Capítulo 36: La caída del Rey
Joshua soltó una risotada digna del villano de Disney. ¿Obligándolo a negociar? Ese tipo era demasiado patético. Estando allí de pie, observando embelesado a su mujer, no dudaría en matarlo si seguía mirándola así. Era suya, la estaban pasando muy bien antes de verse invadidos. No tenía algún plan elaborado para salir bien librado, no obstante no les daría lo que querían.
— ¿Quién te crees tú para pararte frente a mí y exigirme cosas?—Preguntó apuntándole con el arma. Chicago lloró, no soportaría perderlo, no podría vivir con eso. Con la mirada le indicaba que retrocediera, pero Daniel seguía erguido, sin temor, como si estuviera listo para morir, lo que no pensaba era que Chicago no estaba lista para verlo irse de este mundo sin decirle que lo amaba, que los mejores días fueron a su lado. No podría soportar verlo atravesado por una bala. Negó vehemente al imaginarlo caer al suelo— ¡Estoy en mi casa! ¡Tengo todo lo que quiero!—Lamió la mejilla de Chicago, observando con satisfacción como la rabia tomaba control de Daniel—. Ella es mía, es la razón por la cual estoy haciendo esto. Nos amamos y ustedes estorban—declaró besando su cuello hasta dejar una marca—. Antes de que llegaran estábamos echándonos un polvo, ¡El mejor polvo del mundo! Y luego aparecen ustedes a joderlo todo. Eso no se hace, estúpido.
Chicago derramó unas gotas enormes que rodaban por su mejilla, la estaba violando y hablaba de ese acto como si fuera consensuado, ostentando su dominio sobre ella como si fuera algo de lo que podría sentirse orgulloso. Por fortuna no pudo terminar y ella le dejó un recuerdo marcado en su oreja, aun sangraba. Eso la hizo sonreír levemente.
Jasón no podía seguir escucharlo ni un minuto más, estaba punto de reventar. No soportaba estar sentado, sin ver lo que pasaba, aunque podía hacerse una idea, una escabrosa que lo inquietaba. Sin importarle lo que pudiera pasar, salió del vehículo, Knox intentó detenerlo, pero un movimiento brusco podría alborotar el avispero. Lo mejor era analizar la situación, Daniel había tomado el control de alguna manera, era digno de ver que un novato como él no le saltara encima ante tanta provocaciones. Él se consideraba un hombre temperamental, rustico, por algo estaba soltero, sus antiguas parejas no soportaban su mal genio y que no pudiera separar el trabajo de su vida personal. Para él la soledad era lo mejor, no podría con la tensión del trabajo y de una relación.
Lo dejó avanzar, vigilando sus pasos, Jasón se tropezaba, pero podía seguir el sonido de la voz inmunda de Joshua. Nadie hablaba así de su Fresita y seguía respirando. No tenía un arma, pero estaba dispuesto a recordarle con sus puños a respetar.
Chicago vio como su torbellino avanzaba lento pero decidido. No llevaba algún soporte, sus manos eran su guía. Su corazón se resquebrajó al verlo caminar casi a la deriva, tan dispuesto pero tan desorientado. Jasón era ese fuego que nunca cesaba, no se extinguía. Ella quería que la quemara, que la purificara con sus llamas, necesitaba refugiarse en los brazos de sus chicos, besarlos, sentirlos, volver a verlos a los ojos y tratar de unir las piezas de lo que alguna vez fue su vida. Los demás policías trataban de agarrarlo, él peleaba y decía sandeces que lograba resoplidos y malas caras. Daniel le dio alcance, tomándolo de la mano. Estaban a una distancia prudente, demasiado expuestos, si Joshua disparaba alguno de los dos recibiría el balazo. Eso no les importaba, lo primordial era sacarla de ese agujero y hacerla feliz.
— ¿Pero a quien tenemos aquí? ¡El ciego se unió a la fiesta!—Proclamó burlándose del estado de Jasón. El aludido apretó los puños, dando pasos hacia adelante para arrancarle la piel. Daniel lo detuvo, susurrándole que no cayera en sus provocaciones. Estaban en medio de una operación de vida o muerte—. Lástima que no puedas ver lo bien que luce Chicago debajo de mí, rogando para que le dé más duro—Le agarró una nalga, acercándola a su cuerpo, escondió su rostro completamente avergonzada, era un trapo sucio, un escudo humano para él. No podía soportar la mirada oscura de Daniel, ni la tensión de Jasón. ¿Qué pasaría si no podían ver a través de la niebla? ¿Qué pasaría si es fantasma nunca los dejaba en paz? Lo que pasaban era demasiado fuerte para pasar la página como si nada, demasiado duro como para sonreír e ignorar el elefante en la sala. No sabía que pasaría si volvían a tocarla, ¿recordaría las manos de Joshua si sus chicos la tocaran? No estaba segura de lo que pasaría más adelante, lo único que podía garantizar era que estaba muy feliz de verlos.
—Ya quisieras tu que nuestra chica quisiera estar contigo—replicó Jasón con una sonrisa de suficiencia—. Te la llevaste, maldito enfermo. Está contigo en contra de su voluntad. No te ama. —Su expresión se suavizó al pensar en las palabras que le diría a su Fresita: — Te extrañamos tanto, amor. Los días sin ti no tienen sentido. Te hemos buscado para encontrarte. Lamento lo que te dije la última vez, quiero que sepas que pase lo que pase nunca podría dejar de amarte, nadie ocupará tu lugar en mi corazón. Es tuyo y aunque no pueda verte, sé que estás feliz de que estemos aquí—finalizó con una sonrisa resplandeciente. No se equivocaba, no había nada mejor que después de tanto tiempo lejos de ellos, verlos allí, como sus caballeros armados dispuestos a salir a la batalla sin armadura solo por ella. Era un sueño, un peligroso y bello sueño del que no quería despertar. Esperar tanto por ese momento y no saber que decir. No podía dejar de llorar, de anhelarlos, de extrañarlos. Deseaba que su bebé estuviera vivo para que sintiera a sus padres luchando por ella.
—Ríndete—dijo Daniel—. Solo quiero que nos regreses a Chicago, te prometo que si te entregas pacíficamente saldrás bien librado. Tienes derechos, tienes dinero para defenderte. Lo único que te pido es que la dejes libre, no tienes a donde ir.
Joshua perdió la paciencia, le apuntó con el arma. Estaba harto de tanta charla estúpida, sabía que intentaba jugar con su cabeza. Siempre había salida, aún tenía hombres protegiéndolos. No le daría lo que quería, ella era su vida, el motivo por el que había llegado a tanto, añadiendo su ambición por vengarse de su padre por no amarlo. Trató de demostrarle que era apto para su cariño, pero él lo desechaba como basura, ahora él hacía lo mismo.
—¡¡Nadie me dice que hacer!!—Gritó, jalando el martillo para cargar el arma—. Siempre encuentro la forma de salirme con la mía, esta vez no es la excepción.
Una necesidad de proteger a su esposo se apoderó de ella, el miedo y la vergüenza quedaron en segundo plano cuando vio la mirada asesina de Joshua. Estaba dispuesto a matarlo, no lo dudaba, pero eso no significaba que se quedaría de brazos cruzados viendo como el amor de su vida moría delante de ella.
Armada de valor, le dio un codazo en las costillas lo suficientemente fuerte para hacerlo doblar y chillar de dolor. Por fin probaba la libertad, por fin podía extender sus brazos y ordenarle a sus piernas que dieran marcha. Corrió hacia su felicidad, allí estaba Daniel sonriendo para recibirla. Estaría pronto en casa, por fin dejaría atrás aquel diablo que la encarcelo solo para torturarla.
El rubio se recuperó del golpe, alzando la pistola disparó. Chicago se agachó, cubriendo sus oídos. Estaba traumatizada después de presenciar la muerte de su hermana, sus ojos abiertos, llenos de sorpresa ante lo inesperado de su final. No soportaba el ruido de las armas, ni siquiera podría ver una sin sacudirse.
Acurrucada, escuchó el grito de Daniel. Levantó la mirada para encontrarse con el escenario que más temía. La bala le había dado a Jasón, quien se interpuso para salvar a su amigo. La bala perforó su hombro, quedándose alojado en su interior. El muchacho se resbaló, le quemaba el brazo, apretaba los dientes para no llorar como una niña pequeña. Sus desgracias no disminuían, estaba ciego y ahora herido. Era un estorbo que no hacía más que lamentarse y quejarse. Obstaculizaba la libertad de su Fresita, era un torpe que tuvo la indecencia de enamorarse de una mujer prohibida, desearla, embarazarla, para luego echarlo todo a perder.
Daniel lo abrazó para que no se desparramara. Se debatía entre salir corriendo hacia su esposa o ayudar a su amigo. La encrucijada lo estaba matando, su amigo estaba dispuesto a dar su vida por él, hizo de escudo para que la bala no lo tocara. Estaba seguro que una vez que ese pequeño elemento impactara su pecho moriría instantáneamente. Iba directo a su corazón, de eso no había duda. Su amigo era valiente, actuando con gallardía, colocando su vida por encima de la suya. Ese simple acto tocó cada vibra de su cuerpo, dándole a entender que no solo daría su vida por Chicago, sino por él, por su amistad, por tener la fortuna de compartir el corazón de la mujer que amaban. Se lo agradecería siempre.
Jasón se agarró a su cintura, apretando los dientes con tanta fuerza que sentía que se resquebrajarían. El ardor consumía cada tejido de su hombro, pensar en otra cosa era imposible cuando sentía una llama incandescente abriéndose paso por cada musculo de su brazo. Respirar era un desafío, mantener los ojos abiertos era toda una odisea cuando lo único que quería era caer en el suelo y descansar. Pero eso no lo haría hasta que su Fresita estuviera regañándolo por actuar tan impulsivamente. El pensamiento de ella, con el ceño fruncido, señalándolo con el índice mientras le reclamaba fue suficiente para no dejar que la poca vitalidad abandonara su cuerpo.
Tomando impulso, se acercó al oído de Daniel para susurrarle algo.
—Ve por ella—ordenó con voz ahogada.
El pelinegro alzó su mirada hacia la chica por la que tanto esperó, ella estaba atónita, las lágrimas caían por su rostro. Estaba pálida, temblorosa, inmóvil, desprotegida. Estaba expuesta a recibir una bala. No soportaría verla… sin vida. Habían pasado por mucho para llegar a ella, no se permitiría perderla de nuevo.
Chicago salió de su estado de estupefacción, Jasón se agitaba, reclamándole a Daniel, la sangre caía por su hombro, manchando el suelo arenoso de carmesí. Se incorporó, estirando la mano hacia la figura borrosa de su chico por las lágrimas que no cesaban. Al ver que Daniel hacia el amago de levantarse para ir por ella, sacudió la cabeza. Su bienestar estaba por encima de todo, debían atenderlo antes… de que fuera demasiado tarde.
—¡¡Ayúdalo!! ¡¡Por favor!!—Rogó caminando hacia ellos—No quiero que muera, Dani. ¡No quiero que nadie más muera!—Bramó agarrándose el pecho, sus latidos cada vez más raudos, su respiración más acelerada. Se tambaleaba, la luz le molestaba, su cuerpo se sentía demasiado pesado como para dar un paso firme. Justo cuando pensó que saborearía el triunfo, escuchó otro disparo. Se paralizó al sentir el roce de la bala por su pierna, esa fue la señal para que su secuestrador la tomara de nuevo. Joshua la agarró del cabello, arrastrándola por el suelo, disparando a diestra y siniestra. La policía no dudó en responder, corrieron a socorrer a Jasón, Daniel trató de escabullirse para alcanzar a Joshua, pero no pudo, muchos hombres lo bloquearon.
Gritando, tomó a Jasón, ignorando los reproches de su amigo por no ir por ella. No era fácil tomar esa decisión, pero por ahora se encargaría rápidamente de su amigo y luego iría por Chicago. Llegaron a una patrulla, donde lo colocaron boca abajo, desinfectando la herida como podían y haciendo presión para que no perdiera más sangre. Jasón maldecía y se retorcía del dolor que se repartía por la zona, por el dolor de su corazón, por la frustración al estar tan cerca de tenerla con ella para perder una oportunidad tan valiosa. Él podía esperar, ella no.
Daniel, en su afán por alcanzarla, intentó salir y dejarlo en manos de los policías, no obstante uno de ellos le impidió el paso.
—Es mejor que se quede con su compañero—señalo a Jasón, podía perder el conocimiento en cualquier momento.
—Debo ir por mi mujer—reclamó enfrentándolo—. Él me lo pidió y no voy a defraudarlo. Ustedes pueden cuidar de él mientras yo…
—No podemos dejar que haga eso—intervino el oficial en tono conciliador—.Es demasiado peligroso, no solo porque hay una civil el juego, sino porque no sabemos que le puede esperar allí. Ya ha sido suficiente imprudencia que ustedes vinieran como para permitirnos exponerlos. Hacemos nuestro trabajo, somos los profesionales. Su amigo lo necesita, déjenos traerla a salvo. Si usted está aquí lo mantendrá con vida—afirmó el policía sin moverse de su posición.
—Usted no entiende… ella es todo para nosotros…
—Entiendo su desesperación, pero con eso solo conseguirá entorpecer esta operación tan improvisada que organizo Knox. Nuestros mejores hombres están tratando de hacer su trabajo.
—¡¡Debo ir allá!!—Apuntó a la casa frenético—. ¡¡ Allí esta la razón por la cual nos expusimos de esta manera!! No me diga que está haciendo su trabajo porque no lo hicieron bien cuando era el momento. Permitieron que se la llevaran, dejaron que esto se prolongara y ahora… está en peligro y no sé qué más… hacer. —Se llevó las manos a la cara, ocultando su llanto, su agobio, su respiración. Estaba bajo demasiada presión, el instinto era lo único que le quedaba ya que su razonamiento decidió irse de paseo.
Un dolor conocido se extendió por su zona lumbar. Fue tan intenso que ahogó un grito. Llevó una de sus manos hacia el centro de su molestia. Sentía como si alfileres largos y gruesos se clavaran en su espalda, impidiéndole el desplazamiento adecuado. Sus piernas comenzaron a vibrar. Era el peor momento para que le fallaran. Su cuerpo no podía ser más inútil. Bastante ayuda resultó, siendo siempre el niño bueno, el tonto noble, incapaz de tomar justicia por sus propias manos, siempre pensando antes de actuar, sonriendo aun cuando lo insultaban, pensando ilusamente que el mundo se arreglaría con charlas y debates entre estudiantes. Desconocía toda emoción vital para cualquier ser humano, hasta que la vio a ella. Mandó todo a la mierda por esa mujer, solo para perderla una y otra vez.
Se recostó en la silla delantera, volteando a ver a Jasón, chequeando su respiración. Ninguno podía hacer mucho después de todo. Con las esperanzas puestas en la labor que llevaba Knox a cuestas, tomó la mano de su amigo, estaba helado, cosa que encendió sus alarmas.
—Hace frio—dijo el castaño con voz débil. Daniel tragó saliva, entendiendo que su lugar en esos momentos era con él.
Se quitó el chaleco y se puso encima con cuidado, debía entrar en calor, debía mantenerse con vida o nunca se lo perdonaría. Esa bala era para él, si no fuera por el acto heroico de Jasón estaría muerto. Ninguno se perdonaría la pérdida del otro, no podrían vivir con ello. Ambos eran la mitad de su chica, eran inseparables, cómplices. Si alguno faltaba, el sabor de la vida se evaporaría.
Daniel sostuvo su mano mientras le preguntaba a la oficial que estaba cubriendo su herida:
— ¿Cuánto tardará la ambulancia en llegar?
—No lo sé—respondió con sinceridad—. Estamos casi en medio de la nada, el acceso es difícil. Llamamos al hospital más cercano que pudimos localizar para que lleguen a tiempo.
—Eso es lo que no tenemos, tiempo—dijo apretando la mano de Jasón para que no lo dejara. Si entraba en zona de guerra, abandonaría a la persona que lo defendió con tal de que viviera. En ese momento deseaba ser fuerte, útil, que sus piernas funcionaran, enfrentar a Joshua con seguridad. Ser el consuelo de todas las personas que amaba. Esperando a que el dolor en su espalda desapareciera, acarició la mano de Jasón, suplicando en silencio no perder a nadie más.
*******
Joshua se refugió en la casa, sus hombres hacia su trabajo, siendo carne de cañón para salvar su pellejo. Arrastraba a Chicago por el suelo, disparando con destreza, dando de baja a quien se interpusiera en su camino. Ella no dejaba de patalear, tratando inútilmente de agarrarse de cualquier cosa. La fuerza brutal con la que era arrastrada la sobrepasaba, lo único que podía hacer era gritar como loca, arañar sus piernas con tal de que la soltara, todo parecía en vano, el hombre solo estaba dispuesto a matar y exterminar todo lo que encontrara a su paso.
—¡¡Déjame ir, maldito hijo de puta!!—Vociferó arañándole las manos. Joshua entornó más su agarre en su cabello a tal punto que las punzadas en su cuerpo cabelludo fueron insoportables.
Estaba harto de pelear contra aquella mujer, le hacía difícil abrirse camino cuando se resistía como una leona. Era incontrolable, indomable. Había vuelto a su vitalidad y eso le encantaba, disfrutaría de ella luego de escapar de toda la mierda que causó la perra de su hermana. La tendría a su merced y gozaría de su estrecho y suave interior. Esa cavidad que tanto extrañaba y no tuvo la oportunidad de disfrutar adecuadamente.
Irritado por la renuencia de Chicago, la puso de pie luego de asesinar a los estorbos que estaban en su camino. Ella lanzó puños al azar, consiguiendo que Joshua se enardeciera aún más.
—¡¡Quédate quieta, maldita sea!!—Gruñó esquivando sus manos con sus brazo libre.
—¡¡Déjame ir!!—Lo empujó sin éxito, incrementando su ira
—¡¡Nunca!! ¿Entiendes?—Gritó a centímetros de su cara—. Estoy cerca de escapar y tú eres mi botín. Acéptalo, seré todo lo que verás el resto de tu vida. A estas alturas el cegatón estará muerto. Bastardo estúpido—se burló—, exponerse por una basura como esa lo hace muy tonto de verdad.
—¡¡Cállate, cállate!! ¡¡ Por una puta vez cierra el pico!!—Impulsó su cabeza, chocando su frente con su nariz. Ese movimiento fue suficiente para hacerlo sangrar, y para aturdirlo un poco. Aprovechó ese mínimo de ventaja que le dio su acción para salir corriendo. De ninguna manera Jasón moriría, no sin antes de que ella lo besara y lo cacheteara por exponerse. Su hombre era muy fuerte, valiente, un chico travieso a quien vería de nuevo.
Su escape duró poco cuando las manos de Joshua la tomaron por el cabello de nuevo, tirando de ella para hacerla perder el equilibrio.
—¡¡Te quedarás quieta de una buena vez!!—La empujó hacia adelante, ella dio un traspié, golpeándose con el borde de la mesa en la cabeza. El impacto fue tan fuerte que sonó como si una nuez se abriera. Ella quedó tirada, quieta, de su frente salía sangre. Joshua ignoró eso, levantándola sobre su hombro como un costal—. Quien se debe callar eres tú. —Palmeó su trasero, disponiéndose a encontrar la salida. Sin embargo pensó que llevarla consigo resultaría complicado, lo retrasaría y eso era lo último que quería.
Aprovechando el caos que se originaba en el interior de su casa, usando a sus hombres como escudos, ya que por eso les pagaba. Subió de dos en dos las escaleras hasta llegar a la habitación donde la mantuvo cautiva. La tendió en la cama. Su respiración era cada vez más lenta, su herida abierta podría verse infectada. Estaba inconsciente, perdiendo demasiada sangre. A Joshua esos detalles tan evidentes parecían no afectarlo, su mente solo podía pensar en escapar, necesitaba esconderse y dejar atrás por un tiempo a la chica por la que había hecho todo eso.
Amarró sus manos con cadenas, verla atada, indefensa, desarmada, le resultaba tentador. No pudo evitar acariciar sus pechos, su cintura, su vientre. La magnitud de sus sentimientos enfermizos bloqueaba su razón. Desde que la vio no pudo dejar de soñar con ella, imaginar su reciprocidad genuina ante sus besos, su salvajismo. Esa mujer se volvió todo lo que alguna vez deseó. Proyectó en ella sus anhelos más oscuros, volviéndose una obsesión que rayaba en lo ridículo. Chicago Adams era la mujer de su vida, ese era su pensamiento, en eso se enfocaba cada día. Todo lo que hizo fue por tenerla a su lado y hacerla entender que juntos eran mejor, negar que ella tenía su lado oscuro y perverso era estúpido cuando él también se sentía de esa manera. No importaba si estaba equivocado, en algún momento tendría que aceptarlo y amarlo sin más remedio.
Se inclinó sobre ella, alimentándose de su olor antes de irse. Era tan hermosa, bellísima, tanto que lo dejaba sin aliento. Esa chica era su adicción más mortal, si las drogas no acabaron con él, ella podía hacerlo. Cautivado por sus delicadas facciones, besó sus labios, esperando que su sabor quedara grabado antes de irse y dejarla por unos días. Sin darse cuenta estaba encima de ella, perdiendo el control de nuevo, sus manos sobre su cuerpo inerte, sus labios descendiendo por su cuello. Si seguía así lo atraparían sin más, no podía darse el lujo de caer preso.
—Volveré por ti, amor. Estaremos juntos para siempre—susurró, mirándola con los ojos desorbitados por la lujuria. No era el momento adecuado para pensar en penetrarla hasta correrse mil veces. Debían separarse por un corto tiempo.
Salió de la habitación dejando a Chicago al borde de la muerte. Recargó su arma, su casa estaba infestada de sangre y muertos. Policías rondándolo, él escondiéndose como una rata. No terminaría así, estaba seguro que saldría bien librado de esa situación. Su descuido provocó eso, pero no era el momento para reprensiones, debía encontrar la salida cruzar la frontera y recuperarse. Las cosas eran muy complicadas, más cuando el número de sus hombres se reducía.
Se encontró la puerta del túnel, cruzándolo rápidamente, tratando de ganar algo de tiempo. Al llegar a la salida, no le importó detenerse y cubrir el cuerpo de Bianca con tierra. A pesar del olor que desprendía, lo ignoró, ella no merecía un entierro digno. Corrió un poco más, escaso de balas y con raspones, su pierna estaba herida por una bala que se incrustó en su muslo, no lo notó sino hasta que su pierna protestó. Cojeando, llegó a un viejo carro que tenía escondido para casos extremos como esos.
Llegaría a la frontera y se escondería por unos días, luego usaría su influencia para recuperar a Chicago, no obstante lo primero era salir de ese atolladero. Arrancó a toda velocidad, el carro no tenía mucha gasolina, por lo que en cualquier momento se quedaría varado. Tratando de sacar provecho, aceleró, conduciendo como un corredor de la fórmula uno. Creía que lo había logrado, su escape estaba saliendo bien. Solo que eso era parte de una fantasía ficticia. Knox apareció detrás de él, acompañado de Samuel. Joshua apretó los dientes, pisó el acelerador al máximo para llegar a su destino final.
Disparó hacia el carro que lo seguía, las balas chocaron contra el vidrio. Knox maldijo, sacando su pistola y disparando de vuelta, Joshua se agachaba y esquivaba. Su carro comenzaba a desgastarse, la gasolina escaseaba y estaban lejos de la frontera. Gruñendo de frustración, continuó su viaje, el carro hizo un sonido que indicaba que no podía continuar, frenando cada vez más su avance. Joshua renegó, continuando sus disparos hacia Knox, éste le devolvió los disparos, dándole a una de las llantas. Joshua perdió el control, no logró maniobrar lo suficientemente bien. El carro se volcó, girando sobre el camino de arena, tal como le ocurrió a Jasón. El vehículo quedó boca arriba, Joshua estaba herido, se había roto unas costillas, la herida de su pierna se abrió aún más, sangrando a borbotones, la cabeza le giraba. Estaba aturdido, enojado porque todo le estaba saliendo mal. La posición en la que se encontraba le impedía respirar bien, añadiéndole el hecho de que estaba siendo cercado por la policía
Con dificultad, se impulsó hacia afuera, gritó al intentar estirar el brazo derecho, se lo había fracturado. De repente suerte lo había abandonado, la chica por a que tanto luchó nunca lo amó, su padre lo veía como un desperdicio. Todo aquel a quien tocaba contaminaba, su obsesión y su ambición lo cegaron hasta ese punto. A pesar de que todos los castigos se unieron para clamar justicia, él seguía buscando la forma de escapar. Su pistola solo poseía dos balas, estaba herido en la mitad de la nada, la policía estaba sobre él. Cada paso que dio hacia su triunfo se vieron afectados en ese punto donde no había retorno, nadie lo ayudaría, fue víctima de su propio invento.
Arrastrándose, oliendo a hollín y a suciedad, Joshua trató vanamente de alejarse del siniestro, tratando de no ser atrapado. Lamentablemente para él, Knox estaba bastante disgustado por su ataque. Frenó bloqueándole el paso, Joshua apuntó hacia el policía, éste salió, apuntándole también. Estaba acorralado, los refuerzos venían, no tenía escapatoria, con solo dos balas no podía hacer mucho. Escupió sangre, agarrándose las costillas, el mareo se incrementó, pero logró mantenerse de pie. Tenía dos balas, suficientes para atinarle a la cabeza de Knox y su padre.
— ¡Quédese donde esta!—Ordenó Knox apuntándole— ¡No tiene a donde ir, suelte el arma y entréguese!
Agitado, sostuvo el arma tembloroso. Su visión era borrosa, sentía que perdería el conocimiento. De ninguna manera caería, no de una forma tan patética, como si fuera un vulgar perro. Era Joshua Grantt, un hombre guapo, rico, inteligente, sagaz. No permitiría que un odioso policía de pacotilla le dijera que hacer.
— ¡Tendrás que matarme!—Lo provocó con una sonrisa ensangrentada— ¡Ni tu ni tus inútiles hombres me van a detener! Soy invencible. He logrado lo que mi tío no pudo, ¡he llegado a donde quería estar!—Tosió escupiendo más sangre—. No podrás conmigo.
En ese momento, Samuel salió del auto, Knox le advirtió con la mirada que no se acercará a él, lo ignoró aproximándose con cautela. Joshua le apuntó, gustoso de enterrar una bala en su cabeza y verlo caer como un costal de huesos en el suelo. Él era la causa de sus acciones. Nunca lo quiso, nunca lo cuidó, siempre lo miraba como si fuera una mancha que no pudiera sacar de su camisa, como si fuera grasa apestosa. Parecía más una adquisición que su hijo. Lo odiaba tanto que cuando lo miraba, veía a un enemigo a quien debía aplastar.
Samuel se dio cuenta de lo que intentaba hacer, no le dio miedo. Daba pasos lentos y pausados. Le rompió el alma ver el estado en el que terminó su hijo, porque aunque no lo hubiera concebido, era de su sangre. Estaba arrepentido de sus acciones, de apartarlo, lo culpaba de su mala sangre pero tampoco hizo nada por corregirlo. Compró su cariño y tapaba sus malos actos para no dañar su intachable imagen, una imagen que se vio contaminada por los últimos acontecimientos. Quería salvarlo, si aún era posible, y redimirse si podía hacerlo.
—Baja el arma, hijo. Solo queremos ayudarte—dijo con las manos elevadas, señal de que no quería lastimarlo. Joshua se rió y escupió más sangre. La cabeza le palpitaba, su cuerpo entero sudaba. Disimulando sus dolencias, lo miró con despreció. No quería su ayuda, no quería verlo. Su destrucción era lo único que lo ayudaría.
— ¿Ahora vienes a mí, con actitud de cordero degollado?—Se burló agarrándose las costillas—. ¿Tienes miedo de que se dispare el arma?
—Tengo miedo de que no me perdones. —No esperaba esa confesión por parte de su padre, ¿justo ahora quería pedir perdón? Primero muerto antes de darle lo que pedía. Sospechaba que era una artimaña para ablandar su corazón, lo que no sabía era que no tenía corazón para con él.
—Tus temores se han hecho realidad, padre—expresó con sarcasmo. Sonrió complacido cuando Samuel se estremeció—. Demasiado tarde para arrepentimientos, ¿no crees? Esto lo haces porque sabes que estás en la desgracia. Tu caída inesperada y estrepitosa en la bolsa ha hecho que vengas a rogarme de rodillas. Fui yo quien sembró la duda, quien hizo esa maniobra pequeña pero perfecta que te trajo a donde estas. —Tosió otro poco y se recuperó—. Tú y tu maldita arrogancia están pagando el precio justo por la forma tan fría en la que fuiste conmigo durante toda mi vida. Nunca fuiste a ninguno de mis musicales, nunca me felicitaste, nunca me alentabas cuando algo malo me sucedía. Para ti lo único importante era el dinero, construir tu nadito imperio y dejarme de lado. Te tengo noticitas, ¡yo soy ahora quien tiene tu puta empresa! Me voy a mear en ella, voy a eyacular en cada parte mientras la vendo al mejor postor. Tendré a la chica de mi vida a mi lado, amándome, teniendo mis bebés, siendo mi esposa. Seré feliz y no gracias a ti, estúpido anciano de mierda. —Se acercó un poco, Knox le apuntó con decisión, los refuerzos estaban cerca, no tenía a donde ir.
—Tienes razón en muchas cosas, no fui un ejemplo a seguir. Te aparté porque… no eres propiamente de mi sangre, yo no fui quien puso el esperma para que nacieras. —La cabeza de Joshua giró más rápido, ¿qué demonios estaba diciéndole ahora? Quería engañarlo y desestabilizarlo, quería jugar con él. Estaba equivocado si creía que le daría gusto gratuitamente.
— ¡Déjate de babosadas!—Exigió mirándolo con rabia—. Tus mentiras te las puedes meter por el culo, ¿entiendes? No me interesa tu perdón y tampoco te lo daré. No significa nada para mí. No me vengas con arrepentimientos baratos cuando ni tú te lo crees. Para ti el dinero es lo que importa, estas aquí para recuperarlo. —Hizo una mueca de dolor, internamente estaba sufriendo estragos, no era normal que escupiera sangre y se sintiera mareado. Aun así eso no lo distraería de su objetivo: matar a Samuel y a Knox—. Nunca vas a volver a ser el mismo, nunca te daré lo que me corresponde por haberte soportado, nunca te voy a dar el gusto de verme caer.
—Mírate, hijo. Estás destrozado, sangrando. Tienes la pierna lacerada. Eres fuerte, siempre lo fuiste y por eso estas aun de pie, a pesar de tus heridas estas dando pelea. Eres igual a Archer, tu sonrisa, tus ojos, la forma tan… oscura en la que se comportan… Tienes que saber que si somos familia, pero no en la forma en la que te hecho creer. —Al ver la confusión en los rasgos de Joshua continuó—: Soy tu tío, Archer era tu padre biológico.
Joshua se echó para atrás con el gesto deformado. De ninguna manera podía creer semejante cosa. Era otra patraña para que cediera, para debilitarlo. ¿Cómo era posible que llegara a tal punto de negarlo como hijo? De ese hombre podría esperar cualquier cosa. Samuel era inescrupuloso, un ser sin piedad, arrogante, sin ningún tipo de vergüenza como para afirmar semejante estupidez. Eso de ser hijo de su tío… una estratagema más para distraerlo.
— ¿No tienes nada mejor que hacer que venir hasta aquí para decir semejante bobada?—Se carcajeó, sosteniendo el arma débilmente. Las fuerzas lo abandonaban, los refuerzos del Knox habían llegado, su cuerpo se marchitaba, necesitando atención inmediata. Si ese era su fin, al menos se llevaría a su padre con él, con eso irían al infierno juntos para torturarlo por la eternidad.
—Es la verdad—aseveró con desesperación—. Conocí a tu madre cuando estaba con mi hermano, él… era exactamente igual a ti—señalo con nostalgia—. Fue un hombre poderoso, sagaz, ambicioso hasta decir basta. Obsesivo, engañaba con tal de conseguir sus metas. Lastimó a Lydia muchas veces. —Apretó los puños mientras recordaba los moretones que notaba en el cuerpo frágil de su esposa, incluso presenció cuando le dio una paliza, borracho. La sacó de allí y la cuidó. En ese momento supo que no podía permitir que siguiera con él, porque la amaba demasiado para soportar ver como se apagaba al pasar los días. Hizo tanto por ella… y ahora no eran sino extraños—. Tenía un negocio ilícito, el que tu manejas ahora—expresó sacudiendo la cabeza, desaprobando la repetición de acciones que solo masacraban a personas inocentes—. Encontraste la forma de retomar el negocio de tu padre.
—Empecé cuando me mandaste a uno de esos internados—explicó sosteniéndose como podía, aun no se tragaba el cuento de ser hijo de Archer, y si fuera así no le importaba. Se sentía orgulloso de pertenecer a algún lugar, de tener algo en común con alguien, de compartir un gusto por el poder sin ser reprimido, sin importar los métodos que usaban. La idea de ser hijo de su tío lo hizo sonreír de forma genuina—. Me rodeé de personas que consumían, yo consumí para luego asociarme con personas que distribuían. Invertí dinero, crecí, para luego regresar aquí y encontrarme con la casa de mi tío… o mi padre—corrigió altivo—. Tenía que conocer esa parte de mi familia, esa parte a la que yo pertenezco, en donde realmente me siento bien, soy yo mismo sin tener miedo de avergonzarte—argumentó con rabia—. Toparme con los vestigios de lo que fue Archer me impulsó a continuar con su legado… como su hijo—sonrió con calidez, sus ojos brillaban porque al fin comprendía todo, lo que se hereda no se hurta. Saber que era como su padre lo llenó de dicha, le hizo ver que no estaba del todo mal ser como era. Lamentaba no haber vivido junto a él, razón más para odiar a su padre putativo y cuestionarlo—: ¿Cómo murió?
Samuel se aclaró la garganta, esa parte escabrosa era la que quería evitar. No obstante ya no tenía por qué seguir llevando con la carga de un secreto que no lo dejaba vivir. Estaba seguro de lo que pasó con la muerte de Archer, no le importaba a quien tuviera que sacrificar, total todo lo que hizo por ella fue en vano.
—Tu padre murió por una sobredosis. —Se rascó la nuca al prever lo que diría a continuación—: Pero algunas pruebas demuestran lo contrario. En el dictamen explicaba que había una mezcla extraña de un producto altamente toxico que se encontró en su sangre. Un veneno que se extraía de una flor, una sustancia que podía matar a cualquiera si se le daban las cantidades suficientes. —Observó a Joshua, quien lo apremiaba a seguir con su hipótesis. Cerró los ojos y siguió con el corazón latiéndole con fuerza—. Tu madre tenía esas flores, Joshua. Según mis investigaciones posteriores, cuando tú ya vivías conmigo, ese veneno provenía de las flores que tu madre cultivaba. No me costó sumar dos más dos para entender que Lydia hizo esa mezcla que terminó matando a mi hermano—aseguró con la mirada perdida—. Ella lo mató, se liberó de él y meses después se instaló en mi casa. Tus tenías tres meses para ese entonces, por tanto empezaríamos de cero. Sin embargo me di cuenta que lo que tenía planeado para nosotros no resultó. Tú eras idéntico a él, queríamos esconder toda la información sobre Archer. Sin embargo, no contaba con que a Lydia se le escapara su nombre y tú comenzaras a preguntar por él. —Respiró profundo, dándole unos minutos para que Joshua procesara esa información.
El rubio apretó la mandíbula mientras unas lágrimas traicioneras acariciaban sus mejillas. Le habían quitado la oportunidad de compartir con alguien que realmente lo entendía, un ser afín a sus deseos, a sus anhelos, a sus propósitos. Un hombre que era carne de su carne, que lo amaría y le enseñaría todo, lo guiaría y le daría todo. A pesar de lo que escuchaba sobre Archer, los rumores sobre sus actividades ilícitas, sobre su comportamiento indigno, nunca lo juzgó. Sentía pena por él, porque no podía defenderse de las acusaciones absurdas que hacían los hipócritas con los que convivía. No podía creer que su madre le hiciera eso a la única persona en el mundo que lo podía comprender. Esa perra le había quitado algo valioso. Ella, como Samuel, lo ignoraba, más que eso, cada vez que lo miraba, encontraba un vacío inmenso que le aterraba. Cada vez que posaba sus ojos sobre él, no lo reconocía. Parecía como si tuviera miedo de él, lo rechazaba, incluso no le importaba lo que le sucediera. Estaba enfrascada en su vida superficial y tonta que ser una madre era la última de sus labores.
Llenó de odio contra el mundo, decepcionado de las personas que se suponía, debían amarlo. Reclamó las fuerzas que tenía para apuntar de nuevo a su objetivo. El sonido de unas armas preparándose para atacar le hizo saber que no saldría ileso si no se rendía. No obstante esa palabra no estaba en su vocabulario, nada podía acabar con su determinación, con esa resolución que lo llevaba a conseguir cada objetivo trazado. Haría lo que tenía que hacer, llevaría eso hasta las consecuencias más inauditas, pero no se iría como un perdedor, sino como el rey que se consideraba.
— ¿Por qué hizo algo así?—Preguntó con ira—. ¡¿Por qué carajos hizo eso?! ¡¿Por qué me quito a mi papá?!—Cuestionó furioso— ¿Y tú porque demonios no hiciste nada al respecto?—Gruñó, dirigiéndole una mirada letal.
—Porque…—Dudando de lo acertada que sería su respuesta, escogió las palabras con cautela, pero siendo sincero—, la amaba—confesó, sintiendo aquella laceración profunda e irremediable que le provocó aquella mujer ingrata al abandonarlo, al despreciarlo con el paso de los años. La amó incluso cuando se dio cuenta de quién era en realidad, la amó aceptando que no podía lograr entrar a su corazón, la amó cada minuto de su sombría vida, sabiendo que lo que tenían era una pantomima para la sociedad con la que se codeaban. La puso por encima de su hermano, siempre la protegería porque era demasiado débil para apartarla de su mente—. Archer la hirió de tantas maneras, que… yo no quise sacar a flote su crimen. Yo… le ofrecí una oportunidad a mi lado, le pedí que dejara a mi hermano. Quise que iniciáramos una vida juntos. Ella… optó por deshacerse de él y aceptarme.
Joshua sufrió de un mareo que casi lo desorienta. Lydia mató a Acher por Samuel, estaban confabulados, querían verlo muerto, por eso no dudó ni un segundo en acabar con él. Esta vez no fallaría, no le daría segundas oportunidades, merecía estar en el infierno, quemarse con llamas que nunca se apagaran, comer gusanos que le pudrieran el estómago, arrastrarse hacia él y suplicar por redención. Eran unas alimañas putrefactas, unos malditos que no tuvieron consideración, no le dieron una oportunidad a su padre, no fueron capaces de dejarlo ser. ¿Qué les costaba dejarlo en paz? Eran tan egoístas, tan mezquinos que no les importó fraguar un plan y luego hacerse lo de la vista gorda. Samuel no tenía por qué juzgarlo, no tenía la moral para castigarlo, para pedirle nada. Era un bastardo que usurpó un lugar que no le correspondía. Le arrebató todo, no tuvo los pantalones para decirle la verdad, una verdad que llegaba algo tarde.
—¡¡Tú, maldito manipulador hiciste todo esto!!—Bramó jalando el martillo, la bala estaba lista para salir— ¡La incitaste prometiéndole basura! ¡Le hiciste creer que si mi papá estaba fuera del juego se podrían quedar con todo! ¡¡Son unos cerdos de porquería!!—Espetó con la mirada desorbitada.
—Así no fueron las cosas…
—¡¡Cállate, maldito infeliz!!—Rugió fuera de si—. Querías quedarte con todo lo que poseía, su negocio, su familia. Eres tan despreciable, tan infame que no eres capaz de ver la verdad. En el fondo le tenías envidia, querías ser como él. Me odiabas porque te lo recordaba, me odias porque soy como él. Porque llevo su sangre, su legado. Él estaría orgulloso de mí, me apoyaría en todo—alegó con prepotencia—. Lo único que te agradezco es que por fin aclararas un millón de preguntas que solo tenían una respuesta. Te doy las gracias por confesarte. Eres una molestia, alguien a quien nunca pude satisfacer. Eres tan imbécil si crees que alguna vez podría perdonarte—se mofó enfocando la vista, se sentía aturdido. Su cuerpo no soportaría más tiempo si seguía prolongando la charla. De igual manera no quedaba más que decir, después de todo ya estaba saldado. Él no tenía por qué sentir misericordia por un tipo que lo rechazó. Era hora de terminar con el show—. Vete al diablo, viejo cretino.
Tambaleándose, le disparó. La bala le dio en el hombro. Samuel se agarró su brazo herido, buscando detener el rio de sangre que emanaba de la herida. Con una sonrisa siniestra, Joshua cargó la última bala que iba dirigida a su padre, no obstante no pudo llevar a cabo su cometido. Knox disparó, la bala golpeó su pecho. Al ver que eso no lo detenía disparó de nuevo. Sus compañeros se unieron a él, disparándole por la espalda. Knox se ensañó con él, descargó todas las balas que tenía. Joshua se desplomó, con los ojos abiertos. Su cuerpo estaba agujereado, sangrando por todas partes. Era imposible que sobreviviera a algo de esa magnitud, pero era mejor constatar antes de dar un veredicto.
Knox iba a acercarse para tomar sus signos vitales, sin embargo fue Samuel quien salió a correr gritando para que se alejaran de su hijo. No le importó su herida, no le importó parecer un debilucho, no le importó nada. Quería llorar a su pequeño, aunque nunca fue suyo en realidad.
Se arrodilló, observando como agonizaba. Su respiración entrecortada, sus ojos rojos por la sangre acumulada, su cuerpo entrando en estado de shock por las heridas. Lo sostuvo por minutos que parecieron siglos, contemplando sin poder ayudarlo, siendo testigo de su muerte. Joshua intentó decirle algo, lo tomó de la camisa, empuñando la tela. Las palabras se quedaron atascadas por la sangre acumulada en su garganta, la cual salía como agua. Seguía tartamudeando, convulsionando, extinguiéndose en esos cortos minutos en los que su vida llegaba a su fin.
De repente su cuerpo se endureció, sus balbuceos cesaron, su agarre se hizo flojo. Samuel llevó sus dedos a su cuello, no tenía pulso, no respiraba, no se movía, estaba muerto. Con un sollozo ahogado lo abrazó, sosteniendo su cuerpo inerte, clamando por un perdón que jamás llegaría, pidiendo una segunda oportunidad. Enojado con la vida y sus decisiones. El dolor que sentía no se lo deseaba a nadie, perder a un hijo era la tragedia más grande que cualquier ser humano podría vivir. Sabía que no era bueno, entendía que debía ser detenido, pero nunca imaginó presenciar la muerte del pequeño al que crio. Tal vez debió ser más atento, olvidar por un segundo que se parecía a su hermano, que no era su hijo, ayudarlo y brindarle lo que todo niño merece. No debió olvidarse de él, no debió permitir que hiciera todas esas cosas y encubrirlas para que lo aceptara. Pero los arrepentimientos llegaban demasiado tarde. Estaba muerto. No sabía cómo explicarle eso a Lydia. No tenía idea de cómo vivir con eso.
—Joshua, Joshua, hijo—repetía una y otra vez mientras lo abrazaba, sintiendo su cuerpo frio, inerte—. No quería que las cosas terminaran así, no quería el mal para tu vida. En ti siempre vi ese potencial que nunca aprovechaste correctamente. Fui un inútil y no puedo remediarlo. Lamento tanto todo. Espero algún día, si nos encontramos, me perdones—suplicó llorando como un niño. Lo aferró a su cuerpo, besó su frente y luego cerró sus ojos, quebrándose en el dolor tan imperial que atravesaba. Eventualmente, eso tenía que pasar, solo esperaba no tener que presenciarlo, sostenerlo en sus brazos y verlo convertido en polvo. La mano de Knox se posó en su hombro bueno, Samuel alzó la vista, rogándole unos minutos más para estar con Joshua.
—Le daremos sepultura en cuanto movamos el cuerpo a Luisiana—dijo. Samuel asintió, dejando el cuerpo de Joshua en el suelo, completamente quieto. Se despidió de él, prometiendo reencontrarse en el infierno.
Knox ordenó que cubrieran el área, tomando registro, haciendo el levante del cuerpo de Joshua. Lo tuvo todo, pudo comerse el mundo si su ambición no lo hubiera hecho tan ególatra. Samuel no se apartó del cuerpo de su hijo en ningún momento, llorándolo en silencio, siendo el único que lamentaba la muerte de quien trajo su desgracia. No podía evitar sentirse marchito, a pesar de todo era su único hijo, el sentimiento de la perdida era algo que lo ensordecía. Poco le importaba sus actos, necesitaba llorarlo y suplicar perdón, un perdón que nunca escucharía de sus labios.
Los que sobrevivieron a la masacre, entraron a la casa, llorando en silencio la caída de sus compañeros. A pesar de que el monstruo estaba muerto, no podían dejar de odiarlo por asesinar a esas personas que solo cumplían con su deber. Knox iba con ellos, liderando la inspección. Sabía que estaría en serios problemas por traer a civiles encubiertos a una misión tan peligrosa. Se había ablandado antes las suplicas patéticas de dos hombres que estaban inexplicablemente enamorados de la misma mujer. Lo peor del cuento era que la mujer los amaba a los dos, ¿cómo demonios podían vivir así y no quererla solo para ellos? Eran demasiado nobles, o demasiado estúpidos y crédulos para siquiera pensar que algo así funcionaria.
Dejando de lado sus preocupaciones y pensamientos que no venían al caso, subió al segundo piso, examinando que el lugar estuviera limpio. Al abrir la puerta de la habitación principal se dio cuenta del cuerpo amarrado a la cabecera, la sangre saliendo de su cabeza, manchando las sabanas, al igual que su rostro. Sin pensarlo dos veces pidió ayuda a gritos mientras corría a auxiliar a la mujer por la que dos tontos habían llegado tan lejos solo para tenerla junto a ellos una vez más. Llevó sus dedos a su cuello, encontrando sus signos vitales tan débiles que pensó que estaba muerta. La herida en su cabeza era mortal, su frente estaba destrozada, la piel arrugada y… podía ver parte de su cráneo abierto.
Joshua Grantt era engendro, iba más allá de su comprensión el entender como un ser humano que había llegado a tanto por ganar la atención de una chica a la que dejaría morir. Nadie podría entender su lógica, la manera en la que su mente perturbada trabajaba. Su fin fue ejecutado, aunque los resultados no eran los esperados.
—No te rindas, mujer. Hay dos idiotas esperando afuera por ti—dijo. Sus hombres llegaron, ayudándola a salir del amarre con dificultad. Knox la alzó, odiando no tener poderes para mantener a todos a salvo. Chicago era la prueba de que la operación fue un desastre.
*********
La ambulancia llegó una hora después, atendieron a Jasón, el cual aún respiraba. Lo difícil de realizar una cirugía en un lugar como esos era la higiene y que venían equipados con lo básico. Daniel no se separó de él ni un solo instante. Dividió entre su esposa y su amigo, confiaba que Knox la sacara ilesa, necesitaba tenerla por fin en sus brazos, besarla como si por fin pudiera respirar, ansiaba con todos sus fuerzas reconfortarla en sus brazos, caminar junto a ella y olvidar lo sucedido. Sabía que se venía una recuperación bastante fuerte para todos, debía ser constante, prudente, el apoyo que requería para no perderla.
La extracción de bala resultó ser un éxito, lo malo durante el proceso fue que no pudieron aplicar anestesia, por lo cual tuvieron que hacerlo como si estuvieran en la edad media. Jasón gritó del dolor hasta perder el conocimiento cuando extrajeron la bala, luego de eso cayó rendido. Daniel se preocupó, pero los auxiliares le dijeron que debía descansar. Lo primordial era llevarlo a él y a los demás heridos al hospital. Le dieron una pastilla para el dolor de espalda, que aunque no le quitó el dolor por completo, lo ayudaron a moverse con mayor libertad, soportando la molestia.
Daniel visualizó varios policías acordonando el lugar, movilizando cuerpos. El pecho se le apretó, sintiendo que algo no andaba del todo bien. Vio como Samuel sostenida la mano de un cuerpo cubierto con un manto blanco. No tuvo que ser adivino para darse cuenta que la mano que sostenida era de su hijo.
No pudo evitar sentir una ráfaga de paz extendiéndose por todas sus terminaciones nerviosas. Aquel hombre por fin dejaría de intervenir en sus vidas, podría decir con total certeza que no tendría que preocuparse por la amenaza de acecho, se había liberado del depredador más peligroso que había conocido. Sintió lastima por Samuel, a quien no le importaba llevar una herida abierta en el hombro, lo único que quería era permanecer al lado de su hijo unos minutos más. Estaba acongojado, como si olvidara que pasó por encima de él, lastimándolo con tal de lograr sus propósitos. Sin importar los hechos, podía ver que para Samuel, Joshua seguía siendo ese bebé que recibió en sus brazos con promesas de amor que nunca se cumplieron.
No quiso acercarse a verificar lo evidente, era un momento íntimo que no le pertenecía. A pesar del daño tan grave, las grietas tan profundas que hizo Joshua, no estaba en él ir a escupirle cosas que no escucharía, el juicio fue ejecutado y de la manera más atroz. Tenía que dejar que cada uno viviera con el dolor a su manera, refugiarse con su familia y si era posible olvidar esos sucesos tan escabrosos para siempre.
Volteó a ver a Knox, quien llevaba en sus brazos a una mujer que reconocería a kilómetros. Su cabello caramelo cubría su rostro, su piel pálida estaba cubierta de raspones. Su cuerpo laxo lo puso en alerta, el nudo en su estómago se hizo más fuerte, sus manos temblaban, la garganta se le secó. Soltando la mano de su amigo, corrió hacia Knox, aguantando el dolor en su espalda. Era ella, por fin libre, sin embargo no podía evitar que algo no encajaba del todo, como si la felicidad fuera un sueño creado para los cuentos de hadas, como si estuviera pagando un precio muy alto por algo que estaba hecho para los privilegiados. La angustia tomó control de sus pensamientos. No podía ser optimista, no estaba permitido. La realidad era una constante difícil de olvidar. Las probabilidades de que alguno no saliera herido era creer que al final del arcoíris estaba un tesoro.
Al llegar hasta Knox y comprobar en su rostro que sus miedos cobraran vida, quiso vomitar. Sin intercambiar ni una sola palabra, Daniel le retiró el cabello del rostro, comprobando horrorizado la herida que sostenía entre sus brazos era su esposa. No entendía como era posible que aun estuviera con vida. Era una mujer demasiado fuerte, valiente, no dejaría este mundo sabiendo que ellos estaban allí por ella.
Se la arrebató a Knox de los brazos, dirigiéndose a la ambulancia. Sus ojos nublados por las lágrimas que no le permitían visualizar el camino. No era suficiente con saber que Joshua Grantt estuviera muerto, el daño que había ocasionado parecía irreparable. Después de todo, quedaba el sinsabor de la tragedia en el aire. No podían revivirlo y acabarlo una y otra vez. Murió dejando a su paso victimas que no tendrían justicia adecuada.
Acerándola a su cuerpo, besó su oreja, su mejilla, agradecido porque a pesar de todo, la tenía en sus brazos. De alguna manera lo peor ya había pasado, aunque era un pensamiento conformista y poco alentador, era lo único a lo que podía aferrarse.
—Vas a estar bien. Te lo aseguro—susurró, mojándola con sus lágrimas—. Estás en casa, estás a salvo.