CAPÍTULO 36

TODO el trayecto en barco lo paso acomodada sobre la barandilla mientras Héctor conduce el barco mar adentro, hacia el sitio exacto en el que hicimos el amor por primera vez. El mar está agitado y las olas chocan contra el barco, empapándome la parte del cuerpo que sobresale por la borda. Mi rostro se humedece y el pelo se contagia del olor a sal. No me importa. En este momento, mis emociones son tan inestables como las aguas bravas del mar.

Héctor ancla el barco y viene a mi lado. Adopta la misma posición que yo, quizá un poco más relajado, que me encuentro aferrada a la barandilla con todos los músculos de mi cuerpo tensos. Durante una hora no hablamos. Ambos estamos perdidos en nuestro propio mundo. Un mundo que excluye al otro.

Miro al inmenso océano antes de hablarle, y cuando lo hago, mi voz está imbuida por la calma.

—Héctor, ¿qué es lo que hacemos aquí? —le digo, dejando flotar la pregunta entre nosotros.

—Necesito hacer esto.

Me vuelvo para mirarlo y en su rostro está la expresión de la determinación más absoluta. Yo me he dado por vencida y simplemente me dejo hacer. Mis fuerzas se han agotado.

—Me arrepentiré toda la vida si no hago un último intento. Sólo tienes que escucharme y después tomar tu decisión. No voy a ponértelo más difícil.

—Para mí esto ya es difícil. Cuando te tenía lejos no era fácil, pero al menos podía seguir manteniendo el control. Tú sabes lo que provocas en mí —mi voz es áspera, como la fricción producida por dos rocas.

—¿Es eso lo que quieres?

—Sabes que no es lo que quiero. Yo dejé mi ciudad para ir contigo a Madrid. Incluso había tomado la decisión de seguirte a Nueva York, a un país que no es el mío. Iba a hacerlo por ti, porque te quiero y quería iniciar una vida en común —saco de la cartera un trozo de papel que había guardado desde nuestra ruptura. Se lo enseño. Héctor lo sostiene ante sus ojos sin decir nada—. Las compré porque su concierto es dentro de un mes en Nueva York. Sabía que te gusta mucho ese grupo.

Héctor no dice nada, y yo vuelvo a hablar sin poder evitar el resentimiento que acompaña a mis palabras.

—Te las enseño porque tú no confías en mí, ¿no es cierto? Lo dijiste aquella noche. Lo repetiste en varias ocasiones. Iba a ser tu regalo de Navidad.

Los ojos de Héctor me poseen con intensidad.

—No vuelvas a decir eso —me pide. —¿El qué?

—No vuelvas a decir que no confío en ti. Tú eres la mujer más digna de mi confianza que he conocido nunca —me advierte, lleno de convicción.

Ahora soy yo la que no habla. Me quedo observando la inmensidad del océano en el que hoy no hay delfines. Quizás sea una señal. Una declaración negativa acerca de que nuestra relación está abocada al fracaso.

—Hoy no hay delfines —comento sin ganas.

—Joder Sara, deja de buscar los puñeteros delfines y préstame atención.

Héctor me agarra de la cintura y me vuelve hacia él. Me obliga a mirarlo a los ojos y yo sostengo su mirada. Sus manos se anclan a mi cintura y las mías descansan inconscientemente en su pecho. Su cuerpo musculoso y fuerte, el cual tanto he ansiado en sueños, me parece un refugio perfecto en el que resguardarme de todos los peligros. Héctor es así. Siempre me ha ofrecido esa protección que yo he necesitado. Incluso ahora que él representa el mayor peligro, sus brazos me ofrecen la seguridad que necesito.

—Te voy a demostrar que confío en ti, del mismo modo que tú demostraste que confiabas en mí aquel día en el que te subiste al barco —me dice.

Héctor me coge de la mano y me arrastra hacia el camarote. Los recuerdos del pasado me excitan de inmediato, y la promesa de sexo enciende mis mejillas y acelera mi pulso. Pero Héctor no va hacia la cama. Abre uno de los cajones de un mueble de madera oscura y saca una fotografía. Me coge de la mano, me sienta sobre sus rodillas y su rostro se oscurece.

—Esta era mi madre —me explica.

Observo con atención a la mujer morena de gran belleza que hay en la fotografía. Tiene a un niño pequeño en brazos: Héctor. Su sonrisa sincera está empañada por un deje de sufrimiento que no logro entender.

—Me pediste que te contara lo que no me dejaba seguir adelante. Los fantasmas de mi pasado —me dice.

—Héctor, no sé si yo debo conocer esto después de lo que nos ha

pasado.

Él levanta el rostro y vuelve a mirarme con la convicción de antes.

—Tú eres la única a la que quiero contárselo. Y quiero hacerlo ahora. Esto es lo que me ha mantenido alejado de ti todo este tiempo y mereces saberlo. Después podrás tomar una decisión. Quiero que te vengas conmigo a Nueva York, pero antes tienes que saber la verdad.

Noto el temblor de sus manos al sostener la fotografía. Yo pongo las mías encima de la suyas y trato de infundirle ánimo. El necesario para que él me cuente esa historia que siempre ha guardado para sí.

—Mi madre.fue la persona más importante de mi vida. Ella era una mujer fuerte y bondadosa. Todo el mundo la quería. Todo el mundo menos mi padre —sus palabras están llenas de un gran dolor. Héctor continúa al notar mi atención—, que tenía amistad con fulanas con las que compartía noches de pasión. Cuando mi madre lo descubrió, mi padre la golpeó por primera vez. Mi madre pasó una noche entera en urgencias, y cuando los médicos le preguntaron, ella respondió que se había caído por las escaleras. Yo era un niño cuando eso sucedió, y a diferencia de lo que creen los adultos, los niños se enteran de todo. Mi padre era un hombre poderoso y mi madre provenía de una familia humilde. Él se fijó en ella porque era la mujer más hermosa y buena que había conocido nunca. Mi madre lo amaba ciegamente y él se aprovechó. Cada vez que la golpeaba, cuando las palizas terminaban y él se volvía sobrio, se arrepentía y le prometía que cambiaría. Un día mi padre se volvió loco de celos porque descubrió a mi madre sonriéndole a un hombre. La consecuencia fue que se pasó más que de costumbre y aquel día la dejó marcada para siempre con una cicatriz en la mejilla derecha. Aquella vez no se arrepintió. Mi madre decidió que estaba harta de aguantar las palizas e intentó escapar conmigo y con mi hermana, que por aquel entonces era un bebé. Sin embargo, mi padre llegó antes del trabajo y la descubrió. Aquel día no la golpeó, simplemente la amenazó con separarla de sus hijos si ella se atrevía a escapar. Él era un hombre poderoso y tenía todos los medios a su alcance para descubrir donde se hallaba. Mi madre tuvo miedo de ser separada de sus hijos por lo que decidió aguantar junto a ese marido maltratador. Cuando cumplí los catorce años me enfrenté a mi padre.

Contengo la respiración ante la historia de Héctor. La crudeza de sus palabras me produce una gran tristeza, y siento ganas de llorar por todas las lágrimas que él, estoy segura, no ha vertido durante todos estos años.

—¿Qué pasó cuando te enfrentaste a tu padre? —le pregunto con un hilo de voz.

—Él era un hombre fuerte y yo apenas un adolescente que había empezado a desarrollarse. Me dio una paliza por la que guardé cama durante una semana. Mi madre le gritó, lo maldijo y por primera vez en su vida se enfrentó a él. Mi padre decidió que yo merecía una lección aún mayor, por lo que me llevó a un internado para chicos. Pasé allí tres años con las únicas visitas de mi madre, a quien rogaba que lo abandonara y se llevara a mi hermana con ella. Cuando cumplí los diecisiete me quité de los estudios, encontré un trabajo y pedí la emancipación. Gracias a un buen abogado, amigo de mi madre, la conseguí. Lo primero que hice fue volver a casa y hacerle una visita a mi padre. Lo golpeé con todas mis fuerzas. Con toda la furia y el odio que yo había almacenado durante todos aquellos años. Me llevé a mi madre y a mi hermana fuera del país y le juré a mi padre que lo mataría si él las molestaba. Encontré un trabajo, retomé mis estudios, y cuando los acabé, tenía los ahorros suficientes como para montar mi propia empresa. Era una empresa pequeña pero daba beneficios. A los pocos años convertí mi empresa en Power Brown, pero mi madre nunca volvió a ser la misma. Ella estaba dolida por todo el sufrimiento del pasado y yo no era capaz de hacerla feliz. Su única ilusión era ayudar a las mujeres maltratadas que habían sufrido tanto como ella, por lo que fundé el centro y ella se desplazó hasta allí. Mi madre se empeñó en vivir en aquella destartalada cabaña pese a mis intentos por construirle un verdadero hogar.

Héctor guarda silencio durante un momento y luego vuelve a iniciar la narración de su historia.

—Mi madre podría haber vuelto a ser feliz en aquel lugar de no haber sido por la aparición de un nuevo hombre dispuesto a arruinar su felicidad. Julio Mendoza la conoció en aquel pueblo. Al principio él parecía un hombre bueno y sincero en sus intenciones. Mi madre se enamoró locamente de él, pese a mis advertencias y mis intentos frustrados por separarlos. Hasta que descubrió sus continuas infidelidades. Julio Mendoza resultó ser un adicto a las jovencitas y mi madre no pudo superar su segundo desengaño. Se sumió en una profunda depresión y yo me la llevé conmigo. Los médicos dijeron que ella tenía un cáncer incurable, pero yo estoy seguro de que ella murió de pena. Ella falleció por todos aquellos hombres a los que había amado y que no habían correspondido su amor. Cuando murió, me hizo prometer que seguiría con su labor en el centro de mujeres maltratadas y que jamás vendería la cabaña del lago. Sentí una impotencia terrible porque yo me había vuelto poderoso e influyente pero no logré salvarla. Yo no pude protegerla.

Sus últimas palabras están impregnadas de una rabia terrible.

—Héctor, no fue culpa tuya. Eras un niño cuando todo pasó —le digo.

—Yo debí protegerla —se reafirma. En este momento lo entiendo todo. Su carácter autoritario, su desconfianza hacia el amor y su instinto innato de protección. Todo cobra sentido porque él está encadenado a un pasado por el que se culpa.

—Héctor, no podrías haberlo hecho. Eras un niño. Tu padre y ese desgraciado de Julio Mendoza tuvieron la culpa. Debes dejar el pasado a un lado si quieres ser feliz —le aconsejo.

—Para cerrar el pasado necesito comenzar un futuro. Tú eres mi futuro,

Sara.

Héctor me tumba encima suya, pasa una mano por mi mejilla y me atrae a su rostro. Durante unos instantes permanecemos a escasos centímetros de nuestras bocas, sintiendo el dolor de la distancia. No puedo más. Lo rodeo por el cuello, rompo la distancia que nos separa y lo beso. Lo beso para hacerle olvidar su pasado. Lo beso para consolarlo. Lo beso porque lo amo. Héctor me quita la blusa, asciende sus manos por mi espalda desnuda y me tumba boca arriba sobre la cama.

—¿Estás segura? —me pregunta, pidiéndome permiso para continuar.

—Lo estoy —afirmo.

A partir de ahí nada lo detiene. Nos arrancamos mutuamente la ropa hasta estar desnudos el uno frente al otro. Héctor pasea sus manos por cada rincón de mi piel. Se detiene en mis pechos, ahueca las palmas de sus manos y los sostiene. Se lleva el pecho derecho a la boca, y yo le cojo la cabeza. Él retiene mi pezón bajo sus labios, succiona y este se vuelve tenso y de un color más intenso. Yo cierro los ojos, conteniendo la sensación. Él repite la misma operación con el pecho derecho.

Va dejando besos descendentes, cortos y húmedos por todo mi cuerpo. Baja por el sendero de mi ombligo y se detiene justo encima de mi monte de Venus. La palma de su mano acaricia mi monte de Venus depilado y él sopla sobre mi carne, haciendo que me retuerza de placer. Sus manos me cogen los muslos, los abren y los colocan encima de sus hombros. Él me acaricia la pierna desde los tobillos hacia los muslos, deteniéndose deliberadamente en cada parte de mi piel. Su boca suspira al encontrar mi hendidura, húmeda y palpitante ante las caricias deliciosas que todo mi cuerpo ha experimentado. Me muerdo el labio, clavo las uñas en las sábanas y cierro los ojos, rogando en silencio que él se apresure a tomar lo que le ofrezco. Lo que deseo.

Héctor pasa un dedo por el pliegue de mi hendidura y yo dejo exhalar un suspiro de placer. Satisfecho por el resultado que ha provocado en mí su simple caricia, se lleva el dedo a la boca y repite la operación, esta vez, introduciendo el dedo algo más. Mis manos van directas a sus antebrazos fuertes, y le clavo las uñas, soportando la agonía de sus caricias.

Héctor pasa su lengua por mi hendidura, de arriba abajo, y a partir de ahí yo no me contengo. Grito desatada. Él pasea su lengua por mi vulva, yo alzo mis caderas y le agarro la cabeza. Su boca me folla de una forma brutal. Héctor toma mi clítoris entre sus labios, tira de él y mi tenso botón se agranda.

—¡Oh...! —grito.

Sus dedos me penetran rápidamente. Dentro y fuera. De una forma que me enloquece. Le agarro el cabello y lo retuerzo entre mis dedos, alzando mis caderas para que el contacto con su boca sea máximo. Me retuerzo de placer, llegando a un orgasmo brutal que recorre todo mi cuerpo.

Héctor sube hacia mi boca, me besa y ambos compartimos mi propio sabor. Lo cojo de la espalda, lo rodeo con las piernas y le doy acceso a lo que él busca. Su polla me penetra hasta el fondo en el primer movimiento. Nos quedamos unidos mirándonos a los ojos.

—Joder.Sara —dice con los dientes apretados.

—Lo sé —respondo acalorada.

Héctor se mueve encima de mí, y yo alzo las caderas hacia su encuentro. Clavo las uñas en su espalda, y Héctor empuja más fuerte y rápido dentro de mí. Grito su nombre, y él llena de besos todo mi rostro, allá donde alcanza.

Necesito ser yo la que tome el mando de la situación, por lo que lo empujo para que sea su espalda la que toque el colchón y me siento a horcajadas sobre él. Me ensarto en su erección, coloco las manos sobre su pecho y muevo mis caderas. Héctor me mira extasiado.

—Sí. nena —dice con la voz quebrada.

Yo me muevo lentamente, haciéndole agonizar con mis movimientos controlados. Héctor me coge de las caderas y me empuja sobre su erección cuando yo bajo, ensartándome en su miembro. Me echo hacia atrás y me apoyo en sus rodillas, ofreciéndole una visión perfecta de mis pechos. Héctor se agarra a ellos, tira de mis pezones y me masajea los pechos. —¡Sí! —exclamo, volviéndome loca.

Lo cabalgo, poseída por esta pasión que mi cuerpo siente. Por la pasión que es imposible obviar. Héctor me agarra los pechos y me susurra palabras que me hacen sentir la mujer más bella, viva y única del mundo.

Me tumbo sobre él, con mis pechos aplastados contra sus pectorales. Mi boca lo devora. Nuestras lenguas se envuelven. Mi piel se confunde con la suya. Grito llegando al orgasmo. Un orgasmo que no es suficiente. Lo necesito todo de él.

Me bajo de encima suya, agarro su polla y me la llevo a la boca. Mi mano rodea su pene y mi boca lo envuelve, subiendo y bajando alrededor de la fina carne. Héctor me agarra el pelo, echa la cabeza hacia atrás y cierra los ojos. Verlo en ese estado de profunda evasión me enciende.

—Sí.chúpamela .así —lo oigo gemir.

Lo tomo entre mis labios y succiono la punta, sintiendo las primeras gotas de semen. Héctor empuja dentro de mí, me coge la cabeza y empuja hasta llegar a mi garganta. Se corre dentro de mi boca y yo mantengo su miembro dentro de mi boca hasta que las últimas gotas de semen escapan.

No me da tiempo a tumbarme a su lado, puesto que él me coge en brazos y me lleva hasta la ducha. Enciende el agua caliente y las gotas de agua resbalan por mi piel. Él me empuja contra la pared del baño y me obliga a abrir las piernas. Coge el mango de la ducha y apunta directo hacia mi palpitante vulva.

—¡Héctor! —grito.

El potente chorro de agua caliente me masturba de una forma deliciosa. Cierro los ojos, pego la espalda a los azulejos del baño y abro más las piernas. Héctor acerca el chorro a mi clítoris y yo gimo.

—Dime que te has masturbado pensando en mí —me dice.

Yo lo miro a los ojos, encendidos por el placer y la advertencia que le lanzo. Pero él sonríe, me besa y pellizca mis pezones, provocándome gemidos incontrolables que salen de mi boca. Aparta el chorro del agua de mi vagina y yo suelto un incontrolable murmullo de protesta.

—Te has tocado pensando en mí —me dice— del mismo modo que yo me he tocado pensando en ti.

Nuestros ojos se encuentran y yo aparto la mirada avergonzada.

Él tiene razón. Mi cuerpo lo ha echado de menos.

Héctor me agarra el rostro y me obliga a mirarlo.

—Todas las mañanas me despertaba con la polla dura por tu culpa.

Me da un tortazo en el culo que me escuece y me excita.

—¡Ah! —grito.

—Me masturbaba imaginándome que eras tú quien me la chupaba.

Me acaloro al sentir sus palabras.

Abro aún más mis piernas, necesitando que él me toque. De cualquier forma.

—Dime Sara, ¿te has tocado imaginando que era yo quien lo hacía?

—¡Sabes que sí, maldito cabrón! —exclamo alterada.

Héctor se ríe y vuelve a apuntar el chorro del agua hacia mi hendidura. Yo alzo las manos por encima de mi cabeza, arqueo la espalda y cierro los ojos. Estoy a punto de correrme cuando Héctor se detiene. Lo miro con los ojos llameantes.

—Aún no. Quiero que te corras conmigo —me dice.

Me coge de la cintura, me coloca las piernas alrededor de su cadera y me ensarta en su erección. Me folla contra la pared, con mis pechos pegados a su cuerpo y nuestras bocas besándose bajo el agua. Nuestros cuerpos están húmedos y muy excitados.

Héctor pasa un brazo por mi espalda y me aprieta contra él. Con la mano libre, desciende hacia nuestra unión y me acaricia el clítoris con su pulgar. Oh.ahora es tan intenso.

Cierro los ojos y escondo el rostro en el hombro de Héctor. No puedo evitarlo, lo muerdo. Oigo sus exhalaciones profundas y sus embestidas se vuelven más rápidas e intensas. Mis manos se agarran a sus glúteos y mis piernas afianzan el agarre alrededor de su cintura, haciendo la penetración cada vez más intensa.

Finalmente nos corremos juntos, llegando a un orgasmo brutal que me da esperanza.

Quizá, esta vez, sea el inicio de un futuro en común.