Atardecer Rojo

 

 

*Activando el entorno Changeling... por favor, espere... proceso finalizado.

*Análisis... evaluación... finalizado.

 

Hora actual: 19:23

Poder actual: Ondus “La Marea Púrpura”

Traje actual: Hipergirl

Estado de ánimo: Ésta vez sí

Alternativa deseada: Que todo fuese más sencillo

Deseo oculto: Venganza

Canción actual en el iPod: Back to Chapel Town de “Cult of Luna”

 

*Mostrando situación actual... por favor, espere...

 

 

—Sí que me echabas de menos.

—Uy, sí, no veas —respondió la niña.

Gigi sonrió sin emanar intención. Hipergirl había olvidado lo adorable que resultaba el chico en cada uno de sus gestos. Volvió a pensar en Christoph pero fue en vano, la realidad del momento se interpuso.

Qué complejos son los chicos.

La tarde se nubló como si el cielo hubiera esperado por el retorno del asesino. Las nubes se juntaron como si tuviesen frío, desplegando de un pensamiento a otro el inicio paciente de un arsenal de agua. Pronto la lluvia apretó su caída, descubriéndose que las nubes más bien conspiraban.

Los niños corrieron para refugiarse y seguir tramando el plan a urdir. Uno de ellos rió. Se cobijaron bajo el techado de una parada de autobús. Se sentaron para seguir comentando, un tanto inspirados —y a veces entrecortados— por el golpeteo de la lluvia. Se detuvo un autobús. Dijeron que no subían y el conductor les devolvió una mirada que sólo logró rebotar en tan inocentes caras para desgastar sus propios nervios. Cerró la compuerta y el enorme vehículo les dejó a lo suyo.

El colegio que rodeaba los coches de la policía quedaba a poca distancia. Como Hipergirl no había sido avisada (invitada) tendrían que colarse y ser perdonados una vez salvasen el día.

—Si las víctimas son cada vez más jóvenes —comentó Hipergirl—, un colegio deja claro su objetivo. Sin duda debe de ser él.

—Ese tipo parece actuar por capricho. La magia negra nunca es un motivo sólido —bromeó como si comprendería.

—Sí. ¿Qué tripa se le ha roto?

—Querrás decir qué tripa le vas a romper.

El chico rió por lo bajo e Hipergirl se limitó a sonreír sin ganas. Gigi lo percibió y quiso aprovechar para cogerle la mano. La chica apartó la mano con un movimiento natural y espontáneo. En el silencio que se formó la pequeña analizó a su amigo y recordó el sueño. Un estremecimiento invisible sobrevino, similar a la sustancia del silencio, pero lo disimuló. Siguió comentando:

—La policía suele dejar algún punto menos vigilado debido a que se centra en las entradas —el chico hizo como que escuchaba ensimismado, delatando otro asunto en la cabeza—. No será difícil colarnos por alguna ventana. Si nos topamos con algún policía, lo distraemos. Siendo dos sobrehumanos no creo que sea difícil...

—¿Quieres noquearlo acaso? —dijo Gigi con sorpresa.

—Idiota, ¿sólo usas tus poderes para pelear y hacer lo que no debes? —el chico no reaccionó ante la pregunta-acometida, se limitó a arrugar la boca. La niña suspiró y prosiguió su charla—. Nos acercamos por algún lateral, que no creo que resulte difícil. Habrá bastantes vehículos que sirvan de cobertura...

Gigi siguió afirmando con la cabeza.

—¿Me estás escuchando, o qué?

—Flanquear. ¿Cuál es el problema?

—Que levantes el culo y comencemos —dijo dando ejemplo.

—El traje te queda muy bien —dijo Gigi y se levantó—. Pero creo que logra que te de menos el sol.

—Ya me preocuparé de ir a la playa en otro momento.

—¿Me estás prometiendo que iremos a la playa?

Al oírlo, Hipergirl lo miró con desgana. Dio la vuelta para marchar.

Tras un vistazo rápido, la niña se aventuró dentro de la lluvia. Gigi hizo lo propio y corrió tras ella. El chapoteo de sus pies brindó en la mente del chico imágenes improvisadas de ambos con traje de baño frente a un puesto de helados entre arena y mar.

Vigilaron desde una esquina el lateral escogido del colegio. La tarde aún no había terminado y, debido a que el cielo decidió abrirse un poco, una inundación roja ahogó la realidad. La mezcla de grises y rojizos provocó destellos en las ventanas de los edificios bajos de la zona y en los cristales del coche patrulla. El policía estaba fuera, inmune al esplendor y la lluvia.

Idearon un pequeño plan y buscaron por algo que lanzar. Gigi cogió una piedra en una parte de la acera que estaba agrietada y se alejó doblando por una esquina. Rodeó adrede por las calles para quedar en otro punto de un edificio cercano. Lanzó la piedra.

El ruido alertó al policía. El agente se acercó a la ventanilla del vehículo y se introdujo estirando el cuerpo. Habló un momento por la radio y salió. Comenzó a acercarse con precaución a la zona del ruido.

El policía les dio la espalda, así que Hipergirl aprovechó y salió corriendo contra la valla del colegio. Sus botas amortiguaron el ruido tanto al correr como al subir. Con práctica automática, escaló y saltó al interior. Se escurrió su imagen y reapareció al momento para saltar contra una ventana abierta antes de desaparecer del concepto de exterior.

Hipergirl se escondió a un lado de la ventana y asomó parte de la cara para comprobar si Gigi venía. El policía seguía examinando la zona cercana. En eso el hombre descubrió al chico y se lanzó a por él entre gritos de advertencia.

—¡Idiota! —gritó la pequeña, encogiéndose al sentir el eco del pasillo.

Siguió observando y se sucedió el impacto de los testigos cuando el chico se desvaneció como humo. El policía dio un pequeño brinco, mirando alrededor para luego bracear por si acaso el chico se había vuelto invisible.

Gigi entró con agilidad por la ventana. Hipergirl escondió su admiración por la agilidad propia de un ladrón y por la cualidad sobrehumana demostrada afuera.

Se escuchó una nueva lluvia dentro del pasillo y se formaron pequeños charcos a los pies. Se agacharon y miraron sus cuerpos empapados sin remedio. Comenzaron a hablar por lo bajo:

—Ése era tu poder.

—Sí —afirmó el chico con orgullo—. Para entendernos, puedo crear reflejos o sombras.

—Lo sé, no hace falta que me lo...

A Hipergirl se le oscureció el mundo como si de repente hubiese recordado que era ciega.

—Cucú —canturreó Gigi—, ¿quién soy?

La vista regresó conforme las manos como humo se desvanecieron justo enfrente de la vista. Delante quedó de nuevo el chico sonriente.

—No puedes negar que mola.

—Está guay. Pero tus otros “yo” no pueden tocar nada.

—Y tú no puedes decidir qué poder tener.

La niña devolvió una sonrisa.

—¿Seguro? —quedó en el aire.

Antes que Gigi pudiera reprochar, Hipergirl avanzó agachada. Se quedó observando y decidió seguirla. Con ella resultaba mejor no hacer preguntas.

Los pasillos del colegio quedaban silenciosos como si allí nunca hubiese habido nadie, como si se tratara de la típica maqueta a escala real de unas pruebas nucleares. El suelo quedaba lleno de objetos, desperdigados papeles y materiales debido a la necesidad de huir. No quería ser catastrofista, pero el ambiente flotaba con presencia, acentuado por los últimos rayos de sangre que se filtraban por los cristales de ventana deformados y manchados por la lluvia.

A Gigi le parecía estar dentro de una pecera o acuario por los reflejos de las ventanas empañadas, decoradas las paredes con trabajos escolares pertenecientes a otro mundo que deja que desear, sumada una luz roja intensa como detalle final.

Para ambos el olor inconsciente de que había sucedido algo terrible era el mismo.

Hipergirl creyó sentir el hedor proveniente de arriba. Salvo la lluvia, no se escuchaban ruidos de ningún tipo, apenas sus pasos de suelas mojadas que se movían con la mayor cautela. Se preguntó por qué la policía aún no se había decidido a entrar.

Encontraron las escaleras y la niña señaló e hizo un gesto a su compañero. Comenzaron a subir.

Allí notaron el hedor del mal: era real, su enemigo insecto se situaba en una de esas clases.

Tablones en las paredes quedaban vacíos. Conforme avanzaron vieron algunos con alguna hoja informativa, un par con pintadas de rotulador y odio.

—Una vez me echaron de clase por dibujar lo que no debía.

Hipergirl se giró a su amigo y lo miró de mala manera. No hizo falta resaltar lo inoportuno. Fue entonces que escucharon el sollozo rebotando por las paredes. Se centraron en encontrar la procedencia y continuaron por la izquierda de un pasillo que bifurcaba. Hipergirl tuvo una sensación de deja vú.

La pequeña se detuvo y señaló a un niño que asomaba con temor por una puerta abierta. Fueron acercándose mientras clamaban con siseos que se relajara. El niño se escondió dentro de la clase.

Una vez a la altura, los compañeros se detuvieron y se miraron. Contaron hasta tres con gestos y entraron.

La clase resultó simétrica, salvo por una mesa en la primera fila movida por algún empujón. Colgadas en algunos respaldos de sillas quedaban mochilas, con sus interiores destripados sobre cada mesa. Alguna salpicadura de pintura por el suelo destacaba. No pareció haber nadie. Se adentraron y enseguida vieron al niño acurrucado contra la esquina. Se fueron acercando.

Temblaba como si viera al mismo diablo en los chicos, tapándose los ojos con las manos como si fueran a dejar de existir. Se sobresaltó cuando Hipergril le tocó el hombro.

—Tranquilo, tranquilo. Somos amigos.

El niño no hizo caso y siguió tapándose la cara, alejándose de cada roce posible.

—A ver, chaval —dijo Gigi y se acercó sin miramientos—. ¿Qué has visto? ¿Fue una cosa que no era persona? —se señaló con la mano y después a Hipergirl—. ¿No ves que nosotros somos como tú?

El niño siguió temblando pero se dignó a mirar. Se quedó fijo mirando los ojos de Gigi.

—Azul —dijo el niño tembloroso.

Los compañeros se miraron y se correspondieron la extrañeza que sintieron. Entonces Hipergirl se acercó al creer comprender.

—Marrón —le dijo a ella cuando le correspondió la mirada.

Gigi e Hipergirl se volvieron a mirar comprendiendo un poco mejor. La niña se levantó y buscó por un lápiz de color en algún estuche cercano y regresó con él.

—Verde, erde, de —fue la conclusión casi cantarina y reveladora del niño. Pareció más animado.

—Anda —exclamó Gigi—. Creo que éste colegio es de, bueno —pausó—. Especiales. Pero no como nosotros.

—Eso no significa que no merezcan el mismo trato.

—Yo no quería decir lo contrario, palurda.

Hipergirl lo calló con un gesto de la mano al escuchar un nuevo ruido. Eran chasquidos provenientes del pasillo. Sonaron cerca.

Se miraron con decisión y Gigi se adelantó. Hipergirl se rezagó para tender la mano al niño. Éste titubeó y se animó a coger la mano de la chica. Los tres avanzaron hasta la salida y asomaron. Los chasquidos continuaron.

—Espera —dijo Gigi a su amiga cuando la vio decidida a asomarse mejor.

El chico se concentró y, como si surgiera de los poros de su cuerpo, un reflejo idéntico a él se formó delante. Su imagen se distorsionaba de forma leve, a la espera de la voluntad de su creador.

Gigi respiró hondo y el doble se movió por el pasillo dirección al ruido. Una vez la sólida sombra estaba a la altura de la esquina, un bulto se lanzó para convertirla en un vapor oscuro.

Los chicos retrocedieron al ver aquella cosa hecha de carne. A Hipergirl le recordó mucho al insecto que enfrentó en el parque. Aquél parecía un estómago, y éste daba la idea de un riñón.

—Rojo, rojo, rojo, rojo, rojo, rojo...

—Mierda, cálmate —le espetó Gigi.

—Tranquilo.

Hipergirl abrazó al niño y le acarició el pelo. Podía notar su temblor contagiándose hasta la boca del estómago. La niña lo meció con su cuerpo mientras se centraba en analizar a la criatura. Por otro lado se esforzó por ignorar lo extraña que se sentía al haber abrazado al niño con tanta facilidad.

Aquel ser reptante no parecía tener ojos ni nada similar a un sentido receptor. Se guiaba por un instinto desconocido que no permitía a la lógica aferrarse a un posible. Llamó la atención que su tono fuese blanco, algo verdusco, pero sin presumir de rojo. ¿A qué se refería el niño? Les rodeaba el rojo dominante del día que poco a poco iba siendo gris. No podía tratarse de eso.

—Deberíamos ir en la otra dirección —sugirió Gigi—. No me apetece enfrentarme a esa cosa si tenemos que proteger al crío.

—Es por allí que debe de estar el asesino, ¿no crees?

—¿Y si damos la vuelta completa por el otro lado? Así podemos buscar por más alumnos. O incluso un profesor o policía donde dejar resguardado a éste —señaló sin educación al niño.

Hipergirl lo dudó. A esas horas apenas debió de quedar nadie, salvo algún profesor con alguna actividad extra para alumnos específicos. De todas formas afirmó a su amigo y se dirigieron en la dirección opuesta al chasquido viviente.

Avanzaron por los pasillos girando por el mismo lado, opuesto al camino antes tomado. El silencio fue de nuevo compañero, roto por los momentáneos lamentos y detenciones que el niño realizó, frenando la marcha de los niños héroes. Hipergirl se mantuvo paciente, pero Gigi desesperaba con cada vez menos disimulo.

Llegaron a un punto donde creyeron haberse perdido en aquel laberinto con supuesto minotauro. Oyeron el invisible mugir de lo mitológico.

Escucharon el goteo y el olor les confirmó que el niño que protegían se estaba meando encima. Se percataron a la vez de los ojos fijos hacia una puerta, saturados de una emoción crispada y rota. Las lágrimas comenzaron a brotar de aquellos enormes ojos alejados del mundo.

Se fijaron en la puerta entornada de aquella aula. La leve brisa húmeda que surgía de su interior la mecía para producir un leve crujido. Los dos amigos se miraron inquietos.

—¡Rojo!

El niño intentó huir pero Gigi lo agarró a tiempo. Zarandearon un momento y el niño se escurrió para lograr huir tropezando.

—¡Quieto!

Hipergirl detuvo a su compañero posicionando el brazo y negó con la cabeza antes de decir:

—Está ahí dentro.

—¿No querías proteger al crío? ¡Se encontrará con la cosa que vimos antes!

La niña bajó el brazo.

—Ve a protegerlo. Yo me enfrentaré al asesino.

—Estás loca —dijo Gigi e hizo el amago de salir corriendo—. Haz el favor y espera aquí, ¿estamos?

La vigilante no hizo caso y se fue acercando a la puerta. Gigi se mantuvo mirando la testarudez hecha forma.

—No quiero que el niño vuelva a ver lo que hay dentro —dijo Hipergirl y se giró con otra clase de mirada—. Comprendo de sobra su reacción.

Abrió del todo la puerta y desapareció en la luz ya convertida en el gris que sería negro.

Un día perfecto para Elis
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