CAPÍTULO 35

SANDRA llega al piso a las ocho menos cuarto de la mañana. Lleva el pelo alborotado y los tacones en la mano. Presenta un aspecto patético, aunque dado lo que ello significa, me alegro que mi introvertida amiga lo haya pasado bien. Al menos una de las dos ha disfrutado de una noche alocada. La saludo y le ofrezco una taza de café recién hecho.

—¿Lo pasaste bien anoche? —le pregunto con una sonrisita.

Sandra se echa las manos a la cabeza y se sienta en el taburete de la cocina. Lleva los ojos emborronados del rímel de la noche pasada y dos sombras negras bajo los párpados.

—Hiciste de todo menos dormir anoche —me burlo.

—Ay Sara, nunca más me dejes sola. He descubierto mi lado malvado.

Me da por reírme ante el tono de lamentación que utiliza.

—No me seas mojigata. ¿Cómo es el batería de Apocalypse en la cama? Tiene que ser un fiera, ¡te ha dejado hecha polvo!

Sandra baja la cabeza, como si estuviera avergonzada. Pero al final, alza la barbilla y me ofrece una media sonrisa.

—Lo hicimos, sí. Es bueno, sí. En realidad es demasiado bueno, pero... tendría que haberme imaginado lo que pasa cuando sales con un famoso. Ya tenía de ejemplo lo que te sucedió a ti. Soy una tonta.

—¿Te han pillado los paparazzis?

No puedo evitarlo, me río ante la cara de circunstancia de Sandra. Ella parece muy arrepentida. Justo la expresión que tenía yo hace.exactamente nueve días.

—¡No te rías, perra! Mark me estaba dejando en casa cuando los paparazzis nos asaltaron. Estábamos a punto de besarnos y de repente aparecieron las cámaras. ¡Y yo con estas pintas!

—Pues espera a que descubran que compartes piso con la supuesta amante de Mike Tooley —le digo.

A Sandra le sobreviene una arcada y yo me aparto por si las moscas.

—Tengo que llamar a mi madre antes de que encienda la tele. Me va a

matar.

Mi compañera de piso se pierde dentro de su habitación y pasa una hora entera hablando por teléfono. Cuando sale, tiene peor cara que cuando llegó a casa, lo cual es difícil.

—Enciende la tele —me pide.

—No te autoinmoles.

Sandra me arrebata el mando del televisor y pulsa el botón de encender. La primera imagen que aparece es ella besándose con Mark en el coche del batería. Le quito el mando a distancia y apago la televisión. Sandra tiene los ojos fijos en la televisión y la boca abierta. Su expresión es el reflejo del puro horror.

—Dúchate y cámbiate de ropa. Nos vamos a dar una vuelta —le digo.

Ella se tira en el sofá y se tapa el rostro con el cojín.

—En este momento lo único que quiero es desaparecer —dice, con la voz agotada bajo el cojín.

La cojo del brazo y la levanto sin contemplaciones. La zarandeo para que me mire, y cuando lo hace, le hablo sin vacilaciones.

—Yo he pasado por esto y sólo te diré una cosa: ¡que les jodan! Ahora te vas a poner guapa, vas a salir conmigo por esa puerta y vas a dedicarle una sonrisa de oreja a oreja al primero que se fije en ti, ¿entendido?

Sandra no responde, pero yo no me doy por vencida.

—¿Entendido? —repito más alto.

Ella asiente y se pierde en el baño.

Una hora más tarde, Sandra, mi sobrina y yo estamos plantadas en la cafetería más céntrica de Madrid, ante las miradas curiosas de algunos viandantes. Yo no les presto atención, y cuando mi mirada se cruza con la de ellos, les ofrezco una sonrisa plena. No voy a dejar que un puñado de desconocidos me amarguen la vida. Como dijo Mike: "¡Que les jodan!".

Mike.

Su recuerdo me siembra una sonrisita de boba en la cara. Se fue esta mañana prometiendo que me llamaría para visitar a Zoé e iniciar una terapia con música que la ayudara a hablar. Mike.

Mike es guapo. Mike es divertido. Mike.me gusta. Un poco.

—Aún no sé qué es lo que hacemos aquí. Todo el mundo nos mira —refunfuña Sandra.

—No les prestes atención. Ya se cansarán —la animo.

Sandra recibe una llamada y coge el teléfono. Después de unos cortantes monosílabos, lo cuelga y pone mala cara.

—¿Quién era? —le pregunto.

—Mark. Quería saber cómo estaba y quedar para vernos. Le he dicho

que no.

—¿Y se puede saber por qué le has dicho eso? ¡Ese tío te encanta! Desde que te conozco, te he escuchado cada día repetir lo mucho que te gusta. Y ahora que tienes oportunidad de conocerlo...

—Por eso mismo. Nunca creí que fuera posible, ¿vale? Vivía feliz en mi mundo utópico. Una cosa es soñar con Mark y otra muy distinta despertarme en una cama con él y ser fotografiada por los periodistas.

—Y sin embargo, cuando dices su nombre sonríes —le digo.

Sandra suspira.

—Mark es tan.

—Díselo a él —la corto.

Le señalo al imponente hombre que viene andando hacia donde nos encontramos. Sandra se levanta de la silla y su rostro pierde el color. —Mark.

—No te voy a dejar sola en un momento como este. Creí que ya te lo había explicado por teléfono —le dice Mark, quien parece un hombre poco dado a que lo contradigan.

—¿Cómo me has encontrado?

—Te seguí —responde, y baja la cabeza algo avergonzado. Mark toma a Sandra de la mano, me dedica una sonrisa de despedida y se marcha llevándosela a rastras ante mi asombro. Miro a mi sobrina.

—Creo que hacen una bonita pareja —le digo.

Mi sobrina asiente, como si acaso entendiera lo que acabo de decirle.

—¿Y qué opinas de nosotros? —me pregunta una voz masculina a mi

espalda.

Me sobresalto y me levanto automáticamente. Me voy dando la vuelta lentamente sumida en un mar de emociones contradictorias. Ruego que no sea él, y por otro lado, deseo con todas mis fuerzas volver a verlo.

Me quedo sin aliento al contemplar a Héctor. Ha perdido algo de peso y luce una barba descuidada que no es habitual en su impoluto aspecto. Además, tiene dos manchas moradas bajo los párpados.

—¿Qué haces aquí? —le pregunto, sin amabilidad alguna.

Me alejo de él, decidida a que su presencia no me trastorne más de lo que ya lo ha hecho. Héctor me mira de arriba abajo.

—Tienes un aspecto horrible, ¿has comido? —se preocupa.

Su preocupación, unida a ese tono de voz autoritario que él suele emplear me molesta. Me molesta y me excita.

—Eso no es asunto tuyo.

—Lo es —me contradice.

Yo llamo al camarero y pago la cuenta. Cojo a Zoé de la mano y me dispongo a marcharme para alejarme de Héctor. No estoy preparada para tenerlo cerca. Aún no.

Héctor me sigue y se interpone en mi camino.

—Por favor, Sara, escúchame —me suplica agónicamente.

El brillo desesperado de sus ojos me impulsa a detenerme hasta que recuerdo el motivo por el cual estamos separados.. Trato de esquivarlo, pero él vuelve a interponerse en mi camino. Durante unos segundos nos retamos con la mirada, hasta que él da un paso hacia mí y me acaricia la mejilla. El toque de su pulgar sobre mi piel acelera mi corazón. Yo cierro los ojos y saboreo la sensación de tenerlo de nuevo cerca.

—Te he echado de menos —me dice con voz ronca. Yo me aparto de él como si quemara.

—No tienes derecho a decir eso. Tú fuiste el que te alejaste de mí —le explico llena de dolor.

—Y no hay un minuto en el que no me haya arrepentido de ello. Vuelvo a intentar esquivarlo pero Héctor se interpone de nuevo en mi

camino.

—Ni siquiera llamaste —le digo muy herida.

Ya está. No puedo ocultar todo lo que he sufrido durante esta semana. Héctor pone cara de sorpresa.

—¿Querías que te llamara? Yo pensé que no me cogerías el teléfono. Me dejaste las llaves del coche y una nota escueta. Una puñetera nota de despedida. Cuando la leí me dio mucha rabia. Podrías haberte explayado.

—¿Para qué? Tú dejaste muy claro lo que sentías.

—Sara.

Héctor intenta tocarme pero yo vuelvo a apartarme. —Déjame en paz, Héctor.

—No puedo. Y tú tampoco quieres que lo haga —me dice, muy seguro. Su expresión afligida me conmueve.

—Siento todo lo que dije aquella maldita noche. Cuando te vi en la televisión me volví loco. Salí de casa y me emborraché en el primer bar que encontré. No podía entrar en razón.

—Entre Mike y yo no pasó nada —le aclaro.

—Lo sé —responde con seguridad.

—Héctor, te quiero pero no puedo seguir con esto. Nos hacemos daño continuamente.

Héctor niega con la cabeza, da un paso hacia mí y me coge la mano que tengo libre. Su rostro es el puro reflejo de la desesperación.

—Llevo nueve días sin ir al trabajo, nueve días sin dormir y nueve días sintiéndome el hombre más imbécil del mundo. Necesito que vuelvas a mi lado porque no quiero perder a la mujer a quien amo. Vuelve a casa, Sara. Te necesito, por favor.

Héctor me atrae hacia sí y me besa. Yo no lo evito. En el instante en el que sus labios rozan los míos me doy cuenta de que estoy perdida. Su boca cae sobre la mía y nos besamos demostrándonos el uno al otro lo mucho que nos hemos echado de menos. Siento la urgencia de su necesidad. Siento el dolor de la pasión que nos consume. Me separo de él y pego mi frente a la suya.

—Déjame demostrarte que tenemos un futuro juntos. Haré lo que sea por recuperarte —me dice.

—Héctor.

—Lo que sea —asegura él.

Media hora más tarde estoy en el barco de Héctor perdiéndome en la inmensidad del océano. He dejado a Zoé con Laura, quien se ha mostrado entusiasmada al vernos a Héctor y a mí juntos de nuevo. Yo no comparto ese entusiasmo. Esta vez, sé que nuestra relación está destinada al fracaso. Él nunca cambiará, y yo no estoy dispuesta a aceptar su carácter.

Héctor y yo nos amamos, pero es un amor que nos hace daño.

Mi teléfono móvil suena y en la pantalla aparece Mike.

Mike.

Héctor me llama, y sé que no podré seguir adelante si previamente no cierro el pasado.

Apago el teléfono.

La cuestión es si podré cerrar el pasado, o como dice Héctor, juntos tenemos un futuro.