*Activando el entorno Changeling...
Por favor, espere... Proceso finalizado.
*Análisis... Evaluación... Finalizado.
— Hora actual: 23:53
— Poder actual: Desconocido
— Traje actual: Standard
— Estado de ánimo: Desconcertado
— Alternativa deseada: Sin elección plausible
— Canción actual en el nano-iPod: All the Blue Changes de No-Man
*Registrando situación actual... Por favor, espere...
Indicaba su nombre. Aquella firma en el suelo era un “Elis” arriba y una “R” abajo junto a una “i” apenas formada. Lo único que no le gustaba era que estuviese formada con las tripas de la nueva víctima. Bromas macabras vinieron a su mente sobre el extraño aprecio por parte del asesino, como si con cariño hubiese meado en la nieve para crear su nombre.
No sabía si tenía que vomitar o escandalizarse con posibilidad de terminar en temblores, era la primera vez que le sucedía y notó que no podía forzar ninguna clase de comportamiento. Se limitó a la frialdad y a avisar a sus compañeros (a Charles) para así esperar por alguien, observarle, y actuar en consecuencia.
Miró alrededor a la escena del crimen. Por lo desolador —redundante en un solar— no pudo evitar sentirse como en una estepa adornada por un único árbol, adornado en luces por el leve fuego terminando de chamuscar lo que parecía ser la mitad superior de pecho para arriba de un esqueleto retorcido de huesos anchos, destacando ennegrecida la parte inferior donde unas piernas gruesas y desnudas, que quedaban manchadas por una cascada reseca de sangre proveniente de la barriga abierta, de donde se había sustraído las tripas. Al lado, inmaculado y fiel, un bolso de charol azul devolvió reflejos mientras se calentaba con lo que fuese su antigua dueña. La estrella esotérica figuraba, con centro de fuego y muerte, dibujada con una sangre que parecía negra debido a la escasa luz.
Volvió a mirar su nombre, incompleto a falta de tiempo o de entrañas. Espiró una bocanada de la que se sorprendió. El reloj del nano-iPod marcó las doce con un pitido tenue, intuitivo.
Jueves 17
Llegó un coche de policía con las luces de la sirena activadas, terminando de adornar la escena con ese toque parpadeante que resume lo acontecido. Elis dio la orden mental “Finis” para parar la música.
Se enfocó en mirar al jefe Charles surgiendo del coche, adelantándose al agente que había dentro hablando por radio. Tenía los ojos bien abiertos destacando el blanco sobre la noche.
Alternó la mirada con el alrededor y con su compañera. Se le notó perdido en qué expresar, y tras un par de vistazos más se animó a hablar el primero:
—Esto es serio.
—Lo ha sido desde el principio.
—Sí. Hasta que empeora.
Elis sabía a qué se refería Charles. Su mirada quedaba centrada en el nombre de ella dibujado con pasión interior. Elis se preguntó si tenía que haber desfigurado su nombre para que el jefe no se preocupara, tan sensible a veces.
—Qué manera de jod... —Charles cortó, pero no la mirada desubicada hacia la niña—. Te conoce.
—¿Quién no? Puede que sea un admirador obsesionado —forzó una sonrisa.
—Esto es serio… —pronunció en voz baja—. ¡Esto es serio!
Se sintió como una explosión. Charles pareció también sorprendido por su reacción.
Entre ambos se condensó el aire. Desearon que aquella sensación no hubiese sido un poder de Elis. La niña fue la primera en apartar la mirada.
El agente había salido del coche y, conforme se acercó, Charles le pidió con calma que investigara cuanto antes la zona, que se encargaba él de la escena. El agente afirmó y confirmó antes de alejarse que más agentes llegarían. Charles entonces se movió y deambuló inseguro alrededor del cadáver. Pronto halló a los pies del único árbol la réplica en polilla del asesinato. El insecto también estaba chamuscado, condenado a la imitación. Se dejó hipnotizar por las tripas surgiendo del agujero negro del cuerpo, formando una torpe y diminuta bola que no conseguía ni poco el objetivo de simular el nombre de su compañera.
Se incorporó. Giró la cabeza y lo vio, también en el suelo. Enmudeció y se acercó con pasos pesados. Lo cogió y lo puso sobre su mano. Quedó analizando, casi abrumado como si por la mente le fluyeran mil conclusiones a pesar de ser sólo un par. Una visión del pasado regresó como suposición.
Se lo metió en el bolsillo de la gabardina para acallar la voz sin palabras de su cabeza.
Dio la vuelta y miró a su compañera, ausente como el suelo que miraba. Juraba que lo había mirado de reojo. El jefe se fue acercando y agarró y alzó el transmisor de su cinturón. El agente aún no había encontrado ningún rastro, significando que al menos se encontraba bien.
Llegó frente a Elis. No se dignó a mirarlo, herida por el orgullo que siempre le quedaría por gastar y cargar.
—Volvamos a comisaría y nos despejamos —Charles se restregó la mano en los ojos—. Tres asesinatos sin sentido en tan poco tiempo cubren más de un mes.
—Primero habrá que revisar con detenimiento la escena, ¿no?
—Vienen de camino más agentes y traerán a los de la científica —descubrió los ojos para mostrar a su compañera una seriedad amistosa—. Hasta que no analicen creo que poco más sacaremos.
—¿Seguro? —dijo Elis mirando a un lado con extraña y fría sonrisa.
—Interpreto alguna clase de broma. Pero creo que te refieres a ir a comisaría —comenzó a moverse dirección al coche—. Vamos, anda.
—Sí, amo.
El jefe avanzó con pasos lentos que delataron muchos pensamientos; demasiados. Elis no quiso preguntar. Dio un último vistazo a la escena y supo que una visión como aquella habría agotado a su amigo. Tuvo la necesidad de preguntar si había visto antes algo como aquello, pero esa clase de sucesos lo mejor era no recordarlos.
Ella bien lo sabía.
—
Había conseguido sentarse en el copiloto del coche patrulla, y sin embargo quedaba en otro lugar, apoyada por la tranquila imagen que se sucedía por la ventanilla como un televisor de paz. Jugó en la mente con los colores que formaron las luces de ciudad atravesando el cristal empañado. Desaparecían sin prisas, dando tiempo a cada una a despedirse.
Miró a Charles, también en un lugar que no estaba relacionado con conducir.
—¿Crees que éste asesino tiene que ver con...? —La pequeña no se atrevió a nombrar el nombre de su hermana. Hasta uña y carne podían separarse con la más brutal de las cirugías.
El jefe no quiso responder. Se limitó a apenar su expresión y suspirar de forma esclarecedora. Sus ojos se dilataron.
—Sería demasiada casualidad, ¿verdad?
—Así es —la voz del jefe sonó distante—. Siento seguir creyendo que nunca sabremos quién lo hizo —la miró un momento para expresar tal sinceridad dolorosa—. Hay demasiado loco en el mundo, y todos se mudaron a esta ciudad.
—Pero hasta ahora tú y yo hemos... —calló un momento—. Hemos podido con ellos.
—Hasta que no puedes —sentenció—. Mira, Elis, eres muy joven y creo que...
—Estoy hasta las narices que digas eso —tal expresión surgiendo de su boca quedó artificial.
—Creo que el problema no es que no seas capaz...
—Es porque no comprendo lo que esto supone porque soy una niñata de mierda —Elis lo miró—. ¿He acertado? ¿Sé decir bien las palabrotas que tanto os gusta repetir a los mayores? Oh, mírame, qué adulta soy por decir cuatro palabras estúpidas...
—Deberías tomarte un par de semanas de descanso.
—¿Te lo estás diciendo a ti mismo?
—No, peque, es a ti —miró para confirmar—. Este asesino no puede ser quien crees que es, pero sí queda muy claro que no quiero que te arriesgues.
—Charles, ya lo sé. No tiene gracia.
—Espera un momento, tengo que zanjar un asunto.
El coche paró detrás de otro coche patrulla. A un lado había tres policías que mantenían contra la pared y manos en la nuca a un par de hombres bien vestidos, de trajes negros decorados con finas líneas verticales apreciadas al trasluz.
El jefe Charles bajó y se acercó vociferando su autoridad. Elis desde dentro no pudo ver bien la escena porque los cristales se habían vuelto a empañar. Bajó la ventanilla con presteza. Escuchó algo sobre ir para comisaria.
Entre todos los policías presentes metieron a uno de los tipos en el coche de delante. Como Elis esperaba, el otro lo dirigió Charles al coche donde se encontraba.
Se abrió la puerta trasera con fuerza. El tipo, de rasgos típicos de italo-americano peligroso, gruñó y sorbió por la nariz congestionada para producir un idioma irreconocible de base más relacionada con el lenguaje de los primeros hombres. La puerta se cerró con violencia frente a su actitud.
De pronto, el hombre se detuvo de su injuria al percatarse de la presencia de la niña mirando impertinente por la rejilla de seguridad del vehículo. El delincuente primero soltó un bufido antes de comenzar a reír con un toque de histeria como si hubiese descubierto que todo aquello era una broma que estaba siendo filmada.
El jefe entró y arrancó el coche con prisas. Manejó la calefacción y pasó la manga por el cristal del parabrisas. En lo acostumbrado a esas acciones, notó la diferencia de Elis mirando en busca de explicaciones. Le recordó demasiado a su ex mujer.
—Había dejado a medias el arresto de éste fiera —señaló con el pulgar. Se sintió idiota por usar el mismo tono que con su esposa—. Es un alto cargo de Luigi Lombardo —meneó la cabeza dirección a la parte trasera—. Me encargo del caso desde hace tiempo y no podía perder la oportunidad.
—¿Dejaste a medias la vigilancia de éstos mafiosos?
—El arresto. Sí.
—Por ir a vigilarme, claro —dejó de mirar a su compañero y se centró al frente. Comenzó a escurrirse por el asiento con indiferencia—. Ahora comprendo por qué me he sentado delante. Claro, tenías que cargar mercancía.
—Mercancía peligrosa, Elis, no lo olvides. Además —remarcó—, he acudido porque está relacionado con los recientes asesinatos…
—Anda claro, que de no haber sido así yo solita me las sé apañar…
—¡Elis!
—¿Qué pasa? —arrugó la cara un momento y lo miró—. ¿Tan importante soy como para que lo dejes todo y vengas a buscarme por cada cosa que hago?
—¿Te escuchas? ¿Entiendes ahora el porqué del descanso...?
El coche vibró y al instante pareció saltar como si hubieran atropellado a alguien asomando por una alcantarilla. Charles dio un frenazo.
Charles miró confuso al volante y luego al retrovisor lateral. Por un momento había creído que el vehículo se desmontaría. Quedó la sensación de que algunas de las sujeciones se habían aflojado.
Miró con tranquilidad a Elis, la cual seguía de brazos cruzados, mirando al frente y conteniendo su odio hacia el mundo. El jefe giró el cuello y observó que la mirada rabiosa del hombre de atrás había cesado, emanando con misma intensidad un temor hacia la niña.
Elis reaccionó sólo para volver a quedar mirando contra la ventanilla. Quedó pensativa luciendo una máscara multicolor cambiante, ignorante del entorno pero percatada del leve cambio en las luces difuminadas de una ciudad por la que tanto sufría.
—
Abrió la envoltura llamativa y se metió uno de los chicles que cogió del mostrador en recepción. El policía sonrió y le acercó el pequeño cesto para que cogiese alguno más, pero Elis pasó con cierto estilo como si no lo viese.
Fueron hacia el despacho y Elis entró la primera. Buscó por la silla que había apoyada en la pared y alejó un poco la misma antes de sentarse. Con actitud, Elis masticó ruidosa y se apoyó contra la pared haciendo equilibrio con el asiento. Se tambaleó a un ritmo silencioso redondeado por las pompas estallando desde su boca.
El jefe Charles bien reconoció el gesto como pura inseguridad, lo que lo desanimó a tener que hablar más con ella. Charles se acomodó en su asiento, arrimándose al escritorio. Lo tenía lleno de carpetas llenas de papeleo, fotos de múltiples casos y una única en un marco mostrando a su ex y a él. Clips y grapas; varios botes; un pequeño cactus; el portátil; así como una grapadora alargada de considerable tamaño que bien podía servir como sustituta a la porra reglamentaria.
De repente Elis acercó la silla al escritorio y cogió la grapadora para comenzar a toquetearla; pareció más grande en manos de la niña. La dejó y fue a mirar por uno de los botes llenos de bolígrafos, cogiendo con criterio varios de diferentes colores. Con la misma confianza, rebuscó entre una de las montañas de papeles por algún folio en blanco. Temió tener que acabar rebuscando en el montón más grande, el que descansaba contra la pared, pero a tiempo encontró uno.
Miró alrededor como si buscara inspiración por el despacho, entre la alta planta de la esquina, el cuadro de Washington en la otra o el archivador gris metálico tan soso como cualquier otro salvo por las puntas peladas. La estantería no podía presumir de libros, pero sí de pequeños trofeos y fotos de Charles con supuestos hombres y mujeres de reconocimiento.
Sin dejar de explotar sus pompas sabor fresa artificial, la pequeña se centró al fin en el folio y comenzó a dibujar como si quedara convencida de que se encontraba sola.
El jefe la había observado sin realizar movimientos. Para animarse, se levantó con intención de conseguir una taza de café.
“Va a ser una noche muy larga”.
Caminó por los pasillos sin saludar a nadie, percibiendo sólo la luz que lo guió hasta la máquina. Llegó a una de las salas de descanso y abrió con la llave un pequeño armario de metal donde se ubicaba una de sus tazas personales. Se giró y miró al grupo de agentes frente a la máquina que lo miraron de reojo. Hacer las cosas bien suponía ponerse detrás de la cola de adictos, y así hizo. Esperó comentando con los agentes qué tal el día. Estos respondían con un compromiso algo forzado debido a que por dentro se estarían quejando de la prioridad de un superior sobre la ración básica de café. En el fondo a Charles le daba lo mismo, el problema lo tenían ellos que eran los envidiosos.
Tras conseguir el café, se dirigió al baño a lavarse la cara. Tras la primera sacudida fresca, se sorprendió al descubrir en el espejo a su rostro agotado, delator de una sombra de barba que se le había escapado. Se mojó la mano y se restregó con nervio la barbilla. Resopló y se miró a los ojos. La figura al otro lado pareció decidida. Salió del baño.
Volvió a entrar al despacho. Elis seguía en el sitio donde la había dejado. Se sentó donde antes y, tras un minuto de saborear el contenido de la taza, la niña le pasó el dibujo.
Charles lo cogió y miró con curiosidad asustada: allí quedaban plasmados tanto Elis como Charles, dibujados con una maestría básica de estilo siniestro a partir de tres colores diferentes de bolígrafo, con el detalle que el pelo de ella lo había hecho con el chicle mascado:
—Qué bonito. Somos nosotros vestidos de... —dudó y alternó la mirada con ella—. De la edad esa. Vieja pero elegante...
—Victoriana. Edad victoriana.
—Eso —medio exclamó y forzó una sonrisa—. Esa época tan siniestra —concluyó.
Siguió mirando el dibujo hasta deducir que era otra de las formas que tenía Elis de pedir perdón. Eso lo animó:
—Está muy chulo, de verdad. Me lo pondré en el frigorífico —acercó su mano para dar un golpecito a la greña de la niña. El gesto pareció gustarle a Elis.
—¿De verdad? —dijo Elis.
—Claro —la sonrisa se tornó sincera. Pronto se truncó—. Pero...
—¿Pero qué?
—Lo del descanso te lo ordeno como decisión irrefutable.
—Irrefu... Charles, si tú mismo me dijiste que me necesitas porque se trata de un sobrehumano.
—He tomado la decisión, lo siento —dijo y dejó caer la mano—. Creo que te sentará bien alejarte del caso.
Lo inevitable se formó de nuevo entre ellos. El silencio también hizo presión. Se miraron un momento que pareció eterno hasta que Elis quiso responder:
—Alejarme. ¿De todo esto de las polillas?
—Eso es. No podemos correr el riesgo de...
—Cállate.
—Elis —dijo pero calló. Los ojos de Charles se menearon leves con constantes movimientos analíticos.
—Se trata de mi hermana.
—No lo sabemos, ¿eh? —dijo el jefe con calma. Su ceño fruncido quedó arrugado y rígido—. Deja de imaginar tanto.
—Es lo que querías de hace tiempo, ¿verdad?
—Elis, no...
Charles desvió la mirada hacia la grapadora flotando. Fue dando vueltas con un movimiento lento y tambaleante.
—Elis, por dios, ¡cálmate!
—Cá... cállate, por favor —Elis no se había percatado de la grapadora voladora al estar enfocada en el punto de la mesa donde el dibujo.
Se cortó el momento y, tras apartar Charles la cabeza, la grapadora se impulsó con fuerza invisible contra la pared del fondo. El ruido del choque llamó la atención de la niña, que sin cambiar el rostro pareció darse cuenta de lo que había producido.
—¡Elis! —Charles la miró asombrado—. Por favor...
—Lo siento —se esforzó por expresar la niña. Se encogió en su asiento agarrándose los codos.
—No pasa nada.
—¿No me retiras del caso entonces?
—Deja de hacer eso, ¿vale? —dijo Charles—. Esa psicología inversa tan barata.
La pequeña observó sin cambiar de postura. Sus ojos se movieron lentos.
—¿Estamos? —insistió Charles—. Lo hago por tu bien, joder...
Más objetos de la mesa comenzaron a elevarse hasta la altura de la cabeza.
—¡Te he dicho que ya vale! —no pudo evitar gritar Charles.
Los objetos cayeron, produciendo golpes secos en intervalos cortos.
—Me parece que necesitas un mes de descanso —el jefe se restregó los dedos sobre los párpados. Los abrió y volvió a mirarla con severidad—. ¿Tan malo es eso? Seguro que te sienta bien.
—¿Y qué voy a hacer en casa sin hacer nada? —un atisbo de desesperación infantil dejó deducir su acto de presencia.
—Tienes una vida por delante. ¿Dónde está lo malo?
—Cada día en casa me recuerda a ella —la desesperación se hizo real—. Mi hermana no está cuando vuelvo, ¿tan difícil es de entender...?
—Elis, tranquila —alargó—. Por favor —se incorporó con intención de tocar los hombros de la pequeña. No terminó de atreverse.
—¿Qué pasa? ¿Que como estoy en la edad de comerme los mocos no sirvo de nada? ¿Cuántos tipos más tengo que encerrar para convenceros? ¿Cuántas citas y miradas tendré que soportar de esos chalados? —su respiración se aceleró—. Han muerto tres personas en tres días, ¿qué no te importan? —su voz fue agudizándose—. Y, y en ese mismo tiempo cientos de hermanas en el mundo tienen que callar lo que les hacen bajo las sábanas...
—Elis...
—¡Cállate tú!
El escritorio se elevó. Una marea intangible lo balanceó. Comenzaron a caer los objetos contra el suelo. La lluvia material fue escandalosa y pronto llamó la atención de los policías de afuera, incluidos los de las habitaciones contiguas. Charles se alejó echando hacia atrás la silla, observando la lluvia que podía haberle caído encima.
El mueble se elevó más, casi alcanzando el techo.
—Y tú... —se esforzó Elis. Charles la pudo ver en cuerpo entero, uno frente al otro sin nada de por medio—. Me quieres privar de encontrar al culpable, ¿verdad?
—Deseo tanto como tú —remarcó— poder encontrarlo. Pero cuanto más tiempo estés en la policía, peor te sentará —resultó admirable la templanza del jefe—. Soy el primero que quiere cazarlo, así como el último que quiere que se repita la historia.
Como impulsado por el choque de un camión invisible, el escritorio se lanzó contra la pared del fondo. Charles se levantó y se apartó, observando la destrucción del mueble. Todas las personas en el ala escucharon el estruendo de pared de madera rompiéndose. Se iniciaron las prisas y los murmullos aumentaron de forma gradual.
La imagen resultó desalentadora para todos. Como en un duelo de conclusión mortal, el jefe y la niña estaban de pie uno frente al otro. En la puerta del despacho quedaron acumuladas las cabezas de los agentes que podían asomarse, mezcla de diversas expresiones y un único comportamiento de no saber cómo actuar.
Los rivales se miraron bajo la batuta de un tiempo ausente, rodeados del aire con presencia que levantaba cada objeto de alrededor como en una esfera invisible. De vez en cuando caía unos centímetros uno de los objetos para elevarse al instante:
—Tranquilízate, ¿quieres? —el jefe mostró una seguridad que todos los agentes presentes siempre valorarían.
—Tengo derecho a saber si es quien mató a mi hermana.
—Si lo es, lo sabrás cuando lo capturemos.
—Quiero hacerlo yo. No me prives de... —arrugó la cara un segundo—. Charles, no sé...
—Si no paras —se detuvo a pensar por un momento—, te quedarás de vacaciones hasta que yo lo diga.
Los objetos alrededor comenzaron a girar sobre sí a gran velocidad. Esto produjo que unos pocos se lanzaran sin control, donde la grapadora golpeó la cabeza de Charles. Los agentes reaccionaron y se dispusieron a entrar, pero se detuvieron cuando el jefe les indicó con la mano que no lo hicieran. Los detendría por un momento, pero si cualquier objeto picudo o afilado se acercaba al jefe se verían obligados a desobedecer y actuar aunque se tratara de Elis River.
—Elis, no. Lo siento —el jefe cerró los ojos y soltó en silencio un peso que fue tomando una forma inevitable—. No eres apta para ser policía y nunca lo has sido. No estás preparada mentalmente, ¿vale? Si estás aquí es porque me obligan —se apoyó las manos en las rodillas para descansar del golpe. Aprovechó que tenía la cara más cerca para dirigirse a ella—. Nos obligan a todos. ¿Comprendes?
—¡No!
Los objetos cayeron como una cascada y produjeron decenas de sonidos desordenados y dramáticos. Fue lo que menos se percibió por parte de los testigos al destacar el jefe volando contra la pared.
Chocó con fuerza.
Hubo un pestañeo.
Entonces cayó y quedó tumbado en el suelo. Por poco no se había golpeado contra el escritorio atravesando la pared.
Los agentes entraron con gritos e insultos. La rodearon, pero tal fue la expresión de ella que los policías se detuvieron sin llegar a rozar, apartándose hacia atrás por lo que tenían ante sí, expresando muecas difíciles de repetir.
El jefe se levantó con cuidado. Los presentes se giraron a mirarlo. No pareció herido, y sólo se tambaleó en los dos primeros pasos, moviéndose hacia delante como si nada. Su cara sin embargo era sombría.
Charles caminó con calma hacia el tumulto. La niña siguió inmóvil, apenas mirando hacia arriba donde el hombre. Una vez ambos compañeros estaba a la distancia de cara a cara, la niña elevó la vista y se miraron.
Ambos compañeros se dijeron todo un mundo donde el resto de la existencia no tenía cabida.
Y la vio. Volvió a ver a esa persona. Jamás tendría que haberse vuelto a encontrar con ella. Aun así se antepuso con una voluntad que no reconoció:
—Me obligas a actuar en consecuencia —dijo el jefe.
Charles ya no era el mismo. No sólo la voz o la mirada, también un rastro de sangre en su nariz y en la cabeza impregnaron nueva aura. Su mirada pudo corresponder por un segundo a la de aquella pequeña:
—Quedas expulsada del cuerpo de policía.
El golpe emocional fue recibido sin defensa posible por parte de Elis, tan repleta de ellas. Su rostro fue expresivo, más de lo que podría forzar o lograr en lo normal.
Su mirada fue descendiendo hasta apreciar el suelo desordenado, como si acabara de despertar de una pesadilla y descubriera que todo el tiempo había sido real. Meneó la cabeza negando y se giró para salir del despacho. Los agentes se apartaron como si una débil fuerza invisible los empujara.
Vieron salir a la niña.
Fue que inició una carrera, y recorrió los pasillos apartando sin querer cada objeto que se interpusiera apenas en un lado. Llegó a la puerta principal que se abrió sola. Fuera, se alejó sin rumbo hacia la noche con intención de ser devorada sin compasión, huyendo de la nada y de la figura de una niña idéntica a ella.
No miró atrás en ningún momento. No se despidió de la comisaría que por siempre formaría parte de su memoria.