CAPÍTULO 29

A las ocho de la mañana me visto y me encamino para ir al trabajo. Por mi salud mental, espero que la noticia acerca de Mike y yo en el ascensor no haya llegado a la redacción. También tengo la comida de Navidad de la empresa, aunque en estos momentos, mi espíritu navideño está por los suelos. Pisoteado por la bota negra de Papá Noel, mientras él me dice: "Jo, jo, jo...¿Has sido buena, Sara?". Yo le contesto que sí, pero Santa Claus, un poco ebrio porque tía Luisa le ha echado demasiado anís del Mono a las galletas navideñas, me apunta con un dedo rechoncho y me grita: "¡Mike Toooooooooley!".

—¿Sara, estás bien?

—¿Eh? —me despierto de mi sueño acerca de mí pateando el culo de

Santa.

—¿Que si estás bien? Desde que has llegado te noto rara —me dice Héctor, y entrecierra los ojos para estudiarme con detenimiento.

Yo pongo cara de no saber a lo que se refiere, lo cojo de la corbata y lo acerco a mis labios. Lo beso salvajemente, demostrándome a mí misma que no hay nada que me guste más que estar sobre sus labios. Me tiro encima de él, y ambos acabamos tumbados en la cama.

—Sara. —Héctor me coge las muñecas para detenerme—. ¿De verdad que no te pasa nada?

—Ahora mismo lo único que me pasa es que quiero...

—Voy a llegar tarde al trabajo —me interrumpe.

Yo beso su cuello, haciendo caso omiso a su necesidad de ser puntual, y al final, él acaba sucumbiendo a mi insistencia. Me coge de la cintura y me tumba de espaldas al colchón, hundiendo su cabeza en el hueco de mi cuello.

—Estoy segura de que nadie te va a pedir explicaciones si llegas tarde al trabajo —le digo.

—¿Y a ti? —pregunta con desinterés, demasiado abstraído en trazar círculos alrededor de mi canalillo.

Me muerdo el labio, excitada de inmediato al notar su creciente erección palpitando contra mi muslo.

—¿Te detendrías si te digo que tengo una jefa gruñona que adora la puntualidad?

Los ojos de Héctor brillan, como dos esmeraldas trazadas por el brillo del fuego de la pasión urgente y desatada.

—Nena, nunca empieces algo que no puedes acabar.

Cinco minutos más tarde, Héctor me está follando salvajemente sobre

la peinadora de la habitación. Me coge de la rodilla mientras bombea dentro de mí, de una manera que me enloquece y me arranca gritos de placer. Yo hago caso omiso a su orden de no desbaratarle el cabello, y hundo mis dedos en su pelo negro azabache. Héctor me lanza una mirada de advertencia, pero no puede evitar sucumbir y reírse con los dientes apretados.

Yo hecho la cabeza hacia atrás, me tumbo por completo sobre el mueble y cierro los ojos. Ahora estamos solos él y yo, y sé que.

—¡Joder.sí, justo ahí! —grito exaltada, cuando Héctor acaricia mi clítoris tal y como a mí me gusta.

Maldito hombre sexy y rudo. Me pone a cien.

En la habitación flota el ambiente del sexo salvaje. Lo que yo llamo: "aquí te pillo, aquí te mato". Jadeos, gruñidos, sudor, respiración ronca.

Héctor alcanza mi moño, ese que he tardado más de media hora en hacerme. Tira de mi coletero y libera mi cabello. Los ojos le brillan y rodea parte de mi cabello sobre su puño, llevándoselo a la cara y oliéndolo de una forma tan primitiva y desesperada que..

—¡Héctor, mi pelo! —me sofoco.

—Quid pro cuo, graciosilla.

¡Ah, qué hombre! Siempre tiene que salirse con la suya.

Así que yo, sólo para molestarlo, y bueno, también porque me encanta, hundo mis dedos en su pelo y tiro de él, despeinándolo y haciéndole un poco de daño a propósito. Héctor embiste más fuerte dentro de mí y me fulmina con los ojos, pero él no espera que yo suelte un gemido de placer y me muerda el labio. Así que él aprieta mis glúteos y vuelve a empujar dentro de mí con mayor firmeza y agresividad. Yo jadeo enloquecida, y Héctor suelta un gruñido, mitad exasperación, mitad satisfacción. Algo así como. "nunca cambiarás, pero me encantas".

Yo le clavo las uñas en la espalda, provocando el tipo de sexo salvaje y agresivo que a mí me gusta. Héctor aprieta la mandíbula, empuja más fuerte dentro de mí y me coge de la nuca. Me besa y me muerde. Me muerde y me besa.

—Eres imposible —dice roncamente contra mis labios.

Se corre justo en el momento exacto, y yo me voy en un orgasmo brutal que me recorre todo el cuerpo dejándome apaciguada. Me recoloco la ropa interior y me bajo la falda, mientras Héctor se anuda la corbata y se peina el cabello mirándose al espejo. Me hace gracia observarlo con su gesto de disgusto al percatarse de su pelo despeinado, y no puedo evitar reírme. Él me mira, muy serio. Pero entonces, como siempre, logra sorprenderme.

—Nunca cambies, Sara.

Me ofrece esa mirada enternecida que yo adoro.

—¿Eso significa que puedo seguir despeinándote? —sugiero encantada de la vida.

—Mi pelo ni lo toques —gruñe.

Yo me río.

—Salvo cuando hagamos el amor. Entonces tócalo y haz todas esas cosas que me vuelven loco.

A continuación me besa.

Héctor me lleva al trabajo como hace todos los días, y en cuanto pongo un pie en la oficina, me percato de que todas las miradas están fijas en mí. No hace falta que nadie me informe de lo que sucede. No soy Einstein, pero siempre fui una chica espabilada.

¡Esto es una revista de cotilleos! ¿Qué me esperaba?

Me siento en mi despacho y escondo la cabeza dentro de la pila de papeles amontonados. Así me siento menos observada, y más a salvo. De inmediato, Sandra y Víctor corren a mi encuentro.

—¿Cómo estás? —se preocupa Sandra.

—Menos mal que no te gustaba Mike. —se queja Víctor.

Yo lo miro irritada.

—En ese ascensor no pasó absolutamente nada. Nos quedamos encerrados toda la noche, y lo que piense un atajo de periodistas mediocres me importa un comino—explico, soltando todo mi odio matinal.

—Te lo dije. Es imposible que Sara tuviese nada con Mike estando con Héctor. Ella está enamorada —Sandra suena segura de sí misma al apoyarme, y yo me alegro de tener a alguien que confía en mí con esa convicción—. Hablando de Héctor, ¿cómo se lo ha tomado?

Miro para otro lado.

—No se lo has dicho —deduce Sandra.

—Si yo fuera él, estaría cabreadísimo al enterarme de que mi novia ha pasado la noche en un ascensor con el picaflor de turno —me informa Víctor.

—Pero tú no eres Héctor. Él confía en mí.

—¿Y por qué no se lo has contado? —me reta.

—Porque él no ha querido saberlo. Además, no es necesario que le cuente nada porque no ha pasado NADA —remarco mi última palabra para hacérselo entender y le lanzo una mirada que significa que la conversación ha terminado.

Víctor pone las manos en alto en son de paz y yo me tranquilizo. Un segundo.

—¡Santana, ven a mi despacho, ahora mismo!

Doy un brinco de la silla y me golpeo la frente con la pantalla del ordenador. Víctor y Sandra se compadecen de mí con la mirada. Yo camino con la cabeza alta y el andar seguro hasta el despacho de mi jefa.

"No le des el placer de hundirte a esos buitres", recuerdo.

Me pongo las manos a ambos lados de la cabeza y le grito en silencio:

"¡Sal de mi cabeza!".

Entro en el despacho de mi jefa y doy un portazo con demasiada brusquedad. Hago temblar su escritorio, y ella me lanza una mirada iracundacon sus dos cejas arqueadas.

—¿Te gusta romper muebles? —me recrimina.

Yo no espero a que ella me pida que me siente e ignorando su mal humor, tomo asiento frente a ella. Me armo de valor y le hablo, antes de que ella pueda recriminarme nada.

—Ya sé por qué estoy aquí. En ese puto ascensor no pasó nada, y si vas a recriminarme cualquier cosa acerca de mi vida privada, recogeré mis cosas y me marcharé —le informo, con tal seguridad que mi subconsciente me mira anonadada.

—A mí tu vida privada ni me va ni me viene —me espeta de mal humor. Otra vez, mi jefa vuelve a derrumbar todos los estándares que he creado a su alrededor.

—¿Ah, no?

—Me trae sin cuidado cómo te tomes tus relaciones con los hombres.

Al parecer, tampoco parece afectada por el hecho que Mike esté involucrado en mis "relaciones". Entiendo que para ella eso fue sólo un desliz, por lo que, si no le importa mi vida privada y tampoco está celosa, no comprendo su malhumor.

—No tienes ni idea de por qué estás aquí —adivina, haciendo gala de una tranquilidad que no le he visto nunca. Yo asiento.

—Verás, voy a tener un gesto de cortesía hacia ti. En cuanto Daniela se ha enterado de lo de Mike, me ha pedido que te.anime a publicar una confesión en la que afirmes haberte acostado con Mike. No tengo ni idea de lo que Daniela tiene en contra de ti, y me temo que es algo personal en lo que yo no estoy dispuesta a involucrarme. Por encima de todo me considero una buena profesional, y creo que Daniela te contrató con un interés un tanto turbulento que no te beneficia. Eres mi empleada, y como tal, mereces mi protección. Quizá no te soporte, pero las cuestiones profesionales están por encima de las personales y con tu trabajo me has demostrado que eres una buena periodista. No permitiré que nadie se meta con mis empleados. Nosotros somos los paparazzis, no el objetivo de la cámara.

Trato de asimilar todo lo que me ha dicho Mónica. No me puedo creer que me esté brindando su protección. Contra todo pronóstico, Mónica se está ganando mi admiración.

—¿No vas a obligarme a redactar un estúpido artículo en el que afirme que me he acostado con Mike?

—¿Lo harías si te obligo? —se burla Mónica.

—No, claro que no. Entre Mike y yo no hay nada, y si lo hubiera, sería sólo asunto nuestro. —Exacto.

—Daniela es la directora de la revista, ¿cómo vas a lograr que ella no se interponga? Podría despedirte.

—Eso no tiene importancia. He puesto al corriente a todos los empleados de Musa de que no deben hablar acerca de lo que te ha pasado. Se ha decretado la ley del silencio en la redacción.

—Te agradezco lo que has hecho por mí —le digo, y le tiendo una mano a modo de confraternización.

Mónica no la admite.

—Lo estoy haciendo por mí, no por ti.

De nuevo, sigo sin comprender a esta "femme fatale" de moral contradictoria. Mónica se pone a teclear en el ordenador y me ignora, haciéndome un gesto para que salga de su despacho. Me levanto y abro la puerta. Estoy a punto de salir cuando me habla.

—Vas a salir en todos los medios de comunicación. Yo que tú me fumaría un cigarrillo, alzaría el dedo corazón y me pondría las gafas de sol. Que les jodan —me aconseja.

Nos vamos a la comida de la empresa, y para sorpresa de todos, Mónica se apunta a la comida. Apenas habla con nadie, y los que se le acercan para hacerle la pelota, terminan por moverse al lado contrario con mala cara. Nosotras no hablamos durante toda la comida, pero cuando nuestras miradas se cruzan, yo le lanzo una sonrisa de sincero agradecimiento que ella ignora.

Bailo con Sandra, bebo y charlo con mis compañeros de trabajo. Al parecer, lo que quiera que sea que les haya dicho Mónica ha surtido efecto, porque ellos no sacan el tema de Mike a relucir en ningún momento. Observo que Sandra recibe un mensaje en el móvil, lo lee y pone mala cara. Yo me acerco a ella para preguntarle qué es lo que le pasa, y ella me lleva a un sitio aparte. Allí me enseña la pantalla de su móvil. Me va mostrando uno a uno los medios de comunicación en los que Mike y yo aparecemos en portada. Yo con el maquillaje estropeado, el pelo alborotado y el vestido arrugado. Un look así como "recién follada" que me espanta. Mike sale con la camisa desabrochada y restos de carmín en el cuello.

¡Joder, joder, joder!

Cualquiera que vea esa imagen pensará lo que no es. Incluso hay un vídeo en el que Mike manda a los reporteros a la mierda, me coge de la cintura y me ayuda a subir a su coche, en el que nos largamos a toda velocidad. Una periodista, a la que odio al instante, insiste en la complicidad que emanábamos Mike y yo, y en que él me estaba protegiendo en todo momento de los periodistas. En sus palabras: "Estamos ante una de las revelaciones más sorprendentes de este año. El soltero Mike Tooley ha sido cazado por la rompecorazones Sara Santana, quien ha sido pillada infraganti siendo infiel a su pareja, el irresistible Héctor Brown".

¿Yo, una rompecorazones?

Ja, ja, ja. Me entra la risa floja y siento ganas de matar a alguien al mismo tiempo.

Leo uno a uno los titulares en los que se habla de mi supuesta relación con Mike. Dan una imagen de mí frívola y carente de sentido. A ojos de todos, soy la nueva buscadora de hombres, siempre dispuesta a cazar al mejor partido. Incluso especulan acerca de una supuesta relación con Julio Mendoza, el afamado escritor para el que trabajé durante unas semanas, y con el que según los medios de comunicación, me veía a escondidas en una cabaña de un pueblo perdido en la sierra. Soy la Mata Hari del periodismo sensacionalista. Todo un logro.

Toda mi carrera profesional tirada por la borda en un momento. Con esto, podría entrar en Gran Hermano o malvivir de las entrevistas concedidas a cualquier plató de televisión entregado a las miserias de la vida de los demás. Gracias a esto, mi carrera periodística está arruinada. Nadie va a querer contratarme en ningún medio de comunicación serio tras la imagen que se está dando de mí.

Sandra y Víctor intentan apoyarme, pero está a punto de darme un ataque de nervios. Rehúso su compañía y corro a encerrarme en el cuarto de baño. Me extraña no tener ninguna llamada de teléfono de Héctor en la que me grite que lo nuestro se ha acabado. Ningún mensaje, ninguna llamada. Estoy segura de que se ha enterado. Él siempre se entera de todo. Su silencio me hace sufrir.

¿Será que ha terminado por confiar en mí?

Mi móvil suena en ese momento y yo me estremezco al mirar la pantalla. No, no es Héctor. Es mi tía Luisa, a punto de que le dé una sobredosis por Lexatin.

—¡Sara, mi niña! ¿Has visto las noticias? Acabo de llamar a un programa de televisión para defenderte. Estaban diciendo cosas horribles de ti. Yo les he dicho que es imposible que tú hayas hecho eso que dicen, ¿verdad que tengo razón? —me pregunta, histérica perdida.

Mi tía habla alterada, deseando que yo afirme todas y cada una de sus palabras. La tranquilizo, aunque en este momento, lo que yo necesito es un tranquilizante. O dos.

O una vacuna para la rabia.

—Tía, no te preocupes. Todo lo que dicen es mentira.

—¡Tienes que salir a desmentirlo! —exclama rabiosa.

—No pienso hacer tal cosa. Yo soy periodista, no alguien que tenga que ir dando explicaciones de su vida privada. Siempre he aborrecido ese tipo de periodismo, y estaría faltando a todos mis principios si entrara en su juego.

—Tienes razón, tienes razón. Pero si vuelvo a oír a la vecina cuchicheando con la Paca que eres una perra infiel, esa se come los rulos.

Sonrío al escuchar la amenaza de mi tía.

—Apaga la tele y dile al tío que no se preocupe. Sé que él también lo estará pasando mal, pero no tenéis que preocuparos por nada. Yo estoy bien —miento.

—¿Seguro que estás bien? —duda mi tía.

—Claro que sí. Te quiero, tía. Un beso.

Me despido de ella y cuelgo el teléfono. Sigo sin tener ninguna llamada de Héctor, y eso me pone nerviosa. No lo entiendo. Si Héctor me hubiera llamado para gritarme, yo estaría dándole la razón a mis dudas. Sin embargo, él no ha hecho nada que pueda reprocharle.

No me doy cuenta de que Mónica está en el servicio. Ha tenido que escuchar toda mi conversación. En fin, si medio mundo me toma por una ninfómana depravada con tendencia al escarnio público. ¡Qué más da!

Pero Mónica no parece prestarme atención. Tiene las manos temblorosas, el rostro sudoroso y la cara tan pálida que me da miedo. Está peor que la última vez que la vi. No me hace falta preguntarle qué es lo que le pasa. Varios acontecimientos me informan de cuál es su problema: no ha probado bocado en toda la comida, su extremada delgadez, su malhumor.

Bueno, creo que su malhumor es de cosecha propia, pero aun así.

Pese al grave riesgo de llevarme uno de sus gritos que aumentan mi riesgo de infarto, me acerco a ella y le coloco una mano en la espalda con gran delicadeza. Le aparto el pelo de la cara, pegado a su rostro debido al sudor. Cojo un trozo de papel y se lo seco, sin que ella oponga resistencia alguna. Tiene los ojos entornados hacia mí y los labios entreabiertos.

—Mónica, tienes un problema. Deberías ir al médico —le aconsejo.

—Santana. —gruñe con los dientes apretados y la voz débil.

Me doy cuenta de que sus defensas se han derrumbado. Por mucho que intenta lanzarme una mirada amenazante no consigue su objetivo. Está fría como el hielo, por lo que me quito la chaqueta y se la pongo sobre los hombros. No puedo dejarla aquí sola en un estado tan lamentable. Siento una empatía natural hacia esta mujer que en este momento, al igual que yo, está sufriendo.

—Te voy a llevar a tu casa —me ofrezco.

—Si alguien me ve.estás despedida —me amenaza.

Yo pongo los ojos en blanco. La obligo a apoyarse sobre mí e ignoro sus protestas. Salgo del local por la puerta trasera, y agradezco en silencio que no haya nadie de la redacción en el aparcamiento. Monto a Mónica en el asiento del copiloto y conduzco. Mónica me indica la dirección, y yo conduzco hasta llegar a un edificio de pisos. Subimos en el ascensor, con Mónica tan débil que siento miedo por su salud. Pero se niega a ir al médico, y conmigo como nuevo foco de los periodistas, dudo que sea lo más sensato. Quién sabe, podrían acusarme de toxicómana si llego al hospital con una debilitada Mónica, quien además, nunca me perdonaría que alguien la viera en un estado tan lamentable.

El ático de Mónica es espacioso, luminoso e impersonal. Con muebles de diseño y colores neutros. Demasiado grande para una persona que vive sola. La dejo en el sofá del salón y voy a la cocina, buscando algo decente entre toda la comida ridícula. Hay bebidas light, barritas sin calorías y fruta. Al final, encuentro pan de molde integral y lonchas de pechuga de pavo. Le preparo un sándwich, una Coca-Cola light y una manzana.

Mónica mira con asco la bandeja de comida que le planto frente a la

cara.

—No tengo apetito.

—Tienes que comer. O eso o llamo a una ambulancia. Mónica me taladra con los ojos. —No serías capaz...

Yo me encojo de hombros, con una sonrisa. —Tiéntame.

Mónica prueba el sándwich, le da un bocado y lo deja en la bandeja. Su estómago ruge, y a regañadientes, vuelve a darle otro bocado. Luego otro, y otro. Al final, se termina el sándwich y se come la manzana. Yo suspiro aliviada al ver la bandeja vacía.

—¿Por qué no te vas? —me espeta sin amabilidad alguna.

Yo intento no tomarme su falta de educación como un ataque personal.

—No me iré de aquí hasta que hayas hecho la digestión. Sé que vomitas todo lo que comes.

Por primera vez desde que la conozco, Mónica esquiva mi mirada.

—¿Por qué lo haces?

—No es de tu incumbencia, Santana.

—Aunque me llames por mi apellido no vas a conseguir que yo te tema. Hoy me has enseñado que tienes corazón.

—No lo he hecho para ayudarte —me reitera.

—Lo sé. Lo has hecho para ayudarte a ti misma porque te sientes desgraciada. ¿Qué te pasó, Mónica? Llevas muchos años vomitando, lo sé. En el instituto tuve una amiga que era bulímica y tardó muchos años en superarlo. Ella tenía sus razones. Tú tendrás también las tuyas.

—¿Por qué te interesa saberlas?

—Porque quiero ayudarte.

—Tienes que irte. Quiero estar sola. Te aconsejo que tomes una carretera secundaria hasta llegar a tu casa. Así evitarás a los periodistas.

No me marcho hasta que pasan dos horas y me aseguro de que Mónica no vomita. Al final, me despido de ella y recibo una mirada indiferente por su parte. Salgo de allí y sigo su consejo. Pero al llegar a la urbanización, los periodistas están agrupados en la entrada de la misma. El vigilante intenta contenerlos, me abre la verja y conduzco metiéndome dentro de la urbanización y dejándolos atrás. Por primera vez en mi vida, me enciendo un cigarrillo que le he robado a Mónica. Me fumo el cigarrillo, me pongo las gafas y me despido de ellos con el dedo corazón alzado.