Capítulo 24: Un nuevo comienzo.

 
 

El comienzo de una nueva vida nunca es fácil, y más sin son tres personas las que tienen que hallar el ajuste perfecto. Daniel y Chicago tenían un ritmo al que Jasón debía acoplarse si deseaba ser parte de esa nueva unión. Le costó bastante trabajo, no por el hecho de tener que compartirla con su amigo, sino porque no estaba acostumbrado a los quehaceres del hogar. Cuando era soltero le pagaba a una señora para mantuviera su casa impecable, pocas veces cocinaba y ni hablar de salir al supermercado. Nada de eso estaba en la lista de pasarla bien con su amada Fresi y su amigo.

 

Las discusiones entre Chicago y Jasón eran tontas. Establecieron un horario para realizar las labores del hogar con el fin de mantener todo en orden, pero Jasón se mostraba poco interesado. Lo único que quería era estar entre las piernas de Chicago las veinticuatro horas, cosa que le molestaba por su falta de colaboración.

 

—¡¡Jasón!!—Exclamó como si fuera su madre—. Hoy debes lavar los platos. Ya sé que Daniel te cubrió por una semana y eso no lo pienso tolerar—lo regañó como un niño pequeño, él se limitaba a sonreírle para seducirla, algo que no tenía mucho efecto en ella cuando estaba furiosa

 

—Fresi, he llegado cansado. Entiende que estar entrenando es…

 

—¡¡ Me importa un rábano cuan duro es tu entrenamiento!!—Gritó fuera de si— ¡¡ Asume tu jodida responsabilidad o tendrás problemas serios!!—Lo amenazó con la mirada incendiada

 

— ¿Ah, sí? ¿Qué tipo de problemas?—Se acercó a ella, la hacía temblar con sus manos sobre su cintura, su aliento fresco la dejaba fuera de órbita, su sonrisa le aceleraba el corazón—. Me encanta meterme en problemas contigo—murmuró cerca de sus labios cada vez que lo regañaba por un momento, solo por un instante, parecía ceder. Sin embargo su raciocinio volvía. Siempre lo empujaba y le golpeaba el pecho

 

—Sabes que no me tendrás hasta que seas responsable—le hizo saber con altivez—. Tu “amiguito” tendrá que ser atendido por “la mano mágica” y llevamos tres semanas en esa situación. ¿No es así?

 

Jasón hizo pucheros y apretó la mandíbula molesto, Chicago no tendría relaciones con él hasta que asumiera su posición en el hogar. No todo podía ser gemidos y suplicas, también se debía aportar algo a lo que estaban construyendo.

 

Poco a poco las cosas fueron mejorando, Jasón obedecía e incluso hacia las cosas voluntariamente. Siempre que salía de entrenar, llevaba víveres o compraba algo para compartir en el hogar. Chicago sonreía y lo recompensaba muy bien

 

—Fresi—pronunció agitado al verla con el disfraz de conejita que Daniel le había comprado—, me vuelves loco con ese traje. Ven, comete mi zanahoria

 

Ella se desvistió y lo tomó profundamente en su interior, Daniel miraba la escena complacido y le indicaba a Jasón como besarla, como moverse, la velocidad. Todo fluía entre los tres a la perfección. Para Daniel, ver a Chicago gimiendo, sonriendo de placer, teniendo su orgasmo, eran las cosas más maravillosas del mundo. Nada podía arrebatarle esos momentos en los que estaban juntos, gozando de sus cuerpos, jadeando y saciados como nunca. Incluso eran cada vez más traviesos. Daniel había comprado esposas, lubricantes, disfraces, y lo más inesperado; un falo para su chica.

 

La primera vez que lo uso en ella fue lo más bello del mundo. La había dejado necesitada después de una larga sesión de besos, caricias, y palabras llenas de admiración para su mujer, su compañera, su musa.

 

—Dani… por favor—pidió Chicago agitada y temblorosa, Daniel tenía sus dedos profundamente en su interior húmedo y caliente, ella se sacudía y gemía cada vez con más fuerza. Cuando la tuvo preparada, sacó los dedos de su interior para encender el vibrador. Era grande, de color morado, con diferentes velocidades para el gusto del usuario. Daniel miró el objeto con una lujuria que nunca imaginó que podía tener y luego lo acercó a su apertura.

 

—Imagina que soy yo Chiqui—le dijo con voz ronca, siempre era igual cuando lo usaban. Quería que ella lo sintiera, aun si fuera a través de un objeto. Al menos eso era momentáneo hasta que su salud mejorara por completo.

 

—Sí, solo necesito que…—chilló al sentir aquel falo enorme entrando en su cavidad, Daniel le había colocado una velocidad mínima, con el fin de que ella pidiera más. Lo movía lentamente, observando los labios entreabiertos de su esposa, sus ojos semiabiertos, su pecho subir y bajar, presa de la lujuria y el momento. Cuando pensaba que llegaría al límite, Daniel le subía la velocidad, arrancándole un grito de sorpresa, compensado por gemidos cada vez más sonoros

 

—Mierda, llegué tarde otra vez. —En esos momentos cuando Daniel tomaba el cuerpo de Chicago, Jasón solo observaba. No le molestaba, de hecho disfrutaba de ver y tocarse mientras ella se arqueaba llorosa por el orgasmo. Pero siempre se perdía el preámbulo, cuando ella recibía aquel juguete en su interior. Quería ver como su interior lo recibía y ver sus gestos mientras lo hacía.

 

—No te preocupes, bro. Hasta ahora comenzamos—le sonrió mientras movía el aparato y subía un poco la velocidad, Chicago se retorcía y gritaba desesperada por llegar al clímax. Jasón siempre se desvestía y se colocaba en el borde de la cama, se sacaba el miembro de los pantalones y se tocaba al ritmo del falo

 

—Dios, como lo toma…—Movía su mano más rápido, creciendo y engrosándose, las venas palpitando y su cuerpo agitándose—.Me encanta ver como entra y sale de su cuerpo—susurró cada vez más excitado.

 

—Es lo más hermoso—coincidió Daniel metiéndolo al fondo y dejando que vibrara para atender su clítoris. Bajaba la cabeza y lo estimulaba hasta dejarlo hinchado, Chicago no podía soportarlo, no sabía que la prendía más; si ver a Jasón manosearse el pene o que Daniel la dejara al límite, jugando con su paciencia.

 

—Ya no… Voy a terminar—gimió  arqueando la espalda, lanzando un jadeo que inundaba la habitación, luego Jasón gruñó y su simiente salió a chorros salpicando el vientre de su Fresi. Los tres terminaron agotados, besándose y prodigándose caricias. Lo mejor de vivir juntos era compartir momentos así, donde eran neutrales y se entendían a la perfección. Chicago siempre era el centro de atención de esos hombres que la adoraran como si fuera una diosa. No podía negar que le encantaban sus atenciones y como habían terminado las cosas entre ellos. Este era su final feliz, o mejor aún: su comienzo.

 

Las cosas tomaron su cauce y en dos meses todo marchaba mejor de lo esperado. Chicago trabajaba más tranquila ahora que Joshua estaba de vacaciones por lo sucedido en Barbados, no quería entrometidos en su vida y eso lo orilló a irse para alguna isla. Chicago deseaba que se lo comiera un tiburón.

 

Encontró la forma de ingresar a su computador y robarse los videos con los que la amenazaba y sin quererlo, una información adicional. Gracias a que uno de sus antiguos compañeros de la universidad era un ingeniero especialista en hackear, le explicó brevemente como extraer información y, para borrar el rastro cómo dejar un virus en el sistema.

 

El idiota fue un poco descuidado al dejar el computador a su merced, lo cual le permitió tomar ventaja y sacar toda la información contenida y dejarle el regalito. Eso la dejó satisfecha, el aparato seria inservible cuando lo utilizara. En su ausencia el canal era dirigido temporalmente por un pelele que estaba detrás de Michelle. El tipo carecía de gracia y era demasiado despistado, nadie le hacía caso y era un fiasco en la dirección. Por lo que recurrían a Chicago y seguían sus instrucciones, por el momento ella era la jefe real. Tenía todo preparado para renunciar antes de que su jefe del mal regresara de su viaje. No tenía nada que temer. Poseía lo que necesitaba para reírse en su cara. Además de eso, el doctor Mark remitió Daniel a Houston para terminar su tratamiento. Le dijo que tenía un conocido que estaba mucho más empapado sobre el proyecto experimental. Le comentó el caso de Daniel y le interesó lo suficiente para encargarse de su caso.

 

Jasón entrenaba duramente, ya que participaría en una carrera a nivel local que le permitiría escalar posición y darse a conocer. Para él, ese era su momento de brillar y que todos supieran que era el mejor. Tenía planeado alcanzarlos luego de la carrera, pero Chicago le dijo que no se perdería su debut por nada del mundo, los tres se irían juntos o no se iban, por lo que ninguno de los dos pudo refutar nada.

 

Daniel fue promovido, su excelente desempeño fue reconocido, por tanto ya no era un pasante. Sin embargo ya tenía planeado renunciar y comenzar de nuevo. No podía soportar trabajar en la misma empresa donde estaba el padre del hombre más abominable sobre la tierra. Pero antes de dejar su puesto le contaría todo al señor Samuel para que hiciera algo al respecto.

 

—El señor Grantt está dispuesto a verlo. —Daniel asintió y caminó a la oficina. Entró, esperando a que Samuel terminara de hablar por teléfono y pudieran conversar. Pasaron unos minutos y luego terminó su llamada. Siempre que sabía que Daniel vendría a verlo se alegraba por eso. Era un buen muchacho, honesto, trabajador, calmado y muy inteligente. Era todo lo que deseaba que Joshua fuera. Por eso lo promovió y despidió al jefe de Daniel para que tomara su lugar, porque creía en él y le gustaba su desempeño laboral, apreciaba el talento del chico y si seguía así le daría mucho más.

 

— ¿Qué se te ofrece, muchacho?—Le preguntó Samuel yendo al grano, siempre directo, su tiempo representaba dinero; dinero al cual no estaba dispuesto a renunciar.

 

—Antes que nada, señor—se aclaró la garganta—, ¿puedo sentarme?

 

Samuel rió y le indicó que se sentara

 

—Yo quería agradecerle por el voto de confianza y por promoverme. —Comenzó a decir, esperando que llegaran las palabras adecuadas para no ofenderlo.

 

—No tienes que preocuparte por eso, muchacho. Yo se ver cuando alguien es talentoso y cuando no lo es. Y tú, tienes madera, puedes llegar muy lejos. Tal vez en un futuro no muy lejano termines siendo accionista, ¿qué te parece?

 

—Bien—murmuró sin estar convencido—.  Quería hablar con usted de otra cosa.

 

—Soy todo oídos. —Samuel se enderezó y se cruzó de brazos.

 

—Quiero que sepa que estoy agradecido por todo lo que ha hecho por mí en estos últimos meses. —Al ver que Samuel le pedía que llegara al punto con la mirada, se apresuró sin pensarlo—. Pero debo renunciar a mi puesto—dejo salir como si tirara una gran piedra al rio. Samuel se removió incomodo, no le gustaba la noticia, había confiado en él, le había ofrecido algo mejor que ser un simple practicante. Y ahora le salía con cuentos y excusas, eso no lo toleraría.

 

— ¿Alguien te está endulzando el oído para que abandones mi compañía?—Interrogó con la mirada afilada.

 

—De ninguna manera, señor—contestó sereno—. No soy de los que traiciona, siempre estaré agradecido por acogerme en su empresa y darme la oportunidad que nunca pensé tener…

 

—Pero—lo cortó exasperado.

 

—No puedo trabajar aquí sabiendo que su hijo es un maldito que anda detrás de mi mujer—dijo mirándolo fijamente a los ojos. Cuando de Chicago se trataba, cambiaba. Su mirada, su pose, todo en el actuaba a la defensiva. No permitiría que ese tipo le hiciera daño de nuevo, nunca más.

 

— ¿Quién es tu mujer?—Preguntó sin comprender que tenía que ver eso con su labor en la empresa.

 

—Mi esposa es Chicago Adams, no sé si usted ha escuchado su nombre —respondió cruzándose de brazos, los ojos de Samuel brillaron con interés y reconocimiento ante el nombre, pero así como apareció, despareció tornándose distante.

 

—No, no lo he escuchado—mintió.

 

—Su hijo tuvo una relación con ella, la lastimó—explicó apretando los puños—. Por cosas del destino se reencontraron y ahora la acosa constantemente, eso no lo pienso permitir—enfatizó sin perder el control—. Por lo tanto no puedo trabajar con usted porque lamentablemente tiene una relación sanguínea con ese tipo. Ni siquiera puedo mirarlo sin pensar en que quiero… hacerle mucho daño a ese sujeto—confesó con rabia.

 

—No puedes revolver lo laboral con lo personal, Daniel—expuso intentando retenerlo. Tenía esa necesidad de conservarlo a su lado. Era un chico agradable, tranquilo, amable, y muy eficaz. No podía perder un elemento tan importante como ese en su empresa. Si era el caso mandaría a su hijo a trabajar en algún lugar deplorable para que aprendiera a valorar lo que tenía.

 

—Resulta que cuando mi esposa está involucrada, todo me da igual—refutó con acidez—. Lamento que nuestra relación termine mal, pero creo que debe entender que mi familia es importante—dijo—. Pienso irme a otra ciudad a empezar de nuevo— manifestó sin dejar de mirar cada movimiento de su jefe. Algo andaba mal con él, sabía perfectamente quien era Chicago pero prefería hacerse el de la vista gorda. Cobarde.

 

—Te irá bien a donde vayas, no lo dudo—le sonrió con… lo que parecía ternura, Daniel se removió inquieto y un poco incómodo por esa mirada tan paternal que le daba—. Las puertas de mi oficina están abiertas para ti.

 

—Gracias por su ayuda, por brindarme una oportunidad. Espero que la empresa siga prosperando. —Estrechó rápidamente la mano con su jefe para luego salir del recinto.

 

—No es mi hijo. —Aquella afirmación hizo que el cuerpo de Daniel girara en consternación. ¿De qué estaba hablando? Confundido se acercó hacia su jefe con cautela, no quería que reaccionara con violencia y lo mandara al carajo.

 

— ¿Qué quiere decir?—Ladeó la cabeza intentando comprender lo evidente.

 

—Joshua no es mi hijo—aseveró cerrando los ojos con fuerza—. Es hijo de mi hermano. —Se sentó y le indicó a Daniel que lo siguiera. Ambos se quedaron en silencio, intentando asimilar lo que sucedería a continuación—. Mi hermano era un drogadicto que se gastaba el dinero de nuestra compañía en sus porquerías. Era mayor que yo pero se comportaba como un imbécil —Samuel se rascó la nuca, mostrándose cansado por ocultar un secreto que parecía afligirlo; parecía harto de aparentar algo que no eran, todo era una máscara, una mentira y Daniel podía notarlo. Samuel lo miró aferrándose a su razón para no contarle nada,  pero su corazón y su pesar lo guio a confiar en Daniel—. Mi esposa… no era mi esposa inicialmente—continuó nervioso, algo que Daniel nunca había visto. Siempre tan seguro, tan serio y en ocasiones severo con los que lo rodeaban. No obstante en el fondo era un ser lleno de remordimiento, de tristeza y solitario—. Era la esposa del cretino de mi hermano, siempre estuve enamorado de ella, ¿sabes?—Le explicó con una sonrisa apesadumbrada, Daniel no decía nada, se limitaba a escuchar y procesar algo tan íntimo como lo que Samuel le contaba—. Cuando Joshua tenía cuatro meses de nacido, Archer golpeó brutalmente a Lydia, tanto así que estuvo hospitalizada por un mes. En ese tiempo cuidé de ella, la seguía amando en silencio y ella me confesó sus sentimientos—declaró con un brillo especial ante el recuerdo—. Le propuse que lo dejara, que estuviéramos juntos, cuidaría del pequeño y le daría todo. Ella se negó, temerosa de la reacción de mi hermano. Pasaron unos meses y Archer murió por supuesta sobredosis, aunque… esa muerte fue sospechosa, ¿entiendes?—Al ver la cara de asombro de Daniel, asintió de acuerdo—Lydia lo mató, lo sé. Archer estaba en tratamiento, parecía mejorar, y de un momento a otro muere de sobredosis de una sustancia que al final nunca supieron que era. Yo al principio creí que su muerte había sido porque era un idiota sin remedio. Pero con el tiempo me di cuenta de muchas cosas. —Pasó sus manos por su cabeza, completamente decepcionado de su vida, de las decisiones que tomó, de intentar reparar lo que no tenía remedio—.Lydia era una zorra frígida que solo le importaba mi dinero y la reputación que podía obtener a través de mí, Joshua era impulsivo, rebelde, cruel. Los otros niños no jugaban con él porque los lastimaba. En definitiva heredó la mala sangre de mi hermano. No soy el mejor debo decir, pero que me parta un rayo si no me esforcé por criarlo por el buen camino. —Se levantó y camino de un lado a otro, como si en cualquier momento fuera a saltar por la ventana y acabar con su miseria, se notaba que deseaba acabar con todo lo sucio que lo rodeaba—. Al final me di por vencido y me aleje de él, de todos. Comencé a trabajar en esta empresa y a despreciar mi familia. Solo somos fachada, cada vez que lo veo quiero ahorcarlo porque se parece tanto a Archer—negó casi desesperado—. Aun así, siento que debo protegerlo y me he extralimitado en eso. Hice cosas egoístas solo por mantener mi reputación y proteger a un latente monstruo.

 

— ¿No cree que ya lo es?—No quiso sonar duro y resentido, solo que saber que un malnacido como esos había tocado a su esposa de una forma tan brutal, le daban ganas de buscarlo y romperle el hocico.

 

—Por supuesto que lo sé—se defendió—. Lo tengo vigilado, sigo sus movimientos, aunque no lo suficiente. No es tan idiota, tarde o temprano encontrara a mi informante y tendré problemas. Por ahora sé que anda por el mismo camino de su padre: las drogas. Solo que a gran escala. Gracias a mi intervención logré que perdiera dinero que tenía una testaferro bastante molesta. Eso obviamente lo enojó y comenzó a matar. —Daniel se estremeció ante su declaración—. No puedo meterlo preso sin que me vea afectado, no sé qué tanto alcance tengan sus negocios y no quiero  que mi imagen esté en medio, sin mencionar las personas que dependen de mí. ¿Entiendes?

 

Daniel no dijo nada, lo observó por un buen rato, intentando entender sus razones, tratando de ponerse en su lugar. Simplemente no lograba llegar a su mente. Quería decir que era noble, que de verdad pensaba en sus trabajadores, en su bienestar. No obstante el hombre lo dejó claro: su imagen era prioridad.

 

—Espero que realmente haga lo correcto, antes de que el monstruo despierte y se revele. —Se incorporó dando la vuelta aturdido ante la confesión. Era difícil ponerse en la situación de Samuel, Joshua no era su hijo, pero llevaba su sangre y aunque el intentara negarlo era un lazo demasiado fuerte para romperlo. En el fondo amaba a Joshua, solo que no era la forma correcta, no cuando dejaba que hiciera a sus anchas y dañara a quien se interpusiera en su camino.

 

******

 

—¡¡Maldito mentiroso!!—Chicago entró azotando la puerta hecha una tigresa, Jasón corrió tras ella intentando detenerla, ella se soltó de su agarre. Lo miraba con asco, con despacio, tal como lo hizo cuando creyó que tenía una relación con su hermana. Un dolor punzante atravesó su pecho. No podía perderla, no otra vez. Todo por esa mujer semi desnuda esperándolo en su tráiler. ¿Quién putas la había dejado entrar? Y con tan mala suerte que Chicago fue a sorprenderlo, siendo ella la sorprendida al ver a esa intrusa calenturienta esperando a su hombre. Perra inmunda.

 

—Fresi, ya te lo expliqué. No sé quién carajos es esa mujer. Con la única con la que he estado es contigo. —La tomó por los hombros para que viera la sinceridad en sus ojos verdes que se aclaraban ante la desesperación de la pérdida—. Tú eres la única a la que he tocado, la única a la que quiero tocar, mi amigo solo se excita cuando te huelo. —Pegó su nariz a su cabello y aspiró su olor como si de oxigeno se tratara—. ¿Ves?—Rozó su erección contra su cadera, Chicago dio un respingo al sentir el miembro de Jasón listo para el ruedo—. No tengo porque salir a probar cosas baratas en la calle cuando lo fino, lo mejor, lo excelso, lo tengo en mi casa. —Enmarcó su rostro y junto su frente con la de ella para que en esa cabeza dura entrara la verdad y pensara con claridad—. Estoy contigo, Fresi, solo contigo—dijo a punto de ponerse de rodillas si era necesario para que ella le creyera.

 

— ¿Entonces quién era esa perra que estaba sin brasier en tu tráiler?—Graznó, temblando de ira.

 

—Ni puta idea, amor—Besó su mejilla y la abrazó—. Te juro que solo entreno y luego vengo a casa con la esperanza de verte con ese brillo que me roba el aliento, con esa belleza que me quita el sueño. Solo quiero tenerte en mis brazos y estar contigo siempre. — Volvió  a besar sus labios como si tuviera sed, estaba desesperado, perdido si ella no lo perdonaba. Quería llorar, gritar, seguir en ese camino hasta que ella confiara en él y se diera cuenta que sus días como mujeriego terminaron. Para Jasón ninguna de esas mujeres significaron algo, ni siquiera podía recordar sus rostros. Cuando se levantaba el primer pensamiento era la mujer con la que dormía a su lado, junto a su amigo. Al ir a trabajar imaginaba su rostro sonriente y tranquilo y la llevaba en su corazón, besándola en sus pensamientos. Ninguna mujer lo trastornaba a tal punto de volverse un cursi sin remedio. Nadie tenía esa mirada retadora ni esos ojos inteligentes. Ninguna mantenía su atención y absolutamente ninguna lograba que tuviera una erección más de dos veces en el día. Era Chicago, siempre había sido, y siempre fue así—. Haré lo que sea para que me creas.

 

— ¿Lo que sea?—Repitió sus palabras en un susurro

 

—Lo que tú quieras, estoy dispuesto a que me creas. Soy todo tuyo, Fresi—expuso  inseguro de lo que significaba entregar su voluntad de esa forma.

 

— ¿Estás seguro?—Inquirió con inocencia fingida. La forma en que lo miraba, decía lo que venía para él no era nada bueno. Tragó saliva, arrepintiéndose interiormente por dejarse llevar tan fácil por esa mujer que se tragaba su raciocinio.

 

—Seguro—ratificó con un leve temblor en su mentón. Chicago se internó en su habitación, Jasón siguió el bamboleo de su cadera. La verdad es que a pesar de llevar una falda larga, una blusa cuello tortuga color negro que cubría todo su cuerpo, se veía apetitosa, como si estuviera un dulcecito bien envuelto que al ser degustado dejaba el mejor sabor en el paladar.

 

Vio que rebuscaba algo en los cajones concentrada, abría y cerraba cajones sin parar. Jasón comenzó a impacientarse por la espera tan tortuosa y más la expresión seria en el rostro angelical de Chicago. No le gustaba ese brillo oscuro en su mirada, ni esa tensión en sus labios.

 

Todo aquello cambio al ver una sonrisa aparecer en  su rostro, pero no era una sonrisa que demostrara felicidad, sino una que se podría asimilar con la de un criminal a punto de acabar con su víctima.

 

—Quítate la ropa, solo déjate los calzoncillos. —La erección de Jasón palpitó en atención ante la orden tan caliente de su mujer. Podría ser bueno lo que tenía entre manos, o podría ser el peor momento de su vida. No podía descifrar lo que pasaba por la mente de Chicago. Ella se mostraba tan neutra, tan ausente que lo asustaba.

 

— ¿Puedo preguntar porque?—Dijo mientras se quitaba la ropa, quedando en bóxer. Chicago se acercó a él y se lo comió con la mirada. El cuerpo de Jasón tembló en aprobación al ver aquella mirada velada por un deseo casi salvaje, primitivo. Las cosas comenzaban  a tornarse interesantes, o tal vez solo era el inicio de una agonía eterna.

 

—No veo la necesidad—ladeó la cabeza, admirando su pecho duro y marcado, aquella musculatura definida, su erección marcada en esos pantaloncillos que parecían romperse por la fuerza que ejercía el miembro de Jasón contra la tela—. Si quieres mi perdón harás absolutamente todo lo que te diga, ¿entendido?

 

Que tomara el rol de ama lo estaba calentando demasiado, aquella mirada fría, sucia, insinuante. ¡Mierda! Se correría en nada, sus bolas demasiado cargadas, su pene envarado y endurecido hasta el límite. Verla asumir el control de la situación era algo nuevo para él, más que eso, era sumamente excitante.

 

—Acuéstate en la cama y no te atrevas a moverte, ¿queda claro?—Ordenó con una sonrisa burlona. Jasón hizo lo que ella le pidió y se acostó, Chicago le tomó la muñeca y de un momento a otro lo esposó. Asombrado por esa pequeña sorpresa, comenzó a respirar agitado porque eso no era lo que esperaba. Estar indefenso no le hacía gracia. Intentó incorporarse al ver como ataba la otra mano, Chicago se colocó sobre él y le dirigió una mirada de advertencia—. Te dije que nada de moverse, ¿acaso no escuchas lo que te digo?

 

—No me gusta a donde estas llevando las cosas—dijo serio—. Estar atado no hace parte del plan de perdón y reconciliación.

 

—Está dentro de mis planes, y se hará lo que yo quiero—replicó con una sonrisa de satisfacción que prometía infinidad de placer, el miembro de Jasón tembló, no tenía claro si era por la excitación o si estaba asustado.

 

Terminó de atarlo a pesar de la resistencia de Jasón, él refunfuñaba y gruñía realmente molesto, estar así, sin poder defenderse lo hacía sentir… indefenso, débil. Odiaba pensar en  ser objeto de burla de esa mujer que era parte de su vida. Verla era como estar cerca del amanecer más resplandeciente, escucharla reír era como escuchar el sonido más exquisito, aunque la prefería gimiendo y gritando su nombre. La amaba, adoraba a esa mujer y quería hacerla feliz cada día de su vida, solo que en ese momento quería ser libre y huir.

 

—Traeré algo para empezar la diversión—comentó admirando su tarea, Jasón estaba atado al cabestrillo de la cama, llevaba ropa interior y su miembro se veía demasiado apetecible. Su entrepierna comenzó a humedecerse. Quería castigarlo por ser tan llamativo, quería golpearlo porque todas las zorras estaban detrás de él. Detestaba no sentirse segura de aquel hombre, no tener paz cuando él salía. ¿Qué pasaría si él se aburría de la situación y decidía que no valía la pena compartir cuando podía tener a quien quisiera? Ese pensamiento le revolvió el estómago. Ambos sabían lo que venía en el paquete al momento de aceptar, no quería arrepentimientos tardíos, solo amarse hasta que sus días llegaran al final, y luego en otra vida. Los tres, juntos, como siempre fue. Los amaba a ambos con la fuerza de un huracán, con aquella pasión que se demostraban con una caricia nimia, con un beso que robaba los pensamientos, con sus cuerpos disfrutando el uno del otro. Los momentos compartidos eran demasiado valiosos como para renunciar a ellos. Si en algún momento del camino alguno decidía arrepentirse, ella no lo soportaría, no quería volver a la misma situación y terminar peor.

 

Quería saber hasta dónde llegaría con ese castigo que no lo seria en absoluto cuando ella rogara por él. Temía no ser directa y dura con el cuándo era debido, y que mejor que en la cama, porque al parecer esa era la única manera en la que Jasón entendía las cosas.

 

Ingresó a la cocina y recogió mermelada, crema batida, chocolate y fresas. Se quitó la blusa, la falda, dejando las botas que llevaba puestas. Deseaba sorprenderlo con una nueva lencería que había comprado para una ocasión. Sin embargo ella terminó sorprendida al hallar a una perra buscona en la cama de su hombre solo en bragas, masturbándose y gritando su nombre. Quemaría ese tráiler inmundo.

 

Jasón se removía en el colchón, jalando las esposas para liberarse, le daba igual dañar la cama, compraría una nueva y más grande luego. Cada intento era en vano, entre más jalaba, el metal se adhería a su muñeca, lastimándolo. El esfuerzo lo agotaba y parecía que la madera de la que estaba hecha la cama estaba reforzada con acero, porque no crujía, a duras penas se movía un poco. Maldijo harto de la situación, no quería jueguitos, quería que Chicago se metiera en esa cabezota que la amaba. ¿Acaso que no era suficiente las condiciones con las que aceptó estar con ella? ¿Si eso no demostraba la profundidad de sus sentimientos, entonces que lo haría? Estaba pensando en lanzarse de un avión sin paracaídas, solo para demostrarle que lo que pasaba en su interior cuando ella estaba cerca era lo más real en su vida.

 

— ¿Me esperaste mucho, amor?—Jasón, al ver a su chica, con una lencería color morado, de una tela casi transparente, quiso gritar de la emoción y correrse en ese momento. Lo mejor, o lo peor es que en su mano llevaba cosas interesantes para hacer de la noche algo inolvidable.

 

—Estas… te ves… Carajo, me… yo…—balbuceaba como si hasta ese mismo momento aprendiera a hablar—. Dios, Fresi, desátame ya mismo—rugió sacudiéndose con la imperiosa necesidad de tocar su piel, quitarse esas prenditas y montarla como ambos deseaban.

 

—Me gustas más así, completamente a mi merced. —La forma en la que lo decía lo puso más duro de lo que alguna vez estuvo. Esa pose de dueña y señora de la situación lo volvía loco, la manera en la que lo miraba, como si fuera un objeto cualquiera. En vez de enojarlo, lo prendía aún más. Quiso ser suyo, así, de la manera que le apetecía. Solo quería entrar en ella en ese instante y llegar juntos a la cima del universo, tocar las nubes y ver a los ángeles sonrojarse por sus acciones tan pecaminosas.

 

Sin perder tiempo, Chicago reprodujo wild2 nite  de Shaggy. Tenía algo realmente especial para disfrutar juntos, tocándose como deseaban, rozándose como sus cuerpos lo pedían. Sin embargo las cosas dieron un rumbo inesperado y esta era la nueva situación que debían atender.

 

Se posicionó delante de él, de tal forma que él no se perdiera absolutamente nada. Jasón inclinó la cabeza hacia adelante para verla. Así, siendo una chica mala, traviesa… Caramba, nadie pensaría que con ese rostro perfectamente hecho por el creador podría poseer tales alcances. Estar a su merced resultaba demasiado malo para él. No había nada mejor que tocarla una y otra vez y saberla suya mientras ella lo recibía como le gustaba. La tortura no era verla en esos trapitos, al contrario, su miembro estaba a punto de explotar. Lo que realmente lo ponía mal era el hecho de no ser el quien la tocara, ni tener la posibilidad de besarla como deseaba hacerlo. Estaba demasiado lejos a pesar de estar en la misma habitación, estar atado era realmente un castigo para su libido.

 

Chicago se movía al ritmo de la canción, balanceaba las caderas de un lado a otro, de un modo seductor, provocando a Jasón, quien no se perdía nada. Se atrevió un poco más y alzó los brazos, descendiendo, tocándose lentamente, jugando con sus pechos, sus pezones, gimiendo y retándolo con la mirada. Jasón jadeó al ver como se tocaba sin ser partícipe del juego, solo un espectador demasiado excitado y necesitado de un simple roce que lo conduciría al clímax instantáneamente.

 

Siguiendo con el castigo, Chicago le dio la espalda, permitiéndole ver ese trasero perfecto y bien formado, esos globos que ansiaba lamer y morder. Ella se inclinó y luego se incorporó rápidamente, moviendo las caderas de atrás hacia adelante. Jasón jalaba las cadenas con desesperación, como un animal enjaulado, deseaba devorar a su presa en cuestión de segundos. Verla tan sensual, desinhibida, perdida en la música, lo estaba enloqueciendo, si es que no estaba loco ya.

 

Se aplicó mermelada en el vientre, se inclinó hacia atrás creado un arco, luego tomó una fresa y la pasó por el camino de mermelada que había creado. Bajo la mirada atenta de Jasón, ella se irguió, lamió la fresa, la saboreaba con lentitud provocadora. La mujer estaba haciéndolo llorar de verdad, era malvada, maquiavélica y esplendida, preciosa.

 

Mordió la fresa y siguió con el contoneo de caderas, moviendo su vientre como si hubiese tomado clases de danza árabe. Dio vueltas evitando tropezarse con sus pies para no ser víctima de las burlas de Jasón. Daba pasos medidos, ondeando sus manos y tocándose como Jasón deseaba hacerlo con ardor. Arqueaba la espalda y Jasón se imaginaba estar en lo profundo de su cuerpo mientras ella hacia ese movimiento. Agitaba el trasero de un lado a otro, lo movía en círculos lentos, luego realizaba un movimiento quebrado de caderas que a lo dejó completamente hipnotizado, soñaba con que practicara ese movimiento sobre su erección.

 

Cansada por la lejanía, extrañando su toque, su aliento, su palabras sucias, algunas veces cariñosas, otras donde se abría por completo y dejaba ver ese chico sensible y dulce que intentaba ocultar. Se acercó, gateando en la cama  y mirándolo como si estuvieran de caza. Jasón tragó saliva y se perdió en su cabello ondulado rodeando su rostro, rozando sus pechos. Ella se  estiró sobre su pecho, besando su barbilla, su cuello,  aplicando un poco de chocolate en sus pectorales, dejando una línea sobre esos abdominales duros. Se sentó sobre aquella erección dura como el granito, moviendo las caderas provocadoramente, llevándolo al borde.

 

— ¿Te gustó el baile?—Interrogó mientras continuaba moviendo las caderas sobre su longitud.

 

—Sabes que si—gimió y cerró los ojos, así no podía seguir, debía bombear dentro de esa mujer y dejar su semilla en su interior cuanto antes. No quería terminar en sus calzoncillos y caer dormido, seria patético.

 

— ¿Qué quieres hacerme, hombrecito?—Chicago lamió el chocolate, descendiendo por el camino  que dejó, mordió y lamió esos cuadrados perfectos, Jasón jadeó y gimoteó atormentado, debía aguantar un poco más, aunque no sabía cuánto tiempo seria. Parecía que aquello duraría toda la noche si era preciso, él por otro lado, no duraría tanto.

 

—Tantas cosas—confesó con la voz enronquecida—. Quiero morder esas fresitas, chuparlas, luego meterme entre tus piernas, moverme como te gusta y dejarte al borde del orgasmo para volver a comenzar y seguir otra vez hasta que me ruegues.

 

— ¿Por qué rogaría, si no estoy amarrada?—Se mofó. Se colocó de rodillas en la cama. Se quitó el brasier y lo lanzó al suelo—. ¿Estas son las fresitas a las que te referías?—Enarcó una ceja juguetona mientras se tocaba, las sopesaba, y jugaba mientras Jasón gruñía de envidia.

 

—Si… quiero probarlas ahora—exigió con la voz entrecortada. En vista de que el castigo estaba funcionando, se aplicó un poco de crema batida en los pechos. Se inclinó sobre Jasón, este no dudó y tomó uno en su boca. Ella gritó al sentir el contraste frio de la crema batida y la lengua caliente de Jasón. Él chupó, saboreó, jaló con cuidado el pezón con los dientes. Chicago tembló, su sexo apretándose, mojándose y deseando empalarse. Pero primero disfrutaría un poco más de ese juego que resultaba ser muy divertido.

 

Se alejó de Jasón y él gimió en tormento. Chicago se apartó un poco para contemplar el miembro más que endurecido del chico. Con una sonrisa traviesa le bajó el bóxer de un tirón, el pene de Jasón saltó pidiendo atención antes de explotar. Ella lo contempló, pasando las yemas de sus dedos por su longitud, éste se estremeció y saltaba con cada roce, Chicago admiraba aquel falo que le proporcionaba placer infinito, admiró a su usuario y sus reacciones. Jasón tenía los ojos entrecerrados, la boca abierta, su pecho subía y bajaba estrepitosamente. Era bello, cariñoso, impulsivo, y completamente suyo. Debía creer o sus dudas lo alejarían. Debía entender que su cuerpo y su alma solo le pertenecían a ella, también debía dejar de comportarse como una paranoica y hablar antes de gritarlo como posesa.

 

Disipando sus pensamientos, le aplicó crema batida en su erección, Jasón arqueó la espalda y gimió complacido, Chicago aplicaba una cantidad generosa para luego añadirle chocolate. Una gota pre seminal se escapó de su miembro, dándole un sabor adicional, uno propio.

 

—Ya tengo mi banana Split. Veamos a que sabe. —Con una sonrisa que alegró el corazón de Jasón, ella lo acogió en su boca. Subía y bajaba la cabeza lentamente, saboreando su miembro con esos sabores explosivos. Apretaba el glande con sus labios y luego bajaba hasta tomarlo todo. Jasón gruñía y movía las caderas pidiendo más. Ella le dio todo al tomarlo en la garganta y sostenerlo allí mientras masajeaba sus nueces cargadas, Jasón gritó a punto de correrse pero se contuvo, en su boca no pertenencia su simiente, sino en su cuerpo, en ese interior que aún no poseía, pero lo haría pronto.

 

Chicago siguió chupándolo, probándolo, pasando su lengua por esa vara suave y dura a la vez, se entretuvo un poco con sus canicas, apretándolas con sus labios, lamiéndolas y masajeándolas. Jasón estaba fuera de sí, sacudía su cuerpo y gemía como si pidiera ayuda. Estaba completamente perdido, abrumado y cada vez más enamorado de esa mujer que le mostraba su lado juguetón y mandón en la cama. Era el hombre más afortunado de la faz de la tierra, sin importar que tuviera que compartirla, en esos momentos en los que los dos confluían para gozar el uno del otro, en esos momentos sentía que podía amarla una y otra vez.

 

—Ya perdóname—pidió al borde del descontrol—. Necesito estar dentro de ti, necesito tenerte. No me tortures más—casi lloró al decirlo

 

—Se paciente, falta poco—dijo con una sonrisa pícara. Masajeó un poco más ese falo marcado por esas venas que indicaban el acercamiento de su liberación, lamió un poco más y luego dejó de martirizarlo de esa forma. Volvió a colocarse de rodillas, deslizó su mano dentro de sus bragas y metió un dedo en su interior. Eso era una provocación a toda regla, ella se daba placer sin consultarle a Jasón. Ya no podía mas, no lo soportaría, se dejaría ir y acabaría con su miseria de una buena vez.

 

—Pruébame—propuso mientras sacaba sus dedos de esa cavidad caliente y húmeda para que Jasón degustara. Él hizo lo que ella le pidió, enredó su lengua entre sus dedos y succionó lo más calmado que pudo, su sabor simplemente lo iba a acabar, no podía más con la situación. Terminaría sobre su cuerpo y podría volver a su vida. Tanto juego lo estaba exasperando. Necesitaba estar sumergido en Chicago en ese mismo instante o lloraría de verdad.

 

—Sabes a fresa—musitó contra sus dedos, los besó una vez más y ella apartó la mano. Se colocó nuevamente sobre su miembro y se apartó la tela que cubría su sexo para acuñar la erección de Jasón. Estaban a un paso de hacerlo, solo un poco más y le daría lo que tanto deseaba, pero necesitaba jugar un poco con su paciencia.

 

— ¿Quieres estar dentro de mí?—Movió las caderas y ambos jadearon a punto de llegar al cielo. Estaba húmeda, suave. Si se movía unos centímetros hacia arriba, podía entrar de un empujón.

 

—Sí, Fresi. La pregunta ofende—se quejó al ver la punta de su miembro aparecer y desaparecer al compás del movimiento de caderas de Chicago. Ella jadeaba inconexamente mientras lo seguía seduciendo con el bamboleo de caderas sin darle lo que quería. El roce entre sus sexos aumentaba, Chicago se humedecía cada vez más y Jasón iba sufrir de una apoplejía si ella no paraba de torturarlo

 

— ¿Solo a mí, solo conmigo?—Preguntó, repentinamente insegura

 

—Haces preguntas ofensivas—rezongó a punto de desmayarse—. Nadie en la vida me había hecho sentir tan vulnerable como tú. Ninguna mujer se puede comparar contigo. Ninguna mujer me toma de esta manera y me deja al borde el orgasmo, solo para endurecerme más—gruñó un poco mientras ella movía las caderas sin quitarle los ojos de encima—. Pero por encima de todo eso, ninguna me quita el aliento, la razón como tú. Siempre has sido la única en la que puedo pensar, la única a quien deseo todos los días de mi vida. Cada día te amo más y adoro ver cada faceta tuya. La dulce, la malhumorada, la sabia, la dominante. Representas a un ser tan integral que siento que debo luchar para estar a tu altura cada día de mi vida.

 

Chicago se rindió ante sus palabras, ante la sinceridad que revelaba su mirada. Dejó atrás esas dudas ridículas y se permitió creer en él por qué valía la pena. Sin darle más largas al asunto lo enterró en su interior como ambos querían desde un principio, Jasón alzó las caderas para hundirse más en ella, pero Chicago lo detuvo colocando sus manos en sus caderas.

 

—No puedes moverte. —Ella fue quien hizo todos los movimientos, primero de arriba abajo, sumergiéndolo más profundo. Tenía la cabeza hacia atrás mientras lo tomaba y lo follaba como quería. Jasón deseó estar libre para agarrar sus pechos y apretarlos mientras ella lo hacía suyo. No obstante no había nada más erótico que su Fresi lo inmovilizara y tomara la profundidad que ambos anhelaban.

 

—Dios… Fresi… necesito más—aulló reclamando más de ella, más de ese interior suave, acogedor, ardiente como el infierno. Ella se inclinó un poco hacia delante, apoyando sus manos en el cabezal, la fricción interna los quemaba y los estimulaba. Ambos gemían con fuerza, se miraban a los ojos mientras unían sus cuerpos, sus pensamientos, cada parte involucrada. Ella le sonrió y el pecho de él comenzó a funcionar como un motor con -gasolina. Se inclinó un poco más y lo besó. Jasón jaló las esposas, queriendo enredar sus dedos en su cabello tan hermoso, atrapar su rostro y besarla de forma fiera, arqueando la espalda enterrándose más en ese fino y delicioso cuerpo. Chicago empujaba más profundo, tocando ese punto que a ambos los enloquecía, mientras lo besaba se introducía un poco más, lo sacaba casi por completo y luego lo enterraba con fuerza,  con la cabeza hacia atrás, gemía sin control alguno, sollozaba y estaba a punto de llegar al infinito.

 

—Jasón… si, me gusta, me gusta, te amo. —Saltó sobre él un poco más. Un cúmulo de sensaciones se concentró en su vientre bajo, su interior apresaba el miembro de Jasón, dando aviso de que pronto llegaría al dulce final de aquel interludio—. Así, necesito esto. ¡Ya casi!—Chilló y se movió mas rápido, hacia delante y  hacia atrás, más fuerte más duro, más profundo.

 

—Chicago… —Apretó los dientes, intentando retener el poco autocontrol que tenía, pero le fue imposible. Tiraba de las esposas y se movía al compás de Chicago, empalándola hasta el final, estimulándola y haciéndola gemir como quería. Él jadeaba y gemía junto a ella, sabiendo que llegaría al mejor de los desenlaces—. No creo que pueda…

 

—¡¡ Me voy a correr!!—Dijo, explotando unos segundos después, sonriendo mientras su cuerpo sufría de aquellos espasmos que tanto deseaba. Jasón la siguió inmediatamente, regándose en su interior y jadeando con fuerza. Dejó que todo eso que tenía acumulado saliera en aquel lugar acogedor que era parte de él, sufriendo de los mismos espasmos que recorrían a su Fresita.

 

Completamente saciados, intentaron controlar sus respiraciones, disfrutar de ese pequeño momento después del buen sexo. Chicago cayó sobre su pecho, masajeando con sus músculos internos el miembro de Jasón, tocando su pecho aun con restos de chocolate, besándolo tiernamente, lamiendo algunas partes, tomando cada parte que podía de él. Era suyo y no necesitaba que nadie se lo confirmara o le enviara una carta de propiedad. Ese chico rebelde e imprudente estaba perdido por ella, perdido sin ella, creía en él, en su relación, en todo lo que tuvo que dejar a un lado por complacerla, debía pensar en vez de pelear con él cada vez que alguna guisa resbalosa quería algo.

 

—Me duelen las manos, Fresi. —Chicago lo sacó de su cuerpo, provocando un quejido por parte ambos. Se puso de pie y buscó las llaves de las esposas. Su rostro se contrajo al ver las marcas que se había provocado por intentar soltarse. Las besó, las acarició con cuidado y luego soltó los brazos con cuidado. Jasón sintió como la circulación volvió a sus brazos, aunque todo eso valió la pena, ese jueguito casi lo deja en un psiquiátrico. Ella sabia como torturarlo, era una criatura tan sensual, dulce, fuerte, y lo mejor de todo, estaba enamorada de él. ¿Que había hecho en la vida para merecer tanto? Era un bastardo afortunado y nunca tentaría su suerte cuando tenía lo que siempre quiso junto a él.

 

—Lamento si te lastimé—musitó acostándose a su lado—. Me extralimité…

 

—No tienes ni la más mínima idea de cómo disfruté esto—la calló con un beso—. Esto quedará registrado en mi memoria para siempre, uno de los momentos más calientes de toda mi existencia. —Esbozó una sonrisa y la acogió entre sus brazos, pasando las yemas de sus dedos por su espalda.

 

—Confió en ti—comenzó a decir completamente relajada contra su cuerpo—. Se lo mucho que te costó ajustarte a esta vida. Seguramente piensas que eso no está funcionando por mis ataques repentinos de celos…

 

—Nada de eso—la frenó completamente herido por sus palabras, se puso a un costado para mirarla con esa intensidad que le secaba la boca—. Me encanta que estés celosa—confesó con una sonrisa triunfal—. Yo también estaría así si encontrara a un hombre medio desnudo que no fuera Daniel, entraría en modo asesino y me descontrolaría. —Acarició su frente con sus labios, depositando un beso.

 

—Prometo dejarte hablar y no actuar como una lunática gritona. No quisiera que eso te alejara de mí.

 

—No me alejaría de ti si después de que te pongas como lunática me folles como lo acabas de hacer—dijo besando su oreja—. Me encantó que me amarraras, al principio no tanto, pero luego… estuve eyaculando internamente al ver cómo me provocabas. Eres una chica mala, amo a esta chica mala—declaró con esa sonrisa dulce que la hacía delirar.

 

— ¿Te arrepientes de aceptar estar conmigo bajo estas condiciones?—Preguntó asustada de su respuesta.

 

—Ni un maldito segundo de mi vida—aseguró sin parpadear—. Estaré siempre contigo como tú quieras. Sabes que no pienso cuando se trata de ti. —Besó sus nudillos y luego sus labios.

 

—Te amo, Jasón, nunca lo olvides—dijo acomodándose más cerca de su pecho.

 

—Tú eres la que lo olvida—insinuó con diversión en su voz—, pero te perdono.

 

Ella no dijo nada, nunca olvidaba que la amaba, nunca se atrevería a pensar en eso. La verdad era que su temor a perderlo era tan grande que no media sus acciones. No podía mantenerse bajo control cuando una mujer lo devoraba con la mirada, o buscaban la oportunidad de llamar su atención. Así le pasaba con Daniel, sus rasgos angelicales atraía a muchas perras ganosas con ganas de corromperlo, él siempre las cortaba con decencia y miraba a su esposa como si fuera la primera estrella que aparecía en el cielo.

 

Jasón se quedó dormido, Chicago sonrió enternecida, la verdad quería repetir lo sucedido muchas veces más, esta vez sin estar guiada por la rabia. Lo limpió y lo abrigó. Depositó un beso en su frente y luego ella se cubrió con un albornoz. Al llegar a la puerta de su habitación encontró a Daniel sentado en el mueble, perdido en sus pensamientos. No le gustaba ver esa expresión tan turbada que deformaba sus bellas facciones. Dejó todo lo que llevaba en la mesa y se acercó a su esposo.

 

—No sentí que llegaras—le informó acariciando su cabello.

 

—No quería interrumpir. —No había rabia, o celos, simplemente parecía cansado, aunque eso no era todo lo que sucedía por su cabeza.

 

— ¿Cómo te fue en tu trabajo, amor?—Acarició su cabello y besó su mejilla.

 

—Bien—contestó secamente, aquel tono no era propio de él, lo que pasara por su cabeza era bastante delicado.

 

— ¿Qué te pasa?—Indagó con un sentimiento extraño que absorbía su pecho, la expresión de su esposo no le transmitía tranquilidad alguna.

 

—Nada. —La miró a los ojos y sin perder el tiempo en pensamientos oscuros le dio un beso a su esposa. Sabía a chocolate con mermelada, ella gimió en respuesta y lo acepto. Nunca la besaba tan desesperado, tan… angustiado, como si temiera que ella fuese a desvanecerse. Ella le correspondió con el mismo fervor que el ejercía contra sus labios. Sus manos tocaban su cuerpo como si estuviera cerciorándose de que ella estaba allí, besándolo, amándolo, gimiendo contra sus labios mientras el tocaba su cuerpo en busca de calma. Algo realmente malo le pasaba, pero no lo presionaría, dejaría que el mismo se explicara cuando estuviera. Se apartó de ella, permitiéndole absorber el aire de la habitación, ella parpadeó completamente impresionada por su reacción. Usualmente él era tierno, suave, Jasón era un poco más rudo, más salvaje. Aquel beso le hizo ver lo equivocado que estaba al respecto, aunque le inquietaba la forma en la que la besó, no quería ver a su esposo tan nervioso, tan… mortificado. Se acurrucó contra él y permitió que él la acariciara como quisiera.

 

— ¿Te preparo algo de comer?—Preguntó contra su pecho.

 

—No te preocupes Chiqui, no tengo hambre—la tomó de la barbilla y besó sus labios—. Ve a descansar, mi dulce Chicago. —Los ojos de ella se aguaron cuando le dijo de esa manera. Nunca lo había hecho y debía existir una razón más allá del amor que profesaba. Ella lo besó e hizo lo que le dijo, con un nudo horrible en la garganta.

 

************

 

— ¿Qué haces despierto a esta hora?—Jasón se sentó a su lado, aun llevaba chocolate y olía a sexo. A Daniel no le importaba, estaba absolutamente cómodo con estar juntos por ella. De hecho, se entendían mucho mejor de lo que esperaban. Su amistad se fortaleció y su amor por esa mujer aún más.

 

—Analizando cosas—respondió con la vista fija en el computador. Había encontrado la memoria de Chicago sobre la mesa y quiso explorar un poco, encontrándose con las cosas más desagradables que alguna vez pudo encontrar en su vida.

 

—Déjame ver, señor experto. —Jasón se sentó a su lado y lo que vio no le gustó nada. Eran algoritmos numéricos que entendía, ya que estudio finanzas con su amigo. Parecían movimientos bastante grandes de los cuales se desconocía su origen y su destino. Transacciones incoherentes pero bien maquilladas por alguien muy bueno. Jasón comprendía un poco sobre el tema, había estudiado esa carrera porque su padre se lo impuso. Sabia de cuentas bancarias, movimientos financieros y demás, aunque eso lo desesperaba y aburría. Su pasión eran las carreras y Chicago.

 

— ¿Qué es eso?—Jasón se perdía entre los números e información extraña

 

—Es la memoria de Chicago—contestó mirando detenidamente los números—. Al parecer ella extrajo información de una cuenta que pertenece a Joshua. Algo grande se trae ese tipo entre manos y quiero saber que es. Es obvio que maquilló los estados financieros, pero no puedo determinar a qué empresa corresponde. Estas transacciones que no parecen ser fuera de lo ordinario ya que manejan mucho dinero, sin embargo su destino es desconocido. Esto… no me gusta

 

—Deja eso—le recomendó con voz dura—. En unas semanas nos largamos y comenzaremos de nuevo. Solo… bota esa abominación y continuemos con nuestras vidas.

 

—No lo entiendes. —Daniel negó con el cabeza, preocupado—. Ese tipo es peligroso, es un bastardo que no le importa sino sus necesidades y estará sobre Chicago toda la vida a menos que encontremos la forma real de protegerla. Hoy supe muchas cosas de él que me dejaron helado.  Es alguien con alcances insospechados. Debemos buscar la forma de mantenerlo lejos de nuestra mujer

 

— ¿Qué propones?—Se enderezó y lo miró con cautela.

 

—Por ahora que no le menciones nada a Chicago, no quiero que se angustie—dijo cansado—. Prométemelo Jasón.

 

—Claro que sí. ¿Y mientras tanto que hacemos?

 

—Aun seguiré unos días más en la empresa, trataré de conseguir información y luego intentaré averiguar qué clase de cuentas son y las transacciones bancarias que ha hecho

 

—Está bien, haremos lo como tú digas. Acabaremos con esa plaga de mierda—prometió apretando los puños, con el corazón desbocado y la angustia crepitando en su ser.

 

 
 

 
 

 
 

 
 

 
 
La propuesta
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