CAPÍTULO 25

DEBIDO a mi insistencia, pasamos por casa de mis tíos, quienes nos reciben encantados y nos instan a quedarnos a cenar. Accedemos de buen gusto, y como he preferido viajar en coche, Héctor decide que pasaremos la noche en casa de mis tíos. Mi tía, que me conoce muy bien, me lleva aparte cuando terminamos de cenar y me interroga.

—¿Y a ti qué te pasa? Parece que vienes de un velatorio, ¿va todo bien con Héctor?

—Es por Érika. No logro quitarme la angustia que siento.

Y esta carta que tengo en el bolsillo y no me atrevo a leer...

—La angustia y la culpabilidad. Sólo podrás ser feliz el día que comprendas que lo que le pasó a Érika no fue culpa tuya. Tú querías a tu hermana, y ella lo sabía. Te dejó la custodia de la niña. Ella te había perdonado, ¿por qué no te perdonas tú?

—Opinas lo mismo que Héctor —le digo.

Mi tía me abraza, en esos brazos acogedores que siempre me han brindado cariño. Adoro a esta mujer, y la siento como una segunda madre. —A ti te pasa algo más —dice, inquisitiva.

—Ay tía. todo es tan difícil. Héctor y yo somos muy diferentes. Él es autoritario, y yo.

—Tú no estás dispuesta a acatar sus órdenes. Lo sé. Me defraudarías si fueras de otro modo.

—Deseo por encima de todo que lo nuestro funcione, pero a veces creo que tantas discusiones lo van a hacer imposible.

—Cariño, he visto cómo te mira ese hombre. Hay amor en sus ojos, pero también un instinto innato de protección. Creo que no eres la única que tiene que vencer a los fantasmas del pasado.

—No sé lo que le sucedió para que él sea así. No quiere contármelo. No confía en mí.

—Entonces demuéstrale que eres digna de su confianza —me aconseja.

Me despido de mi tía y me marcho a la habitación. Allí está esperándome Héctor, vestido con un pijama de mi tío varias tallas más grande. Lo miro y me río. Él pone mala cara.

—Olvida que alguna vez te dije que tú no podías ser ridículo —le digo.

Héctor hace como que se ríe, pero no le hace mucha gracia mi comentario.

—"Ricúdilo" —me corrige, encantado de recordarme mi borrachera.

Ahora él sí que se ríe de verdad, y yo simplemente hago como si no me hubiera enterado.

—Voy a tardar cinco segundos en quitarte ese pijama tan feo —lo provoco.

—Por eso me lo he puesto, nena.

Lo desvisto más lentamente de lo que merece su indumentaria, deleitándome en la calidez de su piel. Cuando está completamente desnudo, trato de grabar la imagen de su glorioso cuerpo en mi mente, para siempre. Si lo nuestro no funciona, quiero poder recordarlo así.

Coloco la palma de mi mano sobre su pecho y desciendo por el masculino vello hasta llegar a su miembro erecto. Lo empujo a la cama, y Héctor cae tumbado sobre el colchón. Vuelvo a agarrarle el pene y me lo meto en la boca. Paso la lengua por la punta, y lo observo entrecerrar los ojos y apretar la mandíbula, en un estado de evasión que me enloquece. Lo exprimo en mis labios, y Héctor gruñe cuando mi boca desciende, lo envuelve y lo lame.

—Siéntate encima de mí. Quiero ver cómo me cabalgas —me dice.

Yo hago lo que él me pide, dispuesta a cumplir sus deseos, que en el fondo también son los míos. Me siento a horcajadas encima de él, y contengo la respiración cuando su polla me va llenando, hasta penetrarme por completo. Me muevo, al principio, muy lento. Héctor me agarra los pechos y se los lleva a la boca. Yo gimo, al sentir cómo los pezones se tensan bajo las acometidas de su boca. La mano de Héctor desciende hacia el centro de nuestra unión y me acaricia el clítoris, otorgándome un intenso placer. Mi cuerpo se tensa, preparado para recibir el orgasmo, y estallando en una sacudida que me deja laxa.

Héctor me agarra de la cintura, me pone de pie y me empuja contra el cristal de la ventana. Mis pechos se pegan al cristal frío. La vista de la luna, brillante y plateada en la noche nos alumbra. Me abre las piernas y pasa dos dedos por mi resbaladiza hendidura, penetrándome como sólo él sabe hacerlo.

—Héctor, alguien puede vernos. —mi voz es delirante.

A él no parece importarle demasiado.

—Quiero ver tu hermosa piel alumbrada a la luz de la luna —me dice.

Me da la vuelta, y esta vez, son mis glúteos los que quedan pegados al cristal de la ventana. Héctor se agacha, coloca la cabeza entre mis muslos y pasa mis tobillos por encima de su cabeza. Su boca va directa a mi interior, y me devora ansiosa. Su lengua me penetra, entrando y saliendo una y otra vez. Lamiéndome y provocándome un placer agónico. Mis manos se entierran en su cabello y mi espalda reposa en el frío cristal de la ventana. Héctor se agarra a mis glúteos, y su boca accede a mi interior, de una forma casi violenta que me vuelve loca. Grito, entierro mis dedos en su cabello y arqueo la espalda. Héctor se queda satisfecho cuando exhalo un último gemido. Entonces, se agarra el miembro y me penetra. Clavo las uñas en su espalda al sentirlo dentro de mí. Sus embestidas furiosas me arrancan nuevos gemidos de placer. Él empuja una y otra vez dentro de mí, entrando y saliendo. Resbalando en mi humedad. Poseyéndome de una forma que me obliga a querer más y más. Con él, nada de esto será suficiente nunca. Ambos nos corremos bajo la luz de la luna.

Estamos acostados cuando su teléfono móvil suena en la oscuridad de la habitación. Yo consigo cogerlo y alcanzo a leer "Linda" en la pantalla antes de que Héctor me lo arrebate de las manos.

¿Linda?

Todas mis alarmas se activan.

—¿Quién coño es? ¿Qué? ¿Tan grave es? Voy enseguida. Estoy en Sevilla, cogeré un vuelo y trataré de llegar lo antes posible.

Héctor suelta el teléfono móvil en la mesita de noche. Ante mi creciente desconcierto, comienza a vestirse.

—¿Dónde vas a estas horas? —le recrimino.

La cara de Héctor es una máscara de tensión. Su expresión se relaja al ver mi preocupación y se acerca a mí.

—Tengo que ir a solucionar un asunto muy urgente. Voy a Paris. No te preocupes, quédate aquí. Mañana Jason vendrá a primera hora para recogerte.

—Quiero ir contigo —le pido.

—No puedes. Quédate aquí y descansa.

—Pero Héctor, he visto la pantalla del teléfono y. —me quejo, con una justificada desconfianza.

Él me agarra la mano, se la lleva a la boca y me besa.

—Sara, confía en mí —me pide con gran necesidad.

Yo asiento, sin evitar que el recelo aflore dentro de mí. Héctor se marcha, y me deja sola. Cinco minutos más tarde, el teléfono vuelve a sonar. Se le ha olvidado en el cuarto. Miro la pantalla y me congelo al ver el nombre.

"Linda".

Leo el mensaje que le ha dejado.

"Porfavor, no tardes".

Si la tuviera aquí enfrente le diría cuatro cosas. Oh no, mucho mejor. Le tiraría de los pelos hasta dejarla calva. En este momento, la imagen de Linda calva y llorosa me reconforta. Pero lo juro, y vuelvo a repetir, soy una buena persona.

No quiero ser desconfiada, pero ¿para qué llama a Héctor a estas horas de la madrugada?

El móvil vuelve a sonar, y yo leo otro mensaje: "Estoy en el hotelRitz. Ven solo". Me destapo por completo, sintiendo un repentino calor. ¡Esto qué es!

En un hotel.y solo con ella. ¿Y me pide que confíe en él?

Furiosa, me levanto y busco mi teléfono móvil para llamar a Héctor, hasta que me doy cuenta de que su teléfono móvil está en la mesita de noche.

Me siento humillada. Estoy tan furiosa y celosa que la rabia me ciega. Marco el número de teléfono de Linda y la llamo.

—¡Héctor! Tienes que llegar cuanto antes.

—No soy Héctor. No llames más. Se ha dejado el móvil.

Puedo oír la risa helada de Linda. La odio. Mucho.

—Ay Sara, ¿te he despertado? —me pregunta con fingida preocupación.

—Sabes que sí —le digo fríamente—. ¿Se puede saber para qué quieres que Héctor vaya a verte al hotel Ritz?

—Me temo que es un asunto que no te incumbe —me espeta, y puedo sentir en su voz que está disfrutando.

—¿Cómo que no me incumbe? —protesto acalorada.

—Héctor y yo tenemos que hacernos cargo de algo...privado. Buenas noches, que descanses.

Me cuelga.

¡La lagarta rubia "robanovios" me ha colgado!

Marco el botón de rellamada para decirle cuatro cosas, pero no puedo, porque Linda ha apagado su teléfono móvil.

"Lo ha hecho aposta para que desconfíes de Héctor", me aclara mi subconsciente.

Yo, que nunca le hago caso, ya he tomado una decisión.

Héctor Brown, cuando te pille te vas a enterar.

Me despierto a las seis de la mañana. Aunque despertarse es algo más bien metafórico, puesto que no he podido pegar ojo en toda la noche, imaginando las posturas de kamasutra que estarán practicando Linda y Héctor mientras se ríen de mí y se fuman un cigarrito en la amplia cama del hotel Ritz de París. La bilis se me sube a la garganta sólo de pensarlo, por lo que me levanto dispuesta a marcharme de Sevilla. En la casa no hay nadie despierto por lo que les dejo una nota. Odio las despedidas, y mi parte melancólica sale a flote entre lágrimas que me emborronan el rímel. Así es mejor. Escribo una nota de despedida en la que invito a mis tíos a pasar la Navidad en Madrid. Luego, salgo al porche y le envío un mensaje a Jason para que venga a recogerme. Me quedo paralizada al ver a Erik, frente a la verja del porche.

—¡Erik! ¿Qué haces aquí, ha pasado algo?

Erik se pasa la mano por el cabello, algo nervioso.

—No esperaba verte tan temprano. Llevo un rato aquí, pensando lo que voy a decirte. Supongo que ha llegado el momento.

Yo le abro la verja para que pase, sin saber a qué se refiere.

—¿El momento de qué? ¡Madre mía, estás blanco! ¿Quieres desayunar?

—No, gracias.

Yo lo miro extrañada. El Erik que conozco ha desaparecido, y en su lugar, aparece un quinceañero que es un manojo de nervios. —¿Estás bien? —me preocupo por su aspecto.

—Sí, es sólo que.necesito decirte lo que llevo guardándome todo este tiempo.

Yo asiento y lo insto a que se siente en un banco cercano. Al negarse, me quedo de pie, a su lado.

—Tú dirás —lo animo, contagiada por su nerviosismo.

Erik se queda callado, sin decir nada. Yo espero, espero y espero. y él sigue en silencio. Se muerde el labio, echa la cabeza hacia atrás y se ríe. Voy a preguntarle de qué se trata cuando, sorpresivamente, hace algo que jamás me hubiera imaginado. Erik me empuja contra el muro del jardín, baja su cabeza hacia la mía y me besa.

¡Y cómo me besa!

Me acuna el rostro entre las manos y me besa con una ternura infinita. Con una ternura que jamás hubiera imaginado que guardaba dentro. Me quedo paralizada, sin reaccionar por la sorpresa. Erik se separa de mí, coloca las manos sobre el muro, a ambos lados de mi cuerpo, atrapándome bajo el suyo. Me siento incómoda.

—Sara, me gustas mucho. Todo este tiempo ha sido un martirio para mí. Te veía con Héctor y no podía soportarlo. Me gustas, por eso me molesta tanto que te pongas en peligro.

Me mira a los ojos después de su confesión. Unos ojos castaños y apasionados que me exigen algo que yo no puedo darle.

—Erik, estoy enamorada de Héctor —le aclaro.

Siento un gran dolor al decírselo, porque no quiero hacerle daño.

—Lo sé.

Él apoya su cabeza en la mía, y habla con voz apagada.

—Pero también sé que tú y yo teníamos algo antes de que te marcharas con él. Había cierta atracción entre nosotros que no puedes negar.

Sorprendentemente, no se lo niego. Me separo de él y le hablo con total claridad.

—Erik, eres un hombre joven y atractivo y cualquier mujer se sentiría halagada de gustarte. Pero yo amo a Héctor, él es el hombre de mi vida. Quizá si yo no hubiera conocido a Héctor me habría fijado en ti de la forma en la que tú quieres, pero desde que lo conozco, él es el único hombre que hay en mi corazón.

—Sara, yo no puedo ofrecerte lo que él, pero sí hay algo que yo te daré

y él no.

Lo miro extrañada.

—Él no te acepta tal y como eres. Yo sí. Héctor espera que cambies, y ambos sabemos que tú no vas a cambiar.

—Héctor no espera que yo cambie. Tú no tienes ni idea. —Sé cómo te mira. Como si fueras suya. —Tal vez lo sea —digo apáticamente. —Ni tú misma te lo crees.

Lo miro rabiosamente, me dirijo hacia la verja y la abro. Jason está esperándome en la acera y siento un gran alivio al saber que voy a terminar esta conversación. Me vuelvo a Erik y le hablo con franqueza. —Erik, puedo ofrecerte mi amistad.

Él niega con la misma franqueza que yo he utilizado al hablarle. —Te quiero a ti —me dice.

Me monto en el coche sin mirar atrás. Jason conduce en silencio, y sé que lo ha oído todo.

—No es lo que imaginas. Entre Erik y yo no hay nada —le explico. Jason me sonríe. Una sonrisa natural y sincera. —Lo sé. Yo confío en ti, Sara.

Me relajo al oír sus palabras. Al menos, el guardaespaldas tiene confianza en mí, no como mi pareja, que busca cualquier excusa para desconfiar de mí. Y en el fondo, yo también lo hago. Aunque el hotel Ritz y Linda. ¡No me digas que no es para volverse loca!

Mi móvil suena en ese momento, y al ver la pantalla, siento ganas de desconectarlo. Al final descuelgo, porque en el fondo, soy una cobarde.

La voz de mi jefa me ladra desde el teléfono.

—Santana, necesito que estés en la oficina en dos horas.

—¡Pero si hoy es mi día libre! —protesto.

—Ha faltado uno de nuestros reporteros —me explica.

—Estoy en Sevilla, es imposible que llegue en dos horas.

—¡Búscate la vida!

Me cuelga.

Miro el teléfono y luego la carretera.

¿Cómo voy a llegar a Madrid en coche en menos de dos horas? Cavilo mis opciones:

a) Ser despedida.

b) Ser despedida y echar azúcar en el café de Mónica.

c) Llegar en menos de dos horas.

—Jason, te vas a reír, pero mi jefa quiere que esté en el trabajo en menos de dos horas, ¿crees que hay alguna solución? Sé que te estoy pidiendo algo muy difícil.

—No hay problema. Haré un par de llamadas y viajaremos en avión. ¿Qué tipo de contactos tiene este hombre para disponer de un avión en menos de dos horas? Ríete Obama.

Tal y como me ha prometido, Jason consigue un avión en el que viajamos hacia Madrid. El avión es propiedad de un buen amigo de Héctor para el que Jason ha hecho de guardaespaldas en varias ocasiones. Gracias a la diligencia de Jason, consigo llegar a la oficina en algo más de dos horas, lo cual no impresiona a mi jefa. Llego a mi despacho y la oigo gritar. Pero yo no puedo dejar de pensar en Erik, y en lo que me ha dicho. Y en el fondo, me apena que él tenga parte de razón. Héctor espera que yo cambie.