...Hipergirl

 

 

Repasó el calzado y comprobó el depósito. Se puso ambas botas y golpeó con los talones. Tocó con facilidad el techo. Se las quitó y cogió los calcetines. Se quedó mirándolos y decidió replegar su forma para que quedara cada uno como una bola. Inició ejercicios de nunchakus con ellos. Volteó y uno de los calcetines salió disparado contra el armario. Analizó el golpe a madera mientras mantenía el brazo extendido. Lo replegó.

—Estoy lista.

Fue la conclusión o señal y repitió el proceso conocido hacia la ventana.

 

 

El conductor de un pequeño camión iba intranquilo al pasar por el puente, alumbrado con un sub-camino de luces conforme caía la noche. Había escuchado que la policía estuvo repasando justo ese camino por donde escapaban con el dinero robado. Su compañero luchó y lo calmó una vez más, que el plan había sido un éxito y que la pasma era imposible que siguiera por allí. Les quedaba tomarlo con calma y cigarros. Se giró para mirar por la ventanilla a la mercancía, vigilada por el tercero de ellos. Le reprochó al eco que no compartía los cigarros. Obtuvo lo que quería y se centró en seguir tranquilizando al conductor.

La huida invisible prosiguió sin percances. La noche aún era azulada, y daba la impresión de atravesar agua sin consistencia. El delincuente al volante pareció mucho más relajado al vislumbrar el final del puente. Había poco para llegar a la guarida, donde tendrían la fiesta de su vida bañados en billetes y sueños. Con broma se plantearían la partida de póquer de sus vidas con parte de lo robado, con juego de millonarios corruptos que nunca supieron hacer las cosas a bien. Las muñecas ya le dolían de pensar todo lo que tendría que coger y contar...

Vio el punto al final del puente, destacando.

Se percató entonces del poco tráfico. Miró por los retrovisores y notó enseguida la ausencia de otros vehículos. Dio un golpe a su compañero sin controlar la fuerza. Despertó sobresaltado, casi exclamando. Enfadado gritó y se dispuso a devolver el golpe cuando a tiempo se percató que señalaba al frente. Esquivando la suciedad del parabrisas, vio también el punto destacando entre la oscuridad de la noche y las luces de la ciudad. De hecho parecía una luz anaranjada propia de una calle, como si la luz de una farola se hubiese caído o ido por su cuenta.

El camión comenzó a frenar conforme llegó a la altura. La pequeña figura se descubrió como alguien vestido de naranja. Su traje reflejaba la luz de los faros y no se le podía apreciar bien el rostro.

—Es un vigilante enano —concluyó el delincuente en el copiloto.

El conductor se puso nervioso al escuchar el término y aceleró el camión. El otro le gritó que si lo atropellaba estropearía el plan e intentó agarrar el volante para esquivar. El choque pareció inevitable, y entonces el vigilante saltó y desapareció. El camión frenó. Un golpe se escuchó encima de la cabina.

Ambos hombres quedaron en silencio mirando arriba. Otro golpe sucedió en la lejanía. El silencio. Se miraron. Centraron las miradas cuando escucharon los ruidos de la parte de atrás. Asomaron por la rejilla. No sucedía nada. Les sobrevino la imagen de su compañero chocando contra la vista.

Retrocedieron las cabezas y emitieron un sonido similar al agredido. El copiloto se apresuró en coger la pistola en la guantera. Bajó de la cabina. El conductor le gritó tarde que no lo hiciera.

El armado llegó a la parte de atrás donde las compuertas quedaban abiertas. La cerradura había sido quemada. Era imposible hacerlo tan deprisa, por lo que acertó al temer qué clase de persona había allí dentro. Asomó y apuntó con el arma. Otro golpe.

El conductor se planteó bajar y huir. Su moralidad luchó con dejar abandonados a sus compañeros; pero a lo mejor es lo que ellos querían, que huyese del enano. Asomó por el recuadro trasero y una imagen del enano golpeando entre ellas las cabezas de ambos amigos fue lo que terminó de convencerlo.

Bajó de la cabina y no miró atrás mientras corría. Escuchó los pasos metálicos sobre el camión y eso le hizo acelerar. Traspasó una rotonda con una estatua que nadie recordaba. Saltó con éxito un banco, tropezando antes un par de ocasiones sin llegar a caer. Creyó escuchar que a su perseguidor le sucedía lo mismo. Pronto vería donde comenzaban los edificios para adentrarse y perderse entre calles.

Por mucho que giró por esquinas no lograba despistarlo. Cada vez estaba más cerca, sus pasos metálicos como los de un robot, su obsesión por él como si se conociesen. Ardiendo de duda, volteó la cara para mirar cómo era y eso le impidió ver al gato que golpeó con los pies. El animal sonó oxidado y saltó arremetiendo. Hubo un revoltijo incomprensible flotando frente a él y con presteza propia que no se creyó consiguió desprenderse del animal al catapultarlo hacia atrás contra su agresor. Éste esquivo a tiempo. El gato cayó de pie, donde quedó erizado, agarrado como si sus patas fueran capaces de atravesar el suelo.

Continuaron corriendo, pero la carrera estaba decidida por culpa del cansancio, y el maleante pronto notó cómo le agarraban las piernas, sin poder evitar la caída de bruces. Lo siguiente fue dolor en forma de brazo retorcido. No supo si le dijeron sus derechos debido a los gritos que emitió. Escupió los empastes que saltaron.

 

Los tres fueron esposados y llevados dentro de un coche patrulla. La policía repasó en la distancia a aquel vigilante que no conocían. Era bajo, con el pelo largo en coleta. A juzgar además por la mirada fiera, se parecía mucho a la más joven de los River.

Llegó un coche un tanto destartalado. De allí surgió el alcalde. Se puso al lado del vigilante y lo saludó. Hablaron y el héroe señaló el coche, con lo que el señor alcalde afirmó con la cabeza. El funcionario comenzó a dirigirse a los agentes:

—He venido cuando he podido, caballeros —dijo el alcalde una vez al frente—. Lo siento.

—No pasa nada, señor —dijo el que parecía de más rango—. Más me sorprende que haya querido venir en persona.

—Ese vigilante insistió tanto en que lo avisáramos que no tuvimos otra —se disculpó el más joven.

—Habéis hecho bien, puesto que quiero acompañaros a comisaría para presentaros al nuevo fichaje —dijo con una amplia sonrisa. Miró por encima del hombro dirección al nuevo.

Todos miraron al vigilante de naranja. No reaccionó, prefiriendo mirar a la lejanía de la ciudad.

 

 

—¿Cuándo pensaba contármelo? —el jefe Charles sentía el derecho a quedar indignado—. Señor —concluyó por compromiso.

—Hoy mismo —dijo el alcalde con tranquilidad, casi con una pausa—. Cuando se ha cumplimentado el papeleo. Si yo no doy ejemplo, mal vamos...

—¿Pero ha pasado las pruebas y aptitudes?

—No lo necesita.

—No las...

Miró de nuevo al vigilante sentado junto al alcalde. Se fijó mejor y se percató que no era alguien de baja estatura.

—Me cago en... —la barbilla del jefe fue cayendo—. ¡Normal que no las necesite, joder!

Se levantó y se aproximó al vigilante. Le acercó la cara a escasos centímetros.

—¿Qué haces aquí?

La niña en un principio actúo como si no lo conociese. Pronto sus ojos se iluminaron de otro modo:

—Yo también me alegro de verte, Charlie.

—No, no, no —se incorporó y miró al alcalde—. ¡¿Qué sucede aquí?!

—Le exijo que no grite, jefe —dijo el señor alcalde. Su cuerpo quedó ladeado contra el respaldo, elevando una mano para reforzar su severidad en el rostro.

Charles realizó un aspaviento y se apretó los ojos. Volvió a su sitio para tratar mejor el tema:

—Ha vuelto a contratar a River.

—En teoría, no.

—¿Por qué?

—Porque ahora tiene otro nombre de vigilante y...

—Me refiero a por qué la ha vuelto a admitir al cuerpo de policía donde fue... —giró lento hacia ella—. Expulsada.

La niña apartó la mirada.

—¿Cuál es el problema? —insistió el alcalde.

El jefe extendió los brazos expresando lo insólito de la pregunta.

—Además —clamó el alcalde—, su identidad real es secreta según estipula el contrato. Tenga cuidado.

—¡Si todo el mundo la va a reconocer! —se sorprendió el jefe—. Señor, esto es de locos.

—¿No se alegra de tener a una de sus mejores agentes de vuelta?

—Sí —se puso de pie con indignación y apoyó las manos en la mesa—. Pero no después de lo sucedido.

—¿Acaso sigues guardándole rencor?

—En ningún momento se lo tuve en cuenta —se percató que la pequeña lo miró—. No estoy enfadado, me cago en dios. Es por cuestión de leyes.

—Entonces no te importará darme las hojas que faltan.

Charles mantuvo la postura de gorila sobre el escritorio de su despacho. Se volvió a sentar y rebuscó en su cajón por una carpeta. En un momento tuvo en la mano varios folios impresos. Se los extendió al alcalde junto a un bolígrafo.

El jefe de policía quedó mirando cómo la niña firmaba mientras el funcionario jefe le comentaba y señalaba los puntos más importantes. Charles se sintió impotente ante la propia ley que defendía.

—Todo está en orden —dijo el alcalde y se levantó del sitio. Se acercó a la mesa y dejó uno de los papeles mientras se llevaba los otros—. Fotocopia un par de copias y ya no hay más que hablar.

Se puso al lado de la vigilante y extendió la mano hacia el jefe.

—Jefe Charles, ésta es Hipergirl —miró a la pequeña con una expresión afable—. Hipergirl, él es tu superior Charles.

Se alejó con intención de abandonar el despacho.

—Ahora que quedáis presentados, ya no hay más que hablar.

—Si puede saberse, ¿qué quiere que haga con una agente más? —el jefe se le notó forzado en mantener la compostura—. ¿Dónde quiere que la asigne? —de paso, a la pregunta se le notó un doble sentido que no le pareció bien a la niña.

—Esa es tu competencia —dijo el alcalde y se giró para mostrar la mirada extrañada como si siguiera interpretando que aquello era normal.

—Imagino que la quiere en el caso de las polillas, cómo no.

—Eso ya lo habláis entre vosotros. Donde veas que cuadre más, la colocas.

Sonrió por lo obvio de su afirmación. El jefe sentía como si lo trataran de novato.

—Que tengan una buena noche —concluyó el alcalde antes de desaparecer por la puerta.

 

 

—No pienso dejar que vuelvas al caso.

—¿Y por qué? —se indignó Hipergirl en el asiento del copiloto—. Se necesita de un sobrehumano para enfrentar a otro.

—Ya tenemos uno —aseguró el jefe.

—Mientes.

—¿Qué sabrás?

Charles condujo despacio por las calles para centrarse en la conversación. Había decidido hacer una patrulla excepcional con ella con intención de aclarar las cosas cuanto antes.

—Esto es una locura y lo sabes —prosiguió el jefe.

—Lo es. Pero es inevitable que esté aquí.

El jefe Charles decidió callar y la volvió a examinar. Estaba descalzada, con las botas especiales en su regazo para ser examinadas, elevando una y luego la otra. Tenían aspecto de pesadas debido a los materiales metálicos en los laterales. Destacaba la suela, gruesa y fijada con tornillos. Se percató de los agujeros en la propia base.

Le siguió sorprendiendo lo ágil que seguía pareciendo la niña embutida dentro de uno de esos súper-trajes. Se parecía al policial que solía llevar salvo por el color naranja oscuro. Camuflaría lo justo, aunque ella siempre había sido de ir directa a la acción. Su cara quedaba medio tapada por la parte de arriba, pareciendo que la protegiera una capucha con máscara, donde el pelo le surgía por la parte superior de la nuca como un pequeño chorro. Resultaba la diferencia más notable con respecto a los otros trajes que no tapaban —o siquiera adornaban— la cara. Por lo demás, el diseño era similar, incluidos los guantes semi-gruesos basados en los de boxeo.

El trayecto continuó con una pequeña discusión para ponerse al día de sus vidas. No hablaron de trabajo, cosa que el jefe agradeció. Se le notó ausente por culpa de imaginarla de nuevo analizando los asesinatos, tema que tendría que tratar si no lograba alejarla de una vez. A su evasión se sumó no terminar de creerse que su ex-compañera, la legendaria —la a veces insufrible—, hubiese regresado justo a su lado. No tenía por qué tenerla de compañera...

—¡Para!

El jefe obedeció y miró como si estuviese enfadado. La pequeña se bajó del coche y se alejó corriendo. Charles no tardó en bajar y hacer lo propio.

Una mujer gritaba detrás de un cubo de basura por culpa de la amenaza de un hombre que elevaba un bate de béisbol. El tipo llevaba puesto un casco de moto con la visera levantada. Amenazaba a la mujer con que le diera de una puta vez el bolso. No observó que un tono naranja se abalanzó sobre él.

No hubo forcejeo, la pequeña vigilante lo agarró del brazo y le realizó una llave marcial que lo tumbó con fuerza. El jefe llegó y se acercó para socorrer a la mujer. Miró junto a ella la llave marcial que ejerció la pequeña sobre el cuerpo derribado, un poco extravagante y que Charles no reconoció del estilo de su compañera. Conforme Hipergirl tuvo a su merced al agresor, colocó su pie descalzo contra el casco y apretó mientras agarraba un brazo del delincuente. Impulsó la espalda hacia atrás como si quisiera arrancar el miembro. El alarido no la hizo flojear, todo lo contrario, la animó a soltar el brazo e ir a por una de las piernas, flexionándola para colocarla entre sus piernas y formar una nueva llave donde dejó caer el cuerpo hacia un lado. El alarido superó al anterior. La niña se aseguró de una posición de piernas y dobló para que justo en un punto el tipo volviera a gritar, que golpeó con dolor los puños contra el sueño.

La mujer siguió resguardada, observando el horror que se contagió a su cara. Apretó su mano contra la boca conforme fueron surgiendo más gritos.

—¡Ya basta!

La vigilante obedeció al jefe y lo soltó. Se levantó y se alejó del hombre del casco, inerte en el suelo. Hipergirl regresó al coche como si nada, dejando al jefe que fuera el que esposara y leyera los derechos del pobre diablo además de la declaración a la mujer, que le costaría recuperarse para poder hablar con fluidez.

 

—¿Cómo pudiste despistarte?

De nuevo en el coche, Charles no daba crédito que fuera ella la que estuviese reprochando. Prefirió no discutir porque en parte llevaba razón. Estaba tan centrado en sus pensamientos que no se percató de un atraco tan a la vista. Juró que era la primera vez que le sucedía. Ese día resultaba extraño, como si todo se le escapara de control, como si no importara o nunca hubiese sido un agente de la ley experimentado.

Se esforzó en estar más atento, pero no pudo evitar volver al interior. Era difícil después de lo que había presenciado. ¿De verdad era ella?

No. Era Hipergirl.

Un día perfecto para Elis
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