CAPÍTULO 43

EL día 24 de diciembre voy al centro de enfermos de alzhéimer en el que está ingresada mi madre. Había avisado con antelación a los médicos que la recogería para que ella pasara la Navidad con nosotros. La he llamado cada día desde que he estado fuera de la ciudad, y la evolución de su enfermedad me preocupa. A veces me respondía con monosílabos cortantes, como si acaso hubiera olvidado quien soy.

Estoy paseando por la acera de camino al centro cuando, entre el barullo de gente que camina apresurada para realizar las últimas compras navideñas, me parece distinguir el rostro de Héctor. Su reflejo pasea por mis ojos como la primera vez que lo vi en el pueblo, y me quedo quieta, siendo golpeada por el resto de viandantes que tratan de esquivarme.

¿Héctor?

Su figura ha desaparecido, y en su lugar, hay un tumulto de rostros anodinos que no significan nada para mí. Juraría haberlo visto. Sus ojos verdes brillando al mirarme furtivamente.

Vuelvo la cabeza hacia uno y otro lado para constatar que él no está aquí. Mis ojos escanean el lugar sin encontrarlo, y yo suspiro al sentir la ausencia de su pérdida. Lo echo de menos, y definitivamente, la cabeza me ha jugado una mala pasada.

Desde que nos separamos, no hay un solo día en el que no haya pensado en él. Mis tíos notan mi falta de humor e intentan animarme a su manera sin conseguirlo. Al menos, la sonrisa de mi sobrina es un bálsamo con el que puedo curar mis heridas. Adoro a la niña, y tengo que admitir que su presencia silenciosa se ha convertido en algo fundamental para mí.

Entro en el centro de enfermos de alzhéimer a la hora convenida para llevarme a mi madre conmigo y que pase estas navidades al lado de su familia. El jefe de médicos me saluda correcta y lejanamente, y sé que los días de abrazos amistosos forman parte del pasado. Desde que Héctor puso en duda su profesionalidad, se ha creado un muro infranqueable entre nosotros. Me da pena, pues es una persona a la que tengo en gran estima, a pesar del acontecimiento sucedido con mi madre.

Héctor.

Su recuerdo produce una punzada en mi costado derecho, justo en el nexo de unión de mi gemela. La cicatriz rosada escuece y tengo que ponerme la mano sobre ella para calmar el dolor. No lo entiendo. Érika desapareció de mis pensamientos hace unos días, y se ha empeñado en volver justo en el momento

menos idóneo. Volver a ver a mi madre supone para mí mostrar una entereza que no poseo. Llega la hora de las falsas sonrisas y la cara de "todo está bien", cuando en realidad, la mayoría de las cosas están mal. No quiero ni imaginar el día en el que mi madre no logre reconocerme.

La veo jugando su habitual partida de cartas con su amiga Lola. En cuanto percibe mi presencia, se levanta y abre los brazos para que yo corra hacia ella. La abrazo, fundiéndome en ese calor de madre que sé que nunca será suficiente para mí. Me percato de que está más delgada.

—¡Mamá! Te he echado mucho de menos —le digo.

Mi madre me da dos besos y nos sentamos la una al lado de la otra.

—¿Has venido a buscarme para pasar la Navidad juntas? —su rostro se ilumina de alegría.

Yo finjo una sonrisa al darme cuenta de que a ella se le ha olvidado, a pesar de que se lo he recordado continuamente en todas las llamadas telefónicas.

—Sí, la tía y el tío están deseando volver a verte. Te han echado mucho de menos —le digo.

—¡Ah, mi hermana! La quiero mucho. Tú... ¿Tú no tenías una hermana muy parecida a ti, dónde está?

Mi rostro se oscurece al recordar a Érika. De nuevo, mi madre ha vuelto a ignorarla. Es su forma de seguir adelante, y en contra de lo que creen los médicos, que opinan que ella olvida aleatoriamente ciertos sucesos de su vida, yo opino, en este caso, que ella ha decidido olvidar a mi hermana porque no soporta recordarla. A veces las personas elegimos olvidar aquellas cosas con las que no podemos vivir.

—Está trabajando, mamá —le explico, como cada vez que ella se acuerda de Érika.

Una de las enfermeras se acerca a nosotras y me da una bolsa de viaje con las pertenencias de mi madre.

—Páselo bien, señora Santana —le desea la enfermera.

—¡Sí! Tengo muchas ganas de ir con mi familia.

Una arruga se cruza en el entrecejo de mi madre al nombrar la palabra familia. Sus labios tiemblan y sus ojos se entrecierran en una expresión inescrutable. Yo no presto atención a ello, creyendo que es de lo más normal que ella se sienta un poco nerviosa ante la inminente salida del centro. Como me explicó el médico, ellos se sienten seguros bajo estas cuatro paredes, donde nadie les exige recordar cosas que ya han olvidado. En ocasiones se sienten desconcertados ante la insistencia de sus familiares por mostrarles fotografías de rostros que les resultan ajenos.

—Zoé también estará en casa. La niña está ya muy grande —le informo.

Todo el cuerpo de mi madre tiembla, y sus labios hablan débilmente.

—¿Zoé? ¿Quién es Zoé?

Trato de calmarla al notar su desconcierto. Le cojo la mano y se la acaricio con suavidad.

—Es tu nieta, mamá. La hija de Érika. La conociste hace unas semanas —le explico.

Mi madre me observa con los ojos entrecerrados y la cabeza ladeada. De repente, su expresión se contrae en una mueca de disgusto. Se levanta y me da un manotazo.

—¡No! —grita enloquecida.

Intento tocarla para que se calme pero ella se aparta de mí y comienza a chillar como una niña pequeña. Me señala con un dedo acusador. —¿Quién eres tú? —me grita. Shock.

Como si alguien me hubiera golpeado, sus palabras me abofetean con una crudeza que amenaza la entereza que he mostrado durante todas las visitas. La pregunta que he estado esperando. La pregunta que he temido. Ahí están sus palabras.

—Mamá, soy yo —trato de hacerle ver.

Mi madre comienza a gritar y a llorar, como una niña pequeña asustada.

—¡No, no, no! —grita.

Doy un paso hacia ella y trato de alcanzarla.

—Mamá, soy Sara. Tranquila, soy yo.

Ella trata de golpearme cuando yo me acerco y los médicos corren hacia ella. Varias enfermeras la agarran y se la llevan, ante mis ojos atónitos y mi corazón dolorido. Lola, su compañera, me dedica una mirada triste y compasiva.

—Pobrecita, ella tenía tantas ganas de estar contigo. —me dice. El jefe de médicos llega hacia donde estoy.

—No sé qué le ha pasado. Estábamos hablando y de repente. —mi voz se quiebra, al entender la gravedad del asunto.

Me llevo las manos a la cara para evitar que el resto de internos vea mis lágrimas. Manuel me coloca la mano en la espalda y me conduce fuera del recinto.

—No ha sido culpa tuya. Tarde o temprano esto iba a pasar —me dice él.

—Pero hoy es Navidad, mi madre tiene que venirse con nosotros —me

quejo.

La expresión de Manuel se endurece.

—Me temo que eso no va a ser posible. Vamos a tener que sedarla, y cuando se despierte, ella estará tan desconcertada que no sería conveniente llevarla contigo. Es lo más prudente. Por su salud.

Le echo una mirada agónica que Manuel recibe con ojos comprensivos. Él sabe lo que es perder a un padre por culpa del alzhéimer. Después de muchas súplicas, consigo que me dejen verla antes de marcharme. Mi madre duerme sobre el colchón, y yo le acaricio el pelo y le doy un beso de despedida en la frente antes de marcharme. Sólo espero que este no sea un beso definitivo de despedida.

Salgo del centro cabizbaja, con las manos en los bolsillos y arrastrando los pies. Esta es la peor Navidad de la historia para Sara Santana. Peor aún que aquella vez que me emborraché y vomité los churros con chocolate a la mañana siguiente. Peor aún que aquella vez que a mi amiga Marta le falló el preservativo y tuvimos que ir a por la píldora del día después. Peor que aquella Navidad en la que mi hermana se largó de casa.

Simplemente peor que nada. Porque he perdido a una madre cuando aún está conmigo. Porque he perdido al hombre al que amo y sé que no tenemos ninguna posibilidad juntos. Peor, porque estoy sola.

Me llega un mensaje de texto a mi nuevo móvil y lo leo sin ganas.

Feliz Navidad, cariño. No es la Navidad que imaginé, pero deseo que al menos uno de los dos sea feliz.

Héctor.

Clavo los ojos en la pantalla del teléfono y siento ganas de gritar en medio de la calle. No sé cómo ha conseguido mi nuevo número de móvil, ¿acaso debería sorprenderme? Tampoco entiendo qué pretende Héctor con este mensaje. Estoy sufriendo mientras trato de olvidarlo, y en este momento, todo lo que me recuerda a él me hace daño. Todo.

Apago el móvil y sigo mi camino. Sumida en mis pensamientos funestos no me doy cuenta de que ha comenzado a oscurecer y voy a llegar tarde a la cena de mi tía, por lo que apresuro el paso y acorto el camino atajando por un callejón estrecho y oscuro. Durante unos metros siento unos pasos a mi espalda que ignoro, pero cuando estos me siguen más allá de doscientos metros, comienzo a preocuparme. Apresuro el paso y los pies a mi espalda también aceleran. Busco dentro de mi bolso el spray de pimienta que compré cuando intentaron entrar en el piso.

Llaves.

Móvil.

Chicles.

Clínex.

Tampax.

Basura.

¡Joder!

Me pongo nerviosa y el bolso se me cae al suelo. El spray de pimienta rueda hasta mis pies, y sin dudarlo, lo cojo, me doy la vuelta y lo empuño hacia mi misterioso acosador como si fuera una pistola.

—¡Alto ahí! Tengo un spray de pimienta y lo voy a utilizar si das un paso más—lo amenazo.

Es un hombre delgado y con aspecto de haber entrado en la cincuentena. Tiene el pelo oscuro, aunque se acentúan las primeras canas. El desconocido pone los brazos en alto y se detiene ipso facto.

—Tranquila, no quiero hacerte daño.

—Date media vuelta y lárgate —le ordeno, con el spray de pimienta apuntando hacia su cara.

Los ojos castaños, extrañamente, no parecen amenazadores, pero yo no me dejo engañar. Estoy sola, en un callejón desierto con un completo desconocido.

—No pretendo hacerte daño. Lo juro. Sólo te estaba siguiendo.

No escucho la mitad de sus palabras, demasiado abstraída por la familiaridad de su rostro, que se me hace más cercano conforme lo voy estudiando.

Quizá la expresión de sus ojos.los labios gruesos. —Sara, ¿no me reconoces? —me pregunta.

Me sobresalto al escuchar mi nombre. Ladeo la cabeza y entrecierro los ojos, estudiando las facciones del hombre. La forma de la cara me resulta vagamente familiar. La curvatura de las pobladas cejas es parecida a la de ella. La boca es de labios gruesos, como la suya. Los pómulos alzados y redondos le confieren un aspecto felino, muy parecido al de ella. En torno a sus ojos se forman dos minúsculas arrugas que sólo conocía en una persona: Érika.

El spray de pimienta se me cae al suelo y las piernas se convierten en gelatina. Mi voz tiembla al hablar.

—¿Papá?

¿QUIERES SABER MÁS ACERCA DE SARA SANTANA? ATRACCIÓN LETAL-VOLUMEN III

El esperado desenlace...

Sara Santana significa problemas. Muchos problemas: la ruptura con su sexy y millonario novio, quien repentinamente aparece en los medios de comunicación con bellas mujeres colgadas del brazo; una madre que la ha olvidado por completo; un despiadado asesino obsesionado con acabar con su vida; un roquero demasiado sexy que está empeñado en llevársela a la cama; un dúo inesperado destinado a hacerle la vida imposible; además de un sorprendente reencuentro que desvelará fantasmas del pasado a los que ha intentado olvidar. En fin, problemillas sin importancia.

Sara Santana no cejará en su empeño por descubrir al asesino de su hermana, y mientras tanto, un sinfín de escalofriantes y desgarradores secretos amenazarán con arrasar con las ruinas de su vida.

Un triángulo amoroso con un desenlace inesperado. Descubre quién mató a Érika. Conoce a Sara Santana.

LA AUTORA

Chloe Santana se define a sí misma como una devoradora incansable de libros. Desde pequeña tuvo un sueño: convertirse en escritora para trasladar las fantasías de su mente a los lectores. Hoy, esa niña tímida e imaginativa ha escrito su primera novela: Atracción Letal, la cual forma parte de una trilogía.

Ha participado en una Antología romántica titulada "Ocho corazones y un San Valentín". Además, tiene varias obras gratuitas: "Una noche en París" y "Tentación en la noche", las cuales puedes adquirir desde su blog.