El hombre regresó con una botella de base ancha. Cuando abrió el tapón se pudo oler a dulce, y hasta la niña sabía que esas eran las peores.

Así que se centró en el pequeño plan improvisado.

El brillo cegador cogió desprevenido al hombre y la botella cayó contra el suelo. Se frotó los ojos y balbuceó insultos. Se escuchó la silla moverse con pequeños saltos.

—Dios qué puta.

A ciegas, el secuestrador tanteó dirección a la mesa y pareció buscar provocando golpes con sus manos.

La heroína se retorció en cada impulso que realizaba con el asiento que la apresaba, saltando poco pero insistente. Había logrado desclavar la silla de su fijación, y la mejor parte del plan improvisado durante la ausencia del “catador” fue encontrar su poder del día basado en emisión de luz.

“Come fotones, capullo”.

Comenzó a sudar, se detuvo para analizar qué hacía su raptor. Iluminó su poder, desprendido desde la piel. Lo percibió con una especie de armadura de chapa, guantes de goma y puesto de unas gafas gruesas que tenían los cristales oscuros.

No se dejó intimidar y la secuestrada realzó el brillo. El hombre tampoco se dejó intimidar y avanzó deprisa hacia ella.

Pero era ella la que siempre tenía la última palabra en cuanto a intimidación y peleas. Y se lo iba a demostrar.

El asiento saltó de forma lateral y giró para arremeter con las patas. El ataque fue eficaz pero esquivado cuando el hombre frenó a tiempo su carrera. Aprovechó con buenos reflejos y empujó con la mano para desviar en el aire el ataque. La pequeña perdió la noción y se estrelló contra el suelo, lo que le hizo sentir fuego helado en las zonas donde apretaban las cuerdas.

El tipo agarró con ambas manos el respaldó de la silla y alzó. La regresó a su sitio sin poder evitar reír por lo bajo. Las gafas de soldador la miraron:

—¿Te crees que no iría preparado contra tus poderes? —resultó educado, pero alguna gota de saliva surgió despedida contra la cara de la niña—. He analizado cada uno y tengo maneras de prevenir todos...

—Algunos de ellos. Qué suerte has tenido.

—Por hoy brilla todo lo que quieras, luciernaguita —el hombre dio unos pequeños golpes de nudillos a las gafas.

La vigilante se limitó a observar con rabia apática. Su respiración quedó un tanto alterada y su frente brilló húmeda.

—Que sepas que reconozco que contra ese poder de color si que no tenía nada que hacer —el secuestrador se alzó. Continuó hablando inclinando la cabeza hacia ella—. Dio rabia comprobar que se te quedó fijo por un tiempo. No sé cómo lo hiciste, pero es un alivio que volvieras a... —pareció dudar—. A la normalidad, sí —hizo unas comillas alzando los dedos.

Ella resopló por la nariz.

—No creo que hubiese podido mantenerte encerrada con una cualidad como esa. Así que demos gracias a Dios, ¿no te parece? —acto seguido agarró la cruz de la niña y la observó de cerca. La dejó caer.

La pequeña quiso decir algo, pero prefirió callar.

El hombre negó con la cabeza y habló por lo bajo. Regresó a la mesa y rebuscó. Pareció percatarse y cogió la botella junto al televisor para esconderla por el fondo de la mesa:

—Por si te da por quemar cosas. ¿Se te había ocurrido?

La pequeña no dijo nada.

—Eres otra clase de luz, y te lo voy a demostrar hasta que te convenzas.

Regresó con varios objetos en las manos. Extendió los brazos y abrió las palmas para mostrárselos:

—Con cualquiera de estas cosas podría amordazarte, ¿qué me dices?

La heroína miró disgustada aquellas correas, vendajes, aros y esferas rojas.

—Pero prefiero dejarte así. No has gritado en todo lo que llevas aquí. Imagino que ya sabes que estamos en mitad de la nada.

—Cómo no.

El hombre se sacudió riendo por lo bajo y regresó a la mesa. Dejó caer los objetos que con tanto esmero había escogido. Se enfocó en buscar por el vaso y miró a la gota que quedaba dentro. Lo alzó y la dejó caer en su lengua.

Caminó hacia la niña y continuó hablando produciendo más aliento:

—No quiero dejarte muda porque tienes una voz bonita —dijo como si confesara su secreto más íntimo—. Soy capaz de hacer gritar incluso a los que le he arrancado la lengua. Es una nueva clase de grito que hasta que no escuchas no puedes imaginar.

Su mano se acercó al cuello de ella y comenzó a acariciarlo.

—No quiero perderme ni uno de tus gritos al natural.

Colocó el pulgar a un lado del cuello y extendió la palma. Se quedó observando. Pareció analizar la marca morada por culpa del estrangulamiento en el baño del hospital.

—Y pensar cuántos han intentado adelantarse —agarró sin fuerza el cuello de la pequeña—. Qué envidia quien te hizo esto —apretó la mano e hizo que su apresada emitiera un gemido ahogado.

Los pies de la capturada se balancearon.

—Casi me alcanzan —soltó la mano y disfrutó la respiración agitada de su presa—. No me extraña tu éxito entre... —dudó—. Los míos. Aunque por mi parte soy diferente a los demás.

Se acercó hasta pegar su torso contra la cara de ella. Dejó caer el cuerpo para quedar sentado sobre las piernas de la pequeña. Quedó mirando cara a cara a su rehén, admirado por el aguante que demostraba.

La pequeña notó el peso del adulto aplastando. Poco a poco nació una intención de dolor. Lo miró con la mayor de las rabias, y eso pareció gustar a su enemigo.

—Si me escupes ya sí que me harás feliz del todo —afirmó y giró hacia el punto rojo. Regresó a sostener las miradas—. La niña más especial de todas. Fotos por doquier con una actitud firme e infalible. Lo raro es que tengas algún seguidor “normal”, te lo aseguro —elevó la cara para oler su pelo—. Te sorprendería ver cuántos capullos miran a menudo tus fotos y tus vídeos con la esperanza de ver un trozo de braga —bajó la vista. Su expresión fue de ternura—. Por ahí se empieza.

El hombre se levantó y la pequeña emitió un grito mudo de liberación. Agradeció más poder respirar lejos de aquel aliento y sudor.

—Te voy a contar un cuento, mi vida. ¿Te parece?

La pequeña elevó con calma la cara. Sintió un estremecimiento por aquellas palabras del hombre, afianzadas de algún modo por su acción de rebuscar en la mesa para alzar la navaja.

Un día perfecto para Elis
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