Capítulo 37: Olvido

 
 

Seis meses después…

 

La comunidad aún estaba sacudida tras los eventos revelados por Michelle a través del noticiero. Los pocos detalles a los que obtuvo acceso gracias a los testimonios de algunos oficiales y grabaciones tomadas por los reporteros que llegaron después de las capturas. Algunos hombres de Joshua se fugaron, otros se rindieron. Podían decir que la historia tuvo un final feliz.

 

Pero eso no fue así.

 

Eleonor relató con gran angustia lo que sucedió con Chicago, siguiendo las instrucciones de Michelle para reservarse ciertos detalles íntimos. El secuestro de su hija quedó más como un conflicto de interés por información que ella tenía en su poder, no como un juego siniestro de una mente enferma. Era lo más apropiado para la familia.

 

La noticia seguía dando de qué hablar cuando Samuel dio su testimonio para limpiar su nombre. A pesar de que se había demostrado su inocencia, no podía recuperar la confianza de los inversionistas. En su poder estuvo prever que algo así sucedería. Se confió y no fue capaz de hacer nada por salvar de la quiebra a muchas personas que creyeron en él como empresario. Fueron timados, engañados, lo que despertó el odio de algunos. Samuel seguía debatiéndose entre la perdida y el restablecer su vida. Intentaba sanar a su manera, reponiéndose de los escombros que dejó su hijo. Aun tenia capital suficiente para sostenerse, lo estaba haciendo. Sin embargo el sabor amargo de toda la experiencia vivida en los últimos meses no le permitían dejar todo atrás de una vez y para siempre. Su esposa, Lidya, solo estuvo con él el día que enterraron a Joshua. Nadie fue, nadie lo quería como para derramar una lagrima por él. Lidya le comentó que no podría estar a su lado después de ese escándalo tan repugnante que manchaba su nombre y los recuerdos gratos, a lo cual Samuel asintió, dejándola marchar para siempre.

 

Sean y Eleonor también enfrentaban la perdida desgarradora de Bianca. Al terminar la operación, encontraron el cuerpo de su hija en un estado desagradable. Eleonor tuvo pesadillas, vomitaba, suplicaba que le devolvieran a su bebé, nada podía devolverle la vida. Lastimosamente, su nombre se vio perjudicado por actuar en conjunto con Joshua Grantt. Ese tema se manejó con pinzas durante tres meses, indicándoles a los amarillistas que vivían del dolor ajeno que Bianca fue una víctima más de los enredos de aquel hombre. Gracias a ella pudieron dar con el paradero de su hermana. Gracias a su sacrificio, Chicago estaba de vuelta con la familia.

 

Reconocer su cuerpo y enterrarla fue la parte más devastadora de todas. Ninguno dejaba de culparse, de recriminarse por su mal actuar, por su ceguera sobre lo que sucedía ante sus ojos. Fue una ceremonia íntima, a la que asistieron algunos familiares. Ningún padre merecía enterrar a su hijo, ese no era el orden natural de la vida, no obstante los hechos les demostraba que nada podía darse por sentado.

 

Eleonor se puso de rodillas frente la tumba de su hija menor. Físicamente, Chicago se parecía a ella; de cabello castaño, ojos café. No obstante, era más afín con Bianca. La misma voluntad de fuego, la misma terquedad y ambición. La amó más desde el primer momento en que la sostuvo en sus brazos. Como madre, supo que esa pequeña con un corazón frágil, sería su eje. Así fue por un tiempo, toda su atención se concentró en ella, olvidándose de su hija mayor. Para ella, Bianca necesitaba más cariño, más atenciones, cumpliría con sus expectativas. Tuvo que darse cuenta a los golpes que su hija jamás le obedecería en la forma en la que ella deseaba.

 

Se acostó sobre la lápida, rompiendo en un llanto ensordecedor, temblando, respirando entrecortadamente. Su corazón se desintegraba mientras notaba la ausencia de su pequeña, de su pequeña rebelde. Nunca tendría la oportunidad de verla escoger otro camino, de abrazarla, de enmendar su error. Nunca se casaría, nunca podría abrazar a sus nietos, nunca podría ver su sonrisa coqueta en su rostro. Ya nunca la tendría de nuevo junto a ella.

 

—¡¡Oh Dios mío!!—Chilló desconsolada—¡¡Dios, me duele!! ¡¡ Devuélvemela, tráela de vuelta!!—Clamó dándole puñetazos al suelo—. Quiero verla de nuevo, quiero que me dé otra oportunidad. —Se acurrucó, delirando entre los recuerdos y la realidad. Compensar tanto tiempo perdido de nada servía, las consecuencias de sus acciones estaban reflejadas en lo que vivían en ese momento. Lo único que podían hacer era velar por la hija que aún vivía, la que pendía de un hilo.

 

—Levántate, amor—susurró Sean, destrozado por la muerte de su pequeña. Como el hombre de la familia, debía ser el soporte, el sostén, llevar la carga. Sin embargo era más pesado de lo que podía soportar. Perder un hijo era algo inconcebible, indeseable, y más cuando no tuvieron una oportunidad para abrazarla por última vez. Lloraba en silencio, llevaba el luto en su alma, reconociendo que las fuerzas que le restaban debía ponerlas en la recuperación de su hija mayor.

 

—¡¡Lárgate y déjame!!—Gritó enfurecida—¡¡No eres más que un maldito estorbo, un inútil de porquería!!—Lo golpeó en el pecho, expresando su rabia contra él—. No hiciste nada por quererla, por protegerla. ¡¡Mira en lo que terminamos!!—Señalo el cementerio con exasperación—. Déjame sola, Sean. Quiero morirme.

 

—Moriremos juntos entonces—declaró agotado. Con un gesto les indico a los presentes que se retiraran, de todas formas le molestaba tantas personas fingiendo sentir pena por ellos cuando seguramente no les importaba en absoluto.

 

Los invitados se fueron, dejándolos allí, revolcándose en su miseria, en el dolor, en los lamentos. Sean se acurrucó al lado de su esposa. Aun no lograba entender como su familia se tergiversó de esa manera, como toda su vida se volvió una mierda. No recordaba en qué punto comenzó el declive, cuando se desviaron del rumbo, que pasó. Sabía perfectamente que Eleonor era ambiciosa, temperamental, egoísta, y así la amaba. Esa era su forma de ser, de esa manera la conoció y por más que lo insultara, lo humillara, nunca dejó que su amor se apagara.

 

La atrajo a su pecho, besando su frente, tratando de meterla en su piel para que sintiera que el dolor era el mismo, que no debía cerrarse porque ambos perdieron a un ser importante. Necesitaba que ella se dejara proteger, como pocas veces lo hacía. Le permitió que mojara su camisa negra, que lo golpeara y lo insultara. Soportó las heridas físicas y emocionales, haciéndole ver que era su refugio, que estaba dispuesto a llevar una carga aún más pesada con tal de verla surgir. Ambos debían sanar, perdonarse, y luchar por su hija, por aquella niña que no abriría sus ojos.

 

—Te amaré toda la vida—susurró abrazándola más fuerte—. No hay ni un solo día en que no dé gracias por conocerte, por permitirme compartir los momentos más hermosos de toda mi existencia. No logro comprender del todo porque te fijaste en mí, pero me siento afortunado. Te doy gracias por concebir esos hermosos seres que adornan nuestro mundo. —Se aclaró la garganta para continuar—: Sé que no lo hicimos bien. Sé que piensas que hemos fallado. Nada de lo que te diga podrá devolverle la vida, nada de lo que te diga hará desaparecer nuestro sufrimiento, pero quiero que sepas que soy tu esposo, tu pareja, y sobre todo tu amigo. Soy tu apoyo, en lo bueno y en lo malo. No quiero que te cierres y huyas de mí. No podría soportar que toda mi familia se vaya a la borda.

 

Ella alzó su rostro, en sus ojos había un rastro de compasión que pocas veces dejaba ver. Estaba realmente conmovida, trastocada, recordándose porque seguía a su lado a pesar de ser un arpía. Nadie la soportaba como él, nadie la miraba con tanta adoración como lo hacia él. Deseaba que sus hijas tuvieran algo como lo que ella tenía con Sean. Lo había echado a perder todo por su petulancia, su egoísmo y arrogancia. Aquel hombre que la sostenía con tanta ternura merecía algo mucho mejor que ella, lo sabía. Aun así, seguía siendo lo suficientemente egoísta para no dejarlo ir nunca.

 

—Yo también te amo, Sean—murmuró pegada a él. Así estuvieron el resto del día y parte de la noche, compartiendo la desolación juntos.

 

Daniel y Jasón seguían esperando a que su bella durmiente abriera los ojos. Cuando la llevaron al hospital, sus signos vitales eran un susurro imperceptible, un tenue sonido que iba y venía. Entraron a urgencias y lo primero que hicieron fue llevarla a cirugía, Jasón fue llevado a cuidados intensivos. La espera fue toda una travesía, el reloj parecía burlarse de él, yendo más lento, señalándole su soledad, su incapacidad de manejar la situación. Las dos personas que más amaba estaban pasando por un momento primordial y delicado. Jasón contó con más suerte, al menos la bala se extrajo de su cuerpo, debía esperar su recuperación. Chicago… ella era la que realmente le preocupaba. No podía creer que después de lo ocurrido no pudiera disfrutar del fin de la peor de las experiencias.

 

Esperó horas largas y tediosas a que algún doctor le diera razón de su amigo y de su esposa. De alguna manera entendía a Chicago y sus terribles ganas de estrangular a cualquiera que se le atravesara. Afortunadamente Knox estaba a su lado, en silencio, lo cual no le ofrecía ningún consuelo. Durante ese lapso llegaron sus suegros. Eleonor se dirigía a él dispuesta a desollarlo, Sean iba detrás para detenerla.

 

— ¿Dónde está? ¡¿Dónde carajos esta?!—Gritó zarandeándolo, con los ojos desorbitados—. ¡Háblame, maldito idiota!—Sean tuvo que agarrarla por la cintura, leyendo sus claras intenciones de abofetearlo. Daniel se puso de pie, mirándola con lastima, con angustia

 

—Está en cirugía. No nos han comunicado nada—contestó abatido.

 

— ¿Cirugía? No entiendo nada de lo que balbuceas. ¿De qué cirugía hablas?

 

—Si hija sufrió un golpe muy fuerte en la cabeza. Tuvimos que traerla rápidamente porque se estaba desangrando, como lo puede ver. —Knox extendió los brazos para que pudiera ver sus manos y sus brazos ensangrentados. Daniel escondió las suyas. No podía soportar la mirada horrorizada de Sean sobre él.

 

Eleonor cayó de rodillas, golpeando el mármol. Sean la siguió, sosteniendo toda su furia, sosteniendo su frustración. Ella se dejó abrazar, rindiéndose ante lo abrumador de la situación, sintiendo que su corazón fallaría en cualquier momento. Sin embargo, toda la ira que aun permanecía en su interior buscaba la manera de salir, de dirigirse a alguien. Y quien mejor que aquel que representaba la ley.

 

Se incorporó, levantando su mano para darle una rápida bofetada. Knox ni siquiera lo vio venir, toda la operación había sido un desastre. Estaba tan agotado que defenderse era inútil.

 

—¡¡Prometiste devolvérmela con vida!! ¡¡ Tú deber era traerla ilesa a nuestro hogar!!—Bramó empujándolo—. ¡¿Por qué demonios no pueden hacer su trabajo?! ¡¿Por qué no son capaces de hacer las cosas bien?! Tanto que dicen que nos protegen, que velan por nuestra seguridad. Ustedes dicen tanto pero hacen poco—rugió, intentando lanzarle una bofetada, pero Sean agarró su muñeca antes de que su mano impactara contra la mejilla del detective.

 

—Es suficiente de escándalos. Nada hubiera evitado esto—la regañó apartándola de los hombres—. Tienes que controlarte y esperar a que nos digan que es lo que pasa con nuestra pequeña. Tu actitud solo hará que nos saquen como perros del hospital. —Eleonor cerró su boca, no podía refutar a su esposo sabiendo que tenía la razón y quedaría como una mujer patética.

 

Estuvieron esperando durante horas, ninguno intercambiaba palabra alguna. Eleonor miraba a Daniel despectivamente, insinuando su poca hombría y lo poco que le agradaba, este a su vez le devolvía la mirada de forma serena, intentando encontrar afinidad en su situación, solo se llevó una gran decepción.

 

Un doctor salió de la sala de cirugía, limpiándose la frente. Se acercó a la sala de espera, reconociendo a Knox y a Daniel ya que ellos iban en la ambulancia.

 

Todos se incorporaron, expectantes a cualquier novedad. Eleonor sonreía con optimismo, apretaba la mano de su esposo, diciéndole con el gesto que no la dejara caer. Daniel miró al doctor, interpretando que las noticias no eran tan buenas como esperaba.

 

—Caballeros…

 

—Nosotros somos sus padres—puntualizó Eleonor con soberbia—. Queremos saber cómo esta nuestra hija.

 

—Su hija perdió mucha sangre, durante la cirugía tuvimos que reanimarla—Daniel trastabilló, ella estuvo técnicamente muerta por unos segundos, por unos infinitos segundos la perdió para siempre. Quiso gritar por ello—. Logramos estabilizarla y practicar la operación a la vez. Fue una maniobra complicada pero necesaria ya que las lesiones de su cráneo fueron profundas y graves. Le hicimos una transfusión de sangre, lo cual le permitió resistir la cirugía. Durante el proceso tuvimos que sellar la herida con una placa delgada ya que su frente quedó completamente destrozada. —Eleonor gimió, abrazando a Sean con fuerza, casi hasta arañarlo, ahogando su llanto en su camisa—. Parte de su cerebro se vio comprometido, lo que implica una inflamación en la zona. Aunque su vida está a salvo, ella entró en coma debido a la lesión.

 

El impacto de la noticia fue como si cayera una bomba en medio de la sala. Ninguno de los presentes podía digerirlo. Daniel no parpadeaba. Su garganta se cerró, su respiración era lenta, como si el solo hecho de tomar un poco de oxigeno resultara un esfuerzo titánico. Las manos le palpitaban, al igual que su cabeza. Todo a su alrededor se tornaba insulso, lejano, incomprensible. La mujer de su vida, la chica de sus sueños, aquella a la que conoció en una fiesta, la que pudo ver a través de él, se había detenido en el tiempo.

 

Buscando las palabras que rondaban su mente, hizo la pregunta que ninguno se atrevía a hacer:

 

— ¿Cuándo… despertará?

 

—Eso es algo que no puedo determinar—respondió—. Podrían ser días, semanas, meses, años. Depende de ella y de un milagro. Lo que podemos hacer es monitorearla y realizarle escaneos constantes para saber cómo se encuentra su actividad cerebral, alimentarla vía intravenosa. —El doctor bajó la vista, afectado por las expresiones de los presentes. Hizo lo que pudo, lo que humanamente estaba en sus manos. Odiaba esa parte en la que tenía que dar malas noticias, las miradas perturbadas de los familiares, sin embargo ese era su trabajo y no podía hacer nada más por aquella chica.

 

Chicago fue trasladada a cuidados intensivos, solo podían entrar de a uno a determinadas horas. Su madre fue la primera en ingresar, Daniel le concedió el derecho, después de todo era la que tenía la potestad por encima de los presentes.

 

Su cabello fue cortado al ras para poder realizar la operación. Su cabeza estaba vendada. Su rostro pálido, al igual que su cuerpo. Sus manos tenían signos claros de maltrato, como si hubiera estado amarrada. Eleonor no pudo apagar el sollozo que se escapó de sus labios. Verla dormir y sin saber cuándo despertaría le daba un panorama desolador. Toda esa energía quedó apagada, aplastada, inmóvil. Su hija estaba en el limbo, un estado que los dejaría en constante incertidumbre.

 

Daniel aprovechó para preguntar por Jasón. Al saber que se encontraba consiente y descansando fue a verlo. Debía darle una noticia cada vez más dolorosa que la anterior. No sabía cuántos golpes podría soportar o como reaccionaria. Era su deber mantenerlo al tanto de la situación. Al narrarle lo sucedido con mucha calma, Jasón se tensó para luego derrumbarse en la cama. Se debatía entre la tranquilidad de saberla viva y entre la tristeza por saber que no podría escucharla.

 

—No sé cuánto podré resistir, Dani. Ya… no sé qué más hacer—dijo derrotado—. Espero algún día decir que las pérdidas que tuvimos por el camino valieron la pena, que romperse y rearmarse una y otra vez tuvo sentido, que toda esta mierda que nos pasó realmente nos ayudó como pareja, como personas. Ella… es todo para mí y temo que…

 

—No lo digas—lo cortó Daniel con severidad—. Está viva, está de vuelta a casa. Debemos tener fe, ser fuertes. Hemos pasado por tanto que darnos por vencidos en este punto es restarle importancia al esfuerzo, al dolor que nos hemos enfrentado. Si nos negamos a seguir adelante entonces todo lo que padeció Chicago no nos afectó. Es ella quien ha tenido una experiencia desastrosa, humillante. —Agarró su mano, imprimiéndole la fuerza de su convicción, de su confianza—. Hay que estar a su lado para cuando despierte. Nos necesitará más que nunca. No podemos ignorarla, no lo haremos—afirmó.

 

—Nunca le negaría nada—aseveró molesto por la insinuación de Daniel—, pero prefiero tener las expectativas lo más realistas posibles. La amo tanto que le he transferido todo a ella. Si… por alguna razón…. Nunca despierta, no dejaré de esperarla, no dejaré de soñar con ella, no dejaré de vivir por ella. Puede que me consuma, a lo mejor suena patético, pero quiero tener ambas posibilidades en mis manos para no… estrellarme con otra noticia más devastadora.

 

Los chicos conversaron un poco más. Vieron a Chicago por turnos. Se limitaron a contemplarla y a susurrarle lo mucho que la habían extrañado, que sin importar el tiempo que pasara, la esperarían.

 

Luego de eso la noticia conmocionó a la población. Tenían evidencias de lo sucedido. Knox había recabado algunos videos y había dado su testimonio. Eleonor hizo lo mismo. Todos tenían que ver con la noticia, especulaban sobre algunas cosas que quedaban en el aire. Michelle quiso entrevistar a Daniel, pero él se negó. Su privacidad no se vería afectada por chismosos que necesitaban alimentar su egoísmo. Muchos comenzaron a preguntarse la extraña relación entre Jasón y Chicago. La información fue sesgada al respecto, argumentando que era amigo cercano de la pareja durante mucho tiempo, por tanto se vio involucrado emocionalmente en el secuestro de Chicago Adams. Tuvieron que manejar esa parte con pinzas, diciendo lo elemental, lo que las personas podían creer para que la familia Adams no se viera más avergonzada de lo que ya estaba.

 

Abel, al enterarse de lo sucedido, llegó al hospital donde residía su amiga, exigiendo explicaciones, apersonándose del público entrometido, tratando de no derrumbarse ante los acontecimientos. Al ver su amiga completamente inerte en la cama, lloró. Se arrodillo frente a ella, como si estuviera adorándola, le tomó la mano y le suplicó que no fuera tan tonta como para dejarlo. Tenía que despertar e ir a trabajar con él en su canal, de modo que estaba obligada a despertar. Eleonor se sentía complacida con su presencia. Era el hombre que siempre quiso para alguna de sus hijas. Guapo, económicamente estable, inteligente. Aunque no debía dar lugar a esos pensamientos banales, estaba agradecida de que Chicago estuviera rodeada de personas como él.

 

Mientras Chicago permanecía en un sueño profundo e interminable, la vida seguía su curso, dando por finalizado algunos asuntos pendientes. La policía encontró los huesos de su pequeño en el túnel que Joshua usó para escapar. Daniel y Jasón hicieron una ceremonia íntima, lloraron en silencio y lo enterraron al lado de Bianca. Antes de abandonar el cementerio, los chicos se arrodillaron, limpiándose las lágrimas, buscando las palabras para despedir a su hijo adecuadamente. Fue Jasón el que tomó la vocería:

 

—Sé que nunca tendré la dicha de conocerte, no podré sostenerte en mis brazos, no podré verte caminar, sonreír, decirme… papá. —La voz se le quebró—. Pero cuando me enteré que ibas a venir a este mundo… la vida tomó un sentido completamente distinto. Llegaste a mí cuando no tenía razones para seguir adelante. El saber de tu existencia fue el motor que me impulsó a salir de mi oscuridad y esforzarme por ganarme el perdón de tu mamá. —Tocó la lápida, sintiendo como una parte de él moría por dentro—. Verte, tocarte, conocerte, hubiera sido la mejor de las aventuras. Serias la persona más amada, con dos padres y una hermosa madre, sin duda alguna llenarías nuestra vida de nuevas alegrías. —Se inclinó por completo en el suelo, los hombros le temblaban. Dejó que los sollozos, las lágrimas, la impotencia, encontraran una salida. Se aferró a la lápida de mármol, deseando retroceder el tiempo y no permitir que su Fresita se alejara de él. Si no hubiera sido frío, ella estaría despierta, probablemente irritable y hermosamente enfadada con él por ser tan bufón. La besaría y le susurraría cosas lindas a su bebé. Pondría su mano en su vientre y le diría que pronto se verían para compartir el mundo. Daniel estaría a su lado diciéndole lo ansioso que estaría de verlo para consentirlo, Chicago los regañaría por sus intenciones, luego la llenarían de mimos y cumplirían sus caprichos. Tantas cosas que pudieron pasar, pero la realidad era un horrible desierto donde no existía un oasis para ellos.

 

     Daniel lo acompañó en el llanto, dedicándole unas palabras al pequeño:

 

—Astor… tu mamá quería que te llamaras así —sonrió ante el recuerdo—. Ella amaba ese nombre por alguna razón inexplicable. A mí me gustaba provocarla diciendo que el nombre era feo, pero me decía que era un nombre con un gran significado, ahora entiendo porque. —Tocó la lápida con la yema de sus dedos, cerrando los ojos mientras su corazón se rompía en pequeños fragmentos que perecían—.Te amé antes de conocerte, imaginando tu llegada. Te llenaríamos de mucho amor, nos desviviríamos por ti. Nos cuesta pensar que… ya no estás con nosotros, pero quiero que sepas que nunca te olvidaremos. Tu recuerdo ha quedado marcado en nuestra memoria para siempre, te recordaremos con anhelo, con orgullo, con un profundo afecto. Haremos a tu mami muy feliz. Lo haremos en honor a ti, en honor a ella.

 

Se marcharon del lugar, dejando un recuerdo enterrado en aquel lugar, dejando atrás un parte de ellos que jamás volverían a ver. De alguna manera estaban cerrando una puerta, estaban cerrando asuntos delicados. Decidieron que seguir adelante era lo más sano para volver atravesar por el mismo dolor para que cuando Chicago despertara y quisiera visitarlo, ser lo suficientemente fuertes para sostenerla.

 

El tiempo siempre ha sido enemigo natural del ser humano, es aquel que nos señala nuestro decadencia hasta que no somos sino polvo. Y esa no era la excepción para Chicago. Las manecillas del reloj seguían marcando la hora, los minutos, los segundos, y ella no abría los ojos. Mientras permanecía ausente, como la bella durmiente a la espera del beso que la sacara de su inconciencia, pasaron cosas que nunca debió perderse. No estuvo en el entierro de su hermana, ni en el de su hijo, ni en el descubrimiento de hechos importantes como la muerte de Nora y Alan. Uno de los hombres de Joshua fue capturado e interrogado. Narró detalladamente la muerte de la pareja, le indicó a la policía donde podían encontrar los cuerpos, aunque dudó que encontraran algo ya que todo estaba hecho cenizas.

 

Lograron identificar los cuerpos por las muestras dentales. No entendían porque dos personas que trabajaban para él sufrieron una muerte tan atroz. Inicialmente creyeron que fue por alguna pelea personal, no obstante Samuel intervino para rendir declaratoria al enterarse que el cuerpo de Alan fue encontrado. Él mismo se encargó de cubrir los gastos funerarios, ofreció ayuda económica a los familiares; estos le escupieron en la cara y lo insultaron. Nada traería a sus seres queridos de vuelta, nada podría reponer el daño ya causado.

 

Samuel era el más odiado, nadie quería verlo, nadie le creía, nadie confiaba en él; ni siquiera tenía el respeto al que estaba acostumbrado. Después de recibir la bala por parte de su hijo, se internó en otro hospital, evadió preguntas y trató de vivir con su sufrimiento lejos de los ojos acusatorios de aquellos que no conocían la historia. Veló a su hijo en la soledad, su esposa lo abandonó de todo. Con el poco capital que le quedaba trataba de salir adelante. En secreto, enviaba dinero para cubrir los gastos médicos de Chicago. La familia se pregunta si era alguna organización que generosamente los ayudaba, algo que Daniel sabía que no era así. Algo le decía que Samuel era el proveedor de tan generosa donación.

 

Knox fue suspendido por tres meses sin derecho a recibir su salario por el fiasco tan grande en la operación. Civiles heridos, pérdidas significativas, improvisación y falta de organización. Demasiado descuidado para alguien tan preparado para él. Fue demasiado blando al permitir que dos civiles fueran a acompañarlo, lo supo y asumía las consecuencias. Ese tiempo lo aprovechó para resolver algunos problemas, para visitar a Chicago y dar por cerrado el caso.

 

Michelle no se despegaba de Daniel. Su presencia lo ayudaba, lo despejaba de la densa situación, lo animaba. Todos se daban cuenta de que su interés iba más allá de una amistad, ella cada día caía más en un pozo sin fin. Su necesidad de saberlo bien, de abrazarlo, de ser un apoyo, era el único vínculo que podía usar para llegar a él. Sabía que nunca podría fijarse en ella de otra manera, pero no por ello podía esconder sus sentimientos.

 

Jasón mejoró rápidamente, no salía del hospital al igual que Daniel. Alquilaron un lugar cerca con los pocos ahorros que tenían. No podían ir a su casa hasta que Chicago no abriera los ojos. Le hicieron un escaneo cerebral, en la cual le notificaron que la inflamación ocular había disminuido considerablemente, que podía optar por realizarse la primera cirugía que le devolvería el cuarenta por ciento de la visión. Decidió que no era el momento, hasta que su Fresita no despertara él seguiría privado de la visión.

 

Fueron largos seis meses en los que admiraban a Chicago, dormida, parecía un hada. Le quitaron los puntos de la frente y la venda que cubría su cabeza. El cabello le había crecido un poco, lo suficiente para cubrir su calvicie. La espera se volvió parte de su rutina, los fortaleció, los unió más que nunca. Las esperanzas nunca decayeron. Esa prueba los hizo madurar, aunque aún no podían ponerlo en práctica hasta ver los verdaderos resultados. Siempre le hablaban del día a día, le hacían saber que su amor crecía, lo insoportable que era su madre y lo mucho que deseaban que despertara.

 

Esta vez fue el turno de Jasón de ver a Chicago. Ella permanecía de la misma manera: pálida, con el cabello corto, sus cuerpo laxo; lo único que le indicaba de seguía con vida era la maquina a la que estaba conectada. Tanteó con su mano la cama, en busca de la mano fría de su chica. Al sentirla la agarró suavemente, notando lo frágil que era. Inclinó su cabeza, besando su mano. Acarició su cabello con delicadeza, deleitándose por como las puntas cosquilleaban en la palma de su mano. Sin darse cuenta aprendió a adaptarse a su condición, no era lo ideal, pero con ello le permitió apreciar sus otros sentidos y aguzarlos. No le gustaba la compasión de quien lo conociera, por lo que pensó a que su Fresita no le gustaría que sintieran pena por lo que ocurrió, que la miraran con lastima. Ninguno de los dos lo toleraba y eso los hacia similares.

 

—Tu madre no deja de fastidiar a Daniel—dijo sosteniendo su mano, sintiendo el débil pulso que corría por ella—. Trato de comprenderla, pero es una mujer difícil. Ya sé de donde sacaste ese carácter—sonrió—. Además está el hecho de que Michelle esté rondando a nuestro chico. Esa tipa no me agrada nada. A pesar de que nos ayudó, sé que no lo hizo desinteresadamente. Por eso… debes abrir tus ojitos y mandarla al infierno, no podemos dejar que nos quite a Dani—susurró cerca de su mejilla—. Aun puedo sentir la huella del último beso que nos dimos. Tu sabor es incomparable. Quiero decirte muchas cosas, la mayoría de ellas indecentes y sucias, porque aunque lo niegues, sé que te encanta. —Esbozó una sonrisa traviesa—. Tengo algunos planes en mente en cuanto nos recuperemos. —Deslizó sus labios por su mejilla, trazando una línea imaginaria con ellos, plantando besos de vez en vez—. Podríamos ir de viaje los tres, a alguna isla desierta. Los tres, solos, viéndote en bikini, nuestras manos sobre ti. Tu sonrisa dejándonos sin habla… Dios de solo pensarlo me hierve la sangre. —Besó su mejilla, imprimiendo un poco de fuerza. Apretó su mano, dejándola libre por fin—. Cuando mi bella durmiente decida despertar, estaré con los brazos abiertos para acogerte.

 

Se puso de pie, tomando el bastón en sus manos para salir cuando escuchó un sonido, uno tan imperceptible para otros pero no para él. Provenía de la mujer que estaba dejando hacia unos segundos. Volvió a escuchó el mismo ruido, esta vez un gemido, como… cuando alguien despierta de una larga siesta. Asustado por que fueran impresiones suyas, permaneció de espaldas a Chicago, con un temblor espantoso recorriéndole el cuerpo. No quería imaginarlo, no quería ilusionarse falsamente. No obstante esos ruidos dolorosos aumentaban.

 

Sin poder ignorarlo, volteó a su dirección. Se acercó a ella con temor, con el corazón martilleando a revoluciones. A una distancia corta pero prudente, pudo decir algo, aunque no con la firmeza esperada:

 

— ¿E-estás…despierta?

 

Chicago abrió los ojos, familiarizándose con el entorno. La palpitación en su cabeza la estaba matando. El cuerpo le pesaba toneladas. Su boca estaba reseca y su garganta peor. Respirar era todo un desafío. No podía ver bien, las imágenes eran borrosas y los recuerdos un revoltijo escandaloso. Poco a poco se contextualizó de su situación: un hospital. Comenzó a inspeccionarse con las manos, tocando su brazo conectado por intravenosa, su cuerpo cubierto con una bata delgada. El olor a antiséptico la estaba mareando. Fue recobrando la noción hasta que percibió la presencia de un chico que permanecía inmóvil a la espera de una respuesta. A primera vista era atractivo, de cabello castaño al ras, sus ojos oscurecidos, sin mantener la mirada fija, labios gruesos y provocativos, facciones gruesas, con barba incipiente. Alto, de contextura física agradable. Se veía que se ejercitaba bastante, aunque le pareció que estaba delgado y demacrado.

 

— ¿Estas despierta, Fresi?—preguntó Jasón con más seguridad, aunque asustado por la respuesta que podría obtener.

 

—Si estoy despierta—graznó aturdida— ¿Porque me llamas Fresi? ¿Nos conocemos?

 

—Si… nos conocemos—respondió confundido, estupefacto, nervioso. Pensó en mil cosas que quería decirle en el momento en el que abriera sus ojos, pero ahora se encontraba en blanco, agitado, desconcertado. Con la respiración a mil, perdiendo los estribos, se lanzó sobre ella, rodeando su cuerpo con sus manos, besándola en donde podía. Era increíble que estuviera despierta y el fuera el primero en verla. Después de seis largos y eternos meses, ella venció el limbo, abrió los ojos y por fin toda la espera llegaría a su fin.

 

Chicago estaba atemorizada, perturbada. ¿Quién se creía que era para pasarse de listo y manosearla? Se retorcía bruscamente, tratando de que la soltara. No lograba nada, ese individuo la tocaba como si se conocieran de toda la vida, besándola, llorándola. No le gustaba nada lo que sucedía, por lo que respondía con violencia, aterrada porque le hiciera daño.

 

—¡¡Suéltame!!—Gritó con las lágrimas a punto de ser derramada—¡¡No me toques!! ¡¡ Auxilio, por favor!! ¡¡ Me están atacando!!

 

Sin darse cuenta, unas enfermeras y el doctor lo apartaban de ella, él les pedía que lo dejaran disfrutar, celebrar el despertar inesperado de su amor. Quería seguir abrazándola hasta que sus brazos se cansaran, cosa que no sucedería.

 

Daniel y los demás escucharon los gritos provenientes de la habitación de Chicago. Inmediatamente se incorporó, conocía esa voz a la perfección, pero no quería que su mente le jugara trucos sucios. Eleonor y Sean estaban llegando, acompañados por Abel. Él estaba con Michelle, esperando su turno mientras sostenía una conversación con ella.

 

Los padres de su esposa lo miraron confuso, notaban su cambio de humor, su tensión. Escucharon algunos gritos pero no pudieron percibir de quien eran. Jasón se acercaba a ellos casi corriendo. No lo podía creer… simplemente era demasiado para ser verdad. Sus oraciones fueron escuchadas. Por fin estaba consiente, por fin podía escuchar su voz seductora, finalmente el viacrucis había terminado.

 

Venia tambaleándose, su bastón a duras penas aguantaba la fuerza brutal con la que avanzaba. La emoción se asomó en su rostro a flor de piel. Sonreía, su rostro estaba iluminado por una luz que emitía desde el centro de su alma. Daniel caminó hacia él al verlo conmocionado, feliz, después de tanto tiempo tenía una sonrisa enmarcando su apuesto rostro. Al tocarlo, Jasón se le lanzó encima, apretándolo en un sofocante abrazo, gritando de júbilo, llorando de alegría, balbuceando cosas sin sentido. Tuvo que apartarlo y pedirle que se tranquilizara para que pudiera entender lo que le decía.

 

— ¿Qué te pasa, Jay? Sinceramente no entiendo nada. Respira profundo y ordena tu mente.

 

— ¿Qué es lo que tienes que entender?—cuestionó bruscamente—. ¡¡Despertó!! ¡¡Nuestra chica ha despertado!! ¿De qué otra forma quieres que te lo explique?

 

Daniel se congeló… no era posible, una parte de él se negaba a entregarse a la fantasía de verla con una sonrisa dulce en su rostro, sus ojos café mirándolo con ansiedad, con devoción. Las manos le sudaban, el pecho le retumbaba, las piernas le temblaban. Estaba despierta, había abandonado el limbo para reunirse con ellos. Sin embargo escucharlo de la boca de su amigo lo hacía increíble, como si fuera un sueño demasiado lejano. Llenó de regocijo, comprendiendo que su amigo era completamente sincero, lo abrazó con la misma fuerza, llorando en su hombro. Lamentaba no haber estado allí para verla, pero pronto lo haría, de eso no cabía duda.

 

— ¿P-puedo…verla?—susurró con un nudo en la garganta

 

—El doctor la está examinando. Creo que la asusté—declaró apesadumbrado—. No debí tirármele encima de esa manera… pero no podía contenerme más. ¡Esta despierta, Daniel! ¡Está aquí!

 

—Nunca se fue, solo nos hizo esperar un poco—afirmó extasiado

 

Los padres de Chicago, junto con Abel y Michelle se acercaron al ver que no se despegaban. Eleonor los miraba con curiosidad, casi molesta por ser excluida. Sean estaba intrigado, al igual que Abel y Michelle. Daniel al percibir que los demás lo rodeaban se soltó del fraternal agarre de su amigo para darles la mejor noticia de todas. Sus suegros se abrazaron y se besaron mientras lloraban, Abel lo abrazó y luego abrazó a Jasón, Michelle le dirigió una mirada de ternura, combinada con un deje de tristeza. Su tiempo con él había llegado a su fin, tenía que dejarlo ir, pero se negaba a hacerlo. Estaba demasiado involucrada, encariñada con aquel hombre que no la miraba como un objeto, sino como una amiga, una mujer con sentimientos. Le dolía admitir que llevó demasiado lejos sus emociones, sabiendo que terminaría mal para ella.

 

— ¿Cuándo podremos verla?—Preguntó Eleonor con voz llorosa

 

—Debemos esperar a que el doctor nos de la autorización. Seguramente la están examinando. Han pasado seis meses, es lógico que quieran asegurarse de que todo marche bien—explicó Jasón con una sonrisa que no podía borrar.

 

Esperaron varias horas, la alegría del ambiente se tornaba en una espesa ansiedad. El doctor realmente se tomaba su tiempo, jugando con el de ellos. Era necesario que se asegurara de que todo marchara bien, pero no que los ignorara y los pusiera más nerviosos y expectantes de lo que ya estaban.

 

Finalmente hizo su aparición, fue como ver un trozo de carne en medio de un desierto. Todos se abalanzaron a llenarle de preguntas, hablaban a la vez, generando un murmullo cada vez más molesto. El doctor tuvo que silenciarlos con autoridad para que no incomodaran a los pacientes ni a los doctores. Les pidió que se sentaran, pues la noticia que les traía podía cambiar muchos planes.

 

—Hemos realizado una revisión, está baja de peso, algo débil. Sus reflejos son lentos debido a que acaba de despertar. Le duele un poco las articulaciones, lo cual es normal ya que permaneció en una misma posición durante seis meses. Le realizamos un escaneó para ver su actividad cerebral. —Hizo una pausa para aclarar su garganta y explicarles de forma sencilla la situación—. El escaneo nos reveló que sus funciones motoras funcionaban bien, tardaría un poco de tiempo en adaptarse pero con ejercitación eso se puede solucionar. Aquí lo que realmente me preocupa es su memoria. Debido al impacto que sufrió no sabemos cómo se encuentra esa parte de su cerebro, que tan profundo fue el daño. —Se escuchaban las respiraciones. El temor volvió a apoderarse de ellos. Estaba claro que no podía simplemente despertar y encontrarse bien del todo, no obstante no les daba buena espina la nueva situación, sobretodo el tono sombrío que usó el doctor para describir lo que estaba pasando dejaba ver que había algo que no les contaba, algo que realmente lo judería todo.

 

— ¿Qué es lo que quiere decir? ¿Qué le pasa a su memoria? Necesito que sea completamente honesto con nosotros—expresó Daniel con dureza.

 

—Creemos… que presenta el cuadro de amnesia retrograda. —Con escuchar la palabra amnesia todos se enderezaron—. Los resultados, y una serie de ejercicios sencillos nos mostró que por el golpe tan fuerte que recibió, sus recuerdos antes del impacto se borraron.

 

—No estoy entendiendo ni mierda. ¿Qué coño está diciendo? ¿Ella… simplemente olvidó todo?—Interrogó Jasón con los puños apretados, listos para chocarlos con quien se interpusieran.

 

—No lo sabemos con exactitud—contestó—. Generalmente este tipo de amnesia no permite que el paciente tenga recuerdos antes del impacto, pero no sabemos hasta donde va su alcance. Es por eso que permitiré que todos pasen a verla y realizar un pequeño ejercicio, así determinaremos que tan grave fue el daño.

 

Asintieron lentamente, tragando la bilis. Una nueva y desagradable sorpresa se hacía presente en sus vidas. Un reto peor que lo que ya había sucedido. Simplemente no podía borrar una gran parte de su vida de la noche a la mañana, seguramente al verlos su memoria se activaría y los reconocería instantáneamente. Su historia no podía ser borrada de la nada, eso era inaudito.

 

Entraron a la habitación, Chicago se acomodó lentamente. El dolor de cabeza se acrecentaba a medida que identificaba a las personas que ingresaban a su habitación. El chico que la había tocado de una manera tan familiar estaba con ellos, pudo notar que era discapacitado, por lo que había una gran posibilidad de que estuviera equivocado con respecto a ella. Con él iba otro chico, uno de un aspecto bastante agradable. Con solo verlo se serenó un poco. Era alto, delgado, su cabello negro era corto, pero no lo suficiente como para deslizar una mano por sus hebras y sentirlas en sus palmas. Sus ojos del mismo color de su cabello no dejaban de mirarla. Sus facciones eran más delicadas, más tiernas. No podía encajarlo en su memoria, ni a él ni al chico guapo que estaba con él.

 

Ellos iban acompañados de otro chico a quien conocía, pero no lograba ubicarlo. También atractivo, ojos color ocre, cabello negro, facciones masculinas. Tenía la sensación de que lo conocía o lo había visto, no obstante algo se le perdía. Dirigió su mirada hacia la chica castaña, de ojos claros, tal vez verdes moteados con gris, no lo sabía a ciencia cierta.  Era hermosa, podía notar su fuerza y cierta prevención en su mirada. La dejó pasar para mirar a la pareja de adultos que la miraban con adoración, a ellos sí que los pudo identificar, lo que no entendía era porque se veían más viejos, no obstante sabía quiénes eran a kilómetros de distancia.

 

— ¿Mamá…papá?—Ambos se sobresaltaron. Eufóricos, se acercaron a ella, rodeándola en un abrazo sofocante. Chicago sonrió, sonriendo ante la muestra desesperada de amor por parte de sus padres. Les devolvió los besos y los abrazos, sintiéndose segura con ellos.

 

—¡¡Mi niña!! ¡¡ Mi Chicago!!—Sollozó Eleonor mientras la abrazaba—. Estás con nosotros. No sabes cuánto soñamos con volverte a ver. Te amo tanto, tanto que no se si algún día llegues a perdonarme.

 

—Yo también te quiero mami—Sus dedos se deslizaron por la barbilla de su padre, alzándole el rostro para que la mirara. El hombre no dejaba de llorar, sintiéndose expuesto, pero feliz de verla otra vez—. No sé de lo que me habla mamá pero los perdono. —Los extraños seguían viéndola desde su posición. Nerviosa por el asedio visual y la invasión de su intimidad, se recostó en la cama, rompiendo el abrazo caluroso de sus padres.

 

— ¿Quiénes son ellos?—Preguntó inquieta—. Sé que el chico de allá se lanzó sobre mí, confundiéndome con alguien más, pero al resto no recuerdo haberlos visto, a excepción de ti—señalo a Abel—. Por alguna razón tengo la sensación de que nos conocemos, solo que no se en dónde.

 

Abel, sorprendido por escucharla decir eso, se petrificó. De todos los presentes, solo los reconocía a ellos tres, los cuales no estuvieron involucrados en el accidente. Podía determinar que el retroceso era más grave de lo que imaginó. Para ella sus esposos y Michelle eran unos desconocidos, lo que quería decir que gran parte de su vida fue reseteada de su cabeza. De él solo tenía ciertas nociones, lo más probable recuerdos confusos.

 

Daniel y Jasón estaban pasmados, tensionados en su lugar. Reconoció a tres personas a las que había visto hace mucho tiempo atrás. Abel podría ser un bache al cual no podía ubicar del todo, pero los podía identificar porque hacían parte de un pasado muy lejano, lo suficiente para que no se viera afectada toda su memoria.

 

— ¿No sabes quiénes somos?—Cuestionó Daniel aterrorizado de su obvia respuesta.

 

—No, a él lo conocí hace poco—apuntó a Jasón—, pero a ustedes nunca los había visto. ¿Son familiares lejanos? ¿Amigos de la familia? Perdonen mi mala educación pero no sé quiénes son. De todas maneras agradezco que se tomen la molestia de venir a verme—les sonrió, pero más como una seña de formalidad que como a alguien a quien conoces desde siempre.

 

No lo vieron venir, aquel golpe más devastador y profundo. “nunca los había visto”. Esas palabras fueron suficientes para quebrarlos por completo. Eran intrusos en la vida de la mujer por la que esperaron, a la que amarían por encima de sus vidas. Podrían ser cualquier persona para ella, pero no lo que deseaban ser. Sus recuerdos fueron removidos, llevándose todo lo que vivieron juntos.

 

Daniel salió histérico, Jasón lo siguió, Michelle quiso hacer lo mismo pero prefirió no molestar. Lo primero que hizo fue golpear la primera pared que se vio. No podía creerlo, simplemente era demasiada desgraciada para una sola persona. Era absurdo que solo recordara a unos padres ausentes y a un amigo casual. Se suponía que ellos eran su vida, su todo. Se suponía que ella estaba locamente enamorada de ellos sin explicación lógica, ¿Cómo demonios te olvidas de todo eso y no te esfuerzas por recordarlo? Estaba furioso con ella, enojado como nunca, dolido por olvidarlo, por mirarlo como un desconocido. Después de todo la espera era solo una prolongación de un final desastroso y despreciable.

 

Jasón se quedó de pie en la mitad del pasillo, escuchando la respiración acelerada y pesada de su amigo. No le quedaban fuerzas para pelear, para golpear algo. El causante de todo estaba muerto, pero como le gustaría revivirlo y rematarlo mil veces. Se llevó todo, como si su mente hubiera decidido empacar maletas y viajar a un lugar remoto e inalcanzable. Eran dos tipos cualquiera para ella, a lo mejor familiares o amigos cualquiera. Ya no eran los amores de su vida, ya no eran las personas a quien acudiría cuando algo saliera mal. Eran una mancha que se podía limpiar. Eso eran: un mal recuerdo al que nadie quisiera evocar.

 

El doctor salió junto con los padres de Chicago, con Abel y Michelle. Los invitó a tomar asiento para que lo escucharan.

 

—Lamento que todo no sea buenas noticias. Por lo que puedo ver y si no me equivoco es que solo puede recordar a ciertas personas, es decir, personas con quien tuvo relación hace mucho tiempo atrás pero con quien no mantuvo contacto, por tanto sus recuerdos sobre ellos no se ven afectadas porque es algo antiguo. Es bueno porque de allí podrían partir para ayudarla a recordar todo.

 

—Pero con Abel tuvo contacto casi un año. ¿Cómo es posible que lo recuerde?—Punzó Jasón con rabia.

 

—Eso puede ser porque antes de ese tiempo que mencionas también pudo ser que la conociera en una época pasado, ¿no es así?

 

—Estudiamos juntos—respondió mecánicamente—, pero luego dejamos de hablar hasta que nos reencontramos hace nueve meses exactamente. Después volvimos a separarnos, hasta hoy.

 

— ¿Cuánto cree que recuerda, doctor?—cuestionó Sean con preocupación.

 

—Puedo deducir que si los recuerda a ustedes y al señor es porque su memoria se quedó atascada en un periodo antiguo. Aun no puedo determinar en cual, pero ustedes y la señorita, se encontrarían en un futuro que para ella no existe, no ha vivido, puede que eso suceda más adelante…

 

— ¿Qué está diciendo doctor?—Daniel ni siquiera pudo ocultar el resentimiento en su voz, de alguna manera lo culpaba por nos devolverle lo que les pertenecía. Esos momentos simplemente se habían hecho añicos, como si realmente no hubiera sucedió. No obstante fueron tan reales, lo bueno, lo malo y lo feo fueron reales sin importar que los demás les restaran importancia. Esos momentos quería recuperarlos sin importar el precio—. ¿Está diciéndome que no nos recordará por un tiempo?

 

—O que no los recuerde—explicó—. Ustedes están directamente relacionados con los eventos antes del golpe. Estimular esa parte podría ser contraproducente para ella. En estos momentos puede que los recuerde a ellos, pero se sentirá desorientada porque habrá cosas confusas para ella. No podemos someterla a ningún tipo de estrés ni podemos forzarla a recordar, eso solo la alterará provocando efectos peores que ahora.

 

— ¿Usted simplemente quiere que no hagamos nada? ¿Simplemente desaparecer como si lo que vivimos no fuera nada? Me está pidiendo que la pierda y eso es algo que no puedo permitir. Puede que mañana recuerde un poco más, que si estamos con ella…

 

—Ven conmigo, Daniel—pidió Sean—. Tú también, Jasón.

 

En silencio, se apartaron de la multitud. Sean los observó por un instante. No conocía los detalles de tan extraña relación, tampoco le interesaba. Lo importante era el bienestar de la única hija que les quedaba. Sentía pena por ellos, pero debía tomar cartas en el asunto, no podía permitir que complicaran más las cosas.

 

—Seré directo con ustedes. Son chicos demasiado nobles, de buen corazón. Y a pesar de la relación tan… particular que tienen con Chicago, debe parar. —Levantó la mano para interrumpir sus quejas—. En este momento está muy vulnerable, se deja afectar por cualquier cosa con facilidad. ¿Cómo le explicaran que está casada contigo pero que mantiene  una relación al tiempo contigo y que todo marcha bien? No lo entenderá, nadie aquí lo hace. Deben darle tiempo. Dejen que asimile lo que le pasa. Este es un momento decisivo y neurálgico para nosotros, no puedo permitir que intervengan y la lastimen.

 

— ¿Nos estas pidiendo que renunciemos a ella, Sean? ¿Eleonor te mandó a que nos dijeras esto?—Expuso Daniel con acidez

 

—Eleonor no me mandó a nada, lo hago porque creo que es lo correcto—afirmó visiblemente alterado por las palabras de Daniel—. Si realmente la aman… si su amor es tan incondicional como dicen, deben entender mejor que cualquiera de nosotros que lo mejor es que se aparten por un tiempo. Ustedes saben que están unidos a la parte más dolorosa de su vida. ¿Cómo le explicaran que perdió un bebé, que la raptaron, que mataron a su hermana? Eso ni yo sé cómo hacerlo, pero tengo claro que quiero que mejore. No les robaré los recuerdos que pueda tener de ustedes en un futuro, pero tampoco puedo permitir que la confundan. Si intervienen, si comienzan a revivir cosas trágicas, colapsará, enloquecerá. No quiero que la única hija que me queda termine en condiciones lamentables. —Sostuvo la mano de los chicos. Por la seguridad de su pequeña debía ser cruel y romper cualquier ilusión que tuvieran. Ser demoledoramente realista era lo adecuado—. Ella encontrará la manera de volver a ustedes, no lo impediré y no dejaré que Eleonor lo haga. Si ella les corresponde, que el tiempo lo diga. Por ahora… déjenla buscar el camino por si sola.

 

Se alejó de ellos, dejándolos en sus pensamientos. Daniel le daba la razón, no estaba de acuerdo, no lo admitía, pero era la verdad. No siempre lo que queremos escuchar es bello, sin embargo era necesario admitir con todo el dolor del alma que la retirada temporal era lo indicado.

 

 Sintiendo el cuerpo más pesado que nunca, Daniel tomó aire trémulo, incapaz de pensar con claridad. Apretó los puños, deseando agarrar a todo el mundo a puñetazos, exigir que le devolvieran a Chicago. Estaban marcados, sus corazones estaban sellados por una dueña que los olvidó. Los vería y simplemente no habría reconocimiento en sus ojos. Eran dos personas que nunca pasaron por su vida.

 

—Iremos a despedirnos… de ella—expresó triste—. Debemos dejarla descansar.

 

— ¡¿No estarás considerando las palabras hipócritas de ese estúpido, verdad?! ¡Ese tipo solo quiere apartarnos de ella! ¡Nos odia porque su mujer lo ha envenado contra nosotros! ¡No podemos permitir…!

 

—¡¡Basta, Jasón!!—    Bramó Daniel agotado. No soportaba otra palabra más de nadie. Podrían tomarlo como cobarde, podrían golpearlo por marcharse sin intentarlo. No obstante era lo correcto, y no siempre lo correcto es lo que se quiere hacer, pero no le podían causar más dolor a su esposa—. Entiende de una vez que ella no sabe quiénes somos. Sean tiene  razón en todo lo que dijo, Jay. No hay modo que le expliquemos la naturaleza de nuestra relación sin que pierda los estribos. Si antes logró llegar a la conclusión, también lo hará ahora. Yo… Me mata hacer esto pero sé que en el fondo tú piensas lo mismo aunque te niegues a entenderlo. Todos debemos sanar.

 

Jasón lo abrazó, llorando como un niño pequeño. Cada sueño se derrumbó como un castillo de naipes, una enorme ola los aplastó y ya no podrían ver la superficie. Chicago no los recordaba y no podían forzarla a ello. Estaban ligados a sucesos sórdidos que fueron eliminados de su vida, pero también a los más maravillosos. Esperaba que Chicago llegara a esa conclusión.

 

Respirando hondo, le dio una palmada en la espalda, comprendiendo y sincronizándose con Daniel. No les quedaba nada, un camino solitario por el que debían transitar para encontrarse a sí mismos, prepararse para que cuando llegara el día, ella volviera a su verdadero hogar.

 

Unas horas después los chicos entraron a la habitación de Chicago, ella estaba consumiendo alimentos ricos en proteínas. Los devoraba con rapidez exorbitante. Alzó la mirada hacia los muchachos que había visto hacía un par de horas. Inquieta por su aparición, dejó de comer y los invitó a tomar asiento. Ellos se acercaron, anhelando besarla, abrazarla, sacarla de allí e irse a un lugar donde el mal no los alcanzara. Pero eso era solo sueños bobos que los lastimarían.

 

—Venimos a despedirnos—dijo Daniel a punto de derrumbarse, Chicago frunció el ceño extrañada porque a pesar de que era un desconocido, no quería que se marchara tan pronto.

 

— ¿Vendrán mañana?—preguntó esperanzada. Se sintió estúpida por su tono de su voz, como si deseara algo de ellos. En su interior había un sentimiento extraño por esos chicos, tal vez pena por no poder recordarlos, aunque no era del todo correcto.

 

—Tal vez, preciosa—mintió Jasón, Chicago se sonrojó ante el apelativo que uso para referirse a ella. No solo se sonrojó, sino que su corazón comenzó a latirle rápido. Se asustó por ello, desviando la mirada a la comida—. Tal vez mañana nos recuerdes—susurró con el alma destrozada. Ella no supo interpretar sus palabras.

 

Daniel tomó la mano de Jasón para que tomara la de Chicago, él colocó la suya encima, como si sellaran una promesa que ella recordaría.

 

—Eres muy fuerte, nunca lo olvides. —Sonrió ante las dulces palabras de Daniel—. Te queremos y te deseamos lo mejor… cuando estés lista para… vernos de nuevo, ese día estaremos preparados para responder todas tus preguntas. Siempre esperaremos por ti, porque eres… alguien que no se olvida tan fácilmente, Chicago Adams. Gracias… por todo

 

No pudo explicarlo, pero esas palabras hicieron que su pecho se estremeciera. Odiaba la sensación de perder algo pero no sabía con exactitud que era. Nada encajaba, nada era lo que parecía. Evitó que las lágrimas llenaran sus cuencas ya que no sabía porque demonios iba a llorar. Eran unos desconocidos que le hablaban de una manera tan singular, que abría más dudas que respuestas.

 

—No olvides lo que te dijimos, señorita—expresó Jasón con ternura. Ambos se pusieron de pie, depositaron un beso en su mejilla. Por alguna razón inexplicable y extraña, necesitaba saber porque le hablaban así, porque ella se sentía tan turbada y tan familiarizada con ellos. Trató de llamarlos pero las palabras se quedaron atascadas en su garganta. Se limitó a verlos partir sin explicarse porque la separación la hacía llorar.

 
La propuesta
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