CAPÍTULO 17

ESTOY cepillándole el cabello a Zoé, quien me mira embelesada como si no hubiera nadie más en el mundo para ella en este preciso instante. Me conmueve la intensidad con la que mi sobrina observa todo lo que hay a su alrededor, incluidas a las personas que acaban de entrar en su vida. Es una niña silenciosa, pero el interés con el que observa cualquier cosa despierta en mí la necesidad de descubrir lo que pasa por su mente.

—¿Podemos hablar a solas, Sara? —me pregunta Héctor desde la entrada de la habitación de Zoé.

Lo miro extrañada. Tiene el gesto serio y preocupado, y esconde una mano tras la puerta. Le echo una mirada inquisitiva, pero al percatarme de la necesidad con la que me llaman sus ojos, cojo a Zoé en brazos y la acuesto en su cama.

—Buenas noches, tesoro —le doy un beso en la frente.

Salgo de la habitación y encaro a Héctor. Apenas me bastan dos segundos para conocer lo que sucede, debido a que advierto lo que porta en su mano. Lleva el marco con la fotografía de Érika, "El Apache" y Zoé. Y por si fuera poco, la carta arrugada.

—Supongo que.

—Aquí no —me aclara, echándole una mirada furibunda a la habitación

de Zoé.

Yo asiento, advirtiendo que será mejor mantener esta conversación alejada de mi silenciosa y curiosa sobrina. Caminamos en silencio hacia la habitación, y en cuanto entro, Héctor cierra la puerta y arroja el marco sobre la cama.

—¿Me puedes explicar qué significa esto? —me exige saber.

Yo me cruzo de brazos, y suelto un lánguido suspiro.

—Me parece que está muy claro —me acerco a la cama y cojo el cuadro, poniéndolo a la altura de sus ojos—, es la imagen de una familia feliz. Mi hermana y su preciosa e idílica familia.

—No me jodas, Sara.

Héctor me quita el cuadro de las manos, lo ojea y niega con la cabeza. Sus ojos son una mezcla de rabia y tristeza.

—Y la carta. ¿Quién demonios te ha enviado esto? —Goyathlay —respondo sin ganas. —¿Y ese quién es? —El Apache.

—¿Cómo dices? —pregunta alterado—. ¿Ese malnacido se ha puesto en contacto contigo después de lo que sucedió? ¡Lo voy a matar!

—Está en la cárcel. No te esfuerces.

Héctor me echa una mirada iracunda.

—¿Puedes hacer el favor de tomarte esto en serio?

Lo miro irritada, y de pronto, toda la ansiedad que llevo acumulando desde hace unos días sale al exterior. Le quito el marco de fotos y lo arrojo al suelo. El cristal se hace añicos por la caída.

—No, no puedo. Estoy harta. Conmocionada. Todo esto me supera. El otro día estuve a punto de tener un accidente en la carretera... —las palabras se me quiebran en la garganta y los ojos se me empañan de lágrimas que me borro furiosamente.

—Sara.

Su voz suave es el sostén que necesito en este momento. Héctor me abraza y me acaricia el cabello, mientras que yo tiemblo y me pongo a llorar como si fuera una niña pequeña. Me siento superada por la situación, y por primera vez, cansada. Necesito que todo esto acabe para encontrar la paz que tanto ansío. Le empapo la chaqueta de lágrimas, lo que a él no parece importarle.

—Y encima me han puesto una multa —lloriqueo, y sin saber por qué, eso me pone más triste.

—¿Lloras porque te han puesto una multa? —trata de bromear, aunque por la tensión que emana de su cuerpo y el tono de voz que infringe a sus palabras, sé que está tan preocupado por mí que busca ansiosamente la manera de reconfortarme.

—No —musito, sorbiéndome los mocos.

Héctor me separa de su cuerpo y besa una a una las lágrimas que bañan mi rostro. Cuando lo ha secado, me mira con esos iris verdes que iluminan cada parte de mi alma. Parece tan desolado por mi tristeza, tan preocupado por mi estado, que no puedo más que esbozar una sonrisa al percibir lo afortunada que soy de tenerlo a mi lado en un momento como este.

—Ojalá pudiera protegerte de todo lo que puede dañarte —manifiesta mirándome a los ojos.

Acaricio su barbilla con el pulgar, y me maravillo con el tacto áspero de su barba, y con la rudeza de las líneas de su rostro.

—Si te veo sufrir, me derrumbo. Nunca pensé que pudiera llegar a amar a alguien con la intensidad con la que te quiero. Lo notas, ¿Sara? —él me coge la palma de la mano y la lleva hacia su pecho. El corazón le late firme—. Justo ahí. Es lo que provocas en mí con cada acción. Con cada sonrisa, con cada nuevo aliento, y cada vez que te veo despertar por las mañanas abrazada a mí, yo me siento el hombre más dichoso del mundo cuando te veo feliz, pero cuando te veo sufrir, me siento el hombre más miserable por no lograr paliar tu dolor, y por no conseguir protegerte de todas las cosas que pueden hacerte daño. A veces quisiera guardarte en una burbuja para alejarte de todo lo malo que hay allí fuera. Suena egoísta, pero cuando quieres a una persona sólo para ti, cuando deseas que todas sus sonrisas, todos sus besos, y todas sus miradas te pertenezcan, cuando necesitas que esa persona permanezca segura, la única forma que encuentras de salvarte a ti mismo es la de alejarla de todo lo que puede hacerla sufrir.

Lo miro conmovida por la intensidad de sus palabras.

¿Es eso lo que le sucede? ¿La razón por la que a veces actúa de una manera tan impulsiva, autoritaria y posesiva? Su plena necesidad de mantenerme a salvo le provoca actuar de esa forma, o al menos eso parece.

—¿Crees que salvándome a mí lograrás protegerte a ti mismo? —le pregunto emocionada.

—Creo que si no logro protegerte me condenaré para siempre —me

dice.

Héctor me abraza y me tumba sobre la cama.

—Llevo tanto tiempo esperándote que vivir sin ti no es una opción.

—No quiero que pienses que esto es culpa tuya.

—¿Por qué no me lo has contado? —me exige, dolido por mi ocultación.

—Se puso en contacto conmigo cuando tú y yo estuvimos separados.

—¿Y?

—¿Y? Creo que es evidente. No estábamos juntos. Se supone que no debía importarte lo que me sucediera.

—Siempre me importará lo que te suceda. Es así. Y no lo he decidido

yo.

—Lo sé.

—¿Y ahora, por qué no me lo has contado?

Me quedo callada, tratando de encontrar una respuesta correcta a la pregunta. Héctor se me adelanta.

—Quiero que sepas que la única forma de superar esto es haciéndolo juntos.

—¿Estás seguro? —dudo.

Él asiente firmemente, me besa la base del cuello y me acaricia la clavícula. Algo dubitativa, cojo la tarjeta que hay en el bolsillo del pantalón y se la enseño. Héctor la ojea durante un rato, y luego, me echa una mirada confundida.

—No quiero que me tomes por loca, pero no dejo de ver al fantasma de mi hermana.

—No estás loca. Estás conmocionada.

—¿Y si fuera real? —pregunto, necesitada de que así sea.

—Los fantasmas no existen.

—El pasado sí —aclaro.

—Tienes razón.

Héctor me devuelve la tarjeta y se tumba bocarriba sobre la cama. Se coloca las manos detrás de la cabeza y fija la mirada en el techo, sumido en sus más profundos e inaccesibles pensamientos, lo que me deja la extraña sensación de que Zoé y él se parecen mucho.

—Te acompañaré si quieres ir —declara finalmente.

—¿En serio?

Él se gira sobre su costado y me sonríe de lado a lado. —Por supuesto. No voy a juzgarte. Sólo quiero ayudarte, y si crees que esta es la manera correcta de superarlo, me uniré a tu causa. —Gracias.

Le doy un beso en los labios.

—No sé si es buena idea. Nunca he creído en estas cosas —le digo, un tanto confusa por mi creciente interés y necesidad de acudir a la mujer chamán. —Yo tampoco. Pero esa mirada tuya me dice que ya lo has decidido. Yo suspiro.

—Qué bien me conoces...

—Más de lo que estás dispuesta a admitir —responde satisfecho.

Yo le echo una mirada sugerente y me tumbo a su lado.

—De ser así, ¿en qué estoy pensando en este preciso momento?

Héctor se ríe, me aprisiona bajo su cuerpo y me besa urgentemente. Su boca se mueve sobre la mía y su lengua me lame por dentro. Cuando se separa de mí, estoy jadeante y ansiosa.

—¿Estás pensando en lo mismo que yo? —declara, con una sonrisa

felina.

En la periferia de Madrid, perdida en una calle angosta y cercada por una tapia, hay una casa pintada en un estrambótico color turquesa. Las ventanas, cerradas por persianas de madera color rojizo, no permiten ver el interior de la casa. Héctor se adelanta a mí, y me echa una mirada inquisitiva. Yo asiento, y él golpea la puerta con los nudillos.

Apenas unos segundos más tarde, una mujer joven y de tez morena abre la puerta. Nos ojea a ambos, y una vez realizado el ligero escrutinio, fija toda su atención en mí. Yo hago lo mismo con ella. Es joven, y lleva el pelo negro trenzado en dos coletas que caen sobre sus hombros. Tiene el rostro bañado por el sol, y las facciones angulosas y atractivas. La mayor belleza se la confieren sus ojos negros, a excepción del anillo dorado que los rodea, y que llena de luz su desconfiada expresión. Viste unos vaqueros sencillos, y una blusa de color marrón y estampado tribal. Va descalza.

—¿Oneida? —le pregunto.

Ella niega con la cabeza y señala al interior de la casa. Sigue observándome con recelo e ignora a Héctor, lo que me resulta cómico, teniendo en cuenta que, por costumbre, él consigue el efecto contrario en el género femenino.

Le enseño la tarjeta que me envió "El Apache", y ella la coge con sus largos y morenos dedos. Le da la vuelta, y al observar la inscripción de "El Apache", su expresión torna a la censura más absoluta, lo que me otorga una idea de que la persona de "El Apache" no es bien recibida en esa casa.

—¿Goyathlay viene con usted? —me pregunta la joven india.

Yo niego tranquilamente.

—Goyathlay no tiene nada que ver conmigo —respondo, aunque teniendo en cuenta nuestro obligado parentesco, eso no es del todo cierto.

La joven me mira durante una larga pausa, y al final, se aparta de la puerta y nos invita a entrar en la casa. Hay un extraño olor, parecido al incienso, pero más intenso. No es desagradable, pero me cuesta acostumbrarme al perfume.

—Por aquí. Oneida la recibirá en su habitación. Está muy enferma. No debe cansarla —me informa, en un tono severo que no deja lugar a dudas.

Cuando Héctor va a adentrarse en la habitación que nos indica, la joven le coloca una mano en el pecho y lo detiene.

—Usted no. La sesión es individual. Sólo puede entrar ella.

Héctor se vuelve hacia mí, ligeramente contrariado.

—¿Estás segura? —me pregunta preocupado.

—Sí —miento.

—Aún estamos a tiempo de marcharnos.

Observo cómo la expresión de la joven se convierte en un rictus de irritación, evidentemente por tenernos allí, pero también molesta porque nota que somos reacios a confiar en la hechicera.

Sin darme tiempo a pensar, abro la puerta de la habitación y me adentro en ella, cerrándola de inmediato. El olor es más intenso en la habitación, y ahora puedo percibir la mezcla de eucalipto, que abre mis pulmones y me obliga a tomar más aire. Al principio me siento mareada, pero cuando consigo acostumbrarme, una creciente sensación de flotabilidad me embriaga.

Hasta que no consigo calmarme y me acostumbro a respirar el aire del ambiente, no percibo a la mujer recostada sobre el colchón. Su cabello blanco se esparce sobre la almohada, como un abanico sedoso del color del algodón. Numerosas arrugas cruzan su rostro, como el barro seco y cuarteado, lo que no me impide apreciar la belleza que, en el pasado, tuvo esa mujer india. Sus ojos oscuros se posan en los míos, y siento tal intimidad ante el contacto que necesito rehuir su mirada para recobrar mi entereza.

La mujer levanta una mano y me indica que me siente en un sillón de mimbre colocado justo al lado de la cama. Yo obedezco, callada y sin saber qué decir. Por alguna ilógica razón, pienso que ella me estaba esperando y que conoce el motivo de mi visita.

La anciana toma aire para hablar, y me doy cuenta de que esa simple acción entraña para ella gran dificultad. Está muy enferma, y la expresión de dolor es imposible de ignorar.

—Sabía que vendrías —anuncia, en un acento más marcado que el de la joven.

La escéptica que hay en mí cobra vida en ese momento. —Supongo que se lo habrá dicho "El Apache" —le digo, sin darme cuenta que nombrarlo por dicho apelativo no es la mejor forma de entablar conversación con alguien que comparte la sangre de su raza.

La expresión de la anciana se torna del mismo modo que lo hizo la

joven.

—No es bien recibido aquí. Demasiada sangre. Demasiada violencia —se lamenta.

Yo me quedo callada, sin saber lo que decir.

La anciana alza la mano pidiéndome que la apriete entre las mías. Yo lo hago. Su piel está fría, flácida, curtida y apagada por los años.

—Tienes el alma herida por el sentimiento de abandono. Las heridas del alma son profundas, como las raíces de un árbol, que se entierran en el subsuelo. Por mucho que tales el tronco, ellas siguen ancladas a la tierra. Como las heridas del alma, que se van con nosotros a la tumba. Yo no puedo curar tu dolor, pero puedo ponerte en contacto con aquella a quien echas de menos.

¿Cómo sabe eso?

Me siento nerviosa, y desesperadamente, intento alejar la mano de la suya, pero la anciana me la aprieta, con una fuerza inverosímil para tratarse de una persona en los últimos momentos de la vida.

—Cierra los ojos —me pide.

Yo hago lo que me ordena. No sucede nada, y algo irritada por ser tan influenciable, suelto un suspiro de hastío. —No sucede nada.

—Calla —me reprende la anciana—, niña insolente, para ver con el corazón has de cerrar los ojos. Confía en mí. Si eres escéptica, nada sucederá. Si crees, todo es posible.

Vaya cómo se las gasta la tal Oneida. Me quedo callada y trato de borrar mi escepticismo.

Oneida canturrea una canción india en un idioma que me es desconocido. Tiene una voz preciosa. Profunda, ancestral y masculina, pero no por ello menos bella. La mano de la anciana deja de estar fría, y en su lugar, un intenso calor irradia de su piel y se traspasa a la mía. El ambiente se enrarece con un aire más intenso, y mis fosas nasales perciben el olor del musgo y de la tierra mojada. El silbido del viento se cuela entre los árboles, y las hojas crujen agitadas por el vendaval. Una cascada de hojas amarillentas y anaranjadas llueve de la copa de un árbol, y los pies descalzos pisan el manto de colores.

—¡Sara! —me grita una voz conocida.

Mi corazón se llena de dicha y acude a la voz. Una luz, tan pura y luminosa como el sol, me habla desde el centro de un lago.

—¡Sara!

—¡Érika! —la llamo, reconociéndola de inmediato.

La luz se moldea hasta convertirse en el perfil femenino de mi hermana. Apenas sus ojos y sus labios trazados por la luminiscencia. Al hablar, los destellos de luz llueven sobre el lago, convirtiéndose en trazas de cristal turquesas y violetas. Un espectáculo sencillamente precioso.

—Te he echado de menos —me dice mi hermana riendo.

—Yo también —sollozo, y trato de acercarme para alcanzarla. La luz se hace más intensa y estalla en un espectáculo de colores que me ciegan temporalmente. He de apartar la mirada para recobrar mi visión.

—No te acerques —me pide con ansiedad—, está a punto de llegar.

—¿Quién? —pregunto desesperada.

Vuelvo a mirarla, y la luz de Érika ahora brilla más apagada, a punto de difuminarse.

—Mi asesino —manifiesta con voz neutra.

—¿Quién es? ¿Quién fue? ¡Por favor, dímelo! —le grito.

La luz parpadea y el rostro de mi hermana desaparece. El destello viaja a tal velocidad que me es imposible seguirlo. Entonces, se detiene al otro lado del lago, justo en el sitio del embarcadero.

—Está a punto de llegar. Tienes que irte —me dice.

—¡No, no me quiero ir! —le ruego, dándome cuenta de que soy yo, y no ella, la que comienza a desvanecerse.

La luz se transforma en un brazo femenino, cuya mano se cierra en un puño con un único dedo, que señala a una imagen real y del pasado. Érika corre hacia la embarcación, llorando y mareada, pidiendo ayuda. Alguien la persigue, pero apenas puedo percibir la sombra oscura de unos pasos. Entonces, mi hermana se detiene en el precipicio del tablón de madera, se vuelve hacia mí, y por primera vez, me ve. Se lleva un dedo a la boca y me guiña un ojo.

—Sssshhhh.

Oneida me mira fijamente con sus ojos completamente blancos. Sus uñas están clavadas en la palma de mi mano, y su cuerpo está en completa tensión, como si fuera a romperse de un momento a otro. Su espalda curvada hacia delante, y sus brazos echados hacia atrás. El cabello esparcido sobre sus hombros, y el rostro empapado de sudor debido al esfuerzo.

—¡Oneida! —la llamo asustada, tanto por su estado, como por lo que acabo de descubrir.

La anciana emite un gemido débil y se deja caer sobre la cama. Sus ojos se cierran y pierde la conciencia. En ese momento, la joven india entra en la habitación y me coge del brazo sin ninguna amabilidad.

—Tiene que marcharse. Ella está muy cansada.

—No puedo. Lo que acabo de ver. Eso ha sido necesito saber —le suplico.

La joven me echa una mirada furiosa.

—Vuelva mañana. Mi abuela está muy enferma. Cada vez que ayuda a alguien a visitar el mundo de los espíritus, una parte de su alma se queda en el otro mundo. Es el precio que tiene que pagar por dicho viaje. Márchese.

Yo me quedo acongojada.

—Lo siento. No lo sabía.

La joven me acompaña hacia la salida, donde Héctor me está esperando.

Me vuelvo hacia ella y saco mi cartera.

—Necesito saber sus honorarios.

—Oneida no cobra. Para nosotros, el don de un chamán es sagrado. No hay precio que valga.

Héctor me coge de la mano al notar el enfado de la joven y la desesperación de mi expresión.

—Gracias —le digo.

—Márchense. Vuelvan mañana, si quieren.