Resta

 

 

No debía tomarse ni un día libre, pero como tampoco podía dormir, se obligó a realizar una patrulla nocturna. Sonrió con ironía por ese ímpetu de no querer perder el tiempo.

Tras una madrugada sin nada memorable —salvo ayudar a un perro que estaba siendo apalizado por dos cobardes—, dio por concluida la ronda. Decidió ir a una cafetería y parar en el banco de un parque antes de regresar a casa.

Entre sus manos había un enorme vaso de plástico con restos de café. De lo que más le dolía del día perfecto era no poder disfrutar del beneficio de la cafeína, su segunda sangre. Dormir ahora le era una opción, el mismo eslogan que presumía el café en un sentido más directo.

Estiró el cuerpo y siguió con la manía de no estar completa al no ir puesta de traje. Iba como quien tenía que ser, con la ropa de calle y el pijama debajo, y sentía que estaba traicionando a algo mayor… sería acostumbrarse, volvió a defender tras perder la cuenta.

Le pareció escuchar un ladrido en la lejanía. Supuso que sería el perro que había salvado. Fue recordando la reciente escena donde arremetía contra los dos energúmenos, uno más alto que el otro; mucho más altos que ella, de lo cual una vez más demostró que la altura jamás suponía un problema. Jugó al baloncesto con su orgullo y los dejó noqueados en el suelo, con nuevos tatuajes como moratones. En un momento había cogido al más joven, examinando su mandíbula. Se quedó hipnotizada en la forma de su barbilla, su oído por igual al escuchar al perro gruñendo y mordiendo la pernera del otro. Por su mente pasó todo lo malo que había hecho ese chico —no lo sabía, pero seguro que era así, su aspecto lo delataba—, desde acosar a una chica de su clase a dejarse convencer y drogar por el otro. Eso la enfureció, golpeando su boca un par de veces, lo que descubrió que seguía despierto, desencajando sus ojos ante lo que tenía enfrente…

Un monstruo.

Exhaló aire y al inspirar dejó que la frescura del parque aquejase sus pulmones. Aguantó la respiración y expulsó el aire de forma calmada. Se notó un poco más energizada.

Escuchó los pasos y miró a un lado del camino. Un hombre andaba en su dirección. Un poco más cerca, lo identificó como un mendigo. Llevaba harapos y un abrigo mugriento. Juró ver que en su cuello quedaba un collar con un ala de murciélago.

El hombre, de larga barba negra natural y marrón por mugre, se detuvo a su lado y miró el café con ansia. Hipergirl se lo tendió sin titubear. Le recordó a un famoso actor cómico que se suicidó.

Tras el sorbo que apuró el resto del vaso, el mendigo se centró en mirar a la niña mientras introducía la mano libre dentro del abrigo.

El mendigo sacó una pequeña palanca.

La niña reaccionó elevando a media altura los brazos sin dejar de mirar a la palanca. No pudo ponerse de pie debido a que el hombre se movió y quedó justo delante de ella:

—Vengo en representación de tus amigos —dijo el sin techo con una voz grave. Flemas en su garganta daban aprensión—. Hemos decidido parar esta absurda pelea para que no muera nadie más.

—Creo que me confundes.

—¿Confundir a una niñita con poderes? No. Yo creo que no.

Sonrió con la boca abierta. Un par de dientes estaban ausentes, o más bien eran negros como esa misma noche.

—Yo no he matado a nad...

La palanca golpeó contra la madera del banco. Un par de astillas saltaron. Hipergirl reaccionó y encendió los puños.

—Apaga eso y escucha nuestra condición.

Hizo caso, ocultando dentro de sus palmas la corriente dispuesta a despertar al momento.

—Antes que nada —se adelantó Hipergirl—, quiero saber qué queréis de mí.

—Tú sabrás, no te…

—Eh, eh, vosotros empezasteis…

—Si fuiste tú —el mendigo elevó un momento las manos para mostrar indignación—. ¿Ves? Estamos discutiendo como críos —dijo y empezó a reír sin ganas—. ¿De qué me sorprende? ¡Si eres una mocosa!

—Imbécil —a pesar de endurecer la expresión, el mendigo siguió con su comportamiento—. Pillé al del saco en la habitación de un niño. No estoy para excusas, sé lo que tengo que hacer y cómo. No estoy para ironías ni pérdidas de tiempo con que, claro, ¿no? Le iba a contar un cuento…

—¿Te has parado a pensar que entre tanto detenido no tienen por qué ser todos culpables? No eres perfecta, y a algún inocente habrás jodido. Seguro.

Eso dejó sin habla a la pequeña.

—Mira, hemos llegado al acuerdo que... —miró a los lados como pausa dramática—. Te vamos a inutilizar.

—¿Qué?

—Para que no te entrometas más lo voy a hacer ahora mismo. No podemos contigo, lo reconocemos, así que es lo justo para quedar en paz después de lo que has hecho a tus amigos.

El hombre pausó y acercó un poco la cara para recalcar:

—Mis hermanos.

—Yo —la niña elevó un pie y lo apoyó en la madera—. No —luego el otro para situarse encima del banco—. He —se enderezó y miró cara a cara al amenazador—. Matado... —acercó su rostro—. ¡A nadie!

—¡¿Cómo te atreves niñata de mierda?!

Le fue imposible esperarlo, no le veía capaz de reaccionar al momento y de esa forma. La pierna de Hipergirl crujió rota y la tambaleó para quedar arrodillada. Se escuchó el vaso de plástico contra el suelo.

Sucedió un nuevo movimiento fugaz imposible de esquivar por culpa del dolor, que doblegó a la otra pierna a otro estado, justo en la rodilla. Hipergirl cayó fuera del banco cara contra el suelo. La energía morada empezó a emanar y quemar el alrededor.

—El tema queda zanjado —concluyó el mendigo.

El hombre retrocedió presto mientras analizaba el inminente ataque. Saltó hacia el banco y después se impulsó por encima. Se agachó detrás, salvándose de la energía expulsada gracias al banco que hizo de escudo. La tormenta pasó y el mendigo, sin alzarse, atacó con más palabras:

—¿Cómo se ha atrevido a mentir delante de mis narices? —de mientras guardó la palanca—. ¿Cómo te atreves?

Se fijó en el vaso en el suelo, negro y consumido cerca de ella. Advertido, el hombre se fue alejando agachado. Conforme avanzó por el camino, ignoró los chispazos morados que volaban disparados sin puntería, que caían cerca como en una batalla campal.

—¡¿Cómo se atrevió?! —sollozó el hombre en la lejanía, clamando al cielo—. ¡¿Quién se cree?!

El mendigo desapareció entre árboles, a salvo del enorme ataque que preparaba la niña tras el ojo del huracán. El resplandor se apreció desde fuera del parque, donde unos jóvenes fliparon, gritaron y bailaron enaltecidos por la droga.

El viento se calmó y los brazos de Hipergirl bajaron rendidos. Un resto de energía se elevó como una lluvia inversa. Intentó levantar la cara, pero se golpeó la frente en consecuencia.

Un perro agradecido que había seguido el rastro comenzó a ladrar en la lejanía.

 

 

Polo tardó en llegar. Parte de la culpa fue que estaba en casa de un ligue y ésta le insistía en que no se fuera. Por otra parte le costó encontrar el banco del parque, donde su hermana le había citado por móvil sin explicaciones y a esas horas de la madrugada.

Se dejó guiar por los ladridos de un perro. Cuando la consiguió encontrar entre tan poca luz quedó pálido, comprendiendo que la urgencia se quedaba corta. Por un momento la sangre en sus venas se detuvo, y atragantado y con los ojos vidriosos avanzó a socorrer a la pequeña moribunda, apoyada su espalda contra una de las patas del asiento mientras un perro desgastaba su mejilla con saliva. Sus piernas parecían dos letras quebradas, una afirmación que nació conforme Polo la cogió en brazos. La analizó y quiso decir algo, pero le costaba. El perro a su lado insistía en ladrar, levantándose de las patas traseras para apoyarse en él e intentar alcanzar a la niña.

—Eres una imbécil.

—Lo sé.

Le dolió mucho en el pecho tener que escuchar eso de boca de su hermano. Se lo había ganado.

 

 

Se vio de un pestañeo en los asientos traseros del coche familiar. Supuso que se había desmayado al sentir la liberación porque la encontraran. Se intentó acomodar pero el dolor desde el centro de las piernas hasta la rabadilla le impidió moverse apenas un centímetro. Primero tendría que centrarse, luego ya pensaría si podría más con el dolor o con el peso en el pecho. Resopló de forma ruidosa.

—¿Hay algún grupo más de mafiosos raros del que tenga que saber?

Le costó identificar la voz de Polo. Su hermano estaba al volante, hablando sin girarse en lo que le parecía una gran distancia. El héroe miraba de lado a lado a pesar de no haber tráfico. Por otro lado estaría pensando la excusa que pondría a su padre cuando viera las marcas clavadas de dedos en el volante.

—¿Algún dato sorpresa más? —insistió.

—Que volví a la policía lo sabes, ¿no?

—Qué menos.

—Y qué más.

La niña tumbada no apartó la mirada del retrovisor donde se mostraba la ira de su hermano.

—Lo siento de veras.

—¡Eso no ayuda en nada!

—¡No hace falta que te pongas así! —el grito dolió también en las piernas—. ¿No te dije que ahora me regenero? No como se entiende, pero es así.

—¿Segura que el día estancado ese te cura hasta los huesos?

—Por supuesto.

Polo miró hacia atrás y desprendió una mirada mezclada. Hipergirl no reaccionó. Polo regresó la vista a la carretera:

—Por lo menos deja de disimular y compórtate como si te doliese —dijo más calmado. Le pareció ver un coche patrulla en la lejanía y giró en la siguiente calle.

—Grité lo que pude mientras llegabas —al decirlo, se le notó un tenue tono ronco—. Grite además palabras que en mi vida he dicho. Me ayudó a desahogarme.

—Claro que sí. ¿Y no le pegaste al puto perro? Eso también ayuda, por supuesto —dijo Polo como si no le importarse. No podía disimular otra línea de lágrimas surgiendo.

—Polo, no llores. Me fastidia.

—Insensible.

Eso fue lo que más le dolió a la pequeña, mucho más que los golpes a las piernas.

Se miró las rodillas desencajadas y bufó con sarcasmo, sorprendida de seguir por dentro con tanto odio sin desechar.

 

Amaneció y aún no había podido dormir. No importó. Para hacer más llevadera su estancia en la cama, jugó a saber qué canción iba a sonar en su reproductor interno. Acertó un par de veces y al final lo dejó por impaciencia. Se movió un poco y calló un grito al sentir el crujido que emitió una de las rodillas.

Polo entró al cuarto y cerró la puerta tras asegurarse que nadie rondaba por el pasillo. Miró a su hermana y su cara se transformó en lástima. Hipergirl le miró mal como súplica a que dejara de lamentarse.

—¿No decías que te curarías?

—Veinticuatro horas. Supongo.

—No me jodas, tía, no me...

—Deja de ser un llorica, por favor.

—A ver —Polo agarró y giró la silla del ordenador dirección a la cama y se sentó—. ¿Qué vas a hacer mientras esperas a que suceda el supuesto milagro?

—Haré como que estoy enferma y me quedaré todo el día en cama. Es el mejor sistema posible para esquivar a los de casa.

—¿Llamarás con un reclamo a la gripe o quieres mejor que vaya a buscarla?

—Ja —se detuvo—. Ja. Pues Polo —dijo con tono de conclusión—, sí que puedes traerme gripe si tanto lo deseas.

Polo continuó mirándola.

—En el laboratorio tendré algún químico que el cuerpo tarde en eliminar —dio un chasquido con la lengua sin apartar la mirada del techo—. Así podré ponerme enferma.

—Prefiero algo más sano.

—¿Sí? —dijo la pequeña, superpuesta por la leve intención de Polo al levantarse.

La mano de su hermano le tocó la frente. Poco a poco la pequeña sintió su temperatura subir y se fue sintiendo mal.

—Estoy alterando tus hormonas para desequilibrar el cuerpo.

—Eso se avisa...

Hipergirl se puso roja y sintió nauseas. Cerró los ojos y ladeó la cabeza con intención de ignorar el agobio. Se quedó sin reaccionar más allá de la respiración.

Polo aprovechó para acomodarla mejor dentro de las sábanas. Como tenía el pijama debajo de la ropa fue fácil quitarle sólo la blusa y dejarla preparada para que diera la impresión de que no se había movido de allí en toda la noche. La parte inferior ocultada por el edredón ayudaba a no ver en su forma real a la aberración hecha piernas. El chico creyó que iba a tener pesadillas.

—Polo —dijo Hipergirl por lo bajo, casi inaudible. Su aspecto enfermo de cabeza ladeada era casi angelical.

—¿Qué necesitas? —dijo con voz suave y amable. En el fondo no se sentía de humor para actuaciones.

—Ésta noche —cortó un momento—, esta noche iremos a la casa de Alexander. Iremos de todas formas.

El hermano frunció el ceño. Quiso discutir pero su hermana se hizo bien la dormida.

 

 

Su cuerpo se estabilizó conforme Polo le tocó la frente. Apenas recordó nada del día salvo por imágenes sueltas de su hermana y su madre con un termómetro. Palabras sueltas delataron que no pensaban que fuera una infección o gripe, sino un estado de ánimo... el recuerdo se desvaneció por la imagen de Polo con unas muletas en la mano.

—Tus piernas están mejor, pero no creo que te hayas curado.

—Restaurado. Un poco más y como nueva —no pareció orgullosa al decirlo.

Sus ojos siguieron cerrados por el cansancio de la fiebre. Reaccionó y los abrió despacio para decir:

—¿Entonces apoyas el plan de esta noche?

—He vuelto a conseguir el coche. Para algo tendré que usarlo.

—Para dar un paseo a una heroína —Hipergirl se incorporó y estiró los brazos en busca de ayuda.

—No sería la primera vez —cogió los brazos de su hermana y la ayudó a ponerlos en las muletas.

La pequeña avanzó apoyada en las axilas por las muletas que en un principio agarró de forma insegura. Se movió lenta, bastante frustrada. A su lado iba Polo colocando la mano cerca de la espalda.

Hipergirl se fue mirando. Luego se acercó con esfuerzo al espejo:

—Muletas. ¿Es broma? ¿De dónde las has sacado?

—Contactos —dudó antes de continuar—. Me las ha dejado una amiga minusválida —sonrió por recordar algo bueno con ella—. Piensa que las necesitas porque es como si recién salieras de un accidente —dijo Polo mientras acompañaba en su observación al espejo.

—El accidente es el mundo.

Polo rió por lo bajo. Hipergirl no le vio la gracia.

Un día perfecto para Elis
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