Mente Abstracta

 

 

Sábado 19

 

“Te... ¿Te comportarás alguna vez?”.

La niñita se equivocaba si creía que lo podía engañar. Seguía creyéndose la más lista, y era una ventaja.

El jefe Charles repasó con iniciativa de manías a la obra de arte en el suelo, sin terminar de comprender que un lienzo también pudiera exponerse desde ese punto. Daba igual si estaba en el suelo o en el techo, lo que de verdad atormentaba era su significado: una mancha con tonos rojos explotando desde el centro. Era como si una enorme gota hubiese caído con inquietante precisión, sin salpicar más allá del lienzo mancillado con las tripas de la nueva víctima.

Apartó la vista con sensación de agotamiento, y a sabiendas que volvería a mirar. Si de normal el arte moderno no era lo suyo, que le explicaran entonces qué tenía que sentir con aquella nueva atrocidad. Pudo desviar la atención recordando que el muerto no estaba. El asesino debió vaciarlo, trabajar y más tarde esconderlo.

Arrimó una última calada y aspiró el nulo oxigeno llenando sus pulmones. Tiró la colilla dentro de un cuenco de diseño donde había tirado la ceniza previa y la de un cigarrillo anterior. En casa tenía uno parecido de un viaje que hizo a Francia, del que apenas costó un par de dólares traducidos.

El jefe volvió a pulsar el botón de su radio-comunicador para preguntar por la situación. A los cinco segundos uno de los agentes respondió que no, que ni rastro de lo que llevaban visto de museo. Charles insistió que si habían mirado en la sala egipcia, y le respondieron que, como ordenó, fue la primera en repasarse a fondo. El jefe maldijo en silencio. Su teoría sobre el tipo trabajando como un embalsamador de momias no resultó tan cabal. Para un poco de cultura que lucía por una vez...

 

 

*Activando el entorno Changeling... por favor, espere... proceso finalizado.

*Análisis... evaluación... finalizado.

 

Hora actual: 1:08

Poder actual: Liquium

Traje actual: Infiltración + Refuerzo protector

Estado de ánimo: Motivación Alta + Sentirse como ninja

Alternativa deseada: None

Canción actual en el iPod: None

 

*Mostrando situación actual... por favor, espere...

 

 

La noche estaba en uno de sus días callados. Elis habló por ella donando pasos amortiguados desde las botas de su traje especializado en infiltraciones. Era una con la oscuridad, con relieves de gris plateado que no llegaban a definir, confusión que daba ventaja contra el desprevenido.

Llegó a la zona lateral del museo donde no había vigilancia policial. Examinó desde detrás de un árbol alto no muy grueso. El museo era de varias plantas y, como ella no pesaba mucho, le sería suficiente con trepar el árbol y lanzar el gancho de su muñequera tecnológica desde arriba para alcanzar el tejado del pequeño edificio.

Miró arriba, giró alrededor para repasar la ausencia y se enfocó una última vez a la copa del árbol antes de comenzar a trepar.

Llegado arriba, notó como se inclinaba, así que no vaciló al dirigir el brazo y activar con una orden mental el gancho. Salió disparado hacia el tejado de la estructura con forma de caja de zapatos, fría y técnica recelando la cultura en su interior. Escuchó cómo se clavaba el gancho.

Se aseguró con tirones que la punta estaba bien sujeta y desenganchó el nailon de la muñequera para atarlo en la rama contigua que en apariencia pareció fiable. Una vez realizado, se dejó colgar con los brazos en la cuerda con una confianza traicionera, balanceando al árbol que produjo un ruido que sonó por todos los lados donde estuviese la noche. Tras un rato de comprobar, continuó avanzando poco a poco; tramo a tramo.

Su peso desencadenó ir bajando de altura, aún lejos del suelo. Se sintió como un dibujo animado, pero siguió avanzando hasta que llegó a la lisa y sosa pared del museo. Esos dos detalles supusieron dificultad para poder subir con los pies contra la superficie. Llegó y se agarró a la cornisa, disipado el temor porque se desenganchara la punta clavada.

Ya se situaba en el techo del edificio.

Hizo crujir los huesos al tiempo que analizaba por una posible entrada. Se concentró y —inmutable en rostro— miró su brazo mutado y transparente, convertido en líquido que no cambió su forma pero sí su consistencia a una acuosa y temblorosa.

“Liquium” se dijo Elis. Ese era el nombre que su melliza le había puesto a aquel poder; ¿en qué hubiera consistido el suyo? Jugaban a poner a sus cualidades nombres derivados de un latín inventado, cosa que a Elis le parecía una tontería porque un poder se demuestra y no entiende de palabras. Ceberex aún mantenía el listado grabado por su hermana, y al iniciar la grabación del diario para aquel día el cerebro electrónico había detectado y nombrado el poder que ella no reconoció en un principio al no haber prestado atención ni a la mitad de los nombres, una actitud de la que ahora se arrepentía.

Terminó su tarea de examinar y se percató de una cristalera abierta a poco más que una rendija. La ola de agua se abalanzó y se filtró por el hueco.

Sobre un suelo llovió una transparencia con consistencia pastosa. Quedó posada como un gran bulto. El agua tomó la forma inocua de Elis por un breve momento antes de volver a ser la ella de carne.

Estaba dentro.

 

 

Estaba dentro. Charles era capaz de sentirla incluso encerrado —o enterrado— en un búnker.

Analizó la alegoría —o lo que fuese— sin convencimiento y se dirigió al oficial más cercano para advertir de la sensación, que avisara al resto y reforzaran la vigilancia.

Si Elis había tenido la osadía de acudir y seguir con el caso como si nada hubiese ocurrido, demostraba tener un nuevo nivel para cometer errores; lo que quería el asesino, traerla a la trampa de luz y devorarla con una rápida rasante de algo que nunca se sabría qué fue.

Estúpida, se dijo con rabia y pena el jefe Charles. Estúpida.

Salió de la enorme sala donde el cuadro “entripado”, bautizado así en la primera impresión. Con linterna en mano, evaluó qué dirección tomar, sólo guiado por la intuición de investigador desgastado. Al frente quedó un cuadro de un tipo con volantes y fino bigote. A los lados se exponían sombras gemelas cubriendo los corredores. Se dejó cautivar por la izquierda al tiempo que su mano se fascinaba por la culata del arma enfundada en el costado.

Las tenues luces, justas para alumbrar puntos específicos en la pared, no ayudaron, picando hasta carcomer la visión y tranquilidad del policía. Se movió sigiloso —por lo tanto lento— lo que le tuvo la impresión que el pasillo no quería acabar nunca.

No quería llegar la visión de lo extraño que las sombras guardaban con tanto recelo, en un fondo que era capaz de vomitar sin sorpresas la imagen de la mismísima puerta del infierno, hecho que ni le sorprendería.

Como si ese miedo pudiera manifestarse, las luces generales se encendieron. El jefe sintió por un segundo aguijones clavándose en las pupilas debido al deslumbramiento.

Tras una hora de reproche, sus hombres habían encontrado las luces generales tras rebuscar por llaves y puertas. La culpa era de la ausencia del encargado o guarda del museo por el lugar, así como que el propio director estaba indispuesto en otra ciudad. Por desgracia eso significaba que el guarda o guardas del museo eran los dueños de las tripas artísticas, sin saberse todavía dónde estaban los cuerpos.

Un olor sobrevino tapando al del mueso: entre la antigüedad y el respeto notó un olor intruso. Conforme avanzó el olor desapareció, así que giró y se dirigió a la puerta más cercana que rebasó a un lado. Era doble, de una madera robusta como todas las del recinto, con las manifestaciones metálicas de las asas. Se guardó la linterna. No se lo pensó al abrir.

La luz de aquella sala era diferente: tenue, imprecisa, como si no se decidiese a ser. Cogió y encendió la linterna, enfocando alrededor en busca del olor. Era una sala llena de calaveras prehistóricas. Siempre recordaría la anécdota de niño que le hizo preguntar a sus padres por qué no estaban allí también las de los dinosaurios mascota. Las risas extinguieron toda curiosidad y ya no podría odiar más los museos.

Un ruido delató ser afín al olor, y con rápido gesto enfocó arriba para comprobar el porqué de aquella luz.

Sacó el revólver y apuntó al ser alado pegado a doler al brillo procedente de una lámpara esférica. Los movimientos de aquel cuerpo humano alado eran inquietos, como si tuviera miedo de la propia obsesión a la que se aferraba. Era un hombre demasiado delgado, calvo, ropas roídas y alas de insecto surgiendo deformadas desde su espalda. Su cabeza se movió con brusquedad y quedó mirando a Charles de forma invertida.

El jefe amenazó y mantuvo el arma sin vacilación. Escuchó un ruido confesando provenir del piso de arriba. Charles notó tarde que el hombre de la luz estaba sujeto, cayendo suelto y sin freno contra él al son de un zumbido similar al de una máquina. La sala se inundó de luz amarilla rojiza como una fugaz ola sin límites.

Charles se lanzó a un lado y chocó contra un expositor, tumbando y rompiendo el cristal para liberar a una calavera rota que cumplió del todo su adjetivo.

El jefe se levantó con el codo dolorido y observó al agresor temblando monótono en el suelo. Tenía la imaginación de lo que fuera ropa de guarda, con el cuero cabelludo arrancado y la barriga abierta para asomar una pequeña sierra encendida en la que se dejaba intuir una batería eléctrica acoplada.

El jefe miró arriba y descubrió a los lados de la luz roja pastosa —propia de un lugar de ambiente para psicópatas— dos pequeños agujeros con luz de los que intuyó una sombra y sonido de arrastre. Primero se tapó una luz. Luego la otra conforme se liberaba la primera luz.

Miró al cuerpo y con gesto memorizado cogió su radio para comunicar a sus hombres la situación.

Confirmado, estaban todos en peligro.

Todos.

 

 

Era arte acorde al sitio el cómo se había infiltrado y el cómo se mantenía escondida en la sombra de un pilar. Le pareció poseer cierto estilo, completando movimientos de cobertura de una sombra a otra al convertir su cuerpo en un líquido que fluía con rapidez.

Había decidido bajar de planta para ir a inspeccionar a la nueva víctima. Imaginaba que estaría en alguna de las salas principales del museo, y se convenció cuando vio a varios agentes inspeccionando y a otros vigilando. Iría por la zona de los guardianes.

Ninguno de los policías con ruta programada se percató del limo viviente, y eso la llenó de confianza hasta el punto de ser peligroso.

No importó, estaba en su elemento y dio la orden mental “Íncipit” para que la canción “15 Step” de Radiohead comenzara a sonar con ritmo. Imaginó el inicio de un videoclip, donde se daba por supuesto que ella era el foco principal.

Comenzó a moverse con sincronía invisible y llegó a las escaleras que conducían al piso de abajo. Su forma licuada cayó escalón a escalón sin separar la consistencia, con movimiento hipnótico y ritmo secuenciado de misma duración, emitiendo golpes suaves de chapoteo que alertaron a un policía justo debajo de la escalera.

El agente asomó y no vio el agua viviente por el lado cayendo con forma de cascada propia de un canalón. Confuso y nervioso sacó su arma y se mantuvo un par de minutos vigilando alrededor. Elis en otro estado de la materia siguió cerca, escurriéndose a tiempo en una rejilla de la pared.

Por aquel túnel de aire fue todo agobio, oscuridad y la fría superficie sumándose a su condición tibia de transformación. Las líneas de la estructura le hicieron cosquillas al avanzar, acabando en tortura conforme se sumó el sentido de la orientación perdido. De haber podido hubiera resoplado. Tras seguir recorriendo, pudo ver una luz de poca intensidad; deslumbrante para su esperanza.

Volvió a dejarse llover por una rejilla. Casi llamó la atención de otro de los policías de no ser porque cayó con precisión dentro de un jarrón. Allí dentro se sintió extraña, como si practicara una postura difícil de yoga. Intentó moverse pero el objeto se balanceó de forma notable. No le quedó otra que someter a la pieza a un destino cruel.

El agente sacó el arma y se dio la vuelta apoyado por el susto que produjo el jarrón quebrándose contra el suelo. No tuvo prisa al acercarse y mantener la postura de amenaza con la pistola. Apuntó a los restos de cerámica y rezó porque fuera de talle falso lo que una vez fue jarrón. Por si acaso, varió un poco su ruta e hizo como que él no vigilaba por allí.

Estaba de nuevo protegida por la sombra. Maldijo lo inoportuno del regreso de la luz al recinto. Al menos podría recorrer los pasillos sin chocar con nada. Aprovechó esa parada para tomar su forma real.

Le hormigueaba el cuerpo, y sintió el cansancio como si hubiese recorrido la misma distancia a pie. Se apretó los ojos con los dedos para ver si se pasaba el mareo, conteniendo una arcada que le recordó a un incidente en la piscina.

Le pareció curioso que el poder permitiera incluso convertir su ropa en líquido; se convertía en un mismo sentido. Atribuyó un aspecto cuántico a la cualidad, aunque era aventurarse demasiado.

El reproductor musical cambió a un tema de fiesta y, con mirada fija, comenzó a cambiar canciones a una más acorde para el momento. Con una pieza de James Bond debía bastar.

Corrió sin transformarse ni producir ruido alguno, como si el suelo no se percatara de su existencia. Se agachó espalda contra una esquina y asomó la cabeza para analizar el terreno. Alcanzó a ver el pasillo limpio de presencias pensantes. Analizó no chocar contra los expositores cuando realizara el siguiente avance.

Salió medio agachada y avanzó con seguridad. No notó ningún sonido o posible olor que delatara algún policía...

Se preocupó.

De pasada le pareció ver un cuadro con la inscripción “Otra Presencia”. Allí había dibujado un cubo azul, nada más. ¿Qué tenía que ver el nombre...? Pero una sensación confirmaba otra presencia observando, ajena a todos los que habían allí implicados en juegos de asesinatos.

Se enfocó a la puerta que tenía a un lado. Confirmó la presencia y se convirtió en líquido al avanzar, introduciéndose de ese modo por debajo de la puerta.

Se encontró ajena a todo sentido de vista debido a la ausencia de luz. Volvió a su forma física y reprimió una nueva arcada. Se estaba mosqueando, pero no podía quejarse de un poder idóneo al momento.

Quedó fija como si fuera parte de una de las estatuas de la colección hasta que sus sospechas se confirmaron. Unos pasos se distinguieron. Eran uniformes y cercanos, sorprendida de no haberlos escuchado venir. Una sombra recorrió la línea de luz del suelo donde se formaba la parte inferior de la puerta, dibujada y emergente por la oscuridad de la habitación.

Elis siguió quieta, acompañada de la melodía dramática en su cabeza que realzó el instante.

La sombra se detuvo justo enfrente de la puerta y mantuvo la tensión.

Elis ordenó un “Finis” para finalizar de golpe la música en alza. El silencio repentino terminó de completar el clímax. El ritmo de su corazón fue el sustituto de la percusión, rematando con un redoble final al comprobar cómo la sombra en la rendija se evaporaba.

La niña no dio crédito y siguió inmóvil a la espera del cambio abrupto que la obligara a actuar.

Fue un sonido flojo lo que la terminó de despertar, sobresaltada en respuesta mientras partes de su cuerpo se hicieron líquidas durante un segundo.

La respiración le fue incontrolable, y mantuvo la boca cerrada como si sirviese de algo. Supo que de haber alguien fuera —o dentro— la habría escuchado, pero nada quiso reaccionar. Se armó de valor por no poder aguantar más.

Abrió la puerta y asomó, quedando la instintiva desilusión no consciente porque allí no hubiera nada.

Al salir, el olor del museo la volvió a invadir. Miró a la puerta de al lado y la notó entornada: era una invitación. Advertida, se convirtió en líquido y se abalanzó sin preámbulos hacia aquella nueva sala.

Se introdujo por la puerta entreabierta y se sintió más segura al comprobar todo a oscuras. Comenzó a deslizarse con mucha lentitud, esperando a que la inexistencia de sus ojos se fuera adaptando a ver el corazón de la negrura. Chocó sin daño, amoldándose a la forma de una pata de mueble y —como una señal— quedó inmóvil escuchando. El único sonido que se devolvió fue un goteo, tan característico que su imaginación le habló del cadáver del museo. Era demasiado presuponer, pero la atmósfera enrarecida se aclaró en sus sentidos como si una conexión llevara a la otra.

Se movió otro poco y fue que chocó de nuevo, esta vez contra algo más blando. Dejó que su masa se amoldara y notó la forma de un balón estirado con huecos. Interpretó que sería una de esas pequeñas esculturas modernas, pero al deslizar y estirar su densidad notó la boca y la barbilla.

La plasta se apartó con retracción, casi plegándose en sí misma. Elis se volvió a acercar y tocó el cuerpo de lo que debía ser un humano. Se estremeció sin poderlo, y se fue apartando con cuidado. La policía no había pasado por allí, y le tocaría a ella hacer el trabajo... recordó que ya no le correspondía.

Tomó su forma física sin pensarlo, provocando darse con el hombro contra el expositor donde se resguardaba que parecía haber olvidado. El eco de la caída y cristal roto insistió en el suceso; ya que mataba al silencio, lo hizo lo más llamativo posible. Quedó en medio de una nueva paz, con alivio de saber que, de haber alguien —o algo— lo habría advertido.

Su vista fue visualizando mejor el entorno. Sin separarse de la pared, fue palpando con cautela en busca del algún interruptor de la luz. Levantó los pies para evadir con cuidado e intuición los restos del expositor y de la cabeza del muerto.

Fue que sucedió un leve destello que la cegó. La forma material de Elis se convirtió durante la misma duración en líquido como respuesta defensiva.

Quedó inmóvil hecha un charco, sin pensamientos posibles que la ayudaran a saber qué había sido aquel cambio de entorno. Se hizo persona y siguió tanteando en busca del interruptor.

Estaba a punto de desistir pero lo terminó localizando, pulsando sin éxito arriba y abajo. Una mala sensación invadió el pecho, como si supiera que otro destello se avecinaba.

Realizó lo que tenía que haber hecho antes, levantando la vista despacio para quedar fija mirando al techo. No había nada como tal, y supo de la trampa cuando las sombras insistían en latir y recelar destellos como una esfera serpenteante que tapaba la luz que sí se encontraba encendida.

 

 

El jefe Charles, de regreso a la sala del cuadro arrastrado, escuchó y se obligó a detenerse. Se mantuvo como una escultura griega hasta que giró poco a poco la cabeza en dirección al ruido justo a su espalda. Se mantuvo en la posición y fue que su comunicador se quejó entre estáticas. Cogió el aparato y contestó, exigiendo saber qué ocurría. Un agente agobiado habló sobre una invasión, de un sin sentido para la vista. Charles no se lo pensó y se movió comenzando a acelerar, aumentando el temor que recorrió su espalda como fuego.

Giró la esquina de lo que pareció el enésimo pasillo. Se detuvo y sus ojos se ensancharon hasta el límite que le permitieron los párpados: frente a él se encontraba uno de los guardas desaparecidos.

El guarda del museo se movió lento y torpe. Tenía el vientre hinchado, dobladas las piernas como si pesara. Se había percatado del individuo apareciendo por la esquina, estirando un brazo como si suplicara que le devolviese algo que jamás tuvo.

El jefe desenfundó y apuntó con la pistola al guarda como si en verdad quisiese disparar a la mala sensación en aumento.

El hombre siguió agonizante y silencioso, de mirada extraviada que sin embargo se enfocaba hacia el jefe de policía.

Los rostros de ambos cambiaron de forma drástica cuando los botones de la camisa del afectado se desabotonaron, con algunos saltando por doquier. La barriga se hinchó más, tornándose la piel de su cuerpo pálida y azulada.

Sin pensar mucho el porqué, Charles se tiró contra el suelo justo a tiempo para esquivar la lluvia de sangre y pus, la cual cubrió el alrededor como un pincel acometiendo.

Charles alzó la vista. Comenzó a preocuparle el sonido ensordecedor y lastimero que emitió el panal de insectos donde antes quedaba el ombligo del guarda.

El jefe se incorporó y comprobó que el hombre tambaleante seguía vivo. Estaba horrorizado, alternando la mirada hacia el bastardo de hexágonos y al rostro del policía que igualó su horror ante la visión. La última mirada hacia el jefe delató todo el sufrimiento que no pudo expresarse debido a la inexistencia de su lengua devorada desde dentro. El miedo trajo a su vez el mensaje que aquello no se trataba de un panal en sí, sino de un ser vivo retorciéndose, amamantando la sangre que no dejaba gotear por ningún borde.

Resultando cruel, Charles no tuvo otra y permitió la sangre fría, rutina después de tantos años al saber reconocer el rostro de quien asume y acierta que no puede salvarse.

Disparó contra el panal todas las balas de las que disponía en el cargador.

El cuerpo cayó desplomado al son de un vuelco en sendos corazones.

Charles se acercó, admirando con rabia al charco pardo formándose alrededor de lo que fue hombre. Del panal surgió una clase de lamento decreciente.

El jefe terminó de convencerse que había hecho lo correcto.

Dos agentes doblaron la esquina al fondo. Llevaban las armas desenfundadas, enaltecida la carrera para atender cuanto antes a su superior. Llegaron al frente y se limpiaron el sudor con la manga, cada uno a su manera. Preguntaron a Charles por su estado, y éste que se limitó a rechazar con un gesto de mano toda preocupación. Los policías asintieron y miraron perplejos los restos del hombre abatido, palpitante como extraños espasmos finales.

La radio de Charles comenzó a hablar. Se pidió una ayuda para una zona donde un ruido invadía todo hueco.

 

 

Elis se cubrió la cabeza con los brazos al no parecer suficiente el refugio bajo el expositor. La marea de insectos ya había cubierto las cuatro paredes de la enorme sala. Donde mirara sólo vio líneas dibujándose y borrándose al mismo tiempo para trazar el caos viviente. Tendría que salir y afrontar el momento, armada con la idea y esperanza de ahogar a los insectos que acometieran al ir convertida en líquido.

Surgió de debajo del amueblado con la forma de una ola, más pequeña que la que amenazaba la sala, pero capaz de hacer frente conforme notó a las polillas estrellarse y amoldarse en su propio cuerpo. Notó con desagrado aumentar su peso y masa por la acumulación de insectos.

Llegó a la otra punta y se escurrió por debajo de la puerta junto a la desagradable sensación sonora de los insectos desprenderse y destrozarse para ser puré.

En el exterior, tomó su forma normal y acto seguido se miró con prisas el cuerpo pringoso de un tono negro como el de un baño de alquitrán. Resopló e intentó limpiarse la cara con las mangas.

Escuchó los pasos de carrera y, activada aún con el instinto, se convirtió en la forma acuosa, mostrándose como tal ante los tres policías que aparecieron por la esquina.

Los policías no dieron crédito a la gelatina negruzca semi-transparente en mitad del pasillo entre cuadros renacentistas. La preocupación surgió en lo que se tarda en reconocer a una persona, no pudiéndose confirmar cuando la gelatina viviente se dio la vuelta para escapar.

Elis avanzó mientras su forma temblorosa se mostró inestable por culpa del cansancio; pocas veces usaba un poder tan de seguido.

Escuchó a los tres pares de pies agitarse en su persecución. Entre ellos estaba Charles, y sus miradas se habían cruzado aunque ella no tuviese. Fue un momento suficiente para vivir los sentimientos contradictorios entre ambos.

Se deslizó para girar por la siguiente esquina en un intento de derrapar que no funcionó y que le provocó el choque contra la pared. Se deshizo en un charco que no salpicó ni se dividió, pero que sintió como dolor. Recuperada del instante, comenzó a preocuparse de verdad.

La masa se enfocó hacia los tres hombres creciendo para la vista. Elis no se lo pensó y se dirigió hacia ellos en un movimiento lleno de rapidez y decisión.

La fricción deformó su frontal líquido, notando leves cosquillas que se expandieron por su estado. Los policías no aminoraron, extendiendo los brazos con la intención de agarrar o incluso golpear para lo que sería sorpresa y decepción de Elis. Justo a último momento del encuentro, la masa viró para esquivarlos, lanzándose contra la pared para rebotar y seguir por la inercia de impulso hacia delante, rebasando así a los agentes.

Charles y los suyos frenaron. Se dieron la vuelta para comprobar en un borrón como Elis —en toda su forma a como la conocían— abrió una de las puertas dobles. Surgió vomitada una nube vibrante de insectos que se expandieron en busca de las luces del pasillo.

Antes de huir, Elis siguió en su estado normal, y su mirada pudo hablar con la de Charles. Los trazos que pintaron el aire acabaron tapando las miradas, decorando el mensaje negativo que cada uno creyó entender. Elis se deshizo para desaparecer del plano.

 

 

Elis escuchó proveniente del piso de arriba ruido de golpes y pasos de un calzado no acorde a los habituales de la policía. Durante el avance esquivó a otros agentes que estaban nerviosos y atentos, por lo que fáciles de eludir.

Subió por unas escaleras que llevaron a una puerta entornada. Se filtró por el hueco en un movimiento dominado, a lo que iba cogiendo el gusto a pesar del creciente agobio por el abuso en su uso.

Dentro era pura oscuridad salvo por la línea vertical por donde había entrado, y temió que sus ojos no pudieran adaptarse. Anduvo de forma cauta con su forma real, precisa en cada paso para no provocar ni un roce de sonido; hasta para tragar saliva tuvo su extremo cuidado. Aguzó el oído y extendió el brazo como intento para guiarse.

Percibió el olor. Resultó rancio y devorador de tripas, y no supo de su procedencia. Esperó a tener mejor concentración. No pudo aguantar más el hedor y se movió con menos cuidado, golpeando con el pie un objeto duro en el suelo.

Un sonido respondió y comenzó a arrastrarse en su dirección. Elis maldijo a todo lo existente y se hizo líquido. Sintió dolor y se escurrió en dirección contraria con la esperanza de no toparse con lo inoportuno. Chocó contra la pared en apenas unos metros.

Tomó su forma para ir palpando. Notó a lo invisible girarse hacia otro sentido. Lo escuchó alejarse y dedujo que estaba tan perdido como ella.

Con paciencia siguió avanzando con saltos de mano contra la pared. Fue tomando seguridad hasta que tropezó con otro objeto, cayendo de bruces para darse en la barbilla.

Lo que se arrastraba hizo notar su aumento de ruido y fue dirección a la niña caída.

La pequeña heroína se incorporó sin ocultar los gruñidos, y avanzó sin orientación mientras sus manos se encargaban ahora de toquetear la mandíbula dolorida.

Pronto vio la luz en una puerta entornada devolviendo un leve reflejo desde el interior. Se acercó con sigilo y asomó con mismo cuidado y esfuerzo.

El interior le recordó a una buhardilla con zona de vigas. En el centro había un pequeño foco alumbrando una pared desnuda sin pintura. Otras dos luces en el suelo acompañaban, resultando ser unos agujeros. Todas hermanas circulares; tres puntos esclarecedores.

Elis se imaginó que de ahí provino el ruido, y sin pensarlo dio una patada a la puerta para impulsarla contra lo que estuviese escondido detrás.

Nadie.

Más segura, se abalanzó con un placaje, terminando en una voltereta que la dejó cerca del foco para poder cogerlo. Movió con rapidez la luz por toda la habitación.

No había nada. Siquiera un sonido.

Desconcertada, escuchó acercarse a lo que se arrastraba. Quedó absorta mirando el umbral de la puerta que acababa de traspasar, analizando cada discurrir de aquel movimiento puro e impaciente, lento porque no tenía otra. Elis debía moverse, pero sintió que tenía que ver aquello; su curiosidad era plomo en la voluntad.

El deslizamiento fue cada vez más notorio, delatado carne desnuda arrastrada sin respeto.

Gotas secas contra el suelo, casi mudas, despertaron del trance momentáneo a la pequeña, con lo que se tocó la nariz ensangrentada, producto de la caída o del abuso de su poder del día.

Como si fuese una advertencia, salió por la puerta sin soltar la luz. Cruzó el umbral y enfocó alrededor en busca de algún camino. No llegó a enfocar en ningún momento a lo que estuviese vivo.

Encontró unas escaleras en la pared de más al fondo, y se dirigió corriendo sin pensarlo, dejando atrás al estómago revuelto que no le apetecía vislumbrar lo que moraba en la oscuridad.

 

 

Ninguno de los agentes la había visto, y más tratándose de un ser hecho de líquido. Lo peor era la constante ausencia del asesino, salvo por los actos sutiles que no concordaban con una persona tan cautelosa.

La radio volvió a hablar para confirmar que ya habían llegado los fumigadores, subidos de moral para limpiar todo lo que midiese como un pulgar. “Ojalá midiesen así todos esos bichos”, lamentó Chales.

El jefe pidió que tres agentes los acompañaran y que el resto despejaran las zonas. Los fumigadores iniciaron la barrida.

 

 

Le llegó desde la espalda un sonido lejano acompañado de un olor. Parecía tratarse de una mezcla de... —dudó— almendra y anís. No pudo determinarlo y decidió obviarlo por el momento.

Elis salió al exterior de una terraza iluminada en las esquinas alejadas por altas luces blancas con intuición de azul. Fue cegada por otra clase de visión más opaca.

Resultó imposible no apreciar la figura oculta en sombras situada justo en el centro de la terraza, como si acaso hubiese medido y centrado su ubicación para impresionarla.

La pequeña heroína alzó el foco contra él. Éste comenzó a alejarse, ondulando la gabardina que llevaba. La vigilante actuó y lanzó a un lado el pequeño foco, que chocó e hizo trizas su cristal.

Creyó llevar la delantera conforme se acercó a la carrera. El desconocido fue directo al límite de la terraza y saltó sin pensarlo, donde Elis no lo imitó y aminoró por pura cordura de imaginarlo aplastado contra el suelo.

Al asomar no encontró visión alguna por la que atormentarse, y una percepción por el rabillo del ojo delató a la figura corriendo abajo por la calle como si no hubiera existido obstáculo alguno.

No tenía tiempo de planificar, e improvisó otra de sus confianzas extremas al saltar mientras se convertía en su poder del día. La consistencia llovió y produjo un estallido contra el suelo que hizo retumbar un poco los cristales exteriores del museo.

Elis avanzó mientras regresaba a su estado original, aprovechando una inercia de energía no prevista que, sin embargo, no sirvió para evitar perder de vista al sospechoso, ya evaporado como si tuviese mejores poderes.

Se detuvo y descansó apoyándose contra las rodillas. Miró a un lado al museo como si le sirviese para distraerse y soportar la respiración jocosa. Tragó saliva en intermitentes forzados.

Comenzó una carrera leve y viró con la decisión de volver a entrar al museo.

 

 

Alrededor de dos horas después los fumigadores habían terminado. Fueron seguidos por un séquito de agentes armados con escobas recogiendo montañas de polillas tiesas, de un aspecto casi de pequeñas piedras blancas. No pareció quedar ni una con vida, pero el jefe de policía no pudo evitar tener el presentimiento de que así lo habían deseado los insectos.

Desde un principio hubo sorpresa en la parte superior por el extra de balas que hicieron falta para abatir al insecto más grande que habían visto jamás. Un par de sus agentes vomitaron cuando sobrevino el olor que surgió de aquel cuerpo, camuflado a tiempo por el tóxico de los fumigadores.

Tras recordarlo, un policía apareció por una esquina (lo habitual en esa noche) para acercarse corriendo a Charles. Pareció tener una urgencia, pero al detenerse la voz le surgió entrecortada, intentando ser calmado cuando la mano de su superior se le posó en el hombro.

Charles arrimó su rostro para comenzar iniciar un inofensivo interrogatorio:

—¿Qué ocurre? ¿Por qué no has informado por radio?

El policía señaló con las dos palmas la ausencia de su intercomunicador en el cinturón. La tensión se mostró descarada:

—¿Te la robó el asesino...?

—Sí —el agente pestañeó nervioso—. ¡No! No. Perdón. Ella —pudo decir al son de un gesto que desatascó su mente—. La agente River.

—Ex-agente —remarcó Charles.

Se evadió y sopló sin poder disimular. Regresó la mirada hacia el subordinado.

—¿Por qué te lo quitó?

—Para no poder avisar y que fuéramos a por ella —respondió jadeante.

El jefe bajó la vista.

—Y para dejar un par de mensajes importantes.

La alzó:

—Todo es importante en su mundo —inquirió—. ¿Qué ha dicho?

—Que persiguió al asesino. Sin éxito —el hombre pareció un poco más relajado—. Dice que es alguien con gabardina. Calvo.

—Ajá, ¿y por qué no la detuviste por invadir la escena de un crimen?

—Lo intenté, lo juro —exclamó y puso las manos por delante—. Pero me hizo una de sus llaves que...

—¡Es sólo una niña! —gritó el jefe y apretó los dientes. Le fue imposible disimular una rabia que le hizo temblar los brazos—. ¿Tú sabes la edad que tiene? ¡Es imposible que sea cinturón negro de nada! —amenazó con un dedo que atravesó la tensión entre ambos—. Al contrario que tú.

Cristales ficticios crujieron bajo los pies del agente que se alejó asustado un paso atrás.

—Señor, lo siento... —la voz y la mirada se colmaron con inocencia inútil—. Lo siento, hice lo que pude, ¿comprende?

Charles comprendía demasiado bien a su agente: se trataba de Elis.

—¿Y el otro? —preguntó Charles.

—¿Quién otro?

—¡El otro mensaje, joder!

—Sí, sí —retrocedió otro poco—. Que el cadáver está en la sala donde liberó al enjambre que permitió despistaros como a paletos —explicó el agente. Pareció percatarse de un detalle de enojo—. Es lo que dijo —posicionó de nuevo las manos por delante—, no tengo nada que ver.

El jefe no dijo nada y afirmó para sí. Dio las órdenes correspondientes para que fueran a por el cuerpo. Por su parte marcharía de nuevo al punto de inicio a descansar la mente. Por una vez vio el lado bueno que tiene el ambiente tranquilo de un museo.

Llegó a la sala del cuadro extendido sobre el suelo como una pieza congelada en el tiempo. A Charles el lienzo le produjo otra sensación diferente, sorprendido en cómo una corta experiencia puede cambiar cualquier impresión posterior.

Se detuvo al descubrir otra clase de sorpresa. Se percató que partes del pentáculo quedaban bajo la pintura sangrienta: la confirmación de seguir el patrón apareció de nuevo. Primero había sido dibujado el símbolo, para luego remarcar encima el sin gusto típico de psicópata.

Siguió inspeccionando la sala, tan inmaculada salvo por el rojizo ennegrecido. Los blancos le relajaron, y comenzó a notar el cansancio junto al dolor de ojos. Bajó la vista y lo vio.

Se agachó para analizar mejor al punto, de un tamaño diminuto.

Estrujó el entrecejo para crear un laberinto simétrico y abultando en la piel de la frente; parecía una gota que hubiese caído desde arriba...

Elevó la vista y descubrió en el techo un cuadro reducido con una mancha invadiendo desde el centro. Su arte era de diferente tono al principal, tan explicativo por sí mismo como lo es una pequeña polilla en mitad de una explosión de pintura hecha eternidad.

Un día perfecto para Elis
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