Capítulo 25: Oscura felicidad

 
 

Hacia frio, una tenue luz se filtraba por una ventana sucia. Se sentía pesado, cansado, las extremidades acalambradas. Movió sus manos y las encontró amarradas en la parte posterior de la silla donde estaba ubicado. Impresionado por ese extraño despertar, agitó la cabeza para disipar la confusión que nacía en su interior. Un horrible mareo se apoderó de él y le costaba vislumbrar algo. Respiraba pesadamente y pronto la angustia lo absorbió.

 

Poco a poco asimiló su realidad, estaba en un lugar amplio, oscuro, desordenado y abandonado. Había herramientas que daba a entender que ese lugar era un taller de autos, aun podía sentir el olor a aceite. Pudo observar las leves marcas de llantas en el suelo, algunas plataformas en las que supuso, colocaban los autos para revisar la parte inferior. Estar en ese lugar no lo asustó tanto como el hecho de levantarse completamente desorientado y… amarrado. Se dio cuenta que sus pies estaban atados a las patas de la silla, eso lo asustó y guiado por ese sentimiento, comenzó a agitarse para zafarse y entender un poco lo que pasaba, no obstante no tuvo éxito alguno. Aquellos nudos estaban fuertemente apretados a sus extremidades y entre más tiraba de estas, más se aferraban a su carne, quemándolas, abriéndolas. Podía sentir como la sangre se filtraba por las cuerdas, el ardor de la herida abierta, la carne expuesta a cualquier infección. No comprendía el porqué de su situación. Si querían extorsionarlo, iban a darse un golpe contra una pared porque no tenía dinero, y si era información sobre el canal, nunca traicionaría a sus amigos y colegas. Si era alguna estrategia por parte del canal para probar su lealtad y resistencia bajo presión, estaban locos. En ese momento pensó en renunciar luego de salir de semejante embrollo tan horripilante en el que estaba.

 

—Por fin despertaste, me estaba aburriendo aquí. —Podía reconocer aquella voz en cualquier parte, ese sonido entre lo que consideraba burlón y siniestro. La petulancia en su tono, la intención que quería transmitir con sus palabras vacías y llenas de veneno. Entendió, aunque no sin temor, la razón por la que estaba allí—. ¿Alan, no es así tu nombre?—Pudo ver como entraba en su campo de visión. El hombre se acercaba lentamente, como si quisiera prolongar la incertidumbre, la zozobra, la curiosidad. Cuando la pequeña luz que entraba en el lugar lo cubrió, pudo ver su mirada llena de felicidad y de satisfacción al lograr lo que tanto quiso: encontrarlo.

 

Arrastró una silla disponible y la volteó para acomodarse en ella, descansando la barbilla en el respaldar de esta.

 

—Sobra decir que sabes porque estás aquí, ¿verdad?

 

Alan tragó saliva y asintió

 

—Me descubrió, finalmente sabe que soy el infiltrado—respondió con un tono que irritó a Joshua, como si le hiciera ver que fue un idiota todo este tiempo y que fue la burla de alguien tan poca cosa como Alan. Solo que ahora su destino dependía de él, y le haría saber su molestia en unos segundos

 

—Bingo. —Con un puño seco le mostró lo irritado que estaba por haberle tomado el pelo. Alan sintió como su pómulo se hinchaba y la piel se abría para darle paso a la sangre. Joshua se acomodó la manopla con la que lo había golpeado, aquella cosa metálica estaba destinada a deformarle la cara si no se mostraba humilde y pedía piedad—. Fuiste muy sagaz, listo a decir verdad—admitió rascándose la nunca con exasperación—. Pero… yo siempre gano—le hizo saber con una sonrisa—. ¿Quieres saber cómo te descubrí, pequeña sabandija asquerosa?

 

—No, no quiero. —Lo enfrentó con la mirada, ganándose otro golpe en la cara con esa manopla. Esta vez Alan escupió sangre y dientes, le había rotó el labio y el pómulo no dejaba de sangrarle.

 

—Me importa una mierda lo que quieras, te pregunté porque quise ser amable. —Se levantó de la silla, rodeándolo como si quisiera entrar al ataque y despedazarlo. Se colocó frente a él nuevamente y se apoyó en la silla vacía—. Mientras estuve desparecido, alejado de los periodistas por el… incidente con ese bastardo, me vi en la penosa obligación de vigilarlos en mi ausencia. — Se regodeó de eso con una risa que no transmitía nada—. Quería saber de una vez por todas quien era el infeliz que mi padre metió para joderme la vida, por lo que le pedí a un tarado de la empresa que observara cuidadosamente a cada empleado y cada movimiento que hacía. Al principio fue difícil porque el muy baboso fantaseaba con meter su pene flácido en Michelle—sonrió y se sentó en la silla, cruzando las piernas—. Pero luego de pagarle un poco más de dinero y darle un escarmiento, comenzó a realizar su trabajo, uno que me guio a ti. —Le apuntó con el dedo índice, manteniendo aquella sonrisa vacía—. Resulta que mi inepto informante encontró unas cámaras tan diminutas que pasaban desapercibidas, demasiado pequeñas para verlas. Inteligente de tu parte. —Le dio un puño en la mandíbula que hizo que se mordiera la lengua, probando su sangre—. En ellas se registraban algunos sucesos, cosas que sucedían en mi oficina. Seguramente te masturbabas mientras veías como me follaba a la perra de Michelle—expresó con asco—. Luego le pedí al tonto de mi infiltrado que buscara la marca de esas cámaras, algo complicado de encontrar debido a que es de un proveedor poco conocido y poco comercial, sin embargo me segmentó bastante la búsqueda, resultando tu uno de los nombres a resaltar. —Se levantó y le atestó otro puño, esta vez en el estómago, a Alan se le escapó el aire, tosió desesperado al tiempo que intentaba inhalar en busca de oxigeno—. Entonces todo fue más sencillo, el tarado te seguía a todas partes, observaba cada movimiento que hacías y sobre todo: las reuniones de mi padre en la clandestinidad. —Esta vez sonrió abiertamente mostrando su dentadura perfecta—. Fuiste muy sagaz, debo reconocerlo a mi pesar. No podía dormir pensando en que hijo de puta mi papá tenia dentro de la empresa. La primera investigación que hice todos estaban limpios, no encontré nada sospechoso. Debí saber que eras tú, nadie maneja las cámaras como tú lo haces. —Parecía orgulloso de su trabajo, pero solo lo expresaba con disgusto, estaba realmente encolerizado por tenerlo ante sus ojos todo ese tiempo y no haber sido capaz de ver lo que sucedía en realidad. Lo hacía ver como un ser inútil y patético y esa sensación no iba con el—. Con todo esto tuve que actuar pronto porque no prologaría más la enfermedad, la gangrena hay que cortarla, ¿no crees?

 

—Por primera vez estoy de acuerdo con usted—masculló tosiendo sangre—. Las cosas malas hay que eliminarlas de raíz.

 

—La pregunta que cabe hacer aquí es: ¿Cuánto dinero te pago el viejo para que te expusieras así?

 

—Lo suficiente para poder sostener a mi familia en Oklahoma—farfulló con pesadez. Su madre pasaba por una crisis económica, su padre nunca estuvo presente en su vida y tenía hermanos pequeños por los cuales velar. Su obligación como hermano mayor y hombre de la casa era mantener a su familia, proveer para ellos y mantenerlos unidos. Quería que todos sus hermanos fueran profesionales como él, que crecieran bien y con buenas proyecciones en la vida. El esfuerzo y el riesgo lo valían.

 

—Es una pena que no puedas sostenerlos más —se mofó limpiándose la sangre con un pañuelo—. La gente que muerde mi mano debe… ser enviado a lugares donde no estorben nunca más.—Lo analizó una vez más y alzó la barbilla con esa petulancia que lo caracterizaba, lo miraba como el ser superior que se creía, su cuerpo se relajaba al sentir la tensión liberada de su cuerpo al tener al frente al soplón. Terminaría con él, pero antes le demostraría el significado de meterse con él.

 

—Yo solo… quise darle lo mejor a mi familia—explicó débilmente—, y que el canal fuera dirigido por alguien que realmente se preocupara por el talento humano y por convivir. No alguien que convirtiera su lugar de trabajo en un motel, y mucho menos alguien que tuviera la cobardía de acorralar a una mujer. —Joshua sabía que se refería a Chicago, eso lo enardeció aún más. No le gustaba que un hombre hablara de ella como si tuviera el derecho de opinar. Solo él podía dar el veredicto y hacer lo que quisiera con ella, porque era de su propiedad, era suya y la reclamaría cuanto antes.

 

—Tú no sabes lo que quiere una mujer, es por eso que otros te calientan la cama y tú no te enteras de nada. —Alan lo miró confundido, intentó registrar alguna expresión en Joshua que le revelara algo, nada llego a él—. Me aburre tu estupidez en este momento, te creí más listo pero veo que es por lapsos cortos. ¡Tráiganla!

 

Un hombre de uno noventa, calvo, increíblemente musculoso y enorme, se acercó a ellos, y no venía solo, traía de los cabellos a una mujer que sollozaba y trataba inútilmente de que aquel grandulón la soltara. Alan reconoció con pavor a la chica, su respiración se hizo más rápida, su estómago se apretó y su sangre corría más rápido. Luchó contra los amarres sin lograr aflojarlos un poco, lo hacía con todas sus fuerzas, gritaba y se balanceaba para lograr salirse, pero todo fue en vano, lo que logró fue abrirse más la herida y agotarse.

 

— ¡Nora!—Gritó agobiado—Todo va estar bien, lo prometo.               

 

Joshua emitió una risa macabra, digna de una película de terror, Nora lloraba y suplicaba una explicación, al ver el dueño de esa voz con la que soñaba día y noche, se alteró aún más. No entendía porque estaba amarrado y ensangrentado, no entendía porque su Jefe la miraba con indiferencia absoluta y mucho menos entendía el motivo por el cual estaba allí.

 

— ¡Alan! ¡¿Qué te hicieron?!—Lloriqueó afligida—. ¡¿Qué pasa aquí?!

 

—Pasa, mi querida niña. —Joshua le indicó al grandulón que la soltara para él tomar su lugar, le rodeó la cintura con el brazo y colocó su barbilla sobre su hombro. Nora tembló al tenerlo tan cerca, y no precisamente de gusto—. Aquí tu amigo querido quiso pasarse de listo conmigo y eso, realmente, me jode hasta la espina dorsal. —La tomó de la barbilla y la apretó contra su cuerpo, Nora se tensó e intentó apartarse, pero solo consiguió que Joshua le sacara el aire al aferrarla más a su cuerpo—. ¿ Sabías que me la follé en Barbados?—Pasó su lengua por su mejilla mientras una enorme gota caía por esta— Me corrí deliciosamente en su interior y ella solo pedía más y más, gritando como la zorra ofrecida que es.—Llevó una mano a su pecho y lo estrujó como si fuera un trapo desechable, ella gimió de dolor. Alan estaba incrédulo, confundido, dolido. A él le interesaba Nora, estaba enamorado en silencio de ella, pero nunca dio el paso porque no estaba seguro de sí mismo, ahora solo quería reclamarle por ser tan descarada, por entregarse a un hombre que no le importaba sino él mismo.

 

—Puedo explicarte—lloró e intento alejarse del agarre de Joshua, nuevamente fallo y se quejó por la falta de aire que entraba a su sistema—. Pensé que eras tú, sé que suena ridículo pero soñaba con que algo así pasara. Estaba completamente entregada a mi fantasía que no distinguí nada, no me percaté de las diferencias. Solo te quería a ti, porque ¡Te quiero Alan! Eso es lo único que me importa y no quería que me juzgaras como seguramente lo estás haciendo en este momento—hipó lamentándose de la forma tan desagradable en la que se enteró de su desafortunado desliz

 

—Yo también te quiero, Nora. Siento decírtelo en estas circunstancias. Prometo que estarás bien. —Ambos se brindaron una sonrisa tranquilizadora, que fue rota por Joshua al empujarla al suelo.

 

—Es hermoso, de verdad. —Aplaudió y luego tomó del cabello a Nora para ponerla de pie, ella apretó los dientes y ahogó un gemido—. Pero me estresa que sean tan empalagosos. Es como ver a Romeo y Julieta, sencillamente demasiado hostigante para mí. —Señalo al guardaespaldas que trajo a Nora, el hombre se posicionó a su lado esperando órdenes—. A nuestro amigo aquí presente le encanta mirar porque es un depravado de primera, le daré un show inolvidable. —Empujó a Nora al frente del mastodonte, el tipo no se movió ni un milímetro—. ¿Qué te parece la chica?—Interrogó ansioso.

 

—Bonita—reconoció el hombre, inspeccionándola con la mirada, ella se estremeció y tuvo la imperiosa necesidad de cubrirse.

 

— ¿Te la follarías?—Cuestionó Joshua, aferrando su agarre mortal.

 

—Creo que si

 

— ¿Crees o estás seguro?—Insistió buscando una respuesta clara.

 

—Estoy seguro, señor—contestó el gorila sin mirarlo.

 

—Es tuya. —La soltó y se acercó a Alan, quien estaba estupefacto ante lo que acaba de pasar. Joshua lo jaló del cabello para que tuviera una excelente visión de todo—. Vas a ver lo que es que se metan en tus asuntos y que se burlen de ti—susurró en su oído—. Quien se mete conmigo la pasa mal. Tenías talento, solo que escogiste el bando equivocado.

 

—Déjela ir—suplicó impotente al no poder pelear por ella, al estar encadenado a una silla y estar a punto de presenciar un acto tan salvaje y atroz como el que comenzaría.

 

—Luego de que me divierta un poco—le ofreció una sonrisa ladeada y con un ligero movimiento de cabeza dio luz verde para ejecutar su venganza.

 

Nora intentó huir, pero falló al ser alcanzada fácilmente por el tipo que era el doble de alto y ancho que ella. El sujeto la agarró con fuerza, la tiró al suelo como si fuera un costal y se cernió sobre ella. Nora pataleaba, suplicaba, lloraba por clemencia. Esperaba que Alan tuviera la fuerza y el valor de soltarse y acudiera a su ayuda. Sus suplicas nunca fueron escuchadas, sus gritos fueron apagados por la mano de su torturador que disfrutaba de aquel cuerpo cálido sin permiso alguno. Tomó todo lo que quiso de ella, se sació en su sufrimiento, en sus ruegos, en su llanto que quebraba el alma de Alan. Cuando aquel espectáculo abominable terminó, el cuerpo y el espíritu de Nora se torcieron a tal punto que perdieron aquel brillo maravilloso que contagiaba de alegría a quien entraba en contacto. Su mirada era completamente vacía, amarga, perdida en algún punto de ese lugar hostil que le robo la dignidad. Se hizo ovillo intentando entrar en calor, cubriéndose como pudo ya que el salvaje que la atropelló de esa manera había arrancado sus ropas de un tirón.

 

Alan derramaba lágrimas mientras Joshua sostenía su rostro para que no perdiera detalle alguno del horror que padeció Nora frente a sus ojos. Estaba frustrado porque no pudo hacer nada, enojado por ese acto tan barbárico y cruel, torturado por escuchar los gritos donde buscaba la piedad y compasión de aquel hombre que no se inmutaba, ni siquiera la miraba, solo seguía lastimándola con avaricia, acabando con la esperanza de poder salir libre de algo que no le concernía, acabando su fechoría y abotonándose los pantalones como si lo que sucedió no hubiese sido las cosa más abominable sobre la faz de la tierra. Maldecía su suerte, maldecía a esos hombres, pero sobretodo, se maldijo por traer la desgracia a la vida de un ser tan puro como Nora. Si alguna vez salían de esa situación, ¿cómo la vería a los ojos sin revivir el horror verla luchar y ser sometida de esa manera tan feroz? ¿Cómo ella lograría recuperarse después de que el único hombre a quien quería presenció ese acto tan humillante e inhumano? Ver como Nora temblaba y se contraía le partió el alma

 

—¡¡Hijos de puta!! ¡¡Malditos hijos de puta!!—Bramó entre lágrimas—. ¡¡ Los voy a matar!! ¡¡ Juro por todo lo que tengo que los mataré!! ¡¡ Cabrones de mierda!!—Vociferaba y arrastraba la silla, luchando por soltarse sin importar cuanto le dolía, si eso se llevaba pedazos de piel. Necesitaba sacar a Nora de allí y matar a esos desgraciados sin corazón. Cayó al suelo al moverse con tanta fuerza, exclamó un chillido despertado hasta que se quedó sin fuerzas para seguir luchando.

 

Joshua se hincó a su lado, lo observó con frialdad, con esa malicia que era tan suya, con ese desapego que lo hacía creer que no era humano. No podía creer que existiera un hombre tan apático e indolente como para disfrutar de tanta monstruosidad, de tanta maldad ejecutada con saña. No podía creer que existieran personas sin algún afecto natural hacia sus semejantes, y más aún, hacia las mujeres. Si fue una la que le dio la vida, la que tuvo el desafortunado caso de dar a luz a un ser despreciable y ruin como el que tenía a su lado.

 

—Me puse realmente duro al ver a Nora en acción—dijo arqueando una ceja, mirándola sin interés en el estado tan deplorable en el que se encontraba—. No recordaba que era un buen polvo—comentó con pulla.

 

—Voy a arrancarles las bolas, cobardes de mierda. —Alan se agitó, intentando liberarse por última vez, perdiendo la energía por completo.

 

—Tus amenazas son innecesarias. —Con un ademan llamó a su guardia, este le extendió un arma, Joshua le quitó el seguro y revisó que estuviera cargada. Alan se alarmó al ver ese pedazo de metal descansando en la mano de su jefe, él la manejaba con tanta destreza que no se molestó en imaginar que antes la había usado.

 

—Prométame que la dejara ir—demandó mirándolo fijamente, completamente débil, indefenso, furioso y estropeado por los golpes recibidos en su cuerpo, en su orgullo y en su alma. Nora merecía una oportunidad, ella no tenía nada que ver en eso y se vio involucrada en algo tan escabroso como eso que ahora los daños colaterales los tuvo que asumir, y de la forma más horripilante de todas.

 

—No hago promesas que no estoy dispuesto a cumplir. —Sin perder el tiempo en sentimentalismos baratos y despedidas inútiles, cegó una vida. El disparo atravesó su frente, dejando el cuerpo inerte y emanando sangre. Nadie le daría sepultura, nadie sabría de su destino, solo Joshua y ese secreto se iría con él a la tumba.

 

Al escuchar el disparo, Nora dejó de balancearse y comenzó a llorar nuevamente, esta vez más suave, emitiendo quejidos bajos para no llamar la atención, deseando que aquello que vivió hace unos instantes solo fuera un mal sueño, que en realidad nadie la mancilló en frente del hombre que amaba, que ella no estaba rota y se levantaría con su mano enganchada en la de Alan y reirían por la broma de su jefe, que aquel hedor desagradable que tuvo que soportar por lo que fue una eternidad sobre ella no era sino más que el olor putrefacto de alguna cañería vieja por la que transitaba a diario, que ese peso enorme que le quitó el aire no le había robado las ganas de vivir. Deseaba con todas sus fuerzas despertar de esa horrible pesadilla y reírse con Chicago de eso, hablar con Alan al respecto y que él la estrechara en sus brazos, consolándola con mimo. Tantas cosas pérdidas, tantos momentos desvaneciéndose por algo de lo que no era culpable. Tuvo que pagar los platos rotos de esa forma tan dura, tan asquerosa y sobretodo tan vergonzosa.

 

Joshua se posó a su lado, mirándola con esos aires de dios supremo, con aquellos ojos negros sin vida, llenos de odio hacia el mundo por no comprender su naturaleza, con ese rostro hermoso que solo era una máscara para engatusar para luego masacrar y dañar a quien tenían el infortunio de cruzarse en su camino. Ella dudaba que fuera humano.

 

Sin ningún arrepentimiento le apuntó con el arma, Nora lo observó unos instantes, en ese momento supo que la pesadilla llegaría a su fin, pero no como hubiera querido. Derramó un par de lágrimas y rezó internamente porque algún día, sin importar el tiempo o el esfuerzo, la justicia llegara y vengara a todo aquel que este hombre había perjudicado.

 

—Lástima que las cosas terminen así entre nosotros, negocios son negocios—dijo desenfadado—. Alan estaba interesado en ti, tú en él y todo ese rollo estúpido. —Bostezó y le siguió apuntando—. Te reunirás con él y serán felices en el infierno. —Sin esperar respuesta de Nora, le quitó la vida a otro ser inocente. No sintió nada, Joshua estaba podrido, le gustaba lastimar y poseer, dañar y arrasar con todo con tal de obtener sus propósitos. Cumpliría con la última parte, se llevaría lo que le consideraba suyo y lo haría pronto—. Limpia este desastre y quema esta pocilga—ordenó saliendo del lugar sin mirar atrás, parecía tan tranquilo, como si no hubiera matado a dos personas hace cinco minutos.

 

*****

 

Chicago pasaba las páginas de un reporte, se detenía en algunos detalles, corrigiendo y dejando sus observaciones. Se sentía ligera, en la oficina se respiraba paz, el ambiente era tranquilo. Hubiera querido que siempre fuera de esa forma, todo con armonía y en buenos términos, no obstante aquel ser despreciable y manipulador quería joderla una y otra vez, verla arrastrada frente a él, viéndola como un objeto a quien debía tener en su colección. Todo por una absurda obsesión. En el fondo de su ser sentía lastima por el hombre y esperaba que algún día  cambiara antes de que su terquedad lo llevara a su perdición.

 

— ¿Dónde demonios estará la inútil de Nora?—Michelle se paseaba como si fuera dueña y señora del lugar, creía que por el hecho de abrirle las piernas a ese animal tenía el cielo en una bandeja de plata. A Chicago no le importaba sus impertinencias y sus ínfulas de reina de vereda, pero habían momentos en los que deseaba que se largara con Joshua porque parecían el uno para el otro— ¿Es que aquí nadie sirve para algo?—Continuó con el alardeó y el ruido con su molesta voz—. Quiero saber dónde está esa perezosa de Nora para que me maquille, hoy viene un actor muy famoso. Afortunadamente existimos más presentadoras con mucho más talento—comentó con veneno, esperando que Chicago comenzara alguna rencilla con ella.

 

—Me alegra mucho por ti—expresó indiferente—. Espero que el canal crezca al igual que tu carrera. —Cerró el reporte y se encaminó a su oficina, Michelle la detuvo, mirándola con desprecio por ser el objeto de deseo de Joshua. Era humillante que mientras a ella la follaba como un descocido, nombrara a otra. Mientras ella soportaba su bestialidad, él invocara a otra mientras terminaba en su interior. No aguantaba ser puesta por debajo de alguien tan común como Chicago Adams, alguien que no destacaba sino fuera por ser una lame botas que inspiraba lastima.

 

— Te crees mejor que yo, ¿verdad?—Insinuó al borde de la ira—. ¿Crees que el reinado te durará para siempre? Yo, estúpida, seré  yo quien te quite el puesto y tu tendrás que venderte en cualquier canal de medio pelo mientras brillo. El jefe cree que soy una gran promesa—informó con orgullo.

 

—Ya me imagino a la gran promesa a la que él se refiere. —La miró de arriba abajo y la dejó pasar, no perdería el tiempo en provocaciones innecesarias—. En serio Michelle, quiero que busques lo que deseas en la vida, con decirme eso no me ofendes en absoluto. Al contrario, yo me iré y alguien debe continuar con el trabajo y mejorarlo. Solo espero que estés a la altura y seas más profesional.

 

—¡¡Por supuesto que soy una profesional!! ¡¿Quién carajos te crees para decirme eso, pendeja?!—La expresión de Michelle se transformó en una máscara de rabia, de envidia, de rencor por no obtener de ella algún reproche, algún golpe, algo que le diera motivos para atacar como soñaba.

 

—Soy alguien que te ha observado—dijo serena, algo raro en ella ya que en otros tiempos estaría sobre ella dándole cachetadas e insultándola. La influencia de sus hombres estaba cambiando su vida, le regalaban aquel equilibrio mental y emocional que necesitaba. Disipaban aquellos arranques de rabia que usualmente tenía cuando personas como Michelle la enfrentaban sin razón alguna, ella no tenía la culpa que su jefe fuera un lunático—. No entiendo cuál es tu problema conmigo. Nunca me he involucrado más de lo necesario, trato de llevarme bien con los demás y hacer mi trabajo. ¿Crees que porque estás con Joshua tienes el mundo bajo tus pies?—Michelle abrió la boca, estaba ofendida e impactada por las palabras de Chicago, sin embargo no encontró palabras para refutar sus afirmaciones. Ella continuó: —Quiérete más, valora tu trabajo por tus conocimientos y aptitudes, no por el provecho que puedas sacar de alguien con quien compartes momentos que solo te dejan vacía. No me gustaría que terminaras mal, aprende de los errores y crece cada día por tu esfuerzo. No culpes a los demás ni actúes con esa prepotencia que solo aleja a las personas—. Michelle la escuchaba atentamente con ira y con una pizca de aceptación, aunque nunca lo admitiría—. Trata a tus compañeros bien, no te refieras a ellos con palabras despectivas y peyorativas, lo único que logras es que te odien. —Chicago le sonrió, esperaba que sus palabras hicieran efecto en ella, al menos positivamente. Que entendiera que su camino al lado de Joshua no la llevaría a ningún lado. Sin esperar replica alguna, se alejó de Michelle, dejándola en la reflexión de sus actos.

 

La verdad es que estaba extrañada por la inusual ausencia de Nora y Alan. Una sonrisa juguetona apareció en su rostro. Seguramente aquellos dos estaban juntos hablando, confesando su amor, besándose  y amándose en privado. Chicago suspiró comprendiéndolos, ella amaba a dos hombres en lo seguro de su hogar, los consentía, los reñía, equilibraba su cariño por ambos. Le gustaba la mezcla perfecta que hacían ambos. Uno siendo un ser tan bello, con una personalidad pacifica, lleno de ternura y sensibilidad. El otro siendo un terremoto con una gran boca, impulsivo, travieso, con un gran corazón. Ambos tenían un corazón de oro por compartirla.

 

Mañana era el gran día, Jasón correría en la pista y ella aseguraba su triunfo, cosa que celebrarían como correspondía y luego partirían hacia nuevos horizontes juntos.  Jasón había vendido su apartamento  a un buen precio, con ese dinero comenzarían de nuevo mientras Chicago y Daniel terminaban de pagar la hipoteca de la suya gracias al generoso sueldo que ahora su esposo recibía aunque fuera solo por un lapso corto. Todo estaba listo a excepción de algo que le inquietaba: el comportamiento tan sombrío de Daniel. Ella intuía que algo más pasaba, a pesar de que él se esforzaba por distraerla con besos, caricias atrevidas, con palabras dulces y tranquilizadoras, nada surtía efecto en aquel presentimiento extraño que cubría su pecho. Pasaba la mayor parte de su tiempo en ese computador, ella quería pensar que estaba viendo pornografía, al menos tendría un motivo para reñir con él, pero no era así. Daniel analizaba miles de datos al azar, lo descubrió cuando dejó el computador descuidado en la mesa. Chicago no entendía absolutamente nada sobre aquellas gráficas y cifras extrañas, pero sabía que eso era algo enorme que le quitaba la paz a su chico. Hablarían del tema cuando se mudaran, por ahora disfrutaría de su ultimo día trabajando y luego emprendería un nuevo rumbo con los hombres que le quitaban la respiración.

 

Durante el día estuvo realizando su trabajo, extrañando a Nora y a Alan, pero trabajando como debía. Michelle la miraba con pena, confundida, y molesta por las palabras de Chicago. Ella seguía sin dedicarle atención a sus miradas extrañas, si quería decir algo, no le importaría ponerla en su sitio con elegancia. Siguió con la rutina en sus presentaciones, con una sonrisa resplandeciente y un humor de maravillas. Todo comenzaba a fluir como debía. Nadie sabía que ella se iba y era lo mejor, no quería que Joshua arruinara su vida con alguna artimaña, no sabía si aparecería por esa puerta a gritar y a maltratar al personal, y no quería que supiera nada sobre su partida y tratara de retenerla a su lado a las malas.

 

Al terminar su día  laboral, se sentó en la silla de la sala de juntas, dejando todo ordenado para que Michelle y las otras presentadoras continuaran con su labor con mejor orientación. Ella se había convertido en una autoridad por la ausencia de Joshua, la consideraban mejor jefe, con más experiencia y sabiduría. Ella no dejaba que esos halagos le subieran el ego, al contrario, se relacionaba más con sus compañeros e intentaba mejorar. La tristeza la embargó por completo, dolía horrores irse de un lugar que la acogió y le dio una oportunidad. Cada momento compartido con el señor Douglas, cada momento de aprendizaje, las risas, las discusiones, las celebraciones, eran parte de su vida y extrañaría mucho eso. Sin embargo sentía que ese nuevo comienzo mejoraría muchos aspectos de su vida y la haría madurar como persona. La esperanza de que Daniel se recuperara la llenaba de mucho ánimo y energía para continuar. Ese el motivo principal por el que se irían, y también para espantar demonios y malos momentos que rodearon su vida.

 

Salió de la oficina y lo que vio la dejó completamente paralizada. Abrió la boca y la cerró varias veces, las manos le sudaban, su cuerpo temblaba, las lágrimas se reunieron y su corazón latió fuera de lo normal.

 

Sus chicos estaban de pie, juntos con trajes elegantes, ella no se sentía muy cómoda al respecto. Estaba vestida con una blusa color azul oscuro de mangas cortas, un jean color negro y unos tacones plateados. No era la formalidad en pasta, y no entendía el motivo por el cual sus hombres estaban tan perfectamente arreglados y peinados. Daniel se había cortado el cabello, resaltando sus rasgos tiernos y angelicales, estaba vestido de traje gris, con zapatos negros. Sus ojos negros transmitían confianza  y alegría, su sonrisa le arrebató la respiración. Jasón tenía el cabello peinado de medio lado, de traje completamente negro, sus ojos verde oscuro la seducían, su sonrisa prometía llevarla al éxtasis. La combinación de aquellos hombres devorándola con la mirada, hipnotizándola con sus sonrisas, la desorbitaba por completo. Ambos llevaba un ramo de rosas, el de Jasón rojas, el de Daniel azules. Se acercaron y se lo ofrecieron, ella los recibió henchida de amor por esos hombres que no dejaban de sorprenderla.

 

— ¿Prometes que no las destrozarás?—Bromeó Jasón al recordar con una sonrisa triste el momento en que Chicago lo apartó por sus confusiones. Ahora era diferente, lo aceptaba, los recibía en sus brazos y les daba el cielo y más allá. Nada se comparaba con estar con la mujer que amaba.

 

—Están lindas—admitió abrazándolas a su pecho—. Creo que merecen un jarrón en mi casa—sonrió.

 

—Hoy tenemos una sorpresa para ti, mi Chiqui—dijo Daniel con una expresión relajada. No pensaría en aquello que lo atormentaba, disfrutaría de ese momento y dejaría todo de sí para que ella se sintiera feliz.

 

—Esperamos que te guste—intervino Jasón—. Nos tomamos el atrevimiento de comprarte algo para que lo uses para esta velada. —Fue hasta el auto y sacó una caja blanca. Daniel le ayudó a sostener los ramos enormes para que ella abriera la caja. Al ver su contenido se pasmó. Era un vestido azul celeste, de tiras, ceñido a la altura del busto, con pequeñas piedras incrustadas a lo largo del tiro largo. Era absolutamente precioso y estaba demasiado abrumada por esos detalles tan preciosos que no creía merecer.

 

—Te llevaremos a un lugar especial para que puedas usarlo—dijo Daniel inclinando su cabeza y adorando la forma tan bella en la que sonreía.

 

—Ayudaré a la dama a subirse en el carruaje. —Jasón la tomó del brazo, le abrió la puerta como todo un caballero para que entrara. Daniel se sentó a su lado y Jasón se sentó adelante para conducir.

 

Durante el trayecto no le revelaron nada, solo intercambiaban miradas cómplices y sonrisas burlonas. Chicago se sentía nerviosa, excluida por ver como esos chicos la miraban y se reían suavemente. Nadie dijo nada hasta que llegaron al lugar, Chicago comprendió perfectamente, estaban en el antiguo apartamento de Jasón. Confundida un poco, se bajó del auto sin esperar que alguno le abriera la puerta. Intentó adelantarlos para romper la secreteadera absurda de una vez por todas, pero fue detenida por el agarre gentil de Daniel. No le dijo nada, solo la sostuvo y caminó junto a ella mientras Jasón iba a la delantera.

 

Abrió la puerta para revelar por fin la razón por la que estaban en aquel lugar. Una línea de pétalos se encontraba en la entraba, esta conducía hacia un atril improvisado en la mitad de la sala. El lugar estaba iluminado por la luz tenue de las velas. Ella se preocupó por la irresponsabilidad de esos chicos al provocar un posible incendio con esas velas encendidas por tanto tiempo. Estaba despejado ya que los muebles fueron movidos a un lado, las ventanas cubiertas de cortinas semi-transparentes para darle un toque un poco más íntimo.

 

—Es aquí donde todo comenzó—expresó Daniel aun con su mano en su brazo—. Y queremos que todo termine aquí, con un cierre especial.

 

—Puedes ponerte el vestido, muero de ganas por verte en el—susurró Jasón a su espalda, ella tembló y obedeció.

 

Se internó en la habitación de Jasón y se vistió a la velocidad de la luz. Al salir los chicos la miraron como si fuera una aparición. El vestido le sentaba demasiado bien, resaltaba sus curvas y la belleza natural de su cuerpo. Aquellos hombres la admiraban de tal forman que la hacían sentir cohibida, como si tuviera que esconderse por ser el caramelo que todos querían probar.

 

—Estás perfecta para la ocasión—mencionó Daniel besando suavemente sus labios, probando ese néctar dulce que aceleraba su alma y la conducía por caminos lleno de rosas y prados verdes en los cuales podía recostarse y juguetear un poco. Era paciente, dulce, suave, imprimiendo una pasión camuflada con delicadeza. Ella se aferró a él, pasando sus manos por su cabello corto, moldeando sus labios con los de ella, emitiendo sonidos que encendían la pasión de Daniel—. Me robas la respiración, Chiqui—musitó sobre sus labios.

 

—Yo… no sé qué decir… Me siento…en las nubes—balbuceó con un sonrojo hermoso. Los chicos le sonrieron con tanto amor que no sabía qué hacer con el.

 

—Nosotros nos sentimos así todos los días—declaró Jasón tomándola de la mano—. Es por eso que queríamos decirte con este pequeño detalle lo mucho que te queremos, Fresi.

 

— ¡¿Pequeño?!—Chilló sin querer—. Esto es… lo mejor de mi vida chicos, no sé qué hice para merecerlos pero estaré eternamente agradecida por ponerlos en mi camino.

 

—Creo que nosotros pensamos igual—expresó Daniel—. Eres la mujer más especial que hemos conocido y tenemos la dicha de amarte, que nos ames sin merecerlo. Queremos ganarnos tu amor cada día, construir nuestros sueños juntos, llegar a ancianos juntos y rememorar nuestra vida juntos con alegría.

 

Lagrimas cayeron por las mejillas de Chicago. Que más deseaba que ese sueño llegara a ser una realidad, y lo seria porque estaban juntos, tenían las fuerzas y las ganas para perseguir sus metas y las cumplirían, triunfarían juntos. Daniel se alejó de ellos y tomó su lugar detrás del atril.

 

—Yo tuve mi matrimonio con Chicago, me casé enamorado y aún sigo enamorado de mi esposa—dijo mirándolos con una sonrisa—. Ahora es el turno de que Chicago complete el círculo y se unan en matrimonio.

 

La cabeza de Chicago comenzó a girar, la ansiedad y los nervios la tomaron, consumiéndola, la boca se le secó, las manos le sudaban y sentía el cuerpo demasiado pesado, la vista se le nubló y no podía procesar lo que Daniel dijo. ¿Casarse? Aquello era demasiado, una avalancha de sentimientos encontrados la arrolló a tal punto que le costaba respirar. El espacio le parecía demasiado pequeño, sus chicos eran solo dos puntos suspendidos en el lugar. Quería decir algo, cualquier cosa. Estaba aturdida y necesitaba organizar sus ideas para ejecutar todo bien, no estaba preparada para eso, no tenía votos elaborados, ni siquiera había un padre para que los casara. No estaba vestida de novia, no estaba lista. Eso era, no estaba lista para decepcionar a Jasón.

 

— ¿Fresi?—La voz de su chico la sacó de sus vacilaciones— ¿Es… que no quieres casarte conmigo?—Preguntó inseguro.

 

— ¡Por supuesto que sí!—Respondió rápidamente—Es solo que… no sé qué decir, no tengo votos, no hay padre. No… quiero decepcionarte, quiero que sea perfecto.

 

—Ya lo es—le dijo acariciando su mejilla—. Me caso con la mujer que amo, nada es más perfecto que eso. —Besó sus labios y sonrió más nervioso que ella—. Daniel tomó un curso en línea para celebrar esto—le indicó con la mirada enternecida—. Yo tampoco traigo votos—confesó—, solo traigo mi corazón para ofrecértelo por completo. Estoy más nervioso que tú porque es la primera vez que me caso. —Saltó sobre sus pies para aparentar tranquilidad—. Y no existe nadie más en mi vida que tú y quiero compartirla contigo, así sea por una ceremonia simbólica. —La tomó de la mano y beso sus nudillos—. ¿Quieres dar este paso conmigo?

 

—Si… quiero casarme contigo. —El corazón de Jasón dio un vuelvo y sonrió como un niño pequeño. Estaba más nervioso que Chicago, a pesar de ser un rito simbólico, para él real y sumamente importante. Todo estaba en juego y quería demostrarle a su Fresi lo que estaba dispuesto a hacer para tenerla a su lado toda su vida

 

Caminaron juntos hacia el altar, Daniel los esperaba completamente sereno. La felicidad de Chicago era suya, lo asumió al momento que la eligió como su compañera. La situación podría ser tomada como una locura, pero así comenzó todo: como una necesidad llevada por la demencia y la desesperación, sin esperar que eso abriera las puertas a nuevas opciones para ellos. Se enamoraron nuevamente, cayeron, pelearon, su amor estuvo a prueba y ahora estaba ahí, dispuesto a casarla con su amigo. Se rió por las circunstancias, por la ironía de la vida, y también porque no le molestaba. No sentía rabia, celos, envidia, esas ganas de rivalizar con Jasón, si lo hiciera no estaría allí. Entendió que Chicago amaba de esa forma, que nada ganaría con oponerse y hacer escándalo, es más, no encontraba una razón para hacerlo. Cuando los acogió a ambos en su vida, su relación creció, se afianzaron sus sentimientos y se acopló a la nueva situación. No sentía que fuera incorrecta, no encontraba nada anormal en aquello, para él eso esa decisión fue la correcta. Se sentía adecuado, más aún porque era su amigo, su hermano. Todo encajaba, eran el número de la perfección, el equilibrio,  el balance, la ecuanimidad en distintos aspectos de su relación. Si peleaban era por cosas triviales, eso lo sorprendía ya que pensaba que tendrían problemas peleando por la atención de su chica, pero peleaban más por los turnos en los quehaceres, por el desorden, por la comida quemada y la pereza. Daniel rió por lo bajo y sintió que por primera vez todo estaba en su lugar.

 

Recitó las palabras que una vez escuchó, podía palpar el amor en el ambiente, la forma en la que Jasón aferraba la mano de Chicago, la manera en la que ella  miraba a Jasón  y como lo miraba a él. No hacia diferencia, no lo excluía. Siempre estaba pendiente de sus necesidades y le proporcionaba la misma cantidad de devoción que tenía por Jasón. No se estaba casando solo Jasón, se casaban los tres. Juntos unían sus vidas para siempre, juntos transitarían por la vida y enfrentarían nuevos retos, lucharían lado a lado y enfrentarían sin intrigas lo que viniera para ellos. Pero para eso se aseguraría que su amenaza desapareciera, estaba empecinado en encontrar cosas en contra Joshua. Y lo había hecho, aunque nada sustancial. Por ahora se propuso a unirse con ellos para toda la eternidad y después de eso.

 

—Di tus votos, Jay—lo incitó, Jasón se acomodó el cuello de la camisa, se aclaró la garganta, sus mejillas se tiñeron de un adorable rubor. Se limpió el sudor de la frente y aclaró su garganta

 

—Fresi. —Movió la cabeza y la miró fijamente—. Quisiera adornar las palabras para que sonaran lindas para ti, quisiera ser algo mucho mejor. Pero ofrezco esto, este chico pueblerino y lleno de defectos que promete cuidarte, amarte, protegerte, serte fiel, escucharte y darte sonrisas. Quiero que cada minuto que pases a mi lado sepas que eres quien gobierna mi corazón y mi miembro. —Daniel y Chicago rieron—. Quiero que sepas que solo tú me enciendes, que aceleras cada parte de mi cuerpo, me pones duro. Solo tú me haces sentir perdido cuando no estás, solo tú animas mi espíritu y me das las fuerzas para luchar. Gracias por aceptarme en tu vida, gracias por amarme cuando no soy nada, cuando no puedo llegarte a los talones. Siento que debo esforzarme cada día más porque vales la pena, siempre lo has valido y quiero que te sientas orgullosa de mí. Te amaré toda la vida, Chicago Adams

 

La joven se rompió en un mar de lágrimas, allí junto a los dos hombres que amaba, nada podía ser más hermoso, sublime, glorioso en todas las formas, extraordinario. Se sentía rodeaba por una nube blanca en la cual solo ellos dos podían ir y danzar junto a ella. La palabra perfección se quedaba corta, eso era mejor de lo que alguna soñó. Era estar viva, sentir cada parte de su cuerpo despertar de un largo letargo y dejarse invadir por las sensaciones que la desorientaban y la elevaban. Brillaba por ellos, para ellos. Reconoció que la propuesta fue lo más acertado, fue lo que definió todo, lo que permitió que se redescubriera y comprender aquellas cosas que quería sepultar. El amor tocó su puerta y por partida doble, no había mejor fortuna que esa.

 

—Yo… me siento orgullosa de ti—dijo con voz llorosa—. No cambiaria ni un solo cabello de tu cabeza. Me encanta así como eres y soy yo la que debo esforzarme, debo estar a la altura de dos grandes, de dos hombres que me roban la conciencia y me quitan la tranquilidad. Amo que sean parte de mi vida, amo que aceptaran estar conmigo de esta forma, y por eso sé que debo luchar para que todo lo que ustedes dejaron por mi valga la pena. Son fenomenales, cada uno aporta a mi vida cosas que me complementan, cada uno tiene algo que… necesito y me da ese plus para continuar. Quiero seguir con ustedes hasta que mis huesos se cansen, hasta que me duelan las articulaciones, hasta que camine a paso lento por el cansancio de toda una vida transitada. Todo lo quiero compartir contigo, con Daniel. Nada sería igual si uno de ustedes me hace falta. Los amaré toda la vida.

 

Los tres se agarraron de la mano, cerraron la brecha, entregaron una parte de si y por fin, comprendieron lo indispensable que eran el uno en la vida del otro. No solo Daniel y Jasón le aportaban cosas a Chicago y viceversa, sino que Jasón le proporcionaba a Daniel la valentía para atreverse a explorar más de sí mismo, Daniel le daba a Jasón la calma para discernir mejor y tomar las mejores decisiones. El camino estaba comenzando, los esperaba para transitar y vivir nuevas experiencias.

 

Daniel se aclaró la garganta para terminar la ceremonia.

 

—Ahora los declaró marido y mujer. Puede besar a la novia. —Jasón la atrajo a su pecho y unió sus labios en un beso demoledor, revelador y sobretodo, el beso de despertaba cada célula de su cuerpo y lo hacía renacer como el ave fénix. Era suya, era de Daniel, era de ambos, lo demás no importaba. Su lengua ingresó en su boca y absorbió su esencia, como si quisiera robársela, la mordió suavemente, la saboreó hasta que sus labios se hincharon, extrajo lo mejor de ella para guardarlo para sí.

 

Cada mañana sería un reto, cada día sería un desafío. Juntos vivirían cada día al máximo, amándose, cuidándose y siendo cómplices.

 

—Pueden pasar a su noche de bodas.

 

 
 

 
 
La propuesta
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