Capítulo 10: Nuevo jefe.

 
 

Los dolores de Daniel habían aumentado y se rehusaba a tomarse el medicamento. Cada punzada era más dolorosa que la anterior, y aun así su terquedad era más fuerte y no escuchaba razones. Chicago no podía hacer nada, habían discutido casi toda la noche por eso.

 

No quiso quedarse en casa a pesar de los ramalazos que los azotaban continuamente. Salió a trabajar, actuando como un niño caprichoso. Según él tenían muchas deudas y no podía darse el lujo de faltar un día al trabajo. En su empresa eran demasiado exigentes y algo esclavistas, a veces tenía que trabajar horas extras que no eran pagas o hacer fuerza cargando cajas y objetos pesados, cosa que no era su trabajo, pero lo hacía porque no quería perder un puesto que tanto luchó.

 

Su trabajo consistía en analizar a los nuevos clientes que solicitaban los servicios de la compañía aseguradora, algo agotador y dispendioso ya que tenía que tener en cuenta la vida financiera de cada persona pasaba su solicitud y que tan viable era brindarles su servicio, estos tenían que pagar una cuota dependiendo del bien que querían asegurar, pero si no tenían respaldo económico o estaban reportados en las centrales de riesgos como deudores no podían tener acceso a este.

 

Su jefe era un infeliz que lo acosaba con el trabajo y le extendía el horario. Aparte de eso la paga como pasante era muy poca y sus medicinas costosas, creía que con hacerse el fuerte y soportar el dolor estaba ayudando a Chicago con los gastos y alivianando su carga emocional, pero estaba equivocado. Lo único que provocaba era que su situación física se agravara, entre más dolor menor su capacidad de movilizarse y el bastón no sería una ayuda para él. La vida se lo estaba tragando vivo, su enfermedad tomaba el control de su cuerpo. No importaba el sobreesfuerzo, no importaba los insultos y los malos tratos, debía cumplir con su obligación si quería salir adelante en un mundo tan cruel como las finanzas. Hacía todo lo que le pedían, todo lo que podía para no perder su trabajo ni a su esposa. Se arriesgaba demasiado porque ambas cosas eran su sueño. Equilibrar sus dos pasiones le estaba pasando factura, sin embargo vigor que empleaba en cada tarea, se vería recompensado algún día, de eso estaba seguro.

 

*******

 

Un nuevo jefe llegaría al canal trayendo consigo cambios, tal vez un recorte de personal. De ser así tenía que estar preparada y enviar hojas de vida a todos los canales de televisión que conocía, mientras las especulaciones rondaban su mente, debía concentrarse en la última labor que le encomendó el señor Douglas. Era la encargada de mostrarle a la persona que llegaría las funciones que tenía que desempeñar. Con eso no aseguraría su puesto, pero le daría cierta ventaja mientras que el nuevo jefe se instalaba en sus labores.

 

Llegó un poco más temprano de lo normal, suspirando nerviosamente por los cambios tan abruptos que estaban ocurriendo. Entró a la oficina del señor Douglas, que ya no era más del señor Douglas, sino de un extraño que no tenía ni la más remota idea de lo que se hacía en la empresa. Se quedó mirando hacia la pared vacía que anteriormente estaba llena de diplomas y reconocimientos por su trabajo. Bajó la mirada hacia la mesa de su antiguo jefe donde solía estar su nombre puesto, donde solían estar papeles revueltos llenos de noticias a las cuales debía analizar y dar el visto bueno.

 

Chicago se inclinó sobre la mesa conteniendo las lágrimas por su antiguo jefe. Lo echaría mucho de menos, extrañaría sus regaños, sus correcciones, sus consejos. Lo conocía lo suficiente para saber que detrás de toda esa mascara de indiferencia se escondía un hombre entusiasta por brindar la mejor información a los televidentes, un ser humano dispuesto a escuchar sin juzgar, abierto a opiniones, siempre dispuesto a resolver cualquier inquietud. ¿A quién acudiría cuando tuviera mil preguntas? El señor Douglas siempre le respondía con una paciencia ajena a él, explicándole de una manera tan simple que le hacía pensar lo tonta que era por enredarse en algo tan sencillo. Él lo hacía ver todo fácil, evidente. Un maestro injustamente desalojado.

 

Una voz se acercaba a la oficina. El nuevo jefe tomaría las riendas del canal. Pasó sus manos por su conjunto de saco y falda color celeste, se secó las pocas lágrimas que habían caído y se arregló un poco el cabello. El reemplazo del señor Douglas hizo su entrada, Chicago se congeló, su corazón se hundió en su pecho, la bilis le subió a la garganta, un vértigo atroz amenazó con llevarla al suelo.

 

 Conocía a este hombre, lo podía reconocer en cualquier parte del mundo, hacia parte de su pasado, un pasado que la marcó, un pasado que se esforzó por olvidar.

 

Aquel hombre esbozó una sonrisa traviesa. Era alto, de contextura gruesa, cabello rubio, ojos pequeños y de color negro. Su mandíbula cuadrada, en la cual se le hacía un pequeño hoyuelo. Estaba vestido de una camisa vino tinto, pantalón de lino color negro y zapatos negros que hacían juego con el pantalón. Se inclinó ligeramente sobre la puerta mirando a Chicago de arriba abajo, saboreándola mentalmente. Había estado con ella hace mucho tiempo atrás. Fue el primero en su vida. Fue quien le robó su inocencia, y de la forma más estúpida que puede existir.

 

La suerte estaba de su lado, después de tanto tiempo, esperaba volver a verla. No pudo olvidarla, nunca pudo alejarla de sus recuerdos más candentes. Ninguna mujer le hacía justicia o lo incitaba lo suficiente. Le gustaba la lucha, la resistencia. Le gustaba que fueran indiferentes, como ella, que tuviera que trabajar por mantener su atención. No volvió a sentirse atraído de una forma fatal luego de conocer a Chicago Adams. Lamentaba como terminaron las cosas entre ellos y deseaba, fervientemente, volver al punto donde dejaron su relación.

 

—Joshua—susurró asustada. Él era el nuevo jefe. Estaba a punto de desmayarse, las piernas le temblaban, el color de su rostro había desaparecido, tenía sus manos apoyadas sobre la mesa de su antiguo jefe. Aquello era una broma muy pesada del destino, poner juntas a dos personas que alguna vez fueron amantes, si se puede decir tal cosa. Ella fue el objeto que él necesitó, de esa manera funcionaron las cosas por un tiempo, pero todo llegó a un límite, todo tiene un final.

 

—Las coincidencias de la vida, ¿verdad?—Aplaudió sin quitar aquella sonrisa llena de lujuria y travesura. Caminó lentamente hacia ella, midiéndola, deleitándose por la manera en la que los años la volvieron una mujer mucho más ardiente. Floreció en su ausencia, justo para cosecharla.

 

Chicago se tensó, no lo quería tan cerca, le daba miedo que la tocara. No por caer en sus brazos, sino porque sus intenciones no eran claras. Estaba acostumbrado a hacer lo que le daba la gana. Era un niño riquillo, malcriado y aprovechado. No se podía negar su atractivo, pero precisamente eso era la trampa mortal. Aparentemente lucia amable, pero alguien como él no tenía buenas deseos, siempre iba por algo más

 

— ¿Cómo estas, chica Heineken?

 

Así la había llamado la primera vez que se conocieron. Ella borracha y él con deseo de tirarse a alguien. Aquella memoria resonó en su mente como un estruendo, nada bueno saldría de trabajar juntos. Respiró profundamente y lo observó seria, no le iba a dar el gusto de intimidarla.

 

—Bien Joshua, ¡Una gran coincidencia que nos hayamos encontrado en estas circunstancias!— Chilló exagerando demasiado en su actuación. Él se colocó enfrente de ella, mirándola obscenamente. Chicago aferró su agarre a la mesa mirándolo con frialdad.

 

—Bueno, la última vez que nos vimos no fue agradable para ambos—sonrió burlón—. Espero que no me guardes ningún resentimiento, porque yo te aprecio mucho, demasiado, no eres fácil de olvidar.

 

—Seguramente no. —Se escurrió, alejándose de él—. Así que tú eres el nuevo jefe. —Cambió de tema. Aunque sus intenciones con respecto a ella eran bastante inciertas, tenía que averiguar cuáles eran sus proyecciones con respecto a la posesión del canal.

 

—Así es. Al principio pensé que venir a un pequeño canal a hacer algo que no sé, iba a ser molesto pero viéndolo bien…—Paseó su mirada descarada por el cuerpo de Chicago—. Fue la mejor oportunidad de este mundo, ¿Qué piensas Heineken?

 

—Pienso que debería explicarte cómo funciona esto ya que estoy a cargo, así que sígueme. —Chicago salió apresurada, las alarmas en su cabeza se encendieron. Entre más profesional y cuidadosa fuese con él, podría sobrevivir a semejante golpe.

 

Un destello llamó la atención de Joshua. De forma abrupta le agarró la mano donde estaba el anillo de matrimonio. Su toque le quemó la piel, y no de una forma atractiva. Le corroía volver a tener contacto con ese ser humano. Con pequeños jalones que no pasaron desapercibidos intentó soltarse, perdiendo la batalla. El rubio envolvió bien los dedos, examinando el anillo en su dedo anular. Bastante corriente para unos dedos delgados, finos. Tuvo la fortuna de que dichos dedos sostuvieran su pene mientras lo llevaba a esa boquita hecha para chuparlo.

 

— ¿Te casaste?—Chicago entrecerró los ojos, respondiendo a su estúpida pregunta—.  Debes ser muy feliz con aquel hombre—afirmó sin soltar su mano.

 

—Si soy feliz con él, lo amo. —Lo desafío con la mirada. Él sabía perfectamente a que se refería, ella nunca lo amó. Si estuvo con él fue porque se sintió atraída por su físico y por su forma de manipularla. Que mejor forma de manipular a alguien que el sexo y más cuando hay curiosidad de por medio.

 

—Qué bueno que sea así. —Le soltó la mano, acto seguido se desplazó cerca de ella susurrando palabras cortantes en su oído—: Espero que le hayas enseñado todo lo que enseñé en la cama, porque me considero un excelente maestro. —Al notar el estremecimiento en su cuerpo sonrió triunfante. Podrían retomar lo que tenían, eso se daba por sentado.

 

—Déjame decirte que he aplicado mucho más de lo que me enseñaste. Con mi esposo he aprendido cosas muchísimo mejores de las que pude aprender contigo. —Lo consideró un punto a su favor, pensando que lo había ofendido, no fue así. No había llegado a ofenderlo en lo más mínimo, de hecho se estaba divirtiendo resaltando sus aventuras del pasado. Trabajar con él sería todo un reto, del que no estaba segura si saldría intacta.

 

Chicago se recompuso saliendo de la oficina con Joshua tras ella.

 

Con una distancia cómoda para Chicago, le explico sus funciones, las cuales no eran nada sencillas. Tenía que corroborar las noticias que llegaban a sus manos, reunirse con los presentadores para discutir el contenido a presentar, estar pendiente de los cambios a última hora sobre los sucesos narrados ya que las noticias estaban en constante cambio, sobre todo si se trataban de noticias financieras o internacionales. Tenía que estar muy temprano en el canal y salir tarde, ya que tenían revisar las noticias del siguiente día. Su trabajo no era fácil. Por otro lado él se limitaba a examinarla con deseo, recordando lo mucho que disfrutaba teniéndola en su cama, lo perceptiva que era, lo mucho que llegaron a congeniar. La manera en como interpretaban la relación era distinta.

 

Le enseñó el primer piso, a pesar de que el canal no era muy grande, debía mostrarle la función de cada oficina. La sala de redacción o como le decían “sala de juntas”.  Se reunían todos los presentadores para discutir sobre sus respectivas secciones y como quedaría finalmente para ser presentado al aire.  Estaba la sala de comando, donde había pequeñas pantallas en las que se captaban las imágenes de los presentadores y se evaluaba la calidad del sonido y se emitían los textos al telepronter.

 

Le mostró el segundo piso, el cual estaba dividido entre la escenografía, lugar en el cual se presentaban las noticias. Este mismo estaba dividido en dos, una parte para dos presentadores y el otro para la presentadora de farándula. Si había alguna entrevista para ser transmitida se acomodaba el espacio donde se presentaban las noticias de farándula para dar lugar a dichas entrevistas. Le enseñó el cuarto de maquillaje, no había mucho que decir al respecto, un espejo, una mesa con diferentes accesorios para registrar mejor en el lente. Le mostró el canal en menos de diez minutos.

 

— ¿Así que este es mi trabajo?—Mantenían la misma distancia pero él moría de ganas de acercarse y poner sus manos sobre ella.

 

—Sí, básicamente esto es lo que tienes que hacer. ¿Alguna duda?—Su comportamiento tenía que ser profesional, nada de pensamientos asesinos o de atentados en contra de su integridad.

 

—Bueno…—Se acercó a ella a paso lento— ¿Tú me acompañarás en todo lo que te pida verdad?—Había  una doble intención en su pregunta, pero Chicago era inteligente, no se iba a dejar tan fácil.

 

—Mi trabajo consiste en orientarte en tus labores, informarte, así que tendría que llegar a la misma hora que tú y salir a la misma hora por un par de días mientras te acoplas a tu nuevo puesto. Es todo lo que haré—apuntilló con la mirada clavada en la de él. Todo un reto tormentoso estar en el mismo lugar, verse todos los días, tratar de esquivarlo cuando era su maldito jefe.

 

— ¿En cuál sección estas ubicada?—Interrogó inquieto.

 

—En la sección de noticias internacionales—respondió escueta.

 

—Mmmm. Pensé que estabas en entretenimiento, por tu encantador rostro y tu cuerpo espectacular. Estarías mejor en esa sección, ¿no lo crees?

 

—No lo creo—espetó algo molesta por la insinuación, perdiendo gota a gota la paciencia—. Me gusta mi sección, me ha costado trabajo ganarme el puesto y el respeto. No soy una muñequita plástica que cuenta chismes baratos sobre lo que hacen los famosos, que comen, con quien se acuestan, cuál es su orientación sexual. Me importa lo que realmente pasa en el mundo, las inminentes guerras civiles en una ciudad, o las catástrofes financieras que pueden llevar al colapso mundial…

 

Joshua la observaba con fascinación, la pasión con la que Chicago defendía su trabajo. No era ninguna niña hueca, sino toda una experta en la materia y que por eso merecía el lugar en el que estaba. Siempre supo que llegaría lejos, que era una chica talentosa, con criterio. Sin embargo siguió recordando lo mucho que disfrutaba estar dentro de ella, escucharla gemir por más mientras entraba salvajemente en ella, como la torturaba cuando no dejaba que se corriera, su expresión cada vez que tenían sexo, el poder que ejercía sobre ella cuando quería cogérsela. Quería recuperar esos momentos, sin importar que estuviera casada, quería volver a vivir el pasado en el presente y que mejor oportunidad que ser el jefe. Tener el poder sobre ella, hacerla suya cuando quisiera. La cuestión era que Chicago no era un objetivo al cual llegar sin un móvil. Había quedado claro que no estaba feliz con que su ex-amante, con quien compartió tórridos momentos, fuese su jefe. Entendía que lo mejor era llevar la fiesta en paz. Él tenía el poder y ella necesitaba el trabajo, un motivo suficiente para tenerlo en cuenta.

 

— ¿Cuál es tu horario de trabajo?—Preguntó interesado.

 

—Generalmente es al mediodía y en la noche, pero me gusta venir por la mañana y editar mi noticia aquí en el canal.

 

— ¡Perfecto! Qué bueno que hay un conocido, o mejor aún un motivo por el cual volver—sonrió con malicia, mostrando aquellos dientes pequeños pero perfectos.

 

—Deberías presentarte oficialmente. Si quieres llámalos a la sala de juntas —expresó desviando de nuevo el tema. Esto no iba a ser nada sencillo para Chicago, no porque se sintiera tentada a caer en su juego, ya tenía suficiente con el juego después del trabajo. Jasón estaba ocupando un puesto importante en sus pensamientos y eso la aterraba. El infeliz no hacía sino aparecerse en su mente, jodiendo su concentración. Su sonrisa pícara transmitiéndole despertando su sed por follar de nuevo. Sus ojos verdes oscurecidos por una bruma cadenciosa, mirándola fijamente mientras la poseía con firmeza, tocando su cuerpo tembloroso. Le costaba trabajo enfocarse cuando sus pensamientos se dirigían a él. Ahora su nueva situación laboral no era precisamente una mejora al desorden que era su vida. Joshua no era alguien que se rendía tan fácil y cuando quería algo lo lograba sin importar pasar por encima de los demás.

 

 Solicitando la presencia de todos, se reunieron todos en la sala de juntas. Las dos presentadoras de farándula del canal estaban haciéndole ojitos coquetos a Joshua, él no se quedaba atrás, les guiñaba el ojo y se lamia los labios, aun así no despegaba los ojos de Chicago. Su ardiente deseo crecía en su entrepierna, entre más la observaba, más grande se hacía su verga apretada en la tela. Ella no lo miraba, cosa que lo irritaba. Se le veía bastante animada conversando con sus compañeros de trabajo.

 

 Cuando todos hicieron silencio Joshua se presentó.

 

—Buena tarde para todos,  mi nombre es Joshua Grant. Soy su nuevo editor en jefe. Sé que muchos piensan que no sé nada de lo que se hace aquí, pero la señorita Adams—señaló a Chicago—, me está enseñando. Soy muy bueno aprendiendo. Como saben, vengo de la multinacional que adquirió el canal. La empresa está pensando en ampliar las instalaciones, hacerlo crecer. Ese es mi deber aquí, que este pequeño lugar crezca y sea el mejor. Sé que cuento con el mejor equipo, espero llevarme bien con todos.

 

Los presentadores y algunos corresponsales que se encontraban en la ciudad se levantaron llenando de aplausos el lugar, pero él solo tenía su mirada fija en Chicago, la cual lo miraba seria, sin ninguna emoción. Lamentablemente era su jefe y por lo tanto tenía que verlo todos los días. Seria todo un reto, pero estaba dispuesta a asumirlo, por ella y por Daniel.

 

Chicago volvió a explicarle cómo funcionaba el sistema de transmisión en vivo y la edición de las noticias. Después de una hora de explicaciones estaban al aire. Como siempre Chicago era muy profesional y se desenvolvía bien en su trabajo, Joshua exigía que le dieran cámara solo a ella, casi violándola con esta. Quería verla de cerca para desvestirla mentalmente e imaginarla gimiendo sobre la mesa mientras él la embestía como un animal. Después de la última emisión la mayoría salió del canal, solo unos pocos quedaron, entre ellos Chicago, que estaba revisando una noticia sobre Crimea para editar al día siguiente. Joshua ingresó a la sala de redacción sin previo aviso, amedrentándola con su intrusión.

 

No dejó que pasara un día para comenzar su acoso. Aprovechó la oportunidad del poco personal en el canal para hacer de las suyas. Verla revivió esa llama que se encendía al tenerla entre sus brazos. Tomando ventaja de su desconcierto, la agarró de los hombros y la acorraló contra la pared, incrustándole su erección en sus caderas.

 

— ¿Sabías que he estado duro durante todo el día?—Pasó sus manos por el cabello de la joven, apretándolo con fuerza, como si se lo fuese a arrancar—. Me duele y quiero metértelo.

 

—Joshua no quiero, me haces daño. —Se sacudía debajo de él, no obstante la sobrepasaba en estatura y en fuerza, no le haría ni cosquillas.

 

—Quiero recuperar lo que teníamos ¿recuerdas?—Al ver la mirada de disgusto de la castaña, le jaló el cabello, arrancándole un alarido de dolor—. Me dolió que terminara así. Lo que vivimos fue hermoso. Aún recuerdo lo que es estar dentro de ti—le mordió el lóbulo de la oreja duramente dejando las marcas de sus dientes en el lugar.

 

—Pues lo mejor que pudo pasar fue que te largaras—contestó alterada —. No fue hermoso para mí, es algo de lo que me arrepiento y quiero olvidarlo. Me usaste y yo me deje usar. ¡Nunca te amé!—Vociferó, sacándose esa pulla que llevaba entre pecho y espalda desde que lo volvió a ver

 

— ¡Pues yo sí!—Refutó encolerizado al notar la resistencia de la chica—. Te amé y aun lo hago. Te voy a recordar lo que es tenerme dentro. Separa las piernas. —Puso su pie entre las piernas de Chicago para que las abriera, ella trataba de mantenerlas cerradas pero era inútil, su fuerza era superior. La agarraba del cabello con tal fuerza que parecía que le fuese arrancar la cabeza—. Me acuerdo que te gustaba salvaje, te encantaba cuando marcaba tu piel.

 

Deslizó su lengua por su cuello, iba a morderla pero se contuvo. En vez de eso pensó en morder su boca, recordando la textura carnosa que solían tener. Con sus dientes agarró uno de sus labios y enterró sus dientes en esté, abriéndole una herida. Chicago gimió de dolor y le dio un golpe bajo, no directamente en la entrepierna pero muy cerca, Joshua se retorció del dolor liberándola de su ataque. Salió corriendo hacia la puerta y lo primero que se encontró fue a Jasón esperándola. Verlo allí, de pie, fue como una carta de salvación a la que se aferraría.

 

Llevaba puesta camiseta gris que se ajustaba a su musculoso cuerpo. Unos jeans desgastados. Su rostro reflejaba ansiedad, no obstante ella no se fijó demasiado en eso. Salió corriendo y lo abrazó. Jasón se tensó por un momento al sentir su cuerpo esbelto contra su pecho. No era propio de ella actuar así, tan relajada con él, tan entregada a un simple gesto. Eso no significaba nada, se recordó a sí mismo el trato. Chicago solo lo usaría como un pañuelo y lo desecharía cuantas veces fuera necesario, era el acuerdo, no podía faltarle.

 

Aun así, no pudo evitar impregnarse de su olor, de su fragancia. Percibía miedo, esas sacudidas que sufría su cuerpo no debían ser normales. Se veía claramente alterada, casi aterrada por alguna situación complicada.

 

Le devolvió el abrazo, recordando el porqué de su angustia. A estas alturas debería saberlo. Sintió que su obligación era respaldarla y ayudarla como un apoyo. Follaban, eso estaba claro, lo hacían bajo el consentimiento de su amigo. Sin embargo, una sensación de protección se imponía al verla tan… desvalida. Tenían en común a Daniel, ese era el único vínculo afectivo que compartían. Aunque en su interior, en lo más recóndito, en ese lugar donde escondía sus verdaderos sentimientos, esperaba crear un vínculo directo con Chicago.

 

Apartándola ligeramente al sentirse demasiado oprimido por el rumbo de sus pensamientos, la observó. Su rostro a centímetros del suyo. Tan hermosa y tan inalcanzable. Sus ojos llorosos, sus labios… Su labio magullado. Un detalle mínimo que no pasaría desapercibido. Enfocándose en los hechos realmente importantes, susurró:

 

—Fresi, ¿Ya te enteraste…?

 

Fue interrumpido por un dulce beso, un beso sin la supervisión de su esposo, lo cual resultaba  reconfortante. Le dolía un poco el labio pero eso no la detuvo.  Era un beso lleno de ternura, de calma, apaciguando su tribulación, su miedo, estabilizando sus nervios. El beso fue totalmente correspondido por Jasón. El cual tenía sumo cuidado para no lastimar su labio, reteniendo esas ganas de besarla como quería. De todos los besos, sin duda era el más especial que había recibido por parte de una chica. Una chica que comenzaba a hacer mella en su interior.

 

Deslizó sus manos por su espalda, conteniendo las ganas de agarrar su trasero, sabía que si lo hacía arruinaría el momento. Ese era su momento, uno en el que los dos se despojaban de un contrato tácito y dejaban salir sus verdaderas emociones. Ella no era una mujer cualquiera a que le metía la polla y la dejaba pidiendo más, porque era él quien rogaba por retenerla en su cama mientras ella se le iluminaba la vista al ver a su esposo, corriendo a sus brazos, olvidándose de su existencia. Esa mujer, con ese carácter, arrasaba con sus propios deseos, su egoísmo. En solo dos encuentros se llevó una parte de la cual no sabía que existía, dejándolo completamente desolado, confundido, perdido, planteándose si debía continuar con esa locura o desistir de ello. La delgada línea que separaba la lealtad y el interés personal se tensaba tanto que podría romperse, destrozando a cualquiera de los involucrados.

 

Chicago acariciaba su rostro, dibujando el contorno de su rostro, aprendiéndose los relieves que configuraban aquel rostro adictivo. Lo besaba de una forma totalmente desconocida. A paso lento, siendo realmente consciente de la textura mágica de sus labios. Los besos que intercambiaban siempre contenían lujuria, un salvajismo propio del encuentro, no obstante, aquel beso los inducia a conocer otra fase completamente nueva para ambos.

 

Joshua estaba detrás de ellos, viendo aquella escena con furia. Carraspeó para llamar la atención de la pareja. Detallando con sumo interés a su contrincante.

 

—Hola, hola—pronunció con cierta molestia—. ¿Tú eres el esposo de Chicago?

 

     La pregunta lo desencajó. ¿Acaso el tipo no conocía a Daniel? Al verlo, supo que lo había visto en algún lugar, sin embargo no podía determinar de dónde.

 

—Yo te conozco—afirmó mientras lo miraba atentamente—. ¡Claro! Si eres Joshua Grant—exclamó como si se hubiera ganado un premio—. ¿Me recuerdas? Soy Jasón Willows, fuimos juntos a la universidad, con Fresita. —Rodeó su cintura con una mano.

 

El nombre retumbó en su cerebro. Por supuesto que sabía quién era el imbécil que sostenía a Chicago. El hijo de puta era muy famoso entre las damas. Un perro que iba olisqueando el trasero de cualquier escoba con falda. No comprendía que carajos le había visto Chicago como para emparejarse con semejante simio. Sus destrezas como amantes debieron ser el toque especial para estar a su lado.

 

— Claro que sí, Willows—farfulló con desprecio—. Solíamos coincidir en algunas fiestas  ¿Cuánto llevan de casados?—Fue directo al grano.

 

—Un año—interrumpió Chicago, apretando la mano de Jasón quien se veía confundido por la situación.

 

—No le veo el anillo—inquirió Joshua con malicia

 

—Cuando estoy trabajando no me gusta usarlo, no es que quiera ir por ahí siendo infiel —se excusó efusivamente—, sino que siempre le dejo la argolla a mi esposa cuando voy a mis carreras, de esa forma ella tendrá la seguridad de que volveré sano y salvo, ¿verdad Fresi?—le acarició la mejilla con el dorso de su mano con tanta ternura que no era posible que fuese tan dulce.

 

—Ehh…si—balbuceó Chicago electrizada por aquel toque tan afectuoso—. Él tiene esa costumbre para darme esperanzas,  siempre las cumple—le dio un suave beso en la mejilla.

 

—Se ven muy enamorados, el primer año es solo amor—los observó con frialdad. La pareja se veía dichosa, escupiendo arcoíris por los ojos. No mentía cuando le dijo que estaba enamorada de su esposo. Era verla y comprobar los hechos—. Chicago, recuerda venir temprano para editar la noticia.

 

—Sí señor. —Esa fue su señal de retirada. Tomó a Jasón de la mano y se subieron al auto. Chicago temblaba por lo ocurrido anteriormente, sabía que Joshua no pararía y que las cosas solo se complicarían aún más, tenía miedo de que terminara lo que no pudo.

 

—No recuerdo haberte mordido Fresi. —La tomó de la barbilla, examinando su labio. Era bastante claro que no fue él, la observación se la hacía para que ella, de alguna manera le diera pistas de quien, o que le hizo ese daño atroz.

 

—No es nada Willows. —Alejó su rostro, mirándolo de reojo—. ¿Qué me ibas a decir antes de que…te besara?

 

—Fresi. —Su voz era un susurro. No sabía nada. Lo que fuera que la tuviera en ese estado de opresión no tenía nada que ver con la noticia que le iba a dar—Daniel está hospitalizado. Te llamaron al celular pero no contestaste. Yo aparezco como segunda opción en caso de emergencia. Me llamaron y vine a recogerte.

 

Gritó como loca, llorando a todo pulmón. Su amado Daniel estaba sufriendo y ella estaba besando a otro. ¿Qué más tenía que pasar para sentirse más miserable?

 

Sin perder más tiempo, Jasón arrancó a toda velocidad hacia el hospital.

 

 
 
La propuesta
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