CAPÍTULO 40
DURANTE dos semanas mi vida con Héctor vuelve a la normalidad. Las discusiones se han esfumado, los celos y la desconfianza han desaparecido y mi esperanza se ha consolidado albergando un futuro en común. Quedan cinco días para Navidad y ya he invitado a mis tíos a pasar las fiestas con nosotros.
A decir verdad, no todo es como antes. Sigo viviendo con Sandra en nuestro piso alquilado a pesar de la insistencia de Héctor para que vuelva a su casa. Yo me niego y le expongo mis razones, las cuales tienen gran fundamento: Zoé se merece una estabilidad, y no quiero marearla hasta el punto de que ella desconozca el rumbo que va a tomar su vida. Sería egoísta por mi parte si vuelvo a casa de Héctor sin estar totalmente segura de que juntos tenemos un futuro. Mi futuro incluye a mi sobrina, de la que soy tutora legal, y mi obligación es ofrecerle un hogar estable.
De todas formas, queda menos de un mes para que Héctor viaje a Nueva York y le he prometido marcharme con él y abandonar mi país si tengo la certeza absoluta de que lo nuestro puede funcionar.
Por otro lado, Mike me ha llamado dos veces y yo no he sido capaz de cogerle el teléfono. No sé qué decirle, y además, estoy segura de que lo mejor es alejarme de él. Mike es la onza de chocolate que toda chica debe evitar. Y yo no quiero saltarme la dieta.
Por otro lado, la amenaza de Julio sigue preocupándome. Las fotos no han sido publicadas, pero estoy segura de que él está esperando el momento oportuno. Al menos, he aclarado con Héctor lo sucedido aquel día, por lo que las fotos no trastocarán nuestra momentánea paz. O al menos eso espero.
—Santana, ven a mi despacho —me comunica Mónica.
Mi jefa ya no me grita. Entre nosotras se ha establecido una extraña relación de confianza y sinceridad mutua que el resto de la oficina observa con incredulidad. No puedo decir que seamos amigas, pero nos llevamos bien y confiamos la una en la otra. Ver para creer.
—¿Has mirado ya lo de mi traslado a Nueva York? —le pregunto.
—Sí, lo he hecho, ¿estás segura de que vas a marcharte?
—No lo sé. Aún quedan tres semanas.
Mónica me señala la silla frente a su escritorio para que me siente y corre las cortinas de su despacho para ocultar nuestra conversación de las miradas curiosas del resto del personal de la redacción.
—Si no me echan tienes un puesto asegurado en Nueva York —me informa.
—¿Crees que van a echarte?
—A mí quizás. Tú puede que te libres, no lo sé. Tampoco debería preocuparte tanto, estás saliendo con uno de los hombres más ricos del mundo —me dice.
Pongo mala cara.
—Me preocupa mi futuro laboral tanto como a ti. ¿Qué se sabe del nuevo dueño de Musa?
—No tengo ni idea. Por más que he tratado de investigar, sólo consigo respuestas cortantes. Debe de tratarse de un holding o una sociedad anónima a gran escala.
Alguien aporrea la puerta del despacho de Mónica en ese momento. Quien quiera que sea no tiene preocupación por el mobiliario de la empresa.
—Estoy ocupada, vuelve en otro momento —gruñe Mónica.
El aporreador hace caso omiso de la orden de Mónica y abre la puerta de par en par. Ante nosotras se planta Daniela con el rostro llameante y el pelo despeinado. Su aspecto no es el habitual en ella. Lleva la ropa arrugada y el "eyeliner" parece haber sido trazado por una mano temblorosa.
—Daniela, qué sorpresa —la saluda Mónica con gran frialdad.
Daniela no la mira, ni la saluda. Se dirige hacia mí y me señala con una uña puntiaguda. Yo me echo hacia atrás cuando me percato de que la vena de su cuello está creciendo por momentos. Tiene el rostro teñido por un intenso color bermellón y las pupilas dilatadas.
—Tú tienes la culpa. Ya has conseguido lo que querías —me espeta llena de ira.
Su saliva me mancha la ropa, y tengo que hacer un esfuerzo supremo por contener mis ganas de limpiarme y mantener la compostura. Daniela está fuera de sí, y yo sólo puedo pensar:
¿Qué coño le pasa a esta loca?
—Daniela, aunque seas la directora de Musa no me gusta que entres en mi despacho sin mi permiso. Estaba manteniendo una conversación con Sara. Haz el favor de salir —le anuncia Mónica, sin vacilar.
Daniela gira el rostro hacia ella, y sus ojos se transforman de la rabia al odio más absoluto.
—Ya no soy la directora de Musa.
—¿No? —exclamamos las dos al unísono.
No puedo reprimir mi tono alegre al hacerlo, y Mónica esboza una sonrisa de tigresa a punto de lanzarse a por su nueva presa.
—Si no eres la directora de Musa, no tienes autorización para estar en la redacción. Fuera de mi despacho. Ahora —le ordena Mónica, quien parece estar disfrutando de lo lindo.
—¡Tú también me las pagarás! Tengo gran influencia, os destruiré a las dos.
Yo me río abiertamente, y Daniela vuelve a fijar los ojos en mí. —Eres una zorra, y estoy dispuesta a anunciar a todo el mundo que eres una trepa capaz de chupar pollas con tal de conseguir un puesto de trabajo. —¿Pero qué coño dices? —me altero.
Me levanto y me abalanzo sobre ella, pero Mónica me detiene y llama a seguridad.
—¡Conseguiste el puesto gracias a mí! ¡Héctor me pidió que te contratara y yo le hice el favor! Ahora ha comprado la empresa y me ha echado. ¡Tú se lo has dicho! Eres una trepa y voy a contárselo a todo el mundo.
Mónica se vuelve a mirarme al escuchar a Daniela. Yo no salgo de mi asombro y mi cara de desconcierto es palpable.
—No es posible. —me digo a mí misma.
Los guardias de seguridad llegan en ese momento y se llevan a rastras a Daniela, quien grita en voz alta y se retuerce, montando un espectáculo digno de la niña del exorcista.
—¡Oh, cállate ya! Siempre fuiste una histérica. Ten un poco de clase —la reprime Mónica.
Yo me dejo caer en la silla y me echo las manos a la cabeza, tratando de reordenar mis ideas. Ahora todo tiene sentido. El extraño comportamiento de Daniela, el misterioso comprador de Musa, la razón por la que conseguí el empleo.
Me siento engañada, herida y humillada. La rabia me puede.
Evidentemente, Daniela me contrató por hacerle un favor a Héctor. Por eso, y porque estoy segura de que a ella le gusta. Nada más tenía que fijarme en las miraditas que le echaba en aquella cafetería, o aquella vez que coincidimos y me ignoró a mí y a su pareja, teniendo sólo ojos para Héctor.
—¿Lo que ha dicho es verdad? —me pregunta Mónica.
—Te juro que no tenía ni idea de nada de esto —le aseguro.
Mónica estudia mi expresión con evidente recelo, pero al final, su expresión se suaviza y me dedica una mirada llena de empatía.
—Deberías echarme. No he conseguido el puesto por mis propios méritos —le aconsejo.
—¡No digas tonterías! Eres una buena reportera y no pienso prescindir
de ti.
—Ya has oído lo que ha dicho Daniela. —Lo he oído.
Mónica me aprieta la mano en señal de consuelo.
—Pero también sé que eres una gran profesional. Estás aquí la primera y te vas la última. Durante todo el tiempo que te he estado puteando no te has quejado, y curras más que nadie, ¿por qué iba a echarte? ¡Deja de autocompadecerte! Detesto a la gente que se da pena a sí misma.
—Gracias —le digo con gran sinceridad.
Mónica le resta importancia.
—No tienes que dármelas, sólo estoy siendo justa.
—Necesito tomarme el día libre. Descuéntamelo de mis vacaciones.
Camino decidida hacia la puerta.
—¿Adónde vas?
—A hablar con el nuevo dueño de Musa. Le voy a dejar las cosas claras.
Héctor llega a la cafetería en la que he quedado con él en la hora convenida. Me saluda con un efusivo beso en los labios que apenas me roza, pues yo le aparto la cara. No le da tiempo a preguntarme lo que me sucede, pues le grito exteriorizando toda la rabia que llevo acumulada desde que he conocido la verdad.
—¡Eres un mentiroso! —le grito.
—¿Sara, qué te pasa? No grites.
—Grito si me da la gana. Quiero que todo el mundo se entere de lo mentiroso, egoísta y rastrero que eres. ¡Mentiroso!
Los ojos de Héctor se oscurecen, su mandíbula se tensa y alza una mano para alcanzarme, pero yo me aparto, asqueada por su contacto.
—No te atrevas a tocarme.
—Entonces cálmate —me pide.
—¿Cómo quieres que me calme? Acabo de enterarme de que saboteaste la entrevista para que yo fuera contratada en Musa. No te importa el resto del mundo. ¿Qué hay de todas aquellas chicas más preparadas que yo que hicieron la entrevista? ¡Ni siquiera tuvieron una oportunidad!
—Te lo puedo explicar —me dice, tan tranquilo que yo me altero todavía más.
—Te escucho.
—Sabía lo mucho que deseabas un puesto de trabajo, y como no querías mi ayuda, decidí pedirle el favor a Daniela. Tú te merecías ese trabajo, tampoco hice nada del otro mundo. Lo hice porque me preocupo por ti.
—Me mentiste. Prometimos que no habría mentiras entre nosotros. Te pedí que me dejaras hacerme cargo de mi vida. ¡Es mi vida! ¿Acaso me crees una inútil?
—¡Por el amor de Dios, Sara, qué cosas dices! Eres la mujer más trabajadora e inteligente que he conocido nunca.
—Cualquiera lo diría. Saboteaste la entrevista. Acéptalo, Héctor, piensas que soy una idiota.
—Sara. —me advierte con los dientes apretados.
—¡No hay Sara que valga! —le grito, soltándole un manotazo cuando él intenta tocarme—. ¡Oh! Y esto no es todo. Como eres un ser todopoderoso al que los sentimientos de los demás no le importan y que puede hacer siempre lo que le venga en gana, has comprado la empresa en la que trabajo. ¡Maldita sea! ¿No tenías suficiente con enchufarme? ¿También sientes la necesidad de controlarme? Claro, como no confías en mí piensas que te la voy a pegar con el primer becario buenorro que aparezca en la sala de la fotocopiadora.
Héctor me mira asombrado. —Sara, ¿qué dices? Lo miro llena de ira.
—La verdad. Tú no la conoces. Te la presento. Verdad, este es Héctor. Aparece en su vida de vez en cuando, él te necesita. —Te estás pasando —me censura.
—¡Y tú qué! —protesto escandalizada por su enfado—. Tú me has mentido. Tú me has tratado como si fuera una tonta que no se entera de nada.
—Eso no es verdad. Si compré Musa fue porque quería darte el puesto que te mereces en Nueva York. Quería que fueras la directora central de la revista. No te daría ese cargo en una de mis empresas si creyera que no vales para ello, ¿no crees?
—No me pienso ir contigo a Nueva York —le espeto.
La cara de Héctor no se mueve ni un milímetro.
—Entonces pospondré mi viaje. Estás alterada. Lo verás todo con claridad después de unos días.
Su tono de tutor maduro me pone de los nervios. Como el padre que nunca tuve, Héctor se empeña en hacerme ver lo que es mejor para mí. El bien y el mal. El ying y el yang.
—Lo tendrás que posponer para siempre porque yo no pienso ir contigo. Nunca. En lo que a mí respecta, lo nuestro se ha terminado. Ahora que eres el dueño de Musa puedes despedirme si te da la gana. La nuestra va a ser simplemente una relación laboral.
—Sara, no sientes esto que estás diciendo. Lo sé.
Lo miro con una sonrisa ladeada.
—Tú qué sabrás lo que yo siento. Nunca me has escuchado. Te pedí que no existieran mentiras y has pasado del tema. No tienes ni idea de lo que siento en este momento. No te importo.
Héctor me agarra por los dos brazos, me acerca a él y me mantiene sujeta con el rostro a escasos centímetros del suyo. Me quedo paralizada al notar sus ojos furiosos y llameantes calcinar los míos.
—No te atrevas a decir que no me importas —me advierte, con su voz quebrada por la emoción.
Yo le sostengo la mirada y él me agarra y aprieta mis brazos. Intento soltarme, pero Héctor me aprieta contra su cuerpo y cae sobre mis labios. Me posee furiosamente, casi haciéndome daño. No me aparto, le devuelvo el beso con la misma ferocidad. Y cuando ya no puedo soportarlo, cuando la sensación se vuelve tan intensa que es imposible hacerle frente, le muerdo el labio y él me suelta. La sangre resbala por sus labios y Héctor me mira lleno de dolor.
—Tú ni siquiera sabes lo que es la confianza —le digo tristemente.
Me vuelvo y camino hacia el futuro, separándome de él. Héctor no hace nada para detenerme y yo lo agradezco. Agradezco que me lo ponga tan fácil cuando esto está siendo tan difícil. Nos separan cincuenta metros cuando me doy la vuelta para mirarlo. Está allí de pie, quieto y mirándome. Saco el móvil del bolsillo y lo estrello contra el suelo, haciéndolo añicos.
—¡Cambiaré de número de móvil! Se acabó —le grito con todas mis
fuerzas.
Rompo con todo mi pasado.
Héctor contempla fríamente el móvil hecho pedazos en el suelo. Los viandantes me miran asombrados.
Camino lejos, muy lejos. Las lágrimas furiosas resbalan por mis mejillas sin que yo haga nada por limpiarlas. Héctor y yo no tenemos ningún futuro.y joder, estoy loca.
¡He roto un Iphone!