Capítulo 35: Rastreo
Daniel llegó con moretones, sangrando por la boca, arrastrado por Jasón y Michelle. Eleonor y Sean observaron atónitos el estado de su yerno, no se imaginaban lo que había sucedido y lo mejor era no preguntar. Se sentaron a la espera de que Knox llegara con buenas noticias.
Michelle los llevó, Jasón se guiaba con su mano libre para no tropezarse con nada. Lo tumbaron en la cama, donde se hizo ovillo y lloró como un niño pequeño. Jamás lo había escuchado llorar de esa manera, tan desolado, tan destrozado. Siempre se caracterizó por llevar las peores situaciones con la mayor calma, sin embargo toda esa calma se esfumó, la ira, el odio, el rencor lo dominaban.
Después de que Michelle le hablara de ese tal Astor, Daniel se quebró, perdió la cordura. Comenzó a lanzar las mesas de la cafetería al suelo, rompiendo todo, arrasando con lo que se atravesara. Michelle se sintió estúpida al abrir su bocota, empeorando la situación. No obstante Chicago se lo había pedido, no se imaginó que eso desencadenara la furia irracional de alguien tan sereno como Daniel.
Jasón escuchaba golpes, apretando los puños impotente al no poder ver lo que sucedía. Daniel acababa con el lugar, lanzando maldiciones, gruñendo como un animal, enfocado en saciar su sed de sangre, una sed que seguiría allí porque no la estaba ejecutando contra la persona correcta. Unos empleados salieron furiosos a detenerlo, intentaron dialogar con él, pero parecía poseído por alguna fuerza sobrenatural. Uno de ellos lo agarró del brazo, Daniel, con la mirada inyectada de rabia, lo golpeó. Eso hizo que sus compañeros salieran a defenderlo, provocando un ataque contra su persona, terminando en el suelo, recibiendo golpes en el rostro, en la espalda, en las costillas. Michelle vio con horror lo que pasaba, corrió, tomando a Jasón de la mano para intervenir. Ella se tiró al suelo, protegiéndolo con su cuerpo, Jasón fue el mediador de la situación. Los hombres se apiadaron al ver a la mujer y al chico ciego pidiendo compasión por ese ignorante bastardo que escupía sangre.
—Llévense a esa basura y no vuelvan—advirtió uno de los empleados, Michelle y Jasón asintieron, cargando a un Daniel delirante.
—Astor… mi pequeño Astor. Lo lamento tanto—susurraba mientras lo llevaban. Jasón frunció el ceño, extrañado del comportamiento salvaje de su amigo, él no era así, no era propio de él actuar como un lunático. Refunfuñó, culpando a Michelle por su ataque de histeria.
— ¿Quién coño es ese como para que Daniel se haya comportado de esa manera?—Le pregunto a Michelle con brusquedad, ella se encogió, su tono la intimidaba, la hacía sentir vulnerable, le traía recuerdos degradantes. —Te hice una pregunta—dijo furioso
—N-no lo sé—balbuceó nerviosa—. Solo estoy dando el mensaje que Chicago me pidió que les comunicara.
Jasón la ignoró, Daniel tendría que darle una explicación muy buena de lo sucedido.
El pelinegro lloraba, suplicaba que le devolvieran a Astor, decía que lo amaba, que lamentaba que ya no estuviera con él. Un escalofrió le recorrió la espalda al escucharlo gritar, nunca había escuchado a alguien tan abatido, odiaba no poder socorrerlo, limitarse a escucharlo así lo desgarraba. Necesitaba cargar con su tristeza, como lo habían hecho hasta el momento. Sintió la irritante presencia de Michelle. Ese era un momento íntimo, se lo haría saber.
—Quédate afuera, necesito hablar con él. —Ella jadeó sorprendida ante la fría voz de Jasón. La sacaba como un bicho, estaba acostumbrado a despachar mujeres de su vida. No entendía del todo que veía Chicago en semejante Orangután. Apretó la mandíbula, enderezándose, no cedería tan fácil.
—No me iré hasta saber que está bien—señalo a Daniel con la mano temblorosa, verlo así le rompía el corazón, era un hombre demasiado bueno como para sufrir injustamente. Sintió la necesidad de ser su bálsamo, su apoyo. Quería conocer su dolor y curarlo, abrazarlo, darle esperanza. Ese chico despertaba sensaciones tan abrumadoras, emociones puras, desinteresadas. Daniel era un ángel, no tenía duda alguna.
Jasón bufó, esa mujer se creía dueña y señora de la situación, probablemente les estaba mintiendo. Creía que tenía derecho de estar en un lugar donde era una desconocida. No le caía bien y ciertamente no la quería cerca de su amigo. Tenía ese presentimiento extraño de que era una puta sanguijuela, algo le decía que no debía confiar en ella. Conocía a las víboras a la perfección, había follado con muchas de ellas, Michelle no era la excepción. No permitiría que su amigo se contaminara de semejante zorra.
—Estará bien si te largas. Por si no recuerdas fuiste tú quien lo dejó en ese estado. Mencionaste a ese tal Astor y ahora está fuera de sí. Te sugiero que no empeores las cosas y desaparezcas. Serias de gran ayuda si les sirves galletitas y té a los padres de mi Fresita—expresó con asco—. Entre menos estorbes, mejor. Espera en la sala a Knox y dile todo lo que nos dijiste, él verá si te protege o no. —Le dio la espalda, tocando el hombro de su amigo. Humillada hasta la raíz del cabello, abrió la puerta de un tirón y la cerró con fuerza, cuando escuchó el golpe seco de la puerta, sonrió satisfecho por su cometido.
Daniel seguía sollozando en la cama, estaba helado. Jasón lo abrazó, tratando de calmarlo, de hacerlo entrar en calor. En otras circunstancias le hubiese parecido cosa de homosexuales hacer algo así, no obstante Daniel era su amigo, su hermano, se quitaría un brazo por dárselo. Su amigo era desinteresado y noble, debía corresponder de igual forma.
—Tienes que hablar conmigo, Dani—pidió abrazándolo, Daniel hipó, tratando de estabilizar su respiración. Se dio vuelta, quedando de frente a Jasón. Las palabras se quedaban atoradas en su garganta, deseaba decirle quien era Astor. Si él había reaccionado de esa forma, no se podía imaginar cómo reaccionaría Jasón cuando se enterará—. Háblame, quiero saber que carajos te pasó—presionó. Daniel sorbió, limpiándose la nariz con la manga de su saco. Suspiró tratando de que las palabras salieran sin temor, aunque eso sería imposible, eso terminaría de destruir a Jasón.
—Chicago y yo hablábamos de los nombres de los futuros bebés que tendríamos algún día. Ella siempre quiso llamar a nuestro hijo Astor, así fuera niño o niña, decía que era un nombre que aplicaba para ambos sexos. Yo no lo aprobaba mucho, reñíamos por eso. Ya sabes cómo es de testaruda, siempre tratando de tener la razón en todo—sonrió con melancolía.
— ¿Eso que tiene que ver con tu reacción?—Cuestionó con rudeza, Daniel tragó sintiendo ganas de huir a beberse el mar entero. Lo que le diría sería lo más duro de este mundo, pero merecía saberlo.
—Chicago… perdió a Astor. —Jasón se alejó de él, comprendiendo lo que quería decir pero sin aceptarlo—. Nuestro bebé murió— lamentó retorciéndose en la cama. Jasón dio un traspié, arrastrándose por el suelo, negando una y otra vez. No su bebé… su pequeño estaba bien, no estaba muerto… Era una mentira. Esa perra estaba jugando con ellos. Como si fuera una cascada abriéndose camino por el valle, la furia de Jasón se abrió paso por sus venas, hinchándolas. De su garganta salió un gritó de pelea, de perdida, de un dolor que nadie podría comprender. Gritó, pataleó, se agarró la garganta mientras emitía ruidos mudos. Se hizo en un rincón mientras lloraba. Su bebé, su pequeño no nacería, nunca jugaría con él, a Chicago nunca le crecería la barriga, Daniel no lo sostendría en sus brazos y le contaría un cuento, Jasón nunca le enseñaría a conquistar mujeres. Ninguno tendría la oportunidad de vivir la maravillosa experiencia de ser padres. ¿Hasta dónde llevaría tanta maldad? ¿Hasta cuándo se prolongaría su sufrimiento? La única mujer que amaba estaba en peligro, perdió a su hijo, ¿qué le quedaba? ¿Dónde estaba el amor? ¿Dónde estaba la esperanza?
Ambos estaban reducidos a nada, siendo víctimas de las circunstancias odiosas de la vida. Era tan difícil mirar hacia adelante después de todo lo que estaban perdiendo, era tan difícil levantarse cada mañana extrañando el cuerpo cálido de su esposa sin saber qué tipo de cosas estaría pasando en manos de ese animal. Necesitaba creer que la pesadilla tendría final, que pronto volvería a estrechar a su Fresita, hacerle el amor, verla discutir con él por ser tan descuidado. Amaba cada faceta de ella, la tierna, la dura, la sensual, cada parte de ella lo sorprendía y lo obligaba a descubrirla cada día. Lamentó no tener la oportunidad de pedirle perdón, de alejarla por intentar protegerla. Odiaba a Joshua, ya nada lo detendría para actuar a su modo, ciego o no, derramaría sangre en nombre de Astor.
Se incorporó, escupiendo rabia. Mataría y no dejaría rastro, despedazaría y se haría un collar con los intestinos de Joshua. No más espera, no más compasión, no más paciencia. Era el momento de hacerlo a su manera.
Su celular lo sorprendió, lo tenía en vibrador. Lo dejó en la mesita de noche, se secó las lágrimas y salió a la sala. Eleonor y Sean se levantaron, habían escuchado los gritos, pero no se atrevieron a ingresar gracias a la advertencia de Michelle. Knox interrogaba a la joven, mostrándole fotos de distintas propiedades de Archer, ella se enfocaba en recordar pero ninguna de las casas se le hacía familiar. Todas se veían deterioradas, abandonadas, cualquiera podía ser. Además cada vez que se enfocaba en hacer memoria, los recuerdos de esos hombres tocándola, tomándola en el carro sin su consentimiento la ponían mal. Aquellas manos rusticas por su cuerpo, Joshua montándola como un cerdo, luego el otro tipo embistiendo en su interior sin importar lo adolorida que estaba, las suplicas y el llanto no los detuvo. Por esa razón cada vez que intentaba recordar todo se volvía confuso, quería ayudar, en especial brindarle consuelo a ese chico de mirada bondadosa que lloraba con ahínco.
Knox visualizó a Jasón tratando de salir, se apresuró a detenerlo, el chico luchó inútilmente. El agente era mucho más corpulento y entrenado, luchar contra alguien como él era una pelea entre un león y un burro amarrado, Jasón perdería sin tener la oportunidad de defenderse. El policía lo arrastró hasta el sofá, mirándolo con desaprobación, entendía su angustia pero su actitud agria no ayudaba, estaba cerca de una pista y ocuparse de él le quitaría tiempo preciado.
—Encontré cinco propiedades a nombre de Archer, cada una se encuentra en diferentes estados, están abandonadas ya que el gobierno al incautarlas no hizo nada con ellas. Nuestro apoyo es la señorita aquí presente—señalo a Michelle—, quien tiene información que nos puede ser útil.
— ¿Cómo puedes confiar en ella?—Cuestiono Jasón mirando al frente, con la frente surcada de arrugas.
—Te olvidas que soy policía—recalcó cruzado de brazos—, se cuando alguien miente y cuando alguien no lo hace. En este caso la chica dice la verdad, y tenemos suerte que no la estén siguiendo, seguramente piensa que no es importante, confía en ella como para no vigilarla. Estamos de suerte. —Asintió hacia ella, mostrándole su apoyo. Jasón refunfuñó, quedarse quieto no era algo que tenía en mente, pero pelear contra un hombre que podía derribarlo con solo un empujón, añadiendo que aún se adaptaba a su nueva condición. Estaba en desventaja y eso era demasiado frustrante.
— ¿Cuánto crees que tardarás en recordar?—Michelle se estremeció al escucharlo hablar. Quería golpearlo, pero al ver su vulnerabilidad detrás de esa actitud de macho territorial decidió dejarlo pasar una vez más.
—No es algo que programe…. Necesito aclarar cosas—dijo mirando al suelo—. Creo que debo irme.
Antes de diera un paso hacia la puerta, Daniel salió disparado, sosteniendo el celular de Jasón con temblor. La mirada de Michelle era de sorpresa, agradecimiento y mucha empatía. Cada vez que lo miraba caía un poco más, sus defensas se derribaban. El ángel salvador estaba allí, confundido, con una expresión indescifrable. Parecía feliz, como nunca lo había estado, pero al mismo tiempo estaba conmocionado con algo, eso tenía que ver con el celular.
— ¿Qué pasa muchacho?—Preguntó Sean, había permanecido en silencio, observando el atentamente su alrededor, controlando a su esposa. No era un tipo imponente ni gruñón. Al contrario, era un tipo noble, que sabía escuchar, un poco ingenuo para dirigir su familia. Muchas cosas sucedieron bajo su techo y cuando reaccionó ya era tarde. Enmendar su desastre no sería sencillo, pero su familia lo valía.
—Es… un mensaje. —Todos lo miraron como si hubiera perdido la cabeza. Aclaró su garganta para explicarse—. Jay, lo siento por mirar tu celular sin permiso, pero no dejaba de vibrar. Me levanté a ver que sucedía y lo desbloqueé. Bianca dejó un mensaje para ti. —Jasón se levantó como un resorte, los demás enmudecieron. Como si sus ruegos hubiesen sido escuchados, un milagro estaba a punto de suceder. No era confiable, no era lo más seguro, pero era la última carta que tenían a su favor, debían jugarla muy bien para ganar.
—Dame eso. —Eleonor le quitó el celular, leyó una y otra vez el mensaje que venía acompañado de una ubicación.
— ¿Qué dice?—Interrogó Knox con cautela.
—Mi… hija… Ella… esta... ayudando a su hermana. —Los presentes esperando a que se calmara para que continuara, cuando lo logró prosiguió—: Bianca se disculpa con todos nosotros. —Eleonor lloró, tapándose la boca, sollozando en el hombro de su esposo. Knox le quitó el celular con cuidado. Aclaró su garganta para transmitir el mensaje:
“Jasón, sé que me odias y lo lamento, realmente me agradabas, me recordaste a alguien que perdí. Eres un chico especial, encantador, y muy sensual. Quiero que me perdones, que todos me perdonen, le he hecho daño a las personas que amo. Lo que importa es que este momento de enajenación me ha permitido enviarte la ubicación de Chicago. Si… no logró sobrevivir, quiero que vengas por tu princesa y la rescates. Tú y tu tonto amigo. Esto lo hago porque quiero sentirme bien conmigo misma después de todo lo que he hecho. Apresúrate y sé valiente o no vales nada y no mereces a mi hermana. Ella los espera, Bianca”
—Oh Dios mío, Sean—gimió la angustiada madre—. Nuestras hijas…
—Están juntas—declaró Knox examinando el punto de ubicación que enviaba Bianca. No importaba si era un maldito golpe de suerte o un momento de bondad de la mujer, como fuera era algo demasiado gordo como ignorarlo. Era el momento de actuar. Knox se apresuró, expandiendo el mapa del celular el cual apuntaba a Arizona, un punto cercano a la frontera. Knox tomó las fotos, ninguna de las imágenes correspondía al estado señalado, no obstante eso no significaba que fuera un error. Joshua escogió el mejor lugar para hacer sus fechorías, un lugar donde tendría el acceso para escapar si se veía acorralado. En ese momento Knox hizo unas llamadas, no podía ignorar esa corazonada rara que le indicaba que debía seguir esa pista. Estaba cansado de ir a paso lento, de pensar demasiado, de controlarse. Era el momento de actuar, de marcar la pauta. Podría equivocarse si tomaba la decisión errada, sin embargo eso era lo de menos, haría el despliegue necesario para cubrir cada zona que investigaba.
Hizo un par de llamadas, discutió con sus superiores un largo rato hasta que logró un avance. Era el momento de dar el golpe.
Daniel lo observó con confusión al ver que tomaba sus cosas para irse, lo agarró del brazo para pedirle una explicación, si era una pista confiable debía saberlo.
—Voy contigo—dijo deteniéndolo.
—Esto no es un paseo a la playa, Señor Sanders. Aquí estamos definiendo cosas. Si esta pista es real… entonces hemos dado con su esposa.
—Con más razón—continuó con el corazón acelerado—. Iré con usted así no quiera, es mi mujer, lo que tenga que pasar que pase. Déjeme ir con usted.
—Señor Sanders, esto es un operativo de alto riesgo que estamos ejecutando a última hora. Mis superiores no están del todo de acuerdo, no me imagino lo que dirán si lo llevo conmigo. Es un civil al que estoy poniendo en riesgo. Lo siento pero no puede ir conmigo, déjeme hacer mi trabajo.
—Merezco ir hasta el último momento, no sabe por el infierno que estoy pasando, cualquier cosa, lo más minúsculo e insignificante que sea es muy importante para mí. No me importa si muero, al menos quiero verla por última vez.
—No me haga las cosas más difíciles—pidió cansado—. No puede venir conmigo porque corre riesgo.
—Vale la pena. — Se recostó en la puerta, limpiándole la salida. Knox podría golpearlo, pero ver esa mirada suplicante lo conmovió. No importaba si le seguía dando explicaciones, él llegaría hasta el final. No podía decir si era valiente por arriesgarse, o un estúpido por no valorar su vida.
—Es usted muy testarudo—expresó cansado—. Vendrá conmigo, pero hará lo que le diga, se quedará donde le pida y no hará nada estúpido, ¿queda claro?
—Sí señor.
—En ese caso yo también los acompañaré, caballeros. —Jasón avanzó tocando las paredes, guiando por sus otros sentidos un poco más afilados. Daniel no quería exponerlo de esa manera, tampoco podía dejar a sus suegros solos con la zozobra. Alguien debía quedarse con ellos, y quien mejor que él para hacerlo.
—No creo que sea buena idea—expresó su amigo preocupado, Jasón se ofendió mucho, Chicago también era su mujer, la madre de su bebé, la mujer de su vida. Nada lo detendría, ni siquiera Daniel lo pararía. Ya había pasado por mucho como para quedarse en casa durmiendo.
— ¿No crees que sea buena idea?—Inquirió rabioso—. ¿Crees que porque no veo no soy capaz de valerme por mi mismo? ¿Crees que tienes el derecho de impedirme estar con la mujer que amo solo porque te preocupa lo que pueda pasarme? Te diré algo, ella es tan tuya como mía, hemos pasado juntos esta mierda, y si hay una ligera y remota posibilidad de dar con su paradero quiero estar allí y presenciar cada cosa que suceda. Quiero vivir ese momento, tú no me lo quitarás, nadie lo hará. Así que si no tienes nada más que decir me voy con ustedes.
No podía objetar, no podía quitarle eso, Chicago era tan suya como de su amigo. Resignado no dijo nada, embarcándose en lo que sería una misión suicida.
Los padres de Chicago hicieron lo mismo, se unieron a los hombres que estaban a punto de salir.
—Iremos con ustedes—exigió Eleonor con la barbilla alzada—. Tenemos más derechos que ustedes, somos los padres, quiero ver a mis hijas y ninguno de ustedes me va detener.
— ¡¿Pero qué mierda es esto?! ¡¿Acaso creen que es un picnic?! Es un operativo de último momento, no llevaré más civiles, es más, ninguno irá conmigo a ningún lado. ¿Tienen alguna idea de lo que pasaría si descubren que los he llevado a una misión? ¡Podría perder mi empleo! No me estorben y déjenme trabajar.
—Yo podría quedarme con los padres de Chicago—propuso Michelle—. Es hora de que la historia salga a la luz, creo que es momento de que las personas sepan lo que está pasando y con una entrevista y cubrimiento televisivo el país se enterará lo que ha sucedido en estos dos meses.
—No me parece. —Eleonor la miró como si tuviera que arrodillarse y lamerle los tacones—. No me quedaré sentada cuando mis hijas están quien sabe dónde. Me necesitan, ¡soy su madre!
—Señora, lo toma o lo deja—dijo Knox exasperado por la situación tan ridícula en la que estaba—. La señorita Michelle estará en contacto conmigo, ella le comentará todo lo que suceda. Hemos mantenido esto en secreto por mucho tiempo, es hora de patearle el culo a ese miserable—sonrió—. Ustedes estarán enterados de lo que pasa, no puedo cuidar a un montón de civiles que quieren ser héroes, solo estos dos caballeros me acompañaran.
Eleonor refunfuño, cruzándose de brazos. Comprendió con mucha rabia e impotencia que si su hija lograba salir invicta, no sería a ella a quien quisiera ver, sino a esos hombres que iban al paredón. Medianamente conforme, se sentó junto a su esposo, pidiéndole al altísimo ayuda para que sus hijas volvieran a ella.
Los hombres salieron, estaban nerviosos, inquietos. Daniel sostenía a Jasón, apretando su mano, diciéndole sin palabras que estaría a su lado sin importar lo que sucediera. Su amigo hizo lo mismo. Si Bianca no lo engañó con ese mensaje, le daría las gracias por ese cambio repentino que guiaría a Chicago a sus brazos.
—Hay alguien más que debe venir con nosotros.
—No, Señor Sanders, no más tripulación—ordenó Knox
—Es necesario que venga, le aseguró que nos ayudará.
—Tengo un equipo especializado en casos como estos, psicólogos, analistas de riesgo. No somos ningunos amateurs en nuestro trabajo—argumentó con el furor corriendo por sus venas.
—Estoy convencido de eso—afirmó mirándolo a los ojos—, pero créame cuando le digo que será de gran ayuda. No hay mejor poder de persuasión que el de un padre. Una influencia así podría mejorar las cosas.
—O empeorarlas—refutó Knox molesto por la actitud de Daniel, quería llevar a todo el mundo a una misión prácticamente improvisada, era demasiado tonto como para pensar que funcionaria su propuesta—. No puedo llevar a nadie más, lo siento pero es demasiado riesgo que estoy corriendo al llevarlos conmigo.
—Nos puede ayudar—rogó—. Servirá de mediador. Por favor, dejé que venga con nosotros, será de ayuda, ya verá.
—Dios mío—farfulló acariciados la calva con desesperación—. Si algo les pasa… mi cabeza rodará, ¿entienden? Esto que estamos haciendo es extraoficial. Nos estamos dividiendo, he enviado a algunos a las propiedades que aparecen en las fotos, nosotros nos dirigiremos a la señal enviada. Estamos dando un salto de fe, si las pistas resultan ser falsas… estaremos en aprietos.
—Lo sabemos—intervino Jasón—, sabemos que esto está mal, sabemos que nos está haciendo un favor. Ya es momento de hacer algo, mientras hablamos mi mujer está pasando por quien sabe que calamidades. No entiendo porque Bianca nos está ayudando ahora y realmente no me importa. Lo único que quiero es tener a mi Fresita junto a mí. Quiero que superemos esto, no podía seguir cruzado de brazos actuando como caracoles cuando el tiempo pasa y no sé nada de ella.
—Para esto debemos tomarnos el tiempo suficiente para actuar, tal vez faltan más pistas, sé que estamos cerca de encontrarla, pero quiero que se mentalice de una vez que podemos fallar y caer en una trampa. Nos estamos arriesgando al difundir la noticia a través de Michelle. Si resulta un fraude, todo se iría al garete, el caso podría demorar mucho más, en ese lapso su esposa podría perderse en cualquier sitio del mundo. Quiero que comprendan que estoy haciendo mi trabajo lo mejor que puedo. —Exhaló nervioso por el paso a seguir—. Estamos dividas en pequeños grupos, ustedes irán protegidos pero no podrán intervenir—explicó—. No nos den más trabajo cuidando sus traseros. Irán conmigo encubiertos y se quedarán en un lugar seguro mientras nosotros aseguramos el área. No sabemos que nos podemos encontrar.
Los hombres asintieron, sin importar el riesgo lo tomarían, era el momento de llegar al final. Estaban asustados, más por ella que por ellos, no sabían en qué estado estaría y lo que podría desencadenar si los volvía a ver. Sin importar en lo que sucedería, tomarían los riesgos y si Bianca realmente se había arrepentido, le harían un altar por su arrepentimiento.
*********
Se removió adolorida, un ardor recorría su sexo. Las heridas de su cuerpo necesitaban atención. Tenía moretones, raspaduras, y sobretodo un hueco instalado en su corazón. Vio morir a su hermana, después de todo ella encontró un horrible final, quiso salvarle la vida solo para perder la suya. Parpadeó mientras las lágrimas caían. Estaba muerta en el exterior, pudriéndose sin recibir una sepultura adecuada. A pesar de sus diferencias, a pesar de ese odio injustificado, era su hermana, había tenido un momento de bondad que fue compensado con una bala en la cabeza. Quería salir corriendo, llorarla, rezar por su alma, luego enterrarse con ella y escapar de ese hombre.
Gimió al sentir una lengua lamiendo sus pliegues, se sentía rasposo, brusco. Intentó apararlo pero sus manos estaban atadas, nuevamente a merced de ese cerdo cruel. Estaba desvalida, una de sus piernas sangraba, le dolía horrores, al igual que su rostro y esa zona que Joshua estimulaba sin éxito.
Sintió la invasión de sus dedos, tratando de provocarla, unió su lengua a su labor que estaba lejos de triunfar. Chupaba, succionaba, movía sus dedos provocando asco en el centro de Chicago. Trató de patalear, pero su pierna herida se resistió. El agotamiento estaba haciendo de las suyas en su cuerpo, estaba perdiendo, en realidad ya había perdido. Su resistencia la abandonó, su juicio pendía de un hilo que cada vez se resquebrajaba. Era un títere, un juguete para saciar los sucios instintos insaciables de un psicópata.
—Dame lo que quiero—exigió Joshua de nuevo, moviendo sus dedos con fuerza, lastimándola. Chicago lloró al sentir como raspaba su interior. No estaba húmeda, dolía demasiado, la desagarraría si seguía por ese camino—. Córrete para mí.
—No… déjame—rogó tratando de cerrar las piernas, Joshua se lo impidió colocándose entre ellas. Se bajó los pantalones, dejando a la vista su erección. Chicago abrió los ojos asustada, su cuerpo aún seguía adormecido por el sedante, aun así sentía absolutamente todo. Pelear le resultaba difícil cuando su cuerpo no respondía adecuadamente.
—Que hayas querido escapar de mi me molesta mucho. —Frunció el ceño tocándose su longitud con una mano—. Tu hermana era una perra traidora. Le di un propósito, la ayudé a ser la mejor en su clase. Y así me paga, tratando de alejarte de mí. Estaba celosa de que mi interés por ti. La muy puta quería tu puesto, pero nadie, absolutamente nadie—recalcó introduciéndose en ella lentamente—ocupará tu lugar. Eres el amor de mi vida, que todo el mundo lo entienda de una vez. —Cuando estuvo completamente dentro de ella se quedó quieto, disfrutando de su calor. La espera valió la pena, seguía estrecha, caliente, hermosa. Era suya y seria suya siempre.
Chicago estaba inmóvil, su cuerpo lo rechazaba, cerrándose, eso solo provocó que Joshua emitiera un gruñido de satisfacción.
—Salte de mí, déjame tranquila. Duele mucho—pidió con la mandíbula apretada, no lo disfrutaba y él no la obligaría a hacerlo. Aquello era lo que tanto quiso evitar pero que no pudo prolongar. Aún seguía adormilada por el efecto del sedante, podría decirse que estaba drogada, tal como él quería.
—Eso fue lo que dijiste cuando te hice mi mujer, pero te acostumbraste a mí—le recordó besando sus mejillas—. Me cansé de esperar, traté de ser paciente, de que me comprendieras. Tu solo me rechazas y eso me quema. —Salió de ella, arremetiendo con fuerza. Chicago sollozó, la lastimaba, la partiría en dos por la poca lubricación—. Tu cuerpo me recordará y me aceptará, es cuestión de tiempo para que lo asimiles. —Levantó una de sus piernas para continuar con la invasión, ella gritó, sintiéndose desechable, despreciable. Entre más luchaba él seguía su camino, continuaba con ese aberrante acto—.Tendrás mis hijos, los amaremos. Seremos felices si dejas que así sea.
—¡¡No quiero nada de ti, puto monstruo!!—Chicago alzó la cabeza, mordiendo su oreja con fuerza. Joshua chilló, Chicago aferró su ataque con más fuerza, probando su sangre. Estaba asqueada, pero no le permitiría terminar su cometido, tendría que matarla antes de tener a sus hijos. Ya tuvo uno y lo perdió por su culpa, nunca compensaría esa pérdida teniendo bebés con una abominación como esa.
Joshua la agarró del cuello, tratando de apartarla, pero cada tirón parecía que le arrancaría la oreja. Dejó de moverse para apartarla de su oído. Chicago le clavaba los dientes con todas las fuerzas que le quedaban. Buscaba arrancársela y ese era su propósito: lastimarlo una décima parte de lo que él lo había hecho. Joshua la abofeteó, la tomó del cuello, apretándola, el aire se reducía, su agarre perdía firmeza, luchaba por respirar. Se sacudió con fuerza, sintiendo el miembro de Joshua golpear su interior. Él sonrió satisfecho, gruñendo al sentir como lo apretaba, como peleaba por sacarlo. Se inclinó hacia adelante para terminar su cometido cuando la voz de uno de sus hombres lo sacó de su encuentro lujurioso.
—Señor, hay actividad extraña…—La línea enmudeció por unos segundos, luego retornó con más fuerza—. ¡¡Estamos rodeados, la policía está aquí!!
Como si fuera un juego de espías, Joshua estaba atrapado. Estableciendo prioridades, pensó que lo mejor era buscar una salida, o los enfrentaba o se escondía. Se salió del interior delicioso de su amada, ella exhaló de alivio, sorprendida por el giro de los acontecimientos. La policía estaba allí, salvándola, trayéndola de nuevo a la vida. Pensó que sus chicos estaban allí también, se atemorizó al pensar que arriesgaban su vida por ella. Luchó nuevamente en contra de los amarres que cada vez se apretaban en sus muñecas. Joshua se vistió, tomando el arma con la que había matado a su hermana hace un par de horas. Era de madrugada, un buen momento para que la cacería comenzara. Estaba sorprendido, sus movimientos erráticos y nerviosos lo delataban. Por alguna razón inexplicable habían dado con él. Lo que fuera que hubiera intervenido se había ganado su odio.
—¡¡MALDITA SEA!!—Proclamó caminando de un lado a otro como un león enjaulado. Dirigió su mirada hacia su cautiva, recordando lo que estaba haciéndole hace un momento y disfrutando de su miedo. Actuando y pensando desesperado, la desató, agarrándola del cabello. Ella cayó de rodillas, sus piernas no le respondían y su cabeza estaba llena de pensamientos confusos, de incertidumbre. Lo que estuviera planeando Joshua no era nada bueno, no cuando su mirada siniestra confabulaba algo oscuro contra ella—. No sé cómo putas me encontraron pero no me importa. Ellos quieren un show, se los daré.
Arrastró Chicago por el suelo, por las escaleras. Se encontró con alguno de sus hombres muertos. Joshua disparaba, matando a cualquiera que se interpusiera en su camino, buscando la salida para llegar saber realmente que se enfrentaba. La muerte la rodeaba, de alguna manera se había acostumbrado a ver personas caer a su alrededor. Por más ayuda que llegara, Joshua se especializaba en cegarla. Ese hombre solo quería su sumisión, su rendición. De alguna manera quería dársela, no tenía nada que perder, nada por lo que luchar. No obstante sería muy cobarde de su parte hacerlo, después de todo la habían encontrado, quien fuera quien había dado con su ubicación, le estaba haciendo el favor más grande de su vida.
Cuerpos en el suelo, otros atacándolo, Joshua devolvía el golpe con contundencia, como si fuera un guerrero implacable e inmortal. Se abrió paso hasta la puerta, encontrándose rodeado de policías, sirenas advirtiéndole que estaba atrapado. Sin embargo no se sentía así, tenía su última carta, Chicago seria su salida, la usaría de ser necesario con tal de salir invicto de ese lugar.
Knox visualizó al hombre que salía con una mujer maltrecha, agarrándola del cabello con posesión. Esa sonrisa de suficiencia que adornaba su rostro lo hacía rabiar. Petulantes de mierda como él deberían estar tres metros bajo tierra. Criminales como él deberían morir bajo su arma. Pidió refuerzos y le informó a Michelle lo que estaba pasando, le ordenó que sacara la nota en ese momento. Estaba concentrado en dar órdenes que se olvidó por completo de sus acompañantes. Vestían un chaleco antibalas, gorras de policías. Eso era suficiente para que los hiciera pasar como uno de los suyos. Lo que no pudo prever fue que desobedecieran.
Daniel la vio, estaba tan destrozada, herida, llorando. No pudo controlarse, no pudo seguir sentado sin hacer nada. Por impulso al tenerla tan cerca pero no poder tocarla, salió desbocado hacia ella, dispuesto a matar a Joshua si era preciso, no podía soportar ver a su esposa en ese estado. Se veía tan maltrecha, tan… destruida, temía que nunca lograran pasar ese bache en sus vidas.
Los demás intentaron detenerlo, pero fue inútil, iba como un poseído dispuesto a destruir con todo a su paso. Se interpuso entre los policías que apuntaban hacia la casa y Joshua, quitándose la gorra. Chicago se quedó sin aliento, después de tanto tiempo, después de tanto dolor, estaba allí dispuesto a recuperarla. Tenía que volver por ellos. Nunca desfallecieron, a pesar de las dificultades estuvieron luchando incansablemente. Estaba frente a ella. Se sintió sucia por su estado y por lo que pasó hace unos instantes. Quiso esconderse, no lo merecía, no podía verlo a los ojos sin sentirse culpable. No fue capaz de cuidar a su bebé, no fue capaz de protegerlo, no fue capaz de evitar que sus vidas se volvieran un recorrido de lamentos. Se odiaba por complicar sus vidas, por no desaparecer cuando tuvo oportunidad. Lo amaba tanto, amaba que estuviera frente a ella dispuesto a dar todo. Amaba la forma en la que la contemplaba, esa calidez que brillaba en su mirada, la alegría en su rostro, la esperanza que renacía. Daniel era luz, su luz, quería caminar hacia él y olvidar todo en sus brazos.
—Déjala ir y podremos negociar.