Otro Lunes Maldito

 

 

—Comienzo de semana movidito. Y luego no quieren que odie los lunes.

Pasada la medianoche, el jefe de policía Charles Dickinson —hombre desgastado de mirada intacta— dio la última calada al cigarro y al pensamiento. Se dispuso a lanzar la colilla al suelo cuando a tiempo se llamó idiota y se retuvo, recordando que esas cosas no eran nada correctas en un parque, y mucho menos en la escena de un crimen. A veces la nicotina y la costumbre le podían.

Llamó a uno de los agentes para que le hiciese el favor de llevarse la colilla, lejos de la terrible escena donde un hombre deformado con alas de insecto yacía desangrado en mitad de un sitio público. El agente que se acercó miró de igual forma al resto de cigarro sobre su palma que al muerto tirado como una colilla.

La postura del cadáver desnudo en el camino resultó acorde a lo extraño del asunto y al propio cuerpo, como si ser extravagante en físico también lo supusiera en comportamiento hasta la muerte. El brazo del muerto quedaba abierto como una cremallera rota; el cuello no era menos, salvo por la horizontalidad. De ambas heridas había brotado tal cantidad de sangre que se podría apreciar desde el cielo como un gran círculo desproporcionado de tono vistoso. A Charles le recordó al desastre propio de un cubo de pintura volcado.

A las espaldas del cuerpo se apreciaba siendo una con el suelo a una estrella de cinco puntas, con el aspecto de haber sido dibujada en esa zona para que no se cruzase con la sangre. Resultaba del tamaño de dos puños juntos, esmerada con tiza roja y verde, con toques amarillos para los símbolos rodeando la figura.

Lo que más le perturbó al jefe Charles fue la deformidad surgiendo desde la espalda del pobre desgraciado, detalle que no encajaba por la apariencia de nuevo, bastante reciente en el cuerpo.

Por eso la había hecho llamar a ella, para que confirmara si él, o ello, era un sobrehumano.

 

 

*Activando el entorno Changeling... Por favor, espere... Proceso finalizado.

*Análisis... Evaluación... Finalizado.

 

Hora actual: 01:06

Poder actual: none (En proceso de manifestarse)

Traje actual: Standard+Vestido gala de noche

Estado de ánimo: Frustración

Alternativa deseada: Abrazar la almohada y olvidarse del mundo

Canción actual en el nano-iPod: “Midnight Black Earth” de Bohren & Der Club of Gore

 

*Registrando situación actual... Por favor, espere...

 

 

La pequeña Elis River toqueteó el móvil mientras se adentraba en el parque. Se había despedido con pasividad de los policías y del indeseable. Se quitó el vestido que la disfrazaba y que tan poco la identificaba, mostrando que debajo había llevado todo el tiempo uno de los trajes especiales de su trabajo como defensora. Se sintió bien y notó la diferencia. Enseguida optó por tirar el vestido de gala infantil en la primera papelera que se cruzó. Presumió una última vez de comodidad realizando una voltereta lateral apoyada con las manos. Prosiguió caminando y manipulando el móvil.

El traje la hacía sentir ágil, absorbía el sudor e incluso le permitía a su vez llevar debajo el pijama. El traje especial de vigilante de la familia River cubría su cuerpo hasta parte del cuello, y en las ocasiones que surgía una misión más compleja acoplaba partes extras que cubrían parte de la cabeza como especie de capucha o máscara. Odiaba esa modalidad, pero jamás podría negar su efectividad. La composición del traje estaba compuesta en su mayoría por neopreno y Kevlar adaptado, por lo que era idóneo contra la mayoría de adversidades (sobre todo en invierno). Tenía bolsillos recubiertos de acero a los lados sobre las caderas, suficientes para resguardar el móvil u otro comunicador, además de un arma de pequeño tamaño de las que Elis jamás se animaría a usar a pesar de haber aprendido. El diseño del traje se culminaba con un pequeño porcentaje de tecnología e idea alienígena, de la que no podía aclarar con exactitud en qué ayudaba o reforzaba, salvo en papeleo y preocupaciones con el gobierno.

Buscó por el móvil para asegurarse que la nueva aplicación seguía funcionando. Había solicitado a distancia a Ceberex —la nave-cerebro espacial que su madre guardada en el garaje de casa—, que vigilara y grabara en audio sus acciones como si de un diario se tratase. No podría grabar de forma visual, pero era suficiente para presumir del mejor diario de niña del mundo.

Conforme comenzó a oler el odioso tabaco, realizó un rápido gesto para guardar el móvil. Se centró en observar e idear qué decir a Charles, aquel punto familiar rodeado de otros tantos bajo una luz artificial. Un olor a hierro sobrevino, por lo que esclareció la duda principal.

Debido a la farola con cristal roto, el jefe de la policía se mostró al girarse con medio perfil en sombras. La cara en esa mitad quedó ausente debido a su piel de raza negra, una imagen que habría impresionado a aquel que no lo conociese. Iba bien arreglado con gabardina y una corbata sin motivos tan propia de oficina, lo que impresionaba debido a su corpulencia y la barba algo dejada. La mano se le notó nerviosa dentro del bolsillo, pudiera ser por las ganas de un cigarro. Elis reconoció que la prenda siempre lucía bien en Charles, y se preguntó qué tal le iría a ella.

—¿Qué tenemos aquí? —inició el jefe con cierto remarcar.

—Déjate de... —Elis calló. Casi se vio caer en la evidente trampa de aquella frase tópica—. Watson, ¿qué necesitas?

—Ya lo estás viendo.

Aquel cadáver era imposible de ignorar por su aspecto y la brutalidad ejercida. Se había concienciado de su presencia varios metros antes, añadido entonces el color que llamaría la atención hasta de los aviones.

Elis se acercó con cautela para no pisar el charco. Resopló por lo bajo debido al rodeo que se vio obligada a dar. Repasó con la mirada de una punta a otra; silenciosa y concentrada; admirable.

Llegó pronto a una conclusión para satisfacción de ambos:

—Éste no era sobrehumano.

—¿Por...?

—¿Dejaré de saberlo?

—Elis, aquí, con los mortales —Charles hizo un pequeño gesto señalando al suelo—. Que no todos somos tan listos como tú.

—Es por la deformidad de la espalda. Se le nota que...

—Le ha brotado.

—Eso. Tiene cardenales de aspecto reciente, pero hasta que no lo limpien no te lo podría asegurar. El caso que su cara...

—Parece más de dolor que de horror.

—¿Para qué me has llamado si tú solito lo deduces? —la pequeña levantó la fría mirada donde se debería mostrar algo de despecho.

—Por si lo conocías —dijo Charles levantando una ceja de forma inconsciente.

—Pues no. Ni a esta víctima ni a nadie parecido con alas de insecto.

—Me parece que hay un nuevo friki por la ciudad que no quiere pagar tasa especial —El jefe se quedó mirando al cuerpo de forma pensativa. Un crepitar al rascarse la sombra de barba marcó el punto.

—Todos tenemos que pagarla. Si quieres haré como siempre y moveré mis hilos de araña presumida a ver qué se sabe —dijo y guiñó sin gracia.

—Me parece bien.

—Lo de aquí... —Elis bordeó con calma. Mucha calma. Se agachó en la zona donde la sangre no se había expandido, el punto del dibujo de estrella dentro de un círculo—. ¿Parece inspirado por una peli de terror o qué?

—¿Has visto esa clase de películas? —Charles medio sonrió. Su mirada fue ausente, más centrada en pensamientos de encender otro pitillo—. Tu ojo te dice bien —aclaró—. Siento decirte que muchas películas cutres tienen su punto de verdad.

—Por eso voy con el cinismo por delante. Así no engaño a nadie.

—A nadie listo, claro. Los satanistas son más frecuentes de lo que parece. Sobre todo por esta época del año —dijo y se quedó mirando a un lado, analizando curioso qué acababa de decir.

—Ajá. La realidad es cutre, ya veo.

La niña continuó y terminó de rodear al círculo de violencia. Se percató de algo y llamó la atención de Charles para que mirara donde señalaba. El jefe no tardó en verlo.

Pegado al cuerpo se apreció una pequeña acumulación roja que no resultaba natural. Era una clase de objeto hecho de un material que había absorbido sangre hasta hincharse en un límite. Todo indicó a una muñequera típica de deportista.

Charles se giró y ordenó a la lejanía que alguno de los agentes se acercara con las herramientas para coger una prueba. De mientras, Elis se vio animada a mirar alrededor, alejándose del punto central del crimen. A pocos metros, en uno de los lados del camino, fue que visualizó a la polilla…

 

 

En la oficina central, el agente Eddy —irlandés serio del montón— permanecía en su sitio asignado. Miraba la pared a un punto negro, que al moverse y regresar se delató como una mosca. La miraba como intento de reunir valor para hablar con el jefe Charles. Deseaba solicitar un permiso para iniciar una idea que rondaba por su cabeza desde hacía unas semanas. Estaba decidido a no dejar pasar ni un día más.

—Decidido —se dijo y miró hacia la puerta, donde el fondo del pasillo se esclareció tras el espejismo de los pensamientos.

Se levantó y se centró en cada paso. Respiró hondo y salió. Recorrió el pasillo hasta la sala central. Allí se ubicaba una alargada mesa abarrotada de objetos, ordenadores y papeles, bien rodeada de policías sentados de espaldas junto a algunos de pie, quedando huecos intermitentes de agentes que iban y venían como la mosca.

El jefe, sentado sobre uno de los bordes de dicha mesa, se percató de Eddy, pero apenas le miró al estar centrado en unas fotos. El irlandés se acercó a su superior y se detuvo a su lado. Esperó alguna reacción. Al rato le quedó claro que tendría que buscarla él:

—¿Es una polilla? —apenas lo dijo, estaba cogiendo la bolsa transparente sobre la mesa.

Charles miró y afirmó con un gesto para Eddy, el cual ladeaba la bolsa que protegía la prueba.

El jefe había dejado a Elis en su casa y se disponía a recapitular el asunto con tranquilidad de comisaría hasta que tuviesen los datos de los forenses. En eso fue que apareció Eddy con intención, una ayuda aparente que bien podía ser una forma de disimular como que trabajaba.

—Ese parque no es su zona —señaló el jefe—. Además que estamos en invierno. El muerto tiene unas alas idénticas a las del insecto —completó.

Eddy pareció algo incómodo, y se rascó una de sus largas patillas antes de continuar haciendo gala de su leve acento:

—La polilla la encontró ella —preguntó afirmando.

—Sí —Charles realizó un movimiento de brazo que pareció ajeno, lo que delató junto al humo el disfrute de un cigarro—. Estaba escondida entre vegetación. Si miras y comparas las fotos notarás algo curioso.

Apenas lo comentó, Eddy estaba mirando, apreciando la enorme similitud en detalles entre el insecto y el hombre muerto: la posición de la polilla era idéntica a la del hombre, forzada a romper a ser así. La diferencia radicaba en que el pequeño insecto estaba dentro de un círculo rojizo, con aspecto de haber sido hecho con un dedo, mientras que el hombre deformado se conformaba con un símbolo esotérico bien detallado con tiza a las espaldas, no acorde a la proporción con respecto al círculo de la polilla, que daba señal de improvisado o apresurado.

—¿Qué tal estaba hoy la pequeña River? —desvió Eddy.

—Vaya pregunta. Pues como siempre —Charles se hubiera mostrado más molesto, pero el cigarro hacía buen efecto.

—En realidad lo preguntaba por iniciar un tema del que le quiero hablar —dijo y se mantuvo un momento—. Señor.

—Ve directo al grano, que parece mentira —El jefe realizó un gesto rápido con el brazo y un arqueo de ceja—. ¿Qué es eso de hablar con un palo en el culo? Será porque no nos conocemos de sobra, no te j...

—Eso es —observó al detalle cómo su jefe apagaba el cigarro contra el cenicero—. Creo que ya va siendo hora que ascienda. Que me ascienda —apresuró. Se mordió el labio inferior.

Charles no pareció recibir con sorpresa aquella petición. Se quedó mirando al agente sin mostrar aversión. Decidió responder:

—En todos estos años has cumplido. Pero... —pareció sentir lo que fuera a decir.

—Lo sé, no he realizado nada memorable. Siquiera destaco en nada —su tono no pudo evitar tornarse penoso—. Es hora que me ponga las pilas. Voy a ser muy consciente de ello.

—Admiro esa actitud que... —el jefe dejó caer la cara—. Esa actitud que bien conocemos. Prueba otra cosa, por favor.

—No. Voy a ir directo.

—¿Y tiene que ver con River?

—Sí —Eddy acomodó los pies—. Ir directo a la raíz.

—La raíz.

—S-sí. El motivo por el que trabaja con la policía.

El jefe expulsó un tenue ruido desde la profundidad de su cuerpo. No pareció enojado.

—Sí —reafirmó Eddy monótono.

En ese instante una agente apareció y le pasó una taza llena de café a Charles. Apenas se detuvo antes de alejarse. El jefe le sonrió en vano y miró con cierta impaciencia el oscuro líquido que le aguardaba.

—Lo dicho —prosiguió Eddy—. Tendré que ir directo al grano —carraspeó. Pareció dar la impresión de temblar—. Quiero que me deje investigar el caso de la hermana de Elis.

El jefe paró la acción de alzar la taza. Miró a su agente: Eddy no bromeaba, no era de esa clase. Le resultó gracioso verse en esa situación tópica de quedar a medio beber, proceso que le hizo acordarse de Elis, la que tanto odiaba esos momentos cliché.

Charles siguió mirándolo con intención de desentrañar, pero sólo encontró en Eddy la causa de querer ascender de una vez junto a la incomodidad universal de tener una niña trabajando en algo peligroso. Charles era el primero que no toleraba tener a la pequeña prodigio entre sus filas, pero una larga historia le había obligado a dejarse su trabajo de apoyo desde la oficina para salir a la calle cada vez que un sobrehumano se pasaba con la ley. El alcalde en persona era quien lo permitía, y una intuición que aún no se había marchado le decía que había una influencia más fuerte de por medio. Siendo Elis quien era —o más bien siendo todo lo que la rodeaba—, el jefe no podía sino callar y seguir cumpliendo su trabajo como funcionario y, de añadido, como protector.

—Has fracaso incluso antes de empezar —el jefe se levantó y dejó las fotos sobre la mesa—. Es algo que se nos escapa a todos —posicionó la mano sobre el pecho—. Aun siendo su “niñera”, como bien le gusta recordar a la condenada, apenas me he involucrado en ese caso perdido.

Eddy esbozó una sonrisa fingida.

Charles dio por fin el trago de café, que fue más largo de lo que pretendía. Carraspeó y se quedó pensando.

—No hay nada más que añadir a ese caso —dijo tajante—. Reabrirlo sería una pérdida de tiempo. Tengo otros casos que...

—Jefe —dijo Eddy un tanto impertinente—. Será lo mejor para todos. Sobre todo para Elis.

“Sobre todo para Elis”. Las palabras de Eddy no se equivocaban ni una sola letra.

—Te la juegas si no consigues nada. Recuerda que hay gente más obtusa que yo por este lugar —realizó un amplio círculo horizontal con el dedo— y por arriba —señaló—. Por mí te tendría por aquí sin importar el tiempo pase —gesticuló con la mano de un lado a otro—. De permitirte el caso, el tiempo jugará en tu contra. Eres buen tío, seguro que…

—¿Entonces...? —por primera vez, Eddy pareció mostrar alguna emoción de más.

El jefe quedó callado y lo observó a la cara. Los ojos de ambos temblaban en diferentes sentidos. Charles suspiró sin provocar ruido.

—Tú verás —dijo y resopló con la boca entreabierta—. Te deseo la mayor de las suertes —dio otro sorbo mientras realizaba con la mano un gesto—. Joder si lo deseo. Pero hay verdades que... —interrumpió lo evidente—. Buscaré por el expediente.

—Gracias jefe —casi exclamó—. De veras que... —agitó la cara y cerró los ojos—. Si no le importa, me pondré con ello ahora mismo.

—¿Hablas en serio? —Charles se vio de nuevo interrumpiendo un trago, justo el último.

—Usted bien sabe que hay cosas que no pueden esperar ni un día más.

—Ya. Pero hace tiempo que esa niña ya no espera nada —terminó el contenido de la taza con decisión. Después no pudo evitar por un momento quedar mirando más allá de Eddy antes de levantarse a por el expediente.

Un día perfecto para Elis
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