Capítulo 19: Barbados.

 
 

Generalmente al pensar en un lugar como Barbados, las imágenes de playa, sol, brisa, diversión están en la lista de destacados. No obstante para Chicago Barbados no sonaba a ninguna de esas cosas, para ella era un sinónimo de peligro y aclarar su mente. La primera porque Joshua iría con ella y no era ningún secreto que esa sería su oportunidad para atosigarla y atormentarla, y la segunda porque realmente necesitaba con urgencia una escapatoria de todo el remolino de emociones que albergaba en su pecho. Una fuga notificada era necesaria para esclarecer la neblina emocional por la que estaba pasando. Daniel era su esposo, su refugio, su paz, el hombre que amaba y eso no cambiaría. Y en el otro lado estaba Jasón, el amigo de su esposo, el hombre con quien se acostó y despertaba el fuego, la pasión, no la dejaba pensar con claridad y eso no le agradaba mucho.

 

Ambos eran una parte esencial en su vida, pertenecían a ella, eran su dualidad, la mitad de su todo. Eso para Chicago estaba fuera de lugar, incorrecto y definitivamente estaba en contra de todas las leyes de la moralidad y fidelidad. Sin embargo no le era infiel, tenían un acuerdo hablado y consensuado, lo que los había llevado a ese punto de inflexibilidad en el que no sabían que pasaría. Después de la confesión de Jasón y su regalo no volvió  saber de él, Daniel parecía más distante, taciturno. Chicago se mentalizaba en su viaje, todos intentaban seguir adelante sin avanzar.

 

Jasón estaba concentrado en su carrera y su desolación. A pesar de creer que declararse fue lo correcto, la verdad era que ya no sabía cómo manejar la ausencia dolorosa a la que estaba sometido. Evitaba tener encuentros furtivos por el temor a que alguna de esas mujeres estuviera relacionada con Chicago. Que inesperadamente fuera su madre,  o su abuela, o su tía. La situación era infernal y sin embargo optaba por ignorar su tristeza y seguir, aunque hacerlo era más difícil que decirlo, pensar en ella lo estaba acabando, envejeciendo en vida.

 

El fin de semana llegó, el día en el que Chicago iría a cubrir el evento de Miss Internacional. Nerviosa no era la palabra adecuada para describir lo que experimentaba. Estaba en estado de pánico muy bien camuflado para que su esposo no notara su ansiedad. Estar alejada por cuatro días era demasiado para su salud mental, pensaba en la forma para mantener a raya a su jefe, no obstante no llegaba nada a su mente, sentía que no tenía escapatoria.

 

— ¿Llevas todo?—Preguntó su esposo desde el umbral de la puerta. No estaba precisamente feliz con el viaje, debían aclarar demasiadas cosas y el hecho de que tuviera que dejarlo por unos días no lo complacía del todo.

 

—Lo necesario, si—respondió serena, aunque por dentro estaba destrozada. Estar así, tan ajenos el uno del otro no era lo que deseaba. Hace unos días el amor brotaba entre ellos, ahora eso eran solo vestigios de las consecuencias de la propuesta.

 

Daniel se acercó, rodeándole la cintura. Hundió su nariz en su cuello, provocando que su esposa diera un respingo sorprendida por ese gesto. Comenzó a mecerla con ternura, a memorizarse su olor, su esencia, su ser entero. La retuvo en una cárcel de piel irresistible,  para Chicago ese era su lugar favorito, estar en los brazos de su esposo. Le brindaba una paz indescriptible, la calmaba, le devolvía la chispa, el espíritu. Cerró sus ojos y se recostó en el hombro de su esposo, dejando su cuerpo laxo mientras Daniel la mecía a paso lento. Estaban encerrados en su propio ambiente, en su mundo construido para la comodidad de ambos.

 

—No quiero que te vayas, siento que si lo haces te perderé de verdad—afirmó con voz rota. Le besó el cuello, transmitiendo pequeñas descargas a su esposa, la cual, estaba renuente a soltarse. Estaba demasiado cómoda como para volver a la realidad.

 

—No me perderás, eso te lo aseguro—dijo con suavidad, sonriendo por la forma tan dulce y dedicada por la forma en la que su esposo la mecía, como si tuvieran toda la eternidad para estar así.

 

—Es solo que hemos estado tan distantes el uno del otro que… siento que somos desconocidos. Y si te vas llegaremos al punto de no reconocernos nunca más. Eso me aterra—profetizó con una actitud pesimista, oscura, apartando su alma para evitar ser herido. Respiró con dificultad ante la latente realidad en la que Chicago lo abandonara. Intentó soltarla, pero ella dio la vuelta agarrándole las manos, impidiendo que se apartara.

 

—Han pasado muchas cosas entre nosotros, pero en mis planes futuros no está dejarte—aseguró perforándolo con la mirada—. Y me importa un rábano el destino, o el futuro, lucharé contra eso. Quiero que estés conmigo, soy sincera cuando te lo digo. No eres mi escudo ni estoy contigo por lastima—lo confrontó como si leyera sus pensamientos. No era ninguna tonta, sabía a la perfección que su esposo pensaba eso, por lo que enfrentarlo era lo mejor—. Te amo y ese sentimiento sigue siendo vigente, no estoy dispuesta a que esto se acabe. —Tragó saliva, intentando moderar su tono, no quería pelear ni romper a llorar. Intentaba hacerle entender a Daniel sus razones, sus pensamientos. Pero no encontraba las palabras apropiadas para hacerle ver que su temor era un  poco infantil, aunque natural por los sucesos acontecidos. Amarró sus brazos en su cuello, acercando sus labios a los suyos, bebiéndose su aliento, su calor, su piel. Deseosa de continuar y perderse en él, no obstante hablar era primordial—. Eres lo mejor que me ha pasado, te amé por la forma en la que te comportabas, por tu caballerosidad, tu sonrisa tan dulce, tierna, porque contigo siento que lo que sucede alrededor no me afecta, mis problemas se disipan —susurró contra sus labios,  tembló de satisfacción ante sus palabras y la caricia de su aliento—. Hay tantas cosas que debemos poner en orden, tantas cosas de las que debemos hablar. Por ahora solo quiero ir a hacer mi trabajo y… regresar contigo. Estos días te servirán para reflexionar, para elegir lo que realmente quieres hacer con esto. Si tu…—titubeó ante lo que diría a continuación—, consideras que lo de nosotros…—Fue interrumpida por un beso demoledor, la hizo perder la órbita, el sentido común, incluso olvido lo que estaba diciendo.

 

Daniel la tomó de la cara, mordiéndole el labio suavemente, Chicago gimió y el ronroneó gustosa. Introdujo su lengua en la boca húmeda, caliente de su esposa, palpando su paladar, su lengua cálida que salió al encuentro para danzar con él. Estaban aferrados el uno al otro, mordiéndose, jugando, retándose, saboreándose como si fuera el final de los tiempos. Daniel se apartó jadeante, con un brillo travieso en su mirada. Chicago intentaba recobrar el sentido, la conciencia. Estaba un poco sorprendida por ese ataque tan delicioso, su esposo tenía ese lado pícaro que, aunque no lo demostraba mucho, le gustaba y quería que dejara salir más seguido ese aspecto.

 

—Si vuelves a insinuar algo como eso te besaré hasta que te desmayes. —Ambos se rieron, Daniel besó su frente y la abrazo—. Nunca pienses algo como eso—la exhortó con cariño—. Sé que he tomado decisiones que nadie debería tomar, que piensas que me he rendido, que te quiero entregar a cualquiera, que estas confundida por todo lo que está pasando,  y no voy a juzgarte porque sé que es mi culpa. —Chicago iba a replicar pero Daniel la interrumpió colocando un dedo en sus labios—. No intentes rechistar porque me haces sentir más culpable. Creo que este viaje te servirá, nos servirá para fortalecernos. —Dirigió su mirada a su reloj, su mente se iluminó con una idea traviesa.

 

La tomó por los brazos y la acostó en la cama, le bajó los pantalones y las bragas. Chicago intentó incorporarse pero Daniel la empujó con delicadeza en la cama.

 

— ¿Qué haces?—Jadeó y se acostó por completo al sentir a su esposo metido en su entrepierna

 

—Tenemos cinco minutos—sonrió—. Por lo que los aprovecharemos al máximo. —Pasó la lengua en la entrepierna de su esposa, ella gimió arqueando las caderas para recibir más de eso.

 

—Pensé que no teníamos tiempo—señaló con la ceja arqueada.

 

—Siempre hay tiempo. —Volvió a pasar la lengua y Chicago se perdió en las sensaciones, en la lengua de su esposo. Gritó de placer al sentir como aquella lengua inquieta se introducía en su conducto. Se aferró a las sabanas y gimoteo. Daniel metía y sacaba la lengua, besaba los pliegues de su esposa como si fuera su boca. Era suave, dulce y sabía muy bien. Siguió con movimientos más rápidos, entrando y saliendo de su cavidad, luego pasándolo por la rajita, se entretuvo con su clítoris hinchado, chupándolo con sus labios, mordiéndolo suavemente, torturándola con los cambios de velocidad.

 

—Daniel… por favor—suspiró ida en los temblores que la acercaban al abismo demencialmente placentero al que estaba llegando. Su esposo la tenía al borde para luego traicionarla. Estaba jugando con ella, llevándola al límite para luego calmarla. Arqueaba las caderas, lo sostenía del pelo con fuerza para que no la dejara a medias, para que continuara hasta el final.

 

—Tu sabor. —Besó su hendidura—, es suculento—comentó con gusto.

 

—Por favor… no puedo…—chilló de gusto cuando las manos de Daniel cubrieron sus pechos, exigentes en sus toques hasta que sus pezones estuvieron duros y erguidos, como si quisieran atravesar la blusa. Daniel siguiendo saboreándola un poco más, cuando deslizó la lengua por el clítoris ella simple y sencillamente se dejó ir. Emitió un gemido largo mientras convulsionaba extasiada. Daniel sonrió encantado al ver como Chicago terminaba. Quería darle un regalo antes de que se fuera, y también marcarla para que no lo olvidara. A pesar de que la conversación aún tenía sus reservas y el impulso fue más grande que su razonamiento. Esa era la única forma que encontró para despedirse y de alguna manera avivar las esperanzas de que volviera a él, sus brazos.

 

Chicago se incorporó, aun jadeando, con el corazón acelerado. Se vistió y besó a su esposo en los labios. Estaba dichosa y satisfecha. Tenerlo así fue inesperado pero genial en todos los aspectos. Podía ver la turbulencia en sus ojos, algo que ella compartía, no obstante en estos días podrían poner las cosas en su lugar.

 

La ayudó a terminar de empacar, solo llevaba una maleta con ropa adecuada para la isla. Daniel le ayudó con la maleta y la acompañó a la puerta.

 

—Si no fuera porque debo ir a la oficina, iría contigo al aeropuerto. —Su jefe estaba molesto con él porque sobresalía en sus labores, cosa que llamó la atención del socio mayoritario, quien quería hablar con él para ofrecerle un puesto mucho mejor, con prestaciones y un buen sueldo. No obstante aquel socio tenía bastantes ocupaciones, por lo que reunirse con él no había sido posible, y el hecho de que su jefe directo fuera un cabrón que lo hostigaba lo hacía más difícil. No le daría permiso para acompañar a su esposa, o lo haría y luego inventaría algo para desacreditarlo. Por lo que optó por sacrificar unos minutos más con Chicago y dejarla ir sola. Eso lo mataba, creía que lo dejaba mal ante ella, sin embargo Chicago le pareció oportuno porque no quería una confrontación con Joshua, no podía lidiar con eso en ese momento.

 

—Espero que cuando vuelvas estés aquí—advirtió con una sonrisa que camuflaba su angustia. Si volvía y no lo encontraba entonces era el fin. Aunque después de lo compartido eso no podía suceder, él se lo dejo claro. Aun así el pensamiento rondaba por su cabeza y le quitaba la paz recién adquirida.

 

—Siempre estaré aquí, no lo dudes nunca. —Depositó un beso ardiente en los labios de su esposa y finalmente la dejo ir con la promesa de encontrarlo sentado en el sillón esperando con un ramo de rosas por ella.

 

*****

 

Al llegar al aeropuerto se encontró con el personal que la acompañaría. Eso le ofrecía una seguridad algo efímera, pero se aferraría a eso hasta lo último. Lamentó no poder despedirse de Jasón, quería creer que era lo mejor, aunque no podía auto convencerse de eso. Deseaba despedirse, darle un beso, prometerle mil cosas, cosas que sabía perfectamente que estaba fuera de su alcance. Lo mejor era permanecer como estaban y así no habría daños personales. Aun así quería verlo, tocarlo. Si lo hacía terminaría más confundida de lo que estaba, por lo que optó por no tomar el teléfono y llamarlo. Seguramente estaba ocupado con alguna mujer. El pensamiento de visualizarlo con su hermana o con alguna otra morronga la crispaba. Debía detener el torrente de pensamientos negativos y concentrarse en su labor.

 

—Sera un viaje interesante. — Aquella voz inmunda la sobresaltó. Volteó a ver a su jefe,  vestía todo de blanco, una de las chicas de maquillaje suspiró al verlo. Chicago lo ignoró rogando para que no tuviera que compartir puesto con él—. Tengo los tickets aquí. —Los sacó del bolsillo con frescura, Chicago le dirigió una mirada intrigante, algún truco tenía, algo obvio, por lo que arriesgarse era la única opción.

 

Todos se acercaron a tomar sus tickets, Chicago lo hizo primero. Deslizó sus dedos por los boletos, leyendo la expresión de Joshua. Algo tuvo que aprender cuando se acostó con él,  por lo que leer sus gestos era la única arma a su favor.

 

Estuvo a punto de escoger uno, pero al ver la alegría reflejada en la mirada de Joshua optó por tomar otro. Al ver su rostro ensombrecido sonrió como una ganadora, arqueó una ceja y se llevó el ticket. Joshua endureció todas sus facciones, había visualizado tenerla a su lado, hundir sus dedos en su interior hasta que se corriera quedamente. Había imaginado su expresión mientras el orgasmo la cabalgaba. Todo eso se fue por un barranco cuando ella escogió salirse por tan tangente con ligereza. Aunque eso no había acabado, hasta ahora estaban empezando a entrar en calor y él no parecía querer retirarse, tenía una oportunidad, de hecho varias, pero se aferraría a su plan.

 

Todos se acomodaron, Chicago se sentó a lado de Nora, una chica de maquillaje muy carismática y habladora, por lo que estuvieron conversando y riendo amenamente durante el viaje. Por otro lado Joshua resoplaba y la miraba con expectación, con rabia, con lujuria, todo mezclado como una bomba molotov. Se internó en el baño y se masturbó hasta correrse, pronunciando el nombre de Chicago. Tenía una erección desde hacía rato y no podía aguantarlo, aun así la próxima vez se correría en el interior de esa mujer. Era una promesa que estaba dispuesto a cumplir a como diera lugar.

 

Después de dos horas llegaron a su destino. El calor los sobrecogió, por lo que tuvieron que deshacerse de sus chaquetas, gorros, lo que los abochornara. Chicago llevaba una blusa de tiras color lila, que marcaba su cintura. Unos pantalones grises algo sueltos. Se cambió los tenis por unas sandalias. Joshua la devoró  con la mirada, se relamió los labios con una erección enorme queriendo rasgar la tela de su pantalón. Ella lo ignoró y siguieron su camino al hotel.

 

Barbados era increíble, a pesar del calor, ella se sentía encantada, relajada. Disfrutaba del paisaje tropical que le ofrecía el lugar era soñado, paradisiaco. Sintió que moría de alegría por estar allí a pesar de las circunstancias.

 

Llegaron al hotel, era un enorme complejo cinco estrellas, con un lobby enorme, personal capacitado, un ambiente elegante y acogedor. Todos estaban emocionados por disfrutar de las comodidades que le ofrecía el lugar. Podían ver a las chicas que participaban en el concurso ir y venir. Los caballeros estaban embobados mirando a esos ejemplares andantes, tan bellas, perfectas, sensuales. Sin embargo Joshua solo podía ver a la chica de cabello castaño y negro perderse entre tanto lujo. La contempló, maquinando en el siguiente paso que no podría fallar.

 

Se dirigió a recepción y pidió las llaves de las habitaciones. Le entregó una a cada una. Sonrió con malicia al entregarle la llave a Chicago, ella se estremeció aterrorizada por algo que recién descubrió al momento de rodear la tarjeta con su mano.

 

—Tu cuarto está al lado del mío—le hizo saber con el pecho henchido de orgullo mientras a ella se le escapaba la respiración—. Eso me vuelve loco—le susurró en el oído. Ella se apartó y se posicionó al lado de Nora. Joshua le guiñó un ojo y dirigió el camino hasta las habitaciones. Todas estaban conectadas por la terraza, las puertas eran corredizas, por lo que cualquiera de ellos podría entrar al menos que la asegurara desde adentro. Aun así esas puertas eran frágiles y con la fuerza apropiada se podría irrumpir sin problemas.

 

Joshua se internó en su habitación, no sin antes dirigirle una mirada llena de promesas sucias a Chicago. Aprovechó que su jefe lascivo estaba en su habitación y se dirigió hacia Nora, cambiaron de llaves, la verdad Nora quería el cuarto que ocuparía Chicago, por lo que convencerla fue muy fácil. Hicieron el intercambio, a Chicago le correspondió la habitación al final del pasillo. Al ingresar se quedó boquiabierta por la estructura. Era una habitación enorme, con cama doble, tendido blanco, un televisor que ocupaba toda la pared, un minibar. La vista al mar era impresionante, se prometió meterse disfrutar de esas aguas antes de regresar. El baño parecía otra habitación, una tina gigante, un espejo enorme con un tocador que estaba bien dotado para que el huésped estuviera cómodo, esencias para el baño, cremas y un sinfín de productos que ofrecía el lugar.

 

Acomodó sus pertenencias en el closet, se dio un baño y se colocó su pijama rosada, de short y blusa de tiras. Solo quería descansar, el día siguiente seria duro. Debía conocer candidatas, conseguir entrevistas, empaparse un poco con los acontecimientos y el ambiente en el que se estaba moviendo, por lo que cerrar sus ojos y caer rendida era lo mejor. Pero antes de hacerlo llamaría a su esposo. Le marcó al teléfono y al segundo tono le contestó.

 

— ¿Cómo te fue en el trayecto?—Fue lo primero que preguntó, parecía angustiado, tenerla lejos estaba quemándolo y volviéndolo loco, por lo que no pudo ocultar la angustia en su tono. Tenía mucho miedo de que algo malo le pasara, que el avión sufriera algún accidente, o que le hicieran algo malo al llegar. A veces se preocupaba tanto que parecía más paranoia que otra cosa.

 

—Estupendo—afirmó con una sonrisa que cubrió todo su rostro—. Debemos venir tú y yo a tomarnos unas vacaciones permanentes en este lugar. Es… soñado—dijo llena de alegría.

 

—Eso me alegra, mi amor. —La línea enmudeció. Nuevamente estaban en el punto redundante  que los distanciaba, sin embargo Daniel rompió el silencio—: Te amo, sabes que eres lo más importante en mi vida y que pase lo que pase mi corazón será tuyo hasta que el universo deje de existir.

 

—No lo sabía, pero gracias por la información—se burló un poco cansada por el viaje y por la situación entre ellos, al menos la distancia serviría para determinar lo que pasaría entre ellos finalmente—. Cuídate mucho, por favor—le recomendó con dulzura.

 

—Nadie me cuida mejor que tú, pero estas de paseo y ahora me siento solito—dijo como un  niño abandonado, Chicago río y por un momento se olvidó de todo, volvían a ser los mismos, estaban retomando el camino. No obstante eso era una montaña rusa, en cualquier  momento pasaría algo que dañaría la magia en la que estaban sumergidos.

 

—Tendrás que cuidarte como un niño grande mientras llego de trabajar, no de paseo—lo riñó entre risas.

 

—Te amo mucho Chiqui. Ten cuidado y no… perdamos el contacto—sugirió con titubeo.

 

—No lo perderemos. Recuerda lo que te dije

 

—Siempre lo tengo presente. Duerme, mañana seguramente tendrás un día muy ocupado.

 

—Tú también descansa, mi Daniel. —Con esas palabras colgaron. Él era de ella y ella de él, no obstante algo en la ecuación no encajaba del todo. Ese algo estaba vivo en su pecho, merodeando en sus pensamientos, ansiándolo con locura, instándola a llamarlo, a saber de él. Sin embargo decidió resistirse y no marcarle, no quería seguir avivando cosas que no podían pasar. La ecuación no encajaba porque simple y sencillamente ella no podía hacerla encajar. Si lo pensaba un poco más el resultado la inquietaba y ese sentimiento la turbaba, por lo que mantener lejos al dueño de esos ojos verde oscuro y sonrisa mordaz era lo más adecuado, al menos en su fuero interno quería creerlo con vehemencia. Pensando en eso cayó rendida, esperando que el sueño le revelara el siguiente paso.

 

Abrir la puerta corrediza le resultó más fácil de lo que pensó, con lo aprehensiva que era imaginó que pondría todos los seguros que existieran en el planeta tierra. Sin darle mayor importancia, se internó en la habitación. Estaba oscuro, solo la luz de la luna iluminaba el lugar, aunque no daba la claridad esperada era suficiente para lo que iba a suceder.

 

Ahí estaba, ella descansado, en bragas y una blusa que destapaba más de lo que esperaba. Eso lo puso más duro de lo que ya estaba, le costaba caminar por la pesadez que llevaba entre las piernas. Solo pensaba en vaciarse en ella toda la noche, darle por todos los lugares que su cuerpo le podía ofrecer hasta que ella se rindiera ante el por completo. Lo haría, se aseguraría de eso.

 

Sin perder tiempo se acostó a su lado, ella estaba de medio lado, acurrucada en un sueño profundo, del que la sacaría. Deslizó su mano por la cintura hasta llegar a su pecho, lo apretujó con fuerza hasta que un gemido se escapó de su boca. Ella dio la vuelta y se sorprendió al ver al extraño en su cama, quiso gritar por ayuda pero Joshua la calló con un beso. Sin dejarla respirar le introdujo la lengua con brusquedad, ella jadeó y repentinamente se relajó. Enredó sus manos en su cabello, tirando de el suavemente. Joshua mordió sus labios, los chupó con fuerza. Sus manos trabajaban en sus pechos, manipulando con pericia sus pezones, jalándolos sin delicadeza hasta que se irguieron bajo la tela. Mecía su erección contra el sexo de la chica, la tenía acorralada entre su cuerpo sin dejarla respirar.

 

—Esta vez no te me escaparás—aseveró—. Serás toda mía, te joderé y me rogarás por más. —No esperó su respuesta, siguió con lo que hacía, besando su cuello, chupándolo, lamiéndolo hasta dejar la zona sensible. Estaba húmeda y gimoteaba por la tortura a la que era sometida,  no era malo del todo, su cuerpo respondía como él deseaba, aunque quería algo de suavidad en el acto.

 

Le quitó la blusa de tiras, dejando en el aire sus pechos. Se introdujo uno en la boca, rodeando el pezón con la lengua, tirando de el como si quisiera desprenderlo, ella arqueó su cuerpo contra él, suplicaba entre susurros por más, por que siguiera con lo que hacía. Él obedeció introduciendo un dedo en su intimidad húmeda y caliente, ella saltó ante la intrusión, gritaba, suplicaba y Joshua parecía feliz, al fin consiguió lo que quería, por fin la tenía rogando por más.

 

Una mano estaba en su entrepierna, introduciendo y sacando su dedo con rapidez, mientras su boca jugaba con sus pechos hinchados y sobre estimulados. No quería esperar más, sentía como sus paredes internas lo apretaban, señalando que estaba cerca del orgasmo. No permitiría que se corriera sola, él se correría con ella y gritarían al tiempo.

 

Sacó su dedo de su interior, ella casi lloró por la ausencia en su cueva íntima. Estuvo a punto de reclamarle hasta que vio la vara enorme que se cernía sobre ella, primero rozándose contra su monte de venus. No lograba ver bien por poca luz que ofrecía la luna, pero podía sentir lo caliente de ese falo, su dureza, su ansia de introducirse en ella, así como ella deseaba eso de él.

 

— ¿Qué quieres que haga?—Indagó con una sonrisa tensa, quería burlarse de ella, llevarla al límite pero él también lo estaba, así que presionar no servía de mucho en ese momento.

 

—Métela—pidió con voz ronca, retorciéndose ante la anticipación.

 

— ¿Por dónde?—Preguntó ahora con la cabeza de su miembro rozando su hendidura, humedeciéndola más con el toque estimulante.

 

—Por donde estas tocando, ahí. Te quiero bien adentro.

 

—Que rápido has cedido. —Colocó la cabeza de su pene en su entrada sin penetrarla del todo—. Me gusta que ya no te puedas resistir a lo que sientes. Sé que me quieres, aunque te esfuerzas en negarlo.

 

—Si… te quiero. —Acercó su cadera para introducir el miembro de Joshua un poco más—. Te quiero dentro de mí ahora. Por favor mételo todo—suplicó con ansiedad, retorciéndose bajo su cuerpo.

 

—Eso es. —Se metió un poco más—. Me gusta que me supliques. No veía la hora de que eso pasara. —Tomó sus piernas y se las colocó en los hombros, luego se posicionó sobre ella hasta que sus tobillos rodeaban su cuello al tiempo que se introdujo por completo. Ambos gritaron por estar unidos, por la sensación deliciosa en la que se perdían fácilmente.

 

Comenzó a moverse lentamente, disfrutando de su interior dilatado, cómo lo apretujaba, como lo reclamaba para entrar más. Saboreó sus labios mientras la penetraba lentamente, disfrutando de sus gemidos, de cómo abrazaba su miembro.

 

—Por favor…—rogó tratando de moverse, pero la posición en la que estaba lo hacía difícil. Joshua la aplastaba y casi no podía respirar.

 

— ¿Por favor, que?—Preguntó disfrutando de sus suplicas, de su interior mojado solo para él, solo seria para él y de nadie más. La marcaria como fuera.

 

—Dame más duro, lo necesito—dijo jadeando. Como si activara algo en el interior de Joshua, el obedeció sin rechistar. Se movió como si estuviera poseído por un demonio, sus acometidas eran potentes, duras, al punto de ser salvaje. Ella gritaba impresionada por la fuerza de ese hombre, disfrutando de cada embestida, pidiendo más fuerza que él le otorgaba gustoso.

 

—Esto es…—chilló cuando la estocada fue profunda, enterró las uñas en su espalda, la cama se movía de un lado a otro, casi chirriando. Joshua se arrodillo sin salir de ella, le abrió más las piernas y se meció con más fuerza, con envites destinados a marcar, a recordarle que solo él tenía el poder de hacerla venir cuando quisiera. Que su voluntad solo pertenecía a él, y solo a él.

 

Dirigió una mano al clítoris, dándole palmadas estimulantes, rodándolo entre sus dedos hasta hacerlo resbaladizo, masajeándolo con la misma potencia con la que se movía en su interior. Sintió como lo apretaba, como palpitaban sus músculos internos, estaba cerca del orgasmo, solo debía presionar un poco más.

 

—Eres mía, córrete para mí. Soy tu señor y quiero que te corras para mi ahora—ordenó con movimientos más violentos, con embestidas en las que se introducía más profundo.

 

—¡¡Dios, me… quiero… no puedo!!—Se arqueó siguiendo el estremecimiento que la recorría. Sus piernas parecían perder fuerza, al igual que su cuerpo. Gritó de emoción, sintiéndose plena por llegar al cielo. Joshua la cabalgó un poco más hasta que llegó a su límite y se corrió diciendo su nombre.

 

—¡¡Chicago!!—Clamó mientras se vaciaba en su interior, la llenó de su simiente hasta que cayó encima de ella aplastándola. Ella al escuchar el nombre de otra lo apartó bruscamente y encendió la luz. Al ver de quien se trataba suspiró impactada, como si un camión la hubiera machacado.

 

Joshua estaba igual o peor que ella, se incorporó incrédulo. Se había acostado con Nora, la maquillista. ¡Pero si él se había asegurado de que esa sería su habitación! Maldita sea, todo estaba mal, jodidamente mal. Ya tenía suficiente con Michelle y no quería lidiar con otra chiquilla ganosa. No obstante Nora se cubrió avergonzada. Ella accedido a estar en esa habitación porque estaría cerca de Alan, el camarógrafo del cual estaba enamorada. Pensaba que algo así le ocurriría y quería que le pasara. Y le había pasado, solo que con el hombre equivocado. Se acurrucó, cubriéndose el cuerpo, sintiéndose sucia por ni siquiera cerciorarse de que fuera el indicado.

 

— ¡¿Qué demonios haces aquí?! ¡¿Dónde está tu habitación?!—Cada vez que lo pensaba más furioso se ponía. Se había tirado a una maquillista, a una cualquiera a la que no recordaría. Todo lo planeado le estaba saliendo mal. Se puso los pantalones con rabia, eso era inaudito, estaban burlándose de él y eso no lo hacía brincar en una sola pata de emoción.

 

—Chi…cago y yo… intercambiamos…habitaciones, señor—respondió abrigándose más, aun con su interior palpitando por lo sucedido hace unos minutos.

 

—¡¡Maldita sea!! Algo así podía pasar—masculló sintiéndose como un perfecto imbécil, Chicago se había reído de él y solo pensaba en cobrárselas. Estaba profundamente ofendido, no le gustaba sentirse derrotado y que sus planes no salieran como lo esperaba. Aun así, en juego largo hay desquite y él se desquitaría con ella por lo que hizo.

 

—Señor…yo. —Nora intentó pronunciar algo, hilar algo. Pero Joshua se cernió sobre ella con una expresión amenazante.

 

—No te atrevas a hablarle de esto a alguien, o de chantajearme, porque te verás no solo sin empleo, sino que me encargaré de destruirte como la basura inmunda que eres. ¿Queda claro?—Dijo perforándola con la mirada, ella asintió atemorizada por sus palabras. Acto seguido Joshua salió lanzando madrazos de la habitación y Nora llorando por haber sido tan estúpida como para no darse cuenta de los detalles tan evidentes que los diferenciaba.

 

 
 

 
 
La propuesta
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