CAPÍTULO 12
EL despertador suena a las siete y media de la mañana. Me desperezo y me siento en la cama. A pesar de ser tan temprano, no hay rastro de Héctor en la habitación. Tampoco hay luz en el cuarto de baño, por lo que imagino que ha salido a trabajar.
Me doy una ducha rápida y escojo la ropa para la entrevista. Al final, opto por un conjunto sencillo que denote profesionalidad: una blusa blanca con detalles turquesa en los puños y abotonada hasta el cuello, una falda de tubo negra cortada por encima de las rodillas, una americana del mismo color y unos zapatos de tacón muy altos. Lo sé, no es lo más cómodo, pero un ligero vistazo a la página web de la revista me informa de cuáles son las claves para conseguir el puesto: belleza, delgadez y caminar con dignidad en tacones de veinticinco centímetros. Y puesto que la segunda cualidad es difícil de conseguir con mi eterna lucha entre la talla treinta y ocho y la cuarenta, me decido por potenciar lo de "ir en tacones". En cuanto a la belleza, admito que tengo un rostro pasable. Un maquillaje que potencie el color de mis ojos y unas ondas abiertas en el pelo me convertirán en el tipo de mujer fatal que encaja en una revista de arpías.
El toque final lo consigo gracias a un precioso collar turquesa que compré en Milán. Genial, potenciando las posibles conversaciones inútiles en mi entrevista. Porque, siendo sinceros... ¿Qué van a preguntarme exactamente en una revista de moda?
Sugiero varias posibilidades:
a) ¿Dónde has comprado ese collar tan monísimo?
b) ¿Prefieres Dior o Prada?
c) Tu ahumado de ojos es horrible. Ejem, esto no es una pregunta, pero no se me ocurre nada más.
Me miro en el espejo, satisfecha con mi nuevo look. Estoy en ese término medio entre "zorra despiadada" y "gurú de los negocios", justo lo que buscaba. Doy una vuelta para no perderme un detalle, y... ¡Joder! Tengo el culo más gordo. La semana que viene voy al gimnasio. Lo prometo.
La puerta de la habitación se abre de par en par con un Héctor Brown con cara de asesino. Me mira, durante un rato. Entra en la habitación y no se molesta en cerrar la puerta, me señala con un dedo y grita al hablar.
—¿¡Cuándo tenías pensado decírmelo!? —pregunta muy, muy alterado.
Me rasco la cabeza y trato de entender a qué se refiere: ¿La entrevista? ¿La nota amenazadora? ¿El hambre en el mundo?
—¡Alguien te está amenazando y tú no me lo cuentas! Se suponía que no tendríamos secretos —me sermonea.
Ok, se refería a mi nuevo fan de intenciones poco halagüeñas.
—Oh, es que ayer llegaste muy tarde y no quería perturbar tu sueño —miento.
Esto de mentir se me da cada vez mejor, me digo a mí misma. Mi subconsciente cierra los ojos y niega con la cabeza, como si estuviera renegando de mí. Pues lo siento, maja, porque somos la misma persona.
Héctor corre hacia mi bolso. Aunque más que correr, lo alcanza en dos simples zancadas, lo vacía sobre la cama y comienza a hurgar sobre su contenido sin ningún pudor. Esa violación de mi intimidad me deja trastocada y paralizada, sin entender lo que él busca. De repente, sus ojos brillan al captar lo que busca, coge su teléfono móvil y maldice en voz alta. Acaba de observar el buzón de voz, en el que aparece una lista declaratoria de todas las llamadas que me ha hecho el número oculto.
"Si tienes intención de mentir, hazlo bien. Deberías haber borrado las llamadas", apunta mi subconsciente, negando con la cabeza y renegando de mí.
Héctor tira el teléfono móvil sobre la cama y me mira. De nuevo, con esa expresión de depredador que, tengo que admitir, me impone muchísimo. Ladeo la cabeza y esbozo una sonrisilla de: "no pasa naaa". Pero Héctor me la borra enseñándome unos perfectos dientes blancos que parecen querer morderme.
Por cierto, ¿cómo diablos se ha enterado Héctor?
Un nombre viene a mi cabeza al instante: ¡Mike Tooley!
Se va a enterar.pienso, mientras imagino una tortura que lo haga agonizar de dolor. Mi subconsciente se frota las manos y asiente, de acuerdo conmigo en que ese cabronazo se merece una lección.
—Deja de decir mentiras de una puñetera vez, Sara —me espeta Héctor.
—No es mentira, tenía pensado decírtelo mañana.
Guau, sueno convincente.
Pero Héctor no se lo traga. Echa la cabeza hacia atrás y se ríe. Su risa resulta cruel, casi dolorosa.
—¿Te crees que soy tonto? —me pregunta.
Quiero contestar que no, pero sé que es una de esas preguntas retóricas que no admiten respuestas, así que me callo.
Odio las preguntas retóricas. Para una persona como yo, a la que le gusta discutirlo todo, es un verdadero fastidio.
—Erik me ha contado que recibiste una amenaza antes de salir del pueblo. No es la primera vez.
Me mira con unos ojos capaces de derretir todo el polo norte.
Con que no ha sido Mike Tooley.
Puto Erik, ¡qué chivato!
—¡Vale, está bien! No tenía pensado decírtelo —admito derrotada. En este punto, seguir mintiendo resulta absurdo.
Héctor abre mucho los ojos, se acerca a mí y resopla. —¿Por qué? —exige saber. —Porque no quería preocuparte.
—¿Porque no querías preocuparme? —repite, en un tonito que hace que mi respuesta parezca estúpida—. ¿Y cómo te crees que estoy ahora?
¡Otra pregunta retórica! Así no se puede discutir. Me niego a quedarme callada y le replico.
—Estás tal y como no quería que estuvieras: preocupado. Seguro que tienes mil cosas en la cabeza en las que pensar, y yo no quiero que estés pasándolo mal por mi culpa. Estoy en otra ciudad, nada malo puede pasarme.
—¿Mil cosas en la cabeza en las que pensar? Lo único que tengo en la cabeza eres tú. Y tu excusa no me sirve. De nuevo, estás mintiendo.
Suspiro. Esto no va a ser fácil.
—Sí, tienes razón. Estoy mintiendo, ¿quieres saber la verdad? No te lo dije porque eres un maniático del control. Si te hubiera dicho que he recibido amenazas, no me dejarías salir a la calle sola. Tendría un guardaespaldas las veinticuatro horas del día. ¡Joder, tendría un guardaespaldas hasta para ir a dormir!
Héctor no lo niega, y yo me muerdo el labio inferior. Casi hubiera preferido que él lo hubiera negado y yo no tuviera razón. —¿Lo ves? —protesto desesperada.
—¿El qué, que me preocupo por ti? ¡Maldita sea, claro que lo hago! No puedo dejar que vayas por ahí sola cuando estás recibiendo amenazas.
—Puedes y lo harás. Si quieres que siga viviendo en esta casa necesito libertad para entrar y salir cuando a mí me plazca. Si no lo haces me largo —le informo, muy segura de mí misma.
Héctor va hacia la puerta, la cierra de un portazo y vuelve hacia mí.
—No lo hagas —dice lleno de rabia.
—¿El qué? —pregunto sin entender.
—Amenazar con marcharte cuando las cosas no vayan bien. No tienes derecho, yo jamás lo haría —replica herido.
Yo me muerdo el labio, algo arrepentida por tener un comportamiento tan infantil. Tiene razón, sólo una adolescente inmadura amenazaría con largarse cuando discute con su pareja. Una mujer hecha y derecha discutiría, y en todo caso, si el problema no tuviera solución, se largaría sin lanzar una amenaza vacía.
Héctor se fija, por primera vez, en la ropa que llevo puesta. Me mira durante un largo y tenso minuto que se me hace eterno. Al final habla. —¿Dónde vas? —pregunta de mala manera.
—A una entrevista de trabajo —respondo, utilizando el mismo tono
que él.
Héctor asiente, bastante incrédulo. Se pasa la mano por el cabello como cada vez que está de mal humor. Esta vez, es como si quisiera arrancarse varios pelos para así desfogarse. Me mira durante otro largo y tenso minuto. —¿Cuándo pensabas contármelo? —Iba a contártelo en caso de que consiguiera el trabajo. Héctor se ríe. No es una risa graciosa. —Claro, no te quedaría más remedio. También es verdad.
—¡¿Y para qué quieres trabajar cuando hay un jodido psicópata por ahí fuera intentando matarte?!
Yo pongo los ojos en blanco. Hay tantas, tantas razones, que no sé por cuál empezar. Al final, opto por hacerle un "microrresumen" con las más evidentes.
—Oh.no sé, ¿para ser una mujer independiente? ¿Para ocupar mi tiempo en algo productivo? ¡No voy a depender de ti cuando tengo una sobrina a la que cuidar! Joder, no soy un parásito.
Héctor me mira con dureza.
—No hace falta que trabajes, Sara. Creo que he dejado claro que esta es tu casa. Todo lo mío es tuyo.
Yo niego con la cabeza, dispuesta a mantenerme en mi terreno.
—Héctor, no se trata de eso. Quiero trabajar. Si estudié una carrera universitaria fue porque soñaba con ser periodista, en serio. ¿También vas a decidir sobre eso?
—¿A qué te refieres? —pregunta extrañado.
Todo lo que llevo guardando desde hace algunos días sale al exterior. Sin quererlo, sin pesarlo, le digo lo que opino acerca de ese carácter autoritario que me asfixia. Que no soporto.
—El otro día dijiste que yo era sólo cosa tuya. No es cierto. Mi vida sólo me concierne a mí. Yo jamás me meteré en tus decisiones. No lo hagas tú con las mías. Tengo derecho a decidir. No soporto que me den órdenes. Tal vez te hubiera funcionado con cualquier chiquilla tímida y apocada, pero en mi vida, Héctor, mando yo. Tú no.
El rostro de Héctor se convierte en una máscara de inexpresividad bajo la cual, entiendo, hay demasiados sentimientos ocultos.
—¿Así me ves, como un ser autoritario y déspota? —pregunta fríamente.
Me quedo callada.
—Me voy a trabajar. Buena suerte con la entrevista. Sale de la habitación sin mirar atrás. No da un portazo, simplemente se larga. Con elegancia.
Antes de marcharme para la entrevista, escribo un sms a Erik de lo más
conciso:
Eres un bocazas.
No recibo respuesta. Tampoco la espero.
Voy con una mala leche a la entrevista que estoy dispuesta a comerme al primero que me toque los ovarios esta mañana. Para más inri, no he desayunado, y me muero de hambre. Miro la hora, y constato que me quedan veinte minutos para la entrevista, por lo que entro en una cafetería situada justo al lado del edificio de las oficinas de la revista.
Como siempre que estoy enfadada, vuelco mi frustración en la comida. Pido un sándwich de queso, un bollo de chocolate, tortitas con sirope de arce y un zumo de naranja. En momentos como este, el malhumor sólo me lo quita la comida.
No me doy cuenta de que una rubia alta y espigada me observa con detenimiento. Un poco incómoda por la mirada escrutadora que lanza a mi comida, pago la cuenta y la observo de arriba abajo, tal y como ella hace conmigo. Lleva un ajustado vestido color bermellón a juego con su barra de labios, unos tacones imposibles y una cara de mala hostia peor que la mía.
—¿Te vas a comer todo eso? —pregunta con cara de asco, señalando mi comida con un dedo puntiagudo y remarcado desprecio.
—¿Y a ti qué te importa? —la espanto.
Acto seguido, agarro la bandeja de mi desayuno, me doy media vuelta y enfilo hacia una mesa apartada de la multitud. Detesto a la gente entrometida. Ese tipo de personas debería vivir en una cueva y estar aisladas del resto del mundo. Sobre todo, apartadas de las personas como yo, quienes aborrecemos a los desconocidos que hacen comentarios inoportunos acerca de tu vida que no te importan. O quizá sí, pero te sientan mal.
Estoy masticando un trozo de sándwich con elástico queso fundido debatiéndose entre quedarse dentro de mi boca o pegado al pan de molde, cuando me percato de que la señorita entrometida está de pie, junto a mi silla, mirándome con ojos ofendidos.
—Eso ha sido de muy mala educación —me reprende, en un tonito repipi que me enerva.
¿En serio todavía hay gente así en el mundo?
—Me parece muy bien —respondo en tono indiferente, masticando otro trozo de sándwich y mirando hacia otra parte.
La señorita Miss Sílfide 2013 se larga con la cabeza alta y las caderas bamboleantes. Tal vez haya sido tan grosera como ella dice, pero qué quieres que te diga, si una espagueti viene a tocarme las narices a la hora del desayuno, después de haber tenido una bronca monumental con Héctor Brown, haciéndome sentir como la hermana gemela de Moby Dick, esa ballena que masticaba humanos cuando la cabreaban, respondo con total carencia de educación.
Termino de desayunar, me retoco el maquillaje y voy a las oficinas de la revista, situadas en la segunda planta de un imponente edificio acristalado. El resto del edificio lo constituyen diversas empresas de publicidad, filiales de las filiales de las filiales y una inquietante marca de ropa erótica que siempre he deseado ponerme en mis sueños más húmedos.
La recepcionista, una chica bastante maja, me da una identificación en la que reza: Candidato número veintiocho. Paso a una sala de espera en la que hay, exactamente, veintisiete personas. Genial, tengo que competir por el puesto con veintisiete chicas, en su mayoría, excepto algún que otro varón. La sala de espera está acristalada, por lo que puedo observar el ambiente de la redacción: gafas de pasta multicolores, bolsos de Loewe, tacones imposibles y un festín de perfumes que harían enloquecer al mismísimo Jean-Baptiste Grenouille.
Los candidatos son llamados uno por uno por una chica con gafas, sonrisa sincera y alborotado pelo rizado. La pobre es como si no pudiera encajar allí, y de inmediato, se me hace simpática. Algunos candidatos entran con cara de terror a la entrevista y salen con cara de fastidio. Otros entran con cara alegre y salen con cara de horror. Los que menos, los privilegiados, salen con una reluciente sonrisa.
—Sara Santana —me llama la chica del pelo rizado.
Me levanto y la sigo. Me conduce hasta un despacho y antes de irse, me desea buena suerte. Llamo a la puerta y una voz femenina y repipi me ordena que pase. Cuando lo hago, mi entrevistadora me contempla primero con sorpresa. Luego, relamiéndose de gusto.
¡Hostia puta, la repipi de la cafetería!
Me siento en la silla que hay junto al lado de su mesa, casi mareada. —Puedes sentarte —dice gélidamente. ¡Ay madre, no me van a dar el puesto! ¿Por qué no podré estarme calladita?
—Encantada de conocerte...Sara Santana —dice, ojeando el curriculum que tiene sobre la mesa—, soy Mónica Laguna, la redactora jefa de Musa.
¿La revista se llama Musa? ¡Vaya, como la mayonesa!
Casi me río, y digo casi, porque esos ojos verde grisáceos se clavan como puñales en mi alma. Esta mujer impone demasiado. Tiene el cabello de un rubio dorado y completamente liso, los ojos rasgados y oliváceos, los pómulos altos y unos labios grandes y carnosos. Es bellísima, pero hay tal frialdad en su belleza feroz que me impone un poco de miedo.
No sé qué decir, ¿qué digo?
Opto por hacerme la despistada y respondo que yo también estoy encantada de conocerla.
—¿Cuál es tu experiencia profesional? —me pregunta con tal frialdad que es evidente que mi cara, desde luego, no la ha olvidado.
—He trabajado para un periódico local cerca de un año, luego trabajé como freelance en el diario "El Sur", y hasta hace poco, trabajé en el periódico de un pequeño pueblo a cargo de Julio Mendoza.
Lo último que me apetece es recordar a Julio, pero voy a utilizar parte de su influencia para quedarme en Musa.
La rubia repipi no parece impresionada.
—¿Qué edad tienes?
Voy a contestar cuando me corta.
—¿Te molesta que te haga preguntas sobre temas personales? No quisiera ser entrometida —me dice, con una sonrisa que me deja helada. La tía está disfrutando de lo lindo.
—En absoluto. Tengo veinticuatro años —respondo, aparentando una naturalidad que no siento.
—¿Veinticuatro años y esa escasa trayectoria? —se burla.
¿Escasa trayectoria? ¿Sabrá esta mujer que la Universidad se acaba con veintidós años? Desde entonces, he hecho un máster y he tenido varios trabajos. Parada no he estado. Se lo explico.
Mónica, la rubia repipi, parece no escuchar mi respuesta. Se dedica a ojear mi currículum con interés, buscando algo, y cuando lo encuentra, sus ojos brillan con malicia.
—¿Cómo conseguiste trabajar para Julio Mendoza?
—Éramos vecinos, le gustó mi trabajo y me contrató.
—¿Sólo vecinos? —me cuestiona, dando a entender cosas que no son.
—Por supuesto que éramos sólo vecinos —repito, bastante cabreada.
La tensión se puede cortar con un cuchillo, y he pasado de la vergüenza a la rabia. ¿Quién se cree esta mujer para tratarme así? Y, sobre todo, debería ser profesional y dejar las cuestiones personales a un lado. Véase cuestiones personales como un mero encuentro fortuito de escasa duración y contenido verbal determinado en el que la pedorra-entrevistadora hostigó a la entrevistada de manera que esta se vio obligada a comportarse de manera poco convencional y educada.
—Me cuesta creer que Julio Mendoza contratara a una joven inexperta porque "le gustó su trabajo".
Ella enarca una ceja y me mira desafiante. —Pues créetelo —le espeto.
Mónica parpadea con fingida inocencia sus largas pestañas con rímel enmarcando unos fieros ojos oliváceos.
—Te veo tensa, ¿te incomoda la entrevista?
Yo suspiro. Las cosas, cuanto antes se aclaren, mejor.
—Mira, reconozco que esta mañana no he estado muy lúcida, pero preferiría que en estos momentos nos centráramos en lo estrictamente profesional, si no le importa —no obstante, como en el fondo soy muy sincera, continúo—. Te pido disculpas por el incidente en la cafetería. Es que no me gusta que una desconocida me hable como si me conociera de toda la vida.
—¿De toda la vida? Ni siquiera sé quién eres. No sé a qué te refieres.
Palidezco, ¿en serio? ¿Cómo se puede mentir y parecer tan normal a
la vez?
¡Esta tía es una genia! Además de una zorra, claro. —Lamentablemente no tienes el perfil que buscamos. Se levanta. Yo hago lo mismo.
—¿Y qué perfil buscáis? —pregunto de manera desafiante.
—Uno muy distinto al tuyo, desde luego —responde otra vez con esa vocecilla burlona que me pone de los nervios—. Hasta nunca, bonita.
La puerta de la sala se abre justo antes de que Mónica alcance el pomo. Una mujer que roza la cuarentena, con una media melena negra bien cuidada, entra y cierra la puerta tras de sí.
—Daniela, pensé que estabas en París, ¿qué tal fue el viaje? ¿Todo bien? Te veo estupenda, tienes un corte de pelo ideal —la halaga Mónica.
Yo entorno los ojos. El Óscar es para Mónica Laguna, capaz de pasar de zorra a pelota encantadora en menos de un minuto.
La tal Daniela habla.
—Mónica, ahora que estoy aquí, voy a continuar yo con las entrevistas. —Apenas quedan candidatos y...
—Da igual, yo entrevistaré a los que queden —Daniela posa sus ojos en mí y me observa con detenimiento—. ¿Nombre? —Sara Santana. Le estrecho la mano.
—¡Vaya Santana, estrechas la mano fuerte, me gusta! —exclama satisfecha.
Yo sonrío.
—Siéntate, comencemos la entrevista.
Me siento, ante la atónita mirada de Mónica.
—Sara se iba ya, hay muchos entrevistados y.
—Pues que esperen. De aquí no se va hasta que yo la entreviste —le dice en tono cortante.
Mónica se sienta a mi lado y yo sonrío. Daniela ojea mi currículum de arriba abajo.
—Una excelente trayectoria para tan corta edad. Trabajaste en "El Sur", impresionante, ¿por qué ya no trabajas allí?
—Me ofrecieron una oferta en un momento de mi vida demasiado delicado. No pude aceptarla —respondo con total sinceridad.
—Sabes que Musa es una revista muy distinta a El Sur. Aquí no hablamos de política, sólo de moda, belleza y los famosos de rabiosa actualidad. ¿Por qué te interesa trabajar con nosotros?
Soy sincera. Me da la impresión de que la tal Daniela es capaz de oler una mentira a kilómetros de distancia.
—Porque necesito el empleo. Estoy en Madrid, tengo obligaciones familiares que cumplir y ganas de trabajar.
Daniela asiente muy seria.
—¿Te gusta la moda?
—Lo necesario.
—¿Te maquillas frecuentemente?
—No sé utilizar el Eyerliner —admito.
Oigo cómo Mónica se ríe por lo bajini, y siento ganas de estrangularla. —No te gusta la moda, no te gusta el maquillaje. ¿Qué crees que podrías ofrecer a Musa?
—Una buena ortografía, sin esas cursiladas adornadas de fotografías que sólo sirven para rellenar huecos vacíos.
Mónica me mira con la boca abierta.
¿He dicho yo eso?
Daniela tiene una expresión inescrutable.
—La oferta es de redactora en la sección de personajes célebres. Me gusta la música, adoro leer, y soy una aficionada al cine. Si entrevisto a un cantante, escritor o actor, estaré informada de su trabajo, le haré preguntas profesionales, y en definitiva, ofreceré una buena entrevista.
—¿Y si te toca una celebridad tipo Isabel Preysler? —me desafía Daniela.
—¿Esa no es muy vieja? Yo creo que ya no interesa a nadie —respondo.
Daniela se ríe, por primera vez en toda la entrevista. Sé que le he caído en gracia. No está acostumbrada a tener a gente que le diga las cosas a la cara, pero estoy segura de que tiene a un séquito de "Mónica-pelotas" echando flores por donde pisa.
Daniela se levanta y me da un fuerte apretón de manos.
—Tengo que seguir entrevistando al resto de candidatos. Te llamaremos con una respuesta en menos de una semana.
—¿Y si no me cogen? —me apresuro a preguntar.
—En ese caso también la llamaremos.
—Eso es lo que dicen siempre.
¿Qué? ¡Es verdad!
Daniela vuelve a reírse.
—Encantada de conocerla, Sara Santana.
Salgo de la entrevista con más buen humor del que llegué. Hoy tengo una corazonada. No sé por qué, ni cuál es la razón de ello, pero algo me dice que el puesto es mío. Llego a casa y Ana me informa de que Héctor ha avisado que no vendrá a cenar. Definitivamente está muy enfadado.
Harta de todo, cojo una zanahoria y rehúso almorzar. Estoy mirando por la ventana de la cocina cuando veo a Mike Tookey. Mi "simpático" vecino está agarrado por la cintura de dos chicas sacadas del catálogo de Intimissimi. Lo miro y me mira. Muerdo la zanahoria sin quitarle el ojo de encima. Mike me hace un gesto obsceno que viene a ejemplificar una práctica sexual bastante común. Una que se hace con la boca.
Imbécil.
Lo miro y parto la zanahoria en dos.
Mike pone cara de terror, se agarra a las zorritas y se mete en su casa.