Capítulo 13: Confesiones.
En el momento en el que ambos entraron al apartamento, Jasón dio tres zancadas y se encerró en su cuarto. Chicago se quedó de pie, estática, atrapada en sus pensamientos. Joshua había vociferado su relación con mucho orgullo, hiriendo a Jasón en el proceso. Sin embargo, él no debía sentirse de esa forma. Ese sentimiento solo le correspondía a su verdadero esposo, a su verdadero amor, al que nunca tuvo la valentía de contarle algo de su pasado.
Se sentía miserable, ofendida, asqueada, temerosa por lo ocurrido en la oficina. Estaba claro que tenía que renunciar, alejarse para siempre de ese fantasma que no hacía sino acecharla cuando por fin pudo ponerse de pie. No fue suficiente para él someterla cuanto quiso, sino que estaba por más. Era inevitable no estar asustada. El hombre estaba obsesionado con ella, necesitaba subyugarla por completo. No fue suficiente su cuerpo, sino que deseaba todo el paquete. Quería que lo amara. Sin embargo, aquel sentimiento no se fuerza, se cultiva, nace de forma espontánea y florece hasta llenar de gozo a la persona. Eso fue lo que sintió con Daniel, el amor floreció entre ellos y la llenó de aquella paz que tanto buscaba. Daniel era tranquilidad, ternura, timidez, caballerosidad; todo aquello que quiso y que por su cabeza loca no pudo obtener. Se sometió a Joshua para sentir algo, para no estar sola, porque no encontró refugio en su soledad, por autoflagelación, por llamar la atención, porque alguien realmente se interesara en ella, en lo talentosa que podía ser. Deseaba ser el universo para alguien, y lo fue, a su manera lo fue. Solo que eso le trajo más dolor que lo anterior. Llevó las cosas al extremo más peligroso, al punto de perder todo lo que quiso y no conoció.
Un ruido la sacó de sus pensamientos cuando escuchó un horrible estruendo proveniente de su habitación. Jasón estaba desaforado, fuera de control. Estrelló las cosas en la pared, las destrozó. Esa era la forma en la que demostraba su furia, su frustración, el creciente odio por Joshua. Ese desgraciado tuvo lo que él siempre quiso, la tuvo a ella, fue suya primero. Y lo peor de todo es que aquel pensamiento machista era lo que lo dominaba. No podía seguir negando que le ardía el hecho de que él estuvo con ella quien sabe cuánto tiempo, que hicieron tantas cosas juntos, se revolcaron como el afirmaba. Estaba molesto por el hecho de saber lo bajo que había llegado Chicago. ¿Le habrá gustado como la tocaba? ¿Le habrá gustado como se la follaba? ¿Por cuánto tiempo? ¿Porque? Esos pensamientos lo estaban enloqueciendo. Se sentía ruin al pensar eso, pero no lo podía evitar. Ella estaba en su piel desde que la vio, desde que la vio hablando con Daniel en la fiesta que él mismo organizo, en donde pescó a la mujer más linda que había visto en su vida. Solo que esta se había fijado en su amigo, no en él. Sin embargo aceptó el hecho de que fueran novios, de que se casaran, de que lo nombraran padrino, de presenciar cada beso, cada caricia llena de adoración, de promesas. Aun así, la propuesta le otorgó la oportunidad de estar con ella como siempre quiso, porque pensó que se así la olvidaría. Sin embargo, no contó con que se volvería adicto a su sabor, a su piel, a sus labios que lo conducían a la perdición absoluta.
Siguió lanzando cosas a la pared, rompiendo perfumes, destrozando cajones; incluso levantó la cama y la partió a patadas. Estaba hecho una furia, enrabiado a más no poder. Quería llorar, sentía las lágrimas punzando sus ojos. Maldita sea, esa mujer lo traía comiendo de su mano y no podía resistirse por mucho que quisiera. Se sentía un traidor de porquería con su amigo, del cual se olvidaron visitar por completo por lo sucedido en la oficina. Tomó el celular y marcó el número del doctor. Le mintió diciendo que Chicago estaba en reunión de última hora y no podía contestar el teléfono, que saldría tarde. El doctor entendió y le comentó que Daniel estaba durmiendo después que se lo visitara en la tarde. Jasón fue a hacerle compañía, a charlar, a hacerle reír. Se suponía que llevaría a Chicago, pero no podía hacer semejante estupidez con toda la nueva situación.
— ¿Jasón?—Pronunció una tímida Chicago desde el otro lado de la puerta. Estaba temblando aun, con los ojos hincados de tanto llorar y el cuerpo adolorido por lo salvaje que fue Joshua—. Debo ver a Daniel. Seguramente está preocupado por mí.
En ese momento Jasón abrió la puerta. Sus ojos estaban inyectados de furia, las venas de su cuello palpitaban, sus nudillos estaban ensangrentados, y su cara no tenía buen aspecto; estaba bastante hinchado por los golpes. Chicago levantó su mano para tocarlo, pero Jasón se la retiró de un manotazo. La contempló casi con asco. Se sentía traicionado sin ninguna razón. Ella no era nada de él y aun así le quemaba por dentro saber que fue de ese puto.
—Llamé al hospital. Daniel está dormido. Dale las gracias a los sedantes—informó esbozando una sonrisa sarcástica que le dolió física y emocionalmente a la castaña.
—Entonces…—inspeccionó con nerviosismo a su alrededor, como si buscara consuelo, un refugio seguro de lo que estaba a punto de pasar—, debo irme—expresó con la mirada perdida en los golpes que recibió Jasón por su causa. Aquellos ojos café carecían de ánimo para continuar. Todo su cuerpo y su alma recibieron maltrato y no quería enfrentar la verdad. No soportaba ver como Jasón la turbaba con esa mirada fría, casi juzgándola, como si le repugnara su presencia.
— ¡¿A dónde demonios crees que vas?!—La agarró de los hombros hasta aplastarla contra la pared—. ¡¿No tendrás la decencia de explicarme que fue eso que dijo tu jefe?!—La mirada de Jasón era tan gélida, jamás lo había visto así. El siempre tan jovial, tan gracioso, tan lengui-suelto. Y ahora parecía un energúmeno, un bruto aplastándola contra la pared. Ella se retorcía sin mucha fuerza, había peleado demasiado esta noche.
—Me haces daño—refunfuñó moviéndose bajo su peso demoledor.
— ¡¿Y tú crees que no me haces daño?!—La acusó con voz severa—. Quiero que me cuentes todo ¡ahora!—Exigió
—¡¡No tengo porque explicarte nada, idiota!! ¡No eres mi marido! ¡No eres nadie! ¡Estás aquí por circunstancias que aceptamos en un momento de desesperación!—Ladró llorando—. ¡¿Crees que me siento feliz después de que un hijo de puta intentara violarme?!—Escupió afligida—. Todo lo que construí por años se va a la mierda porque un loco está obsesionado conmigo. —Apoyó su frente en el pecho de Jasón, llorando a grito herido—. No tienes ningún derecho a juzgarme. No eres nadie para mí. —Lo enfrentó con la vista nublada por las lágrimas. Le importaba poco si lo había herido con sus palabras, ella estaba destrozada y no quería que nadie la discriminara por su pasado. Cometió errores como cualquiera, pero logró caminar con la frente en alto.
Jasón la tenía agarrada de los brazos con fuerza, inclinó su cabeza para ver como ella lloraba sobre su pecho, sintiéndose despedazado por el llanto de su Fresita. No le importó las palabras filosas de Chicago. Quería sanarla, al menos en ese momento.
— ¿Daniel lo sabe? ¿Sabe quién es Joshua?—Interrogó envolviéndola en sus brazos para que se recostara en su pecho.
—No lo sabe—sorbió por la nariz—. Fui lo suficientemente cobarde como para juzgarlo cuando no me contó sobre su accidente. Y sin embargo yo no fui capaz de contarle como me degrade a tal punto…
— ¿A tal punto de que, Fresi?—Le acarició el cabello
—A tal punto de perderme a mí misma—murmuró aun con la frente pegada en su pecho—. Nunca pensé que el pasado volvería para recordarme lo poco que valí en una época—se río de su miseria, sin embargo Jasón la apretó más, transmitiéndole aquellas cosas que quería decirle pero que no sabía expresar.
La sujetó por las piernas, alzándola de modo que ella tuviera que enrollar sus brazos alrededor de su cuello. Caminó conmovido al ver como ella encajaba con tanta facilidad en su pecho.
Se sentó en el mueble con cuidado. Chicago seguía desahogando todas emociones enterradas, llorando por lo que perdió, por lo que no tuvo, por su mala cabeza, por sus decisiones, por tener que repetir lo mismo una y otra vez.
—Quiero saber lo que paso con él, Fresi—pidió con cariño, meciéndola para consolarla—. Al menos déjame saberlo. Mira que tengo toda la cara llena de moretones—se burló al sentir la hinchazón de su ojo y su pómulo.
—No es algo que me enorgullezca, Willows. —Se apegó más a su pecho, disfrutando de la caricia dulce que Jasón le prodigaba—. Además eso es solo algo que Daniel debe saber.
—Daniel no está aquí—gruñó ofendido por sentirse desplazado. No sabía cómo hacerle entender que podía confiar en él. Quería que no solo le abriera las piernas por un trato que a ella aun no le convencía del todo, a pesar de que lo disfrutaba. Quería que le abriera un poco su corazón. Al menos que le diera la oportunidad de ser su amigo. Eso era poco para lo que deseaba pero era un primer paso—. Al menos déjame compartir tu dolor, o enloqueceré e iré a matarlo con mis propias manos.
—No hagas nada, por favor—replicó con voz débil. Lo encadenó con sus brazos para que no se moviera de donde estaba. Jasón sonrió derretido al sentirla tan cerca, tan tierna, tan dulce, tan dispuesta a protegerlo como él lo hacía.
—Tienes que decirme lo que pasó, lo merezco—reclamó—. No solo soy quien se mete en tus piernas cuando tu marido y tú disponen. También quiero ser tu amigo. Entender lo que pasó con ese monstruo que ahora tienes por jefe. Déjame entender un poco lo que paso para ayudarte.
Chicago suspiró, exhausta por el secreto que tanto le pesaba, por tantas emociones negativas acumuladas, por no haber hablado con Daniel en un principio sobre el tema. A pesar de que ella le había confesado de que su inocencia se había ido en una fiesta de la que poco se acordaba. Nunca le contó todo. ¿Quién iba a imaginar que su peor pesadilla volvería para reclamarla? Por eso omitió esa parte tan importante, porque pensó que jamás volvería a verlo. Sin embargo entre el cielo y la tierra no hay nada oculto. Y tarde o temprano aquellas cosas que tanto deseamos ocultar, buscan la forma de salir a la luz para destruirnos.
—Te contaré el resumen. —No alzó su mirada para verlo. Se sentía más cómoda recostada en su pecho. Aún tenía sus manos amarradas a su cuello, pasando sus pulgares mecánicamente, sin percatarse que Jasón estaba erizado por esa caricia tan nimia—. Fui a una fiesta que el organizaba. Era en una cabaña. Mi hermana me llevó para celebrar un logro que tuve. Me emborraché y lo siguiente que supe fue que un tipejo me arrebató la virginidad. Luego de eso decaí porque las cosas a mí alrededor se derrumbaron, y lo único que quedo en pie fue él. Mi curiosidad por recordar que fue lo que pasó entre nosotros y mi desesperación por atención fue más grande que mi lógica. Por lo que me enrollé con él y luego las cosas se salieron de control, dando por terminada nuestra relación—finalizó satisfecha. Le había dado los detalles suficientes para que se calmara, o para que saciara su curiosidad. Había mucho más detrás de esa historia. Sin embargo estaba reservada para su esposo. Con el debió tener esa conversación, no con Jasón. Aun así el hecho de que se preocupara por ella le pareció un gesto lindo de su parte.
—Sé de qué fiesta hablas—manifestó como si hubiera pasado por un momento de iluminación—. Como siempre estaba tomando como loco y pasándola bien. Debí verte, Fresi. —Le levantó la barbilla para que lo viera. Se bebió su gesto con lentitud. Como le gustaba esa mujer. La forma tan íntima en la que estaban en ese momento. Sus ojos llorosos, sus mejillas sonrosadas, su cabello cayendo como cascada, sus labios entreabiertos. Perdería el control si seguía deleitándose con esa imagen tan exquisita—. Yo debí tomarte—afirmó embotado en el color de sus ojos—. Debí estar contigo por primera vez. Debí desvirgarte.
—Eres un imbécil. —Trató levantarse pero Jasón la tomó de la cintura y la sentó en su regazo nuevamente—. ¡¿Cómo te atreves a decirme algo así?! ¡¿Acaso no escuchaste nada de lo que te conté?! Como siempre, solo piensas en sexo. Tremendo baboso—rezongó cruzándose de brazos, desviando su mirada al frente.
—Es la verdad. Si hubieras estado conmigo…
—Seguirías tu camino como siempre lo haces—cortó, dirigiéndole una mirada asesina.
—Me hubiera vuelto adicto como lo estoy ahora—confesó sosteniéndole la mirada—. Al menos… no se… hubiéramos follado mucho—sonrió y luego gimió de dolor por los golpes en su rostro.
— ¿Crees que no follé mucho?—lo punzó con sorna—. Hice muchas cosas, algunas las disfruté, otras no. —Le echó en cara sus actos, Jasón se decepcionó al escuchar esas palabras. ¿Cómo competiría contra algo así? ¿Cómo la haría olvidar lo bien, o lo mal que la pasó con Joshua?
— ¿Lo amaste?—Preguntó repentinamente. Quería saber a lo que se enfrentaba. Sentía que merecía estar informado de todos los pormenores de su relación con el puto. Así lo llamaba: el puto.
—No—respondió rotunda—. Lo nuestro fue físico, algo muy parecido a lo que tenemos nosotros. —Aquella declaración no le sentó bien. No podía creer que comparara lo que compartir con él a lo que compartió con Joshua. Comenzaba a enfadarse. Le demostraría que lo que ellos tenían no lo podía comparar con nada. Incluso no lo compararía con su relación con Daniel, se encargaría de eso.
—Veo—contestó con furia apenas retenida—. ¿Lo denunciarás?
—Como si eso sirviera con tipos con poder como el—ironizó—. Renunciaré, luego veré que pasará—zanjó rotunda.
—Si tú no lo denuncias entonces yo lo haré. No voy a permitir que ese puto se salga con la suya y te persiga por siempre.
—Te estoy diciendo que eso no sirve con ellos, ¿no entiendes? ¿Tienes problemas de atención?
—No me trates así. —La arrimó a su cuerpo, tomando todo lo que podía, su calor, su contacto, la fricción de sus pechos contra su dorso. Estaba a punto de cometer una brutalidad si ella no controlaba esa lengua tan provocativa que tenía—. Estoy intentando ayudarte, ¿acaso es mucho pedir?
—Ya te dije que no. —Se levantó sin darle tiempo a Jasón de que la detuviera—. Arreglaré las cosas a mi manera. Renunciaré y si es posible convenceré a Daniel para que nos mudemos.
— ¡¿Mudarse?!—Jasón se incorporó como un resorte al escuchar esas palabras. No podía dejar que se fuera. Ni en un millón de años dejaría que las personas que más quería se fueran porque un lunático estaba tras su trasero. Haría lo que estuviera en sus manos para ponerla a salvo. Imaginársela lejos de él lo mataba al punto de pensar que preferiría hacerse el harakiri antes de verla partir—. No te irás, ¿entiendes?—Enmarcó su rostro con sus manos—. Veremos la forma de solucionar esto. No lo denunciaré si no quieres, pero estaré pendiente de ti como siempre. Tendrás que decirle a Daniel lo que está pasando.
—Lo haré—dijo nerviosa por tener que enfrentar ese hecho, y también porque estaba a centímetros de Jasón. El hombre la alteraba a niveles desconocidos. Quiera o no negarlo, lo hacía. Además el hecho de compartir una información tan personal con él la hacía sentir vulnerable. Intentaba confiar en él, pero estaba la posibilidad de que la chantajeara para estar con él cuando quisiera. Para evitar eso le contaría a Daniel todo, se lo debía—. Tienes la cara muy hinchada. —Cambio de tema para evitar la tensión por la cercanía—. ¿Tendrás algo de hielo?
—Si, en la nevera hay bastante. —La invitó a la cocina para que hiciera lo que se le diera la gana, como lo hacía con él. No pudo evitar quedar atrapado en el movimiento de caderas mientras revisaba la despensa. Cierta parte de su anatomía apuntó directo al techo, afortunadamente estaba encerrado dentro de sus pantalones, aunque parecía a punto de desgarrar la tela. Esa mujer lo tenía al borde del abismo, siempre fue así desde que la conoció. Ella poseía un aura tan especial, tan inocente, tan perturbada por su experiencia, tan única para él. A pesar de eso intentó resistir su deseo por ella, por respecto a su amigo. Ahora se le hacía imposible. Estaba atado a ella en todos los sentidos, solo que ella no lo sentía igual. Prometió que se esforzaría por ganarse su confianza, al menos eso era a lo único que podía acceder por el momento.
Chicago salió de la cocina, tomó a Jasón de la mano, lo sentó en el sofá y ella a horcajadas sobre él. Le puso el hielo en la cara sin nada de delicadeza, ni previo aviso.
— ¡Ten cuidado, Fresi!—Se quejó con diversión. Ella lo ignoró y siguió trazando el hielo por su ojo y por su pómulo. Sería tan sencillo robarle un beso, cogérsela en ese momento en el que ella estaba tan frágil. No obstante no haría algo así. Bastante le había costado que soltara algo como para aprovecharse de la situación. Además, quería demostrarle que podía ser un caballero y la respetaría, muy a su pesar pero lo haría.
—Ese animal… casi te mata. —Jasón se sintió honrado por sus palabras. Y no era para menos. El salvaje lo golpeó como saco de boxeo, no obstante también le dio lo suyo, por lo que no podía encontrarse en mejores condiciones que él. Jasón deslizó los dedos por la abertura de su blusa con la intensión de examinarla. Podía ver los moretones de sus pechos cubiertos bajo las copas.
—Ese puto quería arrancarte los pezones—señaló con cólera. Había tomado los pechos de Chicago con tanta saña que no le importó los moretones y la incomodidad que sentía por el roce con el brasier—. Juro por Dios que le arrancaré el pipi y se lo meteré por el culo—determinó sin vacilación. No podía perdonarse el hecho de que su Fresi sufriera por un error que cualquiera pudo cometer. La vida estaba llena de baches de los cuales algunos salen, otros se quedan. Ese era el problema de Joshua. Estaba estancado en un recuerdo que solo fue hermoso para él. Sencillamente estaba loco y representaba un peligro para todo aquel que estuviera cerca de él.
—No digas tonterías. —Se rió al imaginarse esa escena. La verdad es que pensar en Joshua con su propio pene enterrado en su trasero la mataba de la risa—. Olvidemos eso por hoy, ¿sí? Quiero descansar y levantarme con la mente más fresca.
—Tienes razón, pero antes de eso yo tengo que confesarte algo. —Chicago se detuvo expectante ante sus palabras. Se perdieron en el tiempo esperando que alguno de los dos dijera algo. Ella deseaba que no comenzara a decir cosas extrañas sobre ellos, no soportaría una situación más incómoda con él. Su esposo era quien dominaba su corazón, aunque sus deseos los estaba dominando Jasón—. Te contaré como perdí la virginidad.
Chicago arrojó el hielo al suelo y soltó una carcajada con las pocas fuerzas que poseía. Después de todo lo que habían pasado ahora él venía con esos chistes tan malos. Estaba loco si creía que ella aprobaría eso.
—Eres muy gracioso, Jasón. —Respiró entrecortadamente. No podía parar de reírse. El hecho de que imaginarse a Jasón perdiendo su tesorito era de maniáticos. Además eso le pertenecía a él. El hecho de que ella le contara como perdió su inocencia no implicaba una confesión de igual forma.
—Es en serio, Fresi. —Al notar el tono tan cortante se calló. Aprendió a identificar con rapidez cuando realmente estaba en serio. En realidad no quiso ofenderlo, pero no pudo evitar reírse ante la ocurrencia—. Te lo cuento porque estamos intentando confiar el uno en el otro, ¿verdad? Por lo que me escucharás con atención.
Chicago se acomodó en su regazo. Al mover sus caderas el miembro de Jasón se levantó chocando levemente con la su entrepierna. Ella fingió ignorar como su erección rozaba con mucha alegría su hendidura. El castaño tomó aire y comenzó con el relato.
—Mis padres son de Texas, son dueños de una empresa petrolera. Fue cuestión de suerte que se toparan con un pozo y se hicieran ricos, aunque yo nunca quise nada de eso. En resumidas cuentas eran burros con plata, eso te lo debe decir mis modales. —Observó cómo Chicago no decía nada. Estaba esperando a que llegara a la parte interesante. Lo animó con moviendo la cabeza para que continuara—. En fin. Resulta que cuando cumplí quince mi papá me dijo que ya era hora de pelar el banano. Por lo que me llevó a las vegas a un prostíbulo. No importó que fuera menor de edad, mi padre tenía mucho dinero así que podía comprar unos cuantos guardias. Entré al sitio y… bueno, estaba nervioso, sería mi primera vez y no sería lo mismo que cuando me masturbaba. Mi papá me contrató una prostituta. Era una pelirroja de curvas peligrosas, muy sensual. Cuando la vi casi eyaculo en ese instante. Sus tetas estaban apretadas en un corsé. Usaba una minifalda que mostraba más de lo que tapaba… en fin
>> Ella me llevó a la habitación y no duré ni cinco minutos. Me succionó hasta que casi se me explotan las bolas. En el momento que la penetré me corrí. Usaba condón, afortunadamente, pero duré lo mismo que el polvo de un gallo, fue algo frustrante. Y más cuando la puta se burló de mí por ser tan precoz, poniéndome en evidencia ante mi padre y sus amigos. Para mi ego fue un golpe fuerte, ya que mi papá no hizo más que decirme maricón e insultarme por ser tan rapidin. Mi hombría no valía nada ante sus ojos.
—Que horrible—interrumpió Chicago con pesar. Se imaginó a un Jasón perdido, temeroso y siendo víctima de ofensas por parte de su papá
—Viene la parte más interesante. —Enrolló sus brazos alrededor de su cintura, apretándola más contra su cuerpo. Chicago estuvo a punto de desmayarse al sentir como el miembro de Jasón quería entrar en el ella aun con la ropa puesta—. Luego de ese incidente. Mi padre no hacía más que decir que era un marica, que seguramente era pasivo y toda esa mierda. Por lo que me encargué de demostrarle que era todo un hombrecito. Me conseguí una novia y ambos aprendimos a estimularnos. No me corría tan rápido y éramos felices. Cogíamos todo el tiempo. La llevaba a mi casa para hacerlo cuando mi papá estaba presente. Era necesario que escuchara como gritaba mientras le daba duro para demostrarle que podía ser el hombre que él quería.
—Eso es aún más horrible. No tenías que demostrarle nada, eras un niño. Un joven que estaba desorientado. Su trabajo era ayudarte, no maltratarte—dijo molesta ante la imagen de un padre machista y su hijo intentando ser como él.
—Fresi, así eran las cosas en ese momento. Quería hacerlo para no soportar sus burlas. Además la pasé bien. —Besó su nariz, provocando que esta se sonrojara por ese toque tan especial—. Mi padre parecía complacido por mi comportamiento. Por lo que traía mujeres todo el tiempo a mi casa. Me las cogía en cualquier parte. Me daba igual que nos vieran o no, nadie se burlaría de mi hombría nunca. No es que alguna vez me gustaran los hombres, es solo que quería dejar algo claro al respecto. Me gustaban las vaginas, mucho, demasiado. Tuve mucho sexo en esa época—recordó risueño—. Poco después viaje a las vegas. Fui al mismo bar donde deje mi virginidad y encontré a la misma puta. Seguía siendo ardiente, solo que un poco más vieja. Sin importarme esa mierda, me la follé con muchas ganas, tanto que se corrió muchas veces, gritó mi nombre y me pedía que le diera por todos lados, cosa que hice. Luego le dije que nunca se le olvidara quien era yo, porque fui el mismo que desvirgo y del que se burló. También le dije que se acordaría de mi cuando se cogiera a otros tipos, porque mi palo la hizo gritar como nunca. En ese momento, donde se suponía que me tenía que sentir bien, donde se supone que mi venganza estaba consumada, me sentí vacío. Sentí que nada de lo que había hecho me hacía merecedor del respeto de mi padre. Que era un enfermo sexual en busca de un corazón tibio que me aceptara. Y ahora estoy intentando que ese corazón me acepte.
Chicago permanecía callada. No se imaginó conocer ese lado de su vida. Fue un niño que creció con ideas machistas, maltratado en cierta forma. Nadie en su vida merecía ser tratado de esa forma. Pasó sus manos por su rostro magullado, contemplando sus ojos verde oscuro que la cautivaban en secreto. Por esos labios que la enloquecían cuando la besaba, cuando pasaba por su cuerpo, cuando sonreía, cuando hablaba. Ella estaba cayendo en una trampa sin poder evitarlo. Jasón seria su perdición. Con él perdería el sentido de muchas cosas establecidas.
Se apartó ligeramente antes de estampar su boca contra la de él y dejarse llevar por el momento.
—Aun así siempre cedes a esa decisión que tu padre tomó por ti—concluyó pasándole los dedos por el cabello, enredándolo de vez en cuando—. No busques eso que dices que deseas. Simplemente llegará y sabrás que te pertenece. Lo reclamarás y ambos se encontrarán.
—El problema es que creo que lo encontré. —La penetró con la mirada para que leyera lo que no podía decirle—, y lo deje ir porque no me sentía preparado. Ahora que quiero tenerlo siento que es tarde para mí. Aunque no he perdido las esperanzas del todo. Espero que se dé cuenta de lo que siento y algún día, aun si no es en esta vida, me dé una oportunidad en otra.
Chicago no pudo evitar sucumbir ante esas palabras que parecían no pertenecer a su vocabulario. Estaba tan empecinado a que dicha mujer lo aceptara, que sintió una ligera punzada de molestia al respecto. Esperaba que quien fuera la chica a la que se refería lo viera como ella lo hacía en ese momento y le diera una oportunidad.
Agotada hasta más no poder. Se salió del agarre de Jasón, incorporándose para irse a su casa. Al ver que Chicago se dirigía a la salida, la tomó del brazo y la jaló.
—Te quedarás aquí—sentenció rotundo—. Mañana podrás ir donde quieras. Ahora es muy tarde y no tengo ganas de llevarte a ninguna parte.
—Tomaré un taxi—se encogió de hombros, restándole importancia a sus órdenes. Retomó sus pasos para salir. Sin embargo Jasón volvió a jalarla.
—Ya te dije que te quedarás aquí y punto—afirmó con seriedad. Por ninguna circunstancia la dejaría sola, y menos después de compartir algo tan maravilloso. Jamás pensó que se abriría así, y menos que dejaría migajas para que ella las siguiera. Esperaba que algún día, no muy lejano, lo notara y le diera una oportunidad.
— ¿Dónde dormiré?—Inquirió apurada por colocar su cabeza en una almohada y dormir.
—En mi cuarto. —Alzó una ceja para ver que reacción tenía Chicago al respecto. Ella sabía que era una provocación abierta. Sin embargo le seguiría el juego porque no quería enfrascarse en una discusión inútil.
—Está bien—resolvió—. Vamos.
—Espera—la detuvo—. Debo arreglar el desorden. Si me disculpas…
Se internó en la habitación, recogiendo el desastre. La cama no servía, por lo que arrumó la madera en una esquina y dejó el colchón en el suelo. Después de recoger el desorden, invitó a Chicago para que siguiera. Se impactó al ver los daños ocasionados por el huracán Willows. La madera amontonada en un rincón como si estuvieran castigados; residuos de vidrio en el suelo; las paredes manchadas de sangre, seguramente por los golpes que le dio. Definitivamente había perdido el control, y todo por su causa.
Jasón le entregó una camisa para que se cambiara de ropa. No permitiría que durmiera con la ropa hecha jirones por lo vivido esa noche. Se encargaría de cuidarla hasta donde ella le permitiera.
Chicago la recibió y se cambió en el baño. La camisa tenía una estampado de una naranja corriendo tras un mango, que locura. Salió para encontrarse nuevamente con Jasón en la habitación. Estaba solo con un pantalón de sudadera gris. Su pecho musculoso y bronceado estaba al descubierto. Tragó duro al verlo en esa imagen tan… atrayente. No iba a ser fácil dormir con él en ese… modo. Ignoró su repentino bochorno y se tiró sobre el colchón, al lado de Jasón. Éste se posicionó de medio lado, apoyando la cabeza en su mano, contemplando como ella se deslizaba delicadamente a su lado, con las piernas expuestas. Su mente navegó en el color de bragas que podía usar en el momento, cosa que hizo que su miembro se hinchara como un pez globo. Para él tampoco sería fácil descansar sin pensar en cosas turbias.
—Que descanses—le dio la espalda colocándose en posición fetal. Jasón estuvo a punto de manchar sus pantalones por el panorama que le ofrecía el trasero suculento de Chicago. Apartando las sensaciones en sus parte baja, se acostó a una milimétrica distancia. Admiró su cabello entre negro y café, acariciando suavemente las puntas. Esa noche se habían desvelado tantas cosas. Se habían hecho cómplices. Estaban creando confianza, aunque él deseaba que Chicago lo mirara como lo hacía con Daniel, y para eso debía ganarse su corazón. ¿Cómo reclamaría el corazón de alguien que ya tenía dueño y sello de propiedad? No tenía idea de cómo, pero intentaría acercarse a ella sin ahuyentarla.
—Buenas noches, mi querida Fresi—susurró muy bajo, solo para que él pudiera escucharse. Sin embargo, Chicago lo escuchó y sonrió secretamente.