Perfecta
Se vio en su propio funeral. Hubo gente de la que jamás habría esperado que acudieran. Eso la hizo sentirse valiosa.
Fue guardián en cada segundo, apegada a su cuerpo que tardaron en descubrir. No se alejó de la camilla que se la llevó cubierta con una sábana que anunciaba el futuro sudario. Inspeccionó con fría curiosidad la autopsia a su cuerpo, corrigiendo en vano las deducciones y análisis del forense. Ella jamás se habría suicidado, se apreciaba. Ella no era anoréxica, por una vez que vomitas te califican…
En el entierro paseó entre los pasillos formados de gente y miró a cada una de las caras. Sintió arrepentimiento de no haber aprovechado mejor los días… el día. Acercó su alma a Gigi, a Charles, a su familia. No pudo abrazar a ninguno.
Observó mientras descendía el ataúd. El funeral se parecía demasiado al de su hermana. La diferencia era que la gente lloraba con más intensidad; que había más asistentes; que más flores llovieron sobre la madera…
Como una estatua, se planteó estar lo que quedara de eternidad mirando su lápida, velando por la tierra secándose para ser regada una y otra vez por un cielo que se descubría inexistente. “Guardiana” era su epitafio. No le gustaba, pero era lo que había. Siguió allí mirando, empezando a comprender cómo ignorar al tiempo…
Eso le dio una sensación. El día perfecto había sido una estafa, una birria dicho de modo vulgar. Entonces los vio.
Como llamados por las prontas conclusiones, aparecieron varios Perfectos. Formaban entre ellos un círculo ahuecado. Se detuvieron junto a la tumba, y al separarse surgió Alexander del centro resguardado. Portaba una pala en las manos.
No podía ser.
Despertó sin dolor, y eso provocó que costara más asimilar qué había sucedido. Hipergirl se levantó con una energía que le resultó familiar. Se tocó la barriga, miró su piel y repasó sus ojos ante el espejo. Todo estaba en orden. Todo perfecto.
Realizó unos ejercicios y estiramientos. Buscó por un termómetro que mordió mientras se inspeccionaba los ojos con una pequeña linterna. Sustrajo una escama de su piel para analizarla.
Tenía buena salud. Quiso creer que ni la persona más sana del mundo estaba mejor que ella.
No pudo evitar sentirse preocupada.
Se sintió como un monstruo.
Tendría que acostumbrarse, tenía que ser así si no quería acabar loca en el día a día… en el día. Continuó con auto-convencimientos hasta que decidió subir para buscar por su móvil, donde a su vez buscaría por respuestas.
El paseo por las calles no fue extenso, al igual que en la última vez que contactó para recurrir a Christoph. Desde que estaba en el “club” tenía una prioridad de la que no le habían hablado.
El camino concluyó en un sentido para dar comienzo en otro. El Wi-Fi oculto de los Perfectos apareció parpadeando con un icono a la espera del primer mensaje. Se sentó en una esquina a pesar de quedar cerca un banco de madera:
“que me has hecho?”.
“Me alegro de saber de ti, señorita. Hace días que no te vemos por aquí.”.
Sin duda era Alexander.
“me has quitado el alma”.
“Que yo sepa no. Relájate antes de acusar.”.
“devuelve el alma maldito”.
“Un alma es perfecta, ¿no crees? Te hemos conectado del todo a ella.”.
“no me gusta”.
“Todo es acostumbrarse. Todo.”.
“acostumbrate tu que eres el raro”.
Hubo una pausa antes de seguir escribiendo.
“que hace el dia perfecto en mi?”.
“En nosotros. Te lo explicaré con ejemplos directos...
“ya estamos”. —se interpuso.
...imagina que el Universo es un cubo, de ese modo centramos la teoría en ocho puntos. Al desarrollarnos en varios campos de conocimientos vamos conquistando esos puntos. Abrimos nuestra mente al mundo. ¿Comprendes?”.
“pfffffffff”. —terminó con un emoticono de sacar la lengua.
“Si uno se especializa en una sola materia, sólo podrá abarcar uno o dos puntos; tres para los que mejor dominen. Bien, el siguiente estado o dimensión tiene dieciséis puntos, pero a nuestro cuerpo le es imposible llegar, así que lo hacemos con la mente.”.
Una solicitud para aceptar un archivo le fue enviada a Hipergirl. Aceptó al analizar que no tenía ningún “virus perfecto” y comprobó de lo que hablaba Alexander por un dibujo hecho en una pizarra. Tuvo la impresión de que la esperaba y que ya tenía preparadas las imágenes.
“Nuestro entrenamiento sirve para adecuar éste mágico suceso y que conectemos punto por punto al siguiente cubo que representa el siguiente estado de la siguiente dimensión.”.
“siguiente al cubo”.
Llegó una imagen de la misma estructura, unida ahora por líneas de tiza.
“Si sabemos trascender en cualquier campo y materia podremos conectar —las palabras eran enviadas con velocidad como si apenas las escribiera—. Por eso hay personas de a pie que lo logran en un sólo punto con un resultado notable ¿Alguna pregunta? No, no lo creo.”.
“qqqqqqwwwweeeerrrrttttttyyyyyy el universo es cuadrado se veía venir”.
“En realidad es redondo. Una esfera.”.
“eso si que no me sorprende”.
Hubo una nueva pausa. Tuvo la impresión de que Alexander se había quedado con la respuesta.
“¿Puedo ayudarte en algo más?”.
“no soso”.
“Nos vemos pronto para continuar el aprendizaje.”.
Pero no leyó la última línea debido a cerrar el programa con ímpetu.
La pequeña heroína prosiguió a la deriva sin importar dónde o cuán lejos podía acabar en la ciudad. En casa ya se habían concienciado que no la tenían que esperar para nada, y era tarde como para ir al colegio, así que anduvo y se dejó llevar por sí misma.
Durante el paseo vio a las palomas espantarse y a los ancianos mirar con desconfianza natural. Comprobó saludando de forma esporádica a los panfletos enganchados en los parabrisas, ayudados por un viento frio como bolsas de hielo en la cara, que hacía temblar a un árbol que pareció conocedor de una enfermedad que desconoce, auto-destruyéndose con esa lepra en cada hoja que cae con paciencia hacia la posible muerte que a todos aguarda... o no.
O no.
La acompañaron ruidos de obra y de bullicio en un centro lleno de negocios. Sabía que la ciudad era ruidosa, pero a veces no era consciente ni de la mitad de sonidos que se suceden al mismo tiempo por las calles. Apagar los pensamientos sirvió para conectarse un poco más a lo que defendía. Cuanto más conociera, mejor podría proteger. Cuanto más… se repitió.
Pasando por un paseo urbano lleno de árboles, observó el suelo lleno de hojas, la sangre caduca del otoño. El viento se levantó y las hojas fueron jugando y bailando a su alrededor, huyendo y persiguiendo; con impresión a veces de barrera y en otras de imán; protectoras, enemigas, acompañando o ignorando durante el recorrido, confundidas con gemelas. No le gustó, peinándose después de cada sacudida de aire, quitándose las grietas marrones casi ennegrecidas que se enganchaban contra su ropa y el pelo y chocaban contra su cara.
Para cobijarse, decidió entrar a una pista de hielo y pagar por patinar sin importar el tiempo. Imaginó que su nuevo yo era como esa pista que, aun extensa, era limitada; que aun firme y dura como el propio hielo, sólo se podía recorrer a base de práctica. Con los años su corazón se tornaría helado como si se hubiese parado, y su mente se plantearía las cosas de otro modo. Poco a poco la abriría a algo que —de tan incomprensible y extraño— lograría que la rechazaran. Una vez sola, quedaría escalar la torre de marfil.
Ayudó a unos niños a aprender a patinar. Se sintió como la reina de las nieves por cómo la miraban, a esa niña pálida y extraña que sin embargo no parecía mala. Confirmó su genio de bruja cuando un par de niños cayeron varias veces seguidas, una ira que mostró preocupación. Tuvo que reír en compañía por el tropezón que ella dio y que casi fue acrobacia.
Los niños parecieron admirarla. Si era bondadosa, “¿por qué entonces esos ojos tan fríos y tristes?” imaginó al mirarse en el hielo. Se dejó llevar y dio una vuelta; otra; los niños se cansaron y se despidieron; otra; esquivó un perro que se había colado; otra; el perro le era familiar; llegó la noche; otra...
Era tan tarde que decidió ir a cenar a un local de comida rápida americana regentada por orientales. Comió lo más lento que pudo y se pidió varios cafés. La mitad de la madrugada la pasó hablando con un músico de jazz que la reconoció y le pidió un autógrafo. Charlaron sobre música y la ciudad, quedando impresionado el hombre por los gustos que tenía una niña. Ella atribuyó el mérito a su padre y a su abuelo, y no le importaba ya haberse ganado las miradas de rara de la clase. Profundizaron sobre que los documentales eran la música clásica de la tele. La pequeña mostraba un don natural casi enciclopédico por los datos:
—Es memoria. En verdad no tiene mérito.
—Te ayudaría a ser músico. Si te lo propones.
—¿Y dónde quedaría la improvisación y el corazón?
El hombre le gustó tanto charlar con ella que le propuso que fuera a uno de los ensayos de su banda, pero lo rechazó con la extraña respuesta que en el mañana ya no tendría tiempo para la música.
Hipergirl se marchó dejando al hombre con la mirada extraviada. Por su mente discurrió la canción que lanzaría a la fama a su banda. Hipergirl nunca supo que el tema “Lucy: Café y Tormentas” le fue dedicado por musa, donde existiría la casualidad de que lo mantendría en su lista de reproducción durante mucho tiempo sin saber bien el porqué.
Terminó la noche subiendo a lo alto de un edificio para ver amanecer. Se despidió de su yo y saludó a la perfecta. La Perfecta.
Vislumbró al sol como si fuese la primera vez, dejando que quemara su interior con un calor que la inundó con molestia como a un vampiro. Lamentó no poder situarse lejos porque sería como huir de la propia existencia.
Una vez en casa se sentó a desayunar con su familia. Nadie preguntó, siquiera hablaron mucho por culpa de estar recién despiertos. Sintió como si no estuviesen cómodos al tener que alimentar a una criatura que no pidieron, que siquiera parecían tener la intención de albergarla en el sótano o el desván, su hábitat natural.
Subió a su cuarto y preparó la mochila para ir al colegio. Recordó el día. Resultó curioso, había hablado con el músico y con Alexander, pero notó las conversaciones como si hubiesen sido un sueño, lejanas con un punto tenue de no haber sucedido... se miró en el espejo y creyó ver el comienzo de la transformación.
Se colocó ante la imagen. ¿Tenía los ojos más rasgados? No, era esa fisionomía paralela y precisa tan inquietante.
Comenzaba a tener una identidad.
Buscó en el armario por el traje de Hipergirl y tuvo la tentación de ponérselo para no quitárselo jamás. No quería que nadie viera su aspecto, quería que la amasen a cada momento como la heroína salvadora de cada día.
Comenzó a quitarse la ropa sin dejar de mirar al traje. Se detuvo y, crispando los nervios, evitó la acción y guardó el traje. Sin fiarse, lo sacó de nuevo y lo escondió en otro lugar de la casa.
Salió y se dirigió a las escaleras para bajarlas de dos en dos. De pasada pudo escuchar “...está muy cambiada...” y se detuvo. Al parecer la presintieron y callaron. No le importó y continuó para terminar de salir de casa.
Durante el camino al colegio alguien vigilaba. Lo detectó por un momento, pero tampoco le importó. Que miraran lo que quisieran: los monstruos no tienen otra mas que ser así.
—
La clase estaba callada y le pareció que varios compañeros la miraban de reojo. Debía ser su aspecto, cada vez más pálido e inhumano. La profesora se dirigía a ella con otro tono. Seguía realizando su trabajo con eficacia, pero el trato hacia ella resultó distinto. No creyó que fuera sólo por su aspecto.
En la hora del recreo buscó por sus amigas pero no las encontró. Recordó que ninguna de las dos estaba en clase, como si se hubieran puesto de acuerdo para no ir ese día.
Al sentir que no hacía nada, pensó en realizar algo productivo. Como conclusión llamó al alcalde. El funcionario jefe tardó en contestar:
—Dime.
—Creo que hoy me infiltraré. Estese atento.
—¿A qué hora?
Hubo una pausa.
—¿A qué hora le viene bien? —el tono fue un tanto sarcástico.
—A la que sea necesaria, por supuesto —confirmó el hombre.
—¿Entonces para qué preguntas? Estate atento y ya está.
—Eh, recuerda quién es el jefe.
—Sí, señor.
Hipergirl colgó y se pasó el resto del descanso mirando más allá de la verja que daba al exterior. Nada sucedió, pero dentro de la mente todo tenía cabida. La sirena la despertó, algo que le pareció irónico para tratarse de una cosa con dicho nombre.
—
Resultó fácil. Debía haber algún truco propio de él. Repasó el despacho y cada poco asomó la cabeza por el pasillo. Cerró de nuevo la puerta y comprobó por tercera vez que ninguna clase de objeto a la vista estaba colocado para ser tocado por accidente y delatar que alguien estuvo allí.
El despacho de Alexander era tan normal y opuesto como lo era el propio hombre. Daba la impresión de ser una oficina propia del dirigente de una empresa, en ese caso “Arabeos”. ¿Hasta qué punto era cierta tal compañía?
El plan inicial de Hipergirl y el alcalde era investigar a los Perfectos. En la noche antes de su nueva identidad la niña le había contado a su jefe lo que le había sucedido. El funcionario, acostumbrado a tratar con sobrehumanos, creyó la historia, además de esa fe que ya tenía por la pequeña. Ella necesitaba a un aliado influyente, que además era un empresario.
Con nervios alejados, rebuscó entre los papeles de uno de los cajones. Pasó al siguiente y al siguiente. Justo abajo del todo, debajo de un montón de papeleo sin sentido, encontró un informe de alta como empresa. Miró la razón social y los datos: la empresa era real.
Memorizó con memoria eidética el frontal y el reverso del papel, lo guardó, se aseguró que los papeles de encima estuviesen justo en la misma posición y salió del despacho.
Se dirigió al patio y comprobó que no hubiera cerca ningún pálido. Repasó los balcones superiores antes de sacar el móvil para llamar al alcalde. Esta vez el hombre descolgó con más presteza:
—¿Qué tal?
—Igual. La empresa es muy —remarcó— legal. Me temo.
—Pues su nombre no me suena —confesó el alcalde—. Tengo constancia de casi todas las empresas de la ciudad por tema de impuestos.
—Qué menos. Encontré un papel de alta como sociedad...
Se calló y quedó pensando.
—¿Qué sucede? —debió de ser un rato largo.
—Nada, creí que alguien miraba.
La realidad era que no recordaba al detalle el papel. Tenía la mayor parte de la información, pero no toda la letra pequeña. Era la primera vez que le sucedía un fallo tan básico con respecto a su memoria eidética.
—Si le soy sincera, parecía colocado a caso hecho. Incluso ha sido fácil infiltrarse.
Incluso parecía que era fácil hablar en esos momentos sin ser descubierta.
—¿El tal Alexander esperaba tu curiosidad?
—Con él nunca se sabe.
—¿Quieres que vaya en persona a hablar con él? —propuso el alcalde—. Puedo encontrar la excusa perfecta para ello.
—No es necesario. Lo que necesitamos es saber más sobre ésta empresa y su intención o tapadera dentro de la sociedad.
—Si me das su número de razón social podré hacer milagros.
—Muy bien.
Se lo dio y se despidieron. Para disimular paseó por el centro y acudió a una clase a la que apenas prestó atención y de la que pudo responder a las preguntas con propiedad.
Tenía el móvil en silencio, con sólo la vibración. Su tensión fue disimulada, atenta a evitar el sobresalto que la vibración le propinara.
Fue a la cafetería y se tomó un par de cafés. Al fin llegó la vibración. Se dirigió de nuevo al patio mientras escuchaba el pequeño eco producido contra las paredes del pasillo.
Respiró el aire del patio y se sentó detrás de unas enormes hojas colgantes para quedar oculta a las puertas:
—Perdón por tardar.
—Me he imaginado —el tono del hombre resultó tranquilizador.
—Bueno, ¿qué?
—La empresa Arabeos es real. Todo legal —confirmó terrible sin pretenderlo—. Si no encontrábamos datos más allá de su web es porque así lo solicitaron. Tienen una clausura de privacidad absoluta más allá de lo que ellos promuevan.
—¿Qué clase de empresa no desea anunciarse? ¿Ni siquiera publicidad gratuita en webs de mala muerte?
—Ni eso —dijo con seriedad—. Ni eso —repitió bajando la voz.
—Espera un momento...