse simplemente no era una opción.

 

—Pam, me empapas los dedos—declaró rotándolos en su interior. Ella gritó—. Eres tan tierna aquí, tan suave y estrecha. —Lamió su barbilla—. Te amo, Pastelito.

 

Con una mano liberó su miembro, asomándose a duras penas por encima del bóxer. Pam no tuvo la fortuna de verlo porque su posición no se lo permitía, sin embargo podía sentirlo sobre su vientre, rozándola con descaro. Estiró una de sus manos, agarrando una parte, si él la tocaba de esa manera tan delirante entonces ella haría lo mismo. Paris le permitió tocarlo, cautivado ante la iniciativa de la joven. Con movimientos lentos bombeaba su pene, conociéndolo, sopesándolo. Estaba impresionada por la forma en la que crecía, humedeciéndose por gotitas que salían del glande.

 

Paris apretaba los dientes, la mano de Pam aprendía demasiado rápido, tanto que estaba cerca de terminar. No quería acabar con su contacto, con el momento mágico que estaban viviendo. Le agradecía a quien fuera por permitirle aquella cercanía con la mujer de su vida, porque eso representaba Pamela, el amor único e irremplazable. Meneaba las caderas, sus dedos seguían penetrándola, adquiriendo potencia, tocando esa barrera que protegía la pureza que estaba a punto de romper. Con una mano Pam le arañaba la espalda, con la otra estimulaba su pene a punto de estallar.

 

—Paris—sollozó ella un tanto confundida—. Creo que… ¡Dios, no lo aguanto!—Chilló balanceando las caderas, buscando enterrar esos dedos maravillosos para terminar de la manera más sublime. Su hermano la miraba encantado, fascinado. Llegaría a su primer orgasmo, uno que él le proporcionaba y lo reclamaba.

 

—Te vas a correr, al igual que yo—informó apretando la mandíbula—. Estoy contigo, Pastelito. Te gustará.

 

— ¡Paris!—Gritó, arqueando su espalda, inclinando su cabeza hacia atrás. El orgasmo arremetió contra ella, dispersándose por cada terminación nerviosa de su cuerpo. Se zarandeaba, gemía, casi lloraba al sentir como su cuerpo sucumbía ante una sensación nueva, una sensación que la relajaba y al mismo tiempo la encendía. Le temblaban las piernas, el cosquilleó se concentraba en su vientre, las réplicas no le daban tregua. Estaba fuera del plano terrenal, sumergiéndose en un estado poderoso en el que su cuerpo levitaba. Todo eso gracias a las caricias de Paris, a su paciencia. Le había enseñado una parte fantástica que nunca pensó que existía o que podía llegar a experimentar.

 

Paris se ocupó de sí mismo, no sacó los dedos, sintiendo como aquellos espasmos lo envolvían, prolongando el éxtasis de Pam para unirse a ella. Se masajeaba la erección con rudeza, bombeándola con desesperación, perdiéndose en la mirada adormilada de su hermana. La besó, bajando por su cuello, llegando de nuevo a sus pechos, tomando uno de ellos en boca. Era demasiado para ella, no podía creer que aun tenia las fuerzas para prenderse, se sentía renovada, deseando llegar al siguiente nivel.

 

Sus bolas se apretaron, su miembro se hizo más pesado, su respiración se agitó. Entretenido entre los pechos de Pam seguía frotándose, esta vez con brutalidad. Pequeñas gotas blancas se asomaron por su glande, liberándose de a poco hasta que el chorro apareció.

 

— ¡Pastelito!—Se derramó sobre su vientre, nunca se había corrido tan rápido y tan fuerte que le costaba respirar. El cuerpo de Pam estaba impregnado de su olor, eso lo hacía sentir como un macho alfa, un ser primitivo. Ella solo miraba asombrada como el pene de Paris expulsaba aquel liquido caliente sobre su vientre, como su cuerpo se estremecía sobre ella, cayendo al mismo estado al que se encontraba. Ver su rostro contraído, sus labios abiertos, emitiendo gruñidos, gemidos guturales, la excitaba.

 

Al terminar, retiró sus dedos con lentitud, Pam maldijo por lo bajo, estaba vacía, mojada, ávida de continuar con aquella parte recién descubierta. Paris le dedicaba cortos besos, tratando de nivelar su respiración. Hablar era todo un reto después de lo que pasó. Ella le había arrancado su semilla, parte de su energía. Lo acariciaba, lo calmaba con sus manos. Estaba agradecido por las revelaciones, porque por fin pudo dejarle ver sus sentimientos a Pam, y lo mejor de todo era que ella se sentía de la misma manera.

 

Antes de que pudiera pronunciar palabra alguna, el timbre sonó, devolviéndolos a la dura realidad. Asustada, Pam se cubrió, como si de repente se sintiera sucia por lo que compartieron. Al verla tan alterada se levantó, permitiéndole hacer lo mismo. Recogió su ropa en tiempo record, corriendo hacia el baño. Aquella intimidad compartida desapareció en el momento en el que alguien del exterior osó en tocar su puerta, un intruso que seguía fastidiando.

 

Se vistió, dando zancadas para abrir la puerta. Al hacerlo se encontró con una pelinegra de ojos grises observándolo con deseo. Casi se da un golpe en la cabeza al ver a la fastidiosa de Keyla en su apartamento. Era una maldita acosadora que lo perseguía a todo lado, una sanguijuela que no sabía cómo quitársela de encima. Ella era el recuerdo de lo idiota que podía ser un tipo al meter su polla en semejante loca que buscaba amarrar a quien fuera. Ni siquiera recordaba el encuentro, tampoco le quitaba el sueño hacerlo. Pero desde que despertó desnudo a su lado, con ella pegada a su cuerpo como si quisiera fusionarse con él, supo que la tipa tenía un serio problema. No dejaba de perseguirlo, matriculaba todas las clases con él para coincidir. Se sentaba a su lado e intentaba coquetearle, ganándose miradas de tedio de su parte.

 

La chica se le lanzó encima, agarrándolo por el cuello. Paris trató de quitársela de encima, olía a alcohol y cigarrillo. Hizo una mueca de asco, tomándola de cintura para alejarla, lográndolo solo para que la joven estampara sus labios. Quiso vomitar, su aliento a cigarrillo le repugnaba, sus labios demasiado delgados, simplones, le irritaban. La muy atrevida parecía tener goma de pegar en los labios, porque por más que Paris trataba de apartarla ella se aferraba a su cuello, metiendo su lengua en su garganta. Él se atragantó.

 

Pam apareció, observando la escena consternada. El corazón iba a toda marcha, muriendo en cada latido. Una furia que jamás había experimentado la llenó. El cuerpo le dolía, la cabeza le palpitaba. De repente lo sucedido entre ellos le pareció inmundo, un sacrilegio de todos los valores que sus padres le enseñaron, una traición a sí misma, a sus seres queridos. Había transgredido leyes morales en las que no se detuvo a pensar mientras su hermano opacaba todo su ser. Los besos de Paris ahora eran acido que corroían su conciencia, sus toques eran una profanación, y ni que decir de como había acabado sobre ella. En cuanto llegara a casa se lavaría hasta que desapareciera todo rastro de lo sucedido.

 

Aclarándose la garganta, halló fuerzas de donde no tenía para hablar:

 

—Lamento la interrupción. —Escuchar su voz fue suficiente para empujarla hasta casi chocar con la pared. Volteó a verla, ella se retraía, su mirada era fría, vacía. Si lo dejaba hablar seguramente todo se aclararía. No iba a perderla después de lo compartido. Lo que ocurría lo sobrepasaba, y ahora que tenía la certeza de su amor arriesgaría todo por tenerla a su lado siempre.

 

—No es lo que piensas…

 

—Tengo que irme—avisó ignorándolo. Keyla ya estaba en el apartamento, enrollando su brazo al de Paris. Pam quiso llorar. Era tan descarado, tan idiota. Le juró que no estaba con nadie y luego llegaba esa estúpida, demostrándole lo poco que lo conocía en realidad. Las personas cambiaban y él no era la excepción.

 

—Tú no te vas—advirtió mortal—. Tu sí. —Se zafó de Keyla.

 

—Pero acabo de llegar. —Desvió su mirada hacia Pam, escrutándola con cinismo—. ¿Quién es esa?

 

—La hermana que se va a casa para darles espacio—declaró irónica.

 

—En ese caso me presento. Soy Keyla. Paris y yo somos muy amigos, ¿verdad?

 

Si fuera hombre la habría golpeado. Esa tipa estaba dañando lo que estaban construyendo hacia unos cuantos minutos. Pam ardía en furia, podía notar como las venas de su sien se crispaban, la tensión en su mirada asesina, como se cerraba. Le estaba haciendo daño cuando prometió no hacerlo, y todo por una mentira.

 

—Es mejor que me vaya, mamá me espera. Que la pases bien. —Pasó de largo, ni siquiera le dirigió una mirada, simplemente se abrió camino hacia las escaleras. Paris de inmediato salió tras ella, pero fue detenida por las manos de Keyla.

 

—Quería verte, tengo ganas de que me folles.

 

Con una mirada afilada, Paris se cernió sobre ella, estaba hecho una pantera, rabioso, molesto, iracundo. Quería ahorcarla, por ella Pam pensaba lo peor de él.

 

—De eso hace tiempo, solo fue una puta vez. ¡Ya deja de fastidiarme! No me apetece follarte, no me gustas, no me atraes. Ni siquiera recuerdo que pasó.

 

Salió corriendo, dejándola tirada en medio de la sala. Corrió todo lo que sus pies le permitieron. Hacia frio, no le importaba, nada le importaba salvo ver a Pam y explicarle todo. Todo se estaba yendo a la mierda, la estaba perdiendo, ella seguramente lo odiaba y no podía permitir eso, porque entonces odiaría lo que hicieron y tampoco podía permitir que empañara lo que ocurrió por una zorra que venía a joderlo todo.

 

La interceptó en la esquina. Estaba a punto de cruzar cuando la agarró del brazo, ella se soltó, volteando a verlo con los ojos llorosos. Le partía el alma verla acongojada por su culpa. Se acercó para cobijarla entre sus brazos pero ella se apartó.

 

—Necesito explicarte, escúchame por favor—suplicó preso del miedo. Temblaba y no por el frio que calaba en sus huesos, sino porque no quería acabar lo que estaban comenzando. No sabía cómo actuar, como expresarse. Era nuevo para él porque nunca tuvo que explicarse ante ninguna mujer, pero ninguna de ellas tenía su corazón en sus manos, de ninguna estaba enamorado de una manera que lo ahogaba. Solo Pam podía crear eso en su vida, solo podía escuchar su corazón funcionar cuando Pam estaba cerca, solo podía sentir que realmente vivía cuando Pam le sonreía. Ella le daba la vitalidad para soportar los días grises—. Solo fue una vez y desde ese día me acosa… No he sabido manejar la situación, por eso apareció en mi casa. Esa mujer no significa nada. —Al ver que no le decía nada, insistió—. No la quiero Pam, ¿entiendes? Esa mujer no es nada. Yo te quiero a ti, yo te amo… Dime algo.

 

—Lo que pasó hoy no puede volver a suceder, nunca jamás. —Paris se congeló. Lo rechazaba abiertamente. Su peor miedo se hizo presente, no sabía cómo debatirlo, como refutarle. La garganta se le cerró, en su pecho retumbaba un sonido desquiciante que lo dejaba sordo. Aquella luz de esperanza murió con esas palabras que se clavaban como estacas, haciéndolo sangrar, destrozándolo lentamente.

 

—No me pidas eso… Pam yo…

 

—Lo que sentimos está muy mal—afirmó mirándolo a los ojos. Aterrado, entendió que hablaba en serio, con seguridad, con indiferencia. Algo dentro de ella murió al verla con esa tipa, lo sabía y no podía remediarlo tan fácilmente—. Iré a casa y olvidaré que esto pasó.

 

—Yo nunca lo olvidaré, Pamela, nunca—expresó dolido. Por un momento pudo observar esa pequeña chispa en sus ojos, esa chispa que aun tilitaba pero que ella exterminaba con displicencia.

 

—Mantengamos las distancias, es lo mejor. Nunca debí venir a verte. —Con eso se dio media vuelta, sin percatarse que había asesinado a un hombre, sus ilusiones, sus planes de una vida junto a ella. Paris la vio marcharse sin girar, marchitándose mientras ella se alejaba. Si antes le parecía imposible tenerla, ahora era inalcanzable. No le creía, al menos no en el momento. La entendía, después de casi hacer el amor que una mujer se apareciera de la nada  y lo besuqueara no lo hacía quedar como un príncipe.

 

Regresó a su casa, llorando, con el corazón hecho pedazos. Atesoraría esos besos puros, ingenuos, con toques candentes propios de una chica que en su interior escondía una diosa que lo hechizaba. Lo que sentía no lo detendría, no podía ni quería. Descubrir el sabor de sus besos, de su piel, la melodía decadente de sus gemidos, la manera en la que pegaba su cuerpo al suyo mientras la saqueaba le arrancaba un suspiro nacido desde el centro de su ser.

 

Un día nuevo comenzaría, no se rendiría tan fácil, no la dejaría ir sin dar una pelea digna. Lo que sucedió solo era el inició de una batalla en contra de todo lo que conocían.

 

 
 

                                                       

 

 
 

 
 

 
 

 
 

 
 

 
 

 
 

 
 
La propuesta
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