Capítulo 6: Solo una noche

 
 

¿En qué demonios se estaba metiendo? ¿Cómo fue capaz de aceptarlo sin pensarlo bien? En realidad, ¿cómo sucedió todo sin que pudiera detenerlo?

 

Aun sentía las réplicas de los toques de Jasón, combinados con los de Daniel, aprendiendo a diferenciarlos de inmediato, deseando repetir el evento, esa fracción del día en que pudo tener un poco de Jasón y un poco de su esposo. Se sentía mareada de solo pensarlo.

 

 Estaba a punto de cometer la peor idiotez en su vida, mucho peor que cualquiera que hubiese cometido anteriormente. Su vida era un suceso ineludible de equivocaciones y arrepentimientos tardíos. Cuando creyó que por fin había encontrado un poco de estabilidad en su vida otra prueba llegaba a su puerta, indicándole lo ingenua que era al pensar que podía sentarse y ver un paisaje soleado. De alguna manera no sentía que Daniel la acorralara a esa situación, ella misma se estaba entregando, demasiado pronto, sin titubeos ni segundas revisiones. La propuesta tiraba de ella, era inevitable, insólito.

 

La propuesta en si era un plan abominable al que accedió porque su curiosidad terminó asesinándola. Quiso averiguar y eso conllevó a darse cuenta que el hombre al que detestaba la hacía arder, eso era malo para su autoestima. Y si a eso le añadía el hecho de que su esposo aceptara verla tendida en una cama, abriendo sus piernas mientras otro la penetraba, no quedaba duda de que ambos estaban mal de la cabeza. Él aprobaba su infidelidad, él le daba vía libre. Lo hacía porque su amigo era el encargado de perpetuar el plan, porque no había riesgo, nada de daños secundarios, ni de apegos, a lo cual le daba la razón. ¿Quién podría sentirse algo por semejante monstruosidad? Ciertamente ella no.

 

Mientras Chicago tomaba un baño. Daniel marcó el número de Jasón, inmediatamente contestó.

 

— ¡Que más bro! ¿Cómo te terminó de ir ayer? ¿Y la cacatúa de Chicago?—La espera a aquella llamada que no lo había dejado dormir, sin embargo llegó como un deseo inesperado. Aun no sabía si eran buenas o malas noticias, no obstante eso abría una pequeña luz. En realidad deseaba hacerlo, deseaba llevar a cabo la propuesta. Una vez que abrió la caja de pandora al tener el atrevimiento de posar sus manos en el cuerpo de Chicago con el consentimiento de su amigo, no podía calmarse.

 

—Jasón, te llamo porque Chicago aceptó—carraspeó la última oración— Tiene un par de condiciones que me gustaría discutir brevemente.

 

Le contó las mínimas exigencias de higiene que su esposa demandaba, el lugar, y por supuesto, la frecuencia. Una sola noche debía ser suficiente para apaciguar el termostato de los tres. Una noche debía ser suficiente para satisfacer sus necesidades. Se preguntaba si realmente una noche le bastaría. Debía aprovecharla al máximo para demostrarle a Chicago que una noche podían ser más si ella lo deseaba. Sorprendido por la aceptación de Chicago, hizo un plan mental de como arreglaría su habitación para que ella se sintiera cómoda. No iba a lanzarla en un desorden como a las otras chicas que se follaba. En definitiva ella no aprobaría eso, tampoco le haría semejante desaire. Se tomaría la molestia de brindarle una experiencia de lujo.

 

— ¿Qué paso ayer?—Preguntó Daniel. Ya sabía la respuesta, por algo su esposa le dio el visto bueno. No obstante quería constatar por sus propios oídos los pormenores del asunto. Su respiración se atascó de repente, sintiéndose miserable por entregar a su esposa de esa forma, como si negociara con ganado, como si ella fuera un activo y no la mujer a la que tanto decía amar. Con todo eso, justificaba sus acciones en nombre de ese amor que profesaba, una muestra de sacrificio para que ella llenara esa parte de su vida que él no podía. Estaba dispuesto a llegar a semejantes actos con tal de demostrarse que podían tener algo como eso sin que se saliera de proporciones. Una oportunidad para ella de sentirse deseada por completo, de vivir algo diferente, de compartir con él una parte de lo que significa tener sexo.

 

—No pasó nada, ella es un hueso duro de roer. —Intentó sonar casual, lo cual no resultó bien. Ser dejado a mitad de camino no lo complacía, ni siquiera el polvo medianamente decente que se echó unas horas después logró disipar su rabia. Tuvo que masturbarse hasta dormirse porque sus pensamientos volaban al recuerdo semi caliente de Chicago Adams en sus brazos. Una decepción y un desperdicio de semen.

 

—Quiero la verdad, Jasón. —Su tono era serio

 

—Pues… la llevé a mi casa, como me pediste. Nos besamos. Le metí la mano un poco, ella está en buena forma. —El silencio sepulcral se formó al otro lado de la línea, prosiguió calmando sus ánimos—: Fue ella la que me detuvo… en lo cual estuve de acuerdo.

 

Olía a mentira, un hombre con un apetito como él no podía estar de acuerdo en detenerse. Eso no le daba buena espina, pero tratándose de su esposa suponía que tendría la situación bajo control. Si era honesto consigo mismo, admitía la sorpresa al enterarse que Chicago se había dejado llevar. Aunque se hubiese detenido, eso no enmendaba el hecho de que sucumbiera. No la culpaba, ni mucho menos la despreciaba por eso. Ella hizo lo que se debía hacer, lo manejó bien, podían hacerlo.

 

—Pasaremos a tu casa hoy a las siete, ten todo listo. —Colgó algo molesto. ¿Realmente estaba preparado para esto? Era demasiado loco para alguien como tan serio y algo tímido como él. Respiró hondo, entre más pronto, más fácil sería librarse de aquello.

 

      Chicago salió del baño lista para ir a trabajo, Daniel también estaba por irse, cuando ella entró a la habitación se encontró una sorpresa.

 

— ¡Daniel Sanders! ¿Me puedes hacer el favor de explicarme que carajos es esto?—En sus manos sostenía lencería que Daniel había comprado para esta noche. Era repugnante tener que lucirla para Jasón.

 

—Chiqui, lo compré para ti—expuso con sonrojo. Cuando escogió la prenda por internet, el repartidor le dirigió una mirada secreta, como si fuera alguna especie de crimen comprar algo sensual para una ocasión que lo ameritaba.

 

— ¡Qué maravilla! ¿Y qué piensas? ¡¿Qué luciré eso para ese baboso?! ¡Estas demente!—Lo tiró sobre la cama. Vaya forma de empezar la mañana. No bastaba que acordaran acostarse ese mismo día, como si fueran a ir a una cita con el dentista, sino que debía usar una vestimenta. Genial.

 

—No lo lucirás para él, lo harás para mí. Porque te quiero ver con esa ropa interior. Me he imaginado esta ropa en ti y te verás exquisita. Él no lo compró para ti, fui yo, por lo tanto lo estas luciendo para mí—le dio un beso y agregó—: Paso a recogerte al trabajo y luego vamos al apartamento de Jasón.

 

*****

 

El señor Douglas estaba a unos días de ser retirado de su puesto de trabajo, así que le dio detalles específicos a Chicago sobre lo que tenía que enseñarle a su próximo jefe. Era increíble que lo reemplazaran  por un tipo que no tenía la menor idea de que lo que se hacía. Los empresarios de hoy día compraban negocios como si fueran caramelos. No importaba si no sabían manejar la empresa que adquirían, los empleados estaban en la obligación de brindarles una capacitación o serian despedidos por su negligencia.

 

Se dispuso a cumplir su trabajo, enfocándose en el contenido que debía revisar antes de pasar a informarla. Los conflictos en el Medio Oriente, la intervención de los Estados Unidos en una guerra que no les pertenecía, las familias de los soldados muertos en combate. Las repercusiones económicas si el petróleo escaseaba. Los daños a la naturaleza por la extracción de dicho bien. Fue información suficiente para distraerse, para no pensar en lo que pasaría esa noche. Su trabajo le exigía concentración, buen desenvolvimiento. Sus problemas personales no tenían por qué afectar el desarrollo de las noticias.

 

Después de la jornada Daniel fue a buscarla, poco fue lo que se dijeron el uno al otro. Estuvieron ensimismados en sus propios pensamientos sobre lo que se les venía encima. Después de eso las respuestas del experimento se darían instantáneamente.

 

Al llegar, Jasón los esperaba ansioso. Estuvo arreglando como pudo su habitación en las horas libres que tuvo después de un arduo día de entrenamiento. La adrenalina de las carreras apenas y pudo disipar un poco el anhelo de lo que traería la noche.

 

— ¡Muy buena noche!— Saludó Jasón, barriendo con la mirada a Chicago. Ella lo miró  como si tuviera verrugas. Daniel apretó los puños por la forma tan descarada en la que Jasón miraba a su esposa.

 

      Ingresaron al apartamento. Estaba decorado con velas aromáticas. Un camino de pétalos los guiaba hacia el cuarto de Jasón. Chicago y Daniel se miraron un poco sorprendidos por el detalle.

 

—Bueno, quise darle un poco de ambientación a eso. No quería ser tan frio de solo  cogérmela y ya. Ambos son importantes, aunque no lo creas Chicago—le dirigió una sonrisa pícara. Caminaron lentamente a la habitación, listos para empezar. La cama estaba cubierta por pétalos, la iluminación era tenue, para dar un toque romántico. ¿Quién diría que Jasón Willows se tomaría la molestia de hacer eso solo por una noche?—. Daniel tú dirás como quieres que lo hagamos—expresó con demasiado entusiasmo. Sus pupilas estaban dilatadas, su postura relajada, con una sonrisa adornando su rostro. De todos los presentes, él era el único que disfrutaba del asunto.

 

—Hazlo como sueles… hacerlo, yo estaré observando. —Se acomodó cerca de la puerta, para tener mejor visualización de lo que estaba a punto de pasar.

 

Eso la puso más nerviosa, que Daniel estuviera presenciando un momento tan íntimo y no corriera a romperle la cara a Jasón.

 

Puso sus manos a la obra, se quitó la camisa, dejando ver su abdomen bronceado y marcado, sin vello, los pectorales duros. Su espalda ancha, sus brazos musculosos, gruesos, capaces de matar, capaces de seducir. Lo observaba con fascinación, Daniel lo notó, pudo ver ese brillo inusual en la mirada de su esposa. La manera en como trazaba con sus ojos las líneas que separaban seis cuadriculas. No pasó desapercibido para él que su esposa moría de ganas por pasar sus manos, podía ver la resistencia en ello. La belleza de Jasón la dejaba sin palabras, la provocaba. No obstante, esa belleza no era nada si no venía acompañada de un interior amable, de una calidez que calmara el malestar emocional. Chicago solo veía la mole frente a ella, y si, estaba muy bueno, bien trabajado. Su cuerpo reaccionaba ante el espectáculo que era Jasón como hombre. Estaba hecho para el sexo, a eso venían, por eso estaba allí, de pie frente a él, para follar. No le interesaba nada más, tampoco esperaba que tuviera algo que agregar. Un hombre como él carecía de sensibilidad, de emociones duraderas, de sentimientos profundos y arraigados. Un hombre con él no podía crear vínculos fuertes con el sexo opuesto, sencilla y llanamente porque no estaba en su naturaleza, lo cual, para el momento, le favorecía.

 

Al verla tan tensa, tan desubicada, decidió ayudarla. Ese era un asunto de dos, no podía obligarla ni presionarla o saldría corriendo, y eso era lo último que quería. Su comodidad era primordial para el buen desarrollo sexual. La necesitaba libre de dobles pensamientos, calmada pero excitada. Entre más mojada estuviera, mejor sería el encuentro.

 

—Déjame ayudarte con eso. —Jasón le quitó la chaqueta, seguido de la blusa, la cual desabotonaba lentamente. La respiración de Chicago se aceleraba con cada botón que se abría. Para Jasón eso era una buena señal, estaba logrando desarmar su hostilidad hacia él. Daniel por otro lado, solo podía ver impotente como su idea loca cobraba vida.

 

Al quitarle la blusa vio el diminuto brasier blanco de tela semitransparente. Eso le quitó el aliento y sonrió de oreja a oreja. Acercó sus labios a su cuello, besándolo lentamente, luego deslizó sus manos hasta sus senos, masajeándolos suavemente. Chicago estaba con los ojos abiertos, pero no dejaba de sentirse inquieta por el toque de Jasón. Volteó a ver a Daniel brevemente, estaba viendo fijamente lo que estaba pasando, su expresión era indescifrable.

 

Jasón siguió su camino hacia sus labios. Cuando la besó ella no abrió la boca, pero la lengua de Jasón se abrió camino, obligándola a recibirlo. Él tomo su cuello y la acercó más para profundizar el beso. Ladeó su cabeza para introducir más profundo su lengua en su boca. Respondió con el mismo fervor con el que era besada. Abriendo la boca para intercambiar fluidos, para que sus lenguas juguetearan. Las manos del chico apresaban los pechos, imprimiendo fuerza. Los pezones brotaron como una semilla que estaba a punto de dar su fruto, rozando la tela del brasier. Eso hizo de la estimulación algo deliciosa, deleitándose en silencio por el la fricción de sus manos, por su lengua que provocaba un incendio entre sus piernas. En ese punto ya estaba húmeda, lo suficiente para deslizar su pene hasta el fondo.

 

La erección de Jasón no se hizo esperar, estaba duro como una piedra, y se lo hizo saber a Chicago cuando frotó sus caderas contra las suyas. Las manos de Jasón siguieron su camino hacia el broche del brasier, provocando que este cayera al suelo. Se apartó un poco para ver sus senos, estaba encantado contemplándolos, lo que hizo que Chicago se sonrojara. Inmediatamente, los labios de Jasón fueron directo a sus senos, ella arqueó ligeramente su espalda al contacto de sus labios. Jasón lamia los pezones con su lengua haciendo círculos, para después meterlos en la boca y con una mano masajeaba el otro, así se repetía el proceso con el otro.

 

 Como pudo, sus manos fueron directamente al pantalón de Jasón, desabrochando su cinturón, bajando los pantalones hasta la mitad del muslo, sacando una rígida erección. Lo tocó con inseguridad,  descifrando a través de sus gemidos, de sus gestos, si lo estaba haciendo bien. Soltó un leve jadeo al contacto de la mano de Chicago en su miembro. Lo masajeaba una y otra vez, estimulándolo a tal punto que crecía en su mano. Jasón seguía chupando sus senos con suavidad, desplazando su boca de un pecho a otro, succionando los pezones, lamiendo sus pechos. Eran pequeños, cabían en su boca a la perfección, se sentían como pequeñas copas de algodón. Le gustaban así, le gustaban los pechos de Chicago Adams.

 

 Su mano se deslizó dentro de sus bragas, introduciendo un dedo en su interior. Chicago inmediatamente gimió, estaba tan húmeda  y cálida que Jasón ansiaba el momento de estar dentro de ella. Atrevido, introdujo otro dedo en su interior, los movía con calma, a pesar de que tenía prisa de entrar en ella, le gustaba ver como se estremecía con cada movimiento. Ella se humedecía cada vez más con los dedos de Jasón moviéndose en su interior, realizando círculos, moviéndolos de adentro hacia afuera, delineando su hendidura hasta llegar a su clítoris. Lo aferró a su pecho, con las piernas a punto de doblarse y caer en el suelo. El hombre la tocaba por todo lado, la animaba a gemir como una demente con sus caricias. Su interior dolía, su sexo se aferraba a sus dedos, apretándolos de tal manera que la intrusión fuera mas intensa.

 

  Daniel sintió un leve dolor de espalda, como una punzada, no se había tomado los medicamentos, no le importó, solo quería concentrarse en lo que veía. Verlos le dio una idea para que  Jasón recibiera un poco de lo que daba.

 

—Chicago, quiero que uses tu boca… en su miembro. —Inmediatamente ambos voltearon a verlo. ¿Cómo era posible que dijera eso? Se observaron durante una eternidad. La mirada de Daniel no permitía contradicciones. Estaba mucho más involucrado que el mismo Jasón. Desafiándolo, hizo exactamente lo que solicitó

 

Se puso de rodillas, con el miembro de Jasón en sus manos, frotándolo. Su miraba se dirigió hacia abajo, expectante. Ella sacó su lengua y la pasó por la punta de su firme erección, inmediatamente gruñó y cerró sus ojos para disfrutar. Usó sus labios para absorber un poco aquella punta. Jasón gemía con los ojos aun cerrados, con sus manos sujetaba su cabello. Después de su indecisión, introdujo toda la longitud en su boca, algo bastante grande y gruesa. Jasón soltó un gemido ahogado, sintiendo la boca de Chicago suave y húmeda, así imaginaba su interior. Ella empezó a mover su cabeza, saboreando su miembro, mientras este crecía más en su boca. Daniel estaba disfrutando verla así, se imaginaba a si mismo recibiendo la felación de su esposa, en lugar de Jasón.

 

El dolor se hizo más intenso. Se recostó en la pared y siguió observando. Chicago seguía con sus movimientos, cada vez introduciéndolo más profundo en su boca. Jasón sentía que iba a correrse y no quería terminar en su boca, sino en otro lugar. La detuvo, la tomó de los brazos y la recostó en la cama, él la siguió abriéndole las piernas, introdujo dos dedos y ella se aferró a la colcha. Sin dejar de tocarla, Jasón se inclinó hacia al tocador, abrió una gaveta y saco un condón, se arrodilló en la cama para colocarse el látex.

 

 Le quitó el diminuto hilo blanco que tenía puesto, asimismo el resto de la lencería, dejándole las medias mallas que cubrían la mitad de sus muslos. Para él eso le daba un toque perverso, algo que lo excitaba mucho más. Acercó su miembro a la entrepierna de Chicago y comenzó a rozar lentamente la punta de su miembro en su húmeda hendidura. Repentinamente, la desesperación de apodero de ella, sin embargo él quería darle un toque de ansiedad al momento. Se sentía orgulloso al ver la cara de Chicago rogando para que entrara en ella. Introdujo la punta lentamente, entrando poco a poco. Jasón  se detuvo abruptamente, ella abrió los ojos viendo como él estaba sonriendo.

 

—Esto no es todo Adams, apenas vamos en el principio. —Se introdujo más provocando que Chicago abriera más sus piernas hasta que finalmente estuvo completamente en su interior. La sensación que sentía era increíble. El interior de Chicago se amoldaba a su grosor, esperando con desesperación a que iniciara sus movimientos. Jasón sentía como su interior lo estrujaba, sintiendo que aquel encuentro no sería tan prologado como esperaba por la felación que había disfrutado anteriormente.

 

Poco a poco sus embestidas se abrían paso en su interior, estremeciéndola, llevándola al límite. No había prisa en sus movimientos, esta vez se estaba tomando su tiempo para disfrutar, porque si lo hacía rápido se correría en cuestión de minutos. Esa no era la intensión, quería prolongar el momento hasta donde pudiera llevarlo.

 

Para Chicago era una tortura que se moviera así. Ella deseaba más mucho más, que sus embestidas no fueran tan delicadas, sino más carnales, más apasionados. Los labios de Jasón fueron hacia su cuello, paso su lengua por ella, llegando a sus labios. La besaba mientras aumentaba la velocidad de sus embestidas, hacia honor a su reputación moviéndose rápido y duro, entrando y saliendo de su cavidad estrecha y caliente con furia.    Ambos jadeaban y se miraban a los ojos, dejándose llevar por el éxtasis del momento. Las palabras carecían de sentido cuando en un intercambio visual se decían todo. Ella disfrutaba, él estaba a punto de reventar.

 

Jasón se arrodilló, tomando las piernas de Chicago para llevarlas a sus hombros, sin cambiar de posición. Volvió a embestirla con fuerza, con movimientos acelerados, con dureza, provocando que gemidos más sonoros se escaparan de su garganta. Jasón movía su miembro de arriba hacia abajo en el interior de ella, estimulando su clítoris ya hinchado. Su interior recibía cada embestida con placer, dándole la bienvenida apretando cada vez más su miembro.

 

 Chicago perdía la cordura con cada embestida, cada vez eran más profundos, más certeros, más intensos. No quería que aquel placer que Jasón le proporcionaba acabara. Miró  a Daniel una vez más mientras gemía, él se limitaba a observar con sus labios entre abiertos, disfrutando al igual que ella del intercambio carnal. Su mirada transmitía lo mucho que se deleitaba al ver a su esposa recibiendo el goce que él no podía proporcionarle.

 

— ¡Ohh Dios! Eres…tan… sabrosa….Fresita, ¡voy a correrme!—gritó Jasón sin poder contenerse más.

 

Soltó sus piernas y se inclinó sobre ella nuevamente, mientras seguía embistiéndola con ferocidad. No podía más, ya no podía contenerse. Se corrió colapsando sobre ella. Inmediatamente Chicago lo acompañó, sentía como su orgasmo recorría todo su cuerpo produciéndole espasmos placenteros. Jasón se dejó caer sobre la joven, exhausto.  La miró fijamente, lo que había pasado había sido fantástico, fenomenal. A pesar de que se mostraba reticente a entregarse, se doblegó. Su interior le quemaba el miembro, lo acogía de tal manera que ya volvía a ponerse duro.

 

Después del placer vienen emociones que definen el final de un encuentro sexual. Para Chicago la culpabilidad de permitirse ser una golfa la embargó por completo. Se sentía ruin por dejarse mangonear, por no detenerse, por la maldita honestidad que su cuerpo mostraba a entrar en contacto con ese hombre que la miraba como la cosa más apetitosa que se hubiese comido en mucho tiempo. Él estaba extasiado, realizado por realizar la mejor hazaña de su existencia. Ella estaba completamente destruida por lo que acababa de suceder.

 

Las lágrimas punzaron sus ojos, tapándose el rostro con las manos para llorar.

 

Al ver que iba a llorar, quiso regodearse de su pericia. Esas lágrimas debían ser de máxima alegría.

 

—Eso es nuevo, nunca pensé que llorarías de placer, Fresita. —Eso la impulsó a llorar de verdad, no ese lloriqueo silencioso, sino un llanto desconcertante e incómodo.

 

Lo empujó y empezó a llorar desconsoladamente, mirando a Daniel, quien no decía nada. Envolvió su cuerpo en las cobijas, sintiéndose miserable, vacía. Si, tuvo un delicioso orgasmo pero después de eso no sintió nada, eso era lo que ella quería evitar, no quería volver a eso, no quería sentirse utilizada, como un juguete al que botas después que ya no te es útil. Salió disparada de la cama, corriendo en dirección hacia la puerta. Daniel quiso interponerse en su camino pero ella lo empujo a un lado. Salió del cuarto y se encerró en el baño.

 

 
 

 
 

 
 

 
 

 
 

 
 

 
 

 
 

 
 
La propuesta
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