Hada

 

 

La clase resultó simétrica, salvo por una mesa tumbada en la primera fila y un desorden organizado en su centro. Colgadas en los laterales de las mesas, respaldos de sillas y las paredes quedaban algunas mochilas junto a largos tejidos que podían entenderse como intestinos. Quedaban más interiores destripados sobre varias mesas y salpicaduras de algo diferente a la sangre impregnando el suelo. No pareció haber nadie vivo, protagonista un hombre vestido de conserje apoyado sentado debajo la pizarra, con la cabeza adelantada y caída, la boca abierta en una mueca indistinguible.

Se adentró en la reciente memoria plasmada bajo la forma del aula roja como el atardecer que había dejado atrás. Percibió con facilidad al asesino apoyado contra una esquina.

Su vista se desvió del hombre por lo que colgaba destacando en el centro de la habitación. Las mesas estaban posicionadas creando un símbolo circular que adoraba los pies de la profesora colgada a desangrar. Sus pies descalzos se balancearon en lo imperceptible y producían un goteo intermitente, cada vez más lejano entre gotas, siendo el dedo grueso el pico inverso empañado que recibía y desprendía la esencia con paciencia.

Seguía vestida, apretando con su traje formal de educadora las heridas que escupían sin permiso la vida. Conforme la niña alzó la vista, clavó la atención en los cortes simétricos desde los costados hasta los pechos, que abrían y levantaban la tela en imitación a su piel justo debajo. La mujer quedaba como el más famoso de los mártires, pero los brazos un poco más elevados hacia el cielo por cuerdas en las muñecas y una cadena enrollada al cuello.

Logró apartar la visión y se dirigió dirección al asesino, asegurada a una distancia de los pies de la mujer que quedaban a la altura de su cabeza. La niña resbaló sin llegar a caer. Apartó la mirada para no saber con qué pasta rojiza se había resbalado.

El asesino siguió observando. Parecía muerto como una momia, en posición más moderna de apoyar un pie sobre el otro ladeado y la mano sobre la rodilla alzada, doblando la parte superior de la espalda contra la pared. Pareció un maniquí que alguna vez tuvo vida.

La vigilante llegó a su altura y se miraron. La primera reacción tras un rato nació en el leve giro de cabeza del hombre:

—El pasado te persigue, niña.

Hipergirl tardó en saber qué responder:

—Me he convertido en mi futuro.

El asesino sonrió. Quedó claro que para él todo era un juego: estaba loco.

—Para mí, pasado y futuro son igual de peligrosos —demasiado loco—. Te condicionan de la misma forma...

—¡Rojo!

Hipergirl giró la cabeza hacia la puerta y vio a Gigi junto al niño. El pequeño se revolvió y escapó de las manos del chico. Gigi apenas hizo un esfuerzo por ser él y agarrarlo. El niño dio un chillido agudo al salir del aula sin provocar reacción en Gigi, tan atrapado y mudo ante la visión de los muertos. Reaccionó y se frotó el oído, pero enseguida ignoró y volvió a hipnotizarse en la demostración sobre que alguien sí era capaz de llegar tan lejos.

La niña lo miró mal, pero lo perdonó enseguida cuando se centró en el hombre contra la pared, más allá del cadáver castigado sin justicia desde el punto de vista de su amigo. Se percató —conforme su vista se había acostumbrado a la oscuridad— en los puntos negros que recorrían con rapidez el cuerpo del asesino. Parecían insectos que habitaban bajo la ropa. Otro gesto que le llamó la atención era que movía los labios como si susurrara. A veces sus ojos miraban a un bulto con patas sobre su hombro, como si hablara con lo que supuso que era otro insecto.

Lo que más le llamó fue la piel más oscura; cubierta. Tenía la piel tapada por ceniza, tanto por la cara como por las manos. Alrededor suya por el suelo se confirmaron manchas y pequeños montones del polvo negro.

La heroína disimuló el estremecimiento, cosa que no hizo Gigi cuando comenzó a acercarse. El chico observó los símbolos en las paredes creados con sangre e intención, sin terminar de entender ninguno salvo el típico pentáculo. Lo pensó mejor y siquiera eso tenía claro qué significaba.

—Niño, no tengas miedo —se dirigió el asesino a Gigi—. Los insectos son el Patito Feo contado de forma realista.

El niño vaciló. Con las manos temblorosas tanteo su bolsillo trasero del pantalón. Al momento quedó con la navaja en la mano, abriéndola de una sacudida del pulgar, esforzándose por seguir disimulando el temblor.

El asesino lo ignoró y se enfocó de nuevo a Hipergirl:

—Niña, tengo para ti ésta pequeña reina.

De su abrigo carcomido por las realidades que quiso vivir, metió la mano y sacó una diminuta caja azul propia para guardar alfileres. Hipergirl no consiguió ver si había algo dentro.

—La avispa hada es la adecuada, ¿no crees? —quedó alzando con tres dedos la cajita—. Lo siento, no me has demostrado ser tan digna como una mariposa de cristal.

El puño relajado de Hipergirl se prendió de energía.

La pequeña no tenía ganas de seguir ninguna clase de juego; a los locos se les podía calmar con agua a presión o a base de los golpes que merecieran.

El asesinó se percató de la llama, pero no mostró miedo, sino curiosidad. Frunció el ceño y ladeó hacia atrás la cabeza como conclusión.

—¿No es el mismo poder que el otro día? —la miró como si sintiera que le había fallado—. ¿Qué clase de poder es ése? —realmente decepcionado—. Mi poder es mutar, hasta que me percaté que para mejorar hay que centrarse en un aspecto. Has hecho igual pero... —calló analizando—. No, no es lo mismo. ¿Qué has estado haciendo, niñita?

—¿Mejorar? —respondió contenida.

“...no hagas caso…” Gigi le estaba comentando que no hiciese caso, y al llamarla usó otra forma para dirigirse a ella. Eso le produjo dolor de cabeza e ignoró las palabras del chico. Se mantuvo impasible ante el asesino para que continuara explicando, sin dejar de mantener viva la llama en su mano para que no se tomase demasiada confianza.

—Los sobrehumanos mejoramos —se dignó a responder el hombre—. De igual modo que estamos destinados a enfrentarnos —su voz resultó agradable, sonó sensato—. Un libro me... —se volvió a interrumpir—. Las memorias y pensamientos de un maestro me enseñaron. Tú también pareces haber mejorado pero... —alzó la cara—. Es una evolución extraña, ¿no crees?

—¿Qué más dará? Puedo desintegrarte si me apetece. Si no hoy, cualquier otro día. Lo juro —alzó la mano brillante con satisfacción—. Ahora es posible.

—Tu arrogancia sigue igual y sin embargo tu increíble multi-poder se ha limitado. Algo estás haciendo mal, pequeña.

—¿De qué puedes presumir? —la niña hizo gala de tal arrogancia—. Mutar a polilla, ya ves tú.

—¿Qué haces? ¡No lo provoques! —clamó Gigi en vano. Los reflejos de su navaja aún no supieron definirse.

El asesino no pareció comprender las palabras de la niña. Se rascó la barbilla y adelantó el cuerpo cambiando de postura. Posicionó los pies en el suelo y los antebrazos en las rodillas.

—No es casualidad una polilla, niña inexperta. Y si digo que he mejorado, ¿por qué sigues subestimando? ¿Por qué crees saberlo todo? —realizó a conciencia una pausa adecuada—. ¿Por qué siempre más que los demás?

—Cállate.

—Sólo vas a recibir sorpresas toda tu vida...

Sonó una succión a la espalda de los chicos.

Miraron —uno girando la cabeza y la otra de reojo— y comprobaron que el cadáver colgante de la profesora se movía. Dos segundos después —que parecieron más— se tambaleó con fuerza y se escuchó varios tejidos rasgarse uno tras otro, cada uno de diferente naturaleza. Vino un nuevo goteo y la continuación de la succión, que se definió como el reptar de algo húmedo. La cabeza de lo que pareció ser un enorme gusano asomó por encima del hombro de la mujer.

—Ahora puedo crear vida, ¿comprendes? —dijo el asesino para completar la siniestra imagen—. Y seguiré mejorando.

Se levantó.

Los chicos posicionaron contra él y esperaron el ataque. Fue imposible prever el pequeño enjambre que surgió del hombre, lo que les despistó de la maniobra de huida que éste inició.

La niña no lo permitiría y se lanzó adelantando la posición del asesino sin importar notar los insectos contra la cara. Se colocó frente a él y saltó a continuación enfocando el puño brillante. Un destello fue la pregunta, y ella contra el suelo la respuesta.

El hombre insecto se deslizó por la pared de ese lado. Hipergirl gruñó y extendió la pierna con intención de golpear la del asesino. Éste ni se percató y apartó la pierna con un golpe al avanzar corriendo, lo que le provocó un nuevo daño a la pequeña.

Hipergirl se levantó con esfuerzo y avanzó cojeando con la intención de arremeter de nuevo aunque fuese por la espalda.

—¡En el suelo!

La niña miró la advertencia de su amigo y vio la ese negra reptando que se dirigía hacia ella. Lo que había nacido del cadáver se conformó como un grueso gusano alargado que se deslizaba indeciso. Cerca de la sobrehumana elevó su supuesta cabeza y se comportó como una serpiente. Dicha cabeza salió volando por la palma cargada que Hipergirl propinó.

Manteniendo la mano extendida y dura como piedra, la heroína corrió apartando mesas que se volcaron con golpes secos. Cruzó la clase en diagonal, ventaja para llegar al asesino que aún bordeaba para llegar a la salida.

Se cruzaron. El hombre amortiguó cruzando los brazos el cuerpo de la niña abalanzándose, chocando de espaldas contra la pared para producir un sonoro golpe contra la pizarra. Mantuvo la enorme piedra que le suponía la heroína, que lo aplacaba con cabezazos mientras intentaba manejar el brazo brillante que le apartaba como si fuese un cuchillo. Durante el forcejeo golpearon al conserje sentado. La cabeza del muerto se ladeó y su mirada ausente observó la escena.

Llegó uno de los reflejos de Gigi que se sumó a la pelea. El hombre gritó y logró librarse de la chiquilla. Golpeó con el brazo para desvanecer al reflejo, mirando un tanto escéptico el resultado disipándose en el aire como una lluvia inversa momentánea. Miró a un lado y casi fue sorprendido por el chico empuñando por delante la navaja. El arma ahora era real, y actuando en consecuencia el asesino propinó una patada en la cara que logró tumbar al muchacho. La navaja sonó y rebotó. Gigi se retorció de dolor en el suelo, tapando su cara con las manos y gritando de forma agria.

El hombre se dejó llevar y con una mano agarró del cuello a la pequeña que intentó otra acometida sorpresa. Dio media vuelta para arrinconarla de una sacudida contra la pared, invirtiendo ahora los papeles.

Quedaron cerca. Hipergirl se sintió angustiada por el cuerpo del hombre aplastando. Su agobió murió con dolor cuando notó su ombligo atravesado. No vio la navaja por ningún lado del suelo, y bajó con cuidado la mirada para sorprenderse de que eran los dedos del hombre formando un cono lo que se adentraba en su vientre. Reaccionó con una nueva sacudida al sentir ardiendo su barriga, pero cada movimiento de forcejeo sólo logró ahogar su respiración y quemar más su interior.

Escuchó una palabra que no comprendió de la boca de Gigi. ¿Era uno de sus extraños piropos? Deseó que así fuera. El mundo se nubló y lamentó no poder ver sus ojos una vez más. Su estómago se tornó sólido.

Miró al asesino. Tenía su cara a escasos centímetros. Estaban hechizados por el momento y le vino a la mente el poder de hormonas de su hermano. Sin embargo se miraban con odio, y una promesa silenciosa discurrió hablando de matarse por la naturaleza que los unía...

Reconoció una sensación que quebró el yeso en la mente. Visualizó por el lado a una persona tan ajena como lo que le estaba sucediendo en ese momento con respecto a la vida. Era Valentine, camuflado con una clase de poder similar al que manó desde su mano para hacer retroceder al asesino. Éste pareció confuso por un segundo por la fuerza invisible que le golpeó.

Hipergirl cayó contra el suelo. El asesino se levantó, miró a ambos niños caídos y salió por la puerta donde Valentine no pareció haber estado nunca.

Gigi tardó en el proceso de levantarse. Se movió torpe y se arrodilló al lado de su amiga para agarrarla y ponerla entre sus brazos. Aguantó las lágrimas hasta que una se deslizó por la mejilla como una bala. El líquido acompañó a la sangre en su barbilla, proveniente de la nariz y el labio partido.

El chico repasó con la vista la herida de su amiga y comprobó que no sangraba, el único rastro que había era un tenue hilillo carmesí recorriendo el costado del traje de la heroína.

La niña reaccionó y Gigi sonrió con boca abierta mientras con la manga se secaba la cara con apuro. La mano de ella palpó el ombligo y no encontró herida alguna, salvo un diminuto agujero ya cicatrizado empapado de sangre transparente. Dejó caer el brazo con alivio.

Gigi e Hipergirl se miraron. Aún debían quedar hormonas en el aire por cómo quedaron de mudos, tan cercanos y distantes en sus miradas. Él la aferró con más fuerza entre sus brazos. Ella ocultó su deseo de ahogarse en el mar de sus ojos.

—Suéltame, anda.

Gigi volvió en sí e hizo caso.

La vio levantarse y frotarse la barriga con fuerza. Gigi se alzó con preocupación pero Hipergirl se apartó. La niña se centró en recordar lo reciente y miró la puerta ausente de ilógicas.

Gigi pareció percatarse de su expresión de dolor, pero no había tiempo:

—Vamos tras él, Gigi. Es lo único que necesito ahora.

Escucharon los gemidos y miraron en la dirección de la profesora colgada. Seguía viva. Por algún milagro seguía respirando a pesar de tener las tripas colgando por culpa del gusano que la traspasó.

Hipergirl apartó la vista con rabia, topándose en el suelo con el gusano sin cabeza, un reguero de sangre negra aumentando debido a las convulsiones post-mortem.

—No creo que sobreviva —dijo Gigi con pena mientras buscaba por su navaja en el suelo.

—Gracias, Aristóteles.

—Deja de ser tan capulla —las palabras le sentaron mal a ambos—. Me refiero a matarla para que deje de sufrir —se guardó el arma y buscó por un pañuelo en otro bolsillo para limpiarse la cara.

La niña se giró hacia él con una expresión de odio que se notó incluso tras la máscara. El chico no se dejó intimidar y tomó una pose enaltecida de orgullo dispuesto a pelear.

Hipergirl lo ignoró y miró a la mujer. Estaba rodeada de una pequeña nube formada por los insectos que había desprendido el hombre polilla.

—Nadie merece morir —se limitó a responder Hipergirl. Respiró los nervios que ambos llevaban encima.

—Va a morir.

—Esperaremos a que suba de una vez la policía —dijo y giró la cara hacia él—. Deben de estar dentro, no tardarán —bajó la vista—. Puede que ellos puedan salvarla.

—Se habrán encontrado con nuestro amigo y se centrarán en la prioridad de abatirlo.

El chico respiró hondo y espiró con calma.

—Es imposible salvarla —reafirmó Gigi.

Los gemidos se incrementaron. Miraron a la moribunda, donde era probable que los estuviese percibiendo por una escasa luz en sus ojos. La mujer se fue llenando de una agonía que se contagiaba. Gigi no pudo reprimir otra lágrima.

Hipergirl se quedó mirándola. Bajó la vista a los intestinos asomados y a lo que creía que era el estómago colgando de forma imposible por debajo de los mismos. Las tripas eran brillantes y casi negras, repulsivas a cada movimiento en vano, colgante y desesperado. Odió saber de anatomía.

Miró al charco de sangre en el suelo extendido por el centro del aula. Allí quedaba un trozo de intestino —si acaso lo era— que parecía más negro que los otros. Observó su cara reflejada en la superficie del órgano, deformada por el visceral espejo del resto de vida. Al acomodar los pies, su cara empeoró en la imagen, devuelto el reflejo en varios puntos distorsionados demasiado fieles a la expresión de asco.

Sintió como si pudiera dar un paso al frente y meterse dentro del gigantesco charco; atravesar el espejo de Alicia para ahogarse dentro de ese mundo que no comprendía.

El cuerpo dejó de respirar.

Miró a un lado y apreció a Gigi a su lado agarrando su mano. También parecía atrapado por los reflejos. Siguieron en silencio como única respuesta al suceso.

Debió sufrir lo inimaginable.

Soltó la mano del chico y comenzó a alejarse. Salieron de la clase. Avanzaron por el pasillo con una velocidad que fue aumentando conforme la heroína se sintió mejor del estómago.

Un día perfecto para Elis
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