CAPÍTULO 20

—ZOÉ, ¿qué son esas marcas? —le pregunto a mi sobrina. La niña, vestida con su pijama rosa de princesas Disney, acerca la mano a una de las ronchas para rascarse y aliviar el picor que imagino debe de sentir. —¡No! —le digo—. No te rasques, cariño.

La saco de la cama y examino todas las ronchas. Sin duda, mi sobrina tiene la varicela. La visto tratando de rozar lo menos posible todas las ronchas que le han salido, y cuando la niña vuelve a intentar rascarse, le aparto la mano y le digo que no con la cabeza. Zoé emite un puchero y, acto seguido, comienza a llorar.

—No llores, por favor. Vamos a ir al médico y verás cómo te mejoras.

Este es uno de esos momentos en los que deseo que Héctor esté a mi lado y lleve las riendas de la situación. Es increíble cómo algo tan absurdo como una varicela puede sobrepasarme, pero exactamente es así como me encuentro: sobrepasada por la situación.

Mi sobrina supone todo un enigma para mí, y saber que está enferma y no puedo hacer nada para aliviarla me produce un gran malestar.

Una hora más tarde, estoy de regreso con un sinfín de pomadas y polvos de talco. Embadurno a Zoé de polvo de talco, hasta que la pobre parece uno de esos pasteles cubiertos de azúcar glass. Un nevadito.

Al menos, ahora ha dejado de rascarse.

Paso el resto del día viendo películas animadas con mi sobrina y vigilándola para que no se rasque ninguna de las pústulas. Héctor no tarda en llegar, y al observar a Zoé, me mira a mí.

—¿La has llevado al médico?

—Claro que la he llevado al médico —respondo, poniendo los ojos en

blanco.

Héctor se sienta en el sofá, y de inmediato, Zoé corre a darle un abrazo. Rodea sus bracitos alrededor de su cuello y se cuelga de él como si fuera un monito. No habla, pero las palabras carecen de sentido para comprender el amor natural que siente mi sobrina por Héctor.

Un pinchazo de decepción hace mella en mi orgullo. Algún día, me digo, conseguiré que Zoé no rehúya mi contacto.

Héctor besa a Zoé en la mejilla y la sube a su regazo.

—Menos mal que hemos pasado la varicela —me dice.

Me pongo lívida.

No había pensado en ello.

—¿No has pasado la varicela? —adivina.

—No lo recuerdo. Creo que mi hermana y yo no la pasamos de pequeñas.

—Es mucho peor que la sufras de mayor. Deberías alejarte de Zoé durante unos días.

—¿Y adónde quieres que vaya? ¡Vivimos en la misma casa! Héctor se queda callado.

—He estado todo el día con Zoé. Si no me ha contagiado ya el virus, dudo que vaya a enfermar ahora —respondo. Héctor no parece muy convencido.

—Eso espero. Ya eres un tanto insoportable como para serlo más si enfermas.

—¡Héctor!

Él se ríe, y mi sobrina, que aunque no habla parece comprenderlo todo a la perfección, también se ríe. Me enfurruño y me acurruco en el sofá. A la hipocondriaca que hay en mí comienza a picarle todo. Hasta las pestañas.

Un día más tarde...

—Estate quieta. No te rasques.

Héctor me coge de las muñecas para evitar que vuelva a rascarme en el hombro izquierdo.

—¡No tienes idea de lo mucho que pica! —estallo. Héctor me da un beso en la punta de la nariz. —No deberías tentar a tu salud.

Lo esquivo, irreflexivamente molesta porque él no me deja rascarme. Pero me pica tanto.

Héctor señala el conjunto de dvds que ha dejado sobre el televisor de la habitación. Llevo tan sólo nueve horas enferma, pero Héctor se ha convertido en el mejor enfermero que pudiera tener.

—Voy a comprarte el helado que me has pedido. Ni se te ocurra rascarte mientras yo no estoy.

—¡Qué sí, pesado!

Él no parece muy convencido, y duda en marcharse o no. —Te quedará marca si lo haces —me advierte. —¿Y no me querrías fea y llena de marcas? —hago un puchero. —Te quiero demasiado y lo sabes —me dice, y me deja un beso rápido en los labios.

Evito no rascarme en lo que Héctor tarda en traerme el helado que le he pedido, pero no puedo evitar pasar las yemas de mis dedos por algunas marcas y suspirar de placer cuando el picor se desvanece un poco.

Como si adivinara mis intenciones, él llega en un tiempo récord. Me da el helado de chocolate y comienza a examinar todas mis marcas, como si dudara de que yo no lo hubiera obedecido.

—Buena chica —comenta satisfecho.

Mi sobrina aparece en ese momento y se tumba a mi lado. Se ha curado casi por completo de la varicela, y apenas le quedan ya un par de marcas. Me ofrece su peluche preferido y me lo da, como si quisiera que él me curara. Acto seguido, se acurruca a mi lado. El gesto infantil me conmueve hasta el punto de que los ojos se me llenan de lágrimas.

Héctor se tumba a nuestro lado sin decir nada, nos abraza a ambas y permanecemos los tres allí, como una familia de verdad, lo que llena mi pecho de una sensación desconocida. Pasamos la tarde viendo películas todos juntos, y para cuando quiero darme cuenta, mi sobrina se ha quedado dormida. Héctor se la lleva hasta su habitación y vuelve a los pocos minutos.

—Te dije que sólo necesitaba tiempo —me recuerda.

Yo asiento, sintiendo una gran dicha por dentro, que es disuelta cuando el picor vuelve a aparecer.

—Voy a prepararte un baño de avena —me dice el doctor Brown.

Diez minutos más tarde, el baño está preparado a la temperatura perfecta. Estoy a punto de desvestirme cuando reparo en Héctor.

—Márchate —le ordeno.

—Estarás de broma.

—No quiero que me veas así. Estoy llena de granos. Estoy horrible. —Cariño, adoro tu cuerpo. No van a asustarme unos granos. Lo miro con evidente recelo.

Al final, opto por comportarme como una persona adulta y me quito el albornoz. Héctor contempla mi cuerpo satisfecho, pero de pronto, estalla en una sonora carcajada.

—¿De qué te ríes? —gruño.

—Pareces Patricio, esa estrella rosa de los dibujos que ve Zoé. —Qué gracioso —siseo ofendida.

Héctor vuelve a besarme, a pesar de mi resistencia para que no lo haga. —Eres la estrella de mar más bonita de esta bañera —me dice. —Idiota.

Él me ayuda a meterme dentro de la bañera y comienza a embadurnar mi cuerpo con un gel de avena que me alivia el picor. Luego, se detiene en mi cabello, lo enjabona y me da un masaje en el cuero cabelludo que me deja tan relajada y laxa que comienzo a quedarme dormida.

Héctor me saca de la bañera, ante mis intentos por demostrarle que yo puedo sola.

—Sssssh.cariño, duerme —me insta.

Me acurruco en su pecho cuando me tiende sobre la cama y se tumba a mi lado. Huele tan bien... Sus brazos son el refugio perfecto en el que perderse, y al final, me quedo dormida mientras Héctor me susurra al oído que soy la mujer más hermosa del mundo.

Al día siguiente, aún enferma y recostada en el sofá, me trago la reposición completa de Gossip Girl, sin nada mejor que hacer. Temo llegar a la oficina y encontrarme con un montón de trabajo atrasado, mientras la cabrona de mi jefa me grita una y otra vez, hasta que me quedo sorda como una tapia y muero henchida de felicidad por no seguir escuchándola.

Héctor aparece en el umbral del salón. Tiene el gesto contrariado mientras habla con alguien por teléfono.

—Sí, puedes decírmelo a mí. ¿Qué te hace pensar que no se lo diré? —mientras habla, no me quita el ojo de encima—. Bien, está aquí conmigo. No, no puedes hablar con ella. No se encuentra bien.

Enarco una ceja al comprender que se refiere a mí. Alzo la mano para que me pase el teléfono, pero él ya ha colgado.

—¡Eh! —me quejo.

Héctor se sienta a mi lado.

—Era Erik. Ya han descubierto el origen del número de teléfono.

—Sorpréndeme —le pido.

—Villanueva del Lago.

Mis sospechas se avivan nuevamente.

—Lo sabía. Mi hermana estaba saliendo con alguien. Fue a Villanueva del Lago por dos motivos, y no sólo para encontrarse con Claudia. Héctor asiente.

—El teléfono móvil era de prepago. No hay ningún nombre. —Entiendo.

De nuevo, el rastro del asesino de mi hermana se evapora tan pronto recibo una nueva pesquisa.