Capítulo 27: Oscuridad

 
 

A lo lejos escuchaba murmullos, voces inconexas y alboroto. No podía explicar lo que sucedió después de caer en ese vacío, solo sentía ansiedad, angustia, zozobra. Necesitaba encontrar a alguien, ver a una persona, pero no lograba conectar sus pensamientos, no entendía absolutamente nada.

 

—La encontré en la sala de juntas—dijo una voz femenina—. Escuché un grito, luego un ruido atronador y lo primero que veo es a Adams tirada en el suelo.

 

—Gracias por traerla…

 

—Michelle—respondió con suavidad—. Ella y yo no somos las mejores amigas, pero… me dijo algo que me hizo reflexionar. No entiendo que fue lo que pasó, me limité a traerla y a llamar a su contacto de emergencia, afortunadamente te encontrabas aquí.

 

—Te agradezco nuevamente por tu ayuda—comentó Daniel—. Pero… en estos momentos las cosas son un poco más complicadas y me gustaría tener privacidad. Si no es mucha molestia—sonrió a manera de disculpa, no quería ofender a la señorita que había traído a su esposa inconsciente y pálida.

 

—Por supuesto—asintió recogiendo su bolso—. Espero que Adams se recupere.

 

—Lo hará—afirmó con la voz temblorosa.

 

—Gusto en conocerte, Daniel—le dirigió una última mirada y se fue. Daniel estaba igual o peor de aturdido que su esposa. Al ver el accidente por televisión salió disparado al hospital, muerto de miedo por lo que sucedería con su amigo. Sabía que Chicago en algún momento llamaría porque ella había mencionado que vería la carrera, lo que no se imaginó es que la traerían inconsciente, demacrada y temblorosa. Aquella imagen lo afectó de tal manera que rogaba a todos los santos que conocía que Jasón no estuviera mal, que se recuperara y saliera saltando y haciendo bromas al respecto. No soportaría perderlo, no solo por Chicago sino por él, porque lo amaba, lo respetaba, lo consideraba su hermano, su familia. Los tres estaban construyendo una vida juntos, habían pasado por momentos confusos y cuando por fin el punto de equilibrio fue encontrado, debía pasar algo así de espantoso.

 

Su esposa aleteó las pestañas, acostumbrándose a la luz del cuarto, su brazo izquierdo tenía una enorme aguja que traía fluidos a su cuerpo, un doctor le tomaba la presión y la examinaba, le habían tomado muestras de sangre para descartar alguna enfermedad. Daniel sabía perfectamente la razón por la cual Chicago se había desmayado, Jasón se había chocado, estaba muy mal y el impacto de ese hecho le cerraba el esófago.

 

— ¿Qué me pasó?—Preguntó incorporándose, al ver la aguja en su vena se la arrancó, siseando de dolor. Sentía que su cabeza crecía y que en cualquier momento explotaría. Sentía el cuerpo pesado, la garganta seca, los ojos irritados, y el corazón moribundo. Intentó levantarse, pero Daniel se lo impidió tomándola por los hombros.

 

—Te encontraron en la sala de juntas, estabas inconsciente—le hizo saber tocando su mejilla—. ¿Cómo te encuentras?

 

—Como si me hubiera arrollado…—Su mente se quedó en blanco para luego dar paso a lo último que vivió. El choque. El auto de Jasón dando vueltas. Su cuerpo cubierto de hollín y sangre. Sus ojos cerrados. Se sacudió violentamente y comenzó a gritar, a llorar con todas sus fuerzas. Daniel la acercó a su pecho, sufriendo una ruptura interna por verla tan destrozada. No podía decirle nada, no encontraba las palabras que podían hacerle saber que todo estaría bien, que Jasón se levantaría gritando maldiciones a diestra y siniestra y su rostro se iluminaria al verla de nuevo. Nada podía quitarle esa desesperación. Si él estaba conmocionado, ¿cómo estaría ella? Seguramente hecha pedazos— ¡Exijo saber dónde está! Dani, llévame con él, ¿en qué hospital esta?—Reclamó con las mejillas mojadas, los ojos inundados de lágrimas, su cuerpo podía entrar en convulsión si no se controlaba. Y como hacerlo si su otra mitad estaba en mal estado.

 

—Está aquí, Chiqui. Está en cuidados intensivos. Sufrió fracturas en su brazo derecho… sin embargo. —Se quedó a medias porque no sabía cómo decírselo.

 

— ¡¿Qué?! ¡¿Qué le pasa?! ¡Dímelo por Dios!—Suplicó con el alma desgarrada, la tensión se la estaba comiendo viva.

 

—Sufrió un daño interno y una conmoción cerebral muy grave. Está en cirugía haciendo todo lo que pueden…

 

La voz de Daniel se hizo distante, como un eco en un lugar desocupado. No, eso no le estaba pasando, no a ellos, no ahora que todo era perfecto, todo iba de maravilla. Eso era un mal sueño, si se pellizcaba seguramente despertaría y Jasón le haría alguna broma o diría algo imprudente, a lo que Chicago respondería con un regaño o un golpe en las costillas, él seguiría provocándola y Daniel intervendría burlándose de ambos con una sonrisa. Así habían sido las cosas en los  últimos meses. Todo era felicidad, armonía, amor, paz. Y ahora una parte de ella luchaba por mantenerse a su lado, estaba dando la pelea por salir de ese traspié. Jasón estaba aferrándose a la vida, ella lo sentía en su ser, lo sabía, él era un hombre fuerte que saldría adelante. Aun así el hueco que se hospedaba en su pecho no la dejaba tranquila, no podía respirar, sus pensamientos eran un mar en plena tormenta; furiosos y revueltos. Una parte de ella seguía fantaseando con el sueño que vivió, pero la otra le hacía saber que todo eso era real y debía hacerle frente.

 

—Chiqui. —Daniel la zarandeó suavemente al ver que no lo escuchaba, estaba en otra dimensión y con toda la razón, no era nada fácil saber que una persona que amas esta entre la vida y la muerte—, quédate conmigo, amor. Necesito que seas fuerte por mí, por nosotros. Jasón está peleando por salir de esto, tú debes hacer lo mismo.

 

—Dani… no quiero que nada le pase, no quiero, no quiero, ¡no quiero! ¡No! ¡No! ¡NO!—Se aferró a su pecho, desahogándose, derramando su desconsuelo y ese dolor lacerante que estaba arrasando con sus esperanzas—. Júrame que estará bien, ¡júramelo Daniel! Necesito creer que nada malo le pasará, él saldrá de esto y luego yo lo regañaré por no presionar el freno. —Buscó refugio en el pecho de su esposo y lo encontró, él la amarró a su pecho y la sostuvo, amortiguando sus gritos, su rabia, su tormento, su pena. No podía hacer nada por ella, solo amarla aún más, apoyarla y ser fuerte, debía soportar esta situación y seguir sosteniéndola hasta que esa pesadilla terminara—. ¿Por qué Dani?—dijo en un hilo de voz—, ¿porque no presionó el maldito freno?

 

—Yo me pregunto lo mismo—pensó en voz alta. Jasón pudo frenar, tal vez así el golpe no hubiese sido tan grave, de esa forma ellos no estarían contando los minutos para que el doctor les trajera noticias. No entendía el motivo para no frenar, que maniobra estaba intentando hacer que terminó tan mal.

 

—Sácame de aquí, necesito saber de él—le pidió sin soltarse. Daniel no se negó, colocó un brazo por debajo de sus piernas y la levantó de la cama. El doctor intentó cerrarles el paso pero Daniel le insistió en que estaba mejor con él. La sacó de la habitación y se fue a cuidados intensivos con ella en sus brazos. Soportó el dolor de espalda mientras la llevaba, no le daría más angustias, no soportaría verla más atormentada, él estaba allí para consolarla y darle todo lo su apoyo.

 

Se sentaron en las sillas de hospital durante dos largas horas, esperando, sufriendo, llorando, imaginándose lo peor, preguntándole a cada enfermera del estado de su esposo. Nadie daba alguna razón en concreto, solo debían esperar, prolongando la agonía y el martirio de no saber cómo se encontraba. Daniel la besaba, la arrullaba, le daba consuelo como mejor podía. Finalmente ella cayó rendida, con los ojos hinchados de tanto llorar, su respiración era lenta y pesada, aun hipaba, decía cosas mientras dormía. A Daniel se le quebró el alma en mil pedazos al ver a su mujer tan cansada, tan débil y sobretodo tan ida. Si algo le pasaba a Jasón ella no lo soportaría, al igual que él, eso sería la muerte para los tres. Quería mantenerse positivo ante las circunstancias, quería ser fuerte para ella, pero la situación estaba llevándolo al límite. No pudo contener las lágrimas, simplemente se dejó ir, su cuerpo tembló mientras lloraba. Imaginarse un mundo en donde su amigo no estuviera le desgarraba el corazón, aunque no lo creyera, ese hombre era parte vital de su vida, era su compañero de risas, de peleas, cómplices y sobretodo, tenían la fortuna de compartir el corazón de Chicago. Si él ya no estaba, nada sería igual, la vida perdería sentido y caerían en la desolación absoluta. Rogaba porque su amigo no fuera tan imbécil como para rendirse.

 

El doctor apareció en su campo de visión, estaba completamente agotado por las horas transcurridas en la habitación. Daniel se emocionó, no podía evitarlo, al menos tenía la certeza de que su amigo estaba bien, fuera de peligro. Iba a incorporarse pero recordó que Chicago estaba sobre sus piernas, durmiendo tranquilamente, no quería perturbarla. Verla tan placida calmó ese torbellino de emociones negativas que deseaban instalarse en su mente. El doctor lo visualizó y se acercó a él, su rostro parecía imperturbable, no podía leerlo, ni siquiera sacar una conjetura para hacerse una idea del estado de su amigo. Eso lo alarmó y  la tensión en su cuerpo se afianzó

 

— ¿Cómo está mi amigo?—Interrogó sin preámbulos, Chicago al escuchar la voz de Daniel se incorporó totalmente lucida, como si no hubiese dormido. Parecía estar alerta y molesta, lo estaba, estaba furiosa porque en todo ese tiempo no le habían dado razón alguna de su esposo, pensaba en quemar el hospital por negligentes.

 

Se levantó, con la mirada cubierta por la angustia y la rabia, ahora que el doctor daba señales de vida le extraería toda la información hasta dejarlo seco. Ella merecía saber cómo estaba su esposo, tenía ese derecho y ningún medicucho de tres pesos se lo impediría.

 

No lo dejó hablar, lo tomó de las solapas de la bata y lo acercó a ella, mirándolo como una rata apestosa. El doctor se espantó, la mirada de Chicago era de total demencia, podría golpearlo, de hecho ya lo hacía con solo mirarlo con desprecio.

 

—Dani le hizo una pregunta, ¿cómo está mi esposo? ¡Responda!—Exigió apretando su agarre, zarandeándolo. Nunca fue buena en los hospitales, siempre terminaba atacando a los doctores, era un milagro que no la hubiese sacado a patadas o internado en el ala de psiquiatría.

 

Daniel tomó sus manos delicadamente para que lo soltara, este lanzó un suspiro y se apartó ligeramente.

 

—Tranquilízate Chiqui. —Le rodeó la cintura acercándola a él—, con esa actitud no lo ayudaras. —Besó su cabeza y a sostuvo cerca para que no atacara al doctor.

 

—Respondiendo su pregunta, tengo buenas noticias. —El rostro de Daniel se iluminó y el de Chicago resplandeció. Eran buenas noticias, Jasón estaba bien, estaba vivo y pronto lo verían—, logramos salvarlo de la hemorragia interna, el choque fue demasiado fuerte, su brazo y pierna sanarán eventualmente. Sin embargo…—El doctor agachó la mirada, eso no era un buen síntoma, se suponía que lo habían salvado, que todo estaba bien, que lo verían pronto, entonces, ¿por qué el gesto del doctor los hizo palidecer?

 

— ¿Qué es lo que sucede, doctor?—Cuestionó Daniel con la voz rasposa, su corazón acelerado, su respiración aún más. Las articulaciones le dolían, su cuerpo había envejecido diez años en cinco minutos, no podía pensar claramente y menos sosteniendo a una Chicago temblorosa, a punto de derrumbarse. Tomó las fuerzas de donde no tenía para soportar el impacto de la noticia.

 

—La contusión cerebral fue severa, tanto así que se despendió la retina. A pesar de llevar casco recibió todos los golpes en su cabeza. Lo lamento pero no podrá ver por un tiempo. —Como si todo el peso del mundo les hubiera caído encima, como si la desgracia los acogiera y los sostuviera, su amigo, esposo, amante, no vería mas la luz del sol, su mirada no brillaría cuando los observara, no gozaría de sus carreras, de verlos, de reír ante sus muecas, de maravillarse de las cosas más tontas, de sonreírle con la mirada. Ya no sería el mismo—. Hicimos todo lo que estuvo en nuestras manos, pero sus glándulas están muy inflamadas y someterlo a una operación sería mucho peor. Nos encargamos de revisar si había algún área del cerebro afectada, por suerte no hubo más daños.

 

— ¿Por suerte?—Repitió Chicago incrédula—, ¿por suerte? ¡¿Por suerte?! ¡Ustedes no saben lo que es eso! ¡¿Cómo carajo le diré a mi marido que no podrá ver así sea por un tiempo, eh?! ¡¿Cómo le explico que ustedes fueron unos incompetentes que no realizaron su trabajo al cien por ciento?! ¡¿Cómo demonios…?!

 

—Chicago. —Daniel le alzó la barbilla, tenía los ojos cubiertos por las lágrimas que se negaban a salir, su rostro contorsionado por la ira, la preocupación, la opresión de no saber cómo lidiar con esa nueva situación. Él la comprendía perfectamente, pero con insultar a los doctores no ganaría nada. Esta vez el reto era mucho más complejo de lo que pensaban—, no puedes alterarte, cielo. El doctor hizo lo que pudo. Entiendo que estés molesta, yo también lo estoy. Pero no puedes tratar mal a las personas que intentan ayudarnos. Lo que importa es que está vivo y que no será hoy que pueda ver, tal vez mañana o más adelante.

 

—El señor tiene razón—dijo el doctor con un nudo en la garganta—. Solo resta esperar como responde a la recuperación y ayudarlo. Ustedes serán el gran apoyo para él en este momento, los necesitara mucho en el proceso. —Chicago lo perforó con la mirada, sus palabras no aplacaban su furia, quería desollarlo por no hacer bien su trabajo. Sin embargo Daniel tenía razón, su actitud solo agrandaba más el problema. El doctor aclaró su garganta, nervioso por la actitud de Chicago, ansioso por seguir con sus labores—. Si desean ver al paciente pueden hacerlo, en unos minutos estará despierto.

 

Caminaron hacia la habitación donde se recuperaba, no tenían las palabras para explicarle su estado. ¿Cómo le dirían algo tan terrible? ¿Existía alguna palabra mágica para amilanar el impacto? Ni ellos mismos habían asimilado el accidente, su nuevo estado, no podían imaginar cómo lo tomaría el cuándo… despertara. Chicago estiraba y contraía sus dedos, haciéndolos tronar. Su respiración era caótica, su expresión sepulcral, su espíritu estaba por el subsuelo y no sabía cómo sobrellevar esta nueva situación. Daniel estaba calmado, intentaba ser ecuánime, mantener sus pensamientos a raya, ser el soporte que su esposa y su amigo necesitaba, aunque por dentro se estaba quebrando y sangrando.

 

El ambiente era sombrío, devastador, entre más se acercaban más aumentaba el dolor, la presión, las palabras rotas. No existía nada peor que dar una noticia desagradable, no había nada peor que ser un estorbo en lugar de tener una voz de aliento. En ese momento Jasón necesitaba todo eso y más, era el momento de cumplir sus votos, debía ser mejor para merecerlo, para demostrarle que estaba a la altura de la situación, así no supiera como.

 

Daniel tomó la mano de Chicago, recordándole que no estaba sola, que no estaban solos, eran los tres, lucharían ante esa nueva adversidad, saldrían adelante, debían aferrarse a eso o se volverían locos. Ingresaron a la habitación, Jasón estaba conectado a una máquina que controlaba sus signos vitales, su brazo estaba enyesado y su pierna elevada y enyesada. Su respiración era lenta, tranquila, suave. Sus ojos estaban cerrados. Su rostro cubierto de moretones provocados por los golpes. Su cabeza vendada. Se veía tan placido que temían despertarlo al más mínimo movimiento. No querían romper esa burbuja que lo mantenía fuera del peligro, del sufrimiento, de la pena y el tormento. Nada lo perturbaba, nada podía hacerle más daño.

 

Chicago se inclinó suavemente sobre él, mojando su rostro con sus lágrimas. Trató de no sollozar para no despertarlo, prefería verlo con el rostro pacifico, completamente ignorante de su propia realidad. Deseaba mantenerlo así para siempre. Besó su frente y lo acarició como un niño pequeño. Besaba sus mejillas, sus labios con una ternura que jamás imaginó, trazó sus facciones y lo admiró; admiró la belleza de sus facciones masculinas, de sus labios delgados que tantas veces habían profesado su amor, esa sonrisa matadora que la hacía desvariar. Amaba tanto a ese hombre, amaba su forma de ser, amaba como se comportaba con ella, amaba la manera en como la tocaba, amaba las peleas absurdas que tenía con él, amaba su manera loca de protegerla y celarla, amaba la complicidad que compartía con Daniel, amaba cada parte de su alma y todo lo que venía en ella. Y ahora una parte de ella agonizaba, perecía por ver a su otra mitad tan maltrecho, tan herido. Aun no se explicaba cómo pasó, ni siquiera entendía porque de un momento a otro todo estaba al revés. Deseaba retroceder el tiempo e impedirle que fuera, seguir haciendo el amor hasta mediodía y luego irse a Houston para seguir con sus planes. Pero jamás le hubiese hecho algo así, jamás le hubiese truncado sus sueños. Si tan solo hubiese visto el futuro, si hubiese previsto algo tan horripilante lo hubiese detenido.

 

Poco a poco Jasón aleteó las pestañas, estirándose y emitiendo quejidos de dolor. Chicago se apartó un poco, dándole el espacio necesario para que su esposo recuperara la consciencia. Cuando abrió los ojos Chicago soltó un sollozo y Daniel aguantó la respiración. Ahora su color verde oscuro parecía mezclado con una capa gris, sus pupilas habían desaparecido. La realidad de ese hecho los golpeó al punto de casi desmayarse. No vería, sus ojos estaban velados por la oscuridad, aunque el doctor aseguraba que era por un tiempo, no podían medirlo con exactitud. Solo restaba la amarga espera y permanecer unidos.

 

—Me duele todo—pronunció con la garganta seca. Jasón miró a su alrededor y notó que todo estaba inusualmente oscuro, no había luz, ni siquiera un pequeño halo entrando por la ventana. Se pasó las manos por el rostro, se frotó los ojos para enfocar la luz pero no llegaba a él—. ¿Dónde dejaron los bombillos? Esta demasiado oscuro aquí.

 

Chicago se sentó a su lado, tomando su mano sana, posando su rostro sobre ella y depositando besos.

 

—Estas bien, estas vivo mi amor—lloró—. Estas aquí con nosotros mi vida, te cuidaremos y estaremos contigo.

 

—Bienvenido a la vida, hermano—murmuró Daniel con una sonrisa tensa—. Hemos estado con el corazón en la boca durante todo el día. Me alegra que estés entre nosotros.

 

— ¿Cómo no iba a estarlo?—se burló—Si hoy celebraremos mi triunfo y luego nos iremos—les recordó esa sonrisa despampanante que iluminaba su rostro. Un dolor escalofriante lo traspasó, retazos de recuerdos tocaron su memoria. La carrera. Iba ganando y luego… había entrado en pánico cuando presionó el freno y este no le respondía. El choque… la inconsciencia, las convulsiones, los gritos extendiéndose hacia él. Ahora despertaba en un hospital y no podía ver sus rostros. Algo andaba terriblemente mal, algo muy malo le había pasado. Lo sentía, podía oler la tristeza destilándose por los cuerpos de sus acompañantes. Se sentó como pudo, aguantando el escozor y los músculos tullidos. Chicago lo ayudó colocando una almohada en su espalda para su comodidad—. ¿Porque todo esta tan oscuro? Han pasado unos minutos y no logro ver nada. No veo los muebles, no veo mi cuerpo, ni mucho menos sus rostros. ¿Qué putas está pasando?

 

—Cálmate Jay—dijo Daniel posando una mano en su hombro, Jasón se zafó, entrando en desesperación, en furia. Movía los ojos de un lado a otro intentando encontrar algo, enfocar su mirada hacia una luz que no encontraría—. Estuviste en cuidados intensivos, te operaron y en este momento debes enfocarte en tu recuperación.

 

—Hice una pregunta—expresó con un tono sepulcral—. ¿Por qué demonios no puedo ver nada?

 

Chicago lloró, Daniel la apartó de Jasón, ella no estaba en condiciones de darle una noticia como esa, su estado de ánimo solo empeoraría más las cosas. Él era el único con la capacidad de decirle su nuevo estado sin derrumbarse delante de su amigo. Se sentó a su lado y lo tomó de la mano, Jasón sintió el cambio y se tensó. No le gustaba para nada como se había tornado todo, el llanto de Chicago, esa forma en la que Daniel se acercaba a él y lo agarraba de la mano, como si fuera un enfermo a punto de morir.

 

—Jay, escúchame con mucha atención. —El tono que usaba sugería que lo escucharía no sería de su gusto. Apretaba su mano para mostrarle su apoyo y comprensión. Un sudor frio le recorrió la espalda. No le gustaba que lo trataran como un imbécil, lo que tuvieran que decir se lo dirían sin rodeos, nada de palabras suavizadas ni mentiras tranquilizadoras. Quería la verdad y sus consecuencias—. Tuviste una hemorragia interna y una contusión cerebral. Los doctores lograron detener la hemorragia y recuperarte, pero el golpe en la cabeza fue tan fuerte que tus retinas se desprendieron—Jasón abrió la boca de la impresión de la noticia, comprendiéndolo todo. Alejó su mano de la de Daniel e intentó levantarse, Daniel lo sujetó y mantuvo en su lugar—. Será por un tiempo, hasta que la inflamación baje y puedan operarte.

 

—¡¡Mentira!!—Gritó revolcándose en la cama, Chicago se acercó nuevamente y lo tomó de la barbilla, Jasón se soltó de su agarre y se quitó aquellos cables que le suministraban fluidos a su cuerpo. Daniel lo contenía como podía, lo sujetaba con fuerza y le hablaba, pero él estaba fuera de sus cabales. No había explicación alguna, era un lisiado, un ciego. No podía ver nunca más, no vería el amanecer, no vería las carreras de auto, no vería el rostro de Chicago, su sonrisa, su ceño fruncido cuando se enojaba con él, sus gestos cuando le hacia el amor. Nunca más gozaría podría verla dormir y verla despertar. No compartiría esos juegos de play station  con su amigo, ni ese espacio de hombres en los que jugaban cartas o parques. Ya no podría conducir—¡¡Suéltame!! ¡¡ Déjame salir!! ¡¡ Esto es una mierda!!

 

—Jasón por favor…—rogó Chicago con la voz entrecortada.

 

—¡¡Por favor nada!!—Lanzaba patadas y golpes, Daniel prácticamente estaba sentado sobre él, conteniéndolo, tratando de calmarlo. Pero Jasón era un huracán, un terremoto que quería arrastrar a todos a su paso. No le importaba nada, no tenía nada más que perder. Ya no podría volver a ver y el conocimiento de su realidad lo destruía—¡¡ Fuera de aquí!! ¡¡ Los quiero fuera de aquí y de mi vida!! ¡¡ No los quiero aquí!!—Exclamó con todas sus fuerzas. Chicago se paralizó, esas palabras tan espantosas calaban en ella y herían su alma. Jasón no podía hablar en serio, no podía alejarlos, no podía comportarse de aquella forma tan irracional.

 

—Sera por poco tiempo cariño—explicó Chicago secándose las lágrimas—. Tus gandulas están inflamadas para ser sometidas a una operación, debemos ser pacientes y esperar…

 

—¡¡No esperaré ni un puto minuto más!!—Rugió con voz rasposa de tanto gritar— ¡¿Acaso no escucharon?! ¡¡QUE SE LARGUEN DE UNA VEZ DE MI VIDA!!—Hizo hincapié en esas duras palabras, palabras venenosas que laceraban a Chicago y a Daniel. A Jasón no le importaba nada, no quería saber de nadie, solo quería estar solo, acurrucarse en su oscuridad y refugiarse en ella para no inspirar la lastima de aquellas dos personas que amaba. Necesitaba hacerles entender que no quería verlos, no quería tenerlos cerca, no quería escuchar su llanto ni sus palabras. No quería nada de la vida

 

Daniel lo soltó y Jasón dejó de pelear. Se puso de pie y llevó su mano hacia la de Chicago, la apretó y a rastras la hizo caminar hacia la puerta.

 

—Llamaré a la enfermera para que te calme—sentenció Daniel con lágrimas a punto de salir—. Estaremos afuera. —Salió de allí soltando todo el aire retenido. Chicago cayó de rodillas y quiso vomitar, Daniel caminaba de un lado a otro, como un animal enjaulado. Se tomaba el cabello con fuerza como si quisiera arrancárselo, lloraba como un niño pequeño, pateó las bancas que estaban al frente, asustando a Chicago.

 

—Necesito a Jasón de vuelta—susurró Chicago abrazándose, mirando la baldosa blanca—. No puedo… yo no…

 

—Te aseguro que él no nos quiere fuera de su vida—aseveró Daniel. Se arrodilló y secó sus lágrimas, besó sus labios y la ayudó a levantarse—. Debemos darle tiempo para que asimile la situación. —La abrazó mientras ella lloraba sobre su pecho, temblaba y exclamaba palabras que desaparecían en su pecho. Daniel miró por la ventana como las enfermeras le aplicaban un tranquilizante a Jasón. Se retorcía como si estuviera poseído por algún espíritu del mal. Aquel hombre estaba destrozado, Daniel lo entendía, sabía lo que era estar postrado en una cama con una discapacidad. Comprendía a la perfección su situación. Razón por la cual se mantenía estoico, se estaba convirtiendo en la piedra angular que sostenía esa pesadilla cuando él se desvanecía por dentro.

 

— ¿Y si en realidad ya no nos quiere?—Cuestionó Chicago con incertidumbre— ¿Si esto lo aleja de nosotros para siempre?—Se aferró a Daniel como el ancla de la tormenta que era su vida en ese momento—No quiero perderlo, no puedo simplemente dejar que se hunda. Quisiera ser fuerte como tú, quisiera dejar de llorar para demostrarle que estoy a su altura. Necesito que vuelva, necesito verlo sonreír de nuevo, necesito que esa parte de mi renazca—declaró con la voz marchita.

 

—No lo vamos a perder, Chiqui. —La apartó para mirarla a los ojos, para que creyera en la promesa que le haría—. Estamos los dos juntos para no dejarlo caer. Necesita tiempo y debemos dárselo. Seremos un grano en su trasero hasta que esa sonrisa que tanto queremos vuelva a asomarse en su rostro. Te prometo que estará bien.

 

—Haré todo lo que está en mis manos para ser esa fuerza que necesitas—dijo secándose las lágrimas, tomando una actitud seria—. Te amo Daniel y no sabes lo bien que se siente tenerte aquí—apretó sus manos y las besó—. Rescataremos a Jasón de donde sea que este—ratificó con la mirada clavada en la puerta.

 

—Debemos ir a descansar—Chicago frunció el ceño y no se movió ni un solo milímetro, como si estuviera clavada en el suelo. De ninguna manera la sacarían del hospital—. En este estado no lo ayudaremos Chiqui—le recordó con una débil sonrisa. Su corazón latió nuevamente, tenerlo cerca siempre la llenaba de sosiego, los nervios se disipaban y el dolor era mínimo. Daniel sabía cómo llegar a ella, como tocar cada fibra de su corazón y dejarla sin habla. Él la apaciguaba, la ayudaba a ordenar sus ideas, a no desmoronarse, le daba ese equilibrio a su caos interior. Si algo también le sucediera no lo soportaría, simplemente se echaría a la pena.  Daniel resistía por ella, ahora ella debía resistir por ambos.

 

Lo abrazó y dejó que la guiara hacia la salida, el mañana la esperaría con más adversidad, probaría su amor, su constancia, su entereza. En ese momento las lamentaciones estaban de más. Su Jasón sufría y ella haría todo lo que estaba en sus manos para sacarlo de ese pozo cenagoso al que él quería aferrarse. Volvería a ver el sol en su sonrisa, se encargaría de eso.

 

 
 
La propuesta
titlepage.xhtml
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_000.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_001.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_002.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_003.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_004.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_005.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_006.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_007.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_008.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_009.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_010.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_011.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_012.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_013.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_014.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_015.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_016.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_017.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_018.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_019.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_020.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_021.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_022.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_023.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_024.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_025.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_026.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_027.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_028.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_029.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_030.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_031.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_032.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_033.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_034.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_035.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_036.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_037.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_038.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_039.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_040.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_041.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_042.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_043.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_044.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_045.html
CR!78SKFB9NHD27K0FAV10PPEBH4AES_split_046.html