CAPÍTULO 4

TERMINO de empaquetar la última de las cajas de la mudanza. Una semana después de lo sucedido en Madrid, tengo claro que lo que necesito ahora es comenzar una nueva vida. Lejos del pueblo, lejos de Érika, y sobre todo, lejos de todo lo relacionado con Héctor. A pesar de la insistencia de Sole, la recepcionista del centro, de que permanezca en la cabaña el tiempo que desee, ese tiempo ya ha expirado. Agradezco a Héctor el haber mostrado este gesto de buena voluntad a pesar de cómo han acabado las cosas entre nosotros dos. Aun así, para mí puede irse a freír espárragos.

"Cést fini!", como diría Odette.

Una mueca sarcástica se apodera de mis labios cuando lo recuerdo. ¿A quién quiero engañar?

Esta semana, junto al asesinato de mi hermana, ha sido el peor momento de mi vida.

Necesito empezar un nuevo proyecto. Encontrar un trabajo que me guste. Hacer cosas nuevas.

Al principio me negaba a marcharme del pueblo. Estaba empeñada en descubrir al asesino de mi hermana y pensaba alquilarle una habitación a Adriana. No obstante, Erik terminó por convencerme de que lo mejor para mi salud mental sería alejarme de todo lo malo que me había pasado en estas últimas semanas. Y sé que por "todo lo malo" él se refería también a Héctor. He de admitir que Erik ha sido un gran apoyo para mí durante esta semana. De no ser por su insistencia y por su promesa de descubrir al asesino de Érika, yo no habría sido capaz de dar este paso.

—¿Qué piensas hacer con esto? —me pregunta Adriana, señalando el collar de diamantes que hay sobre la cama.

—Devolverlo. Tengo pensado dejarlo en el centro y que ellos se lo hagan llegar a Héctor.

Adriana me mira como si estuviera loca.

—¡Tú eres tonta! Quédate con el collar. A caballo regalado no le mires el diente.

Ella se lo prueba sobre el cuello y me echa una miradita cargada de intenciones, pero yo se lo arrebato y lo guardo en la caja.

—Lo veo y me acuerdo de Héctor. Además, le estaría dando la razón si me lo quedo. Él y sus regalitos se pueden ir lo más lejos posible.

También tengo pensado devolver el televisor, los libros y la edición tan antigua de Jane Eyre. La bola de cristal con el recuerdo de nuestro viaje en barco me la quedo. No creo que él vaya a echarla de menos. Y supongo que tengo derecho a hacer lo que me dé la gana con mis regalos.

—Todavía te duele lo que te dijo, ¿verdad? Asiento y sigo empaquetando las cosas.

—Estoy segura de que lo dijo porque estaba enfadado. No puede sentir de verdad todo lo que te dijo. Ese hombre te quiere.

—Ya. ¿Y por eso estaba haciendo manitas con la pelirroja el día del pub? ¡Apenas una semana después de que discutiéramos! ¡Una semana! A eso lo llamo yo sufrir por amor —ironizo.

—Te sacó a empujones del pub y se empeñó en llevarte al hotel. Se preocupa por ti. Y lo de la pelirroja.bueno, los hombres actúan estúpidamente cuando están dolidos.

—¡Qué más da! El caso es que Héctor dejó muy claro lo que pensaba de mí y la intención que tenía de no volver a verme. Hablar de "nosotros" es una tontería porque ya no existe ese "nosotros".

Terminamos de hacer la mudanza y encargo a Jason que lleve los regalos que me hizo Héctor al centro. Jason no se ha separado de mí en toda la semana, y pese a que agradezco su compañía tras lo que pasó con "El Apache", es hora de que Jason se marche de mi lado. No quiero nada que esté relacionado con Héctor. Nada.

—Oye, Jason, me marcho a la ciudad y viviré con mi compañera de piso. Te agradezco que me hayas estado vigilando todo este tiempo pero ya no hace falta.

—Héctor me pidió que cuidara de ti hasta que la Policía detuviera a "El Apache".

Yo me irrito ante esa explicación. El jodido Héctor Brown tiene que meter la nariz en mis asuntos incluso cuando no estamos juntos.

—Héctor y yo ya no tenemos nada que ver. Te agradezco lo que has hecho por mí, Jason.

—Le diré a Héctor lo que quieres, aunque no creo que le guste oírlo.

—Lo que le guste o no le guste a Héctor no es asunto mío —replico con frialdad.

Jason se monta en el coche para irse, aunque parece dudar. Entonces se da la vuelta y me dice una última cosa.

—Sara, no estoy acostumbrado a meterme en los asuntos de Héctor pero para mí no es sólo un jefe, también es un buen amigo. Si me ha pedido que cuidara de ti es porque te quiere, y eso la distancia no puede cambiarlo.

Adriana y el resto de amigos que he hecho en el pueblo me han preparado una fiesta de despedida por ser mi última noche en el pueblo. A pesar de que he pasado poco tiempo en este pueblo, de que probablemente uno de sus habitantes haya asesinado a mi hermana y de que he sufrido aquí por amor, no puedo evitar llorar cuando me despido de ellos.

Incluso está Jaime, el policía del pueblo que me transmitió la noticia del asesinato de mi hermana. Lleva un ramo de rosas blancas en la mano, y me sonrojo al creer que son para mí, pero al advertir su expresión compungida, entiendo que el cometido de esas flores no es el que he creído en un primer momento.

—Sara —me saluda, cuando nuestras miradas se encuentran—, me apena que te marches del pueblo. Todo el mundo te ha cogido mucho cariño. —Es hora de cambiar de aires —respondo.

—Entiendo —admite él, asumiendo a lo que me refiero. Jaime me mira comprensivamente antes de volver a hablar—. Hay que olvidar el pasado.

Sobre todo cuando nosotros no somos los culpables del mismo.

Por sus palabras, deduzco que el policía sigue creyendo firmemente que mi hermana se suicidó, lo que me produce una repentina irritación que intento disimular como buenamente puedo. Señalo las rosas, y un sentimiento de empatía me acaricia el corazón. Comprendo su dolor, y sería injusta si juzgara a un hombre que sólo intenta suavizar mi culpabilidad, que cree debida al suicidio de mi hermana.

—Tú también deberías olvidar el pasado —le aconsejo—, estoy segura de que lo que sucedió no es culpa tuya.

Los ojos de Jaime se humedecen repentinamente por mi comentario, y agacha la cabeza como si estuviera avergonzado por la demostración de debilidad.

—Es difícil. Yo. me pregunto por qué lo hizo y no lo entiendo —replica, repentinamente rabioso. Niega con la cabeza y de nuevo, sus ojos se inundan de tristeza—. Bueno, no quiero empeñar tu despedida, muchacha. Disfruta de tu última noche en el pueblo. Y olvida. Eres fuerte y puedes hacerlo. Me temo que para mí ya es demasiado tarde —se lamenta.

Le toco el hombro y le sonrío.

—Nunca es tarde para olvidar.

Jaime se marcha con el ramo de flores en la mano, directo al sendero del cementerio del pueblo, ubicado en las afueras del mismo. Va a adornar la tumba de su difunto hijo, y siento lástima por ese hombre que sigue sufriendo por una muerte que no fue culpa suya.

Estoy bebiendo una Coca-Cola cuando observo que Adriana grita de emoción al contemplar a Erik. A pesar del evidente interés que demuestra Adriana por Erik, él la trata como una simple amiga y sigue ayudándola con su rehabilitación. Me sorprende verlo esta noche aquí, pues Erik me había prometido ayudarme con la mudanza, pero no esperaba verlo en mi fiesta de despedida.

—No te esperaba —le doy dos besos en cada mejilla a modo de saludo.

—No quería perderme tu fiesta de despedida. Al parecer has calado hondo en los vecinos del pueblo —dice burlonamente, como si eso fuera difícil de creer.

—¡Eh! Es normal —digo, soltándole un guantazo—, soy una persona que se hace de querer.

—Seguro —me bromea.

Paso el resto de la noche bailando al son de la orquesta contratada. Cuando las canciones se tornan en "Paquito el chocolatero", "La bomba" y "La Gasolina", entiendo que los ánimos de los vecinos son demasiado efusivos para mi estado depresivo, que por el momento no puede soportar más de un par de chistes. Erik me acompaña hacia la cabaña en mi última noche bajo esas cuatro paredes.

—Y pensar que nuestra amistad empezó con un videojuego —me recuerda.

—Es que eres muy malo, tío. Erik se ríe.

—Estoy esperando la revancha.

—Cuando quieras, pero luego no llores si pierdes —lo pincho. Erik se ríe abiertamente.

—Tú sí que vas a llorar cuando mi Sevilla patee a tu Betis.

—Ya veremos quién llora cuando te dé una paliza a la Play —me detengo al reparar en sus palabras—. Un momento. Has dicho nuestra amistad, ¿me consideras tu amiga?

Me echo las manos a la cabeza en un gesto teatral que aparenta sorpresa.

—Si omito tu mal carácter y tus insultos constantes... sí, podemos decir que somos amigos.

Yo esbozo una sonrisa.

—¿Dónde te quedas a dormir? —le pregunto.

—En la pensión de Lola. Hay una habitación compartida con una cama

libre.

Las palabras salen atropelladamente de mi boca antes de que pueda reprimirlas.

—Puedes quedarte a dormir aquí —le digo—, sólo a dormir —aclaro sonrojada.

No tengo ni idea de por qué se me ha ocurrido decir algo así. Soy una mujer liberal, pero dormir con un amigo masculino no creo que sea muy buena idea. Y sin saber por qué, puedo sentir que el aire se ha vuelto tenso entre nosotros. Como si una fuerza invisible nos empujara a acercarnos irremediablemente el uno hacia al otro. Eso me incomoda y me pongo aún más

roja.

—Dormiré en la pensión. No te preocupes. Erik me da un beso en la mejilla y yo me estremezco. —Dije sólo a dormir, eh. No te hagas ilusiones —bromeo, tratando de restarle importancia al asunto.

Erik esboza una media sonrisa y se da la vuelta. —Buenas noches, Sara.

A la mañana siguiente me despierta el ruido de cristales rotos. Me levanto sobresaltada e insto a Leo a que pare de ladrar. Si a eso se le puede llamar ladrar. Me calzo las zapatillas y busco a tientas el interruptor de la luz, aunque no me es necesario para darme cuenta de lo que ha sucedido. Por el vidrio roto de la ventana se cuela el sol de la mañana, que ilumina lo justo para darme a entender que algo ha impactado con la ventana y la ha hecho pedazos. Recojo los cristales esparcidos por el suelo y reparo en una piedra que lleva atado un papel. Desenrollo el misterioso mensaje y lo leo. Me quedo de piedra. Nunca mejor dicho.

"Buen viaje, zorra".

Escueto y directo. Todo un detalle.

Al parecer, algún vecino se alegra de no tener que volver a verme por el pueblo.

Como soy poco racional, decido salir fuera de la cabaña e investigar por mí misma. Mi misterioso admirador puede estar cerca y pienso decirle cuatro cosas acerca de la responsabilidad por daños en una propiedad privada. Salgo con la piedra en la mano, las zapatillas de estar por casa y el pelo revuelto al más puro estilo de la loca de los gatos. Afuera no hay nadie, y después de echar una ojeada por el bosque, me doy cuenta de que ir armada con una piedra no es la mejor manera de encarar a un intruso que no parece sentir gran cariño hacia mi persona. Me doy la vuelta y me encamino hacia la casa. Es entonces cuando lo veo y me llevo las manos a la boca. En la pared exterior de la cabaña, junto a la ventana rota, hay pintado un mensaje en sangrientas letras rojas por las que la tinta aún chorrea hacia abajo. Debe haber sido pintado hace escasos minutos.

"No queremos zorras en este pueblo".

Aterrada por lo que acabo de leer, corro hacia la cabaña, cierro la puerta y llamo a Leo. El cachorro corre a mi encuentro como si no sucediera nada. Siento una gran angustia al darme cuenta de que alguien se ha tomado la molestia de hacer esa pintada en la pared mientras yo estaba dormida, y además, ha tirado una piedra a la ventana de la casa. Si hubiera entrado en casa mientras yo dormía.

Me estremezco de sólo pensarlo y llamo a Erik, imbuida por el pánico de permanecer un minuto más en ese pueblo. Erik no tarda más de diez minutos en llegar, y por su pelo revuelto, deduzco que lo he despertado. Examina la pintada y luego el mensaje.

—Te vas de aquí. Ahora —decide.

—Te aseguro que no tenía pensado quedarme. Aunque deduzco que la palabra "zorras" no sólo me incluía a mí, y de ser ciertas mis sospechas. —comienzo a cavilar.

Erik me interrumpe.

—En cinco minutos quiero que tengas hecha la maleta, cojas al perro y te metas en el coche. Voy a hacer una llamada a la comisaría de Policía para denunciar los hechos.

¿Qué les pasa a los hombres que les gusta tanto darme órdenes?

—Erik, estoy segura de que esto tiene más que ver con Érika que conmigo.

—Yo también, y por eso quiero que te marches de aquí. En este pueblo no haces nada, excepto correr peligro. Al parecer, el asesino de tu hermana ha puesto los ojos en ti.

Yo dudo de lo que dice. ¿Por qué iba a querer hacerme daño, precisamente ahora?

—No tiene sentido que me amenace justo cuando voy a marcharme. Ha tenido mucho tiempo y no lo ha hecho, ¿por qué ahora?

—Precisamente porque te marchas. Dime una cosa, ¿no has estado todo este tiempo constantemente acompañada por Héctor y vigilada por sus hombres? Era imposible que él se acercara a ti. Sin embargo, ahora que estás sola lo tiene más fácil. Esta cabaña sólo tiene un único vecino que vive a más de un kilómetro de distancia y con el que no te llevas nada bien. Dudo que Julio Mendoza corriera a auxiliarte si pidieras ayuda, ¿o me equivoco? —ante mi silencio él prosigue—. Quiere que entres en su juego porque sabe que estás desesperada por encontrarlo. El mensaje es para que te quedes, y si lo haces, le darás una oportunidad para hacerte daño. Yo no puedo estar todo el día pegado a ti para que no te pase nada.

Observo cierto deje de amargura en sus últimas palabras que no logro entender. ¿Está Erik preocupado por mí? La simple idea me resulta absurda.

—Me marcharé sólo con una condición. Júrame que lo encontrarás. Haz lo que tengas que hacer, pero encuentra al asesino de mi hermana, o yo volveré a este pueblo y lo pondré patas arriba aunque para eso tenga que ponerme en peligro.

Erik tuerce el gesto.

—No me cabe duda de que lo harías. Eres la mujer más insoportable del mundo.

—Y tú eres el hombre con menos tacto del planeta.

A Erik no parece importarle lo más mínimo mi visión de él.

—Si con eso consigo que dejes de creerte una detective privada, me parece genial. Métetelo en esta cabecita —me da un golpe justo en la frente—, el trabajo de la Policía es trabajo de la Policía. Madura de una vez.

Aprieto los puños tratando de contenerme, aunque lo que más me gustaría en estos momentos es soltarle un guantazo.

—¡Tú sí que tienes que madurar, imbécil! El hielo no es nada comparado contigo, ¿cómo puedes ser tan insensible?

—Cuando estoy contigo no puedo evitarlo. Amargas hasta a los limones.

Me doy la vuelta y lo ignoro. Sigue siendo el mismo cretino. Nunca cambiará.

Mientras me dedico a cambiarme, coger a Leo y las cuatro pertenencias que quedan aún en la cabaña, Erik llama a la comisaría de Policía y hace su trabajo. Yo me monto en el coche y lo espero, hasta que él se pone al volante y comienza a conducir. Pasamos más de media hora sin cruzar ninguna palabra, en un silencio tenso que se hace insoportable. Al final, él claudica.

—Prometo encontrar al asesino de tu hermana. Te lo prometí una vez y vuelvo a repetírtelo ahora. Soy un hombre de palabra —me asegura en tono conciliador.

—Claro que sí, es tu trabajo —le respondo fríamente.

Nos sumimos de nuevo en un tenso silencio que no es roto hasta que llegamos a mi casa. Yo me bajo del coche, dispuesta a marcharme sin despedirme. Él me detiene colocando una mano justo encima de la mía.

—Puedes llamarme si necesitas cualquier cosa, ¿sabes?

El hombre frío y sarcástico desaparece y vuelve a aparecer el Erik amable que me gusta. Yo asiento y musito un simple "gracias". Estaba tan enfadada hace unas horas por lo sucedido entre nosotros que me cuesta creer que me alegre de tenerlo a mi lado en este momento. ¿Por qué tiene que ser tan bipolar? ¿No se da cuenta de que todo lo relacionado con mi hermana me duele? ¿Por qué tiene que decir las cosas tan a la ligera y con tan poco tacto? ¿Por qué se comporta de una manera tan extraña?

Erik me abraza en silencio y me deja un tierno beso en el cuello que me hace estremecer. Yo me retiro y murmuro que tengo cosas que hacer, y él se limita a ayudarme a cargar las pertenencias hasta mi casa. Cuando nos despedimos, él vuelve a abrazarme y siento esa conexión tan extraña. Como descargas eléctricas recorriéndome la piel. No me lo puedo creer. Es imposible que me sienta atraída por Erik, el tío más insoportable del mundo. Joder, una semana sin sexo y ya estoy fantaseando con follarme al primero que se cruza en mi camino. Estoy muy mal. Demasiado mal. El problema es que Erik es un tipo muy atractivo, y eso, unido a que yo estoy baja de ánimos, hace que me sienta atraída por él. La culpa de esto la tiene el maldito Héctor Brown. Gracias a él, ahora cualquier hombre que es mínimamente cordial conmigo me resulta un partidazo.