CAPÍTULO 5
PASO el resto del día contestando las preguntas de mi amiga Marta acerca de mi ruptura con Héctor. A la sexta, decido responderle amablemente que si no se calla pienso largarme con mi tía Luisa. Al final termina por claudicar, no sin antes decirme que soy una idiota por desaprovechar semejante oportunidad.
—Trenes millonarios y guapos como Héctor Brown sólo pasan una vez en la vida —me sermonea.
Yo hago oídos sordos a su comentario y me dedico a ordenar las cajas con mis pertenencias. Recibo un mensaje al móvil y lo leo.
No puedo creerlo. Es Héctor...
"¿Por qué has devuelto los regalos?".
Decido no contestar. No entiendo muy bien lo que se propone con este mensaje. Desde luego, no está siendo muy coherente consigo mismo. Me dan ganas de llamarle y gritarle cuatro cosas. Por ejemplo, que no puede decirme que no quiere volver a verme y luego en cambio seguir entrometiéndose en mi vida.
A los pocos minutos recibo un nuevo mensaje.
"No tenías por qué hacerlo. Eran y son para ti"
Tampoco pienso contestarle a eso. Es muy simple. Si son míos puedo hacer con ellos lo que me dé la gana, y he decidido que puede meterse los regalos por donde le quepan. Así de sencillo.
No entiendo el juego de Héctor, ¿acaso cree que soy tan buena actriz para que sus palabras no me afecten? Si quiero olvidarme de él no puedo seguir en contacto con Héctor.
Vuelvo a recibir otro mensaje de él.
"Terca como una mula".
Decido que lo mejor es borrar su número de móvil y empezar de cero.
Así lo hago. Dejo de recibir mensajes suyos, y para mayor mortificación, me
doy cuenta de que eso me duele. Ansío que él me siga enviando mensajes. No
me importa recibir migajas de cariño, así de penosa soy.
Mi subconsciente, cansada de escucharme, me dice lo siguiente:
"Tu problema es que no sabes lo que quieres. Hace unos minutos
estabas fantaseando con que Erik te bajara las bragas. Y ahora lloras por
Héctor".
—Quiero a Héctor, pero lo nuestro es imposible. De ahí que me dedique a ilusionarme con el primer hombre que me demuestra un poco de cariño. Mi subconsciente vuelve a las andadas.
"Sí que eres penosa, sí".
Obligada por mi amiga Marta, me he calzado unos tacones y me he colocado un ajustado minivestido de color azul eléctrico para salir de fiesta. Vamos a una discoteca. No tengo ganas de bailar. No tengo ganas de salir de fiesta. No tengo ganas de nada. Lo único que quiero es quedarme en casa, atiborrarme de palomitas y ver "Lo que el viento se llevó". Lo que viene siendo regodearme en mi pena, vaya.
Pero Marta insiste en que quedarme en casa un sábado por la noche es de ser una persona triste con una nula vida social. Definición exacta de lo que yo soy.
—Tienes veinticuatro años, ¡sal a divertirte y deja de llorar las penas! Como dice el refrán: "Un clavo saca a otro clavo" —me anima.
—Está bien, pero nada de buscarme ningún tío esta noche. Es lo último que necesito —la amenazo.
Marta pone cara de ángel.
Media hora más tarde salimos con nuestro grupo de amigas. Para cuando quiero darme cuenta, estamos rodeadas por dos chicos que Marta acaba de conocer y a los que me presenta. Yo la miro con cara de pit bull. Uno de ellos resulta ser un chico encantador que no me interesa lo más mínimo, al que tengo que aguantar gracias a que mi queridísima amiga está disparando todo su encanto hacia el otro chico. Raúl, mi acompañante, también es periodista, y al final nos acabamos sumergiendo en una conversación acerca de nuestros ídolos periodísticos, hasta que el sonido de mi teléfono móvil me interrumpe. Me disculpo y leo el mensaje.
"¿Quién es ese tipo?".
A pesar de haber borrado su número de teléfono, la masoquista que hay en mí se lo sabe de memoria. No me puedo creer que Héctor me esté espiando. Yo miro hacia uno y otro lado de la discoteca como si hubiera perdido cincuenta euros, pero no consigo verlo, por lo que deduzco que debe de estar gastándome una broma y sigo charlando con Raúl.
Me llega otro mensaje.
"El tipo de la chaqueta roja con el que estás hablando".
Contemplo la chaqueta roja de Raúl. Ahora sí que no tiene gracia. Me doy una vuelta por la discoteca tratando de encontrarlo, pero no lo veo por ningún lado.
Me llega otro mensaje.
"No me gusta verte con otros hombres. ¿Tan rápido me has olvidado?". Paseo la vista por la discoteca sin encontrarlo. Estoy hecha una furia. Me llega otro mensaje.
"No dejo de pensar en ti".
Esta vez, enfadada por lo que está ocurriendo, decido contestarle. No me puedo creer que Héctor se esté comportando de una manera tan egoísta. Me insulta, no quiere volver a verme, aparece con otra y se cree con derecho a hacerme chantaje emocional.
Soy clara en mi mensaje:
"Pues piensa en otra, ¿qué tal la pelirroja? Si hablamos de olvidar primero tú te llevas el premio gordo. Eres un cínico".
Acto seguido apago el móvil, me despido de Raúl y me voy con el resto de mis amigos a otra discoteca. Marta parece estar lo suficientemente encantada con su acompañante como para molestarla, por lo que me voy sin ella. Pasamos la noche empalmando discoteca tras discoteca, y al final, son las ocho de la mañana y tengo un dolor de pies terrible. Decido pasar la noche en casa de una amiga porque dudo que Marta vuelva a casa, y no quiero quedarme sola. Con lo que ha pasado en la cabaña, la neurótica que hay en mí ve peligro en cualquier parte.
—¡Sara, despierta! —la voz de mi amiga Celia me despierta de mi plácido sueño fantaseando con George Clooney, una máquina de café y tacones rojos.
No entiendo lo de los tacones rojos.
Miro el reloj y constato que es más de mediodía. Aun así, siendo domingo, no sé a qué viene tanto dramatismo.
—Haz el favor de no dar voces —le reprocho, llevándome una mano a la cabeza ante el dolor que siento.
Me vuelvo a echar en la cama, pero Celia me zarandea para que me despierte.
—¡Hay un tío que ha llamado a la puerta y está hecho una furia! Dice que lleva toda la noche buscándote.
Me siento en la cama de inmediato. —¡¿Qué?!
—Vístete. Lola está intentando detenerlo, pero no creo que aguante mucho. Va a entrar de un momento a otro.
—¿Pero qué dices, de quién estás hablando?
—Marta me ha dicho que era tu novio y que lo dejara entrar. Él la ha llamado para saber dónde estabas.
—¿Mi qué? —pregunto anonadada.
No me da tiempo a proseguir, porque la puerta de la habitación se abre de par en par y un imponente Héctor Brown entra. Recoge mi ropa, echa una pila en el suelo, y me la lanza a la cara.
—Vístete, tenemos que hablar —me ordena con voz furiosa.
—Vete a la mierda.
Celia sale de la habitación y argumenta que tiene que preparar el almuerzo, por lo que nos deja solos.
"Cobarde".
Héctor, como si estuviera en su casa, va hacia mi encuentro, me destapa y me saca de la cama. Yo lo contemplo perpleja en ropa interior.
—Te he estado buscando toda la jodida noche y tú has apagado el móvil —me acusa, con la voz cargada de tensión.
Voy hacia mi móvil y lo enciendo. En efecto, tengo más de treinta llamadas perdidas. Miro primero a la pantalla, y luego a Héctor. Entonces toda la rabia que llevo conteniendo durante esta última semana sale al exterior. Comienzo a gritar como una histérica.
—¡¡¡¡Estás muy mal de la cabeza!!! ¿Cómo te atreves a venir aquí, después de las cosas horribles que me dijiste, y a exigir que te conteste las llamadas? Tú y yo no somos nada. Ya no. ¡Sal de mi vida!
Cojo uno de mis zapatos de tacón y se lo tiro a la cabeza, pero Héctor lo esquiva y da un paso hacia mí.
—Sara, tranquilízate y déjame que te explique.
—¡No quiero tus explicaciones, no quiero nada de ti! —alcanzo el otro zapato y se lo tiro a la cabeza. Él vuelve a esquivarlo— ¡¡Eres un egoísta!! ¿Por qué no me dejas tal y como prometiste? Eres un creído, actúas como si fueras un ser todopoderoso. Ahora me dejas y luego vuelves. No puedes hacer conmigo lo que te dé la gana. ¡No tienes ningún derecho, maldito egoísta!
Me quedo callada y cojo aire. Héctor me contempla de manera inexpresiva.
—¿Te has tranquilizado ya?
—Sí —respondo secamente.
—Ahora vístete.
—Tú no me das órdenes.
—Vístete o te vestiré yo. Tengo algo que decirte y vas a escucharme quieras o no.
Yo lo contemplo con ojos recelosos, recojo mi ropa y comienzo a vestirme. Tarde o temprano voy a tener que escucharlo. Así que mejor que sea temprano.
Estoy en la habitación del hotel de Héctor sin saber muy bien qué hago aquí. Todo lo que sé es que Héctor ha remarcado que hay alguien que me está esperando y que debo conocerlo. No tengo ni idea de a quién se refiere.
La tensión se palpa en el ambiente, y el aire está cargado de sentimientos fuertes por parte de ambos, los cuales chocan tratando de entenderse. No hemos hablado durante los más de veinte minutos que llevamos a solas en la habitación, y estar sentada en la cama mientras Héctor da vueltas de uno a otro lado, me produce una tremenda incomodidad. Una incomodidad sentida por todos los momentos tiernos, pasionales e íntimos que hemos compartido. Me duele estar aquí con él y saber que entre nosotros toda esa intimidad ha desaparecido dando lugar a la dolorosa y silenciosa indiferencia producida por los reproches mutuos.
Héctor parece estar dispuesto a romper ese silencio que nos embarga.
—¿Piensas todo eso de mí? —me pregunta con cierta consternación, haciendo alusión a mis palabras cuando he vuelto a verlo.
Lo que siento está demasiado presente como para olvidarlo, así que contesto sin razonar ni medir mis palabras, tal y como lo haría una persona que habla sin pensar. Vamos, lo que suelo hacer yo siempre.
—Pienso que eres un egoísta acostumbrado a conseguir todo lo que quiere. Por eso sólo sabes pensar en ti mismo sin importarte el daño que puedas causar a los demás. El daño que puedes hacerme a mí. Y por supuesto, sigues con esa manía tuya de dar órdenes a todo el mundo.
Héctor se queda callado, como si estuviera recapacitando acerca de mis palabras. Durante varios minutos nos quedamos en silencio y mirándonos de reojo. Al final estallo.
—¿Dónde está esa persona tan importante que tengo que conocer? —pregunto perdiendo la paciencia, cualidad que nunca he tenido en demasiada estima.
Héctor habla con tranquilidad. —Está por llegar. —Eso espero —lo ataco.
Héctor se vuelve hacia mí, y por primera vez en nuestra conversación, me mira a los ojos, reflejando en ellos algo así como la ira. Sólo que peor.
—No he dejado de pensar en ti ni un solo segundo desde que hemos estado separados. En lo que a ti respecta, nunca he sido un egoísta. Siempre he querido lo mejor para ti. Lo sigo queriendo.
Yo me río abiertamente. Esa sí que no cuela.
—Permíteme que lo dude.
Héctor se sienta y no me mira al volver a hablar.
—No te he estado buscando sólo para presentarte a esta persona, también quería decirte algo, pero con lo que me has dicho me has dejado claro lo que sientes.
—Por lo que a mí respecta, puedes presentarme a esta persona "tan importante" y salir de mi vida para siempre. Tú también dejaste muy claro lo que pensabas de mí.
Héctor me mira otra vez con aire inexpresivo, y nuestro silencio es roto por el sonido de su teléfono móvil. Él mantiene una conversación con alguien que intuyo puede tratarse de Jason y le da las gracias. Acto seguido se dirige a mí.
—Ya está aquí —me informa. No tengo ni idea de a qué se debe tanto secretismo. Tras cinco minutos, alguien llama a la puerta de la habitación. Héctor se levanta para abrir la puerta, pero antes se dirige a mí.
—Te prometí que la encontraría —me dice enigmáticamente. Entonces abre la puerta.
Durante unos segundos sólo puedo contemplar a la niña que Jason lleva cogida de la mano. Tiene el cabello de un castaño cobrizo, la piel morena y los ojos de mi hermana. La miro alucinada, sin poder creer que esté aquí. Entonces miro a Héctor, quien me sonríe.
—¡Zoé! —grito.
Corro a por la niña y la abrazo, sintiendo una parte de Érika junto a mí. La pequeña no dice nada ni tampoco me abraza, pero a mí no me importa. Estoy tan feliz de tenerla junto a mí que no puedo creer que sea verdad. Me aparto para observarla detenidamente... Es innegable que la niña es la hija de mi hermana. Excepto por el pelo cobrizo de su padre, tiene los mismos ojos que Érika. Es su vivo reflejo.
—Hola Zoé, ¿cómo estás? —Héctor se acerca a la pequeña y le da un beso. Para mi sorpresa, la niña parece más receptiva con él y lo abraza, aunque sigue sin soltar palabra alguna.
Héctor Brown cautiva a las mujeres desde que son unas niñas.
Durante unos minutos sólo estoy pendiente de Zoé. La examino, la beso y le hablo. La pequeña me contempla embobada y desconcertada, y sé que se debe a que soy igual que su madre. Con ella en brazos, me acerco a Héctor y le doy las gracias.
—Gracias, de corazón. Aunque viviera mil años no tendría tiempo para agradecerte lo que has hecho por mí.
Él vuelve a ponerse serio.
—Te hice una promesa y la he cumplido. Mis contactos estuvieron siguiendo a "El Apache", y junto a los hombres de Erik, lograron darle caza. Ahora está en la cárcel y mis abogados harán todo lo posible para que pase varios años entre rejas. He arreglado todo el papeleo para que puedas tener la tutela legal de Zoé, no tienes por qué preocuparte de ello —me explica de manera firme, y sé que no me está mintiendo. Con la ayuda de Héctor no tendré que preocuparme por "El Apache" ni por el resto de trámites legales. Y aunque me siento dichosa por ello, no puedo evitar que su frialdad me duela.
Intento decir algo para arreglar todas las cosas horribles que le he dicho. en menos de una hora.
¡Qué bocazas soy! ¿Por qué no podré estarme calladita?
—Héctor, te debo una disculpa por todas las cosas horribles que te he dicho antes. De haber sabido que me buscabas para entregarme a Zoé, yo no las habría dicho. Lo siento.
—Hubiera preferido que no abrieras la boca aunque yo no te entregara a Zoé—replica él.
—Sí, tienes razón. Aun así no tengo justificación... pero estaba tan enfadada contigo. He de admitir que esto que has hecho me ha demostrado que.
Él me interrumpe.
—No sólo te buscaba para entregarte a la niña, Sara. Siento cómo una bocanada de esperanza me hincha el pecho. —¿Y entonces para qué has venido? —le pregunto esperanzada. —Ya no tiene importancia —responde él con indiferencia—. Te llevaré a casa con la niña.
—Héctor, quiero que sepas que.
—Sara, lo que querías ya lo has dejado muy claro. Me alegro de que tengas a Zoé contigo. Eso es lo más importante. Yo asiento.
Héctor nos lleva en coche hacia el apartamento que comparto con Marta y durante el trayecto, como viene siendo habitual en estas últimas horas, no nos hablamos. Estoy dispuesta a despedirme de él como es debido. Como se merece la persona a la que he querido por encima de todo. Sí, esa relación tan corta pero intensa. Para mi sorpresa, él habla primero.
—¿Dónde vais a estar tú y Zoé? Ahora que tienes a la niña a tu cuidado no puedes vivir en un apartamento de dos habitaciones compartido con tu amiga —me dice.
Yo asiento. En realidad lo tengo todo pensado. Él vuelve a hablar.
—Sé que te resultará "ofensivo" aceptar mi ayuda, pues si nunca has querido mis regalos, mucho menos querrás mi ayuda ahora que tú y yo no somos nada. Pero a pesar de todo pienso ofrecértela y espero que, al menos, pienses en ello y lo consideres como una opción. Tengo varias propiedades en la ciudad y puedes quedarte una de ellas para cuidar de Zoé. Además, necesitarás un trabajo para mantenerte y en la editorial hay un puesto vacante. Sólo tienes que decir sí.
Yo me quedo anonadada.
Después de todo lo que le he dicho él sigue preocupándose por mi bienestar. ¿Cómo he podido perder a este hombre?
—Héctor, muchísimas gracias por lo que me ofreces. Aunque ambos sabemos que mi orgullo y mi cabezonería me impedirían aceptar tal cosa. Me sentiría en deuda contigo para siempre.
Él no parece sorprendido ante mi respuesta.
—Tú no estás en deuda conmigo, Sara. Hago esto porque quiero y porque puedo.
Yo me estremezco al oír su voz ronca, sexy y firme. Cómo he podido perderlo.
Siento un intenso deseo de pasar mi lengua por sus labios y hundir mis manos en su pelo. Luego me gustaría lamer su duro abdomen y pellizcar esa mandíbula tensa que adoro, hasta grabar a fuego el brillo de sus ojos.
Pero eso ya no es posible.
—Lo tengo todo pensado. Me han ofrecido un trabajo como redactora de deportes. No es el empleo de mis sueños pero está bien pagado. Y siendo positiva, me gusta el fútbol —esto ha sido cosa de Raúl, el chico al que conocí en una discoteca—, además tengo previsto mudarme a casa de mi tía Luisa. Zoé necesita criarse en un ambiente familiar y mis tíos tienen varias habitaciones libres y ningún hijo. Estoy segura de que si Zoé y yo nos vamos a vivir solas me lo estarán reprochando continuamente.
Héctor asiente.
—Mi oferta seguirá en pie por si algún día cambias de opinión. Te deseo lo mejor, Sara.
Incapaz de contenerme, rodeo el cuello de Héctor y le doy un beso en los labios. Él no se aparta de mí, y durante unos segundos permanecemos con nuestros labios rozándose. Despidiéndose en esa tortura deliciosa que me derrite. Me separo de él sintiendo cómo un pedazo de mi alma se va consigo, y sin poder evitar que mis ojos se empañen. Salgo del coche sin decir nada. Sobran las palabras para decirle lo que siento. Él lo sabe.