Capítulo 8: Pista de rally.

 
 

Después de escuchar una noticia no tan buena, Chicago fue a su casa a descansar un poco. En unas horas comenzaría su turno para trabajar. Daniel optó por adelantar trabajo en la oficina, ahora más que nunca estaba dispuesto a demostrar sus habilidades, sobresalir. La empresa que lo contrató como pasante era muy prestigiosa, de alto nivel. Fue afortunado al ser seleccionado para realizar sus pasantías, aunque la remuneración era bastante pobre. Un esfuerzo que vería recompensado al adquirir una buena experiencia para su hoja de vida.

 

Hablarían del nuevo proyecto científico en la noche, hablarían de todo lo que sucedía. Debían salvar las distancias, recuperarse de ese golpe. Como adultos, no podían lamentarse de sus decisiones, simplemente debían comunicarse y llegar a un punto neutro donde pudieran bajar sus defensas.

 

Luego de un descanso revitalizador, Chicago se dirigió al canal, pensando nuevamente en los cambios fuertes que sufría a nivel interno. Los empresarios querían meter a un peón de mierda para controlar absolutamente todo, despachando al señor Douglas por su talento, temiéndole. Personas como esas realizaban modificaciones pensando en números, en cifras vacuas que potencializaban su codicia, nada más. Despedir al señor Douglas sería una terrible perdida, no solo para ella, porque sin duda alguna era una gran mentor, sino por el equipo de trabajo. Esos hombres de corbata eran unos desalmados que se hacían pasar como inteligentes, sin serlo.

 

Al llegar al canal, se encontró con un revoloteo. Extrañada, se dirigió a la sala de juntas, encontrándose con el Señor Douglas. Él alzó su mirada y la observó con seriedad, de forma protectora. La consideraba una mujer muy bonita, muy profesional, muy apta para desempeñar una labor cualquiera, incluso una labor fuera de su campo ordinario.

 

—Adams—la llamó, ella sin pensarlo acudió, sentándose a su lado—. Necesito que cubras una entrevista a un piloto de rally para hoy por favor.

 

—Pero…señor—titubeó nerviosa —. Usted sabe que ese no es mi campo. ¿Jonás no es el encargado de cubrir las noticias deportivas?

 

—Sí, pero resulta que está enfermo y te lo encargo—. Se pasó una mano por su cabello canoso—. Confió en ti. Eres una gran reportera, una gran periodista. No podría dejarlo en mejores manos, Adams.

 

  Asintió con entusiasmo. Un reto, ese trabajo era así, versátil. Probar otras áreas le serviría para enriquecer su experiencia.

 

— ¿A quién debo hacerle la entrevista?—Preguntó sacando su cuaderno para anotar las indicaciones pertinentes.

 

—Es un piloto promesa. Tenemos suerte que esté en la pista de la ciudad compitiendo de manera amistosa para donaciones, ya sabes los deportistas hacen esas cosas. El chico se llama Samuel Thompson, ha ganado varios premios locales y estará compitiendo en Dakar; una de las carreras más importantes en este deporte. Mira aquí esta una foto del chico—le mostró una imagen el hombre. Era alto, moreno, complexión gruesa y una sonrisa de niño inocente.

 

Llevándose todas las referencias que el señor Douglas le entregó, tomó un taxi, estudiando las preguntas que le haría al Samuel, tenía que distraerse y que mejor que el trabajo para hacerlo. Finalmente llegó a la pista de rally de Luisiana. Era una pista grande, circuito cerrado, arena por todas partes. El lugar era una locura, vendedores ofreciendo sus delicias, las personas caminando por todos lados tratando de ubicarse en las gradas, ruido por doquier anunciando la competencia amistosa. Chicago no podía estar más inadecuada para el momento con sus tacones de aguja, su falda tubo que no le permitía avanzar mucho, su cabello ondulado revuelto por el viento, el revuelo de los asistentes que no paraban de moverse. No tenía mucha visibilidad para encontrar a Samuel y salir de allí.

 

Su camarógrafo, Alan. Estaba registrando todo el lugar con su cámara, filmando cada detalle, se veía muy entusiasmado por el trabajo de campo.

 

—Si quieres puedes sentarte en la gradas—dijo Chicago—. Iré a buscar a Samuel —informó, agarrándose el cabello como podía para no verse tan desaliñada.

 

Alan se dirigió en las gradas, realizando tomas para el noticiero. Chicago recorrió el lugar, la única forma de encontrarlo sería yendo hacia los carros estacionados más allá de la pista donde también estaban ubicadas algunas carpas. Caminó hacia donde estaban las vans etiquetadas con los patrocinadores de los corredores. No recordaba cual era el patrocinador de Samuel, se sentía algo torpe para olvidar un detalle tan importante. Continuó su recorrido con dificultad por esos tacones que se enterraban en el suelo, intentando recordar los malditos patrocinadores del corredor, detalle primordial para romper el hielo en la entrevista.

 

Mientras su traje se ensuciaba de arena, sus pasos se hacían más pesados debido al sobre esfuerzo de sacar los tacones del fango, escuchó una voz que la petrificó, esperando que fueran alucinaciones suyas. Se detuvo, afinando el oído para percibir mejor la voz del hombre que, con solo mencionarla, le ponía la piel de gallina.

 

— ¡Vaya, vaya, vaya! Reconocería ese trasero en cualquier lugar. —Chicago giró para ver al dueño de aquella voz. Lamentándose terriblemente por aquella acción. Jasón traía puesto su traje de rally lleno de arena, sus ojos verdes oscuros llenos de lujuria y una sonrisa perversa enmarcaba su rostro—. Fresita, no sabía que te gustaran los deportes.

 

Toda una sorpresa encontrarla vagando por los autos. Peligroso para una mujer tan hermosa como ella. Hombres como él estarían por ahí, dispuestos a engatusarla y llevársela a un rincón, colocarla frente a una van y luego…

 

Disipó esos pensamientos, no había pasado mucho desde su encuentro y ya deseaba encerrarla y hacerle todo tipo de perversiones a las que ella no se opondría. Solo a Chicago se le ocurría ir vestida con una falda que revelaba esas piernas que tuvo entre sus manos, sosteniéndolas mientras empujaba profundo en su interior. Esas piernas que le dieron el acceso a su centro líquido. Revivir aquello lo puso duro de nuevo. Nuevamente la creciente necesidad de viajar por su cuerpo, tocar esos puntos suaves que la llevarían al borde, besar su piel, sumergirse en su húmedo calor, perdiendo su objetivo, su autocontrol. Quería más de ella, más de sus labios, de su cuerpo, sus gemidos estimulantes. Quería que volviera a rodearlo con su boca, que lo lamiera y se tragara su esencia. La visión de ella arrodillada de nuevo, llevándolo hasta su garganta cerrada lo hizo ver estrellas.

 

— ¡¿Qué haces aquí?!—Interrogó asustada y exaltada. No podía ser cierto, nuevamente frente a él, observándola con malicia. Lo único que buscaba era una escapatoria para no ceder de nuevo a la tentación, no tan rápido.

 

  ¿No sabias? También soy corredor, mi dulce Fresita. Uno muy bueno. —Se mordió el labio inferior acercándose a ella como un pavo real luciendo sus exuberantes plumas. Chicago se paralizó, no sabía si correr, o gritar, simplemente se quedó quieta hasta que él se acercó mucho, demasiado, tanto así que sentía el olor a sudor y arena que provenía de su varonil cuerpo. Titubeaba al mirarlo, simplemente no podía, y él lo veía como una ventaja. Como si hubiese domado a la leona.

 

—Y-yo estoy buscando a otro corredor, tengo que hacerle una entrevista—susurró nerviosa, aquella cercanía no era saludable. Sentía como cada poro de su piel se activaba al sentir esa tensión latente entre ellos.

 

—Me la puedes hacer a mí. —Su voz era sensual, encantadora, hipnotizante. Agarró el trasero de Chicago acercándola a él, terminando de cerrar esos centímetros que hacían falta para que sus cuerpos estuvieran completamente unidos —. Estoy dispuesto a hacer lo que quieras, a responder las preguntas que tú quieras—le susurró dulcemente. Gimió cuando apretó su trasero con más fuerza. Su cercanía, su aliento, su mirada libidinosa no la dejaba pensar con claridad—. No pude dejar de pensar en ti Fresita—confesó, arrepintiéndose internamente por hablar sin pensar. Esa mujer le volvía el cerebro papilla para cuervos—. Eres tan deliciosa. No dejé de pensar en lo mucho que disfruté estar enterrado en ti, tuve tantas erecciones con ese pensamiento que no llevo la cuenta exacta.

 

Chicago abrió los ojos como platos. Era exactamente lo que ella había hecho esta mañana, pensando en todo el placer que él le había provocado, pero no iba a darle el gusto de admitirlo, no estaba dispuesta a ceder por ningún motivo.

 

—Es mejor que me sueltes Willows—siseó—, estoy trabajando. —Trató de sonar firme, pero fallo. El agarre de Jasón era más fuerte, pegándola completamente a su cuerpo. Sacó su lengua rozando el labio inferior de Chicago, haciéndola estremecer, luego lo mordió suavemente

 

— Entremos a mi van—sugirió volviendo a lamer sus labios, manteniendo su agarre firme en su redondo trasero.

 

La van estaba justo detrás de ella.  Aprovechando la cercanía, la confusión, el nuevo escenario, entraron a tropezones. No recordaba en que momento empezaron a besarse, cosa que no importaba, ya tenía la lengua de Jasón haciendo estragos en su boca, instándola a abrir sus labios para recibir un beso brutal. La llevaba agarrada del cuello, aprisionándola de tal manera que no tuviera la oportunidad de despegarse y salir huyendo. Esta vez harían las cosas en privado. La dominaba con un beso frenético, fiero, exterminando cualquier rastro de duda que tuviera en el momento. No la dejaba respirar, no le daba tregua, no le permitía separarse un poco para pensar. No había transcurrido mucho tiempo después del encuentro y ya estaba hecha un lio en sus brazos.

 

 Las manos de Jasón estaban sobre la chaqueta de Chicago, desabotonándola con rapidez, luego él se quitó la chaqueta y la camisa que traía debajo, dejando ver su torso perfectamente marcado. Chicago pasó sus manos por aquella musculatura bien definida deslizándolas suavemente, deseando pasar su lengua por ese provocativo abdomen.

 

Jasón le quitó la blusa, sin cuidado alguno, casi arrancándosela. Estaba desesperado, ambos los estaban. Volvieron a juntar sus labios en un apasionado beso, él la llevó a una pequeña cama que estaba junto a la ventana, Jasón se sentó poniendo a Chicago a horcajadas sobre de él, besándole el cuello, lamiéndolo suavemente, haciéndola jadear de ansiedad por aquel contacto tan decadente. Colocó sus manos sobre sus piernas, subiendo y bajando para entrar en calor.  Al llegar a sus muslos no esperó más y rasgó las medias. Lo miró enojada por arruinar sus medias, no obstante él tenía ese encanto sensual al que  no podía resistirse, por más que quisiera, ya no podía negarse eso.

 

Subió sus manos hasta sus senos, deslizándolas bajo las copas. Chicago le desbotonó el pantalón y el hábilmente se deshizo de ellos.  Podía sentir el miembro duro de Jasón sobre su humedad, alzándose con majestuosidad sobre su montículo receptivo, repentinamente dolorido y ansioso por succionarlo hasta que tocara sus entrañas. Casi convulsionó al visualizar la imagen.

 

—Quiero entrar Fresita—dijo Jasón con voz estrangulada—. Podemos hacerlo en cinco minutos para que estés lista en tu entrevista. Cinco minutos es suficiente tiempo para que te corras duro.

 

Esas palabras aumentaron su afán de tenerlo en su interior, moviéndose con dureza hasta llegar al final. Un duelo chocante de voluntades en el que perder o ganar era el mismo resultado.

 

Le retiró el bóxer y no tardó en aparecer aquello que tanto ansiaba. Estaba duro, tieso, listo para cumplir su promesa. Lo tomó entre sus manos masajeándolo suavemente, Jasón gimió al sentir su cálida mano en su erección,  estaba más que listo para hacer gemir a Chicago y ella estaba lista para recibirlo. Sus sexos rozaban ansiando el momento que tanto deseaban cuando alguien tocó la puerta. Chicago se incorporó de inmediato, bajando su falda hasta donde más pudo para disimular las aberturas en sus medias hechas por Jasón, los golpes a la puerta eran insistentes.

 

— ¡Ya voy! Maldita sea, tenían que interrumpirnos en la mejor parte — expresó mirando a Chicago con deseo y frustración. Luchando con las ganas de tumbarla sobre la cama, no obstante la barrera que levantó aquella mujer era imposible de traspasar. Ya había recuperado razón, ya estaba preparada para atacarlo de ser necesario.

 

 Se subió el bóxer aun con su monumental erección, que poco a poco estaba disminuyendo por no terminar lo que habían comenzado. Abrió la puerta y  una horda de chicas con diminutas blusas y jeans tan apretados que era imposible que caminaran bien con eso aparecieron emocionadas, lanzando miradas coquetas hacia Jasón. Chicago las miró y susurró al oído:

 

—Puedes terminar con ellas si quieres—articuló con seriedad. No había rastro de celos en su voz, era rabia al haberse dejado llevar del momento.

 

Salió de la van y las chicas se acercaron a Jasón acechándolo con sus posters para un autógrafo. Caminó rápidamente, tratando de tomar la mayor cantidad de aire posible. Había sido débil frente a Jasón y eso le daba ventaja sobre ella. Tenía que parar eso, no le iba a ser infiel a Daniel, no así, no fuera del trato.

 

Llegó a la pista, visualizando a Alan que llevaba buscándola hace rato. El alivio la embargó. Estaba a salvo, lejos de una confusión con nombre y apellido que reventaba sus neuronas. No se reconocía, no era propio de ella actuar irracionalmente, no era propio de ella dejarse consumir de esa forma. Apretó la mandíbula, quería darse golpes contra el pavimento por ser tan endeble y permisiva. Si no hubiese aprobado el atrevimiento de Jasón, en ese instante tendría su tacón enterrado en sus bolas

 

— ¿Dónde estabas Chicago? Samuel te ha estado esperando desde hace rato.

 

— ¡Oh por Dios!—exclamó enfadada consigo misma por olvidar el motivo por el que estaba allí—. ¿Se fue?

 

—No, está firmando autógrafos allá—señaló al chico moreno cerca de las gradas firmando camisetas, fotografías entre otras cosas que los fans trajeran en sus manos—. A propósito ¿Qué te paso?—Su cabello estaba revuelto y la abertura en sus medias se hacía cada vez más notoria.

 

—Un percance Alan, nada de qué preocuparse—Se dirigió hacia el piloto—. Vamos, hagamos esto, ya quiero salir de este arenal.

 

Se arregló el cabello lo mejor que pudo y se bajó la falda para tratar de ocultar esos horribles agujeros. Se aproximó a Samuel, era muy alto, más alto que Jasón, incluso más alto que Daniel, su cabello muy corto, ojos negros y una sonrisa encantadora. Estrecharon sus manos y se dirigieron a unas de las carpas para finalmente dar inicio a la entrevista. Después de un par de preguntas, risas por ahí por allá, preguntas ya ensayadas sobre su carrera, su participación en Dakar, siendo esta la competencia más importante en el mundo del rally y algunas preguntas sobre sus proyectos a futuro. Se dio por terminada la entrevista, Samuel se veía serio y profesional, nada de flirteo barato entre ellos, su enfoque era su carrera profesional como corredor y la disciplina para él era importante. Salieron de la carpa, despidiéndose. Chicago y Alan tenían un gran material para presentarle al señor Douglas.

 

Justo cuando Chicago iba a tomar un taxi de regreso, una mano la apartó de Alan, sobresaltándola.

 

—Chicago, tenemos que hablar. —Jasón estaba agitado por correr desde la van para alcanzarla—. Quiero verte en mi casa, quiero terminar lo que empezamos. —Se aproximó a ella lo suficiente para que nadie escuchara, para convencerla de continuar. Sabía que ambos lo necesitaban. Se deseaban con voracidad, con desenfreno. Esa pequeña muestra de hace unos minutos demostraba que entre ellos aun existían asuntos por finalizar. Otro encuentro para darse cuenta hasta donde prolongarían esa locura —. Quiero esperar toda la noche o el tiempo que quieras, pero quiero verte.

 

—Willows. —Esta vez su voz era firme sin nada de vacilaciones—. No soy tu puta personal.  Debo reconocer que tienes…ciertas habilidades con respecto a… eso, y me tomaste con la guardia baja hace un momento. Pero eso no significa que si me quieres en tu cama de piernas abiertas correré a ti, eso no pasa de esa forma. Si vuelvo a acostarme contigo es porque Daniel y yo lo hablamos, si me acuesto contigo lo haré frente a mi esposo con su aprobación. No pienso traicionarlo, suena ridículo pero así es. A quien amo es a Daniel, mi corazón le pertenece a él y para que sepas hay posibilidades de que se recupere. —Escuchar eso demasiado pronto le generó dudas. No sabía si lo decía para apartarlo o porque era verídico—. Por ahora no intentes nada así de nuevo o la pasarás mal, te lo digo en serio.

 

Dio media vuelta y se retiró. Si Jasón pensaba que podría manejar a Chicago estaba muy equivocado, la chica tenía carácter. Lo que pasó entre ellos no cambiaría su amor por Daniel  y que ese sentimiento estaría siempre allí, palpitando en su corazón, en su alma. Su esposo era quien habitaba sus pensamientos y su corazón, incluso si su cuerpo pedía a gritos las atenciones del cavernícola.

 

 
 

 
 

 
 

 
 

 
 

 
 

 
 

 
 

 
 

 
 

 
 

 
 

 
 

 
 

 
 

 
 

 
 

 
 
La propuesta
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