Ardid

 

 

—¿Te vigilan?

—No. Es complicado de explicar —dijo cansada—. Es parte de lo que me hicieron estos tipos.

—Recuerda que influir a otros con poderes sobrehumanos es ilegal y por lo tanto denunciable.

—Me parece que no es tan sencillo. Sigo dudando que sean poderes sobrehumanos.

—No puede haber otra explicación...

—No importa —suspiró—. ¿Ha descubierto algo más?

—La empresa es muy antigua. Si los datos no son erróneos, o mienten, su actividad se inició en los tiempos de los colonos.

La niña no dijo nada. Pareció entre impresionada y pensativa.

—Su origen data un poco antes de la creación de la ciudad —continuó el señor alcalde—. Había escuchado de grupos u organizaciones de antes del concepto actual de empresa —aclaró con otro tono—, que ayudaron a los pioneros a buscar las mejores zonas a cambio de beneficios no muy claros, mas bien futuros —dio la impresión de un narrador de cuentos—. Se puede creer que por eso ya no quedan de las legendarias minas y vetas de oro y plata por las que todos mataron.

—No creo que todo esto sea por esa clase de oro.

—¿A qué te refieres?

—No es por... —cortó.

—Estás misteriosa tú.

—Me imagino que una compañía que ayudó a expandir a los colonos no se interesaría sólo por oro...

—Y a ser comadrona de ciudades, no lo olvidemos. Puede que su intención fuera tener los favores de cada uno de los líderes más influyentes del país. Se asegurarían vínculos casi fraternales con gran cantidad de ciudades —dijo concluyente—. Se jugaba a que más de una resultara en capital, proceso no complicado si buscaban por las mejores zonas. Lo que no entiendo es —dijo con más lentitud—, los fundadores originales de Arabeos, ¿qué ganaban? Si tal era el objetivo, sólo los descendientes dentro de la empresa podrían conseguir el gran beneficio.

—Se comportan como un imperio —concluyó Hipergirl de forma tajante—. El caso es, si usted que es el alcalde no está al tanto de una historia como esa, no creo que vaya por ahí el asunto. A menos que el secreto lo sepa el gobernador del estado —concluyó.

—Si quieres puedo investigar por ese camino.

—No, alcalde, no se moleste. No creo que podamos sacar nada más. Cualquier táctica sería arriesgarnos.

—¿Entonces de qué ha servido el plan?

—Siempre es mejor saber un poco antes que nada.

—A veces con saber un poco se desencadenan demasiadas suposiciones...

—Una bola de nieve en la imaginación —sonrió la niña. El alcalde al otro lado lo notó—. Esto ha servido para que pueda nacer Hipergirl. ¿No está contento con los resultados?

—En exceso.

—Dejemos que siga mi camino. Es la única forma que se me ocurre de cruzarme con el interior real de la empresa.

Se despidieron. La pequeña quedó mirando a la hoja de planta que casi la rozaba. Se perdió por los ríos verdes que la conformaban, imaginando que eran corrientes reales de una época remota.

Lo de Hipergirl, ¿por qué? Comenzó a analizar. Parecía un capricho, una necesidad de sentirse anónima o empezar de cero. De todos modos sintió como si se hubiese encontrado. ¿Le merecía volver a ejercer? ¿Tanto necesitaba volver al caso de las polillas? Creía que... lo negó.

Poco a poco reconoció la verdad a base de apartar con golpes invisibles al orgullo.

En un principio ser Hipergirl era un plan, pero ahora era su modo de vida. Se sintió vulnerable sin el traje, y tenía ansias de volver a casa para ponérselo e ir de patrulla nocturna. Ahora parecía hecha a medida para el trabajo, ni le hacía falta dormir gracias a que cada nueva mañana el día perfecto la dejaba a punto como si la reiniciara. Quedaba soportar los años restantes de escuela y universidad antes de poder cumplir el sueño de ir siempre puesta con el traje. Si se lo propusiera —como vigilante tan famosa— seguro que podía llegar a un acuerdo con los educadores que tenía y tuviera...

Escuchó el móvil y se percató que era un mensaje de texto del alcalde. Lo abrió y recibió con las defensas bajas la siguiente línea:

“¿Cómo vas a pensar en el futuro si no tienes definido el presente?”.

Quedó paralizada como si un nuevo veneno se le hubiese inyectado. ¿Qué presentía el señor alcalde?

La extraña preocupación de su superior la calmó de los pensamientos que vagaban sin techo para así poder centrarse en sus benefactores.

Al principio creía que el mundo que querían crear los perfectos era uno donde limitar para atajar; donde quemarse los pelos para no tener que cortarlos más; donde la comida se producía para inyectarse en vena; o que los hijos se crearan a medida a partir de cierta edad y con un servicio de envío a casa. El almuerzo y la comida mientras se trabaja, y de dormir apenas, no conociendo la cama en otro lugar por ser la casa el lugar de trabajo y el trabajo la casa.

Pero la verdad era mucho más sencilla dentro de su propia complejidad: resultaba más directo detener al tiempo.

Atrapada en un presente perpetuo, comenzó a atormentarse y arrepentirse de lo que había deseado, de lo que deseaba y de lo que desearía.

 

 

Durante los siguientes días la fama de Hipergirl aumentó. Se limitó a realizar el trabajo sin ninguna operación memorable como la del puerto. Sin embargo su fama como vigilante fue otorgándole méritos un tanto enaltecidos. Los demás vigilantes debían de sentirse celosos, pero comprobó que no era así al descubrirlos que la trataban como un ejemplo a seguir.

Todo era tan fluido y perfecto que comenzó a sentir asco.

En esos días tras la infiltración en el despacho de Alexander no deseó ponerse el traje. Actuó sin máscara y eso confundió a la gente que presenciara su heroísmo. Por otro lado la vieron nerviosa y arisca, incluso parecía un poco enferma por lo pálida que estaba. Ignoraba y daba un autógrafo aunque no lo pidiesen.

Al final se cansó y volvió a recurrir al traje.

Qué idiota había sido, con el traje puesto se sentía más segura y centrada para ser la heroína que necesitaba la ciudad. Sólo quedaba una espina clavada que necesitaba extraer con urgencia antes de desangrarse, una idea inspirada por el rencor.

Tras una misión que fue televisada, se acercó a la cámara y —sin pensar en el revuelo o las reprimendas de sus superiores— amenazó al asesino de las polillas a que actuara esa misma noche porque lo pensaba atrapar de una vez:

“Polilla, nos vemos en el puerto de la zona norte ésta misma noche. Es hora de demostrar lo equivocado y enfermo que estás”.

Había escogido ese punto como intención de completar el ciclo. Ahí es donde tuvo la misión del almacén que le dio la primera gloria, y le parecía casi poético terminar allí.

Hipergirl era consciente de que se jugaba la reputación —“el tipo”, como dirían por comisaría— y miró de reojo la creciente ira del jefe Charles.

Por comisaría abusó de los cafés y de la paciencia de sus compañeros y de Charles. Estaba tan impaciente —inmune sin embargo a la cafeína— que deseó tener el poder de subirse por las paredes. Lo tuvo una vez, pero era demasiado joven para saber cómo aprovecharlo.

Conforme se acercaba la hora, recibieron el mensaje de un agente. El asesino se había adelantado al supuesto acuerdo.

 

 

Esa misma tarde sí hubo un asesinato. Cuando los agentes y la vigilante —sumado algún periodista entrometido— quisieron llegar, había sido cometido. La niña se desahogó gritando a los demás. Lanzó frases sobre lo injusto, sobre que no tenía que haber sucedido así, que era un tramposo...

El jefe la agarró sin educación y la arrastró hasta el coche patrulla. Dio lo mismo estar allí dentro, los demás escucharon bien definidos los gritos del oficial superior, donde incluso la prensa fue respetuosa y no lo grabó ni comunicó. En un momento dado se produjo un silencio. Los presentes se giraron al vehículo. Uno de los agentes puso su mano en el arma enfundada, donde apretó la culata al escuchar el ruido al abrirse la puerta. La vigilante bajó del coche con calma, apartando la vista de los demás para no mostrar su supuesto orgullo herido. Se fue alejando hasta el borde del muelle, ensimismada y seria como si pretendiera lanzarse al agua. Paró y quedó en el borde, lejana e inmóvil mientras el pelo que le asomaba le era mecido por la brisa cargada.

 

Las olas eran un pañuelo húmedo para los sentimientos. Hipergirl, sentada y con la máscara quitada colgando detrás como una capucha, las observó en silencio. El ruido del océano parecía estar en su misma frecuencia.

Los policías seguían examinando la escena del crimen. Hacía rato que habían despachado a los periodistas sin poder evitar que hicieran las fotos que darían qué hablar. El jefe por su parte sintió lo que pudieran acusar, tan expertos los medios en convertir las mentiras en verdades. En esa ocasión no les sería difícil. El alcalde haría lo posible por protegerlos, pero ni él tenía el poder absoluto aunque lo aparentara.

Era el fin de Hipergirl.

—El pueblo tiene la última palabra —dijo Charles en voz alta.

Sólo Hipergirl lo escuchó, sonriendo con ironía por entender hasta la última letra de la frase.

Giró y miró la escena del crimen, tan opuesta al paisaje. Aún quedaban restos del día y se podía apreciar cada detalle del círculo, conformado por una estrella esotérica pintada en el suelo debajo de un cuerpo acuchillado. Era un hombre de mediana edad vestido sólo con la ropa interior. Tenía una piel desconocedora del sol y una barriga que hablaba sobre una crónica de mala dieta.

Apartó la vista. Cerró los ojos y se centró en que el ruido de las olas la transportara a otro lugar. Notó como le tocaban el hombro y reaccionó con una posición de defensa:

—Tranquila —dijo el jefe—. Creo que lo mejor será que te marches a casa.

—¿Habéis encontrado la polilla?

El jefe no reaccionó. No parecía dispuesto a dar ningún dato.

—Siempre que te involucras en el caso te llevas lo malo.

—Si no está la polilla, ¿qué puede significar?

—Vete a casa y mañana nos vemos.

El jefe se alejó para examinar de nuevo el cuerpo. Los de investigación hacían fotos con frialdad acostumbrada. Por el fondo dos hombres se rascaban la cabeza, nerviosos al no encontrar ni una sola prueba.

Volvió a mirar el cuerpo. Luego el alrededor: sucedía algo extraño con el asesinato.

Parecía demasiado exacto, incluso demasiado similar al primer homicidio del polillas, sobre todo en la forma en que el pentagrama estaba dibujado o... copiado.

Conocer un poco más al enemigo le suponía pensar como él, una desgracia que sin embargo mostró un punto positivo gracias a cómo le chirriaba la mente. Se levantó y se acercó a la zona mancillada:

—Creo que he provocado sin querer a alguien ajeno —la niña sonó convencida.

El jefe se dio la vuelta y la miró unos segundos:

—¿Todavía estás aquí?

—Te pido perdón por excederme ante las cámaras.

—Perdonada —ladeó la cabeza como un gesto impertinente—. ¿Contenta? No soy yo el que te va a comer vivo. De hecho seré el primer plato.

—Por mi culpa ha muerto alguien que no debía y ha nacido un culpable más. Debo de tener más de un fanático entre mis admiradores.

—De ser cierta esa teoría —alargó—, si no hubiese sido con ésto, habría sido con otro asunto —surgió un tono paternal en Charles—. Quien está perturbado no lo puede evitar y está condenado a cometer un error irreparable antes o después. Sólo necesitan de una excusa, aunque sea rebuscada —rebuscó entonces por su bolsillo sin apenas pensarlo—. ¿Qué te voy a contar? Por Dios.

Sacó el paquete y realizó el proceso para encender un cigarro. Al terminar comprobó aún a la niña en la misma postura de pensamientos.

—Por favor, vete a casa de una vez.

Hipergirl hizo caso y comenzó a marchar. Lejos de la escena, vaciló un momento y dio un gran salto propulsado con las botas. El jefe se quedó observando hasta que desapareció el rastro de humo.

Por la mente de Charles sobrevino un recuerdo imposible de contener. El nuevo asesinato no hacía más que alimentarlo y creyó que acabaría loco si no lo remediaba pronto.

 

 

Todavía no pensaba regresar a casa. Quedaba un par de horas hasta la cena y podía despejarse capturando algún carterista. Si al día siguiente los medios se la iban a comer, al menos tenía derecho a disfrutar sus últimas horas como vigilante con reputación. Seguiría en el oficio, aunque ya podría salvar al presidente que no volvería la época dorada de su novedad como Hipergirl.

Llegó a un barrio cubierto de grafitis. El alcalde toleraba el arte urbano mientras fuera con motivo. Eso le había ganado cierto respeto entre los artistas en general, por lo que ninguna pintada u obra de arte local iba en contra del gobierno de la ciudad. Seguía habiendo crítica, pero ninguna caricatura del alcalde nacería de manos de un callejero aunque tentara por su aspecto.

Paseó por las calles como si estuviera en un museo. Observó con tranquilidad las que le parecían las mejores pintadas. Como esperaba, encontró un dibujo de ella, la mítica Hipergirl. Era representativo y con toque épico. No se identificó, aunque agradeció que así la vieran. Alrededor quedaban pintados varios vigilantes, lo que le sorprendió verse a sí misma en su anterior identidad con la familia River. Ahí sí parecía más una parodia de lo que una vez fue.

Una migraña le sobrevino.

Esperó que paseando se le calmara. Encontró una frase que le resultó familiar. Un rampazo por el lateral de la cabeza acompañó al recuerdo sobre que las palabras eran suyas, unas que pronunció sin pensar en alguna entrevista. ¿Había realizado una entrevista?

Abajo quedaban más frases. Algunas eran sin mucho fundamento, pero ahí estaban como si fueran tan importantes como para ser recordadas por siempre.

Avanzó y repasó el barrio. Se percató que era un lugar poco fiable, perfecto para trabajar y conseguir calmar su mente. Continuó y, tras doblar por un par de esquinas, halló otra pintada con la frase “Hipergirl Was Here”.

El rampazo ahora subió y regresó por la espalda desde la parte posterior de la cabeza.

No le gustó, y decidió alejarse de la zona cuanto antes. No reconoció el lugar hasta leer la frase, resultando ser el barrio en el que había estado con Christoph. El siseo de la mujer serpiente le llenó los oídos.

Miró a los lados pero no estaba; allí no había nadie, sólo el sonido lejano de alguien jugando con un balón contra la pared. Los pájaros fueron confesores de la paz en el lugar.

Aceleró el paso y pensó que el día perfecto era terrible. Ella ya conocía la fama por su familia y condición, ¿por qué volver a empezar le resultaba tan nuevo e impactante? No reconoció la situación; no se reconocía en las pintadas.

El teléfono sonó y quebró los cristales de la mente. Respiró con fuerza para descolgar.

Se trataba de su madre pidiendo que, ya que estaba fuera, comprara leche y unos sobres de sopa.

Colgó con la pesada sensación de saber qué tocaba para cenar. Al menos se alegró que contase con ella para la cena. Quedó la sensación de que su madre había ideado tal estrategia para tenerla en casa. Deseó que así fuese porque la echaba de menos.

No todo podía resultar mal en un día perfecto.

Un día perfecto para Elis
titlepage.xhtml
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_000.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_001.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_002.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_003.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_004.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_005.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_006.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_007.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_008.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_009.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_010.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_011.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_012.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_013.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_014.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_015.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_016.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_017.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_018.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_019.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_020.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_021.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_022.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_023.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_024.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_025.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_026.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_027.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_028.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_029.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_030.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_031.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_032.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_033.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_034.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_035.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_036.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_037.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_038.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_039.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_040.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_041.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_042.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_043.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_044.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_045.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_046.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_047.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_048.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_049.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_050.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_051.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_052.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_053.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_054.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_055.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_056.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_057.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_058.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_059.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_060.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_061.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_062.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_063.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_064.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_065.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_066.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_067.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_068.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_069.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_070.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_071.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_072.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_073.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_074.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_075.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_076.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_077.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_078.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_079.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_080.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_081.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_082.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_083.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_084.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_085.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_086.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_087.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_088.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_089.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_090.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_091.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_092.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_093.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_094.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_095.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_096.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_097.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_098.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_099.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_100.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_101.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_102.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_103.html
CR!E0NT1151BS4K7BWPK3HKVK5B9W08_split_104.html