Capítulo 16: Bianca.
Unidos, enamorados, con sus piernas enredadas. Así dormía la pareja, o al menos Chicago, porque Daniel la contemplaba sin querer despertarla. Le acariciaba algunos mechones que tapaban su rostro. Se veía tan placida, tan tranquila que por ningún motivo la despertaría, así llegara tarde al trabajo. Esos pocos momentos que tenían para estar juntos sin que nadie los perturbara no tenían precio alguno. No obstante su esposa abrió los ojos de golpe al sentir que había amanecido, pero al ver a su esposo con una sonrisa deslumbrante, no pudo evitar sonreír de vuelta.
— ¿Dormiste bien, mi Chiqui?—Daniel rozó su nariz por sus mejillas, depositando un beso.
—Mejor que nunca—sonrió y atrapó sus labios, dejándose llevar por la suavidad, por el dulce sabor que eran propios de su esposo. Habían pasado una noche divertida, después de ese momento tan íntimo patinaron, se rieron, se gastaron bromas, para luego volver a ceder al placer. Estaban plenos el uno del otro, henchidos de adoración el uno por el otro. No obstante quedaban algunas cosas en la mesa, debían conversar para definir asuntos sueltos.
—Me alegro mucho, me encanta ver ese brillo refulgente en tus ojitos, mi amor—le dio un beso en la nariz y se sentó en la cama, estirándose para alejar la pereza—. Hoy me someteré a unos exámenes para el trasplante de medula—informó entre la preocupación y la alegría, no sabía si resultaría pero al menos lo intentaría por ella.
— ¡Eso es genial!—Chicago se incorporó de golpe, rodeándolo con sus brazos—. ¿Cuándo pensabas decírmelo?—Se apartó un poco con el ceño fruncido.
—Hoy—se burló dándole un beso en los labios—. Aunque también debo decirte algunas cosas—le tomó las manos, la miró a los ojos. Lo que iba a decir cambiaria muchas cosas entre ellos. De su respuesta dependería el desenlace de su decisión—. Mientras estoy en el proceso, ¿quieres seguir con la propuesta?—La sorpresa se dibujó en su rostro al escucharlo. ¿Terminar con la propuesta? ¿Estaría dispuesta a dejar a Jasón? Al pensar en él recordó la cita que tenía ayer. La sangre se drenó de su rosto y comenzó a sudar. Lo había dejado plantado y seguramente no estaba muy contento al respecto. De alguna forma le había dejado claro sin decírselo, su decisión sobre lo que pasaría entre ellos. No tenían futuro, en realidad ella nunca dejó de amar a Daniel, a pesar de que algo estaba floreciendo por Jasón, por ninguna circunstancia abandonaría a su esposo para irse con su amigo por un impulso que a lo mejor terminaba mal. Aun así, pensar en que tendría que dejar ir a alguno de ellos era algo que le quemaba. Eran su dualidad, caras distintas de la misma moneda. Ambos tenían una esencia única que la complementaban. No quería tomar una decisión, no quería apartar a ninguno, no quería dejar de sentir a Jasón. Sin embargo era una opción que su esposo le dejaba en la mesa, solo tenía que averiguar cuál era su resolución.
—Creo…—Tragó saliva y se aclaró la garganta—, que deberíamos hablarlo los tres. Finalmente esto también lo involucra y, como nosotros, debe decir que es lo que opina.
— ¿Por qué? ¿Desde cuándo su opinión es tan importante?—Preguntó bruscamente. El hecho de que su esposa lo tuviera en cuenta para algo que le correspondía a ellos solamente le hacía ebullicionar la sangre. Intentó calmarse para no entrar en discusión, después del bello momento que pasaron el día anterior, una pelea seria lo peor que podría pasar.
—Desde que tú dejaste la idea sobre la mesa—puntualizó apartando sus manos de su esposo. El ambiente se estaba tornando oscuro, por lo que ella tomo las riendas de la tranquilidad que estaban perdiendo—. Es un ser humano, uno un poco grotesco pero sigue siendo uno. Y estamos en la obligación de discutir con él lo que concierne a esto que pasa entre nosotros.
—Si es así, entonces vamos ahora. ¿O debes llegar temprano hoy?
—No, si eso quieres entonces terminaremos este asunto de una vez. —Se levantó abruptamente, dejando a su esposo pensativo. Al verlo así, cabizbajo, triste por su comportamiento, se acercó a él y lo besó con fervor, sus lenguas se entrelazaron perdiéndose el uno en el otro, dejando atrás esa pelea tan ridícula. Se apartó un poco riendo por su impulso—. No quiero pelear contigo—le acarició el cabello, enredando sus dedos en sus hebras—, me duele cuando pasa esto. Iremos a hablar con Jasón y dejaremos todo dicho, ¿de acuerdo?
—Perfecto—le regaló una sonrisa ladeada y luego murmuro en su oído—. Te espero bajo la ducha.
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Estuvo dos veces más con Bianca, desatando su furia en el sexo. Quería olvidar, no sentir, apartar de su mente aquellos ojos cafés tan intimidantes, aquellos labios que lo dejaban en el limbo más hermoso, su figura casi celestial. Necesitaba urgentemente dejar de sentirse débil cuando pensaba en ella. Por eso optó por tener un poco de sexo duro y luego dormir, aunque no pudo pegar el ojo en toda la noche. Su corazón estaba lastimado de gravedad, sus pensamientos estaban en torno a ella, siempre a ella. Lo había jodido a tal punto de no reconocerse. Nunca debió pasar ese límite, jamás debió aceptar la propuesta en primer lugar. Sin embargo, ¿Cómo oponerse a la tentación? ¿Cómo no ceder cuando tenía la oportunidad de tocar a la chica que lo tenía trastornado desde que Daniel se la presentó? No era ningún imbécil y no dejaría pasar semejante ganga, pero ahora eso le estaba pasando factura. Estaba demasiado involucrado, tanto que pensar ya no era una opción, solo sentir y dejarse llevar a tal punto que el ser herido era lo siguiente en la lista.
Bianca entró en la habitación y visualizo a Jasón sentando en el borde de la cama, dándole la espalda. Usaba una camisa gris que le prestó para que se sintiera cómoda, luego de acostarse le dijo que durmiera en el sofá como un perro. Ella lo aceptó a regañadientes porque después de esa dosis sexual estaba plena. Siempre le gustó Jasón, desde que se acostó con él en la fiesta en la cabaña le quedo gustando, incluso para algo un poco más formal. No obstante también tenía claro que eso no estaba dentro de las posibilidades del castaño. Él tomaba y luego seguía su camino sin complicaciones.
Se acercó por detrás, abrazándolo por la espalda, tomándolo desprevenido.
—Buen día—susurró en su oído—, ¿dormiste bien?
—Si—murmuró distante—. Si deseas puedes tomar un baño mientras preparo algo de comer.
—Que caballeroso—se rió masajeándolo—. Estas tensionado. ¿Qué te preocupa, guapo?
—Cosas con las que no puedo lidiar—resopló intentando apartarla pero la chica estaba entretenida tocándolo para que se relajara—. Peli azul…
—Bianca, me llamo Bianca—contraatacó al borde de la rabia—. Tranquilo, déjame quitarte esta tensión.
—Es que debo ir a trabajar. —Comenzaba a relajarse, a lo mejor eso era lo que necesitaba, dejar de amargarse y entregarse un poco a la falsa calma que le ofrecían las manos de Bianca.
—Tengo un mejor método para quitarte la tensión. —Arqueó una ceja, se colocó frente a él y se arrodilló.
— ¿Qué vas a hacer?—Preguntó nervioso porque cometiera alguna locura.
—Ayudarte, lindura. —Sin darle tiempo de replicar, le bajó los pantalones, llevándose el bóxer. El miembro de Jasón se asomó, estaba semierecto, pero eso cambió cuando Bianca comenzó a estimularlo con la mano. Lo masajeó de arriba abajo, apretando sus testículos sin lastimarlo. Jasón echó la cabeza hacia atrás, apretando la mandíbula, dejándose llevar por las caricias descaradas de la chica de cabellos azules.
Bianca incrustó la erección de Jasón en su boca, introduciendo el falo poco a poco, Jasón dejo escapar un gemido gustoso, llevando sus manos al cabello de la joven, instándola a que continuara con lo que estaba haciendo. Bianca comenzó a mover la cabeza, de adentro hacia afuera, engullendo la cabeza con su garganta, rozando los dientes sobre la longitud que crecía y se engrosaba. Aceleró los movimientos de su cabeza, sacándolo casi por completo de su boca para apretar sus labios sobre la cabeza y luego introducirlo por completo. Jasón gemía y le sostenía el cabello, a veces enterrando las uñas en el cuero cabelludo de la chica. Estaba ido, realmente se estaba relajando, por un momento olvidando su miseria y sumergiéndose en éxtasis que estaba a punto de llegar.
—No… puedo… linda…aghh. —Dejó escapar un gemido gutural al terminar en su boca, dejando caer su semilla en la lengua de Bianca. La sostuvo de la nunca para que todo cayera dentro, luego la soltó, respirando entrecortadamente. Bianca se puso de pie, limpiándose las comisuras de los labios para no desperdiciar ni una gota.
— ¿Estas más relajado?—Ladeó la cabeza con una sonrisa coqueta cruzando su rostro.
—Sí, la mamada estuvo buena, querida. —Se levantó, subiéndose los pantalones, alejándose de ella.
— ¿A dónde vas?—Inquirió con una creciente ira, ella quería más y él simplemente se apartaba.
—A prepárate algo de comer para que te vayas—resolvió yendo para la cocina, Bianca enfurecida se internó en el baño para asearse.
A pesar de que su cuerpo estaba más relajado, su mente seguía atormentada. Imploraba en silencio que la pena se alejara, suplicaba porque aquello que sentía fuera arrancado y nunca más sentir eso que le estaba succionando la vida.
Con desgana hizo huevos y chocolate, nada especial ni lleno de sentimentalismo, nada comparado con el esmero que puso al prepararle el desayuno a Chicago. Cada vez que pensaba en ella su pecho se desangraba, su dolor se incrementaba, y su desdicha se burlaba de él. Tomó aire y se puso firme, de ninguna manera seguiría hundiéndose en la pena ni en tonterías de romanticones sin oficio. Tenía a su disposición muchas mujeres, una fila esperando por él, comenzando por la chica que se bañaba, de la cual le costaba acordarse de su nombre.
Escuchó el timbre, apagó la estufa y se acercó. Al abrir se sorprendió al ver a la pareja de pie sonriéndole. La ira que estaba apagada se encendió instantáneamente. Ahora entendía porque diablos Adams lo había plantado. No tenía nada más que decir, Daniel siempre estaría en primer lugar y eso no lo soportaba. Las manos de la pareja estaban entrelazadas, parecía que estaban viviendo en el paraíso. Eso provocó en el las profundas ganas de vomitar en frente de ellos. ¿Cómo diablos se veían tan felices? ¿Acaso Chicago tuvo el valor de contarle todo? No era así porque cuando intercambio una mirada con ella se dio cuenta que aún no le había confesado nada. También sintió unas terribles ganas de reclamarle, luego de arrancarle la ropa y hacerle el amor como un poseído. Esos ojos lo hipnotizaban, lo destrozaban, lo dejaban sin aliento, lo desnudaban a tal punto de dejar todos sus secretos al aire.
Chicago le dirigió una mirada de disculpa por fallarle, le dolía faltarle de esa manera, eran amigos, o al menos eso intentaba, no quería que se perdiera lo poco que habían construido entre ellos. Al verlo sin camisa, observándola con ojos llameantes de rabia y decepción, se estremeció. Agachó la vista sintiéndose infame por ni siquiera marcarle.
— ¡Bienvenidos a mi casa!—Aquel tono irónico los dejo fríos, Jasón les hizo una reverencia para que siguieran—. Me alegro que estés bien Dani—dijo sinceramente, a pesar de todo el seguía siendo su amigo, el único que soportaba sus sandeces y lo apoyaba sin duda alguna.
—Gracias, aunque no te apareciste—reclamó triste—. Me hiciste falta en mi recuperación.
—No lo creo. —Miró a Chicago y luego dirigió su mirada a Daniel—. Con tu esposa cerca seguramente te olvidaste de mí un poco.
—Aun así necesitaba conversar con mi amigo, ese eres tu—le sonrió, sosteniendo la mano de Chicago. Ese gesto le hizo hervir la sangre a Jasón, a tal punto de tomar largas respiraciones para no cometer ninguna locura.
—Ya que estas mejor. —Cambio de tema—, ¿vienes a una sección de sexo? ¿Cómo quieres que sea hoy? ¿De rodillas, contra la pared, o en el balcón? Hay buena vista, seguro te gustara—comentó con veneno, eso a Daniel no le pasó desapercibido. Algo estaba pasando con él y la respuesta estaba a su lado, tensa como una cuerda de guitarra. Sentía las punzadas de Jasón pero no decía nada, simplemente lo observaba con tristeza, rogando que accediera a conversar con ella a solas.
—Precisamente de eso queríamos hablar. —Daniel se sentó en el sofá seguido de Chicago, quien no articulaba palabra alguna, sentía que si decía algo seguramente el ambiente estallaría de la peor forma, por ahora el silencio era lo mejor—. Chicago y yo queremos hablarte…
—Jasón, ¿qué preparaste para desayunar, cariño?—Escuchar esa voz la paralizó. No podía ser posible, ni siquiera era lógico, definitivamente era un error, uno jodidamente malo. Se quedó mirando hacia la pared y abrió los ojos perpleja, su mente procesaba las palabras, el tono de voz, era ella, era…
—Bianca—pronunció levantándose abruptamente del sofá. La inspeccionó de arriba abajo, estaba más delgada, con el cabello azul. Vistiendo una blusa de tiras y una falda negra. Sus ojos eran de mismo verde vibrante, imponente, llenos de malicia, de envidia, de secretos. Seguía con esa misma postura arrogante. Desde esa noche fatídica en la cabaña no supo más de ella, se comunicaba con sus padres esporádicamente, siempre pérdida en algún lugar del país, siendo la prioridad de sus padres.
— ¡No lo puedo creer!—Chilló de asombro al ver a su hermana mayor mirándola con los ojos acuosos. Se veía tan bonita como siempre, con su traje beige impecable, su cabello de tono café y negro que hacían una combinación llamativa. Tomada de la mano de un hombre alto, de aspecto angelical. Ojos negros, cabello hasta la barbilla del mismo color. Sonrió al ver que su hermana no perdía el tiempo. Estaba con un hombre que distaba de ser su tipo, pero no se podía negar que era atractivo—, ¡hermana!
— ¡¿Hermana?!—dijeron Jasón y Daniel al unísono. El primero sintió como la sangre dejaba de correr por su cuerpo. Se acostó con la hermana de la chica que lo desvelaba, y no solo una vez. Desde que estuvieron en la cabaña se encontraban esporádicamente, aunque solo para compartir algo de fluidos y cuando él tuviera ganas. El segundo nunca la conoció sino por fotos, se veía un poco diferente, pero si se fijaba bien podía hallar el parecido en los pómulos y en la forma de los labios. Sonrió por el reencuentro de las hermanas.
La abrazó rápidamente, de un modo tan impersonal que no parecía que fueran parientes. Bianca se colocó al lado de Jasón, tomándolo por el brazo, este quiso apartarla pero no quería abochornarla frente a los presentes.
—Tanto tiempo—dijo con voz lejana, llevándola al momento en que la dejó en la cabaña como si tuviera sarna, abandonándola cuando más la necesitaba. Se recompuso para no romper en llanto. Le sonrió sin acercarse a ella—. ¿Desde cuándo estas aquí? ¿Has hablado con nuestros padres? ¿Qué estás haciendo ahora?—Quiso bombardearla con más preguntas pero se contuvo, no era exactamente el mejor momento para convertir esas preguntas en reclamos.
—Estoy aquí desde ayer. Veras, Jasón y yo… tú entiendes, ¿verdad?—Pegó sus pechos al brazo, dejando entrever lo que pasaba entre ellos. En ese instante Chicago comenzó a sentir como su pecho se desgarraba de a poco, como su corazón latía más despacio, como se abría paso un creciente odio, del más cruel, del terrible, por ambos. Se sentía engañada por Jasón, usada porque si no tenía a una hermana entonces buscaba a la otra. Era un malnacido aprovechado. Y pensar que podía confiar en él mientras se revolcaba con su hermana menor. Tenían una relación y él no fue capaz de decir absolutamente nada. Como un perro infeliz se calló y siguió con el juego como si nada. Cerró los ojos con repugnancia, luego posó su mirada en Jasón, quemándolo con ella, transmitiéndole todo el asco que sentía por él en ese momento. Él estaba blanco como una hoja de papel, incrédulo porque el mundo fuera un puto pañuelo y ahora se enfrentaba a una situación realmente incomoda. Intentaba alejarse de Bianca, pero ella estaba pegada como una sanguijuela. Quería que la tierra se abriera y se lo tragara—. He hablado con mis padres, me habían dicho que te habías casado. Felicidades—dijo con cierto tono de fastidio, Daniel le sonrió tímidamente e inclinó la cabeza hacia ella—. Y estoy aquí porque estoy como… asesora de un hombre que necesita organizar su negocio.
— ¿Desde cuándo son novios?—Exigió con voz rota—. ¿ Tu sabias de su paradero y nunca me dijiste nada?—Observó a Jasón, ofendida, dolida, enrabiada hasta mas no poder por ser un falso, un maldito mentiroso que se burló de ella. Porque eso había hecho, se burló en su cara mientras estaba desvalida, cuando necesitaba a alguien, cuando sus fuerzas flaqueaban. Era un desgraciado aprovechado, eso era, y no quería saber nada de él nunca más.
—Yo no sabía que era tu hermana, Fresi—confesó sincero, se apartó de Bianca acercándose a Chicago, pero ella se alejó con cara de aversión hacia él. Eso lo aniquiló por completo, no sabía si podría vivir con el hecho de que su Fresita lo odiara para siempre. El solo pensarlo lo sumía en la depresión, prefería que un meteorito lo aplastarla antes de perderla.
—Sí, seguro. —Se secó una lágrima rebelde y tomó férreamente la mano de su esposo—. Él es Daniel, mi esposo—lo señaló y se aferró a su mano como si fuera un salvavidas.
—Mucho gusto. —Estrechó la mano de Daniel y le sonrió con coquetería—. Bianca
—Realmente es un gusto conocerte, tu hermana me ha hablado de ti. Te conozco por fotos—se rió por su comentario—. No sabía que tenías una relación con Jasón—palmeó el hombro de su amigo—. Te llevas a un hombre magnifico, aunque no lo demuestre, lo es.
—Lo sé, gracias. Tú estás con una mujer…—le dirigió una mirada con desdén a su hermana y volvió a mirar a Daniel—, excepcional, con muchos talentos. ¿No es así, hermanita?— Declaró arqueando la ceja, denotando el doble sentido de su expresión.
—Tus halagos son bien recibidos, como siempre—escupió con ironía. Jalando la mano de su esposo se dirigió a la salida, contrariada, conteniendo las ganas de gritar por algo que ni siquiera comprendía del todo, no sabía que era lo peor: que Jasón mintiera tan descaradamente, que estaba confundida con respecto a él, o que mantuviera una relación con su hermana que era demasiado problemática. Intuía que su aparición no traería sino desastres. Antes de retirarse preguntó: — ¿Dónde te estas quedando?
—Aquí, por supuesto. —Se balanceó como si tuviera cinco años, mostrando una sonrisa cínica. No era ninguna estúpida, se daba cuenta lo mal que estaba Chicago por la situación y la disfrutaba, la hacía sentir poderosa, triunfante. Por fin tenía algo que su hermana claramente quería.
—Que pasen un buen día. — Terminando la conversación, abrió la puerta y salió, pero fue detenida por Jasón. Como si la fuera a contagiar de algún virus mortal se zafó mirándolo con desprecio. En su mirada se reflejaba el hielo con el que sería tratado, el asco que sentía por él, lo mucho que se lamentaba por abrirse a él en todos los sentidos.
— ¿De qué querían hablarme?—Inquirió suplicante, perforando a Chicago con una mirada llena de excusas. Deseaba que le diera una oportunidad para explicarse, pero al ver que lo miraba como si fuera un insecto apestoso, se contrajo a punto de doblarse por el dolor que le provocaba ver como ella se retraía.
—Simple. —Volvió a tomar la mano de Daniel, esta vez para sostenerse porque no podía creer lo pequeño que era el mundo, y como había caído tan bajo al permitirse albergar sentimientos prohibidos por un cerdo como él—. Daniel y yo hemos decidido que la propuesta llega a su final—manifestó como diera la hora, se mantenía estoica a su decisión, sin pestañear siquiera, simplemente dejando salir un poco su indignación.
— ¿P-porque?—Balbuceó temblando. No podía ser verdad, no podía ser que aquello a lo que se había aferrado para sentir el calor de aquella mujer que lo despojaba de toda su soberbia, de esa mascara de hombre mujeriego para dejarlo desvalido. El impacto de la noticia fue como recibir una puñalada limpia, directa al corazón.
—Porque me someteré a unos exámenes, Jay—informó Daniel con el ceño fruncido al notar el ambiente tan cargado de tensión. Prefirió ignorarlo por el momento, demasiadas emociones vividas como para añadir otra a la lista—. Queríamos discutir esto contigo, pero veo…—Miró a Chicago de reojo, percibiendo su impaciencia por salir de allí—, que no hay nada que decir.
—Pero…—No hallaba la forma de defenderse, de expresarse sin delatarse por completo. Estaba muriendo lentamente y no podía hacer nada para evitarlo. Ella lo estaba dejando sin darle la oportunidad de explicarse. El hecho de que Bianca estuviera en su casa eclipsaba por completo el hecho de que lo plantaran. Debía hablar con ella, era imperioso aclarar todo.
—No hay nada que decir. Finalmente soy yo quien me abro de piernas— expresó sin emoción, sin inmutarse. Estaba ida, mirando hacia algún punto perdida, dejando atrás el impacto de ver a Bianca con Jasón—. Mi esposo quiere dejar la propuesta y yo… lo apoyo. Queríamos discutirlo, pero no hay nada más que decir. Ve con mi hermana, seguramente tienen cosas que hablar y hacer—dijo lo último como si le picara la lengua y quisiera escupirlo. Dio media vuelta y su esposo la siguió tomándola de la cintura. Vio cómo su amigo derramaba lagrimas atribulado por algo que el perfectamente entendía, Jasón estaba enamorado de su esposa y el perderla le estaba costando la vida. Darse cuenta de eso lo pasmó. Llegó a la conclusión de que su esposa sentía algo por su amigo; algo muy parecido a lo que sentía por él, pero de forma muy distinta a la vez. O sino no hubiese reaccionado como lo hizo ante la presencia de Bianca. Había demasiadas cosas que decirse, demasiados cabos sueltos que aclararían. Por ahora la dejaría tranquila con el conflicto interno que tenía.
—Iré al trabajo y luego iré a la clínica. Te esperare en casa—dijo dejando en claro en su tono de voz que hablarían y se dejarían de juegos de una buena vez.
Ambos se fueron sin mirar atrás. Había demasiada tela por cortar entre ellos y no era precisamente un buen momento para conversar. Ambos se despidieron con un roce de labios, con pensamientos que enfrentarían en la noche.
Jasón lanzó la puerta y comenzó a dar golpes, a expulsar patadas de frustración, de enojo, de exasperación. La desesperanza se apoderó de él, a tal punto que cayó de rodillas, llorando como si tuviera tres años, como si el tesoro que tanto anheló se le hubiese perdido cuando ni siquiera tuvo la oportunidad de disfrutarlo.
— ¿Vamos a desayunar?—Preguntó Bianca, indiferente a su sufrimiento, observándolo de forma indolente. Se había dado cuenta que sentía algo especial por su hermana, pero nunca que fuera tan fuerte como para que llorara de esa manera. No era la primera ni la última mujer en el mundo, ella se lo demostraría—. Vamos a comer lo que me has preparado, querido.
En ese momento, Jasón se incorporó y la miró con desprecio, con rabia, con rencor. Le echaba la culpa de su agravio, de su pena, de su miseria. Se acercó a ella, la tomó de los brazos, la sacudió con sus ojos inyectados de violencia, como si quisiera arrancarle la cabeza.
— ¡¿Comer, en serio?!—La zarandeó con más fuerza—. ¡¿Cómo putas tu eres hermana de Chicago?! ¡¿Por qué?!—Le recriminó cegado por el dolor que lo consumía. Ella sonreía con salvajismo, como si se divirtiera por la forma en que era tratada.
—Porque así es la vida, muñeco. Ella y yo compartimos genes, sin embargo te quedaste con la mejor. —Intentó acercarse, pero Jasón la empujó como si tuviera mal olor. El destino le estaba haciendo una muy mala jugada. No era posible que se hubiera acostado con las dos hermanas. ¿Cómo demonios no se dio cuenta? Es que ni siquiera se parecían a menos que las comparara o las mirara de cerca. Lo peor de todo es que no podía hacerle creer a su Fresita que en realidad no sabía que eran familiares. ¿Y cómo iba a saberlo si poco o nada le importaba la chica de cabellos azules? Todo eso era una mierda, estaba jodido hasta la punta del cabello.
—Lárgate de mi casa—le ordenó inflexible. No quería verla, ni siquiera tocarla sin sentirse infeliz ante el recuerdo de Chicago matándolo con la mirada, con su actitud glacial, con sus gestos duros. De rememorarlo se sentía enfermo.
—Antes, vamos a comer y luego a tener un poco de acción—ofreció como si nada. ¿Acaso tenía problemas mentales o algo así? A ella no le importaba como se sentía, simplemente quería un poco más de sexo y retenerlo con eso. Como si en el pasado hubiera podido hacerlo solo con entregarse a él. A Jasón no le importaba ella, no la quería, no la apreciaba. Solo cuando se sentía caliente la solicitaba, porque era fácil, descomplicada, olvidable.
— ¡¿Tienes problemas de atención, estúpida?!—Ladró fuera de si— ¡Qué te largues!—La tomó del brazo y comenzó a jalarla hacia la puerta—. No te quiero ver jamás. No esperes que te llame porque te quedaras esperando.
— ¿Todo esto es por soy hermana de Chicago? Eso no te importó mientras me la metías cuando tenías ganas—apuntó mordaz
—Porque ignoraba ese detalle.
— ¿Y ahora porque importa?—Lo miró intrigada y luego dio la respuesta en voz alta—Porque estas… mal por ella, ¿no es así? Te gusta, y mucho. Por eso esa reacción, ¿o me equivoco?
—Vete, por favor—dijo derrotado porque ella tenía razón. No solo le gustaba, sino que estaba irremediablemente enamorado de ella. Desde que la vio le gustó, quiso tenerla, la deseó en secreto. Pero cuando la besó, todo su cuerpo reaccionó a tal intensidad que se volvió una necesidad, para luego dar paso a lo oculto durante tanto tiempo; el amor que enterró porque no quería heridos en el camino, siendo él el más perjudicado, y al parecer el único herido.
—Lo que tenemos no debe cambiar—comentó con voz seductora—. Si quieres puedo hacerte olvidar lo que sientes ahora. Un poco de cama te ayudará, quiero darte todo lo que deseas.
—La cuestión aquí es que tú no eres ella así lleven la misma sangre. —Esa afirmación la saco de casillas. Nunca le gustó que los demás la compararan con su hermana. Recordar eso la enfureció, pero respiró profundamente para disipar la niebla roja que se estaba formando en su mente.
—Puedo serlo—ofreció, acercándose nuevamente a él—. ¿Qué quieres que te diga? ¿Cómo quieres que te trate para parecerme a ella?—Deslizó sus manos por su pecho, sin embargo el toque de esas manos era tan sucio que se apartó con un gesto de molestia.
—No tienes su esencia, por eso no puedes ser como ella—ilustró severo—. No te quiero aquí, no quiero verte nunca. Vete ya—le señaló la salida, como si no la conociera.
—Ayer pensabas en ella mientras me penetrabas, ¿cierto?—Interrogó mientras se acercaba a la puerta. El silencio se hizo presente, dándole a entender que estaba en lo correcto—. Lamento informarte que está casada, se nota que quiere al tipo, que por cierto no está nada mal. —Hizo hincapié en esa parte, todo para provocar sus celos.
—Eso lo sé, tonta. Él es mi amigo.
—No deberías desear la mujer del prójimo. Es pecado, lindo. No querrás que ese amigo tuyo te odie, ¿verdad?—Abrió la puerta, saliendo furiosa y satisfecha porque una vez más arruinó algo que su hermana quería. Se había dado cuenta la tensión que habitaba entre ellos, la palpaba. Sería tan divertido estar cerca de ellos, pero por ahora iría resolver algunos asuntos más importantes
*****
Se encerró en el baño y comenzó a sollozar. Primero emitiendo soniditos tímidos para que nadie la escuchara, pero luego se acrecentaron, a tal punto de que parecía gritar desgarradamente. No comprendía porque se sentía de esa manera, como si le abrieran el pecho y jugaran a sacarle el corazón para luego dejarla agonizando. No asimilaba el hecho de que Jasón y su hermana estuvieran juntos, que llevaran una relación. La liquidaba lentamente el visualizarlos juntos. Y sentirse de esa manera no era lo correcto, no era propio. Era inmoral desear a un hombre cuando ya estaba con alguien más. Lo peor de todo es que amaba a su esposo, lo amaba, cada célula de su cuerpo adoraba a Daniel. Entonces, ¿porque sentía que una parte de ella se podría cuando pensaba en ellos? Le costaba admitir que, a pesar de su forma de ser, Jasón estaba latiendo en su pecho, se estaba adueñando de su piel. Más aun, los sentimientos incipientes que sentía se volvían más fuertes, sin eclipsar a Daniel, ni siquiera apártalo de su mente. Ambos habitaban en su corazón, intentando ganar terreno el uno sobre el otro cuando estaban conviviendo en su interior.
Esa maldita propuesta la hechizó, la cegó, la jodía tanto que ahora salir de ese dilema solo traería daños personales. Si seguía pensando en eso iba terminar en un sanatorio. Lo mejor que pudo pasarle fue terminar ese trato absurdo que solo le trajo confusión y desgracias.
Se secó las lágrimas, se maquilló un poco y luego se dirigió a la sala de juntas para el reporte del día anterior. Un escalofrió la recorrió al ver a su hermana hablando con Joshua. Se escondió en un muro y observó con atención. El rubio parecía reclamarle por algo, Bianca parecía recriminarle. El día parecía tenerle sorpresas inquietantes; primero Jasón y ahora Joshua. Pero al parecer con el segundo solo hablaban de algo parecido a negocios, aunque ella intentaba coquetearle, él parecía imperturbable, podría decirle que la mirara como si tuviera lepra.
Al finalizar la charla Joshua la guio casi a empujones a la salida. El rubio mandón tendría que darle una explicación. Ofuscada por tantas malditas coincidencias, salió de su escondite y se dirigió a enfrentarlo.