Capítulo 26: Accidente
Los tres, agarrados de la mano, entraron a la habitación que acomodaron para la noche. La cama estaba cubierta de pétalos rojos; justo como cuando estuvieron allí la primera vez. En la mesa junto a la cama descansaban unas copas de vino tinto. La luz era tenue para la ocasión. Chicago sentía que estaba en un bello sueño. El hecho que ambos estuvieran allí para ella, que aceptaran estar con ella sin rechistar era delirante. No quería despertar, no quería llegar a una realidad en la que alguno de los dos no estuviera a su lado.
Se había casado nuevamente, no importaba si era simbólico. Jasón era su esposo, su amante, su amigo; al igual que Daniel. Estaba ansiosa por lo que sucedería, por pasar esa última noche juntos en ese lugar que revolvió su cabeza, su cuerpo y su alma. Poco le importaba lo improvisado del asunto, lo que realmente valía para ella era el esfuerzo que hacían sus chicos por complacerla, por quererla y aceptar todo lo que tuviera que darles. Debía esforzarse el doble por preservarlos, todo por ellos.
Jasón se quitó la ropa rápidamente, tenía prisa por tener ese cuerpo cálido bajo su cuerpo mientras gemía para él, disfrutar de su calor, de su aliento, de todo lo que tuviera disponible para él. Estaba eufórico, fuera de sí, se había casado con la mujer que amaba y no cambiaría absolutamente nada. Aunque reconocía que merecía una ceremonia más sofisticada, el hecho de que ella hubiera aceptado ese acto simbólico le hacía saber que su amor por él sobrepasaba todas sus inseguridades, todos sus temores. Ella era la mujer con la que siempre quiso estar, ella era la luz de su vida, su amor eterno. Se sentía completamente embriagado ante esos pensamientos que una vez consideró absurdos. Sin embargo, con la experiencia vivida en carne propia, no conservaba aquellas burlas que hacia mentalmente ya que también se hallaba atrapado bajo la hipnosis de esa mujer que con su carácter, su forma de mirarlo, su manera de tratarlo, y su entereza, logró llegar a su corazón y quedarse allí para siempre.
Se sentó en la cama, quedando únicamente en bóxer. Su mirada velada por el deseo, su corazón latiendo a mil por hora. No era la primera vez que la tocaba, que le hacia el amor, pero las circunstancias eran diferentes. Estaban trascendiendo a un plano en donde creaban su propio universo; donde los tres se despojaban de sus tristezas, de sus intereses, de todo lo turbio que los atormentaba, entregándose por completo a los brazos del amor.
Daniel la rodeó con los brazos por detrás, la mecía, le besaba el cuello, quitándole el vestido con una lentitud mortificante. Le acariciaba el cabello, la espalda, los brazos, todo su cuerpo era dibujado por las yemas de su esposo. Se estremeció y recostó su cabeza en el hombro de su ángel. Él le besó la sien y acarició su vientre, haciendo círculos en ella.
—La estoy preparando para ti, Jay. ¿Dime si no es la mujer más erótica del mundo?—Chicago se sonrojó ante las palabras de Daniel.
—Esta mujer es puro fuego—concordó su amigo con un bulto entre sus piernas—. Siempre que la veo me enciende, me pone cachondo, acelera mis sentidos y me provoca hacerle de todo.
— ¿Ves lo que haces en nosotros, Chiqui?—Insinuó Daniel colando sus manos por debajo de las copas del brasier, acariciando sus pechos, estimulando sus pezones. Chicago sintió que su útero se contraía, que su sexo se humedecía. Comenzó a jadear y retorcerse bajo las caricias de su esposo.
—Ustedes son los que me provocan—atacó en un hilo de voz, sus ojos eran dos rendijas. Podía ver como Jasón se acariciaba su erección mientras Daniel encendía con sus toques. Su esposo besaba su cuello, lo lamia lentamente, sus manos seguían acariciando sus pechos ya erguidos bajo el brasier.
— ¿Quieres ver cómo ser termina, Jasón?—Su voz era suave contra su piel, prendía cada poro se su cuerpo y no le dejaba pensar. Sus manos seguían estimulando sus pechos, cada vez con más fuerza, sin ser brusco. Daniel se esforzaba para que ella encontrara su pico alto sin necesidad de tocarla en otra parte.
—Claro que si—musitó agarrándose el miembro, estaba duro por y para ella, aguantaría un poco porque quería estar dentro su estrechez sin derramarse antes. Quería vincularse nuevamente y compartir esa parte de él a la que solo ella tenía derecho. Se tocaba bajo su bóxer, observando con deleite como a su Fresita se le escapaban gemidos suaves, gemidos que lo encendían hasta el límite. La manera en como intentaba ocultar su rostro, como se mordía el labio inferior por intentar retener esos sonidos estimulantes lo estaba volviendo loco.
A medida que los toques de su esposo la tocaba con más intensidad, ella jadeaba, se retorcía y se arqueaba su espalda cuando el placer se disparaba con mayor intensidad. Daniel sonreía y tocaba esos capullos con sus dedos, enviando escalofríos deliciosos por su cuerpo, ella gemía más duro, jadeaba y suspiraba hasta que llegó lo inevitable. Un orgasmo la recorrió por completo, las piernas le temblaron a tal punto que casi cae de rodillas, si no fuera porque Daniel la sostuvo, hubiese caído al suelo. La alzó y la acercó a la cama, Jasón se apartó para dar espacio, Chicago aún seguía siendo víctima de espasmos que recorrían su piel. Nunca se imaginó que tendría un orgasmo solo con estimular sus senos, sin embargo lo comprobó y quería repetirlo.
Daniel la desnudó por completo, Jasón se despojó de su bóxer y se acercó al borde de la cama, mirando a su Fresita completamente débil, hermosa y dispuesta a ser amada por ellos.
—Aun no termino, Jay. —Se quitó la ropa y se dirigió a la mesa donde estaba el vino tinto, agarró la botella y se arrodilló en la cama. Le abrió las piernas a su esposa y se metió entre ellas. Con una sonrisa traviesa vertió un poco del líquido en el pecho de Chicago. No pudo emitir sonido alguno, la sorpresa la atrapó. Daniel probaba el vino sobre su piel, pasando la lengua en sus pechos, dejando escapar una gota que atrapó en su ombligo, ella se retorció y sonrió—. ¿Quieres probar?—Le dijo a Jasón.
—Por supuesto —asintió desesperado. Se arrodilló a un costado de la cama y probó uno de sus pechos impregnados del sabor del vino, ella cerró los ojos y sujetó las sabanas sin emitir sonido alguno, solo podía abrir la boca y dejarse llevar por las caricias de sus chicos. Gimió cuando Daniel vertió un poco en su entrepierna, humedeciéndolo aún más, lamiendo el desastre que estaba que estaba ocasionando.
—¡¡Oh, por Dios!!—Chilló mientras las gotas de vino humedecían su portal, Daniel la paladeaba, la saboreaba, introduciendo su lengua y luego sacándola lentamente. Jasón seguía bebiendo el vino restante de sus pechos, de su vientre, y luego la besaba para que saboreara el vino.
— ¿Te gusta?—Indagó Jasón mientras besaba sus mejillas.
—Me encanta—afirmó con una sonrisa resplandeciente—. Amo cada cosa que hacen, traviesos. —Lo atrajo y lo besó, absorbiendo su labio superior, mordiéndolo un poco. Jasón abrió la boca y ella introdujo su lengua lentamente. Su pecho rugió y la besó con más intensidad, moldeando sus labios con los de ella, jugando con su lengua, mordiendo sus labios y atacando sus labios nuevamente. Chicago llevó una mano a su miembro y lo acarició, Jasón la apartó con delicadeza, ella gruñó molesta.
—No es lo que piensas, Fresi. —Acarició sus pechos, apretando sus pezones hasta que un jadeo celestial se le escapó—. En este momento estoy a punto de explotar y no quiero que mi amigo se desanime y te deje a medias.
—No… me quedaré…a medias—dijo con voz entrecortada, Daniel había derramado un poco de vino sobre su clítoris y a ella se le olvidó hasta su nombre—. Yo estoy a punto de acabar, puedes hacerlo sobre mí—propuso.
—De ninguna manera—refutó Jasón besando sus parpados—. Quiero que me sientas, Fresi. Esto es para ti y solo para ti.
—Pero tú…
—Yo quiero que te sientas feliz—la interrumpió besando sus labios—. No discutas más y déjate querer por nosotros.
No dijo nada más, no pudo, su cuerpo fue preso de otro orgasmo, uno que penetró sus sentidos, le quitó el habla, la respiración. Daniel había estado entre sus piernas, proporcionándole placer y ella simplemente no pudo contenerse más. Ella gimió y se dejó ir, murmurando cosas inentendibles, arqueando su espalda y sonriendo. Había tocado el cielo y robado un pedazo de nube, quería regresar nuevamente y tomar nuevamente un poco.
—Amigo—dijo Jasón, apretándose el miembro—. Creo que está más que lista.
—Es verdad—confirmó sonriendo a su esposa—. Podemos cambiar de lugares.
Jasón se movilizó rápidamente, tomando el lugar de Daniel, completamente excitado y emocionado por estar nuevamente en el interior de su esposa. Era su esposa, su mujer, su inspiración y su locura. Estar entre sus brazos era el mejor lugar del mundo.
Daniel se acostó a su lado, besándola, llenándola de caricias y estimulando cada poro de su piel con caricias suaves. Ella quiso llorar ante tanta atención, tanto derroche de amor, pasión, deseo. Nunca se había sentido así, tan plena, completamente compenetrada con ellos. Definitivamente su lugar estaba junto a ellos, siendo completamente suya.
—Esto es solo el comienzo de nuestra vida. Te amo Chicago Adams. —Daniel atrapó sus labios, quitándole la respiración, degustándola con lentitud, rozando sus labios contra los de ella y tomándolos nuevamente. A ella se le escaparon unas lágrimas, eso sobrepasaba toda su capacidad de razonar, de sentir. Ella los amaba a ambos de formas que ni siquiera entendía, y no se detendría a pensar, solo a dejar que aquel flujo siguiera su camino hasta donde los llevara.
—Fresi, también te amo—dijo Jasón llamando su atención. Ella se apartó de Daniel para mirarlo, le sonrió y su corazón se aceleró. A ese paso moriría de un paro cardiaco por culpa de esa mujer tan bella y completamente desnuda esperándolo.
—Y yo los amo a los dos. ¿Qué tienen que decir al respecto?—Los retó con la ceja arqueada, Jasón entró en ella con un empujón certero, ella gimió y echó la cabeza hacia atrás. Jasón la dobló para hacer la penetración más profunda, Chicago gritó al sentirlo rozando con su glande un punto que la desbordaba. Jasón apoyó sus manos en sus muslos, abriéndola más para él. Se sostuvo de esa forma para mover las caderas, la posición era un poco incómoda para Chicago ya que sostenía sus piernas en el aire y comenzaba a cansarse.
Sin perder el tiempo Jasón se movió en su interior, saliendo y entrando, esforzándose por no caer sobre ella. El interior de Chicago le hacía paso para apretarlo, quemarlo. Jasón gruñía, gemía, moviendo más rápido, más fuerte, haciéndola gritar.
—Chicago… estás tan caliente—jadeó, incrustándose rápidamente en el cuerpo de su esposa, luego moviéndose lentamente, sacando la mitad e introduciéndose con urgencia en ella. La posición ya no era incomoda, sino realmente placentera, lo sentía al fondo, tocando esa parte que tanto le gustaba, la hacía gemir, sollozar, gritar. Jasón no pudo más y cayó sobre ella, aplastándola. Las piernas de Chicago rodearon su cuello, él siguió embistiéndola con ímpetu, escondiendo su cabeza en el hueco de su cuello, besándola, rozándola, metiéndose en su cuerpo, en su alma—. ¿Me sientes, Fresi? Me encanta estar clavado en ti, así, muy dentro—confirmó provocando su interior sensible con su miembro hincándose donde ambos querían.
—¡¡Jasón, por favor!!—Rogó Chicago al borde del orgasmo, Jasón no la haría esperar ni la provocaría más, estaba igual que ella. Se arrodilló sin salir de ella y la penetró con dureza, sosteniendo sus piernas. Daniel, queriendo dar el toque final, se agachó y besó su clítoris, eso la llevó instantáneamente al final del interludio. Jasón enloqueció al sentir como los músculos de Chicago lo apresaba, lo apretaba como si no quisiera que saliera. Él no pudo más y terminó en su interior. Su respiración era irregular, esperaba que Chicago hubiese disfrutado del momento o sino se daría contra la pared por terminar tan rápido.
Para evitar caer nuevamente sobre el cuerpo de Chicago, salió de ella y se recostó a su lado, acariciando su mejilla mientras trataba de recobrar su respiración. Daniel la abrazó y le besó el cuello, lo que envió un hormigueo por su cuerpo.
—Perdón, Fresi. La próxima vez será mejor—dijo Jasón intentando recobrar la respiración—.Es que tu… estabas ardiendo y yo… soy un desastre—se disculpó con la mirada gacha. Chicago lo tomó de la barbilla para que la mirara. Estaba molesta y con toda la razón, seguramente no le había gustado y por consiguiente había arruinado su noche de bodas.
—Nunca digas que eres un desastre—objetó con la mirada encendida y no precisamente por el deseo—. Estuvo increíble, fue genial. Cada vez es mejor, así que deja de preocuparte porque de mi parte no hay queja alguna. —Su mirada se suavizó y sonrió—. Debes descansar, mañana es tu carrera y quiero que estés preparado. —Besó sus labios y se acomodó entre sus compañeros—. A propósito, ¿los nuevos dueños cuando vendrán?
—En una semana—respondió Jasón, levantándose para cubrir a su esposa con una manta. Aprovechó para colocarse los calzoncillos y volver a su lado—. Con ese dinero podemos comprar un apartamento para los tres.
—Abel envió unas fotos de apartamentos que parecen ser cómodos para nosotros—intervino Daniel cubriendo a Chicago con sus brazos—. Está emocionado porque tendrá a su amiga secundándolo en sus locuras, dice que por fin tendrá con quien charlar.
—Yo estoy emocionada por irme con ustedes—dijo Chicago bostezando, presa del cansancio. Esos hombres absorbían su energía, últimamente estaba somnolienta, algo mareada. Debía ir al doctor o tomar vitaminas para seguir el libido de ambos—. Ahora dormiremos, mañana comenzará nuestra nueva vida.
Los tres se acomodaron, entrelazando sus piernas y brazos. Chicago deseó ser un pulpo, para poder acogerlos a ambos como debía ser. Estaba en el paraíso y no quería despertar. Empezarían de nuevo, tenían como hacerlo. Chicago cerró los ojos y se dejó ir, Jasón y Daniel la contemplaron y se rieron por lo bajo, orgullosos por agotarla. Sin decir nada más se quedaron dormidos.
*****
Se levantaron justo al amanecer, Chicago se colocó el vestido que le compraron. No tuvo frio en toda la noche con sus hombres cubriéndola, tanto que le costaba respirar. Con una sonrisa que iluminaba la habitación, la joven ordenó, dejando todo como debía estar, tomando las sabanas para lavarlas, recogiendo los pétalos y la botella de vino. Daniel le ayudaba mientras Jasón tomaba un baño, aún conservaba parte de su ropa en el apartamento, por lo que empacó todo en la maleta y se vistió con su uniforme.
Chicago les preparó el desayuno, Daniel tomó un baño y se colocó la misma ropa de ayer. Se sentaron en silencio, disfrutando de la compañía y de la tranquilidad. Así debía ser cada mañana después de una noche de pasión. Los tres se miraban y sonreían, se decían cosas con la mirada, se entendían a la perfección. Eran únicos, estaban sincronizados de una forma ideal, mientras Chicago lavaba los platos ellos barrían y ayudaban a dejar todo limpio. Jasón había logrado pasar su etapa de pereza y ahora se mostraba más dispuesto, no solo por Chicago, sino porque de alguna manera se sentía útil y valoraba el esfuerzo que hacia su esposa por dejar todo listo para ambos. Se veía bellísima lavando los platos mientras tarareaba una canción y movía las caderas al compás del ritmo que cantaba. Inmediatamente estuvo duro, ese efecto que tenía Chicago sobre él nunca pasaría, lo sabía y no le molestaba. Se esforzaría para que ella estuviera orgullosa y ganaría la carrera por ella y por sí mismo, así tendrían un motivo para celebrar por todo lo alto.
—Chicos, acérquense. —Como si fueran niños pequeños caminaron obedientemente hacia su chica, ella los miró y acarició sus rostros. Les dio un beso a cada uno en los labios y los abrazó, ellos la envolvieron como si estuviera en un capullo. Se quedaron así por un largo rato, rodeados por esa burbuja en la que ellos eran libres, se amaban sin límites, sin medidas, donde encontraban la paz que otras personas deseaban. Se separó de ellos y miró a Jasón con su uniforme, se veía algo nervioso y ansioso, ella sabía que lo haría genial y no permitiría que se alterara—. Hoy dejaremos muchas cosas atrás—comenzó a decir mirándolos alternadamente—, sin embargo vale la pena este pequeño esfuerzo. Yo iré al canal a dejar todo en orden. Jasón. —El aludido se tensó—, lo harás estupendo, amor. —Besó sus labios y colocó la mano en su corazón—. Eres increíble en esto, lo amas y sé que no fallarás. Si no traes el trofeo a casa, estará bien porque para mí ya eres el ganador.
Jasón depositó un beso en su cabeza, la sostuvo entre sus brazos y no hubo ninguna sensación mejor que esa.
—Agradezco tus palabras, Fresi. Eso me motiva a ganar y traer muchas cosas buenas a nuestro hogar—afirmó apretándola, como si quisiera meterla en su cuerpo. Ella se apartó y besó sus labios
—Te deseo lo mejor. Estaré viendo la transmisión en el canal—le hizo saber, Jasón sonrió porque aunque ella no estaría de cuerpo presente, lo apoyaría y le daría ánimo. Mayor razón para ganar, ella lo estaría viendo y no haría el ridículo. Traería el maldito trofeo y harían el amor toda la noche—Daniel. —Él volteó a verla y la atrajo a sus brazos—, tenemos que hablar. Has estado muy raro, podría decir que obsesionado por algo y quiero saber qué demonios es—aseveró pinchándolo con el dedo.
—Te lo contaré todo cuando estemos lejos de aquí—prometió estrechándola entre sus brazos, queriendo hacer lo mismo que Jasón.
—Eso espero—musitó contra su pecho
—Iré a prepararme en la pista. Nos veremos en la noche para celebrar—rectificó Jasón con un tono de voz que no permitía contradicciones. Besó nuevamente a Chicago, abrazó a Daniel, despidiéndose de ellos.
****
Chicago llegó al canal, emocionada por todo lo que acontecería. Jasón compitiendo por un lugar en Dakar, Daniel recuperándose, ella reiniciando su vida con los dos. La vida no podía sonreírle más. Se organizó para la programación, su última presentación. Se extrañó por la ausencia de Nora y Alan, no la había llamado y se sentía un poco mal por eso, se suponía que eran amigas y Chicago solo tenía cabeza para sus hombres. No estaba bien apartar a todo el mundo solo porque estaba terriblemente enamorada. Sacó su celular y le marcó, la llamada se iba directo a buzón, insistió en repetidas ocasiones pero no contestaba. Decidió llamar a Alan pero tampoco contestaba. Deseaba despedirse de ambos, decirles que los extrañaría y que no se olvidaran de ella. Tal vez cuando decidieran aparecer de donde fuera que aparecieran, podría comunicarse con ellos de nuevo. Por ahora dejaría todo actualizado y abandonaría el canal, esta vez sin ninguna pena, pues su futuro parecía brillar y prometer cosas maravillosas.
Durante la mañana estuvo trabajando, dejando su documentación lista y su carta de renuncia. La satisfacción de saber que no vería más a Joshua la animaba más, le daba esa energía que tanto necesitaba para no mirar atrás. Aunque eso no era suficiente combustible, le dolía constantemente la cabeza, estaba cansada todo el tiempo. En ese último mes sentía que sus fuerzas decaían, eso le lo debía a las noches apasionadas y agotadoras con sus chicos. Hablaría con ellos y se organizarían mejor, tanto tiempo en la cama haciendo el amor la dejaba con las fuerzas mínimas para llegar a trabajar, así no podría presentarse en su nuevo trabajo. Abel le pidió que se uniera a su equipo de trabajo al saber que ella se mudaría a Houston, estaba encantado por saber que estaría con ella haciendo bromas y trabajando en equipo en noticias verídicas. Ella no podía negar que se alegraba de tener un conocido en un lugar nuevo y que le ayudara tan desinteresadamente.
En las horas de la tarde realizó su presentación lo más rápido que pudo para poder ver a Jasón en la carrera. Michelle no dejaba de mirarla, como si quisiera decirle algo pero no sabía cómo. La verdad es que poco o nada le importaba, su prioridad era su chico y su carrera.
Al acabar el segmento se internó en la sala de juntas, allí había un televisor que casi no usaban. Chicago lo encendió y colocó el canal de deportes. La carrera seria en la pista donde hizo su entrevista y en la que se encontró a Jasón y tuvieron ese intercambio tan caliente. Aquel pensamiento la hizo sonrojarse, acordarse de ese momento en la que la besó, la acarició, le rompió las medias, la ponía muy cachonda. Jamás lo admitiría delante de él. Olvidando ese pequeño desliz, se concentró en los preliminares, entrevistaban a todos los competidores, ella estaba ansiosa y lanzaba maldiciones porque no salía su chico. Pasaban por todos los pilotos, hablaban cosas que a ella no le importaban, comentaban el hecho de que la pista estaba mejorada y tendrían cinco vueltas; solo hablaban basura.
Comenzaba a irritarse cuando por fin apareció frente a la cámara. Se veía terriblemente bello, irresistible. Con su traje de competencia color negro con líneas rojas, el número quince estampado en su pecho. Su sonrisa le daba un vuelco a su corazón. Todo en él era soñado.
— ¿Se siente listo para esta competencia?—Chicago pensó que el comentarista era un idiota y debía arrancarle la garganta por esa pregunta tan estúpida. Quería estar con él y hacer las preguntas correctas para que se sintiera bien, tal vez hacer el amor antes de la carrera. Ese pensamiento hizo que su rostro se cubriera de un rojo intenso. No importaba el estilo de vida que llevaba, siempre que pensaba en sus momentos íntimos se sonrojaba como una adolescente.
—Por supuesto que sí. Estoy feliz de llegar hasta aquí—le sonrió a la cámara y Chicago sintió que iba a desmayarse como una fan loca y patética—. Esta carrera es importante para nosotros, si ganamos los tres primeros lugares seremos seleccionados para competir en Wyoming y luego Dakar.
—No la tiene fácil Señor Willows. Todos parecen querer llevarse el trofeo.
—Es bastante lógico, todos nos hemos preparado y queremos el premio—manifestó sin perder la calma. Chicago quería golpear al tipo por ser tan puntilloso y hacer preguntas sin sentido.
—Antes de pasar a la pista, ¿desea agregar algo más?
—Claro que sí. —Se aclaró la garganta y sus ojos brillaron como dos esmeraldas en exhibición—. Le quiero dedicar esta carrera a la mujer de mi vida, a esa mujer que me quita la respiración y la capacidad de pensar, esa chica por la que estoy dispuesto a llevar el trofeo. A ti mi Fresi, tu eres el mejor galardón que he recibido. Gracias por ser lo mejor de mí. —A Chicago se le aguaron los ojos, él decía que ella era lo mejor de él, siendo eso al contrario, Daniel y Jasón eran lo mejor de ella. ¿Cuándo lo entenderían?
El idiota lo dejó tranquilo, Jasón se desplazó a su auto con las estampas de los patrocinadores y el número quince. La pista ahora era mitad asfalto, mitad arena. El lugar estaba extrañamente lleno, el cubrimiento era casi perfecto, y a casi se refería al hecho de que ella no estaba presente. Deseaba sostener su mano, besarlo y darle ánimos. Este era su momento y ella solo podía verlo por el televisor. No podía evitar enfadarse consigo misma por su negligencia.
Todos estaban en sus posiciones, esperando el cambio para iniciar. Chicago dio un brinco de sorpresa cuando la carrera comenzó. Jasón iba en quinto lugar, tratando de sobrepasar al piloto de adelante y cerrando al que venía detrás para que no lo alcanzara. Ella podía ver su desesperación, lo podía sentir. No necesitaba ser una experta en carreras, le bastaba con conocer a su chico para darse cuenta que no coordinaba bien, parecía errático, nervioso; eso no era una buena combinación para su desempeño.
—Tranquilo Jasón—decía Chicago moviendo los pies como si no tuviera controlar su cuerpo—. No actúes en la desesperación, tu eres un ganador para mí—hablaba como si pudiera escucharla, y de alguna manera quería que fuera así para que no se apresurara y no dejara perder la oportunidad. En la primera vuelta Jasón iba de tercero, Chicago estaba feliz porque su esposo estaba mejorando, controlando el auto y llevando las cosas con más inteligencia. En la segunda vuelta bajo un lugar, ella podía sentir como volvía a desestabilizarse, pero quería que se calmara, pronto retomaría su lugar, confiaba en su talento y esperaba que él hiciera lo mismo. En la tercera vuelta llegó en segundo lugar, Chicago saltó de su silla de la emoción sin gritar, no quería llamar la atención. Jasón lo hacía cada vez mejor, daba las vueltas más cerradas y no dejaba que nadie lo pasara.
Su chico seguía dando lo mejor de sí, conduciendo mejor e intentando superar al primero. Si lo lograba sabía que sería su sueño hecho realidad, él no se conformaría con el segundo o tercer puesto, quería más, demostrar que era el mejor y hacer sentir a su mujer orgullosa. Su ego lo dominaba en ese momento y Chicago no podía hacer nada al respecto, ella debía comprender que lo importante para él era superar sus sueños, llegar lejos, ser lo que siempre quiso ser. No se lo quitaría, solo podía darle ánimos sentada en aquella oficina vacía, sufriendo por su hombre que daba todo en esa pista.
Estaba sobre el primero, lo estaba alcanzando, Chicago vio que iba demasiado rápido, demasiada cerca del otro carro. El que llevaba la delantera cerró a Jasón, quitándole la oportunidad de pasarlo. Por alguna razón que ella no comprendió, y se imaginó que ninguno lo hizo era el hecho de que al cerrarlo Jasón perdió el control. Se suponía que debía frenar, desacelerar; pero no hizo nada de eso. Dio la vuelta, lo que ocasionó que el carro patinara por el asfalto sin control para luego salir rodando como un pedazo de metal varios metros.
— ¡JASÓN!—Vociferó, la cabeza le dolía, como si estuvieran introduciendo alfileres en su cráneo, el estómago se le cerró, el cuerpo le temblaba. Estaba pálida, su respiración acelerada. No lo pensó, ni siquiera pudo procesar lo que estaba pasando. El carro de Jasón estaba hecho pedazos, arrastraban a su esposo inconsciente, lleno de sangre, con sus prendas rotas. No pudo evitar vomitar sobre sus zapatos, el mareo se intensificó, el dolor de cabeza era insoportable, las lágrimas acudieron sin ser llamadas, la angustia crecía en su interior.
Tomó lo que tenía en la mano y salió, no obstante su visión estaba borrosa, no alcanzaba a diferenciar la puerta. Sentía las manos adormecidas, una terrible punzada apoderándose de su pecho, restringiéndole la respiración. Se arrastró como pudo hasta tocar el pomo. No pudo girar la perilla, solo pudo rozarla mientras caía al suelo y una nube negra se cernía sobre ella, llevándose su consciencia.