Capítulo 4: Seducción

 
 

Daniel se levantó temprano, la ausencia de su esposa era evidente porque no estaba a su lado. Suspiró, lo que propuso el día anterior no estaba bien, lo sabía y sin embargo quería arrastrarlos a tomar una decisión. La parte decente le rogaba que se retractara, la parte soberbia le gritaba que continuara. Él obedecía a esa parte, esa curiosidad retorcida de ver a su esposa en brazos de otro, soportar sus gemidos, que otro la hiciera sentir el placer que él no podía darle, por más que quisiera. Tenía que comprobar con sus propios ojos si era capaz de verla en esas circunstancias y no querer pegarse un tiro. Ya había lanzado unas cartas bastante comprometedoras e insultantes para los involucrados, la cuestión estaba en el desarrollo de la idea que generaba discordia.

 

Mientras Daniel tomaba una ducha, Chicago revolvía los huevos con tocino una y otra vez, tanto que los bordes se coloreaban de un café bastante oscuro. Poco le prestaba atención a la comida, estaba bastante aturdida con las palabras tan atrevidas de su esposo. ¿La medicación lo estaba volviendo loco? ¿Acaso en secreto se drogaba? ¿Cómo se le ocurría pensar que su propuesta era la salida? Evidentemente era la desesperación la que hablaba, no su dulce esposo, no el hombre con quien decidió vivir hasta que sus días se apagaran por completo.

 

Aun así, la maldita idea le rondaba la cabeza, como si quisiera introducirse en su cabeza y convertirla en una zorra, entregándose a los brazos de un imbécil cara dura como Jasón. De todos los hombres del globo terráqueo a Daniel le pareció que Jasón era el mejor para el trabajo, su historial hablaba por sí solo. No podía mirarlo a los ojos sin sentir rabia en su contra. No podía hablarle en un tono moderado porque le ponía los nervios de punta. Siempre tan atrevido, tan tosco y vulgar. Esa era su forma de ser y no cambiaría por mucho que la influencia de Daniel tratara de hacerlo.

 

Era su deber actuar, hacerle ver que lo que decía estaba realmente mal. Siempre había una salida para todo, aunque fuera difícil, aunque la pesimismo cercara sus pensamientos, en algún punto existía una pequeña luz que cambiaba el horizonte de cualquier situación complicada. Se lo haría ver y lo dejaría con la boca cerrada

 

—Buenos días, Chiqui—saludó Daniel, desde la puerta de la cocina

 

—Aquí tienes tus huevos y chocolate. —Le tiró el plato con el desayuno quemado, el pocillo con el chocolate frio. Se limpió las manos, esquivando a su esposo para salir a su trabajo. Daniel alcanzó su brazo con un agarre firme, ella volteó, manoteando para que la soltara. Él inclinó su rostro a un lado, observando la posición defensiva de su esposa, analizándola, deseando que ella se colocara en sus zapatos y le diera el beneficio de la duda.

 

—Chicago, lo que dije ayer fue descabellado, lo sé, pero no te presionaré a que lo pienses—convino como si se tratara de una transacción y no de una persona.

 

—No hay nada que pensar Daniel, no soy una puta—soltó—. No pretendas que le abra mis piernas al primero que se aparezca porque no será así. ¡¿Cómo pretendes que me acueste con Jasón Willows sabiendo cuanto lo detesto?!— Gritó a centímetros de su cara

 

—Entiéndeme. —Se frotó la cara exasperado—. Intentemos algo distinto, algo que nos ayude a ambos. Si estas con él solo una noche, podré ser testigo de la cada gesto hermoso que se cruce por tu rostro, compartiendo un momento en donde solo tú y yo podamos fluir a pesar de que un tercero está haciendo lo que yo no puedo—dijo con un nudo en la garganta—. Quiero regalarte esto, quiero… que goces del sexo y lo compartamos.

 

— ¿Entonces pretendes que yo me acueste con él para alimentar tus fantasías sexuales? ¿Es eso?—Abrió los ojos indignada ante sus palabras.

 

—No es una fantasía, Chicago. No sé cómo hacerme entender, puede ser una alternativa para ambos, míralo como un tratamiento…

 

—Bueno, ¿y porque yo y no otra chica?—dijo cruzándose de brazos

 

—Porque solo funcionara si eres tú, eres mi objeto de deseo, porque si lo hace con otra solo veré tu rostro. Te quiero ver a ti, solo a ti

 

— ¿Y si esto se convierte en una obsesión para ti? ¿Qué no solo sea Jasón sino otros?—Se estremeció al imaginarlo.

 

—Eso jamás pasará—afirmó con severidad—. Tienes que creerme. ¿Crees que es fácil para mí pedirte algo así? ¿Qué sea otro y no yo el que esté contigo?

 

— ¿Y si un tratamiento real te ayuda y finalmente te recuperas, pero decides que solo quieres ver? ¿Qué pasara conmigo? ¿Quieres que tenga hijos con otro?—Rebatió. La duda se posó en su rostro. Cualquier cosa podía pasar en un encuentro, necesitaba que viera los contras que tenía su propuesta, los problemas que acarrearían, en lo que se estaban metiendo sin marcar un sendero. Necesitaba hundir esa idea en lo más profundo de su mente, con tal de que desistiera, convencerlo de buscar otra ayuda. No tenía tiempo para sutilezas, no cuando su esposo se veía casi entusiasmado con la propuesta.

 

—Eso nunca—dijo tomando la cara de su esposa—.  Si algún día mi estado cambia, te aseguro que nuestros hijos se parecerán a ti, con tus ojos marrones, con el cabello castaño con ligeros tonos negros, esa boca sensual. Se parecerán a ti y a mí, eso puedes creerlo.

 

Su voz vacilaba, no creía en lo que decía. Quería hacerle creer que todo mejoraría para empujarla a sus propósitos. Estaba negociando, estaba jugando con su mente. Se apartó disgustada, decepcionada de que no viera su futuro como ella lo hacía, que no vislumbrara las posibilidades que tenían juntos. Eran jóvenes, tenían fuerza para buscar, para esperar un poco a que la puerta se abriera. Sin embargo, Daniel no veía dichas posibilidades. Estaba enfrascado en su fracaso, desviándose de la idea principal de ser una pareja, navegando por aguas profundas e inciertas.

 

—Aun así no quiero Daniel, no lo haré. —Reteniendo las lágrimas, se alejó por completo, distanciando algo más que su cuerpo.

 

********

 

 El transcurso del día fue terrible para Chicago. Solo pensar en eso le hacía dar ganas de vomitar, Daniel estaba loco si pensaba que ella aceptaría algo tan bizarro como eso. Sin embargo la idea seguía en su mente incitándola, diciéndole: >> ¿Porque no meditarlo?<<Su estúpida mente no se comportaba de la manera adecuada, no ayudada. ¿Cómo carajos le sugería eso? No tenía nada que pensar, nada más que decir al respecto. Su posición ya estaba marcada, de ninguna manera escucharía a su mente ni a nadie. No estaba dispuesta a ser persuadida por semejante ultraje. Se sentía demasiado ofendida como verlo a los ojos y no querer sacárselos.

 

Dio su sesión de noticias un poco elevada, no lograba concentrarse y casi se equivoca en una noticia importante, estaba totalmente ida. Su cabeza giraba en torno a lo sucedido el día anterior, abarcaba gran parte de su atención, lo que conllevó a una serie de regaños y recomendaciones por parte del señor Douglas. Su día fue todo un fracaso

 

 Finalmente salió del canal para irse a su casa. Se cambió los tacones a unas sandalias para recorrer el trayecto a su autobús.

 

Caminaba sin prisa, fijando su mirada en sus pies. No eran los pies más bonitos del mundo, estaba enfocada en la deformidad de su pie pequeño con tal de ocupar su mente en otra cosa que no fuera el desastre del día. Daba pasos cortos, mirando sus dedos, como si fueran un objeto de gran investigación. El viento arrastró una brisa fría que la hizo tiritar. Se abrazó a si misma mientras continuaba caminando pausadamente.

 

Un carro aparcó cerca de ella, siguiéndola, Chicago lo miraba por el rabillo del ojo. Aprehensiva ante el vehículo sospechoso, apresuró sus pasos. El conductor pitaba en dirección a ella, tratando de llamar su atención, lo que terminó de quebrar su seguridad. Trató de llegar al semáforo pero para su mala suerte cambio a rojo para peatones, dándole la oportunidad al carro de cerrar su paso.

 

—Que tal Fresita—dijo Jasón, bajando el vidrio de su auto. Era la guinda del pastel para terminar un día de porquería—. Súbete, quiero hablar contigo—la invitó con cortesía.

 

—No iré contigo, idiota. Tengo mejores cosas que hacer—indicó altiva. Jasón sonrió ante su mirada desafiante.

 

—Vamos, te interesa—la incitó con su tono sensual y una sonrisa ladeada—. Tengo una contrapropuesta que hacerte. Hay una forma de sacarle a Daniel la idea loca que tiene.

 

Chicago se frenó por un instante, agotada mentalmente. El idiota tenía una idea que podía servir o empeorar las cosas. La curiosidad la atrapó. No tenía nada que perder, y a decir verdad era un aliado, no precisamente uno fantástico e inteligente, pero al no tener más salidas, Jasón era una mediocre alternativa a la que por más que quisiera, no podía negarse.

 

Finalmente se subió al auto. Como siempre lucia fresco. Sus ojos verde oscuro brillaban de manera inusual, su cabello castaño olía a gel, tenía una camiseta negra ajustada al cuerpo, apretando sus brazos. Usaba jeans y tenis. Notó que recién se había bañado, como si se hubiera preparado exclusivamente para ella. Bufó molesta, cuanto antes hablara, mejor para ambos.

 

—Al grano Willows, no tengo tiempo que perder—espetó cruzándose de piernas.

 

—Eso me gusta, que quieras ir directo a punto—dijo divertido, sin desviar su mirada de esas piernas torneadas encerradas en una tela de Nylon. Estaba tentado a crear una pequeña apertura de manera accidental y tocar con una fracción de su dedo su piel. Al sentir la mirada asesina de Chicago sus deseos se marchitaron—. Mira, hay una forma de sacarle a Daniel esa idea absurda, hagamos un intento.

 

— ¿Un intento? ¿De qué?—Frunció el ceño confundida por sus palabras.

 

—Muy sencillo Fresi. Vamos a mi casa, intentamos ver si… bueno, si nosotros somos compatibles en ese aspecto. Y sé que no lo seremos—se apresuró a decir—. Al intentarlo le demostraremos a Daniel que no funcionara, la idea saldrá de su cabeza y fin. —Jasón lucia satisfecho, como si hubiera descubierto que el agua mojaba.

 

— ¿Quieres que vaya a tu casa para que puedas aprovecharte de mí?—Inquirió Chicago, burlándose de él.

 

—No me aprovecharé de ti si no quieres, no soy un violador. —Jasón parecía ofendido—. Solo digo que es una idea para hacerle entender a Daniel que su propuesta no tiene fundamento. Sé que no seremos compatibles pero haciendo la prueba lo confirma. Entonces que dices, ¿aceptas o no?

 

Chicago lo analizó, Jasón tenía un punto, tenían que probar lo incompatibles que eran, que jamás se entenderían en ningún plano y menos sexualmente, por lo que aceptó sin vacilar.  Con una sonrisa, Jasón la llevó al apartamento, lucia mucho mejor sin tanta gente, se veía medianamente limpio. La vista al balcón era impresionante. Un apartamento de soltero bien acomodado para alguien tan descuidado como él.

 

Chicago se quedó en su sitio, observando a Jasón alejarse a la cocina. Sacó una jarra de agua y se sirvió. En ese momento los nervios la atacaron, estaba atascada sin ninguna razón. Entendió que no quería estar allí, que no quería probar nada. Pero si se lo decía quedaría como una cobarde, no tendría argumentos para rebatirle a su esposo. La sensación de estar cometiendo una barbaridad la acechaba con tanta fuerza, que de repente quería huir  y esconderse de todos.

 

— ¿Quieres algo de tomar, Adams?—Ofreció Jasón, sacándola de sus cavilaciones. Ella se sobresaltó al escucharlo.

 

—No quiero nada, gracias.

 

Era hora de poner las manos a la obra, o mejor dicho, de colocar sus manos en ese cuerpecito al que tanto quería poseer. Iba ataviada con un traje azul oscuro. Su falda demasiado insinuante, no podía imaginar como hacían sus compañeros para mirarla a la cara con esas piernas bien formadas, torneadas, unas piernas que deseaba tener enrolladas en sus caderas mientras la empalaba con lentitud. Ya podía saborear en su mente pervertida su piel sudorosa, sus manos aprisionándolo para que continuara hasta que se corrieran. Se imaginaba su cavidad prieta, recibiéndolo con dicha. Eso fue suficiente para empalmarse.

 

Aclaró su garganta para que no se notara la excitación en su voz

 

—No perdamos más tiempo. Demostrémosle al cabrón de mi amigo que somos como el agua y el aceite, ¿está bien?

 

Chicago se paralizó mientras Jasón se acercaba a ella, invadiendo su espacio personal. Jasón la devoraba con la mirada, llenándose de orgullo al percibirla inquieta, levemente temblorosa, sin duda alguna se había ganado un par de puntos. Chicago era incapaz de regresarle la mirada. Estaba conteniendo la respiración, a decir verdad el idiota cara dura olía muy bien, un olor estimulante para cualquier mujer. No obstante ella no era cualquier mujer, estaba casada, indignada por ceder a semejante petición, tratando de hallar una explicación a lo que sucedía sin perder la cabeza.

 

 Al invadir su espacio personal, Jasón posó sus dedos en la barbilla de Chicago, alzándola con sumo cuidado para que lo mirara a los ojos. Se quedó sin aire al comprobar el encanto del imbécil. Entendía, a su pesar, el porqué las mujeres caían como baba derretida a sus pies. Sus facciones gruesas se suavizaban al momento de seducir. Sus ojos encendían mágicamente cualquier hoguera. La forma en que sus manos se deslizaban por su rostro mostraba la pericia con la cual se desenvolvía, la confianza con que se movía. Sus ojos eran el digno reflejo de sus deseos sucios, deseos que ella no quería compartir, aunque no las desechaba del todo. Se estaba contradiciendo, estaba cayendo, tan rápido como la mantequilla se deshace en un sartén caliente. Sencilla y llanamente fuera de proporciones.

 

Jasón pasó sus labios sus mejillas, las cuales se sonrojaron al contacto. Las manos de él bajaron por los brazos de Chicago, los labios de él estaban a milímetros de los de ella. Se atrevió a rozar sus labios, dejándola de piedra.

 

Sin darse cuenta, se encontró ofreciéndole sus labios, como un manjar recién preparado para ser saqueado al instante. Jasón ni corto ni perezoso sucumbió, se estaban besando. Los labios de Jasón devoraban los de Chicago, metió su lengua en su boca y ella lo saboreó. El beso era apasionado, intenso, lento. Jamás pensó que besar a Jasón sería algo fuerte, que la estremeciera y la reviviera a la vez, cosa que le impedía detenerse. Para Jasón, probar los labios de Chicago fue algo que siempre quiso hacer y estaba más emocionado, quería llevar las cosas a otro nivel, subir el volumen de la situación, comprobar que tan cierto era que no se entenderían en la cama

 

 Las manos de Jasón se posaron en la cintura de Chicago, apretándola más hacia él, haciendo el beso más duro, cada vez más profundo. Las manos de chicago se deslizaron por el cabello de Jasón, jalándolo suavemente. Él dirigió sus dedos a su blusa, desabotonándola poco a poco. Cuando finalmente la desabrochó, sus manos tocaron la cintura, sintiendo directamente su suave piel, paseándose por sus curvas delicadamente.

 

Estaba subiendo las manos hasta llegar a sus senos, tal como lo había imaginado, suaves y pequeños. Chicago estaba excitándose por las caricias de Jasón, disfrutándolas sin razón alguna, su cuerpo reaccionaba instintivamente. La estimulación era abrumadora, ya estaba mojada con el toque decidido en sus pechos. Reconoció, para su agrado y asombro, la erección de Jasón enterrándose en sus caderas,  frotándose contra su montículo, exigiendo un lugar entre sus piernas. Recuperando la cordura, Chicago lo empujó, limpiándose los labios en un gesto de desaprobación. Con una mirada de advertencia, se abrochó la blusa, los dedos le temblaban, la cabeza le giraba, su sexo estaba empapado, su piel ardía. Tenía que largarse antes de cometer una estupidez

 

 No podía comprender porque se entendían tan bien, porque no se asqueaba de sus caricias, porque no podía repudiar sus besos, porque no podía recuperarse de semejante contacto.  Su cuerpo se comportaba de una manera extraña ante la cercanía de Jasón. Debía despejar su mente con urgencia y destruir internamente lo que sintió al ser tocada de esa manera.

 

Jasón lucia más que satisfecho por haberla tenido en sus brazos a  punto de follarla, con cada beso se internaba en los deseos ocultos de Chicago. Por más que se esforzara en negarlo, en objetar al respecto, los hechos eran tan claros como el agua. Ella lo deseaba, y no como cuando deseas a un chico que ves en un bar y solo quieres besarlo y que te manoseé un poco. Ella lo deseaba de una forma desconocida, de una forma bastante depravada. Lo notaba en su manera de tocarlo, en la manera en la que suplicaba con su expresión corporal. Estaba realmente sorprendido porque tuviera la fuerza de voluntad de apartarse justo antes de arrodillarse y comerse su sexo. Se había detenido en la mejor parte la muy perversa

 

— ¿Qué le dirás?—Preguntó agitado. Entre más la miraba, su erección crecía como un árbol, encerrado en esa maldita tela

 

—No lo sé—respondió, realmente confundida

 

—Dile que no fuimos compatibles—sugirió con poca convicción, tratando de esconder su sonrisa de niño malo.

 

—Ya veré que le digo yo a mi marido—declaró enojada.

 

— ¿Quieres que te lleve?

 

—No, tomaré un taxi

 

Tenía que inventarse una explicación. Era imposible que su cuerpo la traicionara de semejante forma. Por donde lo viera estaba jodida. Así quisiera negarse de nuevo, su cuerpo rogaba por volver a sus brazos y ser tocada, deseada, follada. Sentía el corazón palpitar en su garganta, el estómago brincar como si quisiera vomitar. Sus piernas perdían fuerza, su respiración era acelerada, como si hubiese corrido un maratón y no fuera suficiente. La contrapropuesta solo empeoró las cosas. Ese idiota la manipuló como una adolescente, incitándola a semejante cochinada que la dejaba a la deriva. No podía enojarse con él ni con su esposo, sino con ella misma, por no ser congruente.

 

No sabía que haría al llegar a su casa, si era un poco sincera consigo misma, no tenía muchas ganas de regresar. Sin embargo, otra contradicción de su vida, era el único lugar donde se sentía a salvo.

 

 
 
La propuesta
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