CAPÍTULO 30
AL llegar a la casa, cojo aire, me armo de valor y abro la puerta. La casa está en completo silencio, y eso me extraña. Me dirijo hacia el salón, y lo que me encuentro me deja descolocada. Laura y Odette están calladas mirando el televisor apagado. No hay rastro de Héctor por ningún lado.
—¿Qué hacéis? —les pregunto.
Ambas se vuelven a mirarme con sendos rostros de consternación. —Supongo que ya os habéis enterado.
Lo deduzco por el televisor apagado y por sus expresiones funestas, como si algo verdaderamente terrible hubiera sucedido. A ver, ya sé que no es el día más feliz del año, pero si yo puedo sobrevivir a esto, ellas también.
—No es para tanto. —me quejo.
Odette niega y se echa las manos a la cabeza, como si tuviera jaqueca.
—Hemos tenido que apagar el televisor. No soportábamos ver todo lo que decían de ti —me informa Laura.
—Yo no he hecho nada. Me quedé encerrada en el ascensor con la mala suerte de que Mike estaba conmigo. Los periodistas nos fotografiaron. Habíamos pasado la noche en un ascensor, ¡no podíamos tener buena cara!
—Parecía que hubieras terminado de echar un polvo —comenta Odette con frialdad.
—¿Dudas de mí? —le pregunto, sin ocultar la rabia que me produce que así sea.
Odette no contesta, sin darme respuesta alguna. Laura me coloca una mano en el hombro.
—Yo no dudo de ti.
—Hay periodistas en la entrada de la urbanización. Tengo que decírselo a Héctor. Tiene que echarlos. No soporto esto. Hablando de él, ¿dónde está?
Odette no contesta, como si el tema no fuera con ella. Laura mira hacia otro lado. Me dirijo hacia mi cuñada y la zarandeo.
—¿Dónde está Héctor?
Laura tiene los ojos llorosos cuando me responde.
—Intenté que no se fuera. Le pedí que esperara en casa hasta que tú llegaras y le contaras lo que había pasado, pero él no me hizo caso..
Las palabras se le terminan cortando en la garganta y estalla en unos sollozos continuos.
—¿Adónde ha ido?
Temo conocer la respuesta. Laura rompe a llorar de nuevo, y yo me agobio. Intento ser paciente y no coaccionarla, por lo que voy a la cocina a por unos clínex y se los entrego a mi cuñada. No se me escapa la mirada dereproche de Ana, a la que detesto en este momento. Joder, ahora resulta que unos paparazzis desconocidos tienen más credibilidad que yo en mi propia casa. Laura se suena los mocos y habla.
—Llegó a casa hecho una fiera y preguntó por ti. Yo no entendía lo que pasaba, entonces Héctor encendió el televisor y os vi a Mike y a ti en todos los canales. Me dio rabia por mi hermano. Lo pintan como un calzonazos enamorado al que has mentido. Yo sé que tú no has hecho nada de lo que te acusan y así se lo dije, pero Héctor no quería escuchar a nadie. Estaba poseído. Yo nunca lo había visto así.
Odette se levanta y se pone entre medio de las dos.
—¿Ha merecido la pena follarse al vecino? —me espeta.
—¿Cómo dices?
Sus palabras me golpean el orgullo.
Laura la coge de los hombros y la obliga a sentarse en el sofá, pero Odette vuelve a levantarse, y contra todo pronóstico, me lanza un cojín que impacta en mi cara de póquer.
—¡¿Pero qué coño haces?! —le recrimino.
Laura se interpone entre las dos y me mira con angustia.
—Está un poco alterada.
Sus labios trazan una frase silenciosa: "se está desintoxicando". El efecto de las drogas. Cuando no las tomas, tu carácter se vuelve iracundo y violento.
—Eres una puta —me insulta Odette.
Yo contengo mis ganas de tirarle de los pelos. Está pasando por un mal momento y no debo tenérselo en cuenta.
—¡Odette, ya basta! No tienes ningún derecho a insultar a Sara. —¡Guarra! —me grita.
Yo abro mucho los ojos. No sé por qué, pero me entran ganas de reír. Estoy muy nerviosa.
Laura se lleva a Odette a su habitación, quien no deja de insultarme hasta que la puerta de su habitación se cierra. Mi cuñada baja y se reúne conmigo. Su rostro es el reflejo de la pura desesperación.
—Lo siento mucho. Héctor y yo la hemos obligado a dejar las drogas si quiere quedarse en casa. Desde esta mañana está muy violenta. Antes me ha dado una bofetada y he tenido que contener mis ganas de devolvérsela. Luego, cuando te ha visto en la tele, ha prometido que te pegaría.
—Me dejas más tranquila —comento fríamente.
—Héctor se fue y dijo que.
Laura parece dudar y se queda callada. Yo la zarandeo para que hable.
—¿Adónde dijo que se iba? ¡Podría cometer alguna locura!
—Dijo que iba a buscar a Mike. No pude detenerlo, ¡te lo juro! Fue a su casa pero por suerte él no estaba. Entonces se montó en el coche y se largó sin decir a dónde iba.
Inmediatamente cojo mi teléfono móvil y llamo a Héctor, pero la única respuesta que obtengo es la del buzón de voz.
—Está apagado. Yo lo he llamado mil veces —me explica Laura.
Me siento en el sofá, sin saber muy bien lo que hacer. Laura imita mi comportamiento. Se abraza a mí como si fuera una niña pequeña y necesitara consuelo. En este momento, donde el mundo entero parece estar confabulando contra mí, exceptuando a un puñado escaso de personas, soy yo la que necesito consuelo. O más bien, meterme en un búnker acorazado y no salir a la superficie hasta pasado un año. O dos. O mejor aún, un saco de boxeo con el que poder desfogarme. Abrazo a Laura, acogiéndola en mis brazos. Ella no para de llorar. Yo no lloro. Las lágrimas que no se lloran son las más dolorosas. Lo sé, porque soy una sentimental que llora con cualquier película de amor. Ahora no puedo llorar. Estoy tan superada por la situación que me he quedado en estado de shock.
Pasamos varias horas abrazadas la una a la otra. De vez en cuando llamo a Héctor y vuelve a saltarme su buzón de voz. Mi sobrina se acerca a nosotras, y al ver nuestro estado, se pone a llorar. Yo trato de calmarla y aparento una sonrisa.
—No pasa nada, cariño. ¿Ves? La tita sonríe porque no pasa nada.
No muy convencida, Zoé me observa con recelo. A las diez de la noche, consigo que se tome el biberón y se duerma. Yo vuelvo al sofá y me acurruco al lado de Laura, rogando por que Héctor aparezca pronto.
A las once de la noche un sonoro portazo nos despierta. Ambas observamos con inquietud a la figura masculina que se va adentrando lentamente en la casa. Los ojos de Héctor brillan con el dolor de la traición. Laura se levanta y corre a abrazarlo, pero él la rechaza.
—Durmiendo con la traidora —le dice, sin dejar de mirarme a mí.
Yo enarco una ceja. ¿Esto es en serio?
Me levanto y me dirijo hacia él. No me hace falta más que mirarlo a los ojos para saber que ha bebido.
—Has bebido —le recrimino.
—Tú te has follado al vecino. Empate.
—¡Héctor! —le grita Laura.
Él se pone una mano en la boca, aparentando ser un niño arrepentido. —¡Uy lo que he dicho! —se burla—. ¿Preferirías que dijera que habéis hecho el amor?
He estado preocupada por él durante más de cuatro horas para encontrármelo borracho.
—Eres un imbécil —le espeto.
Subo las escaleras hasta mi habitación. Me encierro bajo llave, sin ganas de discutir con un hombre borracho que sería incapaz de entrar en razón. Jamás lo he visto, ni siquiera, rozando el puntito de estar contento a causa de una copita de más. Al menos, no ha ido a buscar a Mike.
Me quedo dormida, pero a las tres de la madrugada, Héctor aporrea la puerta de mi habitación.
—Sara, tenemos que hablar —me informa, en un tono distante y autoritario.
Se le ha pasado el efecto del alcohol. Ahora viene lo peor, me temo.
Me dirijo a la puerta y la abro. Héctor entra de golpe en la habitación y me mira con furia.
—¿Cómo has podido hacerme esto a mí?
—¿Exactamente a qué te refieres? —le pregunto.
Y lo digo sin acritud. Puesto que no he hecho nada, él puede referirse a muchas cosas.
—No me puedo creer que me hayas engañado.
—Héctor, no te he engañado. Te pregunté si querías saber con quién me había quedado encerrada en el ascensor —le digo calmadamente.
—¿Y crees que te habría dicho que no de haber sabido que era él? —protesta dolido.
Puedo sentir la decepción que emanan sus palabras.
—Eso depende de lo importante que sea para ti. Si piensas que por ser Mike Tooley voy a traicionarte, la respuesta es no. Pero si crees que soy una mujer con principios que te ama por encima de todo, la respuesta es sí.
Héctor aparta los ojos de mí, baja la cabeza y habla en apenas un
susurro.
—No tienes ni idea de cómo me siento en este momento.
—Tú tampoco tienes ni idea de cómo me siento yo. Ponte en mi lugar. Estoy siendo perseguida por los paparazzis. Yo jamás me he visto en una situación como ésta. Es muy injusto, ¡no he hecho nada! Estoy agobiada y llena de rabia. Por si fuera poco, mi sueño de convertirme en una periodista seria se ha ido a la mierda.
—Al menos conservarás tu trabajo en esa revista de parlanchines. ¿Te han ofrecido ya una exclusiva?
Lo miro imbuida por el dolor más absoluto.
—Héctor, por favor, mírame y dime a la cara todo lo que me estás diciendo. Tienes que escucharme. Yo te amo. Te amo. Héctor me mira a los ojos.
—Jamás hubiera esperado esto de ti. Me has defraudado —me dice lleno de dolor.
Yo asiento, tragándome las lágrimas.
—En ese caso, voy a marcharme ahora mismo. Me llevo a Zoé conmigo. No quiero que tengas que compartir vivienda con una persona que te ha defraudado. Mañana vendré a recoger mis cosas.
Yo deseo que él cambie de opinión. Deseo que me detenga y que me pida que me quede, pero él no lo hace. Simplemente me mira en silencio.
Voy a la habitación de Zoé y la cojo en brazos. La niña bosteza pero vuelve a dormirse. Bajo las escaleras con Zoé en brazos y me niego a que Héctor me ayude cuando él se ofrece a llevar a la niña. Incluso me pide que la deje en casa y que pase a recogerla mañana.
—¿A dónde vas? —me pregunta mi cuñada.
Yo no respondo.
Laura se altera al verme marchar y se dirige a su hermano. —¿Vas a dejarla que se vaya?
Héctor no le responde. Ambos nos miramos en silencio.
—¡Te vas a arrepentir de esto! —le grita su hermana.
Héctor no mueve ni un músculo de la cara. Sé que está sufriendo, del mismo modo que me está haciendo sufrir a mí en este momento.
Salgo a la calle, y Héctor corre tras de mí. Mi rostro se ilumina al creer que él va a detenerme. Sin embargo, él se dirige a la puerta trasera del coche y la abre para que pueda montar a Zoé.
—Educado hasta el último momento —le digo con marcada ironía.
—Si necesitas ayuda con Zoé, puedes llamarme. Me gustaría visitarla algún día. Le he cogido mucho cariño.
Sé que él es sincero. Adora a la niña. Pero yo estoy tan dolida que soy incapaz de contenerme.
—Ella no es asunto tuyo. Has elegido apartarme de tu vida. De ahora en adelante, todo lo que hay a mi alrededor no es de tu incumbencia. Ni siquiera Zoé.
Héctor me mira durante un largo momento. Abre la boca para hablar. Las palabras se evaporan en el viento y él se queda callado. Se da media vuelta y se mete en casa. Yo conduzco hacia la salida de la urbanización, pero apenas he dado la vuelta a la esquina, me cruzo con Mike, quien está corriendo.
¿A estas horas?
Me ve e intento conducir hasta la salida, pero él se interpone en el camino del coche.
—¿A dónde vas a estas horas? —me pregunta extrañado. Yo no le contesto.
Él echa un vistazo al interior del vehículo y su rostro se contrae. —Baja del coche —me pide.
Yo no estoy dispuesta a hacer lo que me pide y vuelvo a arrancar el motor. Mike se dirige hacia la puerta del conductor, la abre y me obliga a salir. Con cierta brusquedad, tira de mí y me deposita en el asiento del copiloto. Acto seguido se monta en el asiento del conductor y conduce de vuelta.
—¿Qué haces? —reacciono tardíamente.
Mike no dice nada. Aparca el coche en su casa, se baja del vehículo y se vuelve hacia mí.
—Hoy duermes en mi casa —me dice.
Me lanza las llaves de su casa, pero él se dirige a la casa de Héctor. Tardo dos segundos en comprender lo que va a suceder. Me bajo del coche y lo sigo corriendo.
—¡Detente! —le suplico.
Mike no me hace caso y llama a la puerta de Héctor. La puerta se abre, y Laura sale a recibirlo.
—Vete si no quieres que él te mate —le ruega.
Mike la ignora. Mete la cabeza dentro de la casa y grita.
—¡Así es como se comporta Héctor Brown, el idolatrado hombre de América, echando a una mujer y a una niña pequeña de su casa a las tantas de la madrugada!
La voz de Mike está imbuida por una ira desconocida. Una ira que no le he visto nunca.
Yo abro mucho los ojos, incapaz de creerme lo que estoy viendo.
Un puño lanza a Mike fuera de la casa. Esta vez, él se levanta al instante y adopta la posición de combate. Héctor sale de la casa con el puño enrojecido.
—Eres un malnacido —le grita Héctor.
Mike se pasa la mano por la mandíbula y sonríe.
—Pegas como una niña —lo insulta.
Mike golpea a Héctor con un puñetazo en las costillas que él no logra esquivar. Héctor se recompone y lo golpea en la ceja. Ambos caen al suelo, y yo sólo puedo contemplar dos cuerpos retorciéndose el uno encima del otro. Los golpes vuelan. Laura y yo gritamos espantadas. Oigo a Zoé llorar dentro del coche.
Los dos se separan al escuchar llorar a mi sobrina, están a punto de reiniciar la pelea cuando yo los detengo.
—¡Parad de una puta vez! —les ordeno.
Ambos tienen un aspecto lamentable. Héctor sangra por un labio, y Mike tiene una ceja partida y varias magulladuras en la cara. Voy hacia Héctor y me sorprendo al notar la mano de Mike, que me detiene para que no vaya a su encuentro. Le hablo desde la distancia.
—Ahora resulta que eres Rocky Balboa. Esto es lamentable. Mañana cuando te levantes espero que te des cuenta de lo que has perdido. Una mujer que te amaba.
Me doy la vuelta, esta vez, con las lágrimas corriendo por mis mejillas. Me encamino hacia la salida. No puedo evitarlo, me doy la vuelta y le grito. —¡Imbécil!
La cara de Héctor se altera ligeramente. Yo me marcho. Mike me sigue.
Le arrojo las llaves y me meto en el coche, dispuesta a largarme al primer hotel que pille. Él vuelve a abrir la puerta, coge las llaves del coche y me saca de un empujón.
—¡No tenías que haberle pegado! —le recrimino.
Él se encoge de hombros.
—No he podido evitarlo.
Yo no soy capaz de mirarlo, pero él me sostiene la barbilla y me hace girar la cara para mirarlo.
—Quédate conmigo, por favor. Su voz es casi una súplica.
—Necesitaré una enfermera —me dice sin perder la sonrisa.
Lo miro. Él no deja de sonreír. Tiene una sonrisa preciosa.
¿Cómo puede estar sonriendo en este momento?
Yo suspiro y asiento. Él me da las llaves de su casa, va al coche y coge en brazos a mi sobrina, quien llora horrorizada al ver la cara del pobre Mike.
—Debo estar horrible. Las chicas nunca lloran cuando las llevo en brazos —bromea.
Por primera vez en todo el día, me río.