Epilogo: Hogar, dulce hogar.
Se veía hermosa acostada en la cama, sus labios
entreabiertos, sus mejillas de un suave rosado, su respiración
pausada. Y lo mejor de todo, su vientre llevaba dos
pequeñas.
Llegar a este punto fue un milagro, como la vida misma. Volver a
pasar por el desierto para encontrar el oasis, eso fue para los
tres.
En el momento que aceptaron la propuesta de Chicago sabían a lo que
se enfrentaban, revivir el infierno en el que estuvieron una y otra
vez. Esa parte de su vida no la podía evitar, tampoco podía
engañarse y pretender que no fue raptada y sometida a maltratos.
Sería demasiado fácil, tanto que la mentira se prolongaría hasta
que la realidad la impactara con
rabia.
Ambos se mudaron a Carolina del Norte, Samuel le dejó a Daniel una
cantidad generosa de dinero, y algunas propiedades. Después de su
muerte Daniel le dio sepultura, agradeciendo lo que hizo por él.
Contrario a lo que muchos podrían pensar, Samuel se comportó como
un padre, fue él quien lo ayudó a recuperarse, le dejó un legado,
le enseñó a mejorar y crecer en el campo financiero. Gracias a las
mil ocupaciones que dejó a su cargo pudo despejar su mente y no
hundirse del todo en la
depresión.
El contrato de Jasón se pospuso, de ninguna manera se iría a otro
continente ahora que su Fresi estaba de regreso. Los patrocinadores
extrañados con el cambio de idea, le ofrecieron otras oportunidades
dentro del país. Les aclaró que lo tomaría con calma, participaría
en competencias locales y luego iría a lo grande, eso le daría
tiempo para recuperarla.
Las citas no se hicieron esperar. Chicago dividía su tiempo en salidas con los chicos por separado. Daniel siempre atento, llevándole flores, chocolates, globos de corazones. Chicago reía como una jovencita, a pesar del compromiso que llevaba anudado en un anillo, su esposo se proponía a reconquistarla, a hacerle recordar cómo fueron incluso en el noviazgo. La llevaba de paseo, charlando de su trabajo, sus aficiones, de la cirugía a la que se sometió mientras no estuvo. La contemplaba, amando ver su sonrisa, sus ojos exploradores llenos de emoción al escucharlo. Era irreal tenerla de nuevo, tomando su mano mientras caminaban por las calles. Al final le compraba un regalo, o la invitaba a comer algo. La dejaba en su casa con un beso dulce y casto en la mejilla, ella quería chocar sus labios contra los de él, pero Daniel quería llevar las cosas a un ritmo lento.
Por otro lado tenía a Jasón, un tornado con patas. La invitaba a ver sus entrenamientos, luego ir a jugar básquet, o alguna actividad que requiriera de actividad física. Como Daniel, le contaba con lujo de detalles lo que hacía, como se conocieron, lo que hicieron juntos. Eso provocaba un estallido de emociones que intentaba poner en orden. Era irreverente, tosco, pero así le gustaba, así le encantaba. Esa manera de ser la hacía reír, sonrojar. En ocasiones la llevaba a comer algodón de azúcar después de agotarla, o caminaba junto a ella, burlándose de cualquier tontería, charlando de trivialidades. La dejaba en su casa con un beso en su frente. Al igual que Daniel se tomaba las cosas con calma.
Con el tiempo los besos llegaron. Daniel la besaba como si tuvieran todo el tiempo del mundo, como si una pluma se deslizara por sus labios. En ocasiones era un tanto atrevido, mordiendo suavemente, lamiendo tímidamente. La invitaba a jugar con él, ella feliz cedía. Era respetuoso al momento del contacto físico, cosa que le costaba trabajo teniéndola cerca, tan suave, temblorosa, destilando sensualidad y deseo por sus poros. A veces no podía controlarse, la apretaba contra su cuerpo, haciéndola saber lo mucho que la necesitaba, clavando su erección en su vientre. Ella respondía frotándose contra él. Daniel le contó que nunca tuvieron intimidad coital debido a su lesión, pero al saberlo recuperado, quería que se deslizara por su estrechez. Era una degenerada al excitarse con su esposo virgen, la ponía húmeda saber que nunca había estado dentro de una mujer. Quería ser la primera y la única. Daniel deslizaba sus manos por sus pechos, deteniéndose siempre en ese punto. No quería hacer el amor con ella hasta que le confesara todo. No merecía un revolcón cualquiera producto de la calentura. Merecía ser tratada como una princesa, conociendo la otra cara de la historia.
Jasón era impetuoso, la besaba con dureza, prácticamente embistiendo sus labios. Pasó tanto tiempo sin tener ese contacto que cada vez que la besaba iba a explotar. Le tomaba el rostro y la besaba sin dejarla respirar, apretujándola contra la pared, el sofá, donde estuvieran. Era puro fuego, mientras Daniel era como viento en primavera: cálido, reconfortante, fresco. Jasón quemaba, consumía, acechaba de una manera que derribaba sus defensas, y no era que intentaba defenderse, es que no hilaba pensamiento alguno cuando descaradamente le hacía notar su dureza. Pero como Daniel, cuando las cosas se ponían más intensas, se retiraba. Quería tenerla bajo su cuerpo, moría por escuchar de nuevo sus suplicas, sus gemidos, que lo apretara cuando embistiera. No obstante quería que eso sucediera cuando pasaran de nuevo por el desierto.
Ambos tomaron la decisión de contarle el resto de la historia, la parte mórbida, perversa y sobretodo, dolorosa. No fue nada fácil enfrentarse a Chicago, ver como sus hermosos rasgos se deformaban ante el horror que tuvieron que soportar. Le contaron sobre su secuestro, lo que sufrieron mientras ella estaba en manos de ese animal, la participación de su hermana, y lo más duro: la muerte de Astor, su bebé
Ese día ella cayó de rodillas, se jaló el cabello con fuerza, gritando, maldiciendo, golpeando el suelo ante la maldad de un ser al que nunca le hizo nada malo. Les pidió débilmente que le dieran espacio, necesitaba procesar esa información, necesitaba respirar, necesitaba recordar esa parte oscura de su vida a como diera lugar. Investigó por su cuenta, la información como siempre sesgada y con vacíos. En las noches tenia pesadillas en las cuales era atada, sometida, subyugada. Otras donde la golpeaban brutalmente hasta desangrarse. En otras se veía a si misma muerta en vida, consumida por la tristeza, soñando despierta con un pequeño al que nunca vería, al que nunca sostendría en sus brazos.
Abel los llamaba a altas horas de la madrugada. No podía soportar esos gritos de auxilio que lo desgarraba por dentro. Ellos acudían sin importar la hora, la consolaban, le susurraban palabras que, aunque no la hacían olvidar, la tranquilizaban. Dormían con ella hasta el amanecer. Casi no hablaba, no comía, lo único que la mantenía fuerte era el deseo de superar esa terrible etapa. Por ello les rogó a sus chicos que la acompañaran a Luisiana, el epicentro de todo.
Recorrieron los lugares simbólicos para ellos. La universidad, donde tuvo pequeños fragmentos de Abel y ella, de Joshua y el inicio de una obsesión que acabó con muchos inocentes. Fragmentos de Daniel y ella cuando se conocieron, lo retraído que se encontraba, como si no perteneciera a ese lugar, pero que fue puesto allí para salvarla. Estuvieron frente al canal donde ella desempeño su cargo como presentadora. Recordó a algunos de sus compañeros, su antiguo jefe y el desagradable regreso de Joshua. No todo fue malo, el maravilloso recuerdo de Jasón declarándole su amor la enterneció. Fue tan directo, perforándola con sus ojos verde, abriéndole esa puerta que permaneció cerrada esperando a que ella apareciera para tocar. No podía creer como esas cosas bonitas se habían esfumado de su mente. Odiaba a Joshua, odiaba lo que tomó de ella, odiaba que le reventara la cabeza, haciéndole olvidar lo más hermoso que tenía: sus vivencias.
Se detuvieron al frente de su antiguo hogar, actualmente habitado por una pareja que entraba con bolsas. Allí de pie, Chicago tuvo un dolor de cabeza que la partía en pedazos. El secuestro. La angustia de ser atrapada, enclaustrada. Las terribles ganas de huir pero sin tener a donde escapar. El miedo atroz de ser encontrada y retenida. Y la decepción de ver a su hermana involucrada en ello. Al recordar a Bianca se agarró la cabeza con fuerza. Su mente recreó la última vez que se vieron, lo que hizo por ella, y como presencio su muerte. Tuvo que sentarse en una banca cercana o sino se desmayaría. Volver a ver su rostro teñido de escarlata casi la hace gritar. A pesar de todo la amaba, intentó ganarse su cariño, ayudarla. Ya no importaba sus diferencias, al final Bianca quiso hacer algo loable, encontrando un desenlace trágico.
—Q-quiero ver a Bianca—murmuró masajeando sus sienes—. Quiero ir donde sea que este. Llévenme por favor.
Fueron a Arizona, visitando la tumba de su hermana y de su hijo. Iba vestida de luto, un luto negado por su mente y sus padres. Se arrodilló frente a la tumba de su pequeño, ahogándose en llanto, reviviendo ese momento en el que no pudo cuidar el milagro de una vida creciendo dentro de ella. Se sentía tan estúpida por no notar que llevaba un bebé en su vientre. No pudo protegerlo, se lo arrebataron de la forma más horripilante. Eso fue lo que la llevó a entrar en estado catatónico, lo que la hizo despertar fue la muerte de Bianca. No quería pasar por eso de nuevo, no quería ser un estorbo, un vegetal. Esta vez quería manejar las cosas de una manera diferente.
—Mi dulce Astor—dijo con voz quebrada—. A pesar de que nunca te conoceré, nunca te sostendré, nunca te llevaré de la mano a la escuela y… nunca te veré crecer. Quiero que sepas que te amo, te amo y estarás para siempre en mi mente. No permitiré que nadie vuelva a arrebatarte de mi memoria, ni de mi corazón. Es mi culpa no protegerte adecuadamente. Fui tan tonta al no saber que te llevaba. —Se llevó una mano a su vientre—. Te fuiste y… yo no sé qué será de mí ahora que dejas un vacío en mi vida. Aunque no estés conmigo, soñaré contigo siempre. Adiós mi niño, adiós mi pequeño.
Se desplomó sobre su lapida. Jasón se acurrucó a su lado, seguido de Daniel. Ambos la sostuvieron en un abrazo que explicaba más que lo harían simples palabras. Ese dolor era inevitable, Chicago debía vivirlo, soportarlo, y con el tiempo superarlo. Ninguno olvidaría a su pequeño, no podrían dejarlo atrás. No obstante esa etapa oscura no podía seguir atormentándolos, no ahora que estaban juntos por fin.
—Fresi, escúchame bien. —Jasón tomó su barbilla, limpiando sus lágrimas con delicadeza—. Esto no es tu culpa. Tú no querías esto, amor. El culpable de todo fue un ser con un corazón negro, sin sentimiento. Un monstruo que no está entre nosotros. No le des el poder de separarnos. Si quieres desahogarte puedes hacerlo con nosotros. Es más, me postulo como tu saco personal de boxeo. ¿Qué dices?
Ella rió. Jasón y sus ocurrencias alegraban sus turbaciones. Tenía toda la razón, no podía darle el poder a Joshua Grantt de destrozarla de nuevo. Le permitió llevarse lo mejor de ella, no le permitiría llevarse sus nuevos recuerdos, sus nuevas vivencias. Lo que construiría al lado de esos chicos con un corazón de oro.
—No te golpearé a menos que te lo busques—sonrió levemente—.Debo despedirme de Bianca.
Se acercó a su lapida, acariciándola con la yemas de sus dedos. Nunca podría agradecerle el sacrificio que hizo al intentar ayudarla a escapar, al menos no cara a cara. Era su familia, su sangre, su hermana pequeña. A la que quiso y querría siempre.
—Bianca… gracias por lo que hiciste. Gracias por regalarme esos últimos minutos, por abrirte a mí. Ya no importa las diferencias entre nosotras, siempre te amaré. Estoy tranquila porque estas descansando al lado de mi pequeño. Espero que te hayas encontrado con Evan y tu pequeña Evey. Adiós, mi hermana querida.
Al regresar a Carolina del Norte, los tres se sometieron a terapias con el doctor Cleveland. Asistían a charlas en pareja, se despojaban de sus orgullos, de sus miedos. Relataban una y otra vez la experiencia más traumática de su vida. Se desmoronaban, lloraban, en ocasiones no hablaban. No obstante encontraban la manera de ponerse de pie, ver la luz del sol y seguir adelante.
Fue la constancia lo que les permitió seguir unidos. La perseverancia y el optimismo fueron sus aliados en cada sesión. Y lo mejor de todo la compañía y guía de Cleveland. Sus métodos y su manera de llevar una terapia los relajaba, les hacía confiar. No era el terapeuta que hacia las cosas movido por el dinero o por el mero hecho de tener un título. Lo que hacía lo hacía porque le encantaba ayudar a las personas. Su motivación era una sonrisa en los labios de cada paciente, verlos sobrellevar situaciones difíciles. Ayudarlos a recuperar su confianza, su autoestima. La particularidad en la relación de Chicago lo impulsaba aún más a colaborar con la construcción de un camino iluminado, uno donde pudieran enfrentar lo sucedido, donde los recuerdos dolorosos no les restara lo labrado, sino que probara lo fuertes y valientes que fueron al vivir aquello. Sobrevivir a heridas físicas, emocionales, a la pérdida de un hijo, nada de eso era fácil, pero si se lo proponían, la felicidad estaba en las pequeñas cosas que cimentaban. En eso se empeñaban, en cruzar el rio con una corriente fuerte, y a pesar de que al final del camino estarían empapados, sabrían que fueron capaces de enfrentarse a una situación que los fortalecería.
Chicago dio pasos importantes, sonriéndole a la vida, sosteniendo las manos de los chicos más especiales del mundo. El paso más importante que dio fue abandonar el apartamento de Abel y mudarse a casa de sus hombres. Se presentó sin avisar, imponiéndose. A la mierda ir con calma. Llevaban ese ritmo durante dos años, no podía continuar así porque los extrañaba, los añoraba, los deseaba, los amaba con locura. Ellos la recibieron más que gustosos. El apartamento de Daniel era amplio, con numerosas habitaciones, una cocina amplia, una sala comedor amueblada de manera sobria. Era evidente que ninguna mujer había puesto sus pies en el lugar, lo cual la complacía tremendamente. Le daría su toque femenino.
La acomodaron en una habitación diseñada para ella, como si la estuvieran esperando por mucho tiempo. Las paredes de color crema, una cama amplia con edredones rosados, un tocador enorme con diferentes perfumes y cremas, con baño privado. Era el lugar perfecto para una princesa de porcelana, pero no para ella. Lo tomaría con gusto por un tiempo, luego encontraría la manera de que durmieran juntos, los tres.
Mientras permanecía en el apartamento, Chicago se ocupaba de mantenerla en orden. Compraba víveres, preparaba los alimentos, ocupaba su mente en quehaceres y una página web que diseñó con Abel, en la cual realizaban críticas sobre diferentes temas que afectaban directamente a los ciudadanos. La página se volvió popular, recibiendo críticas positivas y negativas. Inesperadamente Chicago encontró la vocación que perdió, no solo por el golpe, sino porque le faltaba esa sazón del conflicto de opiniones que le encantaba debatir. Ya no quería ser la cara bonita detrás de una cámara, quería ser la cara polémica detrás del periódico virtual.
Aunque pasaba mucho tiempo escribiendo, investigando, realizando ajustes que creía necesarios para que la noticia impactara a sus lectores, necesitaba estar con sus chicos, no solo compartir una charla o un par de besos, sino la entrega absoluta. Tanta cordialidad la hartaba. Entendía que querían darle su espacio, que se sintiera a gusto con ellos, pero inconscientemente le negaban esas caricias sutiles que su cuerpo rogaba a gritos.
Un día decidió acabar con tanta espera tonta. Daniel se encontraba en su estudio revisando documentos. Se veía tentador con el cabello revuelto, su espalda ancha contrayéndose ante los movimientos que realizaba al inclinarse sobre la mesa. Su perfil era divino, celestial. Le encantaba verlo lleno de energía, distraído en sus ocupaciones, así admiraba su belleza. Era tiempo de tomar el toro por los cuernos. Deseaba que Jasón estuviera allí para acorralarlos a ambos, pero tenía entrenamiento y casi siempre llegaba tarde. Con él se entendería después.
Al sentir la presencia de su esposa, Daniel volteó a verla. Su sonrisa inocente desapareció al verla vestida únicamente de una camisa blanca, la cual dejaba a la vista esas partes suculentas y tentadoras. Los ojos le brillaron, su saliva se volvió espesa, apretaba los puños, conteniéndose. Era una oda a la belleza lo que tenía al frente. Intentaba por todos los medios de no saltarle encima y follársela como un caballo en celo. Ella merecía una preparación especial para su primera vez, algo elaborado, digno. Sin embargo no podía pensar en ello demasiado, su erección elevaba una tienda de campaña en sus pantalones. Respiró hondo, intentando relajarse.
Chicago sonrió satisfecha ante su reacción. Se acercó, acechándolo. Esta vez no se iba a escapar ni la iba a detener. Si era necesario lo amarraría y lo montaría hasta el amanecer. De solo pensarlo se humedeció, robarle la virginidad a su esposo de esa manera la excitaba demasiado.
Al quedar a pocos centímetros de él, envolvió sus manos en cuello, acariciándolo. Lo veía con fingida ingenuidad. Daniel se tensó ante sus toques provocadores.
— ¿Cómo va tu trabajo?—Preguntó, apuntando con la barbilla hacia la hojas desperdigadas por la mesa. Daniel se entretuvo observando sus mejillas sonrosadas, sus ojos chocolate iluminados, sus labios llenos y tentadores, y ni que decir de su cuerpo al que quería tocar sin dejar ni un solo rincón sin saborear. Le devolvió la mirada con cierto nerviosismo.
—B-bien… El mercado es difícil, a-aun así t-tratamos de m-mejorar las condiciones d-de negoc-ciación.
— ¿Por qué balbuceas, amor?—Cuestionó sonriéndole con candidez—. Te esfuerzas tanto, cielo mío. —Rozó su barbilla con su nariz. La cabeza de Daniel le dio vueltas. Lo enloquecía a propósito. Ni siquiera tenía que esforzarse por ello, con solo verla tenía el día hecho—. Quiero ayudar a ese estrés tan terrible que te aqueja. —Besó su barbilla, ascendiendo de a poco hasta llegar a la esquina de sus labios. Eso fue como quitarle el anillo a una granada. Daniel la tomó del cabello, estampando sus labios contra los de ella, impulsando su lengua dentro de su boca, paladeándola, intoxicándose con su sabor decadente. A diferencias de otras ocasiones Chicago notó como su autocontrol se desvanecía, dando paso a ese hombre primitivo. No le molestó ese cambio, de hecho lo punzaba a seguir emergiendo, mordiendo su labio, jugueteando con su lengua, succionándola. Daniel sintió esa succión a lo largo y ancho de su miembro. La agarró de las nalgas, apretándola contra su cuerpo, frotándose contra ella, haciéndola consiente de la erección que amenazaba con reventar sus pantalones ante las insinuaciones descaradas que desarrollaba sobre él.
Alzándola, la deposito sobre el sofá, besándola despacio, disfrutando de sus gemidos tenues, de la textura de sus labios. Con sus dientes jalaba un poco el labio inferior de su esposa, provocando que su cuerpo temblara. Las manos de Chicago se deslizaron debajo de la camisilla que llevaba puesta. Apartando su rostro, se la quitó de encima, tocando su pecho duro, sintiendo como se estremecía ante sus toques cálidos. Daniel regresó a esa boca incitadora, deslizando su lengua suavemente entre sus labios. Chicago la atrapó, besándolo con la suavidad con la que él la devoraba.
Las manos de Daniel se posaron sobre los pechos de su esposa, apretándolos sin ejercer una presión dolorosa. Los sopesaba, los masajeaba. Usaba sus dedos para consentir sus pezones, irguiéndolos bajo la tela. Chicago gemía contra sus labios, acariciaba su espalda tatuada, decía cosas que no podía entender. Quería tomarla en ese momento, seguramente estaría mojada y con solo una embestida explotaría dentro de su suave cavidad. Por más que quisiera enterrarse en ella, no podía. No podía hacerlo sin contarle ese secreto que lo ahogaba. Quería ser sincero, aun si ya había transcurrido tiempo suficiente para olvidarlo, Daniel creía necesario confesarle a Chicago su relación con Michelle.
Se apartó, privándola de sus labios, de sus manos, de sus besos, de él. Se levantó indignada. Ese cambio de humor la volvía loca. Ya tenía suficiente de tanta bipolaridad. Lo que le ocurriera debían dejarlo claro de una buena vez.
— ¿Por qué siempre me rechazas?—Preguntó dolida—. ¿Estoy haciendo algo realmente malo como para que te apartes?
—No, Chiqui. Hay… algo que he querido contarte y no he tenido las agallas de confesar.
—Dímelo de una buena vez—exigió con los brazos cruzados.
—Yo… tuve una relación con otra persona… Me involucré con Michelle.
El espacio le pareció pequeño, asfixiante. Así que era eso lo que no le permitía entregarse por completo. Se sentía culpable por estar con otra chica. Por más que no quisiera enojarse, no podía evitarlo. La infeliz perra se metió con su esposo. ¿Se enamoró de ella? ¿Se la folló? ¿Quería romper con ella? Todo a su alrededor se derrumbaba de nuevo. Su primer amor estaba a punto de decirle adiós.
— ¿Te irás con ella, verdad? Es por eso que no quieres tocarme, porque te acostaste con ella y te sientes culpable porque sentías que me debías algo. ¿Es eso, verdad?
—No es así, Chiqui. No me iré con ella. Por más que lo intenté, nunca pude quererla como te quiero a ti. Ella… estuvo cerca cuando me recuperaba, cuando recogía los pedazos que quedaban de mí. Sucedió sin que lo forzáramos, me sentí atraído hacia ella. Fue buena conmigo, quise de todo corazón enamorarme de ella, pero el sentimiento no floreció como cuando te vi por primera vez—declaró nostálgico—. Las comparaba, lo hacía porque te extrañaba tanto que ninguna podía ocupar tu lugar. No… me acosté con ella, no pude. No podría aprovecharme de ella cuando pensaba en ti. Necesitaba contártelo porque nuestro inicio debía ser transparente. Te fallé, rompí mis promesas. Por más que me excuse, me porté como un idiota, lastimándola, lastimándote—señaló. Chicago lloraba en silencio—. Soy yo el que se irá, seguramente tu no me querrás a tu lado. Respetaré tu decisión, así me parta en mil pedazos de nuevo. No te obligaré a nada, ni tu perdón ni tu amor. —Pasó por su lado, sin mirarla. Al igual que Chicago, lloraba. Se sentía ligero por confesar su relación con Michelle, no obstante el sabor amargo de la derrota lo rompía. Entendería que ella no quisiera tenerlo cerca, su sinceridad fue la decisión correcta.
Se detuvo, quedándose de piedra al sentir la cálida mano de su esposa, delineando el tatuaje que se hizo después de la cirugía. Tomando como punto de partida la cicatriz en la parte baja de su espalda, se hizo un enorme árbol. En la ilustración algunas hojas caían, como si fuera otoño. Ocupaba toda su espalda, viéndose terriblemente tentador con tanta tinta en su piel. Eso elevó aún más la excitación de Chicago, la cual no dudó en repasar los bordes con lentitud.
Indeciso y completamente desorientado ante las dulces caricias de su esposa, se dio la vuelta, abriendo los ojos al verla completamente desnuda. Quería arrodillarse y besarla desde los pies hasta su cuero cabelludo. Era preciosa. Sus pechos pequeños y deliciosos lo llamaban a ser besados, le provocaba deslizar sus manos por su vientre, amarrarse a su cintura, acariciar sus caderas, saborear ese rincón privado que se escondía entre sus piernas. Ella era una aparición.
—Me alegro que te hayas desahogado. Admiro tu honestidad, tu transparencia. Eres tan noble, tan dulce, encantador, solidario. Y eres mío, solo para mí—expresó posesiva—. Lo que sucedió entre ustedes era inevitable. No puedo decir que estoy feliz porque estuviste con ella, de hecho quiero arrancarle el cabello—afirmó—. Pero ahora quiero que me hagas el amor, quiero que estés dentro de mí. Te deseo tanto, Dani, que no puedo creer que hayamos esperado tanto para estar juntos. Nadie va a arruinarlo. Te amo cariño y anhelo esto, en este momento.
Lo abrazó, infundiéndole seguridad. Fue hermoso de su parte contarte todo eso, sin embargo no perdería el tiempo en rabietas. Eso pertenecía al pasado. Tenía todo el derecho de rehacer su vida, pero no lo hizo del todo porque creyó en su amor, creyó en ellos, en su relación. Eso valía mucho más que todo el oro del mundo.
Depositó un beso en su pecho, agarrando su mano para guiarlo al sofá. Él se detuvo.
—Vamos a la habitación, allá estarás mas cómoda—sugirió
—No. Quiero que me tomes aquí. Me pone caliente al imaginarte sobre mí, deslizándote en mí sobre este confortable sofá. No hay mejor lugar en esta casa en este instante que no sea ese lindo sofá
Aceptó su argumentación, tendiéndola sobre el jodido mueble, besándola, perdiéndose en ella, disfrutando de sus caricias, de su cuerpo suave bajo su peso. Se incorporó un poco para quitarse los pantalones, seguido del bóxer. Chicago se lamió los labios al ver la pesada erección dirigiéndose a ella. Marcada por venas, gruesa, con la punta llena de un líquido transparente que rogaba por salir de su prisión. Volvió a ella, besando su cuello, lamiéndola hasta tocar su barbilla, ella se removió, dándole acceso para que hiciera lo que le diera la gana. Daniel descendió de nuevo, tomando uno de sus pechos con sus labios. Envolvía el pezón en su lengua, endureciéndolo. Entretenía el otro pecho con su mano, ejerciendo presión en ese pezón, dejándolo en el mismo estado. Succionaba, chupaba, besaba sin dejar un rincón disponible en ese pecho redondo y suave. Chicago lo sujetaba por el cabello, rogándole más, no soportaba que alejara su boca para soplar contra el sensibilizado pecho, lo necesitaba de nuevo dentro de su boca, él la complacía gustoso.
Ella se retorcía, sintiendo su verga larga contra su vientre. La deseaba hundida en sus muslos desde hace mucho. Quería estar en un Angulo favorable para hundirse dentro de ella de una buena vez. Daniel acarició con su boca el otro pecho, humedeciéndolo, dándole golpecitos con la lengua, mordiendo la punta del pezón. Eso la hizo gritar, arqueándose. La presión era perfecta, deliciosa, la ponía resbalosa en medio de sus piernas. Descendió por su vientre, manteniendo sus manos sobre esos montículos. Besó, lamió su vientre, subiendo y bajando, sonriendo sobre la zona. En otra oportunidad pondría crema de vainilla y la probaría sobre su vientre, ese sería el plan luego de entregarse a ella.
Llegó a su sexo, observándola, admirándola. Estaba húmeda, hinchada, lo invitaba a meterse y perderse en el delirio. Seguramente lo acogería, apretándolo hasta arrancarle la última gota. Ese pensamiento casi lo llevó al orgasmo.
Sin perder el tiempo lamió su portal, pasando su lengua de arriba abajo. Chicago jadeó, moviendo sus caderas al ritmo de sus lengüetazos. Tiritaba, sollozaba, estaba tan excitada que terminaría en cualquier momento. La lengua de Daniel se introdujo en su sexo, moldeándola, activando sus paredes internas, las cuales apretaban y tiraban hacia dentro. Necesitaba su pene duro llenándola, golpeando su interior. Estaba desesperada, casi desvariando ante la presión divina de su lengua en ella. Su esposo bajó un de sus manos, acariciando ese pequeño manojo de nervios, con sus dedos lo endurecía, jugaba con esa parte que estaba a punto de hacerla estallar. Su lengua cubrió ese botón, reemplazando su lengua. Era demasiado, no podía contenerlo, estaba perdiendo la razón. Sus dedos la llenaban, curvándose, tocando nervios que prácticamente la hacían brincar. Su lengua y labios succionaban su clítoris, lo mordía suavemente. Si continuaba así, abandonaría el plano mortal y se entregaría a los brazos del placer infinito.
—Dani… por favor. Penétrame…te necesito ahora
—Un poco más—musitó contra su portal, continuando con la dulce tortura, llevándola al límite con su lengua, sus dedos. Por más que quisiera no podría retirarse, no podía evitar el éxtasis. Estaba a punto de abrir esa puerta que la llevaría al infinito cuando Daniel se detuvo. Lo hacía adrede, volviéndola loca. Ella estaba más que sensible y preparada para recibirlo, así lo deseaba y así la tenía.
Se acomodó entre sus piernas, penetrándola de a poco. Su textura lo iba a llevar al límite. Tan suave, resbaladiza, caliente como el infierno, si iba deprisa terminaría a la velocidad de la luz, y quería disfrutar de ella tanto como fuera posible. Se salió por completo, encontrando su respiración acelerada, su miembro a punto de estallar. Chicago frunció el ceño, alzando sus caderas para encontrarlo, ansiando como nunca su cuerpo brindándole calor. Volvió a hundirse en ella, esta vez de una sola estocada, Chicago se corrió, deshaciéndose en sus brazos, gritando mientras su cuerpo sufría deliciosas descargas en los lugares adecuados.
Daniel aprovechó su orgasmo para embestir lentamente, disfrutando de los espasmos que recorrían su miembro. Lo acobijaba y apretaba en su interior, indicándole que no podría abandonar ese lugar, cosa que no haría en toda la noche. Chicago puso los ojos en blanco, aruñando la espalda de Daniel, el orgasmo intensificándose, casi al punto delirante. Su esposo gruñó, sacudiéndose con vehemencia, tomando un ritmo calmado pero firme, tocando ese punto que la llevaba a la ruina. Daniel rotó las caderas, estimulando ese lugar que la hacía gemir, gritar, llorar incluso. Eso fue suficiente para llevarla de nuevo al clímax, esta vez con fuerza. No pudo gritar, Daniel le cubrió los labios con los suyos, embistiendo con su lengua, aferrándose al brazo del sofá mientras tomaba impulso, golpeando con brío, embistiendo enérgicamente en ese canal estrecho. Se colocó de rodillas en el mueble, sin salir de su interior. La penetró con fiereza, abriendo una de sus piernas para hundirse más, si era posible.
Chicago apenas podía respirar, Daniel activaba cada partícula de su ser. La forma en la que la miraba mientras la empalaba la enternecía y encendía. Su mirada cariñosa no tenía nada en común con ese movimiento febril de caderas, si continuaba así la llevaría de nuevo al cielo.
—Dani…puedes terminar. Lo quiero todo. Córrete ahora, amor. —Alzó sus caderas, confirmando su invitación. Era difícil seguirle el ritmo en la posición en la que se encontraba, sin embargo ella también podía darle pelea.
—Un poco más—dijo de nuevo, perdiendo los estribos. Embistiendo más fuerte, con ímpetu, manteniendo sus piernas abiertas para visualizar como entraba y salía de ella. Era un sueño del que no quería despertar, estaba por fin gozando de su cuerpo, sintiendo su interior, deseando no acabar, sin embargo estaba al límite.
Como si un rayó hubiese caído en su espalda, Daniel gritó derramándose en su interior, asombrado al notar que no podía detenerse. Gota tras gota salía al interior de su esposa. Le apretó el trasero para no desperdiciar nada. Ese macho había emergido para marcar a Chicago. No podía pensar en otra cosa que terminar.
Sus brazos flaquearon, derramándose sobre ella. Chicago acarició su espalda, trazando las líneas verticales que le dejó. Al igual que Daniel, ella también lo marcó.
— ¿Te… gustó?—Preguntó agitado—. ¿Fue bueno para ti? ¿Me excedí?
—Para nada, Dani. —Acarició su cabello—. Me hiciste disfrutar, hubo momentos en los que pensé que no podía continuar. ¿Quién diría que mi dulce de caramelo era tan voraz en la intimidad? Me encantó, Daniel. Me fascinó—afirmó mirándolo a los ojos, él se relajó al escuchar sus palabras. Siempre fue tímido, un poco inseguro, no quería estropear su primera vez juntos. Ver la transparencia de su expresión, su cuerpo lánguido cuerpo abrazándolo con pocas fuerzas, reafirmo sus palabras.
— ¿Podemos hacerlo de nuevo?
—Siempre.
—Me refiero ahora
Lo sintió duro de nuevo. No pudo evitar gemir y apretarlo. Daniel era toda una caja de sorpresas
—Está bien, luego me dejarás descansar o no podré caminar en los próximos días.
La hizo suya esa noche y todo el tiempo que podía. Era insaciable, incombustible. No le daba respiro. Cuando tenía la oportunidad la acorralaba en la ducha, en la cocina, en la sala, en el estudio, desfogándose contra ese mueble al que tanto querían.
Daniel no era el único que la tomaba, Jasón fue víctima de una pequeña trampa en la que no le fue difícil sucumbir. La hizo suya, una y otra vez. La extrañó tanto, la deseaba con fuerza, la amaba más de lo que alguna vez imaginó querer a alguien. Siempre tan receptiva, provocadora, apasionada. Entre los dos la debilitaban con sus besos, sus caricias, la forma en la que hacían el amor. No existía nada mejor que recibir tanto de aquellos chicos a los que amaría siempre.
Chicago y Jasón estaban en la cama, ella se apoyaba en sus rodillas, manteniendo las manos al cabezal de la cama, soportando las penetraciones casi salvajes de su chico. Jasón no le daba tregua, en cuanto entró al apartamento, salió disparado del sillón, la estampó contra la pared y ahí mismo la hizo suya. Daniel estaba fuera de la ciudad, cerrando un negocio que generaría nuevos puestos de empleo, ganancias y nuevas inversiones. Jasón sentía la necesidad de ocuparse de todas las necesidades de su Fresi, y que mejor que embistiendo en su interior con fiereza.
De la pared pasaron al suelo del sofá, de allí a la cama. Chicago estaba exhausta, molida a decir verdad. No podía pensar, tampoco parar. Recibía las acometidas de Jasón dispuesta a llegar al límite de su energía. El ritmo con el que la penetraba variaba de una forma demencial. Se incrustaba rápido, disfrutando la forma en la que Chicago lo tomaba, casi enrollándose en torno a su longitud, al mover su caderas hacia atrás lo hacía lento, haciéndola gemir suplicante, al borde del delirio.
—Te gusta así, Fresi. Que lo meta rápido y lo saque lento. —Abrió sus nalgas, confirmando sus palabras ante el quejido halagador de su mujer, aprobando sus movimientos—. Te sientes tan tierna, tan suavecita. Todo gracias a cada gota que he dejado en ti—expuso acercándose a su oído, mordiéndolo, lamiéndolo. Ella echó la cabeza hacia atrás, buscando sus labios. Jasón la besó, saboreando su lengua al ritmo bestial con la que la taladraba. Se sostenía como podía ya que sus manos se resbalaban gracias al sudor de sus cuerpos copulando como animales en celo. Sus piernas temblaban ante las acometidas que la acercaban cada vez a ese lugar precioso al que viajaba cada vez que se corría.
Sus ojos se abrieron de par en par al sentir el dedo de Jasón hurgando ese lugar pequeño y muy apretado. No era brusco, su intrusión la hacía pausada, lenta. Esa doble estimulación fue suficiente para llegar al orgasmo, pero Jasón se lo impidió ralentizando sus movimientos.
—Un día no muy lejano voy a follar ese culo tan prieto que tienes—afirmó con deseo—. Cuando me des luz verde te penetraré allí y nos correremos muy fuerte, ya verás.
Lo creía, sin duda alguna terminaría en cama por unos meses si recibía una dosis potente como la que estaba tomando. Aunque se reservaba sus temores de ser invadida en ese lugar, la idea le rondaba, más cuando sentía el dedo de Jasón animado en ese lugar. Mientras excitaba su trasero con una mano, con la otra tomó un puñado de su cabello, arqueando su cuerpo, empujando con fuerza, con resolución. Ninguno de los dos daba más, hacer el amor con Chicago era la experiencia más gloriosa de su existencia, pero lo dejaba agotado.
Invadiéndola desde atrás, Jasón empujó directo a ese punto que los enervaban, los calentaba. Si bien estimulaba tremendamente a su chica, a él lo llevaba al borde del orgasmo. Moviendo las caderas de arriba abajo, tocando algunos puntos estimulantes, Chicago prácticamente se desparramó en la cama, viniéndose con el último atisbo de fuerza que le quedaba. Apretó los ojos, gritó hasta que no tuvo voz, aruñando la madera del cabezal. Jasón daba golpes secos y precisos, sin soportarlo más. Sus caderas eran autómatas, entrando y saliendo de su interior, follándola, haciéndole el amor, tocándola. Con la imagen de su chica revoloteando bajo su peso, se dejó ir, derramándose una vez más, igualando los gritos y jadeos de Chicago. Toda su semilla quedó en el lugar adecuado, donde quería dejarlo. Al terminar salió de ella, recostándose a su lado, besando su cuello, sus labios, su nariz, sus parpados. Todo con ella era especial, refrescante, diferente. Daba gracias a Dios por tenerla allí, por ponerla en su camino, por enamorarse de ella, y porque ella le correspondiera.
Chicago se dividía entre su trabajo y sus amores. Tenía que salir de la casa para que no la interrumpieran perdiendo su concentración y el trabajo adelantado. Por eso se dirigía a las nuevas instalaciones que Abel adquirió para una nueva sede del canal. Aunque ya no aparecía en cámaras, prefería la calma que le daba estar detrás del computador a desgastarse inhumanamente en una sección que la absorbía.
Sentada en su escritorio, corrigiendo algunos detalles antes de publicar la nueva entrada en la página web, sintió un mareo. Como acostumbraba hacer, cerró los ojos por unos instantes, hasta estabilizarse y luego continuaba con su rutina. Según ella debía ser su cabeza loca molestándola, por lo que dejaba pasar esos mareos, concentrándose en su trabajo.
—Debes ir al médico—sugirió Abel, mirándola con preocupación desde la esquina de la oficina.
—Estoy bien—refutó—. Me la pasé seis meses en un puto hospital, lo cual me hace una anti-fan. Seguramente estoy cansada.
—Como no estarlo, dos tipos metiéndotela todo el santo día. ¡Es un milagro que puedas caminar!—Se burló recogiendo unas hojas que salían de la impresora. Chicago lo fulminó con la mirada.
—Metete en tus asuntos, idiota—gruñó tecleando el párrafo final del artículo. Lo subió sin esperar la opinión de Abel, después de su comentario no merecía decir nada.
Se puso de pie, dando por finalizada sus labores. Al acercarse a la puerta el mareo la tomó por sorpresa, golpeándola. Se sostuvo de la pared, de ninguna manera le daría el control a ese insignificante vahído. Dio otro paso, pero falló. El vértigo estuvo a punto de tumbarla al suelo, sin embargo gracias a Abel no se cayó.
—Nos vamos al hospital, necesitas un jodido chequeo ahora mismo. —Chicago trató de protestar, no obstante se encontraba débil, ida, con ganas de vomitar.
En cuanto llegaron al hospital, Abel se comunicó con los chicos, los cuales llegaron en el acto. Angustiados, ingresaron a ver a su mujer. Estaba acostada, habían tomado una muestra de sangre para descartar cualquier posibilidad, más adelante le harían un scanner sobre su actividad cerebral
Al verlos esbozó una sonrisa tenue. No quería preocuparlos, odiaba esa expresión de sufrimiento en sus rostros por su causa. Evitaría a toda costa que se afligieran, ellos no merecían más dolor por su causa. Eran todo para ella, en dos años y siete meses eran su universo. Por eso quería que mantuvieran una sonrisa resplandeciente, verlos llenos de vitalidad, en armonía. No esa mirada turbada.
En cuanto ingresaron el doctor los siguió. En sus manos llevaba los resultados de la muestra de sangre. Fue demasiado rápido para su sorpresa.
—Señorita Adams. Señores. —Se dirigió a los tres hombres que rodeaban la camilla—. Usted se encuentra bien, lo que tiene es normal en su estado
Chicago frunció el ceño confundida, los chicos igual.
— ¿A qué se refiere exactamente?—Cuestionó la joven acariciando su frente—. Ya no debería sentirme extraña después de la cirugía a la que fui sometida luego de mí… accidente. Así que le pido amablemente que sea claro, porque créame, tengo un historial terrible con los doctores. No soy precisamente una persona paciente.
El doctor tragó saliva. Esa mirada asesina lo estaba intimidando. Prefirió salvar su pellejo entregándole el papel, ella se lo arrancó de las manos, leyendo con detenimiento lo que estaba plasmado. De la confusión pasó al asombro, y del asombro pasó al miedo. Se llevó la mano temblorosa a la boca, enormes gotas saladas de derramaban por su mejillas. Era imposible, increíble, extraordinario. Sollozó, tratando de encontrar las palabras para explicarles lo que estaba sucediendo.
Daniel, al verla tan asustada, agarró el papel, leyendo los resultados. La miró atónita, igual de sorprendido e impactado. Contrario a su reacción, Daniel esbozó una sonrisa gatuna, de auténtica felicidad. Jasón y Abel, excluidos, esperaban una explicación. El doctor desapareció, asustado por la presencia amenazante de su paciente, dejándolos con interrogantes. Jasón, controlando su preocupación preguntó:
— ¿Qué sucede? ¿Alguno sería tan amable de hablar con nosotros, por favor?
Daniel se dio la vuelta, abrazando a su amigo. Él se paralizó. No quería llegar a conclusiones precipitadas, ni hacerse ideas equivocadas en la cabeza. Sin embargo el hecho de que su amigo estuviera a punto de llorar y lo abrazara de esa manera, no le daba un buen presagio.
—Jay, amigo del alma. Chicago está embarazada—susurró emocionado. Jasón se quedó de piedra. Embarazada. Un bebé. Un pequeño. Un nuevo ser llegando a su vida. La alegría de la noticia fue tan grande que gritó de felicidad. Le devolvió el abrazó a su amigo, agradeciendo en silencio ese rayo de luz que llenaba su vida. Si creía que nada podía ser mejor, estaba equivocado. Estaba dichoso, regocijado. Quería salir corriendo por las calles anunciando la llegada de su primogénito. Quería darse golpes en el pecho como un Simio. Un pequeño, un pequeño y nuevo integrante de su familia… Caray era demasiado para digerir.
Soltándose de Daniel, abrazó a Abel. Este se extrañó, tratando de zafarse de su agarre, pero era inútil, el hombre lo apresaba a tal punto que le costaba respirar. Jasón lo miró a los ojos, besando sus mejillas, abrazándolo una y otra vez. Abel, agitado por esa actitud, lo detuvo colocando sus manos en su pecho.
— ¿Me puedes explicar qué coño te pasa? Quisiera enterarme de lo que sucede—expuso serio
—¡¡Tenemos que celebrar, amigo!! ¡¡Vamos a ser papás!! ¡¡Mi Fresita va a tener un bebé!!—Gritó zarandeándolo.
La habitación se contaminó de felicidad, de alegría. Un bebé siempre era motivo de sentimientos positivos, tiernos, protectores. Mientras ellos celebraban, Chicago estaba aterrada, preguntándose tantas cosas. ¿Sería buena madre? ¿Podría evitar compararlo con Astor? ¿Podría protegerlo de esos fantasmas que aun la acechaban? Enterarse de esa manera fue repentino, no tenía los síntomas usuales de cualquier embarazada, solo mareos. Tenía tres meses de embarazo y le parecía inaudito no darse cuenta que llevaba un ser creciendo en su interior. Eso decía mucho de ella.
Jasón al notar a su Fresi preocupada, se acercó a ella. Secó sus lágrimas, besando sus mejillas. Posó su frente contra la suya, respirando ese aroma tan suyo. Si ella estaba asustada ellos estaban aterrados. No era la única que tenía fantasmas cazándola, sin embargo no quería empañar ese momento con recuerdos dolorosos. Esto era el paso a una vida nueva, a una que construían con esfuerzo. Necesitaba una sonrisa de su parte, cualquier señal que le indicara que no se perdería de nuevo en el mar de recuerdos tormentosos.
—Estás con nosotros, Fresi. Nunca temas porque los tres estamos en el mismo barco—le recordó—. No creo que a Astor le guste que lo recuerdes de esa manera. Esta es una nueva oportunidad, es nuestra oportunidad. Ya no te aflijas, mi amor. Te garantizo que lo haremos bien.
—Jasón… no quiero que le pase nada—estalló en llanto—. No quiero perderlo, no quiero que salga de mi tan pronto—afirmó colocando sus manos en su vientre—. No quiero decepcionarlos, ni decepcionarlo a él—señaló su vientre—. No podré pasar por lo mismo de nuevo, no creo que sobreviva. Es por eso que reaccioné así, porque no soy buena madre. He sido inconsciente al no darme cuenta de los cambios que sufría. Lo he llevado tres meses en mi cuerpo y no he sabio de su existencia. ¿Cómo seré buena para él?
—Serás buena madre—interrumpió Daniel, agarrando su mano. Chicago apartó su frente de la Jasón, aferrando su mano a la de su esposo—. El hecho de que te preocupes tanto por nuestro hijo dice mucho de la madre en la que te convertirás. Todos tenemos miedo, es una experiencia nueva, pero te aseguro con mi vida que saldremos adelante. Nunca nos olvidaremos de Astor, sin embargo la llegada de un nuevo bebé es un regalo, Chiqui. Disfrutemos de ello y reescribamos la historia.
Así lo hicieron. Se embarcaron en una nueva aventura. Los chicos acaparaban la atención de Chicago, evitando que se deprimiera ante el recuerdo de su pequeño Astor. Un nuevo miembro llegaría y ellos debían recibirlo con todo el cariño del mundo. Daniel se encargaba de sus negocios desde la casa, para dedicarle tiempo y atención a su esposa e hijo, Jasón practicaba más fuerte para tener tiempo libre en las tardes y consentir a su pequeño.
El vientre de Chicago crecía, al igual que su bebé. Sus hormonas se dispararon, a veces reía sin razón, o lloraba. Sus gustos alimenticios se hicieron algo extravagantes. Sobre todo porque a las tres de la mañana se preparaba un gran banquete y lo devoraba. Los chicos siempre le hacían compañía a esa hora, observándola comer con gusto, admirando su entereza, su ánimo renovado. Aprovechaban para hablarle al pequeño, este siempre pateaba con más fuerza cuando Jasón le hablaba, volviendo loca a la madre ya que las pataditas eran un tanto dolorosas, no obstante terminaba riendo asombrada de sentirlo vivo, juguetón, feliz en su interior.
Los meses pasaron tan rápido que tuvieron que correr para preparar la llegada del bebé. Compraron pañales, ropa, biberones, un Moisés para colocarlo allí. Incluso le compraron juguetes para niño, ya que la ecografía les reveló el sexo del pequeño. No habían decidido el nombre que iba a llevar, estaban tan enfrascados en tener todo listo para recibirlo que pensar en un nombre no era una prioridad tan alta. De hecho los tres acordaron que llevaría el nombre que se les ocurriera siempre y cuando fuera bonito y apropiado. Era algo irresponsable su decisión al dejar el nombre al azar, no obstante sabrían el nombre en el momento apropiado.
El bebé se adelantó, faltándole una semana para cumplir los nueve meses. Salieron disparados al hospital. Estaban aterrados, ansiosos, expectantes, angustiados ante los gritos desgarradores de su chica. Intentaban calmarla, indicarle que respirara tal como le enseñaron en las clases prenatales, pero nada parecía ayudarla. Al llegar al hospital la llevaron a urgencia, donde permaneció en una camilla revolcándose de dolor. Finalmente dilató lo suficiente para dar a luz. La trasladaron al quirófano, acompañada de sus hombres. A pesar de que solo podían entrar a uno de ellos, Chicago amenazó de muerte a los médicos si no los dejaba entrar a los dos. Accedieron un tanto intimidados ante el carácter arrollador de su paciente. En definitiva, su historial con los médicos nunca mejoraría.
Acompañada de sus príncipes, Chicago sintió paz, seguridad. La realización de todos sus sueños daban lugar justo ahí. Sin importar las condiciones, todo lo que alguna vez soñó estaba frente a sus ojos. Dolía como el infierno, sentía que se partiría la espalda en dos, cada vez era más difícil seguir las indicaciones del doctor. Jasón y Daniel flanqueaban cada lado, apoyándola, limpiando su sudor, animándola. Daniel sostenía una video cámara, grabando los gestos de esfuerzo que hacia su esposa al pujar, la cara de felicidad de Jasón al ver como aparecía la cabecita del su hijo. Después de un trabajo de parto tan rudo, Chicago Adams tuvo la dicha más grande de ver a su pequeño. Escuchar su llanto fue la melodía más maravillosa. Era tan pequeño, tan delicado que le daba miedo sostenerlo. Casi se le estalló el corazón al tenerlo en sus brazos. Lloró, besó su naricita, acarició su mejilla. Era una cosita hermosa, un milagro después de tanto sufrimiento. La vida le quitó un pequeño, pero le dio otro. Una recompensa justa para la familia que formaban.
Jasón fue el siguiente en tomarlo en sus brazos. El pequeño estiraba las manitas, con sus ojos cerrados, su cabello abundante y espeso. Era lo más hermoso que había visto. La experiencia más sublime. La realización como hombre, como esposo y ahora un comienzo como padre. Lo sacudió suavemente, susurrándole dulces palabras:
—Hola campeón—murmuró conmovido—. Bienvenido a este mundo. Soy tu papá, y ese de allá es tu otro papi—señalo a Daniel, que continuaba grabando el momento más importante de su existencia—. Doy gracias a Dios por traerte a nuestra vida…Paris. —Con su mirada buscó la aprobación de Chicago, ella le sonrió, agradándole el nombre que llevaría su hijo. Daniel le guiño el ojo, dándole el visto bueno—. A tus papis les gustó el nombre, a mí me hace feliz sostenerte, verte. Te esperamos tanto que te adelantaste. —Besó su frente—. No sé qué decirte, mi pequeño. Te veo y estoy lleno de amor. Quiero sostenerte siempre, cuidarte, enseñarte tantas cosas. Serás todo un galán. Eso lo creo—susurró arrullándolo—. Es el turno de papi Daniel para cargarte.
Daniel le entregó la cámara a una enfermera, se acercó a su amigo, a su hijo, sosteniéndolo. Las lágrimas empañaban su visión. Era precioso, perfecto. Quería gritar y correr una milla ante tanta alegría oprimida en su pecho. Paris era un regalo, una bendición que llegó cuando menos lo esperaban.
—Hola, Paris. Soy tu papá. No sabes lo feliz que me hace tenerte entre nosotros. Eres…maravilloso. Al igual que tu papi Jasón quiero enseñarte tantas cosas, mostrarte el mundo. Estoy nervioso, muy nervioso. Pero quiero que sepas que te amo tanto, y te doy las gracias por unir esta familia.
Grabaron ese momento en sus vidas como hierro a fuego lento. El inicio de la nueva vida con un integrante más. Para ellos no existía cosa más grande, que los completara, que los llenara. Paris era su todo, la fuente de alegría inagotable. Todo lo que atravesaron, todo lo que soportaron, fue para ser partícipes de uno de los momentos que cambiaría su vida para siempre.
Eran novatos en el tema de ser padres, Paris era un pequeño que demandaba muchos cuidados y atenciones. Los mantenía desvelados, atentos. Se turnaban para cambiar pañales, arrullarlo, contarle cuentos. Los cuatro dormían en la habitación de Daniel. En ocasiones se turnaban para dormir al lado de su chica y cuidar al pequeño y glotón Paris. Chicago no se quejaba, esos chicos eran de acerco. Cuidándola, ocupándose de ella y el bebé. La vida le concedía demasiada felicidad, que temía que se acabara. Si así sucedía aprovecharía cada segundo para disfrutarlo con las personas que más amaba.
A medida que Paris creía era más inquieto. No había duda que era hijo de Jasón, no solo por sus ojos verde oscuro, su cabello castaño, sus labios delgados y facciones gruesas. Sino porque no descansaba. Los mantenía ocupados, corriendo de aquí allá, balbuceando, metiéndose todo a la boca, gateando por toda la casa. Daniel le hablaba con cariño, indicándole que cosas y que no podía comer. Jugaba con el pequeño, le tomaba fotos, grababa sus balbuceos, sus risas tiernas, sus travesuras. Jasón le acolitaba el desorden. Era participe activo de sus diabluras. Ambos unidos era el Armagedón, lo único que los aplacaba eran los bramidos furiosos de Chicago. Ella siempre los reprendía, explicándole a su hijo lo que debía hacer y lo que no, también enseñándole algunas actividades como pintar, y estimulando sus primeros pasos.
A pesar de tanto corre corre con Paris, eso no aplacaba la pasión de sus chicos. Siempre aprovechaban cualquier momento para hacer el amor, succionándole la energía a su chica. Se consideraban una pareja normal, con sus problemas rutinarios. La crianza de un hijo no era cualquier juego, era un trabajo de tiempo completo que requería su completa atención y dedicación. Creían que podían con ello, que nada pasaría luego de tener en su brazos a un ser tan hermoso pero inquieto como Paris. No obstante se sorprendieron con la nueva llegada de otro bebé. La sorpresa fue mayor al enterarse que eran gemelas. Se alegraron por ello, pero sabían que el trabajo sería más duro, más aun cuando Paris solo tenía un añito.
Por esa razón Jasón la contemplaba, descansando con su vientre prominente. Tenía siete meses de embarazo. La bendición por partida doble, la alegría multiplicándose. Al igual que sucedió con Paris, las pequeñas pateaban más fuerte cuando Daniel les hablaba, por lo cual Chicago desarrolló una teoría: Al escuchar la voz de su padre, enloquecían. Parecía como si lucharan por llamar su atención, y al ser dos Chicago debía tomar asiento y respirar profundo. Solo se alborotaban cuando Daniel les hablaba, y en ocasiones una de las gemelas pateaba a escuchar la vocecita de Paris. Él tenía pleno conocimiento de la llegada de sus hermanitas, Jasón y Daniel le explicaron por qué su mamá tenía el vientre tan grande. Posaba sus manitas en su vientre, sintiendo las pataditas de una de las gemelas, como si estuvieran conectados. Cada vez que eso sucedía los tres se impresionaban.
No quería despertarla, no era fácil su embarazo. Llevar gemelos era más complicado, siempre estaba agotada, le demandaban demasiado, y ellos trataban de dividirse en mil pedazos para acudir a ella y cuidar a su hijo.
— ¿Mami ta dumida?—Preguntó Paris. El pequeño cada vez se parecía a Jasón, receptivo, travieso, juguetón, rebelde. Tenía un año y nueve meses, era todo un loquillo. Ya caminaba y hablaba, de hecho hablaba demasiado. Daniel tenía grabaciones de él dando sus primeros pasos, hablando como si fuera un adulto. Aprendía y crecía tan rápido que sentían que se perdían cosas de él, aunque no era así.
—Sí, campeón. Debemos dejarla descansar—susurró—. Vamos a limpiarte, en una hora vienen a recogerte.
—Nu quelo. Quelo tocar la baliga de Mami
—Después, hijo. No querrás que te vea sucio y nos regañe, ¿no crees?
Jasón se había llevado a su pequeño al parque. Era inevitable que se cayera y se ensuciara, sobre todo en ese charco de barro. Jasón hizo lo que pudo para limpiarlo, corriendo detrás de él, pero parecía un tornado, yendo y viniendo. Al ver algunas niñas de su edad, Paris se escondía detrás de las piernas de su papá. Sin embargo Jasón aprovechó la oportunidad para enseñarle a coquetear, a perder el miedo y conversar con ellas. Su hijo heredó sus dotes de conquistador, sintiéndose tremendamente orgulloso porque fuera innato. Ya se imaginaba teniendo una charla de sexo con él y una enorme paliza por parte de Chicago por enseñarle a ser un mujeriego. Lo sucedido en el parque seria su pequeño secreto.
No notaron a Chicago abriendo los ojos, hasta que se movió, sentándose con dificultad. Lo primero que vio fue a su hijo sucio, con una sonrisa resplandeciente. Le dirigió una mirada enojada a Jasón, quien temió por su vida.
— ¿Qué pasó?—Cuestionó con dureza
—Nuestro hijo es un tornado. Quería conservarlo impecable pero… ya sabes como es. Me tuvo corriendo detrás de él por todo el parque. Fue un milagro que no comiera arena.
—Sus manos están raspadas—indicó tomando una de ellas con mucho cuidado.
—Se resbaló por el suelo, dando con un charco enorme de barro. —Se rió al recordarlo, Chicago gruño furiosa.
—No es gracioso, Willows. Vienen por él en una hora. Debe estar listo y sabes muy bien que tenerlo listo no será sencillo.
—Lo tengo todo bajo control—sonrió convenciéndose a sí mismo que en menos de una hora estaría limpio y vestido como un niño bueno. Ambos sabían que no—. ¿Cómo están mis princesas?—Preguntó acariciando su vientre.
—Bien, hoy han querido un enorme sándwich cubano, una pizza y hamburguesa. Me he comido todo eso en quince minutos.
—Son glotonas, como su hermano. A propósito—recordó—, Paris quiere saludar a las pequeñas.
—Ven aquí, amor. —Con los brazos abiertos recibió a Paris. Él pequeño siempre estaba gusto con su madre, a pesar de que ella era estricta, a él no le importaba. Chicago no podía evitar mirarlo y recordar a Astor. Si los tuviera juntos sería estupendo. Se imaginaba a Daniel y a Jasón correteándolos por la sala, tratando de vestirlos, de alimentarlos. No era tristeza lo que la embargaba, sino nostalgia. Era feliz, pero eso no impedía que de vez en cuando recordara a su hijo. Disipando sus pensamientos, lo acercó a su cuerpo. Paris la abrazó, colocando su oído en su vientre. Extrañamente era la única manera en la que se quedaba quieto. Cuando se colocaba en esa posición el pequeño abría sus labios, escuchando lo que sucedía en el interior de su madre, como si entendiera a sus hermanas a la perfección—. Toca aquí. —Tomó una de sus manitas, posándola en la esquina de su vientre. Allí recibió una patadita, Paris la sintió, riéndose. Esa risa infantil e inocente era motivo de felicidad para sus padres.
—No puedo creer que esté conectado de esa manera con sus hermanas—dijo Jasón pasmado.
—Nunca lo entenderemos. Simplemente podemos asombrarnos y reírnos con él—expuso besando la cabeza de su pequeño.
Le permitió estar así un poco más, recibiendo pataditas de una de las gemelas, escuchándolo hablar con esa vocecita tierna. No existía mayor felicidad que esa, su familia aumentando, unida, compartiendo. Era más de lo que pidió, más de lo que merecía. No obstante la suma de sus ilusiones estaban allí, tocándola, mirándola, amándola. Lo único que pedía era la felicidad de sus hijos y permanecer para siempre al lado de sus chicos.
Jasón lo llevó al baño. Fue toda una labor titánica lograr meterlo en la bañera, más difícil sacarlo. Que le hiciera caso y se colocara la ropa que escogió para él. Peinarlo y dejarlo listo fue todo un viacrucis. Sin embargo logró su cometido en cincuenta y cinco minutos sin perder la calma.
Chicago se dirigió a la puerta principal, recibiendo a sus padres. Aun le costaba trabajo perdonarlos. Ahora que era madre entendía un poco la motivación de su mamá al protegerla, no obstante enterarse de una manera tan brutal de todo lo que vivió no la excusaba. La apartó de su vida cuando decidió recordar todo por sí sola, recorriendo el valle gris con sus chicos. No la quería involucrada, impidiéndole avanzar, frenándola con argumentos falsos. Era su vida, y por más que quisiera evitarle dolor, no era ella la que debía decidir.
Gracias a Daniel, Eleonor tuvo la oportunidad de involucrarse de nuevo en su vida. Se enteró que su hija había dado a luz a un niño saludable. Ella quiso acercarse por todos los medios, provocando la furia de Chicago. En un principio no quería saber nada de ella, renegaba, lloraba, no quería que arruinara esa burbuja en la que estaba sumergida. Sin embargo Daniel razonó con ella, como siempre, haciéndole ver que guardar rencor hacia su propia madre era inútil. Paris tenía el derecho de conocer a sus abuelos. Así como no quería que Eleonor obstruyera su camino, ella no debía repetir la misma historia con su hijo. Por lo que hacía un mes le permitió las visitas. No hablaba mucho con ella, pero podía notar lo mucho que amaba a su hijo. Seguía sin estar de acuerdo con la forma de vida que llevaba, no obstante le agradecía a Daniel por su intervención, comparando su carácter pacífico con el de Sean.
—Tomen asiento—señalo el sofá. Chicago tomó una silla cóncava y se sentó acariciando su vientre—. Paris ya viene. En la maleta que traerá lleva la ropa suficiente, pañales, compotas y biberones. Duerme a las siete, no lo mantengas despierto después de esa hora o no te dejará dormir. A las ocho de la mañana siempre desayuna cereal, huevo y leche. En el almuerzo procura no darle cosas duras, su comida debe ir acompañada de jugo de fresa, le gusta. A medias nueves le puedes dar la comporta con unas galletas. A las seis es la hora de su comida, te sugiero que sea suave. Sé que come mucho, pero créeme, quema mucha energía y te mantendrá ocupada.
—Puedo con ello, Chicago. Recuerda que fui madre primero que tu—aclaró con orgullo—. Tendré bajo control a mi nieto y por supuesto seguiré tus recomendaciones.
—Está bien—zanjó moviendo las piernas impaciente. Por más que no quisiera se sentía incomoda con su presencia. El silencio se cernió sobre ellos. Era increíble que no tuvieran ningún tema en común, de hecho nunca tuvieron un tema del que hablar. Eran desconocidas, tan diferentes. Ambas perdieron demasiado, y eso no las unía. Eleonor esperaba la reconciliación antes de morir.
— ¿Cómo va tu embarazo?—Preguntó su padre
—Estupendo. Son más calmadas que Paris, pero no significa que no esté agotada. La espalda me duele un poco—indicó con un puchero, su padre le sonrió—. Aun con eso soy feliz papi. Ellos me hacen feliz. No cambiaría nada en mi historia, porque gracias a ello estoy aquí, disfrutando de las maravillas de ser esposa, madre a tiempo completo. Amo mi vida, amo vivir con ellos, amo todo esto. No hay nada mejor que despertar cada mañana y recordar porque estoy aquí. Tenerlos a mi lado ha sido grandioso. Formar mi familia ha sido fenomenal.
—Es bueno saberlo, hija. Pienses lo contrario, estamos orgullosos de ti. Eres muy valiosa, fuerte. Siempre serás mi pequeña flor. Me hace feliz ser abuelo, Paris es nuestra luz. Has crecido, has hecho tu vida. Tu felicidad es lo que me importa, lo demás es secundario.
Antes de replicarle, su pequeño apareció con su padre. El aire se le escapó de los labios al ver lo similares que eran. La misma estampa. El presente y el futuro. Su corazón dio un vuelco, los ojos le brillaban de alegría, su niño era precioso. Jasón lo vistió con una camisa roja de líneas blancas verticales, con botones en la parte frontal. Pantalones caqui, justo a su medida. Zapatos negros. Su cabello iba perfectamente peinado a medio lado, al parecer Jasón se tomó el tiempo necesario para aplastar cada hebra. Un trabajo impresionable y valorado por Chicago ya que Paris nunca se quedaba quieto.
El niño salió disparado, corriendo lo que sus piernitas le permitían. Chicago temió que cayera al suelo, no obstante su padre lo atajó, abrazándolo, besando sus mejillas regordetas. París se reía, jalándole las orejas, balbuceando. Eso conmovió a los presentes, su hijo era ternurita, parlanchín y juguetón. Era el centro de atenciones, el príncipe de la casa.
—Abu, abu—repetía Paris riendo
— ¿Cómo está el pequeño más listo de este mundo?
—Ben
—La vamos a pasar genial—aseguró haciéndole cosquillas—. Te voy a enseñar a tallar madera, así tendrás tu caballito. —El pequeño seguía riendo, sin entender lo que decía su abuelo. Sean gozaba de ese momento, de tener a su nieto en sus brazos. Le importaba poco la relación de su hija el modo en que se entendía con esos chicos, su felicidad era lo más importaba, y al verla con esa sonrisa imborrable supo que ella encontró lo que todo el mundo buscaba: Plenitud.
—Hola Sean, Eleonor—saludó Jasón con respeto. La relación con su suegra seguía siendo tensionaste, pero eso nunca le quitó el sueño. Si el trato se mantenía respetuoso entonces no habrían conflicto. Les pasó la maleta del niño, con una enorme imagen de Mickey Mouse saltando—. Ahí encontraran lo necesario. Lleva un peluche del ratón de Disney. Si… ven que no pueden… manejarlo, pueden colocarle Bernardo y Bianca, esa película lo entretiene hasta que se queda dormido.
—Tenemos experiencia, muchacho. Lo cuidaremos—zanjó Eleonor, tomando a Paris con posesividad entre sus brazos.
—Perfecto. —Se encogió de hombros.
Chicago se acercó a su madre, acarició la cabecita de su hijo. Depositó un beso de despedida. Solo se quedaría un día en casa de sus padres, aun así no podía dejar de preocuparse por su bebé.
—Gracias… por permitirme pasar tiempo con él—susurró su madre.
—No es por mí, lo sabes. Agradécelo a quien realmente se lo merece—dijo tajante. Sin ver a expresión de Eleonor, acarició las mejillas de su hijo, besándolo allí—. Pórtate bien. Te comes todo, obedeces a tus abuelitos, ¿está bien?—Paris asintió—. Te amo, mi amor. —Besó su frente. Dirigió su atención a su padre—. Llamaré cada hora, ¿de acuerdo?
—Está bien hija—sonrió—. Cuídate mucho, mi florecita.
—Adiós, hija—dijo Eleonor. Chicago los acompaño a la puerta, despidiéndose diez veces más de su pequeño, repitiendo las mismas recomendaciones. Cuando los dejó ir estuvo a punto de llorar. Era la primera vez que su hijo no dormía a su lado y estaba asustada. Sabía que sus padres no le harían daño, pero eso no evitaba el temor que siempre la perseguía.
Jasón al verla congelada frente a la puerta, se acercó preocupado. La rodeó, tomando su barbilla. Su mandíbula temblaba, estaba helada, sus ojos estaban acuosos pero sin derramar ninguna lagrima. La abrazó, acariciando su cabello, le había crecido, le llegaba a la cintura. Lo comparaba con un lago de chocolate, en el cual enredaba sus dedos de vez en cuando. Pensó en lo que tenía. Jamás en su vida imaginó ser tan afortunado, estar rodeado de personas que lo amaban, que lo esperaban. Vivía una vida al límite, despreocupado, vacío, en ocasiones sin esperanzas. No obstante la oportunidad de ser feliz apareció en su puerta con una propuesta tan atractiva como peligrosa. Nunca esperó que alguien como Chicago Adams viera algo en él, algo tan poderoso como para permitirle un rincón en su corazón. Vio a través de él, vio lo que ninguna chica pudo ver. Lo aceptó con sus defectos, sus manías, sus palabrotas. Sencillamente estaba completo, todas las áreas de su vida funcionaban tan bien que le parecía increíble que le pasara a él.
—Paris está en buenas manos. Puede que tu madre nos odie, pero se nota que ama a nuestro hijo. No tienes por qué preocuparte—la tranquilizó
—Es que… lo extraño, lo quiero de regreso—dijo hundiendo su frente en el pecho duro de su esposo.
—Mañana estará de regreso. Lo llamaremos cada hora, Fresi. Cálmate, si te alteras nuestras pequeñas lo sentirán.
—Lo siento, tienes razón—sorbió por la nariz—. Bésame
Fue solo que lo dijera y ya lo tenía duro, dispuesto. Le importaba un bledo que estuviera embarazada, era la única embarazada que lo excitaba al punto de querer reventar los pantalones. Durante el embarazo de Paris hacían el amor con poca frecuencia, temía lastimarla, al igual que Daniel, por lo que con mucho esfuerzo mantenían sus manos en sus bolsillos, o la tocaban lo necesario. Ahora era más delicado, esperaba gemelas, debía ir despacio, no obstante esa mujer lo besaba con tantas ganas que sentía pequeñas gotas derramándose en su pantalón. La devoró, haciéndola gemir, jadear. Lamió sus labios, los mordisqueó. Su lengua se hizo espacio en su boca. Amaba su sabor, su aroma, su esencia, su rostro, su cuerpo. Todo en su conjunto era un dulcecito apetitoso al que no podía resistirse.
—Te necesito, Jasón. Quiero que me tomes. Hazme el amor. Fóllame. Móntame. Lo que quieras pero hazlo. Me muero sin ti—afirmó temblorosa. Esas palabras eran mortales para su autocontrol. No podía desatarse y lastimarla, perdería su confianza y eso no lo podía concebir.
—Fresi, tarroncito, estas cansada. Yo también quiero joderte hasta quedarme seco pero quiero que descanses. Falta poco para que dejes de estar embarazada y entonces… prepárate para una maratón sexual. De aquí no saldrás—juró sufriendo por la espera.
—Jasón… al menos la punta. Estoy muy mojada—le indicó con una sonrisa maliciosa. No podía decirle eso, no podía jugar con su salud mental de esa manera. Tendría las bolas moradas si lo incitaba de esa manera.
—Te llevaré a la cama—decidió tragando saliva. La alzó por debajo de las rodillas, colocando una de sus manos en su espalda. Al llegar a la habitación la depositó suavemente en la cama. Chicago observó con delicia ese bulto entre sus piernas, rogando por ser liberado en todo sentido. Sonrió, deslizando su mano por su gruesa longitud. Jasón ahogó un gemido, echando su cabeza hacia atrás. No podía hacerle eso, era demasiado para su cordura. Tan inocente, maravillosa y su mano hacia un excelente trabajo al estimularlo. Conocía perfectamente lo que le gustaba, suave en la punta, duro en la raíz. Eso lo llevaría al orgasmo en cuestión de segundos. No obstante no quería desperdiciar ni una sola gota. Quería derramarse en su interior, pero debía esperar un poco más, lo suficiente hasta que fuera seguro para ella. Detuvo su mano, inclinándose a besar sus labios—. No me hagas esto—suplicó—. Si tú me necesitas yo me estoy volviendo loco sin estar dentro de ti. Soy un maniático sexual gracias a ti. Espera un poco más, prometo cumplir todas tus fantasías sucias y depravadas.
—Jasón…
—No quiero hacerte daño—sentenció—. Tienes que descansar, Fresi. Confía en mí cuando te digo que soy yo quien sufro más. No puedo perder el control, no contigo así. Duerme, yo estaré cuidándote
Chicago obedeció, rindiéndose en los brazo de Morfeo. Jasón se quedó a su lado, acariciando su vientre, llamando cada hora a su hijo. No quería despertarla, verla tan pacifica, sus rasgos relajados, lo llenaba de paz. Afortunadamente la temporada de eliminatorias había terminado, permitiéndole pasar más tiempo con su familia. Había pasado el primer filtro, en un mes estaría de vuelta para la segunda, esperaba que las eliminatorias finales no coincidieran con la fecha de parto, de ser así hablaría con su entrenador.
Al caer la noche Daniel llegó con una enorme caja debajo de su brazo. Estaba emocionado por el regalo que tenía reservado para su Chiqui. Por eso les pidió a sus suegros que se llevaran al su hijo. No porque no lo quisiera, sino porque querían tener un espacio para los tres. Confiaba en Eleonor, en su amor de abuela y sabía que su pequeño estaría a salvo.
Llamó a Jasón, sin hacer grandes aspavientos, dejando a su chica dormir un poco más. Dejó la caja en la cama con una nota sobre ella. Entre los dos organizaron la mesa, descongelaron la cena precocinada. Aunque no era algo sumamente elaborado, sabía que a su esposa le gustaría probar esas delicias. Sirvieron las bebidas, encendieron las velas, se vistieron para la ocasión. Revisaron la mesa una y otra vez, desperdigaron pétalos, se prepararon lo mejor que pudieron para homenajearla.
Chicago se despertó, se sentía revitalizada y muy hambrienta. Se llevó la mano a su frente al recordar que olvidó llamar a sus padres. Rápidamente les marcó, pidiendo hablar con Paris. Al pasar lo dejó hablar, regocijándose en su risa, escuchando sus aventuras lo mejor que podía entender. Al terminar le recomendó a su madre una y otra vez lo acordado, ella a su vez le recordó que sabía cuidar a su nieto, y que era un angelito, no entendía como era posible que ellos no podían con él. Rodó los ojos, ignorándola.
Al dejar el teléfono en la mesita de noche, noto una caja en la cama. Curiosa, tomó la nota, leyéndola atentamente
Mi Chiqui, esta noche es de los tres. Me tomé el atrevimiento de comprarte un vestido para la ocasión. Te verás hermosa en él. Te amo y soy tuyo hasta la eternidad
Daniel
Destapó la caja, encontrándose con un adorable vestido rosado abombado en el vientre, de tiras, con flores adornando la falda. Casi lloró al verlo, acercándolo a su cuerpo, abrazándolo. Era perfecto, no tenía palabras para describirlo. El simple detalle le erizaba la piel.
Se vistió, el vestido le encajaba muy bien, le daba espacio a sus niñas. Mientras se maquillaba tuvo una charla con Abel en altavoz. Había regresado a Houston, para ocuparse de algunos asuntos personalmente. Él se quejó de su ausencia en la página que crearon juntos, las críticas y los artículos no eran lo mismo sin ella. Chicago refutó diciéndole que el trabajo de madre era de tiempo completo, no podía abandonar a sus hijos. Sin embargo le prometió volver recargada para ayudarle.
Terminó la llamada, alisándose el vestido. Llevaba maquillaje suave, labial rosado, un rubor del mismo tono, encajando con el vestido. Se puso una diadema, cepillando su cabello. Al sentirse lista, salió de la habitación. Se llevó la mano a la boca al encontrarse a sus esposos con una sonrisa radiante. Se veían apuestos en sus trajes negros, en su bolsillo llevaban una flor. La de Daniel color azul, la de Jasón roja. Eran una aparición, una que la hacía perder la respiración, provocaban un tambaleo en sus piernas, agitaba su corazón. Sonrió, ansiosa, emocionada, dichosa. Daniel, su primer amor, su esposo, el padre de sus hijas, se aproximó a ella, sumergiéndose en un beso que la derritió. Como siempre era mesurado, dulce, apasionado. Era como una pluma erizando los poros de su piel, un algodón suave, delicioso, adictivo. Sus niñas revoloteaban, saltaban y pataleaban en su vientre, ella se quejó, apartándose de su esposo. Daniel se arrodilló, acariciando a sus chiquitinas.
—Mis niñas como siempre solicitando mi atención. —Besó su vientre, eso las alborotó más—. Tranquilas, estoy aquí. Las extrañé mucho. Seguramente tienen hambre, ¿no es así?
—No importa si tienen hambre o no, si te escuchan a ti se despiertan—explicó con una sonrisa. Daniel se puso de pie, tomando su mano y su espalda, dirigiéndola a la mesa. La encontró abastecida de alimentos. Percibió el duce olor del salmón, ensalada de vegetales, frutas, jugo de naranja, vino, un flan de fresa, chocolates. Su estómago gruñó, su corazón casi se le sale del pecho ante tanta atención.
—Daniel preparó todo para ti, Fresi—aclaró Jasón sentándose a su lado—. Queríamos darte un obsequio, por lo que nos has dado, por tu amor, por regalarnos a nuestro pequeño Paris y por las pequeñas que están por venir. Este es un homenaje para la mujer más valiente, fuerte, hermosa, inteligente, y por encima de todo, con un corazón tan grande para amarnos. Por ti, Fresi, para ti.
No pudo evitar llorar, conmovida por sus palabras emotivas y sinceras. No tenían que agradecer nada, al contrario, ella era la que estaba agradecida por esperarla, por amarla, por arrancar la oscuridad de su vida y traer luz, esperanza, paz. Esos chicos eran un regalo, su sola presencia era suficiente para sonreír.
—Come, Chiqui—la invitó Daniel. Ella ni corta ni perezosa devoró casi todo lo que estaba en la mesa. Ellos la observaron, riendo, disfrutando de esa noche. Daniel les comentó sobre su día en la empresa, burlándose de uno de los accionistas. Lo imitaba, colocándose una lechuga como barba. Jasón y Chicago se desmadejaron de la risa, siguiéndole el juego a Daniel. Sus negocios tenían altibajos, sin embargo no le importaba perder todo aquello que le fue otorgado, lo que realmente valía la pena era ver a su esposa irradiando felicidad, tranquila, ver crecer a sus hijos, envejecer a lado de las dos personas que impactaron su vida positivamente.
Al terminar de comer, Daniel se dirigió al pequeño minicomponente que estaba sobre una superficie en la sala. Eclipse total del amor llenó la instancia. Le tendió la mano a su esposa, quien la tomó sin pensarlo dos veces. Danzaron, perdidos en la mirada del otro, diciéndose cosas que las palabras no podían abarcar. Sus manos la calentaban, la estimulaban. Sus hormonas hacían estragos en su razonamiento. El deseo era primitivo, urgente. Lo besó, demostrándole lo mucho que necesitaba sus caricias, su piel desnuda contra la suya. Daniel le correspondió con la misma necesidad. Al igual que Jasón no quería lastimarla, esperaba pacientemente a que diera a luz para hacerle el amor durante un mes entero hasta que ninguno pudiera caminar.
—Dani… poséeme ahora. Llevo rogándole a los dos que me follen hasta el amanecer y ninguno accede—manifestó con un puchero. Daniel besó la punta de su nariz
—Quiero que esperemos hasta que… Pam y Bianca nazcan. —Los ojos de Chicago se abrieron de par en par. Como sucedió con Paris no hablaban de los nombres que llevarían sus hijas. Sin embargo, escuchar aquellos nombres tan bonitos la hizo llorar de nuevo. Una de sus hijas de llamaría como su hermana. Sabía que Daniel lo hacía en honor a ella, a pesar de sus errores quiso enmendarlos. La salvó, los guio a su encuentro. Se prometió que una de sus hijas llevaría su nombre, preparando un argumento sólido. Pero al ver la aprobación en los ojos de Chicago sus planes se fueron a pique.
—Pam y Bianca, son nombres encantadores—comentó, posando su cabeza en su pecho, moviéndose con lentitud. Las niñas brincaron aprobando sus nombres.
—Buena elección, bro—dijo Jasón, uniéndose al baile, posicionándose detrás de Chicago. Ambos la cubrieron de besos sutiles pero enervantes, danzaron junto a su lado, acariciaron su vientre. No existía nada más sublime que amar de esa manera tan particular. Nadie contó que dicha propuesta le haría descubrirse, dudar de sí misma, luchar y encontrar una verdad que siempre estuvo ahí esperando por ser descubierta. Lloró, sufrió, perdió. Nunca olvidaría lo que le fue arrebatado, era parte de su pasado y de su historia. No obstante su álbum también estaba llena de fotografías llenas de risas, pasión, amor incondicional e inigualable. Cada día escribiría una historia diferente. Una aventura siempre los esperaba. Un futuro incierto los llamaba.
Sus vidas no terminarían allí, los desafíos llegarían pronto. Sin embargo estaban juntos, preparados, dispuestos a luchar día a día por la familia que construían. Los esperaba un camino a labrar con sueños, anhelos, ideales, y dificultades. A pesar de ser conscientes de eso, no se preocupaban hasta que el momento llegara. Por ahora disfrutarían del dulce hogar al que lucharon por llegar.
—Los amo tanto. Nunca me cansaré de repetirlo.
—Nosotros también te amamos, Fresi. Eres la mujer que elegimos y elegiremos siempre
—Gracias, Chiqui, por darnos tanto, por aceptar la propuesta, por amarnos. Eres todo lo que alguna vez soñamos y mucho más. Te amo Chicago Adams, te amaré toda la vida.
Fin…