Factor Nostalgia

 

 

A Eddy no le gustó el bar donde se habían citado. Era limpio, con cuadros de una misma temática y una camarera que no flaqueaba en ningún detalle. Demasiado perfecto, y sabía que los dueños que mantienen una imagen delatan algo que ocultar. Su madre le habría acusado de leer demasiadas novelas, pero ella no era policía y no había visto ni la mitad que él. A su vez sus compañeros echarían en cara a Eddy sobre que no había visto ni la mitad que ellos.

Halcón Furtivo —el alias de Terry Strong— formó dúo en alguna ocasión con la melliza muerta de los River. Se decía que eran amigos más allá de las capas y eso le hizo sospechoso, al igual que con George Rautin. ¿Qué clase de adultos se juntaban con niños como si nada? Después de conocer a la víctima, uno comprendía y atribuía parte de la culpa a una madurez precoz, además del trato entre iguales como vigilantes. En el caso de George se comprendió por las ideas e intereses tecnológicos, pero Terry —según re-leyó esa misma madrugada— albergaba un sentido de la justicia más oscuro que le llevó en más de una ocasión a mostrarse controvertido o a incluso ser detenido. Sus métodos no cuadraban con la inocencia de la heroína caída. Siquiera era sobrehumano, ¿qué les unía? En ese bar esperaba hallar las respuestas.

Lo había contactado de forma sencilla a través de una web de contactos para vigilantes, los cuales solían publicitarse en guías o incluso en las cadenas locales. Lo llamó y citó, sin ocultar la naturaleza policial de la que el vigilante aceptó imaginando el motivo. Colgó y Eddy repasó el anuncio. Seguía sorprendiéndole que se hubiese puesto tan de moda el servicio de guardaespaldas y de patrulla de barrio bajo la forma de los vigilantes. En parte redujo la delincuencia, pero creó una pequeña crisis en los sectores relacionados con la seguridad, incluido en el policial aunque fuese en menor medida.

Terry apareció cinco minutos tarde. Miró alrededor y paró la vista en la mano alzada de Eddy, situado en la barra. La apariencia del hombre era altiva y fibrosa, cabeza cuadrada con una cara en constante sueño. Su piel lo delató nativo americano, pero no poseía el pelo largo que suele lucir dicha cultura. Sus vestimentas eran propias de vaquero, incluido el sombrero.

Le sugirió sentarse en una de las mesas y Eddy cogió su café como afirmación. Terry pidió una jarra bien fresca de cerveza, detalle que incomodó a Eddy por el frío que hacía esa mañana.

Una vez sentados, Terry se quitó el sombrero y le dio la mano a Eddy. Quedó con una sonrisa de canoa antes de iniciar la conversación:

—Agente... —dudó—. Eddy.

—Sí.

—Muy bien. Si vamos directos mejor —aseguró Terry con poco acento. Miró a la barra observando cómo le llenaban la jarra con el grifo de barril.

Eddy tenía la intención de abordar el tema con delicadeza, pero se alegró por saltarse algún que otro paso:

—Quiero saber la relación que tenías con los River.

Terry reaccionó de forma extraña. Debía de imaginarse que lo habían citado por ello, y aun así se mostró con las defensas bajas.

—Vas de paisano, ¿me equivoco? —quiso saber Terry.

—Estoy de servicio.

—Muy bien —dijo y relajó el tono—. Pues fuimos compañeros contadas veces. Trabajamos juntos y se nos daba bien. ¿Qué no sabe la policía?

Pareció impaciente, y se relajó al ver llegar la jarra. No tardó en pegar el primer trago.

—Hemos re-abierto el caso y estoy recopilando nueva información.

—De mí poco más vais a concluir.

—Me gustaría saberlo de primera mano. No me conformo con leer el informe e ir probando direcciones —dijo Eddy, pero sonó con poco convencimiento.

—Si todos los polis trabajáis así, no me extraña que el caso aún no se haya resuelto.

El agente no dijo nada, enfocando una mirada de sospecha que poco funcionó. Terry rió por lo bajo.

—Yo también estoy dolido como los familiares de River, ¿qué te piensas? —aseguró Terry. El acento se le remarcó—. Era mi amiga.

—¿Por qué erais amigos?

—En el informe lo pone —señaló con la jarra—. Me parece una tontería repetirme —inició otro sorbo.

—Por favor, cada policía tiene su método.

—En fin. Trabajé de casualidad con los River contra una red de contrabando que al final fue desarticulada por otros vigilantes. Esa frustración nos unió —dio otro sorbo rápido a su bebida—. Después del intento de trabajo fuimos a tomar algo a una cafetería y las bromas que surgieron sobre lo ocurrido nos divirtieron. La otra melliza pasaba de mí, parecía caerle mal. A saber. Pero ella se mantuvo pegada a mí y fue un poco pesada —afirmó con la cabeza—. Lo fue incluso durante la misión.

—Ya veo.

—Aquella noche de risas estuvo tan bien que volvimos a quedar a los pocos días. Fue entonces que caí en la trampa de un crío, porque allí sólo estaba ella —dio un sorbo—. Me había dicho en un mensaje que la familia iba a dar una vuelta y que los acompañase, pero era para convencerme de ir. Al final me quedé ahí con ella tomando un café.

—Es... —comenzó Eddy. Se arrepintió porque ya no podía callar—. Disculpa que lo diga...

—Sí, era una puñetera cría, pero tenía buena conversación. Además, no estaba desarrollada, era imposible que me atrajera. Quedamos como dos compañeros de oficio que hablan sobre las putadas y demás gags de ésta faena de calle. Eres poli y me entiendes de sobra —contuvo un pequeño eructo—. ¿O no?

Quedó un silencio un tanto incomodo, así lo sintió Eddy. Cada uno bebió con cuidado. Terry se animó a seguir:

—Colega, pensaba que con una o dos veces que quedásemos se vería lo estúpido del tema, y más después de un tiempo tras aquella misión frustrada. Pero, mira tú, siguió habiendo buen rollo. ¿Qué hay de malo? —se encogió de hombros—. Un día decidimos salir a la calle y buscar un poco de leña que quemar. Sólo hubo un par de carteristas, pero fue divertido.

—El informe asegura que llegó a estar en tu casa.

—Esa fue la siguiente vez que nos volvimos a ver. También de casualidad —remarcó—. Después de ese día no la vi en un par de meses, y me fastidió volver a encontrármela —cortó para dar un trago largo de la jarra—. Me caía bien, claro que sí, aunque fue inoportuna porque esa noche iba a ir a mi casa con Sideral, una vigilante que se hace de rogar. Ya me entiendes.

—Me suena esa mujer. ¿Rebeca Stan?

—Gloria Washington. El caso que la había convencido durante un trabajo y la niñita nos encontró a los dos en mitad de esa misión. Como siempre viene bien la ayuda contra cualquier clase de delincuente, la dejamos acompañarnos. Una vez terminamos, no conseguimos despegarla para que no se viniese a casa. Lo que pudo haber sido una noche íntima con Sideral, acabó siendo un cúmulo de juegos de mesa y anécdotas donde las chicas lo pasaron bien mientras yo miraba aborrecido el reloj.

Terry elevó la jarra con ímpetu y terminó la cerveza.

—Y ahora... —se levantó.

—Espera, aún no he terminado.

El hombre miró a los lados a la espera de lo que el agente tuviese que decir.

—¿Dónde te diriges? —preguntó Eddy.

—A mi casa, claro.

—Lo llevo. Así podemos hablar un poco más.

—He venido en mi coche.

—Claro.

—Ya hemos desayunado y nos hemos conocido —su tono era más cordial—. Como compruebo que eres de fiar, te diré que voy a mi sesión de ejercicios. Es algo sagrado que nunca me he saltado, ¿comprende? —guiñó un ojo—. Si he venido y apretado estos minutos ha sido porque tenía que ir un momento al banco. Ha tenido suerte, agente.

A Eddy le costó responder, pero lo logró:

—Si no le importa, me gustaría ir a su casa a continuar la charla.

—¿Otro que tal? —ironizó.

—Si no acepta, volveremos a vernos, pero con la diferencia de una orden judicial —dijo Eddy ocultando su propia sorpresa.

El hombre, todo altura una vez de pie, analizó y le devolvió una sonrisa. Sin decir nada, dio la vuelta sin esperar. Le tocó a Eddy pagar la cerveza.

 

Por el camino siguió al coche de Terry y tuvo la impresión que éste había intentado que lo perdiera de vista en un par de giros y rodeos. Al entrar en la casa Terry pidió que lo esperase en el gimnasio mientras se cambiaba. El agente bajó por unas escaleras y enseguida lo vio. Dio una pequeña vuelta observando las máquinas de ejercicio.

Lo que a Eddy le seguía intranquilizando era el cambio radical que aquel hombre había tenido. Antes del suceso Terry Strong no hacía honor a su apellido. Debió de pasar algo por su mente para decidir instalar —o quitar el polvo— a la maquinaria de gimnasio en ese cuarto del piso más inferior de la casa. Era un gimnasio al completo, y todas las maquinas tenían la apariencia de desgastadas. Terry apareció y fue directo a sentarse en una de las máquinas. Eddy no supo que decir, y se mantuvo atento, repasando de vez en cuando el móvil. Al cabo de unos minutos, el vigilante cambió de máquina. Hasta el momento no habían hablado, como si el indio lo ignorase adrede.

El policía observó al hombre tumbado y sin camiseta sufrir los estragos por obtener y mantener un cuerpo. Estaba con ejercicios de brazos y piernas, de los de estirar dos manillas enganchadas para estirar y luego flexionar las rodillas. El agente no sabía cómo se llamaba la máquina, aunque tampoco le interesaba. Eddy recordó haber pasado las pruebas físicas para policía con una puntuación muy ajustada. Algunos pensaron que tiró de contactos para aprobar, pero no fue así, Eddy era lo que era.

Imaginó qué le supondría tener el cuerpo de Terry, lo que le salvaría de algunas de las bromas de sus compañeros, aunque no de todas.

—¿Te gusta lo que ves?

Eddy volvió en sí al sentirse ofendido.

—Si quieres me quito el pantalón.

Entonces miró a la cara de Terry sin disimular dicha sensación.

—Eh, eh, tranquilo —resolló el vigilante mientras ejercitaba cada vez con más esfuerzo—. Bromeaba. Te he visto tan fijo mirándome que me lo has puesto en bandeja. No tengo nada en contra de los gays, ¿eh?

—Estaba repasando qué preguntarte. Un poco de respeto a la ley.

—Seguro.

Eddy siguió observando la situación para centrarse en lo importante.

—Sé que los River tienen también un gimnasio en casa —dijo Eddy—. ¿Hablasteis de esos temas?

—Sí y no —dijo Terry en su lucha contra el agotamiento—. Ella usó un par de veces éste gimnasio sin permiso alguno.

Eso significaba que ella había estado más de una vez en la casa.

—¿Sin permiso?

—Así era ella —paró y descansó sin apartar la mirada de Eddy—. Se tomaba demasiadas confianzas. Ya ves qué mal cuando me cortó el rollo aquella noche con Sideral —alargó el brazo al suelo y agarró la botella de plástico con la bebida isotónica. Pegó un trago largo.

—¿Qué más hizo por la casa?

—Trastear mi ordenador. Le dio manía y lo arregló y mejoró. De eso no me puedo quejar.

—Significa que te cogió mucho aprecio.

—Por desgracia, sí —se levantó para dirigirse a otra de las maquinas—. Te digo que me caía bien y no niego que hubiera repetido más misiones con ella y su familia, pero ya ves que al final me trajo más disgustos que alegrías la jodida enana —se tumbó en la nueva máquina y elevó los pies a un soporte como muelle. Comenzó a realizar ejercicios de piernas empujando y aflojando—. Le solía acusar con poco disimulo para alejarla... —resopló agotado—. Aun dándose cuenta, lo ignoraba con impertinencia —gruñó un esfuerzo—. Cuánto lamento que fuera tan ingenua para la vida.

—Tan inteligente que era.

—Demasiado... —entrecortó por la respiración acelerada—. Demasiado diría yo —se fue tornando más rojo—. En... En este mundo la inteligencia más premiada es... es la que mejor ha sabido esconderse hasta el momento adecuado.

Eddy decidió no preguntarle hasta que dejara los ejercicios. Se sentía agobiado de verlo, y sus ojos se tornaron llorosos al observar todo aquel sudor y sufrimiento; se sentía como en una sauna.

Miró alrededor al gimnasio y entendió por qué se había citado en aquel bar con Terry. Todo estaba blanco y pulcro, quizás de una obsesión por el orden. Muchos de los vigilantes solían tener esa patología, sus mentes enfocadas también a limpiar las calles con fuerza.

Estuvieron rato sin decirse nada. Terry se limitó a ir cambiado de máquina o utensilio, pareciendo que quería completar un circuito entre todas las máquinas y mancuernas, sin mostrar un ápice de considerar al policía.

Eddy sintió algo extraño con aquel comportamiento, pero temió que fuese una de sus suposiciones erradas. Recordó que debía darse más oportunidades a sí mismo y confiar más en su intuición.

—Terry, ¿crees que tenía enemigos? —preguntó tras un impulso del que se dejó llevar.

El fornido lo miró como si recordara de repente que Eddy estaba allí. Sonrió con dolor y dejó un momento las pesas en su sitio:

—Todos los vigilantes los tenemos.

—¿Alguno en especial?

—En la cárcel —retornó al levantamiento.

—¿Alguno de ellos que sepas que haya salido?

—Si fuera así... —sopló con fuerza—, no se atreverán a delinquir —resopló con furia—. Suele ocurrir desde que hay vigilantes en la ciudad.

Ese dato era real, pero no implicaba nada. A Eddy aún le quedaba mucho por delante.

—En fin, creo que no tenemos nada más que tratar. Contigo todo en orden.

—Supongo que gracias —expulsó con un toque de sorna. Dejó las pesas y controló su respiración mientras se incorporaba—. Si fuera usted, investigaría a la propia familia.

—Hum, ¿qué sabe?

—Lo que le he dicho. Me refiero a que en esa familia sucede algo —indicó con el dedo—. Si no, las niñas de esa casa no se habrían pasado el día fuera y de forma tan libre.

Algo se activó dentro de la mente de Eddy.

—¿Cree que el asesino es uno de los familiares?

—No nos abalancemos —dijo Terry sin disimular que Eddy le divertía, eso ofendió un poco al agente—. Sólo digo que en esa familia sucede algo malo que atrae sucesos. Mucha mierda. La verdad que no sé explicarlo.

—Lo entiendo.

—¿Me entiende?

Terry se levantó y realizó un gesto de broma que a Eddy no le gustó.

—Me marcho ya. Muchas gracias por todo, señor Strong —dijo y se dio la vuelta.

—Agente Eddy.

El agente giró y se mantuvo atento.

—¿De verdad hemos quedado sólo para que me interrogue?

—Claro. No entiendo... —comenzó a darse la vuelta. Lo encontró más cerca.

—¿Me está diciendo que toda ésta movida no es para echar un polvo?

Eddy reculó. Debió mostrar una cara bastante curiosa por la que puso Terry como reacción:

—Vale, vale. Gili... —se contuvo—. Joder, pues le he seguido el juego.

—¿Qué le hacía pensar eso? —Eddy intentó mostrar autoridad.

Terry frunció el ceño.

—¿Para qué me ha contactado entonces por ése teléfono? ¿Por qué ese rollo del interrogatorio si no era para ponerse a tono?

—Explíquese, por favor.

—Joder, qué ignorante. ¿No está al tanto que algunos vigilantes nos anunciamos por esa web con segundas? No me joda. O sí. Vamos, no sé...

—Hable bien cuanto esté conmigo.

—Vale, vale, salvajito —le guiñó un ojo—. Pensaba que lo sabía. Nuestros números normales están por las guías en papel o... —pareció temeroso de decirlo—. O en la propia comisaría.

—Estaba navegando y aproveché —apresuró a decir Eddy—. Usé el buscador y pensaba que se trataba del mismo número. No tenía ni idea de esa web. Apenas aparenta nada fuera de lo típico.

—¿No se fijó en los banners porno? —bromeó Terry y se rascó el cuello de forma nerviosa—. Ya veo. Es un tema que no se habla aunque todo el mundo esté al tanto. Como el propio sexo —dijo y se relajó un poco—. Por mi parte lo hago por ganarme un extra, y más que en éste año he tenido muchas misiones sin ánimo de lucro.

—No hay pocos vigilantes en ese listado...

—Para todos los gustos, colega. Por mi parte no soy gay pero me gusta hacerles feliz —sonrió—. De joven mi grupo de amigos lo era y me acostumbré a ser el hombre. Además, mi cuerpo tiene que ser rentable, no está hecho sólo para los malos de turno —guiñó y cambió la sonrisa—. No hago nada ilegal, ¿vale? Es sólo que a algunas personas les pone mucho los vigilantes...

—No hace falta que siga explicándolo, por favor. Lo entiendo —a Eddy se le notó tenso.

—Perdona. He presupuesto demasiado.

—No pasa nada. También es culpa mía. Ahora ya lo sé.

—Eso espero.

—¿Entonces —dijo Eddy de repente—, ha mentido en el interrogatorio? —entornó los ojos. Su gesto pareció artificial.

—Para nada. Lo mismo que ya conté en su momento.

Concluyó y se mantuvo pensativo, algo nervioso. Reincorporó los pies.

—Si puedo ayudarle en algo más —alargó—. No me importa que continúe con más preguntas.

—No se preocupe. Gracias por su colaboración —dijo Eddy sin seguir mostrando una emoción. Le tendió la mano.

—No hay de qué —le correspondió—. Ya sabe dónde estoy.

Soltaron las manos y Eddy no tardó en girarse con intención de irse del gimnasio.

—También sabe dónde está la salida —concluyó el vigilante con otro tono.

El policía echó un último vistazo antes de salir. Terry regresaba a otra de las máquinas de ejercicio, repartiendo una última impresión de agobio en Eddy por la nueva sesión que iniciaría. Se fijó en la entrepierna de Terry y comprobó que, si no estaba en erección, poco le faltaba. Recordó a Susan y tuvo que reprimir una imagen.

El policía giró con prisas y salió de la habitación. Subió las escaleras y se dirigió absorto hacia la salida. Abrió la puerta y la luz reflejada en el asfalto lo cegó. Por un momento su mente sólo fue el cantar de los pájaros en la calle. Tuvo una mala sensación y se dio la vuelta con presteza.

No había nada.

A lo lejos se escuchó el ruido que seguía expulsando Terry como si fuese una máquina de vapor. Hierros y carne en conjunto para obtener la fortaleza que tan pocas veces había sentido en su vida el bueno de Eddy. Recordó las mil quejas sobre su persona y una vez más de tantas se dijo que había que ser fuerte para aguantar tanto tiempo.

Tanto tiempo.

Observó el lugar, encontrando un símil con el fondo del pasillo, oscuro y secreto. Miró al exterior. Cerró la puerta emitiendo un golpe que hasta Terry escucharía. Una queja entrecortada lo confirmó.

Eddy se giró y analizó de nuevo el interior de la casa; debía de ser rápido si no quería ser descubierto. Tanteó el comienzo del pasillo, donde vio una puerta entreabierta que daba al baño. Lo rebasó y se adentró en las entrañas oscuras, apresurándose en asomar en cada puerta hasta que halló lo que supuso que era el dormitorio, lleno de un olor fuerte. Sin pensarlo, entró, cerró y se tumbó en el suelo. Se introdujo debajo de la cama llena de polvo, olvido y pereza; un contrario hipócrita a lo pulcro del dueño. Con esfuerzo, sacó un pañuelo de su bolsillo y se tapó la boca.

Se mantuvo aguzando el oído, lleno de nervios por ir en contra de la moralidad; de las leyes; contra sí mismo, apoyado en la esperanza de que esa locura serviría.

Al fondo quedó el ruido de las maquinas subiendo, bajando, ejercitando, subiendo...

Un día perfecto para Elis
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