Todo se había iniciado con un pitido. Al principio le había costado reconocerlo por culpa de la tensión.

El jefe de policía aceleró el coche por la carretera rural. Derrapó e ignoró con éxito los gritos de los granjeros de las casas colindantes, situadas tanto en altos como por las partes más bajas junto a huertos escarbados. Charles se sintió en su derecho de saltar la ley; no era para menos, ya que “Billy” era la palabra que lo había iniciado todo.

El paisaje corriendo a los lados le hizo recordar cada paso dado hasta ese momento como si cruzase por un túnel de cinética hacia el pasado.

Había dejado a sus chicos a cargo del último crimen relacionado con el caso del asesino de las polillas —donde la víctima resultó ser el propio asesino—, y regresó a comisaría para investigar por el paradero de su compañera. Cuando estaba a punto de marchar hacia el lugar a las afueras del que le había hablado su compañera, fue que escuchó el pitido. Tras segundos perdidos de pensar en decenas de probables y posibles, se maldijo y alcanzó de un manotazo su móvil. Abrió y miró la pantalla tras pulsar para abrir el mensaje: “Billy”. Nada más.

Nada más que un nombre.

Cada paso es importante, se repitió. Se había obligado a avisar a su familia. Sabían que les traería consecuencias —sobre todo por Charles—, pero toda ayuda era necesaria, y más de quienes tienen derecho. El jefe se sintió herido por el silencio que produjo Luk tras contarle lo sucedido por teléfono, aciago aviso a las explicaciones que tendría que dar en un futuro próximo a sus superiores.

Cada paso es importante…

El mensaje sólo podía ser de ella. ¿El nombre era de quien la había apresado? No recordaba cómo se llamaba el pálido que la estaba atormentando, aunque sí recordaba que era un nombre más largo. Entonces se centró en lo que ya imaginaba que sucedería desde el mismo primer día en que ella consiguió ser policía. No sabía sobre los que hubiera detenido a lo largo de su corto pero intenso oficio, así que le llevaría un tiempo que no tenía.

Quizás fueran muchos, pero tuvo la idea de reunirlos a todos.

Se centró para tomar a tiempo una curva. Los coches patrulla que le seguían se lo tomaban con más calma. Las sirenas inundaban la amplitud del campo, que se llenó de aves adelantándose a la aparición de la bala por carretera. También se escucharon mugidos nerviosos, y deseó que las campanas que acompañaron la lejanía no auguraran una mala conclusión.

Volvió a los momentos en que juntó a los agentes en la sala de conferencias para preguntar si alguien sabía por un tal Billy relacionado con la joven vigilante. Nadie concluyó nada claro y Charles lo dejó estar, no pudiendo ocultar una ira incontrolable que se transformó en una silla contra la pared.

Se dispuso entonces a hacer llamadas que no deseaba, y en ese momento acudió corriendo en su despacho un joven agente sudoroso. Lo conocía de la misión en el orfanato: fue uno de los pocos supervivientes. Tras un rato de charla, apareció uno de los agentes veteranos que corroboró la historia.

Justo cuando terminaban de contar aquel trabajo sucedido dos meses antes —justo el maldito lunes en que se inició todo—, el móvil volvió a sonar, se activó el fax e incluso pitó su busca guardado en el cajón:

“Billy”.

Billy, de alias Cañón. Consiguió el siguiente paso a dar.

Un día perfecto para Elis
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