Capítulo 5: Acepto
Jasón llamó a la peli azul para verse en su apartamento. Estaba tan caliente por la casi follada con Chicago que quería desahogarse. La muy infeliz tuvo el atrevimiento de dejarlo a medio camino, endurecido. No era de los que les gustaba dejar las cosas a medias, y mucho menos en el sexo. Chica a la que le metía mano, chica a la que follaba hasta terminar.
Sin embargo, con Chicago quería tomarse las cosas con calma, cambiar la velocidad para probar que le gustaba. El encuentro fue explosivo, consumidor, inquietante y bastante revelador. Aunque ella lo negara, esa minúscula parte de su interior rogaba por ser tomada de inmediato. Fue tocarla y ella ya lo estaba besando, eso era lo mejor, ella fue la que empezó todo, no él. Ese pequeño detalle lo engrandecía de gran manera, sonriendo como un bobalicón. Por mucho amor que proclamara hacia su esposo, por mucho que escupiera lo mucho que lo despreciaba, esas palabras se volvían migajas en el viento cuando sus actos dictaban algo diferente.
Dejó de sonreír al escuchar el timbre de la puerta, ya sabía quién era, por lo que no se tomó el trabajo de entrar en formalidades. Iba a follar, no a charlar sobre banalidades. Al abrir la puerta entró a la chica, ni siquiera le permitió hablar, la besó duro, metiendo su lengua sin piedad en su boca, agarrándole el trasero con fuerza llevándola al sofá. Le quitó la blusa rápidamente, sin detenerse en la cicatriz que atravesaba su pecho. A decir verdad no la detallaba, poco o nada le importaba si era el Jorobado de Notre Dame, la marca no era escandalosa, estaba enfocado en excitarla lo suficiente para metérsela en cuestión de segundos.
Besó su cuello, lamiéndolo, mordiéndolo, subiendo y bajando por la zona hasta erizarla. La chica gemía de excitación, pasando sus manos por su espalda dura, maciza. Él sabía lo que le gustaba, ella igual. En ese momento solo quería eyacular, por lo que no tardó en estar mojada especialmente para el goce. Jasón bajó hasta sus senos para chuparlos sin consideración, mordiendo sus pezones, acariciándolos con sus dedos, enterrando sus dientes un poco fuerte. Esa era la forma en la que le gustaba, con ella no tenía que intercambiar palabras, no tenía que sentirse en la obligación de ir despacio, o de detenerse a causa de sus quejidos. Se preguntaba si con Chicago sería igual. Quería saber que le gustaba, como sería en la cama. No parecía ser de esas que solo recibía como una vaca muerta. La manera en la que se frotaba contra su erección, de forma natural, inducida por su propio deseo. La manera en la que lo besó hace unas horas indicaba lo ardiente que llegaría ser una noche con esa mujer que ya no era tan inalcanzable.
Sin previo aviso, introdujo tres dedos en su cavidad que goteaba por ser aliviada. La chica gimió, sujetándose de sus brazos firmes, rígidos, musculosos. Los movió de forma implacable, casi con sadismo. Sus sollozos eran de impaciencia, de urgencia por ser penetrada hasta la medula. Sus dedos entraban y salían de su sexo furiosamente, entrando en un estado frenético en el que su mente no estaba del todo en el acto, su cuerpo procedía de forma mecánica, casi como una rutina. No era usual en Jasón estar tan distraído, siendo demasiado brusco en una parte tan sensible, como si quisiera olvidar algún suceso revoltoso que hacia mella en su cabeza.
Retiró sus dedos de su sexo, ya la tenía como quería. Se le había ido la mano, la zona estaba un tanto irritada, sin embargo ella no emitía ninguna objeción para parar. Se estaba desquitando con alguien que no tenía nada que ver con sus problemas.
Sin perder el tiempo, Jasón le quitó las bragas, se colocó el condón ágilmente y entró de una sola embestida en ella. Empujaba más profundo, penetraciones secas, casi superficiales, tan rápidas que en realidad no lo disfrutaba, aunque el cuerpo debajo de él se arqueaba. Por más que quisiera, o lo intentara, su mente seguía reproduciendo los recuerdos de un momento que siempre mantendría fresco, de un evento que no podía arrancar de su cabeza. El sexo no era precisamente la cura adecuada, y menos con la mujer incorrecta, una mujer a la que no deseaba. Empujó esos pensamientos lejos para no perder el ritmo.
Se movía bruscamente dentro de ella, gruñendo en cada embestida. Se acercó a la boca de la chica, jugando con su lengua, mientras sus movimientos eran más rápidos. Ella puso sus piernas alrededor de su cuerpo, Jasón alzó sus caderas buscando más profundidad, entrando y saliendo salvajemente, hasta que finalmente la chica se corrió, seguida por Jasón que culminó sus empujes cayendo encima de ella. Tan pronto como empezó, así terminó. No pensaba con claridad, simplemente disfrutaba al desocupar sus bolas, descansar de la carga insoportable que se instaló entre sus piernas gracias a una castaña soberbia.
Salió de su cuerpo y se sentó, se removió el condón tirándolo al suelo sin interés. Rebuscó entre sus pantalones algo de dinero. La chica ya se estaba preparando para otra ronda, él la desestimó. Le tendió el dinero mirándola con fingida complacencia.
—Aquí tienes linda—dijo dándole dinero—, es para el taxi.
—No soy una puta Jasón, déjame pasar la noche contigo. —Odiaba cuando se ponían melosas, rogando por dormir a su lado. Ese era un privilegio que ninguna había tenido, ni siquiera las novias medianamente estables. Para él todo el rollo era meter, sacar, hacerlas sentir bien, correrse y fin. Nada de mimos, nada de besos post-coitales, nada de charlas emocionales. En ese punto se comportaba como el patán que era, como un cerdo inmundo y detestable con tal de que lo dejaran tranquilo.
—No, eso no va a ser posible. Ya tuve lo que quería al igual que tú, estuvo bien, aprietas rico, pero eso es todo preciosa. Te pido amablemente que me dejes dormir, mañana tengo muchas cosas que hacer. Te llamaré si quiero que me la chupes. — La barrió con la mirada y le ofreció una sonrisa provocadora, falsa. ¿Qué más podían esperar de él? Eso era lo único que podía ofrecer, era lo único que quería ofrecer. Una vez que metía su polla y terminaba, perdía el interés. Efectivo, sin dramas, todos felices, o al menos eso creía. La razón por la cual la llamaba era porque nunca se enojaba lo suficiente para rechazarlo, siempre acudía a darle un buen polvo, o al menos uno que le permitiera relajarse.
La chica se levantó enfurecida y se fue. Jasón ya había tenido su momento de desahogo, pero en su mente se preguntaba que le había dicho Chicago a Daniel, si aceptaría aquella propuesta tan loca o no. Esperaba una pronta respuesta, una positiva
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Chicago llegó hasta la puerta de su apartamento, disfrutando de unos miserables minutos antes de ingresar. Todo el camino estuvo pensando en lo sucedido esa tarde, en la manera en la que su cuerpo sucumbió sin resistencia ante los toques maestros y rudos de Jasón. Su cuerpo aun recibía pequeñas descargas provocadas por un hombre al que repudiaba. Necesitaba aferrarse a eso porque estaba segura que él tomaría ventaja para someterla. Su mente estaba achicharrada, succionada por un día agitado y bastante extraño. Se sentía como la mujer más infiel sobre la faz de la tierra. Se regañaba por permitirse disfrutar de esas caricias que debían ser desagradables, a las que tenía que detener en el momento adecuado. Debió ser más severa con él, más contundente para mantenerlo lejos. Sin embargo, su cercanía hizo corto circuito en su cerebro, siendo otra versión de sí misma, una versión bastante aterradora y lujuriosa, esa versión que suprimió y ahora reclamaba un lugar o arrasaría con todo.
Suspirando, entró al apartamento. Quedándose de una sola pieza al encontrar a su esposo de espaldas, cambiándose de ropa. Si Daniel había despertado una reciente fascinación por el voyerismo, ella sin duda alguna tenía un fetiche por las cicatrices que surcaban la parte baja de su espalda. Eran ramificaciones que nacían desde la parte baja, estirándose hasta la mitad de su espalda. Se camuflaban con el color pálido de su piel. Amaba esas marcas, las consideraba un símbolo importante en contra de la muerte. Una lucha por aferrarse a la vida, por las consecuencias que contrajo eso para él, porque a pesar de su escepticismo, de su ansiedad, esas cicatrices representaban lo fuerte que era, lo valiente que había sido durante todos estos años. Le demostraban a Chicago lo difícil que era para él sobrellevar una situación que se convertía en algo insostenible.
No tenía la piel bronceada como Jasón, no obstante su piel era un lienzo abierto para ella, para trazar sus dedos, para besar, para tocar cuando quisiera. Su espalda ancha no dejaba de ser masculina y apetecible. A pesar de lo que pensara, seguía siendo un hombre, un caballero de quien se enamoraría una y otra vez sin pensarlo dos veces. Su cabello negro rozaba su nuca. Le encantaba enrollar sus dedos en el mientras Daniel se le comía el sexo. En ese aspecto nunca la decepcionaba, siempre estaba pendiente de sus necesidades, como se sentía. Si ella pedía más él gustoso se lo daba. La colocaba en primer lugar, a pesar de su limitación, su boca y sus dedos hacían un excelente trabajo.
Ingresó a la habitación. Al percatarse de su presencia, Daniel volteó a verla. Con solo observarla determinó que su día no fue el mejor de todos. Su rostro era la muestra de confusión y divagaciones que quería que compartiera. Recordó que se encontraría con Jasón. Ese hecho no lo hizo feliz, en realidad estaba pensando mejor las cosas. Fue demasiado precipitado proponer algo tan grande a lo que ninguno estaba dispuesto a aceptar. A pesar de que le había dicho que la sedujera, fue producto de su obstinación para marcar su posición, para comprobar que tenía razón. Esperaba que no se hubieran visto, así no sería necesario insistir en una idea demasiado descabellada.
Con una sonrisa tímida, Daniel la recibió. Fue suficiente para enfocarse en él, admirando su pecho. Era delgado, pero alto, un poco más que Jasón. Le encantaba la armonía de su cuerpo, la calidez que emitía, la forma en la que la cobijaba en las noches. El deseo la embargó una vez más, sin embargo estaba dirigida a la dirección adecuada.
— ¿Cómo estuvo tu…—Fue interrumpido por un besó brutal por parte de su esposa, al cual no pudo resistirse, tampoco quería hacerlo.
Envolvió sus manos en su cintura, apretándola contra su cuerpo, sus lenguas jugaban entre sí, reconociéndose, disfrutando del sabor exquisito e inigualable. Ese era el sabor de su esposo, aquel que nunca cambiaria, el sabor de la auténtica perdición. Daniel deslizó su mano hacia la entrepierna de Chicago, estaba húmeda. La tumbó en la cama y desbrochó su blusa besando sus senos, raspando sus dientes en sus pezones, haciendo que ella le rogara por más atención a sus pechos inflamados y pesados. Se colocó encima de ella, sus piernas a cada lado. Dirigió su mano hacia su humedad, introduciendo dos dedos. Chicago jadeó, sintiendo como Daniel movía sus dedos dentro de ella, él abría sus dedos en su interior, provocando que se humedeciera aún más y se retorciera. Sus dedos trabajaban muy bien, con movimientos certeros, seguros, jugando un poco con el capullo que la hacía estallar.
Sin dejar de mirarse, Chicago se aferró a las sabanas. Estaba húmeda con antelación, apretando esos dedos curiosos con tanto poder que le costaba respirar. Daniel unió a su lengua al interludio, introduciéndose, lamiendo su interior hasta envolver su clítoris y succionarlo, tirando un poco para hacerla gritar.
Estaba tan ida, tan excitada, tan confundida, que el orgasmo fue directo a su sexo. Los espasmos llegaron de forma inesperada, pero como siempre eran bienvenidos. Daniel se tragó su orgasmo, complacido por la forma en la que su interior reclamaba sus dedos en lo profundo. Aquellos dedos recibían tenues corrientazos que le hacían cosquillas.
Daniel se puso de pie metiendo sus dedos en su boca, su cerebro registró su sabor como algo delicioso, extraordinario. Ella aun seguía tendida en la cama, tratando de recuperarse. Las palabras se reunieron en su garganta. No tenía tiempo para pensar, no quería hacerlo. Le daría gusto a su esposo.
—Acepto—soltó Chicago, con la poca valentía que tenía, respirando con dificultad.
— ¿Aceptas qué?—Daniel quiso hacerse el desentendido, como si ya no recordaba nada de lo ocurrido. No podía moverse, no podía pensar bien. Demasiado tarde para retractarse, logró lo que quería: contaminar a su esposa con una idea grotesca
—Acepto esa loca propuesta que tú mismo hiciste. —Chicago se sentó en la cama con dificultad—.Tengo ciertas condiciones. —Se tomó unos breves segundos para estabilizarse y luego continuó—: Quiero que sea en la casa de Jasón, no podría hacerlo en mí cama sabiendo que duermes ahí. —Daniel la miraba perplejo—. Quiero que use condón, no quiero que me contagie. Y por último, será solo una noche. No quiero repetir, ¿queda claro?—Se levantó del sofá como un autómata. Finalmente dio el primer paso, cedió fácilmente. Se iba a revolcar con Jasón bajo la supervisión de Daniel. De solo pensar en ser tocada por él de nuevo se sacudió. Iba a tenerlo en su interior, dejaría que esa versión perversa de ella hiciera el trabajo, o al menos agregara ingredientes sustanciales.
—Chicago…—Al escucharlo se llenó de una ira irracional. Se sentía arrastrada hacia una situación tan ridícula que no le importaba lo que tuviera que decir al respecto. Le estaba dando lo que quería, eso debía ser suficiente.
— ¡No Daniel!—Estalló irritada con toda la situación—. Quiero saber hasta qué punto estas dispuesto a llegar, quiero saber cuánto resistirás al vernos juntos. Él me follará y tú mirarás. ¿Qué te parece eso?—Dicho esto se retiró a la sala.
Daniel se quedó mudo. Ya no podía retirar la propuesta. El juego había empezado. No estaba contento de ser el interpretar al tipo enmascarado de Saw para ver a su esposa fornicar con su amigo. Como un hombre, debía asumir lo que le corría pierna arriba.