Los Caminos Perfectos y las Personas que
No
Domingo 27
Siempre lograba lo que se proponía, no le parecía que hubiese nada imposible. Hasta la perfección debía de tener un camino por donde acortar. Al día siguiente era lunes y tenía clase. Para disimular —y que todo estuviese en su sitio— debía encontrarlo ese atajo antes de que acabara el día.
Entrenó en el gimnasio mientras lo meditaba. El combate anterior la había descolocado y una posibilidad desconocida comenzó a surgir. Dio otra patada contra el saco, logrando hacerse daño por la falta de concentración.
Terminó y no había logrado relajarse. Cogió su ropa —la cual llevaba a todos lados por proteger el objeto en el interior— y fue a la parte femenina de la ducha comunitaria. Fue un alivio descubrir que no había nadie allí. Los hombres del lugar le repelían de serie, pero no sabía si más las mujeres pálidas, en parte por conservar el pelo, casi todas con el peinado corto y liso como sacado del mismo molde de una colección de muñecos diseñados sin imaginación.
Dejó la ropa en un banco alargado a la vista. Se quitó la ropa de gimnasio y quedó mirando a las duchas. Le recordaban a un película de terror (o de humor, según enfocara) que vio en una madrugada de insomnio. En una de las escenas una decena de duchas sobresalían de las paredes alargándose casi un cuarto de metro. Parecían serpientes asomando a la espera de cumplir su cruel naturaleza.
Echó otro vistazo a la ropa y abrió uno de los grifos. Dejó que la ducha llorara —o vomitara— sobre ella. Agradeció que al menos allí el agua fuera limpia.
Aprovechando que estaba sola, se sentó y cruzó las piernas para posicionarse en una postura de meditación. Esforzó la imaginación y convirtió el agua que le caía en una cascada, la habitación en un paisaje de montaña y el sonido de más allá en graznidos lejanos.
Le encantaba realizar ese ejercicio mental, se convertía en otra que no era llenada de pensamientos o negatividad, una que seguía viviendo tras aquel día en que su hermana dejó de existir. Casi se rompió la meditación al recordarlo. Se centró en que no debía sentirse mal porque ya no estaba sola en la venganza y el dolor de la perdida.
Allí el tiempo era otro, y comprobó algo sobre el sentido del propio tiempo. Comprendió un poco más a Alexander y comenzó a sentir los límites de creer en una cuarta dimensión, similar a cuando estaba en la Sala Castigo. Allí también meditaba, pero el tiempo era raro, como maleable a voluntad.
Imaginó que frente suya flotaba la jeringuilla con la droga pseudo-alien. Le faltaba dar un paso y ya creía que podía convencer a Alexander para que le diera el día perfecto. Lo podía engañar con que tenía un poder adecuado y lanzarse a la piscina blanca por donde todos habían pasado... no había contado con ello.
Una imagen de otra Elis se mostró. A tiempo se interpuso la imagen de ella más adulta bailando con Alexander. En esa visión no era pálida, tenía color y viveza... ¿significaba que le estaban mintiendo?
¿Qué acaso no iba a conseguir el día perfecto?
—Qué entrenamiento más avanzado. ¿De verdad eres una niña?
Sobresaltada, Elis abrió los ojos con calma y descubrió a una mujer duchándose bajo una de las alcachofas de la pared de enfrente. Debía llevar un rato allí porque cerró el grifo y se dirigió al pequeño banco en busca de una toalla junto a un montón de ropa negra que no reconoció.
Miró entonces a su ropa. No parecía haber sido tocada.
Elis se plantó y cerró la llave. Se sintió muy arrugada.
Observó de nuevo a la mujer pálida. Se estaba secando su pelo de molde rubio. Avanzó a cada rincón de su cuerpo delgado de grandes pechos. Sintió un poco de envidia. Recordó entonces a su madre y supo que lo único que tenía que hacer era esperar.
Elis se movió al banco y comenzó a secarse con la toalla preparada junto a la ropa de gimnasio, ignorando la curiosidad y sonrisa medio viva de la mujer.
Conforme se vestía, la mujer le volvió a hablar:
—Entonces es cierto que ya vas a conseguir el día perfecto —una camisa de botones comenzó a encerrar su bella forma—. Con lo que me costó a mí.
Se percató de la reacción en Elis, y su sonrisa cambió.
—¿No sabías nada? —arqueó una ceja que bajó enseguida—. Con lo espabilada que eres...
—¿Tú eres?
—Cassandra —extendió la mano—. Profesora de cuántica.
Elis correspondió el saludo y notó el tacto extraño de su mano, incluso impersonal.
—Imagino que tarde o temprano daré clases contigo.
—No creo. Más bien me las darás tú a mí. Las probabilidades apuntan a eso.
Terminó de vestirse. Frente a Elis quedó una mujer trajeada sin corbata. Bastante elegante y atractiva. Elis se centró y preguntó:
—¿A qué te refieres?
—Todos pasamos por profesores específicos según la manera de pensar de nuestro cerebro. Mejor dicho —sonrió—, de sobrevivir —su sonrisa resultó muy humana.
Tenía aspecto de ser de ellos desde hacía mucho tiempo, pero mantenía su humanidad con estilo.
—El último es Alexander. Es el profesor definitivo, por supuesto.
—Es un prepotente de cuidado.
—La grandeza lo es. Si algún día conoces a alguno de tus ídolos lo comprobarás.
—Me temo que Alejandro ya no está disponible.
—Pues era un prepotente, así lo asegura Alexander. Eso no quita su grandeza. Los humanos no lo podemos evitar.
—Menos mal que aún os consideráis humanos... —se detuvo y entrecerró los ojos—. ¿Alexander conoció a Magno?
—¿Y a quién no habrá conocido? —antes de continuar, analizó de arriba a abajo a la pequeña—. ¿Qué no has intuido cuan viejo es? ¿Sigues sin convencerte de...?
—Vuestro poder.
—Su poder. La grandeza de Alexander el Padre.
Cassandra miró su reloj de oro y pareció hablar consigo misma con un contoneo de cabeza. Terminó de convencerse:
—Tengo tiempo antes de mi siguiente clase. Ya que no te voy a dar lecciones, ¿qué tal que charlemos un rato y te explico cómo funcionamos?
Elis dudó mucho ante esa petición.
Accedió.
—
Al final resultó que la comida del comedor no estaba envenenada ni sugestionada. Tenía buen sabor y Elis se atrevió a repetir el desayuno, abundante y variado donde las manzanas “volaban”. Miró a Los Perfectos que había por allí, creyendo que estaban todos los que alguna vez se había cruzado aunque fuera de pasada. Reconoció a un grupo de niños y niñas en un fondo acompañados de un par de adultos con los que charlaban. No vio entre ellos a Valentine. Cuando despertó ya no estaba.
Había dejado hablar a Cassandra todo el rato, la cual paró sólo en los puntos donde tenía qué aclarar qué sabía Elis y que no. A la chica le sorprendió que Elis apenas supiera nada, sin terminar de comprender por qué Alexander no le había explicado lo básico.
—Imagino que es por lo avanzada que eres —Cassandra hacía rato que había terminado y observaba con curiosidad comer a la niña—. Querrá que imagines y aciertes por tu cuenta. Después de todo te pareces mucho a tu hermana.
Se notó cómo la afirmación no le gustó a Elis.
—Perdona —se disculpó Cassandra a tiempo—. No era mi intención. Lo digo porque fue de mis alumnas.
—¿Sí? —Elis hizo como que no terminaba de creérselo—. Compruebo que no tenía la costumbre de hablarme de la gente que conocía.
—En su lugar, ¿quién te creería?
—La policía. Están acostumbrados por mi culpa a cosas raras.
—¿Segura? —la sonrisa de Cassandra regresó.
—Bueno, el jefe lo haría. Me alejaría de todo esto.
—Por eso no lo has hecho.
—No —mordió con decisión la tercera manzana—. No lo he hecho por protegerlo.
—Claro, Elis —su tono fue un poco sarcástico.
—Vale, ¿para qué mentir? Siempre he tenido un exceso de curiosidad.
—E imagino que mucha más tendrás sobre el origen de Alexander.
La pequeña no habló, se limitó a mirar sin dejar claro si esperaba o juzgaba.
—¿Conoces Babilonia?
—No soy tonta.
—Eso no tiene nada que ver. Pues te aseguro de primera mano que Alexander nació allí.
Elis ladeó la cabeza para que quedara claro lo poco en serio que la tomaba.
—Hay incluso un libro que habla de él.
Al decirlo, Cassandra sacó del bolsillo de pecho un pequeño móvil. Lo abrió como si lo intentara partir por la mitad y buscó por algo. Tardó varias pulsaciones, por lo que Elis aprovechó para ir a por el flan.
La chica terminó y esperó por Elis. Una vez sentada le acercó el móvil. Elis lo cogió con una mano mientras cogía la cuchara con la otra. Leyó el texto que allí figuraba:
...del agujero en el techo descubriéndome con alivio al cielo. Fortuito viaje que ha resultado en suelo roto hasta el fondo de una tumba. Aquí yace el rey de la civilización de la que poco sabemos. Existían y desaparecieron. Sus dibujos en las palabras coinciden en una especie de señor más alto que la media o que los dibujados, cabiendo la teoría que es a caso hecho para expresar su grandeza. El dibujo del rey, sin pelo, de piel marcada con otro material sobre la pared, es inquietante. Me mira, sus ojos pintados negros me pre-juzgan con acierto. “Él es sol, él es luna” es la inscripción que he podido traducir por ahora...
Una vez terminó, Cassandra se guardó el móvil con presteza. La niña dio la primera cucharada al flan sin dejar de mirarla ni dejarse impresionar.
—Por poder ser, puede ser cualquiera —afirmó Elis—. El pasado histórico es relativo.
—Menos el suyo. Él es real, amiga. Con más derecho a ser real que cualquiera por llevar más tiempo aquí.
—¿Babilonia y Sumeria? ¿En serio?
—Lo juro.
—Dirás que lo crees sin cuestionar.
—¿No has comprobado su poder?
—Sí...
—¿No te fascinó?
—Yo también tengo poderes.
—A su lado son algo sin importancia.
—¡Eh! —interrumpió otra cucharada.
—Asume la realidad, amiga —sonrió para calmar—. Él es único y comparte. Eso es grandeza —realizó un gesto de afirmación—. Déjale ser un prepotente.
“Mira quién fue a hablar” pensó Elis. Temió haberlo dicho por lo bajo o que Cassandra también supiera leer la mente, así que prosiguió apresurada:
—¿Y qué pretende montando una secta? —se mostró segura con una postura adelantando el cuerpo y apoyando el brazo—. ¿Eh? ¿Qué me dices a eso? —la señaló con la cuchara. Se sintió ofendida por haber permitido un comportamiento tan tópico.
—Un culto. No te equivoques.
—Lo que sea.
—Consigue lo que le alimenta: veneración —extendió los brazos formando un arco invertido—. A cambio es generoso y nos iguala a todos.
—Matando la vida.
—Al tiempo —el brillo en los ojos de Cassandra cambió—. El verdadero enemigo de la humanidad.
—¿Seguro que tú eres investigadora física?
—Yo no he dicho eso —guiñó—. Todos los hijos del hombre terminan volviéndose contra él —sonó entre pedante y solemne—. El tiempo no iba a ser menos.
Cassandra se relajó y jugó un rato con los restos de una de las manzanas devoradas por Elis.
—Alexander nos brinda una protección y un futuro de verdad —miró más allá de Elis—. Sin límites.
Elis se percató de aquel jugueteo. Sentía que Cassandra amaba con fuerza al líder y eso le produjo incomodidad. Se imaginó a sí misma en el futuro, sin llegar a una conclusión clara.
—¿Y sólo Alexander te da clases? —dijo la chica.
Notó la sensación en Elis. Por otro lado la propia Elis notó un toque indescifrable en Cassandra.
—No. Ayer mismo me asignaron a Christoph.
—Lo conozco. Me acosté con él y es una maravilla. Te lo recomiendo.
Elis se detuvo de comer cuando notó el estómago revuelto. Dejó la cuchara con calma y se paró a pensar si había escuchado bien.
Intuyó mejor la emoción cifrada en la chica. Elis quiso vomitar todo el desayuno. El hierro frío en el estómago subió y apretó el torso. Como defensa, su mano fue hacia el bolsillo y agarró con decisión la probeta con el líquido potenciador. Eso le dio la seguridad para recuperar la compostura.
—Oye, ¿cómo te atreves a recomendarme algo así? —dijo Elis. Sin darse cuenta, agarró un tenedor con la otra mano, la que quedaba a la vista.
—¿Qué pasa? —Cassandra forzó las cejas.
De verdad parecía no comprender.
—Tengo ocho años, ¿cómo te atreves?
—¿Qué acaso te vas a esperar diez? —Cassandra rió fría con una sinceridad abrumadora.
Tenía que irse de inmediato.
Elis se plantó y posicionó el tenedor por delante sin sacar la otra mano del bolsillo. Trastabilló al ir de espaldas, pero una vez se vio alejada de la mirada confusa de la chica, dio media vuelta y corrió fuera del comedor dejando atrás el sonido rebotando del tenedor contra el suelo. Varias cabezas giraron tarde en dirección a la puerta que golpeó sin llegar a cerrarse.
Aceleró por los pasillos y no tardó en deducir que se perdería. Paró y miró atrás para comprobar que no la seguían. Retomó la marcha sin correr, aunque a un paso acelerado e inquieto. Giró incontables esquinas que la marearon al ser iguales. Logró encontrar la salida.
Nada pareció vigilar su nuca en ningún momento.
—
Lo que le había sucedido a su hermana podía haberse iniciado en ese lugar. Fue ingenua y confiada, incluso demasiado curiosa y madura. Eran suposiciones, pero alumbraban más que ocultar.
Demasiado madura.
Elis se introdujo dentro de la enorme boca de desagüe. Se sentó sin tocar el hilo de agua que corría en el centro hasta caer fuera como una cascada. Abajo se había formado una abultada zona de altas plantas creciendo sin dirección. Eran salvajes como lo fueron ellas; dominadas por las reglas del suelo, la vida y el agua, libres de tomar cualquier dirección.
Demasiado maduras.
Una imagen de las dos en el baño. Ahí comenzó todo.
Repasó lo que habló con Cassandra sobre la empresa Arabeos. Al parecer era un organización con décadas de existencia que se había mudado varias veces hasta acabar en la actualidad en la ciudad. Se organizaba como una escuela de filosofía propia de la antigua Grecia, negocio que no tuvo su aceptación hasta que llegó la Revolución, cuando pudieron apoyar a la causa aportando y entrenando a varios hombres, sobre todo en aspectos políticos muy específicos. Tras acabar la revuelta, los beneficios subieron gracias al apoyo político relacionado con el gobierno del estado.
A todo, ¿cuáles eran los beneficios? En ningún momento Alexander pareció estar interesado por el dinero. Salvo sus extraños poderes y él, no parecía haber más causa. ¿Cobraba con tiempo?
Surgió una idea y buscó por su móvil. Comenzó a mandar mensajes, entre ellos a su abuelo. Si habían estado relacionados con la Revolución quizás su abuelo le podría indicar si conocía a Alexander y Arabeos. Recibió enseguida una respuesta donde un escueto “no” fue devuelto. Apartó la mirada y maldijo a su abuelo. Era un hombre demasiado orgulloso y se había trabajado tanto su vida que todo se le perdonaba. Había faltado incluso a algunos funerales de familiares con excusas que lo seguirían enmarcando como un héroe a ojos de los demás.
No quiso pensar más y se centró en esperar el mensaje del otro destinatario...
Un ruido desde el interior del enorme tubo la hizo incorporarse. Parecían ratas. Se volvió a sentar y emitió un aspaviento. Se fue notando más alerta hasta el punto de quemar los nervios. Se notó ya cansada y apenas era mediodía. Parte del cansancio era su constante toqueteo al pequeño tubo con la droga en su bolsillo. No paraba de protegerlo, de concienciarse por si tenía que inyectárselo para provocar a un poder ofensivo contra lo que tuviese una mínima intención.
Recordó que aún no sabía su poder del día, así que se concentró y esperó por alguna reacción. Fue gesticulando movimientos como un mimo concentrado.
Comenzó a escuchar un ruido metálico provenir desde la lejanía del túnel. El interior del enorme desagüe no se apreciaba a pocos metros, aunque hubo distancia suficiente para ver acercarse levitando un pequeño objeto. Magnetismo.
El pequeño tornillo oxidado flotó frente a su cara con una elegancia propia de una bailarina de ballet. Elis se concentró de nuevo y lo hizo girar hacia el otro sentido. Le gustó el poder pero no le convenció por si tenía que defenderse en ese momento, lanzar un tornillo no era suficiente en la clase de mundo en el que vivía. Podría practicarlo para dominar y comprobar, pero no se sentía con fuerzas.
Atrajo el tornillo a la palma de la mano. Aburrida, le dio más vueltas sobre sí. Después lo hizo rotar alrededor de su mano. No supo cuánto tiempo estuvo observando la órbita.
¿Por qué tener poderes no facilitaba las cosas? Tenía que ser al contrario, como siempre gustaba a la vida. ¿Cuánto tiempo hacía que no se sentía nerviosa como en esos días? No podía negar que su vida cogía emoción.
Se sintió viva. Lo que tienta a la vida es la muerte.
Se planteó qué tenía que hacer a continuación y se enfocó en huir, alejarse de Los Perfectos hasta que se cansara, porque ellos no lo harían. Iría sin rumbo hasta acostumbrase y le pareciera lo normal, como si jamás hubiese tenido pasado.
Así era la vida, una constante; la constante de la vida. Se la ignora usando los días hasta descubrir que es ella la que nos ignora. Matemática y filosofía, y no tenía ganas de ninguna. Eso no implicó que la constante desapareciese.
Los Perfectos estaban con ellos, con los monstruos devora-camas. Pudiera ser que no, pero sus intenciones eran las mismas. Unos carcomían al mundo de una forma más vulgar y ellos de manera más sofisticada con abducciones mentales.
De todos modos, seguía sin tener pruebas sobre ello. Sólo le quedaba su corazón desconfiado y su mente cargada. Siempre supo que no entró en la policía por esas cualidades...
Escuchó un ruido. No era nada metálico o roedor, sino unos sonidos de pasos bien identificables. Antes de poder levantarse, Christoph asomó por las sombras y quedó analizando con calma.
Se movió y se puso al frente de ella, casi impertinente y sin emoción. El hombre se agachó flexionando las rodillas y se mantuvo indicando que no venía con mala idea:
—Me han mandado a buscarte.
La pequeña pegó su espalda contra la pared y relajó la respiración. Le costó un poco.
—¿Por qué te comportas así? —insistió el tutor.
—¿Lo preguntas? —torció su boca—. Sois monstruos...
—Por lo que veo, imaginas demasiado. No separas los dos mundos en la mente.
Christoph se alejó hacia el otro extremo frente a ella para apoyarse y sentarse. No pareció importarle manchar su gabardina. Elis se mantuvo con la mano tensa dentro del bolsillo.
Entre ambos quedó el río mancillado que se suicidaba a cada momento. Pasó un rato y un par de miradas desviadas antes de hablar:
—¿Cómo me has encontrado? —sin embargo fue Elis la que inició.
—Porque los sobrehumanos tengan poderes —explicó Christoph— no puedes concluir que son los únicos. No limites al mundo.
—Al menos mis poderes se muestran.
—Y los nuestros. Te he encontrado —gesticuló—. Una evidencia, una muestra.
Era imposible leer lo que pensaba Christoph a pesar de tener rasgos más humanos que los demás pálidos. Tal temple habló de su destreza como combatiente.
—¿Por qué te marchaste? —preguntó el hombre.
—Si seguro que lo sabes.
—Quiero escuchar tu versión —afirmó con un gesto.
—Una de las profesoras, Cassandra...
Elis calló. Se percató de lo que tenía que contar y quedó sin ganas. Tampoco se sentía con ganas de dar explicaciones a nadie.
Como si pudiera leer sus emociones, se percató de la reacción positiva en Christoph para animarla. Le resultó familiar e incómodo.
—Te consideras adulta, ¿no? —dijo el tutor—. No seas niña cuando te interesa. Un adulto lo es para todo.
La heroína desvió la mirada y quedó mirando la vegetación mal criada esparciéndose sin sentido ni rumbo, un poco como ella. No era ni niña ni adulta; mucho menos adolescente. El hombre no lo comprendía.
—Me insinuó que fuera —realizó una pequeña pausa—, demasiado adulta —lo miró. Delató con los ojos el desprecio que sentía—. Ya me entiendes.
—No del todo.
—Me dijo que estuvo saliendo contigo y que hiciera lo mismo.
Elis no pudo ocultar el asco. Resultó extraña su cara forzada al intentar expresar el cúmulo que portaba.
—Cassandra y yo nunca hemos sido pareja, pero entiendo a qué te refieres —la miró con serenidad y logró que Elis se calmara lo suficiente para que mirara con más atención—. Que ella diga eso no importa. Por cada cosa que diga cada persona no tiene que significar algo. Exageras el concepto.
—No hay nada que exagerar —Elis entornó los ojos por los malos recuerdos—. Es exagerado de por sí. Bastante despreciable y denunciable.
—Yo no pienso como Cassandra. ¿Contabas con ello? —esperó por una respuesta, pero Elis se mantuvo—. Además, ¿has pensado que quizás está celosa?
—¿Celosa? Qué estupidez.
—Eres una alumna aventajada, como Valentine —ignoró la extraña reacción disimulada de la niña al decir el nombre—. Das clases con Alexander desde el primer momento. En el fondo yo también lo estoy un poco.
—¿Tú?
—¿Sueles presuponer tanto?
—Sí. ¿Qué pasa? —hizo amago de desviar la cara. Quedó mirando mal.
—Te lo pones difícil, Elis —Christoph miró dentro del túnel, sin analizarlo—. Comprendo bien por qué eres tan avanzada y el coste que te conlleva.
—No creo.
—Conocer a las personas se te da mal —el hombre pareció más relajado—. Aunque es una ventaja en combate. Si no conoces o te preocupas de las emociones y el pasado de tu rival, golpeas de otra forma.
—Sin que te importe un bledo.
—Sí. En este caso te has dejado provocar. ¿Por qué ha sucedido? —esperó por una respuesta en vano—. Por ti.
Analizó la intensidad aumentando en el rostro de la niña. Pareció satisfecho y continuó:
—El dolor existe porque está anclado. Cassandra no lo creó, se limitó a activarlo. Sabe lo suficiente de ti y se lo permites...
—¿Qué quieres que haga? Soy la famosa niña policía con un pasado trágico —respondió con un tono de sátira.
—Ya que no se puede evitar tal aspecto, no permitas demostrar que te afecta.
Elis rió por dentro. Le resultó irónico escuchar eso con respecto a ella. ¿En qué quedábamos? ¿En que era seria y fría, o en que delataba emociones? Se detuvo a pensarlo. A veces debía de provocar confusión entre los demás.
—Hay que centrarse sólo en los pensamientos —dijo Christoph y posicionó las manos como si agarrara un balón—. Tantos los tuyos como los del rival.
El tutor se levantó y quedó posicionado en una postura marcial, enfocando los pies hacia el lado interior de la enorme boca de desagüe. Elis pronto comprendió que era una invitación para entrenar allí dentro.
—Volvamos —la sonrisa del rumano regresó—. No te pierdas esta oportunidad que te ofrecemos.
Elis suspiró y miró dentro, a la oscuridad de lo que le deparaba.
Todo era arriesgarse.
Posicionó de forma repentina y se lanzó con un rodillazo hacia el tutor. Tras el bloqueo, Elis comenzó a correr hacia dentro del túnel. El hombre la siguió cuerpo adelante, impulsado con las puntas de los pies.
Dentro entrenaron con estímulo, practicando lecciones que aprovechaban la oscuridad y el escondite. Elis se mostró reticente al principio, pero pronto vio la buena intención de Christoph. Deseó que Alexander fuera como él, así quizás no hubiera malinterpretado a esa gente, que al fin y al cabo sólo eran tan especiales como ella.
Poco a poco se fue calmando y entonces fue cuando Christoph presenció una rara avis: la risa de Elis. Era sincera y de niño. Se divertía de verdad peleando y aprendiendo.
—
Se le preguntó sobre qué tema escribiría en un poema. A Elis le molestó un poco la pregunta, sobre todo por el peso de los libros sobre su cabeza, hombros y manos. Estaba arrodillada con una pierna y con los brazos extendidos.
“Fuerza y equilibrio, fuerza y equilibrio...” se repitió.
Alzó la vista y miró a Alexander antes de responder:
—Sobre el viento.
Vino la consecuente pregunta del porqué. Quiso responder mal pero la concentración no se lo permitió:
—Nadie suele escribir sobre ello —dijo al fin sin aún romper la compostura.
—Los hay —inquirió el maestro.
—Imagino.
—¿Te gusta el viento?
Que Alexander se interesara era algo que la seguiría incomodando. Se arriesgó:
—Lo odio. Me parece molesto. Encima insistente —se centró en no errar un milímetro—. Siempre incordiando... en las alturas.
—Ya veo.
Alexander apenas miró el reloj en su muñeca y avisó a Elis que ya estaba. La pequeña descargó sin cuidado los libros contra el suelo. Se mantuvo en la posición, centrada en recuperarse del entumecimiento.
—También excelente —el mentor aprobó la superación de esa segunda prueba—. ¿Has notado diferencia con respecto a la anterior?
—No.
Eso llenó a Alexander, se podía notar incluso a través de una pared. Elis se esforzó en no exagerar la interpretación de las acciones de los demás como bien le había recomendado Christoph.
—¿Segura?
—No te miento —dijo y emitió un jadeo disimulado.
—Lo sé.
—Por supuesto —dijo Elis. Por dentro maldijo su don y quiso insultarlo.
—No te cortes, desahógate.
Elis lo miró y se mantuvo seria. Decidió ignorarlo y fue incorporándose.
Aquella prueba era para comprobar el nivel de percepción del tiempo de Elis. Al parecer, medía bien cada instante por mucha presión que aguantara. No sabía si era un don o no, quedando para ella como una maldición marcada por cada segundo que no se puede esquivar...
—Nadie es capaz de esquivar los segundos.
Miró a Alexander. Esa fue la última imagen que tuvo del maestro por ese día.
Tenía escuela al día siguiente y decidió volver a casa. Buscó por Valentine para despedirse, pero no lo encontró. Pensó en dejar un mensaje y que se lo dieran de su parte, pero prefirió que nadie estuviese al tanto de su amistad.
Llegó a casa con cierto ánimo, aunque como no había llamado para avisar de su día fuera, tuvo una pequeña discusión que se solucionó con ella encerrándose en su cuarto. Allí reconoció obtener cierta paz tras esos días, e incluso se planteó irse a la Sala Castigo para potenciarla.
Antes de dormir, abrazó la almohada pensando primero en Christoph y luego en Valentine. Pero esa noche con quien soñó fue con Alexander. Éste asomaba por un borde para observar a Elis dentro de un foso, sucia y desnuda, con un aspecto lamentable. No supo determinar si el agujero estaba lleno de pinchos y salientes que se clavaban. Se observaron con miradas huecas: una en lo más alto, la otra en el fondo del abismo.