Por Encima de mi Cadáver
(Ironía)
No era justo. Nada lógico que si ella muriera fuera recordada por las dudosas acciones que tuvo que tomar como Hipergirl, y que de su amiga sólo quedara una lápida. Le pareció injusto el eterno sentido de la vida.
“La vida es ironía”.
Comprendió que cuando ironizaba se sentía viva, era alguien que al menos se movía y se expresaba, todo lo contrario a su ahora. Iba siendo hora de ser ella misma: así que pensó e ideó una de sus soluciones extremas que la caracterizaban.
¿Cómo se mata a un concepto? No tenía ni idea y quizás tardaría décadas en descubrirlo. Como no tenía ganas de seguir ni un día más como estaba, decidió ir al conocimiento que más controlaba: la química.
El primer punto era que un concepto nace de la conciencia de un ser vivo inteligente.
Luego, todo ser vivo es química, está compuesto por materiales de la naturaleza, sobre todo de la muerte de las estrellas. Hasta los plátanos tienen elementos de las supernovas.
Con la química nada era imposible, y el humano insiste en buscar vida mediante otros campos en lugar de ir de cero a por la composición del Universo: si uno quería ser Dios, tan sólo tenía que hacerse químico.
Encerrada en el laboratorio, preparó varios compuestos que ya probó a relacionar con sus poderes. El día perfecto la encerraba a tener un solo poder, así que lo forzaría a abrir la mente. Si lograba que conociera más poderes, quizás pudiera poco a poco a base de inyecciones abrir su persona a más caminos del tiempo. El reloj del laboratorio charlando en el fondo ambientó la idea.
Si acaso seguía atrapada en el tiempo, por lo menos podría obtener alternativas que no la terminaran dejando tan demente como su benefactor y sus supuestos compañeros. Si estaba condenada a ser perfecta, por lo menos que fuese con la perfección que quisiera ella.
Lamentó la imposibilidad de ganar el premio Nobel con la idea que se propuso.
En la noche, cuando nadie supiera de sonidos extraños por la casa, se aventuró a buscar la última dosis de la droga alienígena que su madre usaba para la batalla. La droga les trajo problemas en su momento y fue la base que inició la expulsión de los River del mundillo cerrado de los vigilantes. Por otro lado ayudó a que naciese Hipergirl en el momento más oportuno, por lo que podría crear una inversa. Esa sustancia sólo traía problemas, y ahí que iba a ella a por otro, a por el definitivo.
Tal compuesto de otro mundo permitía despertar el poder sobrehumano latente que hay en todo los seres vivos. Donde mejor funcionaba era en seres inteligentes, y donde de verdad mostraba una reacción inusual era en sobrehumanos. El efecto básico era la aparición de un segundo poder o efecto secundario que otorgaba cualidades físicas de máximo nivel, así como una conciencia abierta que resultaba peligrosa por la clase de conclusiones que el cerebro no está dispuesto a soportar.
Los River sólo usaron el compuesto en tres ocasiones para derrotar a un enemigo que los superó con creces. En la primera ocasión Polo se desbocó, y volver a controlar su fuerza supuso un enemigo añadido. Algunos periodistas que estuvieron grabando el evento aseguraron que notaron un leve terremoto durante la pelea.
Pasó por el garaje y saludó de pasada a Ceberex. Bajó por la trampilla oculta y se dirigió a una puerta semi-oxidada que tenía el aspecto de no haberse abierto en un tiempo. Abrió con facilidad y dentro halló la caja de hierro que resguardaba el químico. La abrió. No estaba.
No. Estaba. No.
Se relajó y concluyó que su madre no se fiaría de seguir escondiéndola allí. Pudiera ser que sospechara de Hipergirl y que por ello la cambió de sitio. No podía ser que Hala supiera de la anterior vez, pues de haber descubierto que fue tocada la pequeña se habría buscado como mínimo acabar en un centro disciplinario.
Decidió que con tiempo rebuscaría por la casa hasta encontrarla, puesto que sería una locura esconderla en otro lugar.
Para no perder la esperanza (oportunidad), decidió crear el compuesto de cero sin la ayuda de la droga alien. Ya la había probado y recordaba bien sus efectos, se quiso engañar que era dato suficiente para investigar por su cuenta. Además, ¿no era ella la estancada en el tiempo con todo lo que eso conllevara? Incluida su sangre... alzó la mano e iluminó su poder en un dedo.
—
El laboratorio olía a una mezcla de químicos que lograba un ambiente rancio. No se había duchado desde el incidente del baño. Su piel se había recuperado por la magia de la perfección, y le resultó en una sensación repulsiva que asoció con el agua.
En mitad del trabajo, disimuló y subió a hacer vida social con su familia el tiempo justo. Parecían incómodos por su aspecto y olor. Recordó que le hablaban y que ella contestaba por inercia. No le preocupó lo que dijeran. De ser importante, lo recordaría.
No supo cuánto mantuvo esa rutina, hasta que en un momento se percató —conforme un producto químico cambia de color— que no había dormido desde hacía días. No sintió que lo necesitara, pero subió a dormir para disimular que seguía siendo alguien entre los suyos.
Tras una cena que no significó nada, y unas palabras cruzadas que tampoco lo fueron, se introdujo en la cama deshecha. Sus pies asomaron y comenzaron a helarse, pero no le importó porque nada le podía afectar.
Volvió a soñar que buceaba en las profundidades de un océano helado. Como recordaba demasiado bien el otro sueño, se mantuvo sin salir a la superficie, disfrutando de forma consciente del sueño. A ratos recordó aquel no-tiempo antes de ser conciencia. Allí también flotaba y una luna negra de destellos rojos la protegía. Incluso un cordel como el de los astronautas la mantenía para que no se alejara de la verdadera ausencia y, por lo tanto, de la felicidad.
Escuchó una agitación. Miró alrededor y percibió un punto blanco que se auto-paría desde la misma oscuridad. Con presteza, apareció un enorme pez gargantuesco de bolsas de grasa colgantes como torso. Tenía rostro de sonrisa amarga y unos brazos humanos a los lados. No lo pudo esquivar y éste le agarró de la cara y la entrepierna.
Sintió como la agitaban y zarandeaban. Comenzó a ahogarse conforme el aire fue sustituido por angustia, culpa de las palmas y largos dedos que la apresaron. La siguiente sensación fue de luz y velocidad. El frío la atravesó y se sintió golpeada contra una superficie.
Se descubrió en el exterior congelándose y agrietándose como en el sueño anterior. El enorme pez asomó uno de sus brazos y escaló por el bloque para surgir a la superficie. Se acercó a su víctima inmóvil y comenzó a pellizcar su cuerpo con sus dedos viscosos. Ella notó los picotazos de dolor sin poder defenderse, agujas incandescentes reventando sus músculos como si fuesen ampollas.
En una de las acometidas la criatura le pellizcó un pezón y se lo rompió con un crujido de cristal. Elevó la mano y se lo mostró frente a la cara. El horrible lo lanzó a un lado y se propuso a agarrarle la barbilla, la cual se desprendió con facilidad. Ella se tocó con horror la parte inferior de la lengua colgando. Se fijó que el pez posicionó la mandíbula arrancada delante de la suya para hacer como que hablaba, jugando en lo macabro con movimientos estúpidos de arriba y abajo aparentando un muñeco.
La pequeña resbaló entonces y cayó de espaldas, resaltando el fuerte golpe. Sintió cómo se formó una grieta desde la nuca hasta la punta de su nariz. Sin poder levantarse, notó como uno de sus ojos se iba saliendo poco a poco en cada esfuerzo que cometía. Observó en la nueva perspectiva cómo el pez surgía y sonreía. La expresión le recordó a Alexander; reconoció al hombre en aquella pesadilla infiltrada.
El pez se arrastró con los brazos. Ella se fue desprendiendo y dejó de tener forma para ser grietas y roturas no sangrientas. El ser la aplastó y la terminó de hacer polvillo, uno atrapado que jamás pudo volar libre junto a la brisa.
Despertó llena de sudor y con la respiración agitada. Se levantó y fue a buscar por un café a la cocina. Decidió preparar la cafetera más grande, la familiar.
Bajó al laboratorio y se mantuvo bebiendo café sin importar. Se propuso no volver a dormir nunca más. Gracias al día perfecto podría lograr lo que se propusiera, incluso acabar con sí misma. Analizó el pensamiento, y para ignorarlo se centró en los experimentos.
En uno de los supuestos momentos de descanso, se movió por el laboratorio para desentumecer las piernas. Pasó por delante de la silla con el espejo, que seguían ahí desde el incidente del parásito. Un sobresalto le hizo derramar un poco de café. Allí había una niña más pálida con rasgos como los de un oriental. Asumió que tenía que ser ella, de pie y manchada por un café. Apartó la vista.
En definitiva no dormiría hasta solucionar su estado.
—
Consiguió sintetizar un nuevo resultado y lo apuntó en la larga lista del documento abierto en el monitor del ordenador. No necesitaba la lista —se la sabía de memoria— pero con el día perfecto carcomiendo como un gusano no podía fiarse. Siquiera confiaba que estuviese apuntando todos los resultados o que borrara en contra de su voluntad. Se convenció por innumerable vez que merecía la pena intentarlo. Tendría que ser así. Obligaría que fuera así.
Se terminó otra taza de café. El sabor era lo más agrio que podía soportar su lengua. La estructura de su pecho estaba saturada de tanto bombear y le dolía los nervios al caminar de una punta de la mesa a otra. Examinó la nueva muestra y supo que tampoco era correcta. Se acercaba a la original, y eso significó igual de fallida como si no lo pareciese.
Miró de nuevo la gota de su sangre. La muestra era una gran base donde trabajar y avanzar. Gracias a una muestra anterior de sangre que tenía guardada por sus innumerables experimentos, pudo comparar y descubrir qué tenía nuevo en su cuerpo. Pudo identificar lo que la droga modificó, pero había un toque que se le escapaba, atribuido sin dudar a su “amigo” el día perfecto.
Quedó más tiempo indefinido observando las estructuras por el microscopio. Mimetizó en su mente la fórmula y probó de nuevo a mezclar. Volvió a observar: la realidad siguió sin reaccionar ante sus pensamientos. No le quedó otra que seguir forzando a la realidad a comprender.
Un chasquido invisible en su mente le advirtió de un detalle. La muestra tenía una forma similar en algunos puntos a otra clase de cadena...
Lo tenía.
Sonó la puerta con unos golpes que le costó distinguir. Se detuvo a meditar sobre el sonido y cuando volvió a sonar reconoció que era el sonido de unos puños golpeando madera. Supo que tenía que reaccionar con un paso lógico cuando una voz se escuchó desde el otro lado. Reconoció la voz y quiso ver a esa persona. Por primera vez se coló en sus días algo diferente a la química.
Al abrir la puerta se mantuvo detrás de la misma sin llegar a abrir del todo. Su ojo analizaba a través de la rendija como si esta fuese una grieta vertical perfecta.
—¡Estás bien! —afirmó la silueta.
Claro que estaba bien, ¿a qué venía eso?
—Nos tienes preocupados. Por favor, sube.
Sí. Claro. Era su hermano Polo. Su increíble hermano Polo. ¿Por qué resultaba increíble?
—¿Me escuchas?
La puerta se cerró. Hipergirl volvió a sus quehaceres. La voz insistió hasta que cesó para que regresara el silencio de laboratorio.
Nada interrumpiría su labor...
La puerta se abrió de un golpe y chocó con el pomo agrietando parte de la pared. Se sucedió una lluvia invisible que hizo girar con lentitud a Hipergirl. Debió ser una visión impresionante por cómo reculó Polo un par de pasos.
Ante ella quedó el muchacho con esa eterna mirada hipócrita de preocupación.
Ante él quedó el ser más pálido que pudiera existir en un ser humano no albino. Sus ojos eran pequeños y oscuros como agujeros. Su pelo era más claro y sus dedos manchados de todos los colores, además de alargados y ágiles por los objetos que tenía que —o deseara— alcanzar. Estaba encorvada, y llevaba puesta su bata de laboratorio, que con o sin explicación estaba sucia hasta el límite, incluso roída por varias partes, sobre todo por abajo.
—¿Por qué quieres interrumpir mi labor?
La voz de la niña sonó tomada, más propia de una posesión masculina.
—Tú no eres mi hermana —dijo Polo y se adentró al laboratorio. Sus pasos dudaron por un segundo—. ¡¿Quién eres?!
—Soy yo, Polo, y estás interrumpiendo mi trabajo.
—¿Te has visto...?
—Claro que sí, idiota. ¿Qué me vas a contar? —juntó las manos y se las frotó por un momento—. Soy quien quiera ser, con la seguridad de que puedo conseguir lo que me proponga...
—¿Puedo saber sobre eso? —se cruzó de brazos—. Creo tener el derecho después de los días que llevas encerrada aquí abajo sin decir nada.
—¿Días? Eso qué más dará...
—Es la maldición esa. Está acabando contigo.
—Lo único de maldito que tiene mi perfección son las cucarachas que me cruzo aun cuando éste laboratorio está bien sellado. ¡Cucarachas en invierno! ¿Cuál es la siguiente broma? O esos autógrafos automáticos —apresuró— que envío por Internet cada día sin falta, por no contar los leales tropiezos que doy en tan cortas distancias, casi como programados a la misma hora. Es insoportable, pero hasta en esas cosas una puede acostumbrarse. El ser humano está hecho para sufrir y acostumbrarse, lo lleva en su genética. Déjate mangonear una sola vez —elevó un dedo junto a su cara—, y definirás tu vida con el prójimo.
Se dio la vuelta e ignoró al chico. Se centró en la siguiente posibilidad. Polo no dio crédito ni a lo que veía ni al olor de allí dentro. Estaba tan mezclado y envenenado que quedó convencido que mataría a un animal pequeño en cuestión de una hora o menos. De no “reiniciarse”, los pulmones de su hermana debían de pesar un kilo más al final del día, obstruidos sin remedio si acaso se percataba, tan atascados también por el ego y la obsesión.
—¿Qué estás haciendo? —remarcó Polo con menos paciencia.
—Salvar mi alma. Y puede que también la vuestra.
Hipergirl quedó de espaldas y miró de reojo por encima del hombro. La mirada era propia de un depredador desconfiado. El verdadero talento de Hipergirl que notaron ausente desde que volvió a la policía había regresado. Parecía haber completado un ciclo de regreso a la apatía. Era de nuevo el arma que tanto interesaba a los gobiernos que los contrataron en el pasado.
La mejor de los River no podía haber regresado... era que algo había robado su poder.
Le habían robado hasta el alma.
Polo saltó a atacar y eso pilló por sorpresa a Hipergirl, que se interpuso para defender la mesa de trabajo. Fue golpeada y cayó al suelo como un muerto.
El chico se quedó observando con la boca abierta. Se miró el puño por creer que se había pasado. Sintió alivio al ver que la pequeña comenzó a incorporarse.
Hipergirl lo ignoró y se alejó. Una vez en el centro de la sala —lejos de las probetas y tubos de ensayo— giró y se quitó la bata que cayó con peso. Mostró llevar puesto el traje naranja de la vigilante Hipergirl.
Polo observó que el traje parecía distinto. No tenía pliegues ni sobresalía o destacaba por las partes donde quedaba cortado y adaptado. Ya no tenía la capucha y dejaba al descubierto la cara de su hermana como en los anteriores trajes, con el nuevo detalle de líneas surcando su cuello como si fuese un tatuaje... su preocupación aumentó y observó mejor que aquello no podía considerarse un revestimiento.
No llevaba nada puesto, lo que vio en los dedos no eran restos de químicos, sino la propia piel pigmentada. Salvo por la pálida cara rasgada, su cuerpo era el traje de Hipergirl naciendo con paciencia de la propia carne y piel. Se percató también de otros colores que se adaptaban a las formas de su cuerpo y que reconoció como los super-trajes de química, el de asalto o incluso el de infiltración propios del trabajo de su hermana.
Estaba creando una armadura natural que la definiera para siempre.
Hipergirl sonrió y activó a su reproductor interno para que sonara “Kveikur”. Cerró los ojos y dio una vuelta sobre sí sin motivo aparente. Al completarla posicionó el puño por detrás para adelantar la otra mano como invitación. Movió los dedos.
Polo reaccionó con una leve mueca de boca. Había interpretado un gesto infantil en la actitud de lo que fuese ella. Le resultó chocante, y sintió el pecho llenarse.
Por culpa del ensimismamiento —junto a esa hipnosis que causa lo sobrenatural—, no previó el resurgir de la energía violeta de Hipergirl que comenzó a cambiar la atmósfera de la sala.