Especial 1: Irresistible

 
 

Revisaba los documentos una y otra vez. Era imposible, increíble. La maldad de los seres humanos tenía las manos demasiado largas. Llegaban a partes que nunca imaginó, lugares a los que pertenecía, personas a las que conocía, o creía conocer. Cada vez que leía los documentos encontraba nuevas evidencias que inculpaban a compañeros de trabajo, jefes, personas del gobierno. Era una maldita bomba de tiempo lo que poseía en sus manos.

 

Siempre quiso ser una persona que defendiera a los más vulnerables, proteger los derechos de aquellos que más lo necesitaban, ser la voz del pueblo sumido en el miedo. Sin embargo al ver los documentos, se daba cuenta que pertenecía a una institución corrupta, ennegrecida desde las entrañas. Sabía que el cuerpo de policía no era perfecto, como todo sistema poseía fallos, le permitía inmunidad al fuerte, al verdugo. Los casos mal manejados le daban la oportunidad al malhechor de salirse con la suya, era consciente de ello y trabajaba duramente para cambiar el sistema desde dentro. No obstante leer esas obscenidades le revolvía el estómago.

 

Venta de órganos, trata de personas, incluyendo menores de edad, tráfico de estupefacientes, entre otros. La lista era bastante amplia, el caso a manejar salpicaba personas con las que trabajó hombro a hombro. Destapar la olla podrida pondría precio a su cabeza y a la de la persona que le enseñó dichas pruebas.

 

Esa mujer estaba completamente desquiciada. Si él no hubiera interceptado esos papeles muy seguramente estaría tres metros bajo tierra. No entendía como era capaz de llamarse a sí misma periodista y cometer la novatada de entregar esos documentos vía correo para que llegara a cualquier policía, arriesgándose a que fuera alguno de los implicados. Joder, esa mujer quería una bala en la frente.

 

En el instante en que tuvo el sobre en sus manos, la contactó para cuestionarla. Las fuentes de las que obtuvo la información eran confidenciales, solo le reveló algunos detalles relevantes, el resto lo debía averiguar por su cuenta. Todo lo que contenía era correcto, las fuentes no mentían, el documento era verídico. Lo cual lo hacía mucho más riesgoso.

 

Que ella estuviera involucrada en el caso lo hacía mucho más difícil. Ella quería estar al tanto hasta el más mínimo detalle, exigía estar enterada del desarrollo del mismo. Era su maldita primicia, su pez gordo, trabajó duro para ello. Solo le importaba un puto ascenso a costa de su vida. No podía ser más interesada y tonta.

 

Aun así, unos hilos delgados y finos lo atraían hacia ella sin ser capaz de cortarlos. Entre más conversaban y pasaban tiempo juntos, más le gustaba. Maldita mujer oportunista. Negar que fuera hermosa sería una blasfemia. Era una mujer con todo en su sitio. Con esa lengua ponzoñosa a la que deseaba tener en su garganta, enredada en su erección. ¡Mierda! De solo pensarlo volvía a empalmarse. ¿Es que siempre seria así al evocarla? Se había involucrado con Daniel Sanders, uno de los novios de Chicago Adams, un caso complicado en el cual ella estuvo implicada. Gracias a ello y al cubrimiento del secuestro y liberación, tuvo un puesto privilegiado en el canal donde laboraba. Era jefe de edición y contenido. Presentaba temas polémicos y delicados. Era mordaz, sin pelos en la lengua. Una autentica imprudente que terminaría seriamente herida si no sabía controlarse.

 

Esa mujer solo buscaba una posición, llamar la atención. Sus ojos de loba lo revelaban, cada vez que lo miraba lo hipnotizaba, lo cual cada vez era más difícil de resistir. Cada vez que hablaba se limitaba a observar el movimiento de sus labios delineados, marcados por ese color rojo, su favorito lastimosamente. Siempre moviéndose con fluidez, como una serpiente cascabel, buscando poner su veneno, buscando atraerlo para marcarlo con la muerte. Seis meses trabajando en ese caso del mal y ella solo quería ponerle fin. Michelle buscaba apresurar las cosas, él quería ir con mesura para no meter la pata y terminar muertos.

 

Por esa razón se autoproclamó protector de esa loba con alcances inimaginables, esa diva que se metía en sus sueños, atormentándolo con ese cuerpo de ataque. Era tan contradictorio para él quererla lejos cuando debía velar por su protección. Por más que no soportara su presencia, eso no significaba que la quisiera muerta. Es más, cualquiera que le tocara un solo cabello, moriría de la manera más cruel.

 

Luego de revisar el caso, se adentró a tomar una ducha para meditar. Le pidió que fuera puntual, que trajera ropa de cambio. Pasaría la noche en su casa con el fin de espantar ciertos cuervos que esperaban devorarla. Estaba cubriendo los puntos de ataque, dejarla sola abriendo la boca por ahí la hacía el blanco más apetitoso. Por eso le ordenó quedarse en su casa una noche para descartar algún tipo de atentado, y para resguardarla. A decir verdad era una tarea estresante, titánica. Estar cerca de ella y a la vez querer salir corriendo a kilómetros de distancia le resultaba incómodo.

 

Había pasado mucho tiempo desde que estuvo con alguna mujer, años a decir verdad. Su enfoque estaba puesto en su carrera, en sobresalir y hacer lo correcto. Tenía citas, pero no duraba un par de meses con alguna, de hecho con algunas solo era cuestión de horas antes de terminar. Todas mentían, todas tenían pasados de los cuales no quería ser participe, todas quería sacar provecho de su status como policía y hacer lo que quisieran. En ocasiones un polvo rápido era la salida más sencilla, ni siquiera podía disfrutar de ello. Las chicas con las que se involucraba eran demasiado chillonas, demasiado estúpidas como para meter su polla en ellas. Estaban hechas para ser cogidas como carne de cañón y luego ser desechadas.

 

Eso aburría, tener que intercambiar tres palabras con mujeres como esas y luego tirárselas por tres minutos eternos, llenos de escándalos, gemidos fingidos, gritos extravagantes para finalizar decepcionado.

 

Mientras el agua fría buscaba apagar la llama, Knox la encendía con pensamientos pervertidos. No era nada considerado al frotarse el pene. Se lo agarraba con fuerza, moviendo la mano con brutalidad, con salvajismo. No quería congraciarse con toquecitos suaves, no era ningún santo. Y menos imaginándose a Michelle, de rodillas, con la boca abierta, recibiendo su miembro duro. En su imaginación la tenía inmovilizada contra la pared, balanceando sus caderas con violencia, con ferocidad. En su juego mental y caliente, ella estaba quieta, mojándose bajo el chorro de agua helada, arrodillada, tomándolo con su boca, acogiéndolo en la profundidad de su garganta, sosteniéndolo allí y tragándolo. Ella se tocaba, introduciendo sus dedos en su sexo húmedo. Knox estaba perdido en su boca cálida, es esa mirada picada que le dirigía al momento de introducirse y salir.

 

— ¡Mas! ¡Quiero más!—Golpeó los azulejos, sacudiendo su mano rápidamente, con rudeza. Una vez más dejó que su mente lo transportara a la imagen de Michelle, en la misma posición, masajeando su longitud venosa con su lengua. Que suave, que caliente, que sensación tan genial. Estaba sumergido en la fantasía más intensa de su existencia, una que despertaba sus instintos adormecidos, sus ansias, su animal primitivo. Su boca se abrió, sintiendo como sus bolas se apretaban, su miembro creía y se engrosaba. Estaba cerca del tan anhelado final feliz, ese final que pocas veces podía conseguir con alguna chica.

 

Meció sus caderas una y otra vez, dedicado a encontrar el consuelo de la eyaculación sin importarle lo miserable del asunto. El agua salpicaba su espalda, sin brindar algún tipo de consuelo a su situación, sin poder calmar esos apetitos que tenia por una particular periodista a la que quería follarse hasta quedar seco. Se jalaba la erección con severidad, sintiéndolo más resbaladizo, más grueso, a punto de derramarse. Pegó su pecho contra la pared, abrió la boca impresionado al sentir ese cosquilleo bajándole por toda la espalda, sus bolas apretándose, su torso endureciéndose, su respiración rauda, la imagen de Michelle siendo tolerante ante sus estocadas furiosas.

 

Se corrió, gritando, desahogando su semilla espesa contra la pared, deseando que fuese la boca de esa diva engañosa.

 

—Trágatelo todo—exigió—. Así te gusta, cremoso y abundante—murmuró empapando la pared con su esencia. Se había corrido demasiado, hacía mucho tiempo que no veía la necesidad de tocarse, pero de alguna manera necesitaba liberar toda esa tensión provocada por una mujer sin escrúpulos, una chica que se metía con cualquier idiota con tal de lograr algún objetivo. Era el tipo de mujer que despreciaba, que mantenía a distancia prudencial, no obstante había más detrás de esos ojos inexpresivos y perversos que quería descubrir, además de su cuerpo.

 

Sintiéndose repentinamente avergonzando por lo ocurrido en el baño. Terminó de lavarse como un rayo, secando su cuerpo. Se vistió con una camisilla blanca, pantalones de lana color azul, unas medias blancas para que sus pies no se congelaran. Se dirigió a la cocina a prepararse algo de comer. Ser soltero le daba el lujo de prepararse cualquier cosa, no tenía que preocuparse por complacer a su pareja o ser complacido con comidas elaboradas, eso no cambiaría nunca.

 

Se preparó un sándwich y un café. Al dirigirse a la mesa para seguir revisando las pruebas, buscando encontrar a los verdaderos artífices de tanta maldad. Mientras disfrutaba de su comida y de su trabajo, el timbre sonó. Se levantó de golpe, Michelle estaba detrás de esa puerta. Sus mejillas se ruborizaron, no sabía si la miraría a los ojos luego de usarla mentalmente como kleenex. Esperaba no ser tan transparente para que ella lo notara más extraño de lo usual.

 

Se limpió las migajas que cayeron en su regazo, dirigiéndose a la puerta. Armándose de valor abrió la puerta. Allí estaba, tan hermosa y lejana. Llevaba una blusa azul claro, de cuello cerrado, manga larga. Pantalones ajustados color crema, zapatillas negras. Su cabello iba suelto, las hebras rozando sus hombros, encharcando su cara redonda. La notaba nerviosa, agitada. Agarraba el brazo de la maleta como si su vida dependiera de ello, movía los pies como si le picaran. Sus ojos estaban hinchados, rojos. Era evidente que estuvo llorando, aunque quería preguntarle la razón, prefería que se diera el momento para preguntar.

 

— ¿Puedo pasar?—Preguntó con voz rasposa. Knox se hizo a un lado.

 

Ingresó al apartamento, esperaba desorden, suciedad. No obstante se sorprendió al ver el lugar limpio, las cosas en su sitio. A decir verdad era acogedor. Una sala-comedor con muebles negros y beige, un televisor decente para entretenerse, una mesa de centro de vidrio, a la distancia perfecta para colocar los pies. El comedor se encontraba cerca, de dos puestos, una mesa redonda en la cual estaban los documentos que ella le hizo llegar. Aunque él creyera que era una imbécil que no media el peligro al enviar un sobre sin remitente que caería en manos de cualquiera, su intuición le decía que Knox estaría cerca rondando el buzón. Por lo cual lo dejó unos minutos antes de que hiciera su revisión matutina, escondiéndose para verificar que en efecto lo recibiera. Al ver que sostenía el grueso sobre en sus manos se marchó con una sonrisa de satisfacción.

 

Se entretuvo observando un estante lleno de diplomas, premios por atletismo, fotos de la academia de policía, menciones de honor. El tipo era capaz de lidiar con cualquier situación, era evidente. A pesar de que fue criticado por el manejo del caso de Chicago, para ella él tomó las decisiones necesarias para acabar con ese monstruo.

 

La cocina estaba bien equipada, una cafetera, unos cuantos platos debidamente colocados en la encimera en forma de “L”. El color café y negro eran predominantes en su apartamento, justo como él hombre que le preparaba algo de comer. Knox era fuerza bruta, tosco, sin tacto, pero tenía un sentido grande de justicia, eso era admirable y digno de elogiar. Se mordió el labio, deleitándose con ese panorama tan exquisito. De espalda ancha, brazos grandes y musculosos, un trasero redondo y dispuesto a recibir una mordida, Knox era el tipo de hombre que la atraía. Su mirada indicaba peligro, sus labios delgados merecían un beso sucio, su cuerpo debía ser lamido. Por más que intentara sacarlo de su mente, le era imposible. Knox era irresistible, lo aceptó cuando soñaba con él, cuando lo tenía cerca, mirándola con desprecio. A pesar de que su trato no era amable, Michelle confiaba en su capacidad de resolver conflictos, al menos los que le competían, porque el lio que se armaba  entre sus bragas mientras se encontraba con él en sus sueños, tocándola, lamiéndola, penetrándola, ese tipo de conflicto era solo suyo.

 

—Siéntate—dijo Knox sacándola de sus pensamientos libidinosos. Después de lo ocurrido con Daniel se prometió no involucrarse con hombres que no le convenían. Quedó devastada al romper con él. Nunca encontraría un hombre con tanto amor, tanta bondad, un angelito, ese era Daniel Sanders. Quiso ser correspondida, ocupar un lugar que no estaba disponible. Intentó valerse de lo que mejor conocía para atraerlo, no funcionó como esperaba. Por tanto no salía a discotecas, no tenía citas, no le gustaba nadie, no perdía el tiempo, su trabajo era prioridad. Gracias a ello pudo conocer más de cerca a Knox y también estar en riesgo de ser asesinada. Al recordarlo los ojos se le llenaron de lágrimas. No le importaba lo que le pasara a ella, lo que le afectaba realmente era la vida de los seres queridos que dejó atrás por buscar una vida mejor.

 

— ¿Te pasa algo?—Cuestionó un tanto exasperado al verla distraída. Generalmente era parlanchina, vanidosa, un tanto arrogante en su manera de expresarse.

 

—Re-recibí una amenaza—explicó aferrándose al morral. Knox se levantó, pateando la silla hasta romperle una pata. Se paseó por la sala acariciándose la calva. Se asomó por la ventana para ver si había alguna actividad sospechosa, algún vehículo fuera de lo normal. La paranoia se hizo presente. Iban tras ella, le querían hacer daño y todo por husmear donde no la habían llamado. Quien fuera el ser putrefacto que lograra alterarla de esa manera merecía morir de la manera más despiadada que existiera. No permitiría que le tocaran ni un solo cabello, no la dejaría sola cuando más lo necesitaba. Iría por todos ellos y los descabezaría. ¡Malditos hijos de puta!

 

— ¿Qué dice?

 

Con manos temblorosas, Michelle sacó una nota, las letras eran recortes de revistas. Muy típico de dementes y perros falderos. Al leer la última parte quedó un tanto confundido.

 

No sigas metiéndote en donde no te han llamado, ramera de mierda. Seguramente no querrás una visita inesperada en Misisipi; una muy, muy desagradable”

 

— ¿Quién diablos vive en Misisipi?—Interrogó amenazante. Cualquier dato omitido podría causar daños irreparables a la investigación y a sus vidas.

 

—Mi familia—respondió. Knox alzó una ceja incrédulo, logrando ofender a Michelle—. ¿Qué? ¿Crees que soy una perra que no se preocupa por nadie?

 

—Yo no he dicho eso…

 

—No hace falta que lo digas, tu cara habla por sí sola. —Tomó aire, no iba a llorar, y menos dejarle ver lo mal que se sentía por la amenaza. Si hubiese sido dirigida hacia ella no le hubiese importado, total, en su trabajo podría correr ese tipo de riesgos, era natural que al descubrir secretos tan aberrantes te expusieras a eso. No obstante nunca pensó que dieran con su familia, se había encargado de borrar algún tipo de conexión. Lo hizo por seguridad, porque quería evitar lo que ahora no podía. Lidiaba con tipos más astutos que el infeliz de Joshua Grantt, eso la aterrorizaba.

 

Knox se calmó, no quería ponerla a la defensiva, de nada serviría cuando debían trabajar como equipo, ahora más que nunca con esa nueva sorpresa, una muy desagradable.

 

La observó por un momento, perdiéndose en su mirada verdosa. Sus ojos acuosos, su expresión de angustia, su cuerpo tembloroso. Se aferraba a ese morral como si fuera su salvavidas, envidiando a ese estúpido objeto que no le podía brindar un calor genuino, un calor que estaba dispuesto a darle si ella cedía un poco. La protegería, mataría por ella, la seguridad de ese pensamiento lo dejó en estupor. Le resultaba irresistible, provocativa, tentadora.  Un juego de poder que ella jugaba a la perfección. Quería tenerla, quería que se rindiera. No obstante sabía que ella no era una presa fácil, era una loba que atacaba a quien quisiera lastimarla, actuando por miedo. Él estaba dispuesto a enseñarle a defenderse, a cuidar de ella y de su familia.

 

— ¿Quiénes viven en Misisipi?—Preguntó con cuidado, ella lo miró, esta vez dejando ver una poco más de aquella chica que fue alguna vez.

 

—Mi madre y mi hermano—dijo—. Él… tiene síndrome de Down. Mi madre lo cuida. Les envió dinero para cubrir lo que necesiten.

 

— ¿Y tu padre?

 

—No esta—afirmo mortal—. En cuanto Edwin nació se fue. No lo consideraba valioso, lo despreció y yo lo odio por ello—repuso con asco—. Todo lo que he hecho, lo hice por él, por su mejoría, por una mejor calidad de vida. Abandoné mi hogar y rompí contacto por protegerlos. De nada me sirvió. Ellos están en el puto ojo del huracán por mi culpa.

 

—Yo… Confía en mí—se atrevió a decir. Ella le sonrió, por supuesto que confiaba en él, ciegamente. Era justo, correcto, y ardiente como el infierno. Su postura rígida, su mirada encendida, rabiosa, le gustaba. Era la mezcla perfecta entre rudeza y seriedad. Un condimento inalcanzable—. Estarás segura aquí esta noche, podemos pensar en una estrategia para dejarlos al descubierto sin que tú y tu familia corran peligro. Voy… a contemplar la posibilidad de contactar viejos amigos que me deben favores. Es lo mejor que tenemos por ahora. Los mantendré vigilados. Los protegeré.

 

No supo que la impulsó, pero era demasiado tarde para retractarse. Se le lanzó encima, sentándose en su regazo, envolviendo sus brazos alrededor de su cuello. Knox se petrificó, estupefacto ante esa muestra de agradecimiento que nunca esperaría de ella. Su  aroma a durazno era embriagador. No sabía dónde colocar sus manos, no quería ser irrespetuoso. Su deseo aumentaba a niveles insoportables, su entrepierna dolía por la presión que se acumulaba y no hallaba la grandiosa liberación. Su respiración era un completo caos porque no sabía cómo manejar esa situación, si sostenerla o apartarla. En realidad no estaba haciendo ninguna de las dos cosas.

 

El pulso de Michelle iba como una locomotora a toda máquina. El cuerpo de Knox era macizo, grande, intimidante. Sin embargo no le temía, no podía temerle a alguien que nunca se había propasado, ni insinuado. Era tan estricto, tan cuadriculado que seguía el camino establecido. En cierta forma le parecía inocente, cosa de la que se quería aprovechar.

 

Se apartó un poco, quedando a escasos centímetros de su rostro. Sus ojos negros la escrutaban con cierto nerviosismo, como si esperara alguna reacción adversa de su parte. Si en realidad viera lo que realmente quería de él, la estaría empujando por la ventana.

 

Tragando saliva ante la repentina valentía, Michelle le rodeó el cuello, acariciando con la yema de sus dedos sus mejillas, bajando por su barbilla, rozando ligeramente su labio inferior. Notó con cierta satisfacción el miembro de Knox elevándose hacia su centro. Descaradamente, ella movió sus caderas, sintiendo la dureza y longitud de ese hombre que temblaba, tratando inútilmente de restringirse de la sensación demencial del roce candoroso y atrevido de Michelle.

 

No pudo evitar emitir un gemido de gozo, de dolor, de culpa, del deseo más primitivo y enloquecedor que alguna vez hubiese sentido. Ninguno daba su brazo a torcer. Un juego de miradas penetrantes se daba lugar en la sala del policía. Michelle lo retaba a detenerla, Knox la retaba a continuar. Ambos descubrirían las consecuencias si se rendían.

 

Continuó acariciando su rostro, delineando sutilmente su labio inferior mientras que sus caderas seguían con el evidente bamboleo. Knox se agarraba de la silla, luchando por no tocarla y traer el infierno. Sus ojos eran dos rendijas oscuras, cubiertas por la lujuria y la necesidad de poseer ese cuerpecito que lo reclamaba. Su cuerpo en tensión indicaba lo mal que lo estaba pasando, la lucha interna por querer alejarla, salvarla de él, o devorarla como suplicaba con la mirada. Cediendo un poco, elevó una mano para tocar su cabello. Era largo, liso, de un color caramelo muy delicioso, como ella. Michelle inclinó la cabeza, aprobando la caricia. Eso fue suficiente para quitarle el anillo a la granada.

 

La tomó de la parte posterior de su frágil cuello, estampando sus labios. Michelle abrió los ojos sorprendida ante la iniciativa de Knox. El hombre era exigente, violento, y bastante bueno en cuanto a los besos se refería. No se definía, más bien probaba lo que podía agradarle. Sus labios la moldeaban lentamente, saboreándola, gimiendo de gusto, como si estuviera probando la bebida más deliciosa jamás hecha. Succionaba su labio superior sin ejercer presión, en cambio a su labio inferior le hincaba el diente, sin lastimarla del todo. Lo lamia, lo empapaba con su néctar, volvía y atacaba hasta volverla loca.

 

—Saca la lengua—ordenó en un tono sensual, fue suficiente para que sintiera su entrepierna húmeda. Hizo lo que le dijo, dejándola por fuera. Knox la tomó entre sus labios, succionándola hasta llegar a sus labios y encontrarlos. Michelle gimió, apretando su agarre en sus hombros. Esa caricia la hizo poner sus ojos en blanco. Un beso exquisito, placentero y muy carnal.

 

Mientras seguían en su beso cada vez más intenso, Knox se levantó, agarrando a Michelle por las nalgas. Caminó hacia la pared más cercana, estrellándose. Knox la sostenía con su cuerpo, dejando sus manos libres para tocarla con gusto. Sus senos rellenitos, firmes, merecían una atención especializada, en cuanto se quitara esa blusa estorbosa. Ni que decir de su entrepierna. Tenía que estar mojada, hinchada, resbaladiza para recibirlo. Sus manos podían tocar su cintura, agarrar su cabello para echar su cabeza hacia atrás y tener el acceso a su cuello. Deslizaba sus labios, rozaba sus dientes, su lengua. Sin darse cuenta la estaba marcando como un vampiro, un sello de posesión, un acto impropio de él. Estaba encarnizado con ella, encontrando el sonido de sus gemidos apropiados, estimulantes, agradables. Necesitaba marcarla con su boca, su cuerpo, su semilla. Necesitaba apartarla de cualquier imbécil que pudiera poseerla como él deseaba.

 

Chupando su cuello, Knox tuvo un breve momento de lucidez, en el cual se detuvo. No quería hacerle daño, no quería que se enojara por esa marca que dejó en su cuello. Sin embargo no se dio cuenta que Michelle estaba fascinada, sosteniendo su cabeza para que siguiera. Ahora estaba un tanto extrañada porque se detuviera.

 

—Dime que no quieres esto, Michelle. Dime que no puedo continuar tocándote así, comportándome como un cavernícola. Dime que quieres que pare—suplicó casi en agonía. No quería que saliera espantada ante las cosas que se le cruzaban por la cabeza al tenerla así de cerca, tan dispuesta, casi derretida. Lo mejor era apaciguar las cosas para no arrepentirse al día siguiente.

 

—No te voy a pedir nada de esas cosas—afirmó Michelle inflexible—.Vas a terminar el desastre que has armado. Vas a desnudarme, a tocarme, a meterla hasta que la sienta en el útero. Me vas a aliviar el dolor que siento porque no estoy llena de tu jodida polla. En este momento James Knox, vas a darme esto porque te deseo, te necesito. Llevo noches enteras soñando con esto. —Buscó su mirada, él estaba abrumado, confundido, dividido entre lo correcto y lo que no lo era. Ella le daría el empujoncito que necesitaba—. Si no haces esto, te odiaré, desapareceré de tu vida y haré que te arrepientas por dejarme a medio camino.

 

Knox gruñó como un león a punto de destrozar a su presa. Le agarró el cabello, casi doblándole el cuello. No le permitiría semejante atrocidad. Aun cuando quisiera alejarla, se mentía a si mismo diciendo que era lo mejor, podía ser lo correcto pero no lo que deseaba. Estaba tal y como quería, no lo iba arruinar y menos ahora que tenia luz verde.

 

—Te he dejado un horrible chupón en el cuello—repuso mirándola a los ojos. Ella le devolvió la mirada soberbia.

 

—Eso se puede camuflar, grandulón—sonrió insolente—. ¿Algo más?

 

— ¿Has follado con alguien últimamente?

 

—No, no he follado con nadie en estos últimos meses.

 

—Supongo que estas limpia.

 

— ¡Claro que sí!—Bramó molesta—.No soy tan estúpida como para abrir mis piernas sin que haya al menos un condón de por medio. Y en caso de que no fuera así, me hago exámenes. ¿Tu estas limpio? ¿Has follado con alguien?—Interrogó fastidiada y para qué negarlo, un poco celosa. No quería que ninguna mujerzuela le hubiese metido la mano recientemente. El idiota era guapo, no quería pasar por la humillación de ser comparada con otra.

 

—No soy virgen si es a lo que te refieres. —Michelle soltó una risita—. No he estado con nadie últimamente. Estoy limpio. Y si voy a follar, es contigo. —La apretó contra su cuerpo, ella suspiró—. Luego no quiero que te niegues, te di la oportunidad y tú accediste—advirtió

 

—Nada de arrepentimientos—sonrió—. Necesito que me beses, porque me estoy aburriendo con este interrogatorio improvisado.

 

Obediente, atacó su boca sin piedad, sin tregua, gimiendo contra su boca, agarrando su trasero para llevarla a la habitación. Seguían cautivos, explorando sus cuerpos con sus manos. Michelle se maravillaba al tocar el cuerpo esculpido de Knox. Sin duda alguna era un monumento digno de ser exhibido, solo para ella. De hombros anchos, brazos musculosos, su pecho duro, marcado, fibroso. Sus manos iban y venían por su pecho, su cuello, su espalda. Ardía por él, lo necesitaba más que nunca, necesitaba que calmara la turbulencia entre sus muslos, que aliviara sus dudas y sus temores. Necesitaba despejarse de toda la mierda que llevaba encima.

 

Knox no perdió el tiempo. Tomó el borde de la blusa, sacándoselo por la cabeza. Se quedó boquiabierto al ver sus pechos redondos, grandes sin ser exagerados, cubiertos por un sostén color lila. De inmediato se lo desabrochó, besando su cuello, bajando por su clavícula hasta encontrarse con uno de los capullos. No perdió el tiempo admirándolo, le dio el calor de su boca, chupándolo, succionándolo, lamiéndolo. Michelle se retorcía, acariciando su cabeza, animándolo. Knox se tomaba su tiempo en estimular sus pechos. Mantenía uno en su boca y el otro preso en su mano. Su lengua tocaba la punta del pezón, golpeándolo suavemente, luego soplaba y volvía a succionar. Besó y chupó el seno con entusiasmo, pasando al otro. Allí su dureza de vio reflejada al chupar con fuerza. El útero de Michelle se contrajo, excitado, mojándose con anticipación. Knox mamó aquel capullo con dureza, envolviendo el pezón entre sus labios para jalar. Ella se arqueó, aruñando su cuello, él recibió esa caricia complacido. No era escandalosa, ni sobreactuaba. Él la media, avanzaba de tal manera que le permitía conocerla, tocar los puntos adecuados, no obstante en su mente se tejía un pequeño juego, una fantasía que quería hacer realidad en ese instante.

 

Se apartó, observando los pechos sonrojados, uno más que el otro. Sonrió con prepotencia, aquellas marcas no se irían tan rápido. Si algún idiota quisiera acercarse a ella, la prueba de que él pasó por su cuerpo estaría presente. Una huella que no se iría en un par de semanas

 

Knox se levantó, quitándose la camisa y los pantalones. Michelle abrió los ojos impresionada al notar que no llevaba ropa interior. Todo él era demasiado excitante, exquisito. Una cara peligrosa, un cuerpo poderoso, y un miembro que quería en su interior.

 

—Quítate los pantalones, déjate las bragas—indicó sombrío. Extrañada por la petición, se quitó la prenda solicitada, quedándose en unas diminutas bragas color lila, apenas tapaban su sexo. Apretó su miembro, frotándoselo—. Tócate y dime que te gusta.

 

— ¿En serio quieres eso?—Preguntó divertida.

 

—Sí, quiero que metas tu manita en tus bragas, juegos contigo mientras te veo—contestó, lamiéndose los labios.

 

Michelle lo observó curiosa, no imaginaba que al policía le iban ese tipo de juegos. Cerró sus ojos, dejándose llevar. Metió la mano entre sus bragas, introduciendo un dedo en su interior. Los gemidos llenaron la habitación. Knox se masajeó con rudeza, justo como lo hizo bajo la ducha. Le encantaba ver como la piel de Michelle se perlaba ante la excitación, sus labios entreabiertos, su cuerpo retorciéndose, tocándose los senos. Era bellísima, traviesa, altiva, a su disposición.

 

—Cuéntame, ¿en qué piensas?

 

—Tu, con tus dedos en mi vagina, metiéndolos y sacándolos. Tu lengua en mi clítoris, succionándolo, lamiéndolo, tocándolo. ¡Oh Dios!—Exclamó presa de la seducción.

 

— ¿Estas mojada?—Preguntó, acercándose a ella a pasos largos y silenciosos

 

—Mucho

 

—Dime, ¿qué más te gusta?

 

—Quiero que metas la punta, luego te retires para meterlo por completo—Knox gruñó—. Que me provoques con movimientos lentos, me invites a jugar contigo. Me gustaría que en algún punto salieras y volvieras a meterlo… James, ¡Hazlo ya!—Clamó a punto de ser derrumbada por un orgasmo que quería compartir con él. Knox no pudo resistirse al ser nombrado. Ninguna mujer lo había llamado por su nombre, a excepción de su madre. El hecho de que ella recordara con quien estaba, lo llevaba al límite.

 

—Saca tu mano. —Ella la retiró de inmediato. Knox la tomó, saboreando su miel. Deliciosa, su sabor era adictivo, dulce. Los chupó meticulosamente, sin desperdiciar ni una gota.

 

Se acomodó entre sus piernas, retirando la telita que cubría su sexo. Con sus dedos tocó los pétalos inflamados y empapados. Aquel roce estuvo a punto de sacarla de la cama. Alucinante, embriagante. Knox estaba al borde del precipicio, se acariciaba al tiempo que tocaba a Michelle. No introdujo los dedos en ella porque otra cosa, gruesa y larga, marcada por venas, la machacaría.

 

Alineó su pene, tocando de arriba abajo la entrada lubricada y ansiosa de esa loba de ojos verdes que lo animaba balanceando las caderas, siguiendo sus toques perversos.

 

— ¿Me quieres aquí?—Presionó su glande contra la abertura

 

—Joder… sí. Fóllame.

 

La orden pudo con él, tenía luz verde para continuar. Sin perder el tiempo, recordó lo que le dijo, aplicándolo. Introdujo la punta, moviéndose lo suficiente para sentir como los músculos internos lo aprisionaban. Estaba caliente, mojada, resbaladiza, estrecha. Apretó la mandíbula, no entraría del todo, por mucho que ella bamboleara las caderas, suplicándole con la mirada lo mucho que deseaba su tronco entero, él seguiría las instrucciones.

 

Lo sacó, provocando la furia de Michelle, la cual fue apaciguada al sentir la verga de Knox enterrándose por completo en su interior. Le tomó unos segundos asimilarlo. La punta de su pene tocaba ese lugar que la hacía estallar, un lugar al que pocos hombres llegaban. Knox gimió, lo apresaba hasta quitarle la respiración. Mejor de lo que imaginó, ninguna fantasía le hacía justicia al estar sumergido en la calidez de Michelle. Lo tomaba entero, separando ese canal de nervios y músculos para que se adaptara a él.

 

—Knox… eres grande—comentó abrazándolo. Le encantaba sentirse llena, colmada. Él no se movía, disfrutaba de sentirla a su alrededor, dándole la bienvenida.

 

Besándola, movió sus caderas, ensartándose suavemente, dejándose llevar por la textura, por su calor, lo bien que se sentía estar en su interior. Ella le seguía el ritmo, tratando de elevar las caderas para alentarlo. Knox la clavó en la cama, sujetando sus caderas, tomando el control. A ella eso no le gusto del todo, le gustaba participar, no ser sometida, no perder el control de su cuerpo, de la situación. No obstante al encontrarse con la mirada del policía entendió que él quería regalarle eso. Quería demostrarle que podía darle placer. Era su momento para desplegar sus destrezas, y que bien lo hacia el imbécil.

 

Ondeaba sus caderas de arriba abajo, lento, activando esos puntos que ella desconocía, pero que encontró alucinantes. Knox se hundía en su cavidad, marchando despacio, besando sus labios, su cuello, marcándola de nuevo, lamiendo y saboreando sus pechos. Michelle le marcaba la espalda, si bien él se tomaba el atrevimiento de hacerlo, ella no se quedaría atrás. Sin darse cuenta ambos marcaban territorio, no permitirían a ningún intruso. Por el momento lo dejarían pasar, la pasarían bien ahora.

 

—Que bien se siente esto—expresó aumentando la velocidad—. Me aprietas, me metes más profundo. No soy yo, es su coñito goloso y voraz—comentó metiéndose hasta tocar ese punto que la hacía gritar.

 

Los gritos de Michelle, unidos con los jadeos varoniles de Knox. Sonidos que eran música para sus oídos, nada de gritos chillones que podrían sacarlo corriendo. Eran genuinos, brutales para su autocontrol, estimulantes. No solo sus gritos indicaban lo mucho que disfrutaban, sino la manera en la que el interior de Michelle lo oprimía de tal manera que sus bolas se apretaban, a punto de correrse en su interior.

 

Colocó sus manos en puños sobre la cama, elevando su torso y las caderas, eso le permitía caer sobre ella, metiendo y sacando su miembro rápidamente. Sosteniendo parte de su peso en sus puños, Knox comenzó a moverse con fiereza, de manera brutal y salvaje. La parte suave había llegado a su fin, era el momento de poner las cosas un poco más interesante. Sus caderas chocaban  con brutalidad contra las de ella, casi rebotando sobre la cama. Michelle se acercó a su pecho como pudo, deslizando beso sobre este. Clavó sus uñas en sus antebrazos, sintiendo el calor húmedo deslizándose en su interior hasta llegar el miembro incesante de Knox, permitiéndole un deslizamiento más efectivo, uno que la estaba acercando al dulce final.

 

Knox recibía los espasmos de Michelle, indicio de que pronto acabaría. Recordó con malicia cuando le dijo que le gustaría que la sacara en algún punto, que mejor momento para hacerlo que ese.

 

Paró abruptamente, saliendo de ella. Privarse de su calor era todo un desafío, pero quería atraerla a su juego macabro y un tanto cruel. Michelle lo miró impactada ante su atrevimiento, la estaba dejando a medio camino. Vio ese brillo malvado de Knox, recordando las palabras que le dijo. Lo odiaba por tomárselo tan literal y salirse de ella en el peor momento.

 

— ¡¿Qué demonios haces?! Vuelve aquí—señaló su sexo empapado. Knox trago saliva, tentado a obedecer, pero reticente a darle gusto tan pronto.

 

—Demasiado ansiosa—se burló. Con la cabeza de su miembro delineo esa línea que separaba el lugar celestial al que quería regresar. Ella siguió el movimiento perdida y deseosa—. ¿Quieres correrte, no es así?

 

—James… por favor—rogó, sabiendo que al nombrarlo él obedecería.

 

—No jueges sucio—dijo severo—. Estar dentro de ti es alucinante, mierda, se me endurece aún más. Estrecha, dulce, caliente y bien mojadita. Así te quería, Michelle, déjame disfrutar de ti.

 

—Lo harías mejor si lo metieras—Sin previo aviso, llevó una mano a su miembro, él se tensó, la mano de Michelle era suave, pequeña, delicada. Lo acariciaba con pericia. Con sus dedos estimulaba el glande ancho, luego bajaba a la base, apretando. Regresaba a la punta, atrayendo una gota transparente que se deslizaba por el tronco. Michelle se lamió los labios—.Ven aquí. —Lo insertó en su interior de nuevo, Knox se desconectó, ahogando un gemido para empalarla sin piedad.

 

Michelle arqueaba la espalda, abriendo los ojos sorprendida ante las estocadas inclementes e implacables que Knox le daba. La cubría con su cuerpo por completo, azotándola por dentro, golpeando su portal como un loco, gruñendo y jadeando en su oído. Michelle gritaba, enrollando sus piernas alrededor de su cintura.

 

— ¡James! ¡James! ¡Síí! No pares… estoy tan cerca—ronroneó, agarrándose de esas nalgas prietas y redondas. Knox siguió penetrándola como un animal, agarrándose de la cabecera para hundirse mejor. Ella dejó marcas con sus uñas, destrozándole la espalda. Era la muestra de lo que ella sentía en su interior mientras él la machacaba.

 

— ¡Oh Dios mío!—gimió corriéndose. Se agarró de sus antebrazos, siendo víctima de un potente orgasmo que explotaba en su vientre. Todo su cuerpo fue víctima del azote bestial del clímax que tomaba cada parte de ella. Ese hormigueo conocido pero poco explorado la tomó por sorpresa. Encogió los dedos de los pies, gritando, arqueando sus caderas con Knox aun sumergido en ella. Él no podía dejar de mirar su cuerpo revoloteando debajo del suyo, esos suspiros de satisfacción y gusto, gozando del orgasmo arrebatador. No era fingido, su miembro podía sentir esas corrientes extendiéndose por su longitud, aprisionándolo, casi ordeñándolo. Estaba a punto de correrse, no obstante decidió esperar un poco más antes de terminar la faena.

 

Ella sonrió, quedándose laxa en la cama. Knox salió de ella, acostándose a su lado. Aun duro, su erección se levantaba impotente. Con la mirada le indicó que lo siguiera, sintiéndose agotada y sensible, no obstante ávida por tenerlo.

 

— ¿Quieres que te monte?—Preguntó besando su pecho cincelado, él estrechó sus ojos, evaluándola. Ella se contoneaba, descendiendo por su pecho poderoso, dejando besos en esos cuadritos definidos y duros. Cuando estaba a punto de llegar a ese falo que le proporcionó un orgasmo desgarrador, que pocas veces sintió, Knox la detuvo.

 

—Quiero estar allí—señaló su entrepierna—. Ahora.

 

—Yo quiero tenerte en mi boca—protestó ella tomándolo con la mano.

 

—Tenemos toda la noche, Mich. De mi cama no vas a salir.

 

Le encantó escucharlo decir eso, porque sinceramente no sabía cómo reaccionar después de aquello. Podía ser solo sexo, sin embargo no quería complicar las cosas con Knox, tampoco que él sintiera algún tipo de obligación con ella. Él deseaba darse un festín con ella, y ella también quería lo mismo.

 

Colocándose a horcajadas, lo llevo a su interior, nuevamente acoplándose a él. A decir verdad Knox tenía un miembro un poco grande, no era usual para ella tener amantes con tamaños un tanto exagerados. Eso no significaba que serían un buen polvo. Si tienen un buen equipo pero no saben usarlo muy probablemente no podrían complacer a su pareja. No obstante Knox no tenía ese inconveniente, le demostró que sabía usar lo que la naturaleza le otorgó, y de qué manera.

 

Se empaló, sintiendo como entraba a ella centímetro a centímetro, tragándoselo. Knox, maravillado, no podía apartar los ojos de la unión de sus sexos, observando fascinado como entraba y salía un poco. Michelle lo tomó entero, jadeando al sentir como tocaba aquel lugar pequeño el cual estimulaba con el mínimo roce. Se correría en nada.

 

—Eres muy bonita—manifestó llevando sus manos a sus pechos—. El sueño de cualquier hombre.

 

Un tanto aturdida, y para qué negarlo, maravillada, le sonrió levemente, levantando sus caderas para luego caer. Se movía sin prisas, volviendo loco a la bestia que montaba. Knox entrecerraba los ojos, amasando los pechos de la chica, sin perder la vista en su precioso rostro, en sus labios entreabiertos, en sus manos sobre las suyas. Ella se arqueaba al moverse, jadeando suavemente, suspirando al sentir como se clavaba justo en ese punto perfecto.

 

—Muévete duro. Quiero ver cómo te corres de nuevo. —Knox levantó las caderas, señal de que necesitaba con urgencia terminar. A diferencia de él y porque sentía que aquellos espasmos la atacaban, inició un baile árabe hacia adelante y hacia atrás. Knox la ayudó, colocando sus manos en sus caderas, Michelle estaba fuera de sí, meneándose en un estado de frenesí casi imparable, clavándole las uñas en el pecho hasta dejar ocho cardenales. No iba a tomárselo con calma, ni ser amable, estaba tomando lo que podía, sacudiéndose sobre él, impulsándolo a seguirlo. Él no se quedaba quieto, la embestía, encontrándose en cada golpe, gruñendo, suplicando, sollozando. Estaban pasando el umbral del autocontrol y resistencia para dejarse ir por completo. Ella fue la primera el zarpar, dejándose ir, estremeciéndose y temblando. Knox no pudo resistirse, penetró su cuerpo con fiereza, como un bárbaro, saqueándola, derribando sus defensas, despojándose de sus miedos.

 

— ¡Michelle! ¡Michelle! ¡Me encantas!—Con esas palabras derramó su semilla a borbotones en su interior. La sujetó de la cintura, corriéndose como nunca. Demasiado intenso, sintiendo como su cuerpo explotaba, gimiendo, arqueándose para dejar cada gota en el lugar que mejor cobijo le ha dado.

 

Michelle se desplomó sobre su pecho, recuperando la respiración, el habla, su razón. Knox había hecho lo que quería, y ella igual. El corazón de ese hombre iba desenfrenado, aquel sonido la hizo sentir poderosa, fuerte, al mando. No quería analizar lo sucedido, tampoco colocarle nombre alguno. Simplemente el deseo y el arrebato pudo con ellos, así se debía asumir, así debía quedar.

 

—Eso… fue… increíble—musitó Knox contra su cabello. Sin darse cuenta le acariciaba la espalda, deslizando sus dedos por su espalda. Joder, era explosiva, una diva encantadora que lo había drenado. Reaccionó al darse cuenta de lo que había hecho—. Me corrí dentro—mencionó preocupado.

 

—No pasa nada. Siempre me cuido—lo tranquilizó.

 

—Se lo que estás pensando. —Ella se envaró, apretándolo en su interior. Knox rechinó los dientes al percibir ese pequeño gesto—. No te voy a echar de mi cama. Fui claro al decir que esto no se va a quedar así. Llevas meses torturándome y quiero mi recompensa. Dormirás conmigo y luego seguiremos, ¿es claro para ti?

 

— ¿En qué momento descansaré?—Cuestionó como una niña mimada.

 

—Puedes descansar ahora, luego seguiremos. Aún no he estado en tu boca, quiero correrme allí—le recordó.

 

—James…yo…

 

—No tienes de que preocuparte, estoy contigo. —Depositó un beso en su cabeza—. Voy a protegerte a ti y a tu familia. Te quiero relajada, sé que es difícil pero quiero que confíes en mí. No voy a fallarte.

 

Lo besó, sellando un pacto que ambos entendían. A pesar del peligro, de lo vivido, Knox estaba dispuesto y listo para resguardarla. Michelle era afortunada al tenerlo como guardián. No existían promesas entre ellos, salvo la protección que le ofrecía. Aun así, quedaba flotando en el aire esa distancia que se difuminaba, las palabras que ninguno de los dos estaba dispuesto a decir. A pesar de las diferencias, de las discusiones, no podían evitarse. Su atracción era irresistible, incontrolable. Dejarían que el destino marcara las pautas de lo que les depararía.

 
La propuesta
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