Con tal de llamar la Atención

 

 

Jueves 7

 

—Yo también escucho los latidos.

—Espera, ¿hablas en serio o sólo quieres tranquilizarme?

—Que no, penosa —dijo Holy sonriendo—. Es culpa del vecino, que se ha comprado un aparato de aire acondicionado demasiado ruidoso. Algunas noches cuesta pillar el sueño.

Elis rió en silencio y sin inmutarse encima del cadáver de un terror nocturno que ya era historia. El monstruo del armario sangraba: significaba que podía morir.

Holy se levantó y se marchó para traerle el desayuno. Elis no se encontraba de humor. El día anterior ya estaba así según comentó Polo a Holy. La hermana mayor quiso saber, pero Elis dio largas, respondiendo lo primero que se le ocurría, centrada en hacer como que miraba la televisión en lo alto. Holy se fijó que era un programa que Elis jamás vería.

Fue entonces que apareció Gigi. Holy se fijó en la fría reacción en su hermana.

Gigi fue bien recibido por Holy. Elis por su parte ignoró al chico, el cual sonreía emanando energía. Tenía las manos en la mochila como si protegiera algo, a lo que Elis dedujo que ocultaba un pequeño regalo:

—Qué sorpresa.

Gigi no pareció entender bien el tono, al contrario de Holy que analizó de forma minuciosa. El chico se dispuso a acercarse con entusiasmo con la mochila por delante.

Elis se apartó al comprobar que Gigi quería darle un beso en la mejilla. El chico no se lo tomó en cuenta:

—¿Te han dicho en cuántos días te recuperarás?

—No muchos. El tiempo que yo quiera.

—No esperaba menos de ti...

—Oye, ¿por qué no te largas?

La risa de admiración que estaba a punto de nacer en Gigi quedó atragantada. Miró de forma fija al rostro de su amiga. Se pudo apreciar su piel tornándose pálida.

—¿Qué pasa? —dijo Gigi con un hilillo de voz ensuciado de culpabilidad.

—He estado hablando con la policía y, como aún sigo siendo Hipergirl, necesito mejores contactos. ¿Entiendes, o no te da la gana? —dijo con naturalidad. Miró a Holy a las espaldas del chico, la cual tenía una cara de confusión.

—No, la verdad es que no lo entiendo —dijo Gigi con el cuerpo tenso.

—No me han prometido que pueda volver a la policía, pero sí que me echarán un cable. Hay mejores contactos en las calles que tú, Gigi.

La decepción en Gigi fue abrumadora. Apretó las asas de la mochila, una fuerza inútil en busca de las palabras.

—¿Qué tiene que ver que sea tu contacto? Creía que, no sé, la manera de tratarnos. Joder...

—Pues ya ves que no. Así que no flipes.

La mirada de Gigi dolió para los dos. Pronto fue lagrimosa, acompañada por un leve suspiro tartamudo. Se dispuso a decir algo más...

—¡Que te largues!

El grito de Elis llamó la atención de la enfermera que acaba de entrar así como del nuevo paciente en la cama de al lado; cada mirada abrumada, incluidas las de Gigi y Holy que fueron un interrogante en conjunto.

Gigi volteó con rabia y se alejó golpeando en su caminar, haciéndose daño por el modo en que apretaba sus puños en la mochila hasta emblanquecer sus nudillos.

Elis por su parte apartó la mirada hacia la televisión como si nada hubiese sucedido. Comenzó a sentir las paredes frías de sus pulmones, lo que terminó en una respiración irregular. Sus ojos se volvieron a empañar como sucedió pocos días antes y dejó correr rabiadas a las lágrimas. Ahogó un grito, lo que le produjo dolor en la garganta y las sienes.

No se lo podía creer, la segunda vez que lloraba: de jamás a dos veces. Resultaba irreal. No pudo soportarlo, juró que le dolía igual que cuando la pelea con Alexander, con la diferencia que ahora comprendía qué significaba que te golpearan por dentro.

Entre la separación de lágrimas apareció Holy enfrente. Elis se tapó la cara y se apartó. No pudo evitar el abrazo lleno de calor. Se revolvió para soltarse, para que la dejase pero no lo logró. Con calma sintió el cuerpo que la apoyaba, donde pudo arrimar el rostro y desahogar sus gritos para que nadie, salvo su hermana, pudiera oírlos. Holy no quiso preguntar,               quedando desalentada.

Los pensamientos de Elis quedaron abstraídos en varias conclusiones. Una fue preguntarse si lo sucedido con Gigi significaba ser débil. De ser así, no lo iba a permitir nunca más.

 

 

Pronto anochecería y no iba a quedarse nadie con ella. Le tocaba a Gigi, pero Elis hizo jurar a Holy que mentiría a sus padres asegurando que el chico se encontraba allí. Si llamaban y pedían hablar con él, les diría que estaba en el baño. De todas formas, la pequeña quería estar sola; cuanto más, mejor. Su hermana decidió dejarle su portátil para que pudiese distraerse lo máximo posible. Se marchó dejando rastros de preocupación. Elis por su parte resopló con alivio.

La pequeña se notó flotar entre los tonos amarronados que el sol moribundo olvidó dentro del hospital. Sintió que la gran aventura vivida se acercaba a su final. Al parecer los asesinos se habían terminado de asustar con Hipergirl, y los Perfectos habían dejado clara su opinión después de la muerte del día perfecto y del debate en la azotea. Un final sobre una azotea, al igual que algunos héroes... salvo que no hubo dignidad.

Como si también tuviera derecho a descansar, el mal no regresaría hasta nuevo aviso. Su rival de las polillas también parecía estar de acuerdo…

La última afirmación la hizo sentirse vacía.

Navegó en la red con el portátil y repasó con calma los archivos policiales. Ceberex era poderoso incluso ahí. Pulsó sin ánimos el ratón sobre su pierna, haciendo pausas para colocar la cabeza hacia atrás contra la pared y dejar pasar el tiempo sin importar. Comprobó que el asesino de las polillas hacía semanas que no mataba y que la policía daba por hecho que ya no volvería a realizar ningún crimen. Resopló.

Otro caso sin resolver en la taimada ciudad que la veía crecer.

Tras el salvapantallas de “La Loca de la Guadaña”, el monitor se apagó por el ahorro de energía. Elis —la niña sobrehumana lisiada de la silla de ruedas— miró la pared como si fuese la única opción: quedaba resignarse.

No tenía ganas ni de saber su poder del día. En ese momento sólo le interesó saber cuándo empezaría a descolcharse la pared del cuarto. Imaginó las grietas extendiéndose hasta el suelo y de ahí a la cama y luego a sí misma. Quiso con fuerza que la ventana se abriese de par en par para que un viento se la llevase como polvo, lejos de todo.

Pero no sucedió. Nunca sucedía lo que ella deseaba.

Se percató de soslayo que el monitor se encendió sin tocar nada. Atribuyó que era el comando de Ceberex para seguir saltando la seguridad policial. Miró la pantalla de forma pasiva expulsando un significado hueco.

Repasando el informe, su cabeza quedó sin importar recordando lo acontecido hasta ese día. Llegó al recuerdo fugaz de Alexander remarcando un círculo en el aire con el dedo. La imagen se transformó en el reloj cuando se enfrentó a la prueba del día perfecto. De ahí al tercer ojo de la sombra viva, a los ojos del psicólogo, la luna, el agua como un remolino, las lágrimas de Gigi, las de su madre, el futuro sin fondo, las gafas de Carla...

Se percató.

Los días de los asesinatos no eran aleatorios: seguían un patrón. ¿Cómo no se había dado cuenta? Siquiera la policía pareció ver la conexión de los primeros días de crimen sucesivos que fueron distanciándose tras el tercer crimen. Cada vez se distanciaban más y más días, por eso había pasado tanto tiempo desde el último asesinato.

Imitó a su enemigo y con el dedo imaginó que se guiaba por los números de las muertes para formar puntos conectados. Fue probando varias formas al ir alternando según números pares e impares, luego direcciones, profundidad, primos, irracionales... hubo un error, el del día que no hubo polilla junto al muerto. Si quitaba ése día y probaba de nuevo...

Comprendió el sistema.

Con nueva energía, abrió el calendario del ordenador y empezó a contar. Gracias a su memoria pudo reconocer la secuencia. Dicha secuencia no se había enseñado aún en el colegio, pero sí la conocía de algún que otro libro de matemáticas que los que repasaba por su cuenta.

Accionada, buscó el móvil y llamó al jefe Charles. No cogió el teléfono. Volvió a intentarlo pero tuvo la misma suerte. Le mandó un mensaje e hizo lo propio con el portátil para mandar un mail a Charles pidiendo que contactara con ella cuanto antes. Recordó su nano-iPod y se centró en mandar una palabra escueta: “Llámame”. Era una medida pobre por el tiempo que apremiaba, así que se vio obligada a tomar más acciones. Llamó al número de la policía y allí no la tomaron en serio por tratarse de una voz de niña exigiendo hablar con el jefe. La segunda voz la reconoció y se inventó que daría el mensaje. Elis apretó el aparato al escuchar las pulsaciones de colgado. A la tercera logró hablar con un agente de confianza del que sí sabía que buscaría por Charles.

Se dejó llevar y llamó a su casa. Descolgó y habló con su hermano. Añadió que si era necesario buscaran a Charles en la patrulla o reunión donde estuviese, que necesitaba verlo porque creía saber algo importante sobre el psicópata que la agredió. Para tranquilizar a su hermano, dejó señales de que había aprendido y que no pensaba actuar por su cuenta...

Miró la silla de ruedas.

Salió de la habitación sin producir ruidos, logrando que la puerta apenas crujiera. El compañero de habitación no se despertó. El pasillo era más oscuro de lo que esperaba. Escuchó y se declaró sin presencias. Fue recorriendo y los oídos se le llenaron con el susurro de los pitidos de las máquinas y las respiraciones del ala de pediatría. El latido de su corazón pareció realzado, tan distante como cercano. Los oídos y las sienes palpitaron.

Se acercó al ascensor y evaluó cómo esquivaría al personal que estuviera en recepción. La comisaría no quedaba lejos y no veía el problema en correr con ruedas hasta allí... la vio, una figura blanca, algo diminuta. La escuchó y la sintió; fue desconcertante el desorden de percepciones y bajó la guardia.

La silla fue empujada. Elis se vio abalanzada contra la pared y a tiempo posicionó las manos por delante. Amortiguó el golpe con firmeza y calló el gruñido. Dio la vuelta a la silla y vio de nuevo a aquel ser pequeño, desnudo y delgado hasta los huesos, acurrucado contra sí, con una piel blanca y oscura que recordaba a una radiografía: un enano escapado de la sala de rayos-x. Se escabulló de un salto por el pasillo por donde provino Elis.

La pequeña se acercó y asomó por la esquina. Los ojos molestaron de tanto que los abrió ante la visión: el pasillo era distinto, cubierto ahora de niebla y de un ambiente como si estuviese en la noche de un bosque sin luna.

Avanzó despacio y escuchó los gritos de los niños doloridos y agonizantes, clamando a sus madres y llorando con histeria. A su izquierda escuchó el vómito que precedió al líquido rojizo y amarillento que se filtró por debajo de la puerta de la habitación de ese lado.

Controlando los nervios, se dio cuenta que una de las puertas de habitación estaba abierta. No quiso mirar al pasar, pero no lo pudo evitar. Allí una niña de pelo blanco quedaba de pie, desnuda, con un cuerpo similar al ser que perseguía. Su vientre se movía como si tuviese algo dentro. La cara de un bebe se perfiló, abriendo la boca sin emitir sonido.

Cerró los ojos y siguió avanzando, pero eso no evitó seguir escuchando la acumulación de dolor y angustia infantil. Lo sintió y abrió los ojos. Tenía a la criatura a escasos centímetros de su cara. Por instinto Elis golpeó con el puño, con lo que el ser acabó lanzado a un metro. Observó cómo se levantaba agónico, temblando como una marioneta.

La niebla alrededor parpadeó por un momento.

La criatura la señaló. A Elis no le gustaba que la señalasen, y preparó las ruedas para abalanzarse y aplastar a aquella parodia. Notó cómo todo se ensombrecía al igual que cuando se oculta el sol. Comprendió que no la estaba señalando, sino advirtiendo con burla de lo que le venía por detrás.

Aceleró sin mirar atrás y a último momento el pequeño ser la esquivó. Elis se abalanzó al ascensor y pulsó. Analizó que tardaría, por lo que se dirigió al fondo de su izquierda, donde la puerta doble que conducía a las escaleras.

Cerró tras de sí y permaneció quieta escuchando. La vista fue acostumbrándose y miró las escaleras. ¿Cuántos pisos había hasta el piso principal de entrada? Lo mejor era bajar un solo piso y buscar por ayuda. Le extrañó que en el piso actual no hubiese nadie, ¿y si la criatura se hubiera encargado de mala forma del personal del hospital? Era improbable, pero no imposible.

Entre maldiciones comenzó a moverse y se aferró a la barandilla. La creyó fría, y esforzarse en esa sensación la ayudó a centrarse. Recorrió con las manos el tramo a tramo que la conformaba, bajando golpe a golpe de ruedas mientras los brazos soportaban el peso. Las ruedas rebotaron sin queja en cada escalón, mantenida la silla en alza como Elis había practicado.

El sudor la empapó, ahogando cada gemido al dejarse caer en cada vez; en cada paso con altura. Los brazos, hombros y espalda se quejaron, pero notó que podía aguantar por la ausencia generada de sus nervios muertos. Eso en parte la alegró.

Consiguió llegar. Tocaba el siguiente tramo de escaleras que torcía a la otra dirección. Luego vendría un último tramo.

Concluyó. Tembló por la tensión y el esfuerzo. Se esforzó por disimular la respiración ruidosa y quemada, casi de volcán. Se movió a la puerta y la abrió con precisión de sin sonido. Pasó, cerró con sumo cuidado y se enfocó en analizar esa planta de hospital.

Estaba igual de oscuro y silencioso, parecía incluso la misma planta. Apenas se escuchaba el ruido de una respiración de alguien durmiendo. Avanzó un poco y revisó la planta. Gritó un par de veces. Se sintió decepcionada por la ausencia de personal. Se enfocó al ascensor y lo pulsó. El ruido obedeció y los cables tensándose fueron acompañados por un chasquido que no terminó de reconocer... un puño le golpeo el costado y ladeó la silla.

Sin darle tiempo a más, una mano enorme agarró su cara y la levantó medio metro antes de dejarla caer sobre el asiento.

Elis reaccionó y se movió para esquivar y posicionar mejor cuando vio el ascensor abriéndose. Visualizó el otro lado de la planta al ser un ascensor de doble puerta, donde el pequeño ser estaba sentado, plegadas las piernas como si meditara con los ojos abiertos.

La niña frunció el ceño y apremió la reacción y, justo antes de entrar, le agarraron la silla por detrás para alejarla de una sacudida. Harta, saltó y golpeó la cabeza del agresor. Notó el dolor en la coronilla como una grieta y alzó la vista cuando no pudo aguantar más la presencia sobre ella.

Era un hombre alto, apuntando a dos metros. Delgado, pero hombros anchos acordes a sus enormes manos. Su cara estaba inmóvil como si la tuviese paralizada… Elis se percató que era una máscara. Aquel hombre trajeado llevaba un rostro de porcelana perfilado para no poder, ni querer, mostrar cualquier clase de emoción.

Roto el hechizo de la primera impresión, Elis volvió a saltar y el gigante se cubrió. Tras el rebote, Elis aprovechó y empujó las ruedas para lanzarse. Logró introducirse en el ascensor y pulsó el primer botón que se interpuso contra sus dedos. Giró la cara y comprobó que el hombre no se había movido, quieto mientras se cerraba la puerta.

Se centró en la puerta a su frente. La pequeña sintió una punzada en la nuca cuando el ascensor se detuvo. Se percató que sólo había bajado un piso. La puerta se abrió y allí estaba lo siniestro en misma postura como si sólo se hubiese cerrado y abierto la puerta.

El hombre corrió hacia ella y se introdujo haciendo rebotar la caja del ascensor. Los cables cantaron. Ambos chocaron y aferrado la empujó para salir por la otra puerta.

Elis peleó a puñetazos contra la máscara y el cuello del agresor, no consiguiendo nada salvo un lejano dolor. Fue agarrada de los hombros y levantada. A continuación fue soltada contra la silla en movimiento, dándose con la rabadilla contra el asiento, con lo que aumentó el impulso.

Aturdida, sólo pudo percibir que esa planta estaba cubierta de una niebla más espesa, pareciendo que surgiera por debajo de las puertas. Escuchó los gritos y las sierras; las máquinas automáticas cortando hasta el punto de dejar caer objetos contra el suelo; voces que clamaban por una ausencia.

Agujas atravesando zonas blandas y sonidos de líquidos propios ahogando gargantas...

Logró posicionar sus manos y frenar la silla.

—Dijisteis que me dejaríais en paz —gritó la niña. Notó como si su voz sonara hueca.

El ser más pequeño asomó de debajo de la silla con un movimiento que llamó la atención de la niña. Vio cómo realizaba un gesto con el dedo desde la punta de la nariz hacia delante.

La pequeña creyó enloquecer, y miró a un lado para descubrir la visión de dos seres vestidos de enfermeras que tenían estrujados los cuellos por vendas colgando. Se movían torpes, babeando en busca de la única carne viva —o sana— de aquella planta.

Elis se quedó analizando e intentó sobreponerse a las emociones, lo que permitió que las enormes manos del ser más alto le agarraran la cara por detrás para arrastrarla hacia las sombras. La niebla se marchó aspirada por la propia esquina que se los llevó.

Las enfermeras se mostraron con un aspecto normal, una imagen de lo que debería acontecer en un hospital. Pasaron comentando y no percibieron en la negrura del fondo, junto al carro de bandejas con utensilios, la silla de ruedas debajo de la niña alzada, efectuando sus piernas movimientos circulares y colgantes, retorciéndose de cintura para arriba por las manos que cubrían su cara al completo.

Elis había visto a tiempo el carrito de metal propio de hospital, donde su memoria eidética había atrapado la visión de una jeringuilla usada. Extendió la mano y la agarró, agradeciendo que el carro tuviese la altura suficiente para tener a mano lo prometido. Con el pulgar estiró del embolo para llenar la jeringa de aire, justo lo que a ella le iba faltando conforme el monstruo la apretaba contra el pecho. Notó un hormigueo por el cuerpo. Esa fue la señal.

Elis alzó el brazo y lo dejó caer. Clavó la jeringa contra el asesino. No supo que lo había hecho contra la entrepierna. Apretó con prisa y escuchó una explosión apenas perceptible.

Las manos aflojaron sin llegar a soltar. Elis lleno sus pulmones con dolor. Aquel ser no parecía poder gritar, pero sí temblar y gesticular la cabeza sin sentido. Como reacción, se ladeó, con lo que movió a su apresada como si fuese una muñeca de trapo. Elis miró hacia el suelo, que lo vio agrandarse conforme el ser se dejó caer cuerpo por delante para aplastar con su peso a la pequeña, que recibió un fuerte golpe en la frente.

Una de las enfermeras se dio la vuelta al creer que había escuchado algo, dejándolo estar cuando analizó que nada sucedía. Por una esquina, un enorme ser oculto en sombras arrastraba una silla de ruedas con una mano y con la otra a un pequeño cuerpo agarrado por el pelo. Los pies de infante fueron lo último en desaparecer tras una puerta balaceándose.

 

 

Viernes 8

 

Elis abrió los ojos y las luces del techo la cegaron. Incorporó la cabeza y se vio tumbada boca arriba en lo que supuso eran los baños del hospital. Se fijó en su silla al fondo colocada para atrancar la puerta. Parecía muy lejana. En el lado de los lavabos de mano estaba sentado el monstruo diminuto, observando con una estúpida sonrisa y balanceando con gracia los pies. El resto de la perspectiva la ocupaba el gigante y su sombra, que tenían entre las manos una cuerda de piano que tensaba como ejercicio. Percibió un rastro de sangre por el lado interior del pantalón de su traje. Dio la impresión que habían estado esperando a que ella despertara, un hecho que dio escalofríos sordos al igual que los falsos ojos que la analizaban.

La niña intentó girar sobre su cuerpo y al intentar incorporarse las piernas se le doblaron sin fuerza. Intentó repetir el proceso y fue cuando se percató. Tenía subida la ropa de hospital. Su desnudez hubiese resaltado de no ser porque tenía el cuerpo abierto como en una operación. Apreció su piel separada descubriendo una mezcla de rojos, blancos y negros, incluso de algo verde. Contuvo una arcada, contrario a lo húmedo que sintió desparramándose dentro de su cabeza.

Mesmerizada por la visión, comenzó a sudar, dándose cuenta que ya estaba empapada de antes. No tuvo fuerzas para negar y seguir con los ojos el movimiento de mano de su captor. El alto le enseñó algo que llevaba agarrado entre los dedos, un algo que se retorcía vivo. Lo identificó como una especie de gusano o babosa manchada de sangre. Tenía unas pequeñas alas que parecían de tela.

Era un parásito del asesino de las polillas.

El hombre de la máscara lo aplastó, salpicando pequeñas gotas verdes y blancas sobre su rostro de piedra.

La pequeña comprendió que llevaba eso dentro, que en realidad no se había librado de los parásitos hasta ese momento. Sintió que las tripas se le retorcían, no queriendo mirar por si acaso era de forma literal… pero lo hizo, y comprobó que su cuerpo estaba bien, con su piel cerrada, llena de las marcas de la fricción de las cadenas de Aquello. Entonces el captor agarró con delicadeza su ropa de hospital para bajarla y cubrirla como si la arropara de forma inversa.

Elis se enfocó al hombre y examinó que tenía aún restos del insecto en la mano: había sido real.

—Vosotros, ¿también sois como los Perfectos?

El de la máscara inclinó un poco la cara como si no entendiese.

—¿Sois como ellos, sois magos del tiempo?

Carroñeros.

La respuesta que recibió fue ver al hombre tensar la cuerda de piano antes de abalanzarse sobre ella. La pequeña se encaramó para propinar un puñetazo preciso a la máscara. Consiguió agrietar la superficie, además de a los huesos de sus nudillos.

Elis comenzó a rodar de lado hasta la zona donde la silla. Los baños eran largos, y cuando terminó de girar con agilidad se sintió un poco mareada. Por suerte el hombre se movía lento, pareciendo que aún estuviese en la reacción. Elis se enfocó y comenzó a arrastrase. Llegó y, con sólo la fuerza de sus brazos, escaló con presteza y se sentó. Se arrepintió al sentir que los brazos se le habían debilitado, pero sin embargo se percató de un detalle que produjo el escalar la silla. Afirmó para sí.

Sin desesperar, colocó las manos en las ruedas y se lanzó inclinada. Recorrió la habitación con rapidez, lo que el asesino recibió un golpe que lo tambaleó. Sabía que quedaría a su merced, que tenía que haberse largado, y antes de poder impulsarse hacia atrás, la silla de Elis fue agarrada y levantada por el pulso de aquel monstruo con forma de hombre.

Elis se fue viendo en la altura. El diminuto daba botes desde su asiento y aplaudía. La niebla regresó surgiendo de los desagües de los lavabos.

Desde aquella perspectiva elevándose, Elis pudo apreciar cómo los grifos se abrían solos y escupían a presión hasta producir vapor. Los váteres se embozaron y dejaron asomar manos que se agarraban a los lados. En el techo descubrió a una araña enorme sin color, transparente en su parte trasera para mostrar dentro líquidos moviéndose a presión sin un corazón claro. Dio la sensación de observar y babear por y para Elis. Frustrada, comenzó a dar puñetazos a la cabeza del hombre, que comenzó a andar sin soltarla, portándola dirección al fondo.

La pequeña giró la cara al esperarse lo que venía.

La silla se estrelló contra la pared y con ella su dueña, que cayó cara contra el suelo. El golpe había sido acompañado por un crujido. Elis gritó por el dolor del hombro dislocado, enrojeciendo por el cúmulo en un segundo. Su pelo fue agarrado y entonces comenzó a ser arrastrada. Sentía dolor en el cráneo, enaltecido por una pequeña risa histérica. Se le fue acumulando el pecho, y golpeaba la mano del hombre con rabia, impulsos alternados con pausa y escupitajos de resoplar apretando los dientes. El rubor destaca entre los morados de su cara.

Llegaron a la altura de los lavabos y su pelo fue soltado, chocando su cara contra las baldosas, salpicadas con pequeñas gotas. La rabia de la niña era tal que por instinto alargó la mano sana y agarró por las piernas al ser diminuto que estaba distraído en su propio gozo. Lo sacó de su sitio y lo estrelló contra el suelo. Lo zarandeó y acercó antes de soltar y elevar el brazo para arremeter contra él con el puño colocado como una maza. Los golpes retumbaron, y tras el tercero la niebla se disipó fugaz.

El diminuto rodó huyendo de la mirada enrojecida. Se levantó lento entre lloros y entonces salió corriendo y cojeando hacia la puerta del baño, que empujó de un golpe sonoro antes de desaparecer y dejarla balanceando.

Elis disfrutó de aquella huida y eso le dio fuerzas para dar la vuelta a su cuerpo. Se enfocó a la mole. El ser de la máscara elevaba el pie y lo dejó caer, pisando parte del pecho y del estómago de la pequeña.

La vigilante miró al zapato y alternó la mirada con la máscara. Sonrió desquiciada al escuchar el primer crujido que daba el aviso de lo que acontecía, lo que tampoco impresionó al asesino. Éste sólo reaccionó cuando los dedos de la niña atravesaron su pierna, lo que Elis aprovechó para elevarse e impulsar con medio cuerpo. El enemigo fue cayendo de espaldas, haciendo sonar los dedos de la niña como desatascadores cuando surgieron de la carne. El hombre terminó de caer y produjo un golpe que desquició al eco.

Elis jadeó sonriente, mirándose la mano llena de sangre al haber acertado con su poder del día: podía ejercer una fuerza inmensa con sus dedos, y gracias a la tensión del momento lo descubrió cuando aplastó como si nada las zonas de la silla de ruedas donde se apoyó para subirse.

Rodó una vez más sobre su cuerpo en busca de la silla. Se mantuvo concentrada hasta que chocó contra ella y se enfocó. Fue una proeza acrecentada poder incorporarse y encaramarse al asiento con sólo un brazo. Lo logró a pesar de notar con precisión cada hueso conectado del brazo dolorido. Intentó recuperar el aliento una vez sentada. Cuando fue a moverse, se percató que las ruedas estaban dobladas por culpa de la caída, por lo que desplazarse resultaba otra proeza. Se esforzó y poco a poco consiguió ladear hacia la puerta.

Sintió al árbol caído regresando a su hueco.

Cada embestida la avanzaba poco, pero logró estar cerca de la puerta. Cuando se dispuso a lanzarse para salir del baño, notó cómo era apresado su cuello y era levantada como si fuese liviana.

La cuerda de piano apretaba su garganta. Creyó que el interior de su cabeza se le iba a salir a presión y cerró los ojos con fuerza. Su mano golpeó hacia atrás y sus pies patalearon sin fuerza posible contra el pecho del hombre. Consiguió retorcerse hacia atrás y agarrar el hombro del agresor para apretar y atravesar. La sangre cayó en cascada, violenta salpicando el suelo limpio.

Poco a poco las fuerzas la abandonaron. Su brazo se dejó caer sin permiso, y aunque intentara abrir los ojos ya no recordaba cómo hacerlo. Su mente sin embargo siguió activa, preguntándose si sus poderes la podrían resucitar, si acaso su cadáver el día menos esperado tendría el poder de surgir de la tierra por un día en busca de venganza... la vida no era tan genial como en la imaginación; nunca lo había sido. Era triste que un niño como ella descubriera tan pronto el material del que se compone una realidad.

Sin embargo, si hubiese tenido el día perfecto, ¿estaría en la misma situación? Qué más daba. En los últimos segundos ni las preguntas más relevantes lo eran; hasta el sentido de la vida resultaba inoportuno.

Porque morir es reconciliarse con el tiempo, concluyó.

 

Su mente fue aclarándose. No sabía si agradecer sentir algo aunque fuese una última vez. Tosió. Lo pensó. Significaba que respiraba. No se esperaba que el aire estuviese tan viciado.

Intentó abrir los ojos cuando se percató del jadeo. Intuyó que iba a ver algo hermoso; porque la otra vida se compone de eso, así le insistieron los adultos aunque se les notara que ni ellos mismos lo sabían.

Abrió los ojos y alzó con dolor eléctrico la cabeza. Vio unos ojos azules.

Eran hermosos, aunque no supo qué sentir cuando reconoció a Gigi jadeante, temblando con la navaja en la mano manchada de sangre junto a un cuerpo enorme y trajeado boca abajo. Ya no parecía respirar, simulando que el chico le hubiese robado las respiraciones que le correspondían. Ella también las necesitaba en ese momento, y no le iba a importar que compartiese alguna.

Dejó caer la cabeza con alivio.

Un día perfecto para Elis
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