Capítulo 9: Órdenes.
Tan pronto como llegó al apartamento se quitó las medias rotas, las botó en la basura de la cocina y entró a bañarse para quitarse la arena del cuerpo. ¿Cuantas veces tenía que repetirse lo idiota que era al caer en una trampa a simple vista? Si hubiese sabido que él estaría allí ni siquiera se hubiera acercado a ese lugar. No le tenía miedo a él en realidad, sino a lo que se convertían cuando estaban juntos, la masa gelatinosa en la que se convertía su cuerpo cuando colocaba sus manos sobre ella.
Todo el asunto de la propuesta, la noche que pasaron juntos, la forma en la que se tornaban las cosas para ella, agotaba su mente, sus energías. Ya no sabía si seguirle la cuerda a Daniel fuese lo mejor, tampoco podía regresar el tiempo y enmendar las cosas, porque, en el fondo, no quería hacerlo. Se dio cuenta, mientras el agua se volvía amarilla al entrar en contacto con la arena que no quería dar reverso. Por alguna extraña razón, la idea que los llevó a esas instancias no le parecía demente, no después de revivir aquella parte que tanto reprimió. El problema en sí era que la propuesta se estaba volviendo una adicción, una necesidad inherente de la que no había escapatoria.
Técnicamente no era infidelidad, su esposo lo aprobaba y en cierto sentido lo disfrutaba. Vivió con ella la experiencia, en su mirada inocente se vislumbraba lo mucho que gozaba de verla revolverse en su propio delirio al acabar entre jadeos y palabras inentendibles. Otra cosa por la que se preocupaba. Por más que él estuviera de acuerdo, por más que él se complaciera, no quería perder su relación, no quería que aquello se volviera una obsesión de la que ninguno pudiera escapar.
Terminó de lavarse, vistiéndose con su pijama de corazones, un conjunto de blusa y pantalón para resguardarse del frio nocturno.
Ingresó a la cocina para preparar algo rápido. En cuanto ponía las manos a la obra, Daniel llegó a la casa agotado. El dolor de espalda cada vez era más insoportable. Aun no estaban a fin de mes para contar con el salario y solventar los gastos de la hipoteca y de las medicinas nuevas que el doctor le recomendó. A ella le hubiese gustado un examen más profundo para saber que causaba esos dolores, no obstante al irrumpir en el consultorio sin una cita previa le dificultaba al doctor su apretada agenda.
Los calambres se extendían por sus piernas, concentrándose en la cicatriz de su espalda. El hecho de permanecer en una misma posición todo el día no ayudaba mucho. Antes de embarcarse en la locura de permitirle a su esposa una noche donde su instinto sexual saliera a flote, los calambres de Daniel le hacían perder el equilibrio, incluso hacían que se doblara y derramara lágrimas. Era tan humillante no tener el control absoluto de su cuerpo, ser un simple títere de un padecer que no tenía final, que prefirió ocultarle ese pequeño detalle a su esposa con tal de no verla asustada, corriendo que aquí allá en busca de una solución que solo lo calmaría por un par de minutos. Decidió llevar esa secreto sobre sus hombros con tal de verla tranquila, sin embargo cada vez era más complicado controlar esos espasmos que le resultaban incomodos.
Al escuchar el tambaleo de su esposo en la puerta, Chicago salió de la cocina para ayudarlo. Lo vio sosteniéndose de la pared, con la respiración pesada, sudando por el esfuerzo de ignorar el tembleque en sus piernas.
De inmediato, se desplazó a su lado, sosteniéndolo por los brazos para ayudarlo a llegar al mueble. Una vez allí el rostro de Daniel se transformó en un profundo alivio. Chicago le ayudó a quitarse los zapatos, a quitarse el saco que lo estaba ahogando. El simple hecho de sentarse y estar con su esposa a su lado era el paraíso. Algo tan simple y terrenal lo llenaba de sosiego.
— ¿No te tomaste el medicamento?—Preguntó con un sollozo atrapado en su garganta. Se veía pálido, sus labios resecos, su piel helada. Se acurrucó a su lado, acariciando su cabello largo que le llegaba a la barbilla, calmando cualquier dolencia con esas caricias que lo transportaban lejos de sus preocupaciones.
—No, no quiero seguir tomando más eso—respondió lúgubre—. Me da dolor de cabeza, a veces siento que el efecto de esas pastillas me hace sentir deprimido. Ya no quiero más pastillas que no me alivian, no me ayudan. No podemos continuar trabajando por medicamentos excesivamente caros. Ya no puedo tolerarlo.
—Daniel, trata de calmarte—expresó intentando suavizar las cosas—. Es lo que tenemos por ahora, nuestra opción por el momento.
—No quiero continuar así—espetó Daniel—. Cada opción que nos dan es una prolongación inútil. Las noticias del doctor Mark sobre un proceso experimental y poco confiable no es de gran ayuda que digamos. Las medicinas son cada vez más costosas, apenas podemos mantenernos a flote. Es como si todos los pronósticos estuvieran en contra nuestra—manifestó frustrado.
—Tienes que tener, saldremos adelante. Tienes que esperar un poco más. Quien quita y puedas someterte a un tratamiento que funcione y no sé… más adelante… podamos tener bebés—dijo ilusionada—. ¿Te imaginas? Un pequeño Daniel corriendo por aquí, dándome dolores de cabeza.
—O una impetuosa Chicago dando vueltas por toda la casa—sonrió.
— ¡Jamás le podremos mi nombre a nuestro bebé! Es un nombre patético. Mis padres me lo colocaron porque se conocieron en la hermosa ciudad de Chicago y les pareció hermoso que su primogénita llevara el nombre de una ciudad —declaró con cierto sarcasmo…
—A mí me parece original—expresó sonriente—. Es el nombre de la mujer que atrapó mi corazón y desde entonces suspira por ella, soy tan afortunado de tenerte. —La atrajo hacia él abrazándola—. Has sido la esperanza de mi vida. Cuando llegaste no tenía nada, bueno Jasón—dijo amargamente—. Pero tú te veías tan…herida, esa fue la primera impresión que me diste. Cuando me miraste con aquella dulzura mi corazón dejo de latir. Te acercaste a mí con esa confianza que me dejo sin aliento, yo solo me comporté como un idiota, tartamudeando y diciendo estupideces.
—Un idiota lindo—confesó—, un idiota tímido, que cuando me vio me perdí en él, no supe porque, solo sé que en ese momento hallé paz en tu mirada. Sentí que pertenecía allí, en aquella mirada tímida. Me acerqué a ti preguntándome porque no hablabas con nadie, siempre solitario. No me importó que hablaras de videojuegos, o de los pequeños carros de colección que tenías. Me gustó la pasión con la que me contaste aquellas cosas. No tenías esa intensión de impresionarme.
— ¡Oh sí que la tenía!—Daniel hacia círculos en el brazo de Chicago—dije >>Oh por Dios la he cagado<< Una chica hermosa toma la iniciativa de hablarme y yo solo digo tonterías. Yo estaba allí porque Jasón me invitó a esa estúpida fiesta en el campus, no tenía ganas, pero de alguna manera le agradezco de haberte conocido.
Chicago hizo una mueca de disgusto.
— ¿Por eso nos propusiste eso a ambos? ¿En forma de agradecimiento?—Se alejó de él repentinamente enojada.
—No. Lo hice porque a pesar de que no me creas, quiero lo mejor para ti. Confío en ti plenamente, al igual que en Jasón.
—Si dices que confías en mí, ¿por qué la propuesta? ¿Por qué torturarte de esa manera? Observando como otro está conmigo, cuando a mí me importas tú. Me enamoré de ti Daniel, ¿acaso eso no es suficiente?
—A veces el amor no es suficiente cuando la carne te pide a gritos ser complacida de alguna manera. Necesitas esa pasión, necesitas sentir fuego. Tú eres fuego. Tenías que sentirte deseada, y yo no puedo darte eso completamente—reconoció con simpleza. La realidad lo abofeteaba, negarlo sería una tremenda equivocación. Esperaba que ella dejara de negarse ese privilegio que Daniel le ofrecía—. Aunque no lo creas, no me arrepiento de haber tomado esa decisión, siento que nuestra relación está explorando diferentes escenarios, muchos lo llamarían locura, demencia al dejar que otro ocupe mi lugar pero no lo hace. Sé que a pesar de todo aún no hemos perdido aquella conexión, aun te siento viva en mi ser al igual que yo en ti. —Apuntó con su dedo hacia el pecho de su esposa.
—No puedes condenar al amor diciendo que no es suficiente. No lo ates a la pasión, es cierto que la pasión y el amor están vinculados. Te aseguro que he sentido pasión antes, pero no amor. Yo me enamoré de ti, me gustó todo de ti. ¿Sabes que fue lo que más me gustó? Que siempre fuiste caballeroso, atento, dulce como un caramelo, y me sentí tan dichosa que decía >>Si no me caso con él estoy loca<< Pensaba que el hecho de que no tuvimos sexo en nuestro noviazgo era maravilloso, porque pensé que eras de los que creía que llegar al matrimonio virgen era importante y me sentí mal al no serlo, porque mi propósito siempre fue estar con el hombre con el que pasaría el resto de mi vida.
—No me aproveché de ti porque no podía—sonrió con tristeza—. Y no me mal entiendas—se apresuró a decir—. Para mi tener sexo es hacerlo con quien amas, por eso se llama hacer el amor, porque es hacerlo con dulzura y cariño a la persona correcta. De igual manera, si no tuviese este problema no me hubiese importado esperar, vale la pena esperar por ti. Soy un romántico y lo sabes. Para mi estar contigo me hace sentir que soy mejor hombre, que nada es suficiente para ti y que cada día que despierto a tu lado soy más dichoso, pero aun así no podemos negar nuestros instintos, no podemos negar nuestros deseos y sé que deseas esto, sé que lo necesitas, independientemente que te haya incitado.
— ¿Crees que si mi instinto fuese más fuerte que mis sentimientos, estaría aquí, dándote mi apoyo y lo mejor de mi aunque no es suficiente? Reconozco que necesito esto, pero no lo pongas como un absoluto, porque esto es solo algo que complementa una parte que se queda minúscula cuando los sentimientos son reales—refutó
—Un complemento importante—respiró con impotencia—. Me haré unas radiografías, dependiendo de eso el doctor me dará la última palabra. — Su mirada se volvió penetrante, perforándola con tal intensidad que sentía que quería entrar en su mente y ver hasta el más mínimo pensamiento. Lo que vendría de allí en adelante dependía de su respuesta—. Quiero que seas honesta conmigo. ¿Quieres seguir con esto?—soltó, sorprendiéndola—. No quiero que te sientas obligada a nada, lo que decidas estará bien para mí.
Chicago lo pensó, meditando seriamente en toda la situación. Era una mentira decir que podía detenerse y olvidar todo, algo se había despertado en ella. Daniel tenía toda la razón, ella era fuego y quería seguir quemándose. Jasón se había vuelto su objeto de deseo y su fuente de placer. No obstante no significaba que Daniel no lo fuese. Era bastante hábil con los dedos, ocurrente, se las apañaba con lo que podía dar. Aun así, no podía controlar el impulso de volver a repetirlo.
—Si lo vuelvo a hacer, lo haremos de una forma en la que los tres estemos cómodos. En la que tú puedas interactuar—propuso.
Lo analizó, de hecho quería probar algo que rondaba su mente. Conversar de eso con ella resultaba refrescante, aunque las dudas seguirán punzando. No podía dar por sentado el final de la travesía, lo que lo dejaba en una incertidumbre que amenazaba con la poca seguridad que obtenía de la situación.
—Entonces quiero que te prepares para mañana porque tengo pensado hacer algo diferente—reveló misterioso.
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Salió para el canal muy temprano, tenían una reunión de último momento. El señor Douglas los había reunido a todos para darles una noticia.
—Gracias por venir. —Los empleados tomaron sus lugares en la sala de juntas. Al ver que los presentes estaban en silencio esperando que hablara, prosiguió—: Quiero informarles a ustedes que a partir de mañana no seré más su jefe.
Las habladurías no se hicieron esperar, todos estaban afectados, sobre todo Chicago. Ella sabía que lo removerían de su puesto pero no pensó que sería tan pronto. Así estuviera avisada de la noticia, el impacto no dejaba de ser fuerte. Un talento abandonaba el canal. Su mentor la dejaba a la deriva.
—Les pido silencio—solicitó el señor Douglas—. Como saben el canal fue comprado por una multinacional y ellos quieren a su gente aquí, le he asignado el trabajo de orientar a su nuevo jefe a la señorita Adams. —Dirigió su atención hacia ella—. Quiero decirles que me gustó trabajar con ustedes y que no se preocupen por mí porque me iré a Washington con la CNN. Fue un orgullo para mí ser parte de este canal, les deseo lo mejor.
Todos salieron de la sala de juntas, excepto Chicago. Estaba devastada, quería al señor Douglas como un padre. Le había enseñado todo lo que sabía y lo más importante, le había dado un voto de confianza al ponerla como presentadora de noticias internacionales ya que su primera impresión al verla fue pensar que era una chica vacía, sin conocimiento alguno, apta para que estuviese presentando farándula, pero ella le demostró que tenía madera para ser tomada seriamente y el señor Douglas le dio esa oportunidad. Ella nunca olvidaría ese gesto.
—Señor Douglas, quiero decirle que no tengo palabras para agradecerle todo lo que ha hecho por mí, y que el jefe que llegue no llenará el vacío que usted nos ha dejado— declaró afligida
—Adams. —El señor Douglas se ablandó un poco al dirigirse a ella. Dejaría su puesto, unas cuantas palabras no harían gran diferencia. Quería dejarle un buen legado a Chicago—. Usted me demostró que es seria y confiable. Si no le hubiese dado esa oportunidad me hubiese volado la tapa de la sesos—sonrió—. Buena suerte, este es mi último día dirigiendo este grupo de presentadores.
El resto del día presentó las noticias y anunció la despedida del señor Douglas. Chicago estuvo cerca de las lágrimas pero resistió las ganas de llorar. Esa no sería una despedida honorable para su ex-jefe. Siempre lo extrañaría, aunque nunca se lo diría.
Después de una noticia que la descolocó y una jornada bastante lúgubre, Chicago salió del canal, encontrándose con Daniel en la entrada
— ¡Hola mi amor! ¿Por qué saliste tan temprano?—Preguntó extrañada. Si bien tenían una cita con Jasón, esperaba llegar a su casa, descansar para cambiar de ánimos.
—La empresa estaba celebrando algo, no se no se me informó, así que me dejaron salir temprano. Espero que estés lista para lo que quiero hacer hoy—le avisó, sopesando su reacción. Ella se encogió de hombros, sonriéndole.
—Sorpréndeme.
Se dirigieron al apartamento de Jasón, no esperaba tenerlos en la puerta de su casa tan pronto. Se suponía que no se repetiría, sin embargo él no estaba molesto por el cambio repentino, le gustaba la forma en la que la interacción entre los tres se tornaba más interesante.
Se hizo un lado para dejarlos pasar.
—Como no me avisaron que venían. No tengo un camino de pétalos, así que me disculparan—advirtió con cierto sarcasmo.
—No hay problema—dijo Daniel—. Hemos venido porque… después de discutirlo decidimos que… seguiríamos con esto. —Miró a su esposa, estaba nerviosa por la sorpresa que podía tener su esposo—. Espero que comprendas lo que pasará.
—Absolutamente.
—No demos más espera entonces. —Chicago y Jasón se dirigieron al cuarto, pero Daniel los detuvo.
—No será en tu habitación, será en el sofá, así que por favor…—Con la mano les hizo señas para que se ubicaran en el mueble. Daniel acercó una silla y se sentó como si fuera el trono divino, él los iba a guiar.
—Muy bien, Jasón, quítale el saco y la blusa, lentamente. —Hizo énfasis en lo lento que tenía que hacerlo. Así lo hizo, desabotonó el saco de Chicago, al igual que su blusa negra lentamente. Se quedó sin palabras al ver el brasier rojo de encaje, sonrió lascivamente.
—Veo que venias preparada Fresita. —Se lamió los labios disfrutando de la vista que le proporcionaba los senos de Chicago que encajaban perfectamente en el brasier.
—Te pido silencio—ordenó Daniel—. Quien los dirige a ustedes soy yo, si les pido que hablen, lo harán, si les pido que me respondan, lo harán.
Ambos se miraron atónitos. Chicago entendió finalmente de que se trataba el misterio. Una nueva pauta en la que él se vería cien por ciento participe. No estaba nada mal.
—Chicago, tienes que hacer lo mismo—indicó su esposo señalando a Jasón
Chicago tomó la parte inferior de la camisa para quitársela, Jasón alzó los brazos con la mirada llena de diversión. Se la quitó lentamente dejando al descubierto ese abdomen marcado, bronceado, provocativo. Daniel se anticipó a los pensamientos de su esposa dando otra orden.
—Bésalo, primero en la boca y luego baja a su pecho. Quiero que pases tu lengua por él, te detendrás cerca del elástico del bóxer.
Tal como le indicó su esposo, lo besó intensamente, mordiendo su labio superior. Jasón introdujo su lengua sin piedad en la boca de Chicago, tomándola del cuello para atraerla más cerca, luego ella deslizó sus labios por su cuello, dando pequeños mordiscos. Jasón cerró los ojos dejándose llevar por los besos de Chicago. Bajó hasta llegar a sus fibrosos pectorales, pasando su lengua lentamente haciendo círculos, deslizando sus manos por ese asombroso abdomen marcado. Su erección no se hizo esperar, estaba tan duro que rompería sus pantalones. Jasón tomó su larga cabellera entre sus manos mientras ella besaba y lamia aquellos cuadrados sensuales, los lamia una y otra vez sintiendo su interior húmedo, deseoso de tenerlo allí.
—Suficiente—exigió con voz firme—. Levántate Chicago, Jasón por favor quítale el brasier a mi esposa y saborea sus senos.
Le retiró el brasier, dejándolo caer en el suelo, con la boca tomaba un seno y con la mano apretaba el otro, raspaba suavemente sus dientes en el pezón de Chicago agrandándolo. Ella dejó escapar un gemido mientras con su mano apretaba su otro pezón, jugando con este en su mano.
—Quiero que lamas más fuerte Jasón, apriétalo más—demandó Daniel, estaba disfrutando aún más que la noche anterior.
Apretó sus labios más fuerte y con su mano apretaba el otro más fuerte. Ella gimió, el placer que esto le provocaba era infinito, quería tocarlo, pero su esposo no le había dado permiso, por lo tanto se limitaba a dejarse invadir por el deleite que su cuerpo sentía.
—Quítale las bragas y los tacones, pero déjale la falda, hazlo despacio.
Siguiendo con lo establecido, le quitó las bragas junto con las medias veladas que tenían puestas, le retiró los tacones dejándole solo la falda
—Álzale la falda y lamela.
Alzó su falda apretando su trasero desnudo, la abrió un poco de piernas y luego pasó su lengua por su humedad. Chicago arqueó la espalda, jadeando por el contacto candente. Una vez más paso su lengua, saboreándola, absorbiendo su miel, haciendo sonidos de gusto por su sabor extraordinario. Introdujo su lengua, probando cada rincón que podía alcanzar, apretó su trasero férreamente jugando con su clítoris. Ella agarró su cabeza, enredando sus dedos en su cabello, chillando de gusto al sentir su lengua jugando en aquella parte
— ¿Cómo te sientes Chicago?—Preguntó Daniel, ella no le respondía. Repitió la pregunta con más autoridad—. Responde cuando te hable, ¿Cómo te sientes?
—B-bien. —Fue lo que único que logró articular mientras la lengua de Jasón estaba dentro de ella.
—Creo esa no era la respuesta que quería, quiero saber que sientes, descríbelo—pidió, midiendo su reacción, sus gestos. Sabía que no podía hablar, pero parte del nuevo juego era intervenir cuando menos lo esperaban.
—Se…s-siente…asombroso. —La última palabra le salió en un gemido. Jasón seguía con su tormentosa inspección, pasando su lengua lentamente, taladrándola con fervientes lengüetazos destinados consentir su entrepierna palpitante y mojada.
—Detente Jasón—ordenó Daniel—. Chicago quítale los pantalones y el bóxer.
Le temblaban las manos, la habían dejado a medio camino. Torpemente le desabrochó el pantalón a Jasón, luego le bajó el bóxer, dejándolo caer al suelo. Jasón lo pateó hacia atrás. Su enorme erección parecía a punto de explotar, sus venas se resaltaban. Daniel sacó un condón de su bolsillo y se lo entregó a Chicago
—Quiero que se lo coloques, lentamente, no hay prisa. —Daniel le sonrió a Jasón quien claramente tenía indicaba lo contrario.
Abrió el paquetito y sacó el condón, se lo puso lentamente. Al sentir las manos de Chicago masajeando su miembro mientras le colocaba el látex. Estaba dudando de cuanto iba a durar antes de correrse, estaba demasiado excitado. Eso de ser dirigido era algo nuevo para él, y lo encontraba electrizante.
—Chicago, acuéstate en el sofá con las piernas bien abiertas.
Se acostó en el sofá, sosteniendo sus muslos abiertos con las manos.
—Jasón entra de una estocada en ella, muévete rápido.
Se puso encima de ella y entró de una estocada. Chicago apretó el sofá de cuero con sus manos al sentir su miembro en su interior. Jasón se movía rápido dentro de ella sosteniéndole las piernas para que se mantuvieran bien abiertas, sus movimientos eran mortales, rápidos, desesperados. Sentía como le apretaba el miembro, sabía que no tardaría en correrse, los gemidos de ambos hacían eco en el apartamento, dejándose llevar por sus instintos.
—Jasón, ¿cómo se siente estar dentro de mi esposa?
—Apretado…—gruñó mientras se movía.
— ¿Qué más?—inquirió Daniel.
—Delicioso… caliente y puta madre… apretado—lo dijo casi gritando, gemía mientas sus estocadas eran más profundas, estaban a punto de terminar. Jasón no aguantaba más y Chicago mucho menos.
—Deténganse—dijo Daniel con frescura. Ambos estaban a punto de terminar y que les ordenaba eso. Era una bestialidad, se sentían en el limbo ¿Qué carajos les había pedido?—Jasón sal de mi esposa, Chicago ponte en cuatro por favor.
Jasón salió dolorosamente de Chicago y ella temblorosa se puso en cuatro, su miembro explotaría en cualquier momento, necesitaba evacuar.
—Entra lentamente en ella, y cuando digo lento, es lento. Quiero que sienta cada centímetro de tu miembro entrando. —Una sonrisa algo siniestra se instaló en su rostro, parecía que lo hacía para hacerlos sufrir, como si disfrutara de su desesperación.
Tenía que ser una broma, estaba a punto de correrse y no quería aguantar más, no podía, le dolía tener que retener lo que quería salir. Se introdujo lentamente, demasiado lento para su gusto, era una tortura tanta lentitud. Chicago abrió su boca sintiendo cada centímetro entrando en su hendidura, sus puños se cerraron y sus nudillos se pusieron blancos. La sensación de sentir como entraba poco a poco era desesperante y delicioso a la vez, dándole las sensaciones más exasperantes y enervantes que podía sentir en ese instante. Por otro lado, Jasón resoplaba con la lentitud con la que entraba, necesitaba terminar, sentir como Chicago lo ansiaba cada vez que apretaba cada centímetro que entraba en ella hacia más difícil no correrse.
Finalmente la penetró. Cuando por fin iba a moverse Daniel lo interrumpió.
—Quiero que cada estocada sea fuerte pero lenta, es decir cuando muevas tus caderas hacia atrás que sea lento y cuando las muevas hacia adentro que sea fuerte.
¿Qué disparate estaba diciendo? Ninguno iba a soportar semejante tortura, querían terminar en este instante, tener que contenerse más era simplemente doloroso para ambos, en definitiva Daniel los estaba torturando.
Jasón se movía lentamente como Daniel les había pedido, cuando movía sus caderas hacia atrás era lento y cuando las movía hacia adentro era fuerte. Las respiraciones de ambos eran pesadas, dolía tener que moverse de esa forma, aun así el placer se multiplicaba en cada movimiento lento, aumentando la ansiedad de ambos.
—Q-quiero…más—sollozó Chicago, moviendo las caderas, buscando la liberación por si misma.
— ¿Qué dijiste Chiqui?—Daniel le dirigió una mirada seca si no hablaba claro.
— ¡Quiero más, más rápido, más duro!—Gritó entre gemidos que parecían más bramidos de impotencia. Daniel sonrió y movió la cabeza dando luz verde. Jasón siguió sus movimientos más rápido, más duro, tomando las caderas de Chicago para profundizar sus movimientos. Las manos de Chicago flaquearon y se sostuvo por sus antebrazos mordiendo el cuero del sofá, elevando más su trasero. Jasón agitado siguió ferozmente, golpeando su interior resuelto a acabar con tanta espera. Finalmente Chicago encontró su clímax, soltando un grito de alivio, seguida por Jasón que en una estocada se corrió con un bramido que dejó casi sordos a los presentes. Cayó encima de Chicago al terminar.
—Eso fue…—dijo Jasón agitado
—Alucinante—replicó Chicago, terminando la frase, ambos respiraban convulsos. Jasón aún seguía dentro de ella, respirando al mismo ritmo, intentando recuperarse.
—Willows, sal de mí y levántate—murmuró hastiada—. Me estas aplastando.
Salió lentamente de ella y se incorporó, Chicago siguió recostada sin fuerzas, sin ganas de levantarse. Jasón se retiró el condón y lo tiró al suelo.
Daniel se levantó dirigiéndose al baño, le dolía la espalda, aquellos dolores estaban aumentando sin razón aparente. Se sostuvo de la silla y camino lentamente.
—Dani, ¿te ayudo?—Interrogó su esposa sentándose.
—No, tengo que ir al baño, vístete por favor.
Chicago recogió su ropa para vestirse y cuando vio el condón usado en el suelo, el asco se apodero de ella.
— ¿Puedes tener la decencia al menos de recoger…eso?—Señaló el condón.
—Déjame verlo una vez más—dijo Jasón aun desnudo—. Es un bonito recuerdo de una de las experiencias más ricas que he tenido. —Se levantó y se colocó el bóxer, recogió el condón usado—. ¿Sabes Fresita? Guardo el condón que usé contigo en nuestro primer encuentro. Siéntete afortunada porque no hago eso con ninguna, es para recordar cuantas veces me moví dentro de ti, lo sabroso que aprietas, lo caliente que estas cuando entro en ti, lo mucho que me deseas. Lo de hoy fue realmente alucinante, como pedias más, eso sí que me motivo a darte como querías.
—Si crees que con decir que guardas esos condones usados me excita o me hace feliz déjame decirte que me da asco, que cochino eres. Aun no entiendo porque carajos me acuesto contigo. —El decirlo solo la dejó en una pésima posición.
—Porque te gusto—ronroneó—. Porque sé cómo respondes a mi toque a mis besos, porque quieres más o sino no hubieses vuelto. Estoy dispuesto a darte lo que quieras, las cosas que quieras—ofreció sosteniendo su pene. Chicago tuvo que apretar los puños para no golpearlo por cerdo.
Daniel salió del baño secándose las manos. Gracias al cielo que su esposo hizo acto de presencia, o terminaría despellejando a alguien
—Ummm hice un poco de ya sabes… desorden, pero no te preocupes, he limpiado—Había vomitado, no por lo que sucedió, sino por algo extraño que no tenía explicación. Su temperatura corporal había aumentado de la nada, el dolor en la espalda lo estaba matando. Se tragó su fatiga, respirando pausadamente. No levantaría sospechas que no eran necesarias—. Nos veremos pronto. —Se despidió con prisa, casi arrastrando a Chicago.
—Está bien bro, cuando quieras yo estoy disponible, ya sabes—sonrió.
Chicago acudió a ayudar a su esposo que se veía mal, como si no pudiese sostenerse por sí solo
— ¿Por qué no trajiste el bastón?—Murmuró
— ¡Porque no quise!—Bramó—. No quiero sentirme un lisiado
— ¡Deja de ser tan terco! Si necesitas ayuda lo tomas ¿Eso no es lo que hacemos?— Apuntó a Jasón, el cual se estaba vistiendo.
—Como sea, vámonos, lo de hoy me dejo un poco… cansado.
Lo que había pasado esta noche estaba fuera de serie, había sido alucinante para los tres, aun así la situación se podía salir de control. Jasón acechaba a Chicago y ella no se podía resistir de la forma que quería. Cada vez que él se le insinuaba o le decía cosas, su cuerpo se volvía lava en sus manos, su piel lo pedía a gritos y no quería terminar cediendo y engañar a Daniel, a pesar de la situación tan chiflada y lunática en la que estaban, le había prometido estar con Jasón bajo su supervisión, no quería fallarle en eso.